La novela de un novelista

Part 11

Chapter 114,021 wordsPublic domain

--¡Silencio! ¿No sabes que esas relaciones no pueden conducir a nada? ¿Vas a casarte cuando sea alférez? ¿Con qué te va a mantener? ¿Vas a esperar a que sea capitán? Puedes esperar sentada... ¡Pues vaya un partido que se nos entra por las puertas!

--¡Yo no lo soy tampoco!--gritó Paquita sin dejar de sollozar.

--¡Silencio te digo!--exclamó doña Leocadia dando un paso con ademán amenazador hacia la joven--. Por lo mismo que no lo eres... porque la desgracia y mis pecados han querido que no lo seas--añadió con voz sorda--, por lo mismo que no lo eres necesitas pensar como una persona formal y sin perder el tiempo con un mequetrefe (¡y dale con el mequetrefe!) que no tendrá bastante nunca para sus vicios... porque los militares son unos viciosos...

--¡Todos no!--profirió con energía Paquita--. Además no se necesita ser militar para ser vicioso.

Doña Leocadia sintió la estocada en el pecho, quedó un momento suspensa y dijo suavizando el tono:

--¿No ves a Paulina la hija de don Ramón que apenas te lleva dos años y es ya una gran señora con magnífica casa y coche y media docena de criados y hace viajes a París y Londres cuando se le antoja?...

--¡Pocas gracias! ¡Casándose con un viejo!--exclama la niña con risita sarcástica.

--¡Don Pancho no es un viejo, deslenguada! Es un hombre en muy buena edad y vale más que ese alfeñique que así te levanta de cascos... Bueno, ya hemos hablado bastante... ¡A callar y obedecer!

Doña Leocadia se arrodilla nuevamente y continúa:

--Tercer misterio doloroso: de la corona de espinas. Padre nuestro que estás en los cielos...

Un olor penetrante y nada grato de guisado llegó hasta nuestra nariz. Doña Leocadia se detiene, cree percibir humo y exclama volviendo la cabeza hacia la cocinera:

--¿Lo ves, Carmen?... La carne se está quemando.

--Señora, la he dejado separada.

Doña Leocadia sin replicar se levanta vivamente y marcha hacia la cocina dejándonos a todos arrodillados y suspensos. La cocinera la sigue murmurando, aunque ya con alguna vacilación.

--Señora, la he dejado bastante separada.

Escuchamos fuerte altercado allá dentro: la voz de doña Leocadia se deja oír irritada; la de la cocinera sorda y humillada. Por fin entra de nuevo aquélla exclamando en un tono que nada tenía de resignado aunque quería parecerlo:

--¡Oh qué paciencia, Dios mío! ¡oh qué paciencia! ¡oh qué paciencia se necesita!...

Se arrodilla y continúa el rosario:

--Cuarto misterio doloroso: de la cruz a cuestas. Padre nuestro que estás en los cielos...

Poco después suena la campanilla de la puerta de la calle. Rita la doncella, salió a abrir; entró poco después y se arrodilló. Detrás de ella oímos los pasos de Adolfo que entró en el comedor cejijunto, sombrío, nos echó una mirada torva y se dejó caer de rodillas con tan fuerte golpe que a Juanito y a mí nos acometió la risa y nos costó gran trabajo sofocarla. Su madre volvió la cabeza, le miró severamente y haciendo un leve gesto de resignación continuó rezando.

Comprendimos inmediatamente que estaba ebrio. Su madre lo comprendió también, porque de vez en cuando volvía la cabeza y le dirigía una rápida y tímida mirada.

Juanito me hacía muecas poniendo el dedo pulgar en la boca con ademán de beber. Yo no podía reprimir la risa y pellizcaba a Juanito. Paquita sacudía la cabeza de un modo cómico afectando desesperación. Las muchachas entre asustadas y risueñas apenas podían rezar.

Sólo Adolfo permanecía serio, enteramente ajeno al efecto que causaba. Respondía al rosario con sonidos cavernosos donde nadie podría percibir señales de oración alguna, bufaba como un buey y se balanceaba como un barco.

El balanceo, que al principio era insignificante, se fué acentuando de tal modo que nos inquietó. Juanito dejó de hacer muecas, Paquita de sacudir la cabeza y las criadas quedaron graves y suspensas. Todos teníamos clavada la vista en aquel extraño y alarmante cabeceo temiendo que acaeciese lo que al fin acaeció.

Adolfo cayó de bruces sobre el suelo con tanto estrépito que doña Leocadia dió un salto y quedó de pie. Adolfo no pudo levantarse ya: abrió la boca y soltó por ella un raudal de vino que pronto se esparció por el comedor con gran sobresalto de todos nosotros que huimos de aquel río encarnado y nauseabundo como si fuese lava ardiente del Vesubio. En particular Paquita se levantaba la falda con tan cómico terror, caminaba sobre la punta de los pies y hacía tales muecas y cabriolas que Juanito y yo a pesar del susto reventábamos por reír. Pero no era posible esto mirando a doña Leocadia, que parecía la imagen de la desolación.

--¡Jesús mío; qué me pasa!--exclamaba la buena señora mesándose los cabellos--. ¡Este hijo concluye conmigo!... ¡Qué cruz, madre mía del Carmen, qué cruz!...

Entre tanto, Rita, Carmen y Josefa la costurera levantaban a aquel cerdo del suelo y lo transportaban a su cuarto. Doña Leocadia las siguió exhalando suspiros y lamentaciones. Una vez solos, Paquita, Juanito y yo pudimos entregarnos a la algazara y lo hicimos de buen grado. Paquita nos incitaba a ello con sus monerías. Daba saltos por encima de los charcos de vino.

--¡Qué asco, hijos míos, qué asco! Mi hermanito no se emborracha con Jerez.

Pero Carmen, la cocinera, llegó inmediatamente con un cubo de agua y una rodilla y limpió con presteza aquellas inmundicias. No tardaron tampoco en aparecer doña Leocadia, Rita y Josefa después de haber dejado metido en su lecho al héroe de la fiesta. Y ya nos disponíamos a continuar el rosario cuando sonó nuevamente la campanilla.

Era un mozo del café de la Plaza que traía una cartita para doña Leocadia, quien la abrió con viveza y al leerla se puso pálida.

--Carmen, haz el favor de dar el llavín de la puerta de la calle a ese muchacho. El señor no viene hoy a cenar.

Quedó un instante inmóvil con los ojos en el vacío. Su rostro expresaba tan profundo abatimiento que a todos se nos apretó el corazón. Dos gruesas lágrimas comenzaron a rodar por sus marchitas mejillas.

Al fin sacando el pañuelo y enjugándolas se dejó caer nuevamente de rodillas ante la imagen de la Virgen diciendo con voz apagada:

--Quinto misterio doloroso: cómo el Hijo de Dios fué crucificado. Padre nuestro que estás en los cielos...

XVIII

PRIMERAS LECTURAS

No será imposible que el lector al llegar a este punto y acaso antes se haya preguntado: «Pero este novelista que nos da cuenta de su infancia ¿cómo nada dice de sus impresiones literarias, de la influencia que sobre su espíritu ejercieron los primeros libros que cayeron en sus manos?»

¡Ah, caro lector, ahí me duele! Sobre este toque no puedo comunicarte más que cosas vergonzosas. Bien me apetece decirte, como alguno de mis colegas, que a los siete u ocho años leía asiduamente la Biblia, me entusiasmaba con Homero y de vez en cuando para desengrasar me echaba al cuerpo una tragedia de Sófocles. Quisiera presentarme ante tus ojos como un niño excéntrico, sombrío, apartado de los juegos de mis compañeros, gozándose en la soledad, paseando a las orillas de la mar o por los bosques, llorando y riendo sin motivo aparente, mirando más a las estrellas que a la tierra. O bien como una maravilla de agudeza y donaire, enloqueciendo a la familia y los amigos de la casa con sus ocurrencias felices, despertando la admiración con sus observaciones penetrantes y preguntas ingenuas.

Si esto te dijere, lector amigo, te engañaría miserablemente y todo lo que me resta de vida me remordería la conciencia. Prefiero confesarte que en mi niñez me agradaba correr y saltar con mis compañeros de escuela, cazar grillos, jugar a los botones y cambiar de vez en cuando algunos puñetazos. Ni más alegre ni más triste que los demás. Nada de pasearme solo por la ribera de la mar con la cabellera al viento desafiando a la tempestad. Nada de llorar sin motivo. Cuando lo hacía era porque don Juan de la Cruz, mi maestro, me administraba algunos vardascazos o algún pillastre de Sabugo me cortaba el hilo de la cometa (sierpe en Avilés) o por otros motivos no menos fútiles y prosaicos. Caprichos, sí los tenía, pero nada románticos; no creo haber sido nunca un niño incomprensible; antes bien me parece que todo el mundo me comprendía perfectamente. Mi originalidad era tan escasa que estaba desesperado con mi nombre porque no había otro igual en la población y reprochaba a mis padres interiormente el no haberme puesto Manuel o Pepe o Antonio. Me desesperaba igualmente cuando mi madre me ponía un traje nuevo o vistoso y procuraba ajarlo inmediatamente para que no llamase la atención y semejase a los de mis camaradas. En fin, habiéndome contado mi padre que en su infancia aborrecía el pan con manteca espolvoreado de azúcar y que una vez que se había visto obligado a aceptarlo lo había arrojado a hurtadillas por el balcón, yo que me perecía por este manjar hice lo mismo (¡con qué dolor de mi corazón!) cuando la madre de mi amigo Alfonso N. me lo dió cierta tarde para merendar. Me parece que no se puede llevar más lejos el espíritu de imitación.

¿Salidas ingeniosas? Dios las diera. Por más que busco y rebusco en mi memoria algún donaire prematuro, alguno de esos rasgos oportunos que anuncian un natural privilegiado nada encuentro digno de mencionarse. ¡Cuán feliz sería si pudiera ostentar ante tus ojos como marca de Dios alguna frase memorable de las que tanto abundan en la infancia de ciertos escritores! Al leer en sus memorias tales agudezas e ingeniosidades me entusiasmo, les admiro, con todo mi corazón, aunque no puedo menos de pensar que acaso les hubiera convenido no salir jamás de la infancia. Despechado de no hallar en los archivos de la memoria ningún documento que acreditase mi nobleza intelectual acudí antes de escribir este libro a una vieja servidora de mi casa, escribí a un hermano de mi padre, único tío que aún conservo. Nada pude obtener más que simplezas, inepcias, vulgaridades indignas de ser comunicadas.

En orden a mis tempranas aptitudes para la literatura con tristeza declaro que a los ocho años aun no habían llegado a mi conocimiento por conducto de los rapsodas homéridas las hazañas de Aquiles hijo de Peleo ni los discursos artificiosos de Ulises: nada sabía tampoco de _Edipo rey_ ni de _Edipo en Colona_. Mi erudición era bastante limitada en aquella época y si ahora sé poco, puedes creer, lector, sobre mi palabra que entonces sabía menos. Quedamos, pues, en que no leía con fruición a Homero a Sófocles y a Píndaro. En cambio, ¡oh terrible humillación!, me entusiasmaban las novelas de un señor Pérez Escrich (que Dios perdone) y de una doña María del Pilar Sinués (a quien Dios perdone también). No puedo menos de recordar con enternecimiento una del primero titulada _El cura de aldea_ que me hizo disfrutar placeres increíbles. Mientras la leía, de tal modo me identifiqué con sus personajes que me parecía vivir en su compañía y pertenecer a la familia. Me alegraba con sus alegrías, me sentaba a su mesa, bebía un poco más de lo ordinario en sus inocentes holgorios, reía con sus chistes no menos inocentes, me hacía el distraído cuando aquella modista encantadora se ponía a hablar en voz baja con aquel joven tan simpático, y estaba enteramente resuelto a prestarles mi eficaz ayuda para desenmascarar y confundir al miserable que retenía injustamente su fortuna. Y cuando llegaba el caso de llorar alguna de sus desgracias yo creo que lo hacía mucho mejor y más copiosamente que ellos. En fin, poco me faltaba para poner por obra lo que cierta discreta señora amiga mía cuando tenía trece o catorce años: entusiasmada con una de aquellas divinas modistas creadas por la imaginación de Pérez Escrich, tomó el dinerito que tenía en la hucha y se fué con su doncella preguntando por aquélla en todas las casas de la calle donde el autor había colocado su domicilio para entregárselo.

Bien sé que esto hará sonreír a mis colegas los precoces lectores de Homero y Píndaro pero ¿qué voy a hacer? Escribo mis memorias, debo la verdad a mis lectores y prefiero que me reputen por un ser vulgar a faltar descaradamente a ella. Después de todo no estoy lejos de pensar como algún filósofo que las cosas no son bellas ni feas, es nuestra propia alma la que se embellece al contacto de la realidad. La mía, fresca en aquel tiempo, se embelleció con la música inocente de ciertas zarzuelas y con la lectura de algunas novelas deplorables como jamás lo ha hecho después con las obras más sublimes del ingenio humano.

¿Y por qué deplorables? Si no se hubiera escrito más música que la de Haydn, Mozart y Beethoven, ni más dramas que los de Esquilo, Sófocles, Shakespeare, Calderón y Schiller, ni más poemas que los de Homero, Virgilio, Dante, Milton y Goethe, la casi totalidad de los humanos bajarían al sepulcro sin haber gozado los placeres inefables que el arte proporciona. Yo mismo, si hubiera sucumbido antes de los quince años, me iría al otro mundo sin haber experimentado algunas dulces emociones y divinos estremecimientos que me han hecho en mi infancia más feliz que un rey. Seguro estoy de que nadie ha gozado con la _Iliada_ más que yo con _Los tres Mosqueteros_ de Alejandro Dumas. Y entonces ¿qué?...

He llegado a pensar que el libro no lo hace el autor sino el lector. Recuerdo que a la edad de quince años leí el de Michelet titulado _El Pájaro_. Es una obra estimada con justicia en el mundo literario como lo son todas las de este singular escritor. No es fácil imaginar la impresión deleitosa que me causó su lectura. Aún me veo tendido en un vetusto y enorme sofá de mi casa de Entralgo con el volumen de roja cubierta entre las manos. Era una traducción española y presumo que no debía de ser muy esmerada. Pues a pesar de eso me causó tanto placer que toda mi vida he recordado aquellas horas felices y he bendecido la pluma que me las había procurado.

No hace mucho tiempo cayó por casualidad en mis manos el mismo libro en francés. Mi conocimiento de este idioma me permite ahora apreciar el brillo y tersura del estilo de Michelet. Tomé el volumen y como un chico goloso que guarda en su mesa de noche un pastel para regalarse con él a solas, así puse yo sobre la mía el precioso libro. Esperaba resucitar mi adolescencia, sentir de nuevo aquellas dulces emociones que tan feliz me habían hecho y lo abrí con mano respetuosa y trémula.

¡Qué decepción! ¡Qué amargo desengaño! No es que el libro me pareciese feo: al contrario, mejor que antes podía reconocer su mérito. Pero no hallaba en él aquello que en otro tiempo había visto. Me parecía seco, pálido, y me preguntaba con tristeza. ¿Dónde está ahora aquel pájaro seductor, aquel poeta alado que saltaba gorjeando delante de mis ojos? ¿Dónde están aquellas representaciones interesantes de sus amores, de sus sabias construcciones, de sus viajes, de sus costumbres pintorescas? Comparado el libro con el que yo había leído lo encontraba admirablemente escrito, pero falto de imaginación y de vida. ¿Es que carece de esto? No; quien carece soy yo...

Lejos de mi ánimo la pretensión de resolver ni siquiera plantear el problema de la subjetividad u objetividad de la belleza. Sólo quiero indicar a los autores que deben apetecer para sus libros lectores imaginativos más que cultos. Un crítico distinguirá admirablemente lo que es bello y lo que es feo en una obra de arte, pero nunca gozará de ella de modo tan intenso como un adolescente dotado de imaginación y sensibilidad. ¿Que lo mismo goza con una obra maestra que con una mediana? Esto no debe de humillar al autor. Si es hombre de corazón y no excesivamente vanidoso debe deleitarse particularmente con el deleite que proporciona a los demás. Obsérvese que me refiero a la adolescencia cuando, si el juicio no es seguro, las impresiones lo son más que nunca. En cuanto a la infancia no se puede contar con ella tratándose del arte literario. Los niños no sólo no distinguen sino que rara vez sienten.

Mientras yo lo fuí me seducían extremadamente las historias de bandidos. Una de las novelas que más me impresionaron fué la titulada _Los siete niños de Ecija_ por Fernández y González. Hubo un instante de mi existencia en que tuve clara vocación de salteador. Felizmente duró poco tiempo. Después leí las hazañas de Bernardo del Carpio y los Doce pares de Francia y quise ser guerrero. Tampoco duró mucho. Más adelante, entrando ya en la adolescencia, aspiré a la condición de salvaje leyendo _Los Natchez_ de Chateaubriand. Esta novela exótica me causó una impresión profunda y sentimental, no ya puramente imaginativa. Quedé tan prendado de aquellos _pieles rojas_, que soñaba con partirme a América como René y presentarme a algún descendiente del viejo Chactas para que me afiliase en su tribu después de haber fumado el «calumet de paz». Soñaba con aquella dulce y hermosa Celuta y hacerla mi esposa. Y me prometía amarla más y mejor que el hipocondríaco René haciéndola tan feliz como merecía. Soñaba con la simpática y juguetona Mila a quien también hiciera mi esposa si no fuera gran pecado la poligamia. Soñaba con aquel grande, aquel noble Outugamiz hermano de Celuta. Su inquebrantable lealtad me penetró tanto en el alma que cuando fuí a Oviedo y escribí a un amigo que dejaba en Avilés empezaba mi carta: «Mi querido Outugamiz». Todavía recuerdo con incomprensible emoción cierta excursión por el Misisipí en una noche calurosa del estío. La mayoría de los guerreros dejó la piragua y se lanzó al agua para hacer el trayecto a nado: las mujeres los imitaron, y toda aquella muchedumbre se dejaba arrastrar por la suave corriente del río bajo un cielo tachonado de estrellas, donde la luna nadaba también feliz y serena como ellos. Los guerreros se contaban en voz alta sus hazañas y los amantes se deslizaban cogidos de la mano murmurándose dulcemente sus secretos. Esto es lo que recuerdo de aquella poética descripción. No sé si me será fiel la memoria después de tantos años, porque no he vuelto a leer esta novela. Si ahora lo hiciese no sé por qué imagino que aquellos salvajes, que tanto me cautivaron, me harían vomitar.

Cuando alcancé los doce o trece años me placía registrar la biblioteca de mi padre donde había hallado las obras de Chateaubriand y otros libros de amena literatura. También los tenía científicos y algunos me interesaron vivamente. Si no he logrado nunca ser hombre de ciencia he tenido despierta desde mi infancia la curiosidad científica. En uno de aquellos registros tropecé con un libro extraño ilustrado con unas estampas horrorosas. Era un tratado de la virilidad.

--¿Qué es esto?--pregunté a mi padre que estaba escribiendo.

Levantó la cabeza, miró el libro, me miró a mí fijamente y quedando un instante pensativo respondió:

--Léelo.

Aquella palabra fué mi salvación. Habrá personas timoratas que se asombren y aun se escandalicen de la audacia de mi padre. Sin embargo yo bendigo su memoria por ésta como por las muchas cosas buenas que ha hecho conmigo.

XIX

FRAY MELITÓN

Si el Cielo me concediese una nueva existencia en este nuestro planeta de la orden de menores y me diera a escoger el sitio donde se deslizase mi infancia, respondería sin vacilar: ¡Avilés!

Lo que recuerdo de esta villa es tan amable, tan alegre y pintoresco, que dudo que en parte alguna de Europa o de América (dejemos el Africa para los negros y el Asia para los chinos) se encuentre otra que la supere.

Sin embargo, nadie se figure que era todo algazara y romerías y habaneras y pasacalles. Había en nuestra villa más de una docena de figuras decorativas que no sólo mantenían en ella la respetabilidad y el decoro sino que la comunicaban esplendor a los ojos del forastero. Cuando bien temprano, mucho más temprano de lo que yo quisiera, salía de mi casa para la escuela, encontraba indefectiblemente paseando debajo de los arcos a uno de nuestros vecinos vestido de levita negra, corbata blanca, gran pechera con botones de diamantes, sombrero de copa alta, bastón con puño de oro y botas charoladas lo mismo que si se dispusiese a ir a la recepción de la embajada de Inglaterra. Allá había estado, según contaban, varios años: por eso gastaba patillas y era tan correcto, tan grave y silencioso. Que hiciera bueno que hiciera mal tiempo, en los días más calurosos de Julio como en los más ateridos de Enero, por allí paseaba revestido de aquellos ornamentos que me infundían un respeto indecible. Desde el feo asunto de las peras yo no osaba mirar como antes a su blanca pechera, ni siquiera a sus botas charoladas.

Un poco más allá, en los arcos mismos de la plaza paseaba mi tío Víctor, también de levita. Coronel retirado, luenga barba blanca. Era persona de tan heroica estatura que cuando se doblaba para darme un beso, yo pensaba que descendía sobre mí el mismo Padre Eterno con sombrero de copa.

Algo más lejos, al comenzar los arcos de Galiana tropezaba debajo de ellos con otro respetable personaje, don Manolo P. Vestía igualmente levita y sombrero de copa. Su bastón era una primorosa caña de Indias con puño de marfil y contera de la misma materia, que rara vez ponía en el suelo por no estropearla, según se decía maliciosamente en la villa. Frisaba ya en los cincuenta años; el rostro cuidadosamente rasurado y tan rojo y congestionado, que daba en violáceo: parecía una figura de la corte de Carlos IV. Este grave sujeto paseaba con la mayor solemnidad por delante de su casa, deteniéndose a menudo delante de una hojalatería próxima a ella y cambiando con el hojalatero algunos pensamientos más o menos trascendentales. Miraba fijamente a los transeuntes como si sospechase de su honradez; la mía debía de inspirarle mayores dudas que la de ningún otro a juzgar por la insistencia con que sus grandes ojos redondos me seguían. Tenía el título de abogado, pero no ejercía su profesión; vivía de sus rentas y era un caballero tan digno y venerable, que como imposible tenía yo que nadie osara faltarle al respeto. Sin embargo, este imposible se realizó. Un borracho llamado Platina se acercó a él un día tambaleándose:

--¿A que no sabe usted don Manolo en qué se parece usted a San Roque?

--No adivino--respondió nuestro caballero abriendo todavía más sus grandes ojos redondos.

--En que San Roque es abogado de la peste y usted es la peste de los abogados.

Da grima pensar que en este mundo nadie pueda verse libre de un insulto soez ni aun los más altos próceres que, como éste, son ornato de su pueblo nativo y orgullo de sus convecinos.

A la postre él mismo se encargó de faltarse al respeto, pues cuando menos podía pensarse cayó enamorado de nuestra costurera. La primera noticia que tuvimos fué por una carta que de él recibió mi madre. En ella la suplicaba que le permitiese venir algún rato a casa para poder hablar con su prometida, pues ya la consideraba como tal. La pretensión era un poco extravagante, pues mis padres no tenían el gusto de tratarle. Sin embargo, mi madre cedió inmediatamente de buen grado, y he aquí a nuestro caballero sentado por las tardes en el comedor, entre ella y la gentil costurerilla, departiendo cortésmente de cosas indiferentes como un pollastre que hiciese la corte a una damisela delante de su mamá. La mía le dirigía siempre la palabra sonriendo, y mi padre, cuando por allí pasaba, lo mismo. Y en la sonrisa de mi madre había un granito de burla y en la de mi padre dos. Por fin aquel buen señor se casó y toda su vida se mostró agradecido, colmándonos de atenciones, prueba irrecusable de la bondad y honradez de la joven a la cual había unido sus destinos.