La novela de un novelista

Part 10

Chapter 104,141 wordsPublic domain

Pensando en este raro privilegio del autor de mis días llegué a concebir claramente que no debía atribuirse a la amenidad de su conversación, que era grande por hallarse dotado de una imaginación pintoresca, memoria felicísima, espíritu observador y afluencia de palabra. Todas estas dotes las poseen muchos hombres sin que logren hacerse amar. Se les escucha con placer, pero no se les busca con empeño ni menos se les hace compañeros íntimos y confidentes. El secreto de mi padre era otro y consistía en la ausencia de vanidad. Era una ausencia completa, absoluta, inverosímil; era una fuerza opuesta y contraria que en vez de empujarle a producir y realzar su persona como acaece a casi la totalidad de los hombres le arrastraba a disminuirla y borrarla.

La verdad me obliga a confesar que esta rarísima cualidad no tenía un fundamento religioso; no era lo que se llama humildad cristiana. Procedía más bien de un rasgo original del carácter por lo cual alguna vez tocaba en el capricho o la extravagancia. A este rasgo se unía un pesimismo más original aún. Mi padre era un pesimista teórico y un optimista práctico, de cuyo contraste resultaban efectos verdaderamente cómicos. Pensaba como Schopenhauer que el dolor es lo único positivo en la vida y que este mundo es triste por esencia, pero él vivía siempre contento y ponía contentos a cuantos se le acercaban; creía con el Eclesiastés que todo es vanidad y él se las arreglaba para no tener ninguna. ¡Había que oírle lamentarse de la existencia, exhalar singulares profecías y vaticinar cataclismos! Cinco minutos más tarde nos contaba una anécdota chistosa y después de habernos apretado el corazón y llenarnos de angustia nos hacía estallar en carcajadas.

Así que llegó a los cuarenta años y a pesar de gozar una salud robustísima se reconoció como un anciano decrépito: cuando se hablaba de años bajaba la cabeza tristemente, suspiraba y decía con voz desfallecida que se hallaba ya «con un pie en el sepulcro». Si admiraban su memoria se ponía a contar en seguida cualquier incidente en que aparecía como un hombre desmemoriado; si hacían notar su aspecto robusto y sano, se llevaba con desesperación la mano a los riñones y decía que su organismo «estaba minado»; si ensalzaban las cualidades de cualquiera de sus fincas se ponía a hablar de las de los vecinos colocándolas muy por encima de las suyas. Para verle enfurecido no había más que suponerle con alguna influencia en la región, aunque era el primer contribuyente. Un día le hallé particularmente risueño y satisfecho porque un millonario de Bilbao a quien le presentaron en el café le había hablado con tono protector y compasivo:--«No puedes figurarte--me decía riendo a carcajadas--cuánto me despreció aquel buen señor.»

Y con nosotros sus hijos también practicaba largamente este su anhelo desmedido de abatimiento. ¡Caso extraño, porque los padres aunque sean modestos por su cuenta no lo son casi nunca por la de sus hijos! Yo era el menos inteligente y aprovechado de la escuela y me daba en rostro no con uno ni dos sino con un tropel de chicos que a su parecer eran lumbreras esplendentes a mi lado. Ni se imagine que esto era un rasgo de habilidad o un artificio pedagógico. Se hallaba perfectamente convencido de ello y la prueba es que cuando llegaron ciertos exámenes extraordinarios en la escuela juzgándome yo absolutamente inepto no me atreví a presentarme y mi padre quedó de esta vergonzosa retirada muy satisfecho.

Pues bien; repito que a esta modestia encarnizada no a su donaire, debía mi padre sus éxitos en el mundo. Los hombres aman la modestia en los demás y la prefieren con mucho al talento, a la riqueza y a la hermosura. Debieran amarle también por su exquisita sensibilidad, pero no lo hacían: la sensibilidad no es valor que se cotice en el mercado social. Dios me perdone, pero imagino que esta sensibilidad era el único punto flaco que el mundo hallaba en mi padre. Yo he visto a sus amigos sacudir la cabeza y sonreír burlonamente cuando advertían en él señales de emoción. Y mi padre por más esfuerzos que hacía no lograba ocultarla. Si escuchaba una orquesta, si se sentaba frente al mar a la hora del crepúsculo, si le narraban un incidente desgraciado o se ponía a tararear una canción de su niñez, le saltaban fácilmente las lágrimas; y cuando en la calle veía maltratar a un niño o a un animal se ponía rojo y con riesgo de ser agredido no vacilaba en increpar duramente al autor de la crueldad. Recuerdo que un carpintero fué denunciado por los vecinos a causa de los malos tratos que daba a un hijo suyo, niño de ocho o nueve años de edad. Mi padre era entonces juez de paz, y al escuchar de labios de un testigo cómo aquel bruto desnudaba a su hijo, le amarraba y le azotaba sin piedad, saltó de su sillón y sacudiendo al feroz carpintero por las solapas le gritó:--«¡Bárbaro, bárbaro, bárbaro! ¡Es usted un miserable!»

Por lo demás estos eran los únicos casos en que podía aparecer como un hombre violento. Su calma y su dulzura eran proverbiales y su condescendencia tan excesiva, que provocaba, como acaece casi siempre en este desgraciado mundo, el abuso. Los criados, los arrendatarios, los hijos, todos abusábamos de su bondad. Era uno de esos hombres a los cuales se puede hacer daño impunemente, porque hay la seguridad de que no lo volverá. Y sin embargo, no le faltaban medios para ello: no daba su bondad como los pomares dan las manzanas sin saberlo y sin quererlo, según decía Diderot. Su inteligencia, su conocimiento del mundo y su gran perspicacia le suministrarían recursos para hacerse temer si así lo quisiera.

Hay que confesar, no obstante, que nadie le hizo jamás grave daño y sólo tuvo que sufrir las pequeñas molestias y los pequeños abusos que el pequeño egoísmo engendra. Era generalmente amado y murió sin haber tenido en toda su vida ni un enemigo, ni un envidioso. Esto último me parece increíble; no lo era en su caso porque ya hemos visto de qué modo original desarmaba a la envidia. Cuando estalló la guerra carlista, nuestro valle de Laviana fué el cuartel general de los partidarios del Pretendiente en Asturias. Por allí merodeaban a la continua pequeñas partidas que no eran modelo de disciplina. Nuestra casa fué respetada siempre a pesar de las ideas liberales de mi padre. Es más, tal confianza inspiraba su lealtad, que un cabecilla perseguido vino a refugiarse en ella. Le tuvimos por huésped algunos días y le hubiéramos tenido indefinidamente si él mismo, por temor a comprometernos, no se hubiera ido. Al día siguiente de su partida paseábamos mi padre y yo con mi hermanito pequeño por las cercanías de la Pola, cuando acertamos a ver una compañía de soldados que marchaba hacia nosotros. Al acercarse pudimos contemplar con tristeza a nuestro huésped en el medio y amarrado, quien tuvo la delicadeza de no saludarnos ni aun de mirarnos. Pero mi hermanito exclamó en voz alta: «¡Papá, este es el señor que comía con nosotros y se marchó ayer!» Mi padre se puso pálido y yo me sentí sobrecogido. El capitán, al oír estas palabras, volvió la cabeza vivamente, miró al niño, miró a mi padre y, sonriendo maliciosamente, nos hizo un saludo con su espada.

XVII

MISTERIOS DOLOROSOS

Un lunes por la tarde iba yo a su casa; otro lunes por la tarde venía él a la mía; era día de mercado y no teníamos escuela sino por la mañana. Lo pasábamos deliciosamente, como nadie podrá dudar sabiendo que lo mismo la casa de mi amigo Juanito que la mía poseían un espacioso jardín donde jugábamos a la peonza, al volante y al salto, donde trepábamos a los árboles y alcanzábamos ciruelas y peras en su más tierna infancia, donde ensayábamos nuestras aptitudes para la ingeniería y arquitectura alzando edificios con tejas rotas, barro y arena, trazando canales, abriendo pantanos, donde nos ejercitábamos en el arte de conducir vehículos haciendo alternativamente él y yo de caballo y cochero, donde encendíamos hogueras y asábamos patatas, donde por fin, cuando llegaba el caso, nos dábamos de mojicones y nos tirábamos de los cabellos.

Su jardín era más dilatado que el mío; por tanto los fogosos caballitos podían correr y caracolear a su sabor; pero el mío tenía allá en el fondo un hórreo y esto constituía una ventaja inapreciable. Porque debajo de este hórreo nos guarecíamos cuando hacía mal tiempo y nos divertíamos sin necesidad de meternos en casa y sufrir la presencia enfadosa de la familia. Además nos servía de escondrijo para ocultar todos aquellos objetos que merecían ocultarse, particularmente la fruta verde, de la cual acumulábamos tal cantidad, que alguna vez se pudría sin comerla. Esta fruta verde era el negocio más interesante y reservado de nuestra existencia. Mi madre nos tenía prohibido, bajo penas severísimas, tocar a la fruta, y nos vigilaba bastante desde casa y nos hacía vigilar. Prodigios de ingenio y habilidad se necesitaban para burlar esta vigilancia. Los desplegábamos, y pocas veces éramos cogidos in fraganti.

Lo fuí, sin embargo, en cierta ocasión, pero no por mi madre. Pluguiese al cielo que ella hubiera sido, aunque me costase algunos coscorrones. Lindante con nuestra huerta o jardín había otro mucho mejor cuidado y provisto. Pertenecía a unos señores que vivían en la casa contigua, dos hermanos y dos hermanas ya viejos y solteros, personas graves, correctísimas, pacíficas y silenciosas. No nos tratábamos; pero ellos y mis padres, en la calle, o desde el balcón, se saludaban muy ceremoniosamente.

Aquel su jardín rebosaba de fruta dulce y sazonada, que tanto a mi amigo Juanito como a mí nos llevaba los ojos y nos tentaba. Había particularmente un árbol tan cargado de enormes peras que era una verdadera bendición.

Las contemplábamos cierto día con avidez, cuando el diablo nos sugirió la idea de apoderarnos de algunas de ellas. La pared de nuestro jardín no era muy alta y tenía un pretil que llegaba hasta la mitad; de modo que fácilmente lo dominábamos. Pero el de nuestros vecinos estaba mucho más bajo, por lo cual había que descolgarse para llegar a él, lo cual no era fácil. Mas como nuestro ingenio venía ya ejercitado de largo tiempo por otras empresas, se nos ocurrió el arbitrio feliz de servirnos de una de las astas de banderolas que allí teníamos pertenecientes a las obras de canalización de la ría, cuyo director era mi tío como ya he dicho.

Después de cerciorarnos bien de que nadie había en los balcones de la casa contigua, ni desde la nuestra nos espiaban, apoyamos una punta del asta en nuestra pared y la otra en el jardín vecino, monté sobre ella y me deslicé facilísimamente, atravesé el jardín en toda su anchura, pues el peral se hallaba en el extremo opuesto, arranqué dos peras, las oculté en los bolsillos y vuelvo rápidamente. Mas al atravesar de nuevo el jardín dirijo una mirada a la casa y observo con espanto que en el amplio balcón de madera de nuestros vecinos se hallaban los cuatro hermanos contemplándome con ojos serios, más sorprendidos que irritados. Me acerco a la pared y ¡oh rabia! advierto que no puedo escalarla. Como sucede casi siempre en los negocios de la vida había visto la entrada pero no la salida.

Esta era punto menos que imposible. Aunque procuro trepar por el asta que me había servido para deslizarme, pronto eché de ver que nunca lo lograría. Subir por la pared no había que pensarlo. Entonces en el colmo de la angustia llamé a Juanito que se había ocultado cuando vió a nuestros vecinos en el balcón. Vino en mi ayuda, me tendió una mano, y agarrándome a ella, pude, con muchísimo trabajo, montar sobre la pared.

Todas estas operaciones exigieron bastante tiempo y yo, sin volver la cabeza, veía posados sobre mí los ojos de aquellos respetables señores. Nadie puede figurarse la confusión y vergüenza que de mí se habían apoderado. Si hubiesen gritado, si me hubieran increpado creo que sería cien veces menor; pero aquella grave tranquilidad, aquel silencio me abrumaban y por largo tiempo después, cuando recordaba esta escena, sentía que me subían los colores al rostro.

Además del hórreo poseía nuestro jardín la ventaja de una fuente con copioso chorro de agua que corría incesantemente. Esta agua no se enturbiaba jamás y cuando a la de las fuentes públicas le ocurría tal alteración los vecinos de la calle o sus criados acudían a pedirnos permiso para llenar sus vasijas. Era un constante llamar a nuestra puerta todo el día bastante enfadoso, pero no vi a mi madre, a pesar de su genio vivo, quejarse nunca ni mostrar impaciencia.

Sin embargo, yo me divertía infinitamente más en casa de mi amigo Juanito, no sólo por la novedad de salir de la mía, sino porque tenía una hermana de diez y seis años, alegre y juguetona, que nos ayudaba en nuestros recreos y excitaba y protegía nuestras travesuras. Era deliciosa aquella Paquita con su naricita remangada, sus ojos chispeantes y la extrema movilidad de su cuerpo. Inagotable en sus recursos, felicísima en sus invenciones, dispuesta a toda clase de farsas, infatigable para seguirlas, nos manejaba a su antojo y nos embriagaba con su alegría. Un día nos disfrazaba con sus propias ropas, nos hacía llamar a la puerta y nos introducía en el salón anunciando a su madre la visita de dos señoras; otro me disfrazaba de doméstica, me ponía un pañuelo a la cabeza y un delantalito blanco y me enviaba a la tienda próxima a comprar agujas; o bien disponía el bautizo de una muñeca, vestía a uno de nosotros de sacerdote, a otro de monaguillo, hacía partícipes a las criadas de la solemne ceremonia y la seguía hasta el final con toda gravedad y diligencia; o bien ella misma se disfrazaba de hombre, se ponía bigote, tomaba un bastón y entraba fumando un cigarro como médico en el cuarto de una criada que se hallaba enferma. Nos hacía representar escenas de comedias, nos hacía cantar, nos obligaba a pedir limosna con voz plañidera desde la puerta, jugaba al escondite con nosotros, nos echaba polvos de arroz en la cara y nos enseñaba el lenguaje de las manos, en el cual era peritísima. En fin, que si hubiera seguido toda la vida a su lado, ella siempre con sus diez y seis años y yo con mis diez imagino que nunca hubiera maldecido de la existencia ni habría experimentado la necesidad de estudiar metafísica.

El reverso de esta encantadora joven era su mamá doña Leocadia, tan tristona, tan adusta y lacrimosa. Había sido una hermosa mujer, según afirmaba mi madre, y aún se advertían en su rostro las señales, pero se hallaba bien ajada, más aún por las tristezas que por los años, pues no pasaría mucho de los cuarenta. Doña Leocadia se había acostumbrado de tal modo a llorar y moquear y suspirar y hablar en tono quejumbroso, que si le tocase la lotería estoy seguro de que nos hubiera dado la noticia con acento desgarrador. Yo no podía mirar su rostro, donde las lágrimas parecían haber trazado surcos indelebles, sin acordarme de la Dolorosa que se venera en la iglesia de San Nicolás. Y me sorprendía mucho no ver sobre su pecho las siete espadas que traspasan el corazón de esta imagen. Es posible que las llevase ocultas debajo de la ropa.

¿Quién clavaba, no siete, sino setecientas espadas en el pecho de aquella dolorida señora? Todos, todos la martirizaban en su casa, pero muy particularmente ¡quién lo diría! su digno esposo don Julio. Yo no lo hubiera concebido en aquella época, porque don Julio era el hombre más simpático, alegre y cariñoso del mundo. Pues precisamente por ser demasiado alegre y cariñoso es por lo que daba pesadumbres infinitas a doña Leocadia, a lo que podía entender vagamente cuando mis padres hablaban de este matrimonio. Si salía en la conversación el nombre de don Julio mi padre sonreía y mi madre se ponía seria. Don Julio pasaba los días en el café y las noches no se sabía dónde; vivía de sus rentas, pero las iba mermando poco a poco, vendiendo hoy una finca, mañana otra. Y de este dinero derrochado, el que más le dolía a doña Leocadia, no era el que se empleaba en los licores espirituosos, en el juego, en jiras a _San Juan_ y al bosque de la Magdalena. Otro había ¡otro! que le tocaba más en el alma. Pero no hablemos de estas cosas que ahora comprendo perfectamente y entonces no.

La alegría de don Julio era comunicativa. Tenía un modo de reír característico que hacía fluir inmediatamente la risa a los labios de los otros. Sus carcajadas eran tan claras, tan sonoras y espontáneas que no se confundían con las de ningún otro. Estas carcajadas salían como gozosa cascada mezcladas a los chasquidos de las bolas de billar por los balcones del café de la Plaza haciendo bailar mi corazón con ansia de placeres cuando por allí acertaba a pasar.

El café de la Plaza, que ocupaba el principal de una casa, se llamaba en realidad _Café del León de Oro_, a juzgar por la muestra que sobre él se parecía, pero jamás de memoria de hombre lo llamó nadie de este modo. Cuando no le llamaban café de la Plaza se decía _Café de Tomasín_, porque tal era el nombre de su dueño, un anciano de baja estatura, que sólo recuerdo vagamente. Este anciano tenía una hija que dirigió aquel café largos años con tal brillantez y fortuna que llegó a ser una institución en Avilés.

Pues este café era el teatro donde nuestro don Julio ejercitaba casi todas las preciosas cualidades con que la providencia de Dios le había dotado. Jugaba al _tresillo_ y al _golfo_ como los ángeles, y al billar como los serafines que rodean al Altísimo: las carambolas no tenían fin cuando empuñaba el taco; en cuanto al _chapó_ no es posible que nadie poseyese mayor finura y precisión para colocar la bola donde quería. Y con esto ¡qué reír, qué gritar, qué bromear, qué chorro de donaires! No parecía mas que aquel café se había abierto exclusivamente para don Julio, y don Julio, engendrado con el único fin de jugar al _chapó_ en aquel café. Cuando mi padre me llevaba alguna vez allí para tomar un sorbete de fresa y veía a don Julio con su gran barba negra y rizada y el taco en la mano, riendo, gesticulando, no acertaba a comprender cómo en mi casa se hablaba mal de un caballero tan cumplido, me parecía un absurdo que se pudiera dirigir ningún reproche serio a un hombre capaz de hacer veinticinco o treinta carambolas seguidas.

Todavía tenía doña Leocadia otro reverso en casa y era su hijo Adolfo, mancebo de dieciocho años bien fornido y espigado y atrozmente velludo. El pelo le llegaba al medio de la frente mostrando ansias locas de reunirse con el de las cejas y le invadía ya a pesar de su corta edad las mejillas. Sus ojos apagados y entreabiertos, la nariz imitando groseramente la de su hermana, las espaldas anchas y abovedadas, sus modales desmañados y torpes. En fin, el hermano de mi amigo Juanito tenía todo el aspecto de un bruto... y los hechos también. Sombrío, taciturno, ceñudo como su madre, gandul y calavera como su padre no había sido posible hacer carrera de él. Después de salir de la primera enseñanza se trató de que aprendiera latín enviándole a una cátedra que había en el convento de San Francisco. Un fracaso. Le enviaron después a la escuela privada de don Román para estudiar matemáticas. Mayor fracaso aún. Por fin le habían colocado en el comercio de un amigo a fin de que se fuese enterando de la marcha y secretos de la carrera comercial; pero más de la mitad de los días no parecía por allí. Con otros cuantos jóvenes tan interesantes como él vagabundeaba por la villa y sus afueras, introduciéndose para descansar en las capillas de Baco o en otros sitios aún menos respetables.

Pues a pesar de todo esto su madre le adoraba; era el predilecto de su corazón. No hay duda que la hacía sufrir mucho con su conducta y que en vez de agradecer las caricias que le prodigaba, su paciencia y sus desvelos, no perdonaba ocasión de vejarla con groseros desvíos y la ostentación cínica de sus vicios; pero ella se lo perdonaba de buen grado, de mejor grado, aunque parezca monstruoso que a su señor y marido don Julio. En cuanto a nosotros, esto es, en cuanto a Juanito y a mí le admirábamos y le temíamos. El ignoraba nuestra existencia.

En las tardes cortas del invierno así que empezaba a obscurecer nos entrábamos en casa y jugábamos con Paquita y las criadas del modo más agradable y divertido que jugó nadie en el mundo desde que éste fué sacado por Dios de la nada. Jugábamos a la _gallina ciega_, jugábamos al _escondite_, jugábamos _al milano que le dan, cebollita con el pan_... (Un amigo mío aficionado a las investigaciones eruditas me ha comunicado que primitivamente debía decirse _al esclavo que le dan_. Es casi seguro, porque lo del milano no tiene sentido común. Sin embargo yo prefiero el milano: es más pintoresco.)

Y cuando nos hartábamos de jugar, Josefa, una gruesa y añosa costurera que doña Leocadia tenía, nos juntaba en torno suyo y nos refería cuentos deliciosos de princesas encantadas y moras enamoradas de cristianos. Parece que me estoy viendo en aquel gran comedor sencillo y confortable. Había dos grandes grabados con marcos de caoba representando el uno la _Maldición del padre_ (la Malediction paternel, de un antiguo pintor francés cuyo nombre no recuerdo), y el otro la entrevista de Alejandro Magno con la familia del vencido rey Darío. Después se rezaba el rosario y me llevaban a casa o venían a buscarme, que era lo más frecuente. Por ciertas curiosas particularidades durante él acaecidas quedó impreso en mi memoria uno de estos rosarios.

Una noche nos arrodillamos todos como siempre en el comedor delante de una imagen de Nuestra Señora del Rosario pintada al óleo. Doña Leocadia se ponía delante casi tocando la pared debajo del cuadro, Paquita detrás, nosotros más atrás aún y las criadas completamente a retaguardia.

Doña Leocadia con su rosario de nácar en la mano y los ojos puestos en la sagrada imagen dijo con voz plañidera:

--Misterios dolorosos del santísimo rosario. Primer misterio: de la Oración en el Huerto: Padre nuestro que estás en los cielos...

Nosotros respondíamos en voz alta y también un poco plañidera aunque no tanto.

--Segundo misterio doloroso: de los azotes que el Hijo de Dios sufrió atado a una columna: Padre nuestro que estás en los cielos...

Antes que terminase el decenario Paquita se levanta y va a cerrar el mirador que se hallaba abierto. Doña Leocadia vuelve la cabeza y la sigue con la vista sin dejar el rezo. Paquita se detiene un poco dentro del mirador y entonces su madre suspende el rezo, se levanta bruscamente y va con paso rápido hacia allá.

--¡Ya me lo parecía a mí!--exclama con acento colérico después de echar una mirada investigadora a la calle--. ¡Allí está el mequetrefe debajo del farol!... ¿Y para eso te levantas y dejas el rosario, pícara?... ¡Toma, toma, desvergonzada!

Y le aplicó dos soberbias bofetadas. Paquita lanzó un gemido y comenzó a protestar altamente de aquel castigo que juzgaba absolutamente injusto, pues ella no había ido al mirador sino para cerrarlo y no se le había ocurrido mirar a la calle, ni había visto ni quería ver mequetrefe alguno.

Debo hacer constar que este mequetrefe era nada menos que un cadete de caballería que usaba brillantes espuelas y arrastraba un largo sable pendiente de la cintura. Por esto sólo se comprenderá el absurdo de aquella buena señora al calificarle de tan denigrante manera. Era además un joven guapísimo, casi tan alto como don Julio, que fumaba cigarros puros y me regalaba caramelos cada vez que me encontraba en la calle. Estaba allí pasando las vacaciones de Navidad con su familia. Desde el verano anterior en que había bailado con ella en la romería de la Luz había rendido sus espuelas, su sable y su grandeza a los pies de la simpática Paquita.

--¡Silencio, insolente! Ya te he dicho que no quiero que hables con ese mequetrefe (¡vuelta con el mequetrefe!) Si fueses una hija obediente no volverías a mirarle a la cara... ¿Es que piensas que tu madre no sabe mejor que tú lo que te conviene? ¿Qué es lo que te propones?

--¡Yo no me propongo nada! ¡Es una injusticia!--gritó Paquita sollozando.