Chapter 9
Si bien esta guerra declarada á todo lo que es superior á los intereses positivos y á las secas realidades de la vida, no era nueva en el carácter de la señorita Margarita, sin embargo, se había exagerado bruscamente y envenenado, hasta el punto de herir los corazones que más cariño le profesaban. Un día, la señorita de Porhoet, cansada de esa incesante burla, le dijo delante de mi:--Querida mía, se ha posesionado del corazón de usted, hace algún tiempo, un demonio que haría bien en exorcizar lo más pronto posible; de otro modo, acabará usted por formar una homogénea trinidad con las señoras de Aubry y de Saint-Cast; quiero advertírselo bien claro. Por mi parte no me precio de ser ni haber sido jamás una persona muy novelesca, pero me gusta creer que hay aún en el mundo algunas almas capaces de sentimientos generosos: creo en el desinterés, aun cuando no fuese sino en el mío; creo en el heroísmo, pues he conocido héroes. Además, tengo placer en oir cantar á los pajarillos bajo mi soto de ojaranza, y en edificar mi catedral en las nubes que pasan. Todo esto puede ser muy ridículo; pero me atrevo á recordarle que estas ilusiones son los tesoros del pobre, que el señor y yo no tenemos otros, y que tenemos la singularidad de no quejarnos.
Otro día que acababa yo de sufrir con mi ordinaria impasibilidad los sarcasmos de la señorita Margarita, su madre me llamó aparte.
--Señor Máximo--me dijo,--mi hija le atormenta un poco, le suplico que la excuse. Debe notar que su carácter se ha alterado desde hace algún tiempo.
--La señorita parece más preocupada que de costumbre...
--¡No es sin razón, Dios mío! Está á punto de tomar una resolución muy grave y ese es un momento en que el humor de las jóvenes queda entregado á la locura de las brisas.
Inclinéme sin responder.
--Usted es ahora--continuó la señora Laroque--un amigo de la familia; por esa razón le quedaré agradecidísima si me dice lo que piensa del señor de Bevallan.
--El señor de Bevallan, señora, tiene según creo, una muy buena fortuna aunque un poco inferior á la de usted, pero muy buena sin embargo: cerca de ciento cuarenta mil francos de renta.
--Sí, pero ¿cómo juzga usted su persona, su carácter?...
--Señora, el señor de Bevallan es lo que se llama un completo caballero. No le falta talento y pasa por un hombre galante.
--¿Pero cree usted que haga feliz á mi hija?
--No creo que la haga desgraciada. Sería suponerle una alma depravada.
--¿Qué quiere usted que haga, Dios mío? A mí no me gusta nada, pero es el único que no desagrada á Margarita... y por otra parte, ¡hay tan pocos hombres que tengan cien mil francos de renta! Debe usted comprender que mi hija en su posición no ha dejado de tener pretendientes... Hace dos ó tres años que estamos literalmente sitiadas... Pues bien, es menester acabar... Yo estoy enferma... Puedo morirme de un día á otro... Mi hija quedaría sin protección... Además, este es un matrimonio en que se reunen todas las conveniencias, que la sociedad aprobará ciertamente, y yo sería culpable si no consintiera en él... Se me acusa ya de inspirar á mi hija ideas novelescas... la verdad es que yo nada la inspiro. Ella tiene una cabeza completamente suya. En fin, ¿qué es lo que me aconseja usted?
--¿Me permitirá, señora, preguntarle cuál es la opinión de la señorita de Porhoet? Es una persona llena de juicio y de experiencia y que además le profesa á usted un gran cariño...
--¡Ah! si he de creer á la señorita de Porhoet, enviaría muy lejos al señor de Bevallan... Pero habla muy fácilmente... ¡cuando él se haya marchado no será ella quien casará á mi hija!
--Dios mío, señora, desde el punto de vista de la fortuna, el señor de Bevallan es ciertamente un partido poco común, es preciso no disimulárselo, y si quiere usted rigurosamente cien mil libras de renta...
--Para mí lo mismo son cien mil libras de renta que cien cuartos, mi querido señor... Pero no se trata de mí, sino de mi hija... yo no puedo darla á un albañil. ¿No es así? A mí me habría gustado ser la mujer de un obrero, pero lo que habría hecho mi felicidad, es probable que no haga la de mi hija. Y al casarla, debo consultar las ideas generalmente recibidas, no las mías.
--Pues bien, señora, si este casamiento le conviene, y conviene igualmente á su señorita hija...
--Pero no, si él no me conviene... y no conviene á mi hija... Es un casamiento... ¡Dios mío, es un casamiento de conveniencia, eso es todo!
--¿Debo comprender que es una cosa completamente arreglada?
--No, puesto que le pido consejo. Si lo estuviera, mi hija estaría más tranquila... esas fluctuaciones son las que la trastornan, y además...
La señora de Laroque, sumergiéndose en la sombra de la pequeña cúpula que domina su sillón, agregó: ¿Tiene usted alguna idea de lo que pasa en esa desgraciada cabeza?
--Ninguna, señora.
Su mirada chispeante se fijó sobre mí durante un momento. Arrojó un profundo suspiro y me dijo con un tono dulce y triste:--Váyase, señor... no le detengo más.
La confidencia con que acababa de ser honrado no me sorprendió. Hacía ya algún tiempo que la señorita Margarita consagraba visiblemente al señor de Bevallan todo el resto de simpatía que conserva aún por la humanidad. Estos testimonios, sin embargo, parecían más bien señal de una preferencia amistosa que la de una apasionada ternura. Es menester decir, además, que esta distinción se explica fácilmente. El señor de Bevallan, á quien jamás estimé y de quien he hecho, á pesar mío, en estas páginas, más bien la caricatura que el retrato, reune el mayor número de cualidades y defectos que habitualmente atraen el sufragio de las mujeres. La modestia le falta absolutamente; lo que le viene á las mil maravillas, pues las mujeres no la estiman. Tiene esa seguridad espiritual burlona y tranquila, que de nada se asusta, que intimida fácilmente, y que garantiza siempre, al que está dotado de ella, una especie de dominación y una apariencia de superioridad. Su talle derecho, sus gallardas facciones, su destreza en los ejercicios físicos, su renombre como batidor y cazador, le prestan una autoridad viril, que impone al sexo tímido. Hay por fin, en sus ojos un espíritu de audacia, de empresa y de conquista no desmentido por sus costumbres, que conmueve á las mujeres y subleva en sus almas secretos ardores. Justo es agregar, que tales ventajas no tienen en general todo su precio sino sobre corazones vulgares; pero el corazón de la señorita Margarita, que yo había querido, como sucede siempre, elevar al nivel de su belleza, parece hacer ostentación desde hace algún tiempo de sentimientos de un orden muy mediocre, y creíala muy capaz de sufrir sin resistencia como sin entusiasmo, con la frialdad pasiva de una imaginación inerte, el encanto de ese vencedor venal y el yugo consiguiente á un matrimonio de conveniencia.
A consecuencia de todo esto, era menester tomar un partido y lo tomé más fácilmente de lo que un mes antes hubiera creído, pues había empleado todo mi valor en combatir las primeras tentaciones de un amor que el buen sentido y el honor reprobaban igualmente, y aquella misma que, sin saberlo, me imponía este combate, sin saberlo, también, me había ayudado poderosamente á triunfar. Si no había podido ocultarme su belleza, me había manifestado su alma, y la mía se había reconcentrado, pequeña desgracia sin duda para la millonaria joven, pero verdadera, dicha para mí.
Entretanto, hice un viaje á París donde me llamaban los intereses de la señora de Laroque y los míos. Volví hace dos días y al llegar al castillo, se me dijo que el anciano señor Laroque me llamaba con insistencia desde por la mañana. Pasé inmediatamente á su departamento. Desde que me divisó, una pálida sonrisa vagó por sus ajadas mejillas, detuvo sobre mí una mirada en la que creí ver una expresión de maligna alegría y de secreto triunfo, diciéndome luego con voz sorda y cavernosa.
--Señor, el señor de Saint-Cast ha muerto.
Esta noticia que aquel singular anciano había querido darme él mismo, era exacta. En la noche precedente, el pobre general de Saint-Cast había sido atacado de una fuerte aplopegía, y una hora después era arrebatado á la existencia opulenta y deliciosa, que debía á su señora. Conocido apenas el suceso en el castillo, la señora de Aubry se había hecho transportar en seguida á casa de su amiga, y estas dos compañeras, nos dijo el doctor Desmarest, habían conferenciado sobre la muerte, la rapidez de sus golpes, la imposibilidad de preverlos ó de garantirse contra ellos, la inutilidad de los pesares que á nadie resucitan, sobre el tiempo que todo lo consuela, acabando por una letanía de ideas originales y picantes. Después de lo cual habiéndose sentado á la mesa habían recobrado fuerzas muy tranquilamente.
--Vamos, coma usted, señora; es menester sustentarse, Dios lo quiere así--decía la señora de Aubry.
A los postres, la señora de Saint-Cast hizo subir una botella de un vinillo de España que el pobre general adoraba, en consideración á lo cual suplicaba á la señora Aubry lo probara. Rehusando obstinadamente la señora de Aubry á probarlo sola, la señora de Saint-Cast se había dejado persuadir que Dios quería que también ella bebiese un poco de vino de España con un bizcochito. No se brindó por la salud del general.
Ayer por la mañana, la señora de Laroque y su hija, estrictamente vestidas de luto, montaron en carruaje: yo tomé un lugar á su lado. A las diez nos hallábamos en la pequeña ciudad vecina. Mientras yo asistía á los funerales del general, las señoras se reunían con la señora de Aubry para formar alrededor de la viuda el círculo de costumbre. Acabada la triste ceremonia, volví á la casa mortuoria y fuí introducido con algunos amigos íntimos en el célebre salón cuyo mueblaje cuesta quince mil francos. En el centro de una fúnebre media luz, distinguí sobre un canapé de mil doscientos francos, la sombra inconsolable de la señora de Saint-Cast, envuelta en amplios crespones, cuyo precio no tardaremos en conocer. A su lado se hallaba la señora de Aubry presentando la imagen de la más intensa postración física y moral. Una media docena de parientas y de amigas completaban aquel grupo doloroso. Mientras nosotros nos colocábamos en fila á la otra extremidad del salón, hubo algún ruido de refregones de pie y algunos crujidos del pavimento; luego un melancólico silencio reinó de nuevo en el fúnebre recinto. De tiempo en tiempo solamente, se elevaba del canapé un suspiro lamentable que la señora de Aubry repetía como un eco fiel. En fin apareció un joven que se había retardado un poco en la calle tomándose tiempo para acabar un cigarro que había encendido al salir del cementerio. Se deslizaba discretamente en nuestras filas, cuando la señora de Saint-Cast lo notó.
--¿Es usted, Arturo?--dijo con una voz semejante á un soplo.
--Sí, mi tía--dijo el joven, avanzando como centinela al frente de nuestra línea.
--¿Se acabó todo?--respondió la viuda con el mismo tono quejumbroso y lánguido.
--Sí, mi tía--respondió con acento breve y deliberado el joven Arturo, que parece un mozo bastante satisfecho de sí mismo.
Hubo una pausa; en seguida la señora de Saint-Cast sacó del fondo de su alma expirante esta nueva serie de preguntas:
--¿Estuvo bueno?
--Muy bueno, tía, muy bueno.
--¿Mucha gente?
--Toda la ciudad, mi tía, toda la ciudad.
--¿Las tropas?
--Sí, mi tía; toda la guarnición con la música.
La señora de Saint-Cast hizo oir un gemido y agregó:
--¿Y los bomberos?
--Los bomberos también, mi tía, sin duda alguna.
Ignoro lo que este último detalle podría tener de particularmente desgarrador para el corazón de la señora de Saint-Cast, pero no pudo resistir á él; un desmayo súbito, acompañado de un vahido infantíl llamó á su alrededor todos los recursos de la sensibilidad femenil y nos proporcionó la ocasión de retirarnos. Yo por mi parte no tuvo reparo en aprovecharme de ella. Me era insoportable ver aquella ridícula furia ejecutar sus hipócritas farsas sobre la tumba del hombre débil, pero bueno y leal, cuya vida había emponzoñado y muy indudablemente acortado.
Más tarde, la señora de Laroque me propuso la acompañara á la alquería de Langoat, que está situada cinco ó seis leguas más lejos, en dirección á la costa. Tenía la intención de ir á comer allí con su hija. La arrendataria, que había sido nodriza de la señorita Margarita, estaba enferma y proyectaban hacía largo tiempo darle este testimonio de interés. Partimos á las dos de la tarde. Era uno de los más ardientes días de verano. Las dos portezuelas abiertas dejaban entrar en el carruaje los espesos y abrasadores efluvios que un tórrido cielo vertía á torrentes sobre los secos arenales.
La conversación se resintió de la languidez de nuestros espíritus. La señora de Laroque que se creía en el paraíso, se había por fin desembarazado de sus pieles y permanecía sumergida en un dulce éxtasis. La señorita Margarita manejaba el abanico con una gravedad española. En tanto que subíamos lentamente las interminables cuestas de este país, veíamos hormiguear sobre las calcinadas rocas legiones de pequeños lagartos con sus plateadas corazas, y oíamos el chirrido continuo de las aliagas que abrían al sol sus maduras frutas.
En medio de una de estas laboriosas ascensiones una voz gritó repentinamente desde el borde del camino:--¡Deténganse si me hacen el favor! Al mismo tiempo una muchachota con las piernas desnudas, una rueca en la mano y llevando el antiguo vestido del país y la cofia ducal de las paisanas de esa región, franqueó rápidamente el foso; espantó, al pasar, algunos carneros, cuya pastora parecía, y vino á plantarse con cierta gracia sobre el estribo, presentándonos en el cuadro de la portezuela su fisonomía bronceada, resuelta y sonriente.
--Excúsenme, señoras--dijo con el tono breve y melodioso que caracteriza el acento de la gente del país--¿me harían el placer de leerme esto?--y sacó de su corpiño una carta plegada á la antigua.
--Lea usted, señor--me dijo sonriendo la señora de Laroque y alto si es posible.
Tomé la carta, que era un billete de amor. Estaba dirigido con mucha minuciosidad á la señorita Cristina Oyadec en la Villa de... comuna de... granja de... La escritura era de mano muy inculta, pero que parecía sincera. La fecha anunciaba que la señorita Cristina había recibido aquella misiva dos ó tres semanas antes: al parecer, la pobre joven, no sabiendo leer y no queriendo confiar su secreto á la malignidad de los que la rodeaban, había esperado que algún pasajero á la vez benévolo y letrado, viniera á darle la clave de aquel misterio que le quemaba el seno hacía quince días. Sus ojos azules, ampliamente rasgados, fijábanse sobre mí con un aire de contento inexplicable, en tanto que yo descifraba penosamente las líneas oblicuas de la carta que estaba concebida en estos términos: Señorita: ésta tiene por objeto decirle que desde el día en que nos hablamos en el arenal después de vísperas, mis intenciones no han cambiado y que me desespero por saber las suyas; mi corazón, señorita, es todo suyo, como deseo que el de usted sea todo mío, y si esto sucede, puede estar segura y muy cierta, que no habrá alma viviente más dichosa, ni en el Cielo ni en la tierra, que la de su amigo que no firma, pero que usted sabe quién es, señorita.
--¿Usted sabe quién es, señorita Cristina?--preguntéla al devolverle la carta.
--Es muy probable--dijo, mostrándonos sus blancos dientes y sacudiendo gravemente su femenil cabeza, iluminada por la felicidad.--¡Gracias, señoras y señor!--saltó del estribo y muy luego desapareció en la selva, elevando hacia el Cielo las notas alegres y sonoras de alguna canción bretona.
La señora de Laroque había seguido con un encanto manifiesto todos los detalles de aquella escena pastoril, que acariciaba deliciosamente sus quimeras; sonreía y soñaba ante aquella afortunada niña de desnudos pies, estaba encantada. Cuando la señorita Oyadec se hubo perdido de vista, una idea extraña se ofreció repentina al pensamiento de la señora de Laroque: era que, después de todo, no hubiera hecho mal en dar, además de su admiración, una pieza de cinco francos á la pastora.
--¡Alain!--exclamó--¡llámela!
--¿Para qué, madre mía?--dijo vivamente la señorita Margarita, que hasta entonces no había parecido prestar atención alguna al incidente.
--Pero, hija mía, no puede ser que esa niña no comprenda bien todo el placer que yo tendría y que debe tener ella en correr con los pies desnudos sobre el polvo, y creo conveniente por lo que pueda suceder, dejarle un pequeño recuerdo.
--¡Dinero!--respondió la señorita Margarita;--¡oh! madre mía, no haga usted eso. ¡No mezcle el dinero en la dicha de esa niña!
La expresión de este refinado sentimiento que, entre paréntesis, la pobre Cristina es probable no hubiera apreciado del todo, no dejó de asombrarme en boca de la señorita Margarita, que no peca en general de ese puritanismo. Hasta creí que se burlaba, aun cuando su fisonomía no indicara ninguna disposición á la jovialidad. Sea lo que sea, broma ó no, fué tomada muy á lo serio por su madre y se decidió con entusiasmo á dejar á aquel idilio su inocencia y sus pies desnudos.
Después de este bello rasgo, la señora de Laroque, evidentemente muy contenta de sí misma, volvió á caer en éxtasis sonriendo, y la señorita Margarita continuó de nuevo manejando el abanico con más gravedad. Una hora después llegábamos al término de nuestro viaje. Como la mayor parte de los cortijos de este país, donde las alturas y las mesetas están cubiertas de áridos arenales, la granja de Langot está situada en el hueco de un valle atravesado por un riachuelo. La arrendataria, que se hallaba mejor, se ocupó sin retardo de los preparativos de la comida, cuyos principales elementos habíamos tenido cuidado de llevar. Nos fué servida sobre el césped de una pradera, á la sombra de un enorme castaño. La señora de Laroque, instalada sobre uno de los cojines del carruaje en una actitud sumamente incómoda, no parecía por eso menos contenta. Nuestra reunión, decía le recordaba esos grupos de segadores que suelen verse en verano, oprimiéndose al abrigo de los cercados y cuyos rústicos banquetes nunca había podido contemplar sin envidia. En cuanto á mí, es probable que en otros tiempos hubiera hallado una dulzura singular en la estrecha y fácil intimidad que esta comida sobre el césped, como todas las escenas de este mismo género, establecen siempre entre los convidados; pero alejaba, con un penoso sentimiento de violencia, este encanto demasiado sujeto al arrepentimiento, y el pan de fugitiva fraternidad me parecía amargo.
Cuando acabamos de comer:--¿Ha subido usted alguna vez allá arriba?--me dijo la señora de Laroque designando la cumbre de una colina muy elevada que domina la pradera.
--No, señora.
--Ha hecho usted muy mal. Vese desde allí un magnífico horizonte. En tanto que se pone el tiro, Margarita puede acompañarle, ¿no es así Margarita?
--¿Yo, madre mía? No he ido sino una vez y hace largo tiempo... pero hallaré el camino. Venga, señor, y prepárese para una ruda ascensión.
Comenzamos en el momento á subir una escarpadísima senda que serpenteaba sobre el flanco de la montaña, atravesando aquí y allá algún bosquecillo. La joven se detenía de tiempo en tiempo en su rápida y ligera ascensión para mirar si la seguía, y un poco jadeante de su carrera me sonreía sin hablar.
Llegado que hubimos al desnudo arenal que formaba la meseta, observé á alguna distancia una iglesia de aldea cuyo campanario dibujaba en el cielo sus vivos contornos.
--Aquí es--me dijo la joven conductora, acelerando el paso.
Detrás de la iglesia había un cementerio cercado de pared. Abrió la puerta y se dirigió penosamente á través de las altas hierbas y de las zarzas extendidas, especie de gradas en forma de hemiciclo que ocupaban su extremidad. Dos ó tres escalones separados por el tiempo y muy singularmente adornados por macizas esferas, conducen á una estrecha plataforma levantada al nivel del muro; una cruz de granito se levanta en el centro. Apenas llegó la señorita Margarita á la plataforma y arrojó una mirada en el espacio que se abrió entonces ante ella, cuando la vi colocar oblicuamente la mano sobre sus ojos, como si sintiese un súbito desvanecimiento. Apresuréme á llegar á su lado. Este bello día al aproximarse á su fin alumbraba con sus últimos resplandores una escena grande, asombrosa y sublime, que jamás olvidaré. Frente á nosotros y á una inmensa profundidad de la plataforma, se extendía hasta perderse de vista, una especie de pantano sembrado de placas luminosas y que ofrecía el aspecto de una tierra abandonada por el reflujo de un diluvio. La ancha bahía avanzaba bajo nuestros pies hasta la base de las sesgadas montañas. Sobre los bancos de arena y de fango, una vegetación confusa de cañas y de hierbas marinas, se teñía de mil matices igualmente sombríos y sin embargo distintos, que contrastaban con la brillante superficie de las aguas. A cada uno de sus rápidos pasos hacia el horizonte, el sol iluminaba ó sumergía en la sombra alguno de los numerosos lagos que salpicaban aquel golfo medio seco; parecía sacar sucesivamente de su celeste tesoro las más preciosas materias, la plata, el oro, el rubí y el diamante, para hacerlas relumbrar sobre cada punto de aquella magnífica llanura. Cuando el astro tocó al término de su carrera, una banda vaporosa y ondeada que bordaba á lo lejos el límite del extremo de los pantanos, purpureóse de repente con la luz del incendio y guardó por un momento la irradiada transparencia de una nube surcada por el rayo; hallábame entregado todo entero á la contemplación de este cuadro verdaderamente sellado por la grandeza divina, y que atravesaba como un rayo más el recuerdo de César, cuando una voz baja como oprimida murmuró cerca de mí:--¡Dios mío, esto es magnífico!
Muy lejos estaba yo de esperar de mi joven compañera esta efusión simpática. Me volví hacia ella con la prontitud de una sorpresa que no disminuyó cuando la alteración de sus facciones y el ligero temblor de sus labios, me manifestaron la sinceridad profunda de su admiración.
--¿Confiesa usted que esto es bello?--le dije.
Ella sacudió la cabeza; pero en el mismo instante dos lágrimas destacábanse lentamente de sus grandes ojos: sintiólas correr sobre sus mejillas; hizo un gesto de despecho, luego arrojándose repentinamente sobre la cruz de granito, cuya base le servía de pedestal, abrazóla con sus dos manos, apoyó fuertemente su cabeza contra la piedra, y la oí sollozar convulsivamente.
No creí deber turbar con ninguna palabra el curso de aquella súbita emoción, y alejéme algunos pasos con respeto. Después de un momento, viéndola levantar la frente y con mano distraída arreglar sus sueltos cabellos, me aproximé á ella.
--¡Qué avergonzada estoy!--murmuró.
--Esté usted más bien gozosa y renuncie, créamelo, á secar la fuente de esas lágrimas, porque es sagrada. Jamás las sacará usted de otra parte.
--Es preciso--exclamó la joven con una especie de violencia.--Además ya no tiene remedio. Este acceso no ha sido sino una sorpresa... Todo lo que es bello y todo lo que es amable... quiero odiarlo y lo odio.
--¿Y por qué? gran Dios.
Miróme á la cara y agregó con un gesto de dignidad y de dolor indecible:
--Porque soy bella y no puedo ser amada.
Entonces como un torrente largo tiempo contenido que rompe en fin sus diques, continuó con un arrebato extraordinario: