Chapter 6
La señorita Helouin, con la que quiero arreglar mis cuentas desde luego, es una ingrata. Mis pretendidos agravios hacia ella, deberían más bien recomendarme á su estimación; pero parece ser una de esas mujeres, bastante generales en el mundo, que no cuentan la estimación en el número de los sentimientos, que gustan suspirar, ó que se les suspire. Desde los primeros tiempos de mi morada en el castillo, una especie de conformidad entre la situación de la maestra y la del intendente, la modestia común de nuestro estado en la casa, me indujeron á entablar con la señorita Helouin las relaciones de una benevolencia afectuosa. Siempre me he afanado en manifestar á estas pobres muchachas el interés á que su ingrata tarea, su situación precaria, humillante y sin porvenir, me parecían hacerlas acreedoras. La señorita Helouin es además bonita, inteligente y llena de talento, y aunque prodigue un poco todo esto, por la vivacidad de sus salidas, su febril coquetería, y esa ligera pedantería que son las propensiones habituales del empleo, convengo en que había muy poco mérito en sostener el papel caballeresco que me había propuesto. Este papel tomó á mis ojos el carácter de una especie de deber, cuando reconocí, como muchas advertencias me lo habían hecho presentir, que un león devorador, bajo las facciones del Rey Francisco I, rondaba furtivamente á mi joven protegida. Esta duplicidad que hace honor á la audacia del señor de Bevallan, pasa, so color de amable familiaridad, con una política y un aplomo, que engañan fácilmente las miradas poco atentas ó demasiado cándidas. La señora de Laroque, y en particular su hija, son completamente ajenas á las perversidades de este mundo, y viven demasiado apartadas de toda realidad para sentir la sombra de una suposición. En cuanto á mí, sumamente irritado contra este insaciable _tragador de corazones_, me hice un placer en contrariar sus proyectos: más de una vez distraje la atención, que trataba de monopolizar, y me esforcé, sobre todo en aminorar en el corazón de la señorita Helouin aquel amargo sentimiento de abandono y aislamiento, que da en general tanto precio á los consuelos que le son ofrecidos. ¿He ultrapasado alguna vez, en el curso de esta lucha indiscreta, la medida delicada de una protección fraternal? No lo creo, y los términos mismos del corto diálogo, que ha modificado súbitamente la naturaleza de nuestras relaciones, parece hablaran en favor de mi reserva. Una noche de la última semana, tomábamos el fresco en la azotea; la señorita Helouin á quien en aquel día había precisamente tenido ocasión de prestar algunas atenciones particulares, tomó ligeramente mi brazo y al mismo tiempo que mordía con sus pequeños y blancos dientes un ramito de azahares:
--Es usted muy bueno, señor Máximo--me dijo con voz un poco conmovida...
--Trato de serlo al menos.
--Es usted un verdadero amigo.
--Sí.
--¿Pero un amigo cómo?
--Verdadero, como usted lo ha dicho.
--Un amigo... que me ama...
--Sin duda.
--¿Mucho?
--Seguramente.
--¿Apasionadamente?
--No.
A este monosílabo que articulé muy secamente y apoyé con una firme mirada, la señorita Helouin arrojó vivamente su ramito de azahares y abandonó mi brazo. Desde esa hora nefasta me trata con un desdén que no he merecido, y creería decididamente, que la amistad de un sexo por el otro es un sentimiento ilusorio, si mi desgracia no hubiera tenido al otro día una especie de indemnización.
Había ido á pasar algunas horas de la noche en el castillo; dos ó tres familias que acababan de pasar allí una quincena, se habían marchado aquella mañana. No estaban en él sino los parroquianos habituales, el cura, el preceptor, el doctor Desmarest, y en fin el general de Saint-Cast y su mujer, que habitan, como el doctor, en la pequeña ciudad vecina. La señora de Saint-Cast, que parece haber llevado á su marido una bella fortuna, estaba entretenida, cuando entré, en una animada conversación con la señora de Aubry. Estas dos señoras, siguiendo su costumbre, se entendían perfectamente, celebrando cada una á su turno, como dos pastores de una égloga, los incomparables encantos de la riqueza, en un lenguaje en que la distinción de la forma disputaba á la elevación del pensamiento.
--Tiene usted mucha razón, señora--decía la señora de Aubry--no hay sino una cosa en el mundo, y esa es ser rica; cuando yo lo era, despreciaba de todo corazón á los pobres, así hallo ahora muy natural que se me desprecie, y no me quejo de ello.
--Nadie la desprecia por eso, señora--respondía la señora de Saint-Cast--seguramente que no, pero es muy cierto, que entre ser rico ó pobre hay una terrible diferencia. Vea ahí al general, que puede decirle algo de eso; él no tenía absolutamente otra cosa que su espada cuando se casó conmigo, y no es con una espada con lo que se pone manteca en la sopa, ¿no es verdad, señora?
--¡Oh! no, no, señora--exclamó la señora de Aubry aplaudiendo esta atrevida metáfora. El honor y la gloria son muy bellos en las novelas; pero yo prefiero con mucho un buen carruaje.
--Sí, ciertamente, y es lo que decía esta mañana al general, al venir hasta aquí: ¿es verdad, general?
--Hum--refunfuñó el general, que jugaba tristemente en un rincón, con el antiguo corsario.
--No tenía usted nada cuando nos casamos, general--continuó la señora de Saint-Cast--¿espero que no tratará de negarlo?
--Usted lo ha dicho ya--murmuró el general.
--Lo que no impide que sin mí, marcharía usted á pie, mi general, lo que no le sería muy agradable con sus heridas... porque con seis ó siete mil francos de retiro que tiene usted, no podría arrastrar carroza, amigo mío... Esta mañana le decía esto, señora, á propósito de nuestro nuevo carruaje que es lo más cómodo que puede imaginarse. Es lo cierto que lo he pagado muy bien: me cuesta cuatro mil buenos francos de menos en mi bolsa.
--¡Ya lo creo, señora! Mi carruaje de gala no me costó menos de cinco mil francos, contando el cuero de tigre para los pies, que él solo me costó quinientos.
--Yo me he visto obligada á contenerme un poco, pues acabo de renovar mi mueblaje del salón; en alfombras y tapices he gastado como quince mil francos. Es demasiado lujo para un pobre rincón de provincia, me dirá usted, y es muy cierto... Pero toda la ciudad está muy humilde con nosotros, y á todos nos gusta ser respetados, ¿no es así, señora?
--Sin duda--replicó la señora de Aubry--á todos nos gusta ser respetados, y uno sólo es respetado en proporción del dinero que tiene. Por mi parte, me consuelo de que hoy no se me respete, pensando que si fuera aún lo que he sido, vería á mis pies á todos los que me desprecian.
--¡Excepto á mí, voto á sanes!--exclamó el doctor Desmarest levantándose de pronto.--Aun cuando tuviera usted cien millones de renta, no me vería á sus pies; se lo aseguro bajo mi palabra de honor. Y me marcho á tomar el aire, pues el diablo me lleve, si puedo sufrir más.--Al mismo tiempo el bravo doctor salió del salón, llevando toda mi gratitud, pues me había hecho un verdadero servicio consolando mi corazón oprimido de indignación y disgusto.
Aun cuando el señor Desmarest se halla establecido en la casa sobre el pie de un San Juan Boca-de-oro, á quien se sufre la mayor independencia en el lenguaje, el apóstrofe había sido demasiado vivo para no causar entre los asistentes un sentimiento de malestar que se traducía por un silencio embarazoso. La señora de Laroque lo rompió diestramente, preguntando á su hija si habían dado las ocho.
--No, madre--respondió Margarita,--pues la señorita de Porhoet no ha llegado aún.
Un minuto después, el timbre del péndulo se ponía en movimiento; la puerta se abrió, y la señorita Jocelynde de Porhoet-Gaél, llevada del brazo por el doctor Desmarest, entró en el salón con una precisión astronómica.
La señorita de Porhoet-Gaél, que ha visto pasar este año la octogésima octava primavera de su existencia y que tiene la apariencia de una caña conservada en seda, es el último vástago de una muy noble raza, cuyos abuelos se creen hallar entre los reyes fabulosos de la vieja Armórica. Sin embargo, esta casa no toma seriamente pie en la historia, hasta el siglo XII en la persona de Juthaal, hijo de Conan _le Tort_, descendiente de la rama segunda de Bretaña. Algunas gotas de sangre de los Porhoet, han corrido por las venas más ilustres de Francia: en las de los Rohan, de los Lusignan, de los Penthièvre, y estos grandes señores convenían en que no era la menos pura.
Me acuerdo que estudiando un día, en un acceso de vanidad juvenil, la historia de las alianzas de mi familia, me llamó la atención el singular nombre de Porhoet y que mi padre, muy erudito en estas materias, me lo alabó muchísimo. La señorita Porhoet, que es la única que queda hoy de su nombre, no ha querido casarse jamás á fin de conservar el mayor tiempo posible en el firmamento de la nobleza francesa, la constelación de estas mágicas sílabas: Porhoet-Gaél. La casualidad quiso que un día se hablase delante de ella, de los orígenes de la casa de Borbón.--Los Borbones--dijo la señorita de Porhoet, metiendo repetidas veces su aguja de tejer en su rubia peluca--los Borbones son de buena nobleza, pero--tomando repentinamente un aire modesto--hay mejores--añadió.
Por lo demás, es imposible no inclinarse ante esta vieja niña, tan augusta, que lleva con una dignidad sin igual la triple y pesada majestad del nacimiento, de la edad y de la desgracia. Un proceso deplorable, que se obstina en sostener fuera de Francia hace más de quince años, ha reducido progresivamente su fortuna, ya muy pequeña, y apenas le quedarán hoy un millar de francos de renta. Esta situación, desgraciada, no ha quitado nada á su orgullo, ni aumentado nada á su carácter: es alegre, igual, cortés; vive, no se sabe cómo, en su casita con una sirvienta, y halla aún medios para hacer muchas limosnas. La señora de Laroque y su hija profesan á su noble y pobre vecina, una pasión que las honra: en su casa es objeto de un respeto atento que confunde á la señora de Aubry. He visto á menudo á la señorita Margarita abandonar el baile más animado, para ir á asistir al whist de la señorita de Porhoet; si el whist de la señorita de Porhoet (á cinco céntimos la ficha) llegara á faltar un solo día, el mundo se acabaría. Yo también soy uno de los jugadores preferidos de la vieja señorita, y la noche de que hablo, no tardamos, el cura, el doctor y yo, en instalarnos alrededor de la mesa del whist, en frente y á los lados de la descendiente de Conan le Tort.
Es menester saber, que á principios del último siglo, un tío abuelo de la señorita de Porhoet, que estaba agregado á la casa del duque de Anjou, pasó los Pirineos siguiendo al joven príncipe, que fué después Felipe V, y fundó en España una casa que aun reina hoy. Su descendencia directa parece haberse extinguido hace una quincena de años, y la señorita de Porhoet, que jamás había perdido de vista á sus parientes de allende los montes, se creyó al momento heredera de una fortuna que se dice ser considerable: sus derechos le fueron disputados muy justamente por una de las más antiguas casas de Castilla, aliada á la rama española de los Porhoet. De aquí proviene ese proceso que la desgraciada octogenaria prosigue con grandes gastos, de jurisdicción en jurisdicción, con una persistencia que toca en manía, y aflige á sus amigos y divierte á los indiferentes. El doctor Desmarest, á pesar del respeto que profesa á la señorita de Porhoet, no deja de tomar partido en el número de los burlones; tanto más, cuanto que desaprueba formalmente el uso á que la pobre mujer consagra imaginariamente su quimérica herencia, á saber: la erección en la ciudad vecina, de una catedral del más bello y lujoso estilo, que transmitirá hasta el fin de los siglos futuros el nombre de la fundadora con el de una gran raza extinguida. Esta catedral, sueño creado sobre un sueño, es el juego inocente de esta vieja niña. Ha hecho ejecutar los planos de ella; pasa sus días, y algunas veces sus noches, meditando los esplendores, cambiándole las disposiciones anteriores y agregándole algunos ornamentos: habla de ella como de un monumento edificado y practicable.--Estaba en la nave de mi catedral: he notado anoche en el ala del Norte de mi catedral una cosa muy chocante; he modificado la librea del suizo, etc.
--Y bien, señorita--dijo el doctor, en tanto que barajaba las cartas,--¿ha trabajado usted en su catedral desde ayer?
--¡Cómo no, doctor! Y he tenido una idea muy feliz. He reemplazado el muro macizo que separaba el coro de la sacristía, por un follaje de piedra de mucho trabajo, imitando el de la capilla de Clisson en la iglesia de Josselin. Es mucho más ligero.
--Sí, ciertamente; pero entretanto ¿qué noticias tiene usted de España? ¡Ah, diablo! ¿será verdad como creo haber leído esta mañana en la _Revista de Ambos Mundos_, que el joven duque de Villa Hermosa le propone á usted la terminación amistosa del pleito por medio de un casamiento?
La señorita de Porhoet sacudió con un gesto desdeñoso el penacho de cintas ajadas que flotaba sobre su cofia.
--Me negaré redondamente--dijo.
--Sí, sí, usted dice eso, señorita; pero ¿qué significa esa guitarra, que se oye hace ya varias noches bajo sus ventanas?
--¡Vaya!
--¿Vaya? ¿Y ese español de capa y botas amarillas, que se ve rondar por los alrededores y que suspira sin cesar?...
--Es usted un bromista--dijo la señorita de Porhoet, abriendo tranquilamente su caja de rapé.--Ya que quiere usted saberlo, le diré que mi encargado me ha escrito de Madrid hace dos días que, con un poco de paciencia, veremos sin duda alguna, el fin de nuestros males.
--¡Pardiez, ya lo creo! ¿Sabe usted de dónde sale su agente de negocios? De la caverna de Gil Blas directamente. Le sacará á usted hasta el último escudo y se burlará de usted en seguida. ¡Ah, qué discreta sería si olvidase usted esa locura y viviera tranquila!... ¿Para qué le servirían esos millones, veamos? ¿No es usted dichosa y considerada?... ¿qué más ambiciona? En cuanto á su catedral, no hablo de ella, porque es una majadería.
--Mi catedral no es una majadería, sino á los ojos de los majaderos, doctor Desmarest; por otra parte yo defiendo mi derecho, combato por la justicia: esos bienes me pertenecen; se lo he oído decir á mi padre más de cien veces, y jamás pertenecerán, por mi voluntad, á personas tan extrañas en definitiva á mi familia, como usted, mi querido amigo, ó como el señor, agregó designándome con un signo de cabeza.
Cometí la torpeza de manifestarme tentado por estas palabras, y respondí al instante:
--En lo que á mí concierne, señorita, se engaña, porque mi familia ha tenido el honor de haberse aliado con la suya, y recíprocamente.
Al oir estas enormes palabras, la señorita de Porhoet, aproximó vivamente á su barba puntiaguda las cartas desenvueltas en forma de abanico, que tenía en la mano, y enderezando su delgado talle, me miró á la cara para asegurarse primero del estado de mi razón; luego recobró su calma, por medio de un esfuerzo sobrehumano, y llevando á su afilada nariz un poco de polvillo de España:
--Me probará usted eso, joven--me dijo.
Avergonzado de mi ridícula jactancia, y muy embarazado por las curiosas miradas que sobre mí había atraído, me incliné torpemente sin responder. Nuestro whist se acabó en un silencio profundo. Eran las diez, y me preparaba á retirarme, cuando la señorita de Porhoet me tocó el brazo.
--El señor intendente--dijo,--me hará el honor de acompañarme hasta la avenida.
La saludé y la seguí. Un instante después nos hallábamos en el parque. La sirvienta, vestida á la moda del país, marchaba delante, llevando una linterna; luego iba la señorita de Porhoet, derecha y silenciosa, levantando con mano cuidadosa y decente los pocos pliegues de su angosta saya de seda; había rechazado secamente el ofrecimiento de mi brazo, y seguía á su lado, con la cabeza baja, muy poco satisfecho de mi papel. Al cabo de algunos minutos de esta fúnebre marcha:
--¡Y bien! señor--me dijo la vieja señorita: hable, pues, lo espero: ha dicho usted que mi familia ha sido aliada á la suya, y como un punto de alianza de esa especie es enteramente nuevo para mí, le quedaría sumamente agradecida, si me lo aclarase.
Yo había decidido por mi parte, que debía guardar á todo precio el secreto de mi incógnito.
--¡Dios mío! señorita--le dije,--me atrevo á esperar que excusará usted una broma escapada al correr de la conversación...
--¡Una broma!--exclamó la señorita de Porhoet.--La materia en efecto se presta mucho á la broma. ¿Y cómo llaman, señor, en este siglo las bromas que se dirigen valientemente á una mujer anciana y sin protección y que no se dirigirían seguramente á un hombre?
--Señorita, no me deja usted ninguna retirada posible; no me queda otro recurso que confiarme á su discreción. No sé si el nombre de los Champcey d'Hauterive le es conocido.
--Conozco perfectamente, señor, á los Champcey d'Hauterive, que son una buena y una excelente familia del Delfinado. ¿Qué conclusión saca usted de eso?
--Yo soy hoy el representante de esa familia.
--¿Usted?--dijo la señorita de Porhoet, haciendo alto súbitamente,--¿usted es un Champcey d'Hauterive?
--Desgraciadamente, sí, señorita.
--Eso cambia la especie--dijo;--déme, primo, su brazo, y cuénteme su historia.
Creí que en el estado en que las cosas se hallaban, lo mejor era no ocultarle nada. Terminaba el penoso relato de los infortunios de mi familia, cuando nos hallamos al frente de una casita sumamente estrecha y baja, con un palomar de techo puntiagudo y arruinado, en uno de sus ángulos.
--Entre, marqués--me dijo la hija de los reyes de Gaél, parada en el umbral de su pobre palacio,--entre, se lo suplico.
Un instante después, era introducido en un pequeño salón tristemente embaldosado; sobre la pálida tapicería que cubría las paredes, se oprimían una docena de retratos antiguos, blasonados con el armiño ducal; arriba de la chimenea vi relumbrar un magnífico reloj de concha incrustada de cobre, coronado por un grupo que figuraba el carro del sol. Algunos sillones de espaldar ovalado, y un antiguo canapé de delgadas patas, completaban la decoración de esta pieza, en que todo acusaba una rígida limpieza, y en que se respiraba un olor concentrado á lirio, rapé de España, y vagos aromas.
--Siéntese--me dijo la anciana señorita, tomando un lugar en el canapé;--siéntese, primo, pues aunque en realidad no seamos parientes, ni podamos serlo, pues que Juana de Porhoet y Hugo de Champcey cometieron, sea dicho entre nosotros, la tontería de no tener un vástago, me será agradable, si me lo permite usted, tratarle de primo, en la conversación particular, á fin de engañar por un instante el sentimiento doloroso de mi soledad en este mundo. Así, pues, primo, vea á qué altura se halla; el pasado es rudo seguramente. Sin embargo, le sugeriré algunos pensamientos que me son habituales, y que me parece le proporcionarán muy serios consuelos. En primer lugar, mi querido marqués, me digo yo á menudo que en medio de tantos modregos y antiguos criados, que arrastran hoy carroza, hay en la pobreza un perfume superior de distinción y de buen gusto. Además, no estoy lejos de creer que Dios ha querido reducir á algunos de nosotros á una vida estrecha, para que este siglo grosero, material y hambriento de oro, tenga siempre bajo sus ojos, en nuestras personas, un género de mérito, de dignidad y de brillo en que el oro y la materia no entran para nada, que con nada pueda comprarse, y que no es posible venderse. Tal es, primo, según la apariencia, la justificación providencial de su fortuna y de la mía.
Manifesté á la señorita de Porhoet, cuán orgulloso me sentía en haber sido escogido con ella para dar al mundo la noble enseñanza que le es tan necesaria, y de la que parece tan dispuesto á aprovecharse.
--Luego--continuó la señorita de Porhoet;--en cuanto á mí, señor, estoy acostumbrada á la indigencia, y me hace sufrir poco; cuando uno ha visto en el curso de una vida demasiado larga, un padre digno de su nombre y cuatro hermanos dignos de su padre, sucumbir antes de tiempo, bajo el plomo ó el acero; cuando uno ha visto perecer sucesivamente todos los objetos de su afección y de su culto, sería menester tener el alma muy pequeña para preocuparse de una mesa más ó menos abundante ó de un adorno más ó menos moderno. Por cierto, marqués, que si mi bienestar personal fuera la única causa, puede usted creerme, despreciaría mis millones de España; pero me parece conveniente y de buen ejemplo, que una casa como la mía, no desaparezca de la tierra sin dejar tras ella, una traza durable, un monumento brillante de su grandeza y de sus creencias. Es por esto, que á imitación de algunos de nuestros antepasados, he pensado, primo mío, y no renunciaré jamás, mientras tenga vida, á la piadosa fundación de que habrá oído hablar.
Habiéndose asegurado de mi asentimiento, la vieja y noble señorita pareció recogerse, y en tanto que paseaba una melancólica mirada por las medio borradas imágenes de sus abuelos, el tic-tac del reloj hereditario fué lo único que turbó, en el obscuro salón, el silencio de la media noche.
--Habrá--dijo repentinamente la señorita de Porhoet con voz solemne,--habrá un cabildo de canónigos regulares dedicados al servicio de esa iglesia. Todos los días á la hora de maitines se dirá, en la capilla particular de mi familia, una misa rezada por el reposo de mi alma y la de mis abuelos. Los pies del oficiante pisarán un mármol, sin inscripción, que formará la grada del altar y cubrirá mis restos.
Yo me incliné con la emoción de un visible respeto. La señorita de Porhoet tomó mi mano y la apretó dulcemente.
--No estoy loca, primo--continuó,--aunque así se diga. Mi padre, que no mentía jamás, me ha asegurado siempre que extinguiéndose los descendientes directos de nuestra rama española, sólo nosotros tendríamos derecho á la herencia. Su muerte súbita y violenta no le permitió desgraciadamente darnos sobre este punto noticias precisas, pero no pudiendo dudar de su palabra, no dudo de mi derecho... Sin embargo--agregó después de una pausa y con un acento de gran tristeza,--si no estoy loca, soy vieja, y esas gentes de allá bien lo saben. Me arrastran hace quince años de demora en demora; esperan mi muerte, que lo acabará todo... Y créalo usted, no esperarán largo tiempo: menester es hacer una de estas mañanas, demasiado lo siento, mi último sacrificio... Esa pobre catedral, mi único amor, que había reemplazado en mi corazón tantas afecciones rotas... Ella no tendrá jamás sino una piedra, y esa será la de mi tumba.
La vieja señorita calló. Enjugó con sus manos enflaquecidas dos lágrimas que corrían por su ajada fisonomía; luego agregó esforzándose por sonreir:
--Perdón, primo mío: bastante tiene usted con sus desgracias... Excúseme... Por otra parte es tarde; retírese. Usted me compromete.
Antes de partir recomendé de nuevo á la discreción de la señorita de Porhoet el secreto que me había visto obligado á confiarle. Me respondió de una manera un poco evasiva: que podía estar tranquilo, que ella sabría velar por mi reposo y mi dignidad. Sin embargo, algunos días después he sospechado por el aumento de miramientos con que me honraba la señora de Laroque, que mi respetable amiga le había transmitido mi confidencia. La señorita Porhoet no titubeó en confesármelo, asegurándome que le había sido imposible obrar de otro modo por el honor de su familia, y que por otra parte, la señora de Laroque era incapaz de traicionar ni para con su hija, un secreto confiado á su delicadeza.
Entretanto, mi confidencia con la anciana señorita me había infundido hacia ella un tierno respeto, del que trato de darle pruebas. Desde el día siguiente por la noche, apliqué al ornamento interior y exterior de su querida catedral todos los recursos de mi lápiz. Esta atención á que tan sensible se ha mostrado, ha tomado poco á poco la regularidad de una costumbre.