Chapter 5
A mi llamamiento, el viejo Alain tomó una linterna y me guió á través del parque hacia la habitación que me estaba destinada. Después de algunos minutos de marcha, atravesamos un puente de madera echado sobre un río y nos hallamos delante de una puerta maciza y ogival abierta en una especie de torre y flanqueada por dos torrecillas. Era esta la entrada del antiguo castillo. Robles y abetos seculares forman, alrededor de estos despojos feudales, un cerco misterioso que les da un aire de profundo retiro. En estas ruinas es donde debo habitar. Mi departamento compuesto de tres piezas, elegantemente tapizadas de azul, se prolonga encima de la puerta de una torrecilla á la otra. Esta melancólica morada no deja de agradarme; ella conviene con mi fortuna. Apenas me vi libre del viejo Alain, que es de genio un poco noticiero, me puse á escribir el relato de este importante día, interrumpiéndome por intervalos para escuchar el murmullo bastante dulce del pequeño río que corre bajo mis ventanas, y el grito del tradicional mochuelo, que celebra en sus vecinos bosques sus tristes amores.
1.º de julio.
Ya es tiempo de que trate de desenredar el hilo de mi existencia personal é íntima, perdido desde hace dos meses, en medio de las activas obligaciones de mi cargo.
Al día siguiente de mi llegada, después de haber estudiado en mi retiro, durante algunas horas, los papeles y registros del padre Hivart, como se llama aquí á mi predecesor, fuí á almorzar al castillo, donde no hallé más que una pequeña parte de los huéspedes de la víspera. La señora de Laroque, que ha vivido en París antes que la salud de su suegro la hubiese condenado á un eterno veraneo, conserva fielmente en su retiro el gusto por los intereses elevados, elegantes ó frívolos, de que el arroyo de la calle de Bac era el espejo, en tiempos del turbante de la señora Stäel. Parece, además, haber visitado la mayor parte de las grandes ciudades de Europa, y adquirido conocimientos literarios que pasan la medida común de la erudición parisiense.
Recibe muchos diarios y revistas, y se aplica á seguir, tanto como le es posible á la distancia en que se encuentra, el movimiento de esa civilización refinada, de que los teatros, los museos y los libros recién publicados son las flores y los frutos más ó menos efímeros. Durante el almuerzo se habló de una ópera nueva, y la señora de Laroque dirigió sobre este asunto, al señor de Bevallan, una pregunta á que no supo responder, aun cuando siempre tenga, si ha de creérsele, un pie y un ojo en el Bulevar de los Italianos. La señora de Laroque se dirigió entonces hacia mí, manifestando en su aire de distracción la poca esperanza que tenía de hallar á su encargado de negocios muy al corriente de estas cosas; pero precisa y desgraciadamente, son las únicas que conozco. Había oído en Italia la ópera que acababa de darse en Francia por la primera vez. La reserva misma de mis respuestas, despertó la curiosidad de la señora de Laroque, que me oprimía á preguntas, y que se dignó muy luego comunicarme ella misma, sus impresiones, sus recuerdos y sus entusiasmos de viaje. No tardamos en recorrer como camaradas, los teatros y las galerías más célebres del continente, y nuestra conversación, cuando dejamos la mesa, era tan animada, que mi interlocutora para no romper su curso, tomó mi brazo, sin pensarlo. Fuimos á continuar en el salón nuestras simpáticas efusiones, olvidando la señora de Laroque, cada vez más, el tono de benévola protección, que hasta entonces me había chocado en su conversación particular conmigo.
Me confesó, que el demonio del teatro la atormentaba en alto grado, y que meditaba hacer representar comedias en el castillo. Me pidió consejos sobre la organización de esta diversión. Yo le hablé entonces, con detalles, de las comedias caseras, que había tenido ocasión de ver en París y en San Petersburgo; luego no queriendo abusar de mi favor, me levanté bruscamente, declarando que pretendía inaugurar sin demora mis funciones, por la exploración de un gran cortijo situado á dos leguas escasas del castillo. A esta declaración, la señora de Laroque pareció súbitamente consternada; me miró, se agitó entre sus almohadillas, aproximó sus manos al brasero, y me dijo á media voz:
--¡Ah! ¿qué importa eso? vaya, déjelo usted.
Y como yo insistiese:
--¡Pero, Dios mío!--agregó, con un gracioso ademán,--¡mire usted que los caminos están espantosos!... Espere al menos la buena estación.
--No, señora--le dije riendo,--no esperaré ni un minuto; ó soy intendente ó no lo soy.
--Señora--dijo el viejo Alain, que se hallaba allí,--se podría enganchar para el señor Odiot el carricoche del padre Hivart; no tiene elásticos, pero por lo mismo es más sólido.
La señora de Laroque confundió con una mirada fulminante al desgraciado Alain, que osaba proponer á un intendente de mi especie, que había asistido á un espectáculo en casa de la gran duquesa Elena, el carricoche del padre Hivart.
--¿La americana no pasaría por el camino?--preguntó.
--¿La americana, señora? No, á fe mía. No hay riesgo de que pase--dijo Alain,--y si pasa no será entera... y aun así, creo que no pasará.
Protesté que iría perfectamente á pie.
--No, no, es imposible, yo no lo quiero. Veamos... tenemos una media docena de caballos de silla que no hacen nada... pero probablemente no montará usted á caballo.
--Le pido perdón, señora; pero es verdaderamente inútil, voy...
--Alain, haga ensillar un caballo para el señor... Dí tú cuál, Margarita.
--Dele á Proserpina--murmuró el señor de Bevallan, riendo en mis barbas.
--¡No, á Proserpina no!--exclamó vivamente la señorita Margarita.
--¿Por qué no Proserpina, señorita?--le dije yo entonces.
--Porque lo arrojaría á tierra--me respondió rotundamente la joven.
--¡Oh! ¿cómo es eso? Perdóneme; ¿quiere usted permitirme que le pregunte, señorita, si monta usted ese animal?
--Sí, señor, pero con dificultad.
--¡Pues bien! puede ser que ella sea menor cuando lo haya yo montado una ó dos veces. Esto me decide. Haga usted ensillar á Proserpina, Alain.
La señorita Margarita frunció sus negras cejas y se sentó haciendo un signo con la mano, como para rechazar toda responsabilidad, en la catástrofe inminente que preveía.
--Si necesita usted espuelas, tengo un par á su servicio--agregó entonces el señor de Bevallan que decididamente pretendía que yo no volviese.
Sin notar, al parecer, la mirada de reproche que la señorita Margarita dirigió al obsequioso gentil hombre, acepté sus espuelas. Cinco minutos después, un ruido de pisadas desordenadas anunciaba la aproximación de Proserpina que traían trabajosamente al pie de la escalera del jardín reservado, y que era, entre paréntesis, una yegua muy bella mestiza, negra como el azabache. Bajé al punto la escalera. Algunos jóvenes, encabezados por Bevallan salieron al terrado, por humanidad según creo, y se abrieron al mismo tiempo las tres ventanas del salón para las mujeres y los ancianos. Habríame pasado de buena gana sin todo este aparato, pero en fin, me resigné, y por otra parte no tenía mucha inquietud sobre las consecuencias de la aventura, pues si bien soy un novel intendente, soy un antiguo jinete. Apenas caminaba, cuando mi padre me había ya plantado sobre un caballo, con gran desesperación de mi madre, y después, no desdeñó ningún cuidado, para hacerme su igual en este arte en que él sobresalía. Había llevado mi educación en este punto hasta el refinamiento, haciéndome vestir muchas veces viejas y pesadas armaduras de familia para que realizara con más facilidad los ejercicios de equitación que me enseñaba. Entretanto, Proserpina me dejó desenredar las riendas y aun tocar su pescuezo sin dar la menor señal de irritación, pero no bien sintió mi pie sobre el estribo, se tendió á un lado bruscamente, tirando tres ó cuatro soberbias coces por encima de las macetas de mármol que adornan la escalera, se paró en dos patas haciéndose la graciosa y batiendo el aire con sus manos; luego reposó estremeciéndose.
--Difícil para montar--me dijo un criado de caballeriza, guiñando el ojo.
--Lo veo, muchacho, pero voy á sorprenderla, mira.--En el mismo instante me senté en la silla sin tocar el estribo, y en tanto que Proserpina reflexionaba en lo que sucedía, me afirmé sólidamente. Un instante después desaparecíamos á galope corto por la avenida de los castaños, seguidos por el ruido de algunos aplausos, que el señor de Bevallan tuvo la buena inspiración de comenzar.
Este incidente, por insignificante que fuese, no dejó, como pude notarlo esa misma noche, de realzar mi crédito en la opinión. Algunos otros talentos del mismo valor, de que mi educación me ha provisto, han acabado de asegurarme aquí toda la importancia que deseaba, y que debe garantizar mi dignidad personal. Por lo demás, se ve muy bien que no pretendo de ningún modo abusar de los agasajos y atenciones de que puedo ser objeto para usurpar en el castillo un papel poco conforme á las modestas funciones que desempeño. Enciérrome en mi torre tan á menudo como puedo, sin faltar formalmente á las conveniencias: en una palabra, me mantengo estrictamente en mi lugar, á fin de que nadie tenga que volverme á él.
Algunos días después de mi llegada, asistí á una de esas comidas de ceremonia, que en esta estación son aquí casi cotidianas; oí que mi nombre fué pronunciado en tono interrogativo por el gordo subprefecto de la pequeña ciudad vecina, que estaba sentado á la derecha de la dama castellana. La señora de Laroque que padece de frecuentes distracciones, olvidó que yo no estaba lejos de ella, y de buena ó de mala gana, no perdí una sola palabra de su respuesta.
--¡Dios mío! no me hable usted de ello; hay en eso un misterio inconcebible... Nosotros pensamos que es algún príncipe disfrazado... Hay tantos que corren el mundo por humorada... Este posee todos los talentos imaginables: monta á caballo, toca el piano y dibuja, todo de una manera admirable... Entre nosotros, mi querido subprefecto, creo que es un pésimo intendente, pero indudablemente, es un hombre muy agradable.
El subprefecto que es también hombre agradable, ó que, al menos cree serlo, lo que viene á ser lo mismo para su satisfacción personal, dijo entonces graciosamente, acariciando con una mano gordinflona sus espléndidas patillas, que había en el castillo muchos ojos bastante bellos para explicar tantos misterios; que sospechaba mucho que el intendente fuese un pretendiente, y que además el amor era padre legítimo de la locura é intendente natural de las desgracias... Cambiando de tono repentinamente:
--Sobre todo, señora--agregó,--si usted tiene la menor inquietud con respecto á ese individuo, le haré interrogar mañana mismo, por el cabo de la gendarmería.
La señora de Laroque clamó contra este exceso de celo galante, y la conversación, en lo que á mí concernía, no fué más lejos, pero me dejó muy picado, no contra el subprefecto, que por el contrario me gustaba muchísimo, sino contra la señora de Laroque, que haciendo á mis cualidades privadas una excesiva justicia, no me había parecido suficientemente penetrada de mi mérito oficial.
La casualidad quiso que tuviese al día siguiente que renovar la escritura de un arriendo considerable. Esta operación se negociaba con un paisano viejo y muy astuto, á quien, sin embargo, conseguí ofuscar con algunos términos de jurisprudencia, diestramente combinados con las reservas de una prudente diplomacia. Arregladas nuestras convenciones, el buen hombre colocó tranquilamente sobre mi escritorio, tres paquetes de piezas de oro. Si bien la significación de esta entrega, que no se me debía, me era del todo incomprensible, me guardé de mostrar una sorpresa inconsiderada; pero desenvolviendo los paquetes, me aseguré por medio de algunas preguntas indirectas, que esta suma constituía las arras del arrendamiento, ó en otros términos la gabela que tienen por costumbre los arrendatarios ceder al propietario en cada renovación de contrato. Yo no había pensado en reclamar tal cosa, no habiendo hallado mención alguna de ella en los contratos anteriores, redactados por mi hábil predecesor, y que me servían de modelo. No saqué por el momento ninguna conclusión de esta circunstancia, pero cuando fuí á entregar á la señora de Laroque este don de fausto advenimiento, su sorpresa me asombró.
--¿Qué significa esto?--me dijo.
Le expliqué la naturaleza de esta gratificación. Me la hizo repetir.
--¿Y es esta la costumbre?--agregó.
--Sí, señora, toda vez que se consiente en un nuevo contrato.
--Pero ha habido en treinta años, según creo, más de diez contratos renovados... ¿Cómo es que no hemos oído hablar jamás de semejante cosa?
--No sabré decírselo, señora.
La señora de Laroque cayó en un abismo de reflexiones, en cuyo fondo, es probable hallara la sombra venerable del padre Hivart; después alzando ligeramente los hombros, fijó su mirada en mí, luego sobre las piezas de oro, una vez más sobre mí, y apareció perpleja. En fin, arrellanándose en su butaca y suspirando profundamente, me dijo con una simplicidad de que le estoy agradecido:
--Está bien, señor: le doy mil gracias.
Este rasgo de grosera probidad, por el cual la señora de Laroque tuvo el buen gusto de no cumplimentarme, no dejó por eso de hacerle concebir una gran idea de la capacidad y de las virtudes de su intendente. Pude juzgarlo algunos días después. Su hija le leía la relación de un viaje al polo en que se hablaba de un pájaro extraordinario, _qui ne vole pas_.
--Mira--dijo--es como mi intendente.
Espero firmemente haberme adquirido, desde entonces, por el cuidado severo con que me ocupo de la tarea que he aceptado, títulos á una consideración de género menos negativo. El señor Laubepin, cuando fuí recientemente á París, para abrazar á mi hermana, me agradeció con una viva sensibilidad el honor que hacía á los compromisos que por mí había contraído.
--Valor, Máximo--me dijo:--dotaremos á Elena. La pobre niña no carecerá de nada, por decirlo así. Y en cuanto á usted, querido amigo, no tenga pesares, créame: posee usted en sí mismo lo que más se parece á la felicidad en este mundo, y gracias al Cielo, creo que siempre lo poseerá: la paz de la conciencia y la varonil serenidad de una alma consagrada al deber.
Este anciano tiene razón, sin duda alguna. Estoy tranquilo y sin embargo, no me siento dichoso. Hay en mi alma, que no está aún sazonada para los austeros goces del sacrificio, arranques impetuosos de juventud y desesperación. Mi vida consagrada y sacrificada sin reserva á otra vida más débil y querida, no me pertenece: no tiene porvenir, está en un claustro, encerrada para siempre. Mi corazón no debe latir, mi cabeza no debe pensar sino por cuenta ajena. En fin, que Elena sea dichosa. La vejez se aproxima: ¡que venga pronto! Yo la imploro: su hielo ayudará mi valor.
No podría quejarme, además, de una situación que en suma ha engañado mis más penosas aprensiones, y que aun ha ultrapasado mis mejores esperanzas. Mi trabajo, mis viajes frecuentes á los vecinos departamentos, mi afición á la soledad, me tienen á menudo alejado del castillo, cuyas reuniones bulliciosas huyo sobre todo. Puede muy bien que la amistosa acogida que hallo en él, sea debida en gran parte á lo poco que me prodigo. La señora de Laroque, sobre todo, me profesa una verdadera afección; me toma por confidente de sus extravagantes y muy sinceras manías de pobreza, de sacrificio y abnegación poética que forman, con sus multiplicadas precauciones de criolla frívola, un singular contraste. Tan pronto envidia á las bohemias cargadas de hijos, que arrastran por las calles una miserable carreta, y cuecen su comida al abrigo de los cercados, como á las hermanas de la caridad, como á las cantineras, cuyas heroicidades ambiciona.
En fin, no cesa de reprochar al finado señor Laroque, hijo, su admirable salud que jamás permitió á su mujer desplegar las cualidades de enfermera, de que rebosa su corazón. Entretanto, ha tenido, en estos últimos días, la idea de agregar á su sillón una especie de nicho en forma de garita, para resguardarse de los vientos colados. La hallé, mañanas pasadas, instalada triunfalmente en esta especie de kiosco en el que espera dulcemente el martirio.
Casi otro tanto puedo decir de los demás habitantes del castillo. La señorita Margarita, siempre sumergida como una esfinge nubia en algún sueño desconocido, condesciende sin embargo, en repetir bondadosamente las piezas de mi predilección. Tiene una voz de contralto admirable, de la que se sirve con arte consumado; pero al mismo tiempo con una dejadez y una frialdad que podrían creerse calculadas. En efecto, suele suceder que, por distracción, deja escapar de sus labios acentos apasionados; pero al punto parece humillada, y como avergonzada de este olvido de su carácter ó de su papel, y se apresura á entrar de nuevo en los límites de una helada corrección.
Algunas partidas de _cientos_ que he tenido la fácil galantería de perder con el señor Laroque, me han conciliado los favores del pobre anciano, cuyas débiles miradas se clavan algunas veces sobre mí, con una atención verdaderamente singular. Podría decirse que algún sueño del pasado, alguna semejanza imaginaria, se despierta á medias en las nubes de aquella memoria fatigada, en cuyo seno flotan las imágenes confusas de todo un siglo. ¡Quería devolverme el dinero que me había ganado! Parece que la señora de Aubry, tertuliana habitual del viejo capitán, no tiene escrúpulo en aceptar regularmente estas restituciones, lo que no le impide ganar frecuentemente al antiguo corsario, con quien tiene en esas circunstancias abordajes tumultuosos.
Esta señora, tratada con mucho favor por el señor Laubepin, cuando la calificaba simplemente de espíritu agrio, no me inspira ninguna simpatía. Sin embargo, por respeto á la casa, me he obligado á ganar su afecto, y he llegado á conseguirlo prestando oído complaciente, unas veces á sus miserables lamentaciones sobre su condición presente, otras á las descripciones enfáticas de su fortuna pasada, de su plata labrada, de sus muebles, de sus encajes y de sus guantes.
Es preciso confesar que me hallo en muy buena escuela para aprender á desdeñar los bienes que he perdido. En efecto, todos aquí, por su actitud y su lenguaje me predican elocuentemente el desprecio de las riquezas; desde luego, la señora Aubry, que se puede comparar á esos glotones sin vergüenza cuya irritante gula os quita el apetito, y que os hacen repugnantes los manjares que alaban; este anciano que _se_ extingue sobre sus millones tan tristemente como Job sobre el estiércol; esa mujer excelente, pero novelesca y estragada, que sueña en medio de su importuna prosperidad con el fruto prohibido de la miseria, y en fin, la orgullosa Margarita, que lleva como una corona de espinas la diadema de belleza y de opulencia con que el Cielo ha oprimido su frente.
¡Extraña niña! Casi todas las mañanas, cuando el tiempo está bueno, la veo pasar por debajo de las ventanas de mi torre; me saluda con un grave movimiento de cabeza, que hace ondular la pluma negra de su fieltro y luego se aleja lentamente por el sombrío sendero que atraviesa las ruinas del antiguo castillo. Ordinariamente, el viejo Alain la sigue á alguna distancia; otras veces no lleva más compañero que el enorme y fiel Mervyn, que alarga el paso al lado de su bella ama, como un oso pensativo. Con este tren se va á correr por todo el país vecino aventuras de caridad. Podría considerarse su protectora; no hay cabaña alguna en seis leguas á la redonda, que no la conozca y la venere como la hada de la beneficencia. Los paisanos dicen simplemente, al hablar de ella: ¡La señorita! como si hablaran de una de esas hijas de rey, que encantan sus leyendas, cuya belleza, poder y misterio les parece ver en ella.
Busco entretanto cómo explicarme la nube de sombría preocupación que cubre su frente sin cesar, la severidad altiva y desconfiada de su mirada, y la amarga sequedad de su lenguaje. Me pregunto, si son estos los rasgos naturales de un carácter extravagante y variable; ó los síntomas que algún secreto tormento, de remordimientos, de temor ó de amor, lo que roe su noble corazón. Por desinteresado que uno sea en la cuestión, es imposible no sentir cierta curiosidad ante una persona tan extraordinaria. Ayer en la noche, mientras que el viejo Alain, de quien soy favorito, me servía mi solitaria comida, le dije:
--¡Qué lindo día ha hecho hoy, Alain! ¿Ha paseado usted?
--Sí, señor: esta mañana salí con la señorita.
--¡Ah!
--¿Pero el señor no nos ha visto pasar?
--Es probable. Los veo pasar muchas veces... Tiene usted una buena figura á caballo, Alain.
--El señor es demasiado galante. La señorita tiene mejor figura que yo.
--Efectivamente, es una joven muy bella.
--¡Oh! perfecta, señor, y lo mismo por fuera que por dentro, como la señora de Laroque su madre. Diré al señor una cosa. El señor sabe que esta propiedad perteneció en otro tiempo al último Conde de Castennec, á quien tenía el honor de servir. Cuando la familia Laroque compró el castillo, confesaré que me apesadumbré y vacilé mucho para quedarme en la casa. Me había criado en el respeto á la nobleza, y me costaba mucho servir á gentes sin nacimiento. El señor habrá podido observar que siento un particular placer en prestarle mis servicios, y es que le hallo un aire muy marcado de nobleza. ¿Está usted seguro, señor, de no ser noble?
--Lo temo, mi pobre Alain.
--Por lo demás, esto es lo que quería decir al señor--respondió Alain inclinándose con gracia;--he aprendido al servicio de estas señoras, que la nobleza de los sentimientos vale tanto como la otra, y en particular la del señor Conde Castennec, que tenía la debilidad de pegar á sus criados. Es lástima que la señorita no pueda casarse con un noble de buen nombre. Entonces nada faltaría á sus perfecciones.
--Pero me parece, Alain, que eso sólo depende de su voluntad.
--Si el señor se refiere al señor de Bevallan, en efecto, sólo depende de su voluntad, pues que la ha pedido hace más de seis meses. La señora de Laroque no parecía muy opuesta al matrimonio, y en cuanto al señor de Bevallan después de los Laroque, es el más rico del país; pero la señorita, sin pronunciarse positivamente, ha querido tomar tiempo para reflexionar.
--Pero si ama al señor de Bevallan y si puede casarse cuando quiera, ¿por qué se la ve siempre triste y distraída?
--Es una verdad, señor, que de dos ó tres años á esta parte, la señorita ha cambiado completamente. En otro tiempo era alegre como un pájaro y ahora, podría decirse, que hay algo que la apesadumbra; pero no creo, salvo mis respetos, que sea su amor por ese señor lo que la abate.
--Usted tampoco parece muy tierno por el señor de Bevallan, mi buen Alain. Es de una excelente nobleza, sin embargo...
--Lo que no le impide ser un mal individuo, que pasa su tiempo en corromper á las jóvenes de la comarca. Y si el señor tiene ojos, puede ver que no tendría empacho en hacer de sultán en el castillo, mientras consigue algo mejor.
Hubo una pausa silenciosa, después de la cual Alain dijo:
--Qué desgracia es que el señor no tenga de renta siquiera un centenar de miles de francos.
--¿Y por qué, Alain?
--¿Por qué?...--dijo Alain moviendo la cabeza con aire pensativo.
25 de julio.
En el mes que acaba de pasar, he ganado una amiga y me he hecho, según creo, dos enemigas. Las enemigas son la señorita Margarita y la señorita Helouin. La amiga, es una señorita de ochenta y ocho años. Temo que no haya compensación en el cambio.