La Novela de un Joven Pobre

Chapter 3

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Vuelto en mí, no experimenté, frente á frente de aquellas terribles ondas, sino la tentación muy inocente y bastante necia de apagar en ellas la sed que me devoraba: después reflexioné que encontraría en mi habitación un agua mucho más limpia: tomé rápidamente el camino de mi casa, forjándome una imagen deliciosa de los placeres que en ella me esperaban. En mi triste situación me admiraba, no podía darme cuenta de cómo no había pensado antes en este expediente vencedor.

En el bulevar me encontré repentinamente con Gastón de Vaux á quien no había visto hacía dos años. Detúvose después de un movimiento de duda, me apretó cordialmente la mano, me dijo dos palabras sobre mis viajes y me dejó en seguida. Después, volviendo sobre sus pasos:

--Amigo mío--me dijo,--es preciso que me permitas asociarte á una buena fortuna que he tenido en estos días. He puesto la mano sobre un tesoro; he recibido un cargamento de cigarros que me cuestan dos francos cada uno, pero no tienen precio. Toma uno; después me dirás qué tales son. Hasta la vista, querido.

Subí penosamente mis seis pisos y tomé, temblando de emoción, mi bienhechora garrafa, cuyo contenido bebí poco á poco; después encendí el cigarro de mi amigo, y miréme al espejo dirigiéndome una sonrisa animadora.

En seguida volví á salir, convencido de que el movimiento físico y las distracciones de la calle me eran saludables. Al abrir mi puerta me sorprendí desagradablemente al ver en el estrecho corredor á la mujer del conserje de la casa, que pareció demudarse por mi brusca aparición. Esta mujer había estado en otro tiempo al servicio de mi madre, quien le tomó cariño y le dió al casarla la posición lucrativa que hoy tiene. Había creído observar desde días antes, que me espiaba, y al sorprenderla esta vez casi en flagrante delito, le pregunté:

--¿Qué quiere usted?

--Nada, señor Máximo, estaba preparando el gas--respondió muy turbada.

Me encogí de hombros y salí.

El día declinaba. Pude pasearme en los lugares más frecuentados sin temer enojosos encuentros. Mi paseo duró dos ó tres horas, horas crueles. Hay algo de particularmente punzante al sentirse atacado, en medio de toda la brillantez y abundancia de la vida civilizada, por el azote de la vida salvaje: el hambre.

Esto raya en locura; es un tigre que salta al cuello en pleno bulevar.

Yo hacía nuevas reflexiones. ¿El hambre no es una palabra vana? ¿Es verdad, pues, que existe una enfermedad llamada así; es verdad que hay criaturas humanas que sufren de ordinario y casi diariamente, lo que yo sufro por casualidad la primera vez en mi vida? ¿Y cuántos de estos seres tendrán por añadidura algunos otros sufrimientos que á mí no me abruman? La única persona que me interesa en el mundo, está al abrigo de los males que yo sufro, la veo dichosa, sonrosada y risueña. Pero los que no sufren solos, los que oyen el grito desgarrador de sus entrañas repetido por labios amados y suplicantes, los que son esperados en una fría buhardilla por sus mujeres macilentas, y sus hijuelos taciturnos. ¡Pobres gentes!... ¡Oh, santa caridad!

Estos pensamientos me quitaban el valor de quejarme y me han proporcionado el de sostener la prueba hasta el fin. Podía en efecto abreviarla. Hay aquí dos ó tres restaurants en que me conocen y donde, cuando era rico, he entrado sin escrúpulo, aunque hubiese olvidado mi bolsa. Ahora podía hacer lo mismo. Tampoco me era difícil encontrar en París, quien me prestara cien sueldos; pero estos expedientes que huelen a miseria y truhanería, me repugnaron decididamente.

Para los pobres, esta pendiente es resbaladiza y no quiero aún poner en ella el pie.

Para mí sería lo mismo perder la probidad que perder la delicadeza, que es la distinción de esta virtud vulgar. Así es que he observado repetidas veces, con qué terrible facilidad se desflora y degrada este sentimiento exquisito de la honradez en las almas mejor dotadas, no solamente al soplo de la miseria, sino al simple contacto de la escasez, y debo velar sobre mí con severidad, para rechazar en adelante como sospechosas las capitulaciones de conciencia que parecen más inocentes.

En la adversidad, es menester no habituar el alma á la dejadez; demasiada inclinación tiene á plegarse.

La fatiga y el frío me hicieron volver como á las nueve.

La puerta de la casa estaba abierta: subía la escalera con paso de fantasma, cuando oí en el cuarto del conserje, el murmullo de una agitada conversación, que al parecer versaba sobre mí, pues en ese momento el tirano de la casa pronunciaba mi nombre en tono despreciativo.

--Hazme el gusto, señora Vauberger--decía,--de dejarme tranquilo con tu Máximo; ¿lo he arruinado yo acaso? ¿Y bien, á qué vienen esas cantinelas? Si se mata, lo enterrarán... y se acabó.

--Te digo, Vauberger--replicó la mujer,--que si lo hubieras visto vaciar su garrafa, se te hubiera partido el corazón... Y mira, si yo creyera que piensas lo que dices, cuando exclamas con la negligencia de un cómico «si se mata lo enterrarán...» Pero no lo puedo creer, porque en el fondo eres un hombre, aunque no te gusta ser perturbado en tus hábitos... Piensa, pues, Vauberger... ¡no tener fuego ni pan!... Un muchacho que ha sido alimentado con tan buenos manjares y criado entre pieles como un príncipe. ¿No es esto una vergüenza, una indignidad, y no es un bribón el gobierno que permite semejantes cosas?

--Pero eso nada tiene que ver con el gobierno--respondió Vauberger, con bastante razón...--Y además, tú te engañas, te lo aseguro... no es como lo crees, no le puede faltar pan, ¡eso es imposible!

--Pues bien, Vauberger, voy á decírtelo todo, lo he seguido, lo he espiado, y luego lo he hecho espiar por Eduardo: ¡y bien! estoy segura que no ha almorzado esta mañana, y como he registrado todos sus bolsillos y cajones y no le queda en ellos un céntimo, estoy muy cierta que no habrá aún comido, pues es demasiado orgulloso para mendigar...

--¡Tanto peor para él! Cuando uno es pobre, es necesario no ser orgulloso--dijo el honorable conserje, que me pareció expresar en esta circunstancia, los sentimientos de un portero.

Tenía bástanle con este diálogo, y lo terminé bruscamente abriendo la puerta del cuarto y pidiendo una luz á Vauberger, que creo no se hubiera consternado más si le hubiera pedido su cabeza. A pesar del deseo que tenía de mostrar firmeza á estas gentes, me fué imposible no tropezar una ó dos veces en la escalera: la cabeza me vacilaba. Al entrar en mi cuarto, ordinariamente helado, tuve la sorpresa de hallar en él, una temperatura tibia, sostenida suavemente por un fuego claro y alegre. No tuve el rigorismo de apagarlo; bendije los buenos corazones que hay en el mundo, me extendí luego en un viejo sofá de terciopelo de Utrecht, á quien los reveses de la fortuna han hecho pasar como á mí, del piso bajo á la buhardilla, y traté de dormitar.

Me hallaba hacía media hora, sumergido en una especie de entorpecimiento, cuya somnolencia uniforme me presentaba la ilusión de suntuosos festines y campestres fiestas, cuando el ruido de la puerta que se abría, me despertó sobresaltado. Creí soñar aún, viendo entrar á la señora Vauberger con una gran bandeja sobre la que humeaban dos ó tres odoríferos platos. Habíala ya depuesto sobre el pavimento y comenzado á extender su mantel sobre la mesa, antes que hubiese sacudido enteramente mi letargo. Por fin me levanté bruscamente.

--¿Qué es esto?--dije.--¿Qué es lo que hace usted?

La señora Vauberger fingió una viva sorpresa.

--¿No había pedido comida, el señor?

--No.

--Eduardo me dijo que...

--Eduardo se ha engañado. Será el inquilino de al lado.

--Pero si no hay inquilino al lado... No comprendo...

--En fin, no es para mí... ¿Qué significa esto? Me fastidia usted; llévese eso.

La pobre mujer se puso á plegar tristemente su mantel, dirigiéndome las miradas desconsoladas de un perro á quien se ha castigado.

--¿El señor ha comido probablemente?--volvió á decir con voz tímida.

--Probablemente.

--Es una desgracia, porque la comida está pronta, va á perderse y el pobre muchacho será reprendido por su padre. Si el señor no hubiera comido por casualidad, me haría un servicio...

Di un golpe violento con el pie.

--Márchese, le he dicho.

Cuando salía me acerqué á ella.

--Mi buena Luisa--le dije,--la comprendo y le doy las gracias: pero esta noche sufro bastante y no tengo hambre.

--¡Ah! señor Máximo--exclamó llorando--si supiera usted lo que me mortifica... pues bien, me pagará después mi comida, si quiere, me pondrá el dinero en la mano, cuando lo tenga... pero puede usted estar seguro, que aun cuando me diese cien mil francos, no me proporcionaría usted tanto placer, como si lo viera aceptar mi pobre comida. Me haría usted una soberbia limosna. Usted que tiene talento, señor, debe comprender bien todo esto. Entretanto...

--¡Bueno! mi querida Luisa... qué quiere usted... no puedo darle cien mil francos... pero tomaré su comida... Me dejará solo, ¿no es así?

--Sí, señor Máximo. ¡Ah! gracias, señor. Le doy muchas gracias. ¡Tiene usted buen corazón!

--Y buen apetito, también, Luisa. Deme su mano... no es para poner en ella dinero, esté tranquila... Ahora... hasta la vista.

La excelente mujer salió sollozando.

Acababa de escribir estas líneas después de haber hecho los honores á la comida de Luisa, cuando oí en la escalera el ruido de un paso pesado y grave: al mismo tiempo creí distinguir la voz de mi humilde providencia, expresándose en el tono de una confidencia tumultuosa y agitada. Pocos instantes después llamaron á mi puerta, y mientras Luisa se perdía en la sombra, vi aparecer el solemne perfil del viejo notario. El señor Laubepin arrojó una rápida mirada sobre la bandeja donde yo había reunido los restos de la comida; luego avanzando hacia mí y abriéndome los brazos en señal de confusión y de reproche á la vez:

--Señor Marqués--dijo,--en nombre del Cielo, ¿cómo no me ha...?

Interrumpiéndose, se paseó á largos pasos á través del cuarto y deteniéndose de pronto.

--Joven--continuó,--esto no está bien hecho; ha herido á un amigo y hecho sonrojar á un viejo.

Estaba muy conmovido. Yo lo miré también con emoción no sabiendo qué responderle, cuando me atrajo bruscamente contra su pecho, y me oprimió hasta sofocarme, murmurándome al oído:

--¡Pobre niño!

Hubo un momento de silencio. Nos sentamos.

--Máximo--dijo entonces el señor Laubepin--¿está usted siempre en las disposiciones en que lo dejé? ¿Tendrá usted valor para aceptar el trabajo más humilde, el empleo más modesto, con tal que sea honorable, y que asegurando su existencia personal, aleje de su hermana, en lo presente y en lo porvenir, los dolores y peligros de la pobreza?

--Ciertamente, señor, ese es mi deber y estoy pronto á cumplirlo.

--En ese caso, amigo mío, escúcheme. Acabo de llegar de la Bretaña; existe en esta antigua provincia una opulenta familia llamada Laroque, la cual me honra con su entera confianza hace muchos años. Esta familia es representada hoy por un anciano y dos mujeres, á quienes su edad y carácter hacen igualmente inhábiles para los negocios. Los Laroque poseen una fortuna territorial considerable, cuya administración estaba confiada en estos últimos tiempos, á un intendente que yo me tomaba la libertad de mirar como un bribón. Al día siguiente de nuestra entrevista, Máximo, recibí la noticia de la muerte de este individuo: me puse en camino inmediatamente para el castillo de Laroque y he pedido para usted el empleo vacante. He hecho valer su título de abogado y más particularmente sus cualidades morales. Conformándome con su deseo, no he hablado nada sobre su nacimiento: no es usted, ni será conocido en la casa, sino bajo el nombre de Máximo Odiot. Habitará usted un pabellón separado, donde se le servirá la comida, cuando no le sea agradable figurar en la mesa de la familia. Sus honorarios están fijados en seis mil francos por año. ¿Le conviene?

--Me conviene grandemente y todas las precauciones y delicadezas de su amistad me conmueven vivamente; pero, para decirle la verdad, temo ser un hombre de negocios muy poco entendido, algo novicio.

--Pierda cuidado sobre ese punto, amigo mío. Mis escrúpulos se han anticipado á los suyos y no he ocultado nada á los interesados. Señora--dije á mi excelente amiga la señora de Laroque,--tiene usted necesidad de un intendente, de un gerente para su fortuna: yo le ofrezco uno. Está lejos de tener la habilidad de su predecesor; no está versado absolutamente en los misterios de los arrendamientos y contratos de tierras: no conoce la primera palabra de los negocios que va usted á dignarse confiarle; no tiene conocimientos especiales, ni práctica, ni experiencia, ni nada de lo que se necesita; pero tiene algo, que faltaba á su predecesor, que cincuenta años de práctica no habían podido darle, y que diez mil años más no le habrían dado tampoco; tiene probidad, señora. Lo he visto en el fuego y respondo de él. Tómelo, y tendrá usted mi reconocimiento y el suyo. La señora de Laroque se rió mucho de mi manera de recomendar á las gentes, pero finalmente parece que era buena, puesto que tuvo éxito.

El digno anciano se ofreció entonces á darme algunas nociones elementales y generales sobre la especie de administración de que iba á ser encargado y agregar á propósito de los intereses de la familia Laroque, algunas noticias que se ha tomado el trabajo de recoger y redactar para mí.

--¿Y cuándo debo partir, mi querido señor?

--A decir verdad, mi querido niño (ya no se trataba del señor Marqués), cuanto más pronto, será mejor; porque aquellas gentes no son capaces de hacer por sí mismas una carta de pago. Mi excelente amiga la señora de Laroque en particular, mujer recomendable por diversos títulos, es en punto á negocios, de una incuria, una ineptitud y niñería, que sobrepasa lo imaginable. ¡Es una criolla!

--¡Ah! es una criolla--repetí con vivacidad.

--Sí, joven, una vieja criolla--respondió secamente el señor Laubepin.--Su marido era bretón; pero estos detalles vendrán á su tiempo... Hasta mañana, Máximo, ¡valor!... ¡Ah! olvidaba... El jueves por la mañana antes de mi partida hice una cosa que no le será desagradable. Tenía usted entre sus acreedores algunos bribones, cuyas relaciones con su padre habían sido contaminadas de usura: armado de los rayos legales, he reducido sus créditos á la mitad, y obtenido el saldo total, quedándole á usted en definitiva un capital de veinte mil francos. Agregando á esta reserva las economías que podrá usted hacer cada año, sobre sus honorarios, tendremos en diez años, una linda dote para Elena... Venga á almorzar mañana con el maestro Laubepin y acabaremos de arreglar todo esto... ¡Buenas noches, Máximo, buenas noches, mi querido hijo!

--¡Que Dios le bendiga, señor!

Castillo de Laroque (d'Arz), mayo, 1.º

Ayer dejé á París.

Mi última entrevista con el señor Laubepin fué penosa: he consagrado á este anciano los sentimientos de un hijo. En seguida, fué preciso decir adiós á Elena. Para hacerla comprender la necesidad en que me hallo de aceptar un empleo, fué indispensable dejarle entrever una parte de la verdad. Hablé de dificultades pasajeras de fortuna. La pobre niña comprendió, según creo, más de lo que yo le decía: sus grandes ojos asombrados se llenaron de lágrimas y me saltó al cuello.

Partí.

El ferrocarril me condujo á Rennes, donde pasé la noche. Esta mañana monté en una diligencia que debía dejarme, cinco ó seis horas después, en la pequeña ciudad de Morbihan, situada á poca distancia del castillo de Laroque.

Anduve una diez leguas más allá de Rennes sin llegar á darme cuenta de la reputación pintoresca de que goza en el mundo, la vieja Armórica. Un país llano, verde y monótono. Eternos manzanos en eternas praderas, zanjas y lomas pobladas de arboledas, limitando la vista por ambos lados del camino; cuando más algunos pequeños recodos de gracia campestre, todo me hacía pensar desde la víspera que la poética Bretaña no era sino una hermana pretenciosa de la Baja Normandía. Cansado ya de decepciones y de manzanos, había dejado hacía una hora de prestar la menor atención al paisaje, y dormitaba tristemente, cuando de pronto me pareció apercibir que nuestro pesado carruaje se inclinaba hacia adelante más de lo natural; al mismo tiempo, el andar de los caballos aflojaba sensiblemente y un ruido de hierros viejos, acompañado de un rozamiento particular, me anunciaba, que el último de los conductores acababa de aplicar la última arrastradera á la rueda de la última diligencia. Una señora vieja que estaba cerca de mí, me tomó el brazo con esa viva simpatía que hace nacer la comunidad del peligro.

Saqué la cabeza por la portezuela: descendíamos entre dos pendientes elevadas, una cuesta enteramente empinada, concepción de un ingeniero demasiado partidario de la línea recta, y medio deslizándonos, medio rodando, no tardamos en llegar á un estrecho valle de aspecto siniestro, en cuyo fondo un miserable arroyo corría penosamente y sin ruido, entre espesos cañaverales; sobre sus orillas derrumbadas se veían algunos troncos cubiertos de musgo. El camino atravesaba este río por un puente de un solo arco; luego remontaba la pendiente opuesta trazando un surco blanco á través de un arenal inmenso, árido y absolutamente desnudo, cuya cima cortaba el cielo sensiblemente á nuestro frente. Cerca del puente, en el borde del camino se levantaba un casucho solitario, cuyo aire de profundo abandono, oprimía el corazón.

Un hombre joven y robusto, partía leña delante de la puerta: un cordón negro retenía por detrás sus largos cabellos de un rubio pálido. Levantó la cabeza y me sorprendió el carácter extraño de sus facciones y la mirada tranquila de sus ojos azules: me saludó en una lengua desconocida, con un acento breve, dulce y salvaje. En la ventana de la cabaña estaba una mujer hilando: su peinado y el corte de sus vestidos reproducían con una exactitud teatral, la imagen de esas heladas castellanas de piedra que vemos acostadas encima de los sepulcros.

Aquellas gentes no eran de aspecto vulgar: tenían en el más alto grado esa apariencia fácil, graciosa y grave, que llamamos aire distinguido. Su fisonomía participa de la expresión triste y pensativa, que muchas veces he notado con emoción, en los pueblos que han perdido su nacionalidad.

Habíame apeado para subir la cuesta.

El arenal que se confundía con el camino, se extendía á mi alrededor hasta perderse de vista; por todas partes pobres aliagas; que se arrastraban sobre una tierra negra; aquí y allá, despeñaderos, grutas, senderos abandonados y algunos peñascos asomando apenas sobre el suelo, pero ni un solo árbol.

Cuando llegué á la meseta, vi á mi derecha la línea sombría del arenal, cortar en lontananza una faja de horizonte más lejana aún, ligeramente ondeada, azul como la mar, inundada de sol, y que parecía abrir en medio de aquel paraje desolado la repentina perspectiva de alguna región radiante y pintoresca: era en fin la Bretaña.

Alquilé un calesín en la pequeña ciudad de... para salvar las dos leguas que me faltaban aún para terminar mi viaje.

Durante la travesía, que no fué de las más rápidas, recuerdo confusamente haber visto pasar ante mis ojos, bosques, claros, lagos y oasis de frescura, ocultos entre los valles; pero al aproximarme al castillo de Laroque, me sentí asaltado por mil pensamientos penosos que dejaban poco lugar á las preocupaciones del turista. Unos instantes más, é iba á entrar en una familia desconocida, bajo una especie de domesticidad mal disfrazada, con un título que me aseguraba apenas los miramientos y el respeto de los criados; esto era nuevo para mí. En el momento mismo, en que el señor Laubepin me propuso este empleo, todos mis instintos, todos mis hábitos se sublevaron violentamente contra el carácter de dependencia particular, inherente á tales funciones. Había creído, sin embargo, que era imposible rechazar el empleo sin esquivar, al parecer, las solícitas diligencias del anciano en mi favor. Además no podía esperar, sino después de muchos años, obtener en funciones más independientes, las ventajas que se me ofrecían desde luego, y que me permitirían trabajar en seguida en el porvenir de mi hermana. Conseguí, pues, vencer mis repugnancias, pero habían sido tan vivas, que se despertaban con más fuerza en presencia de la inminente realidad. Tuve necesidad de releer en el código que todo hombre lleva dentro de sí mismo, los capítulos del deber y del sacrificio; al mismo tiempo me repetía que no hay situación por humilde que sea, en la cual no pueda sostenerse y aun acrisolarse la dignidad personal. Después me tracé un plan de conducta para con los miembros de la familia Laroque, prometiéndome atestiguarles un celo concienzudo por sus intereses, y una justa deferencia hacia sus personas, igualmente distantes del servilismo y de la altivez. Pero no podía disimularme que esta última parte de mi tarea, la más delicada sin duda, debía simplificarse ó complicarse singularmente, por la naturaleza especial de la índole y de los caracteres con quienes iba á estar en contacto. Además el señor Laubepin, aunque reconociendo todo lo que mi solicitud tenía de legítimo respecto al artículo personal, se había mostrado obstinadamente parco de informes y detalles á este respecto. No obstante, al partir me había entregado una nota confidencial recomendándome la quemara luego que me hubiera servido de ella.

Saqué esta nota de mi cartera y me puse á estudiar sus términos que reproduzco aquí exactamente.

_Castillo de Laroque d'Arz_

ESTADO DE LAS PERSONAS QUE HABITAN DICHO CASTILLO

1.º Señor Laroque (Luis Augusto), octogenario, jefe actual de la milicia, fuente principal de la riqueza, antiguo marino, célebre bajo el primer imperio, en calidad de corsario autorizado; parece que se enriqueció en el mar por empresas legales de diversa naturaleza: vivió muchos años en las colonias. Oriundo de la Bretaña volvió á ella hará como treinta años, en compañía del difunto Pedro Antonio Laroque, su hijo único, esposo de la

2.º Señora Laroque (Clara Josefina), nuera del ya nombrado; criolla de origen, edad cuarenta años; carácter indolente, espíritu caprichoso, algo maniática, buen fondo.

3.º La señorita Laroque (Luisa Margarita), nieta, hija y presunta heredera de los anteriores, edad veinte años, criolla y bretona, algo quimérica, ¡bella alma!

4.º Señora Aubry, viuda del señor Aubry, cambista, fallecido en Bélgica, prima en segundo grado, recogida en la casa, índole agria.

5.º La señorita Helouin (Gabriela Carolina), veintiséis años, exinstitutriz, hoy doncella, talento cultivado, carácter dudoso.

--Quemad.