La Novela de un Joven Pobre

Chapter 14

Chapter 142,156 wordsPublic domain

--He aquí lo que ha oído escuchando á través de las puertas, según su graciosa costumbre; me dijo que esas señoras solicitan en estos momentos autorización para abandonar todos sus bienes á una congregación de Rennes, á fin de suprimir entre Margarita y usted los inconvenientes que les separan. No pudiendo hacerle rico, ellas se hacen pobres. Me ha parecido imposible, primo, dejar á usted ignorar esta determinación, igualmente digna de esas dos almas generosas y de esas dos cabezas quiméricas. Me excusará agregar que su deber es desbaratar á toda costa ese proyecto. Me parece inútil hablar del arrepentimiento que infaliblemente se prepara á nuestras amigas, y de la responsabilidad terrible que las amenaza; usted lo comprende tan bien como yo. Si pudiera, amigo mío, aceptar en el instante la mano de Margarita, el asunto terminaría del modo más feliz; pero se halla ligado á este respecto por un compromiso que, por muy ciego, por muy imprudente que haya sido, no es por eso menos obligatorio para su honor. Sólo le queda un partido que tomar: dejar este país sin demora y cortar resueltamente todas las esperanzas que entretiene su permanencia aquí. Cuando haya partido, me será más fácil volver á esas dos niñas á la razón.

--Pues bien, estoy pronto; partiré esta misma noche.

--Muy bien--continuó:--cuando le doy este consejo amigo mío, yo misma obedezco á una ley de honor bien rigurosa. Usted endulza los últimos momentos de mi larga soledad; me ha vuelto la ilusión de los más dulces encantos de la vida, perdidos por mí hace tantos años. Alejándose usted hago mi último sacrificio... es inmenso.

Se levantó y me miró un momento sin hablar.

--A mi edad no se abraza á los jóvenes--continuó, sonriendo tristemente,--se les bendice. Adiós, querido hijo, y gracias... Que Dios le ayude... Yo besé sus manos temblorosas, y ella me dejó precipitadamente.

Hice á toda prisa mis aprestos para la partida: luego escribí algunas líneas á la señora de Laroque. La suplicaba renunciara á una resolución cuyo alcance no había calculado, y de la que por mi parte, estaba firmemente determinado á no hacerme cómplice. Le daba mi palabra, y ella sabía que podía contarse con ella, que no aceptaría jamás mi felicidad á costa de su ruina. Al terminar, para apartarla mejor de su insensato proyecto, le hablaba vagamente de un porvenir cercano en que fingía entrever esperanzas de fortuna.

A media noche, cuando todos dormían, di un adiós, un cruel adiós á mi retiro, á aquella vieja torre ¡en que tanto había sufrido, donde tanto había amado! y me deslicé en el castillo por una puerta excusada, cuya llave me había sido confiada. Atravesé furtivamente, como un criminal, las galerías vacías y sonoras, guiándome lo mejor que pude en las tinieblas; llegué al fin al salón, donde la había visto por primera vez. Ella y su madre lo habían dejado, hacía apenas una hora; su presencia reciente se manifestaba aún por un perfume dulce y tibio, que me embriagó súbitamente. Busqué y toqué la cesta en que su mano había colgado pocos instantes antes su bordado, comenzado. ¡Ay, pobre corazón! Caí de rodillas ante el lugar que ocupaba, y allí, con la frente sobre el mármol, lloraba y sollozaba como un niño. ¡Dios mío, cómo la amo!

Aproveché las últimas horas de la noche para hacerme conducir secretamente á la pequeña ciudad vecina, donde tomé el carruaje de Rennes. Mañana en la noche estaré en París. ¡Pobreza, soledad, desesperación, que allí os dejé, voy á hallaros de nuevo! ¡Ultimo sueño de mi juventud, sueño del Cielo, adiós!

París.

Al día siguiente por la mañana, cuando iba á montar en el ferrocarril, entró en el patio del hotel un carruaje de posta, y vi descender de él al viejo Alain. Cuando me vió, su fisonomía se iluminó.

--Ah, señor, ¡qué fortuna que no haya partido! Tome esta carta.

--Reconocí la letra del señor Laubepin. Me decía en dos líneas que la señorita de Porhoet estaba gravemente enferma y que me llamaba. No me tomé sino el tiempo necesario para mudar caballos y me arrojé en la silla, después de haber decidido á Alain, no sin trabajo, á que se sentara frente á mí. Entonces lo aturdí á preguntas. Le hice repetir la noticia que me trajo y que me parecía inconcebible. La señorita Porhoet había recibido la víspera, de manos del señor Laubepin, un pliego ministerial, que le anunciaba que era puesta en plena y entera posesión de la herencia de sus parientes de España.--Y parece--agregaba Alain--que se lo debe al señor, que ha descubierto en el palomar algunos papeles viejos, en los que nadie soñaba y que han probado el buen derecho de la anciana señorita. Yo no sé lo que hay de verdadero en esto, pero sí es lástima--me dijo--que á esta respetable señora se le haya metido en la cabeza ideas de catedral y que no quiere abandonarlas... porque, note usted, que está más aferrada que nunca. Al principio, cuando recibió la noticia, cayó redonda en el pavimento y se le creyó muerta; pero una hora después empezó á hablar, sin fin ni tregua, de su catedral, del coro, de la nave, del cabildo y de los canónigos, del ala del Norte y del ala del Sur, de tal modo que para calmarla ha sido necesario traerle un arquitecto, albañiles, y poner sobre su lecho los planos del malhadado edificio. En fin, después de tres horas de conversación sobre el asunto se amodorró un rato; al despertarse, ha pedido ver al señor... al señor Marqués (Alain se inclinó cerrando los ojos) y se me ha hecho correr en su busca; parece que quiere consultarle sobre el coro alto.

Este extraño acontecimiento me causó la más viva sorpresa. Sin embargo, con ayuda de mis recuerdos y de los detalles confusos, que me daba Alain, llegué á darme una explicación de ellos, que noticias más positivas debían confirmar muy luego. Como ya he dicho, el negocio de la sucesión de la rama española de los Porhoet había pasado por dos fases. Había habido primero, entre la señorita de Porhoet y una gran casa de Castilla, un largo proceso que mi vieja amiga había acabado por perder en última instancia; luego un nuevo proceso, en el que la señorita de Porhoet no figuraba, se había suscitado, á propósito de la misma sucesión, entre los herederos españoles y la corona, que pretendía que los bienes volvían á ella por derecho de fundación del mayorazgo. Mientras esto tenía lugar, continuando siempre mis indagaciones en los archivos de los Porhoet había puesto la mano como dos meses antes de mi salida del castillo sobre una pieza singular, cuyo texto literal era el siguiente:

«Don Felipe, por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón; de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de las islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, islas y tierras firmes del mar Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante y de Milán, Conde de Habsburgo, de Flandes, del Tirol y de Barcelona, señor de Vizcaya y de Molina, etc., etc.

»A ti Herve Juan Joselyn, señor de Porhoet Gaél, Conde de Torrenueva, etc., que me has seguido en mis reinos y servido con una fidelidad ejemplar, prometo, por favor especial, que en caso de extinción de tu descendencia directa y legítima, los bienes de tu casa volverán, aun con detrimento de los derechos de mi corona, á los descendientes directos y legítimos de la rama francesa de los Porhoet-Gaél, mientras ella exista, y hago este compromiso, por mí y mis sucesores sobre mi fe y palabra de rey.

»Dado en el Escorial el 10 de abril de 1716.

YO EL REY.»

Al lado de esta pieza, que sólo era una copia traducida, había hallado el texto original con las armas de España. No se me había ocultado la importancia de este documento, pero había temido exagerármela. Dudaba mucho que la validez del título, sobre el que habían pasado tantos sucesos y tantos acontecimientos, fuese admitida por el gobierno español, y hasta dudaba que tuviera el poder de hacerle lugar, aun cuando quisieran hacérselo. Me decidí, pues, á dejar ignorar á la señorita de Porhoet, un descubrimiento cuyas consecuencias me parecían ser muy problemáticas y me limité á remitir el título al señor Laubepin. No recibiendo contestación alguna, no tardé en olvidarlo en medio de los cuidados personales que me abrumaban entonces. El gobierno español, obrando de una manera contraria á mi injusta desconfianza, no había vacilado en desempeñar la palabra del Rey Felipe, y en el momento mismo en que un decreto supremo acababa de abocar á la corona la sucesión inmensa de los Porhoet, por otro decreto la restituyó noblemente á su legítimo heredero.

Eran las nueve de la noche cuando descendí del carruaje, en el húmedo umbral de la casita en que acababa de entrar, aunque tardíamente, esta fortuna casi real. La sirvienta vino á abrirme; lloraba amargamente. Oí al instante la voz grave del señor Laubepin que dijo:--Él es.--Subí apresuradamente. El anciano me apretó la mano fuertemente y me introdujo, sin pronunciar una palabra, en el cuarto de la señorita de Porhoet. El médico y el cura de la villa se mantenían silenciosos en el hueco de una ventana. La señora de Laroque estaba arrodillada sobre una silla, cerca del lecho; su hija de pie en la cabecera, sostenía las almohadas en que reposaba la pálida cabeza de mi pobre y vieja amiga. Cuando la enferma me vió, una débil sonrisa iluminó su fisonomía, profundamente alterada, y desprendió penosamente uno de sus brazos. Tomé su mano, caí de rodillas y no pude contener mis lágrimas.

--¡Hijo mío, mi querido hijo!...--Luego miró fijamente á Laubepin. El viejo notario tomó entonces del lecho una hoja de papel, y continuando, al parecer, una lectura interrumpida, leyó:

«Por estas causas, instituyo por este testamento ológrafo, por legatario universal de todos mis bienes, tanto en España como en Francia, sin reserva ni condición alguna, á Máximo Santiago María Odiot, Marqués de Champcey d'Hauterive, noble de corazón como de raza. Tal es mi voluntad.--_Joselina Juana_, Condesa Porhoet-Gaél.»

En el exceso de mi sorpresa, me había levantado por una especie de sacudimiento, é iba á hablar, cuando la señorita de Porhoet, reteniendo suavemente mi mano, la colocó en la de Margarita. A este contacto repentino, la querida niña se estremeció; inclinó su joven frente sobre la almohada fúnebre y murmuró sonrojándose, algunas palabras al oído de la moribunda. Yo no hallé expresiones; volví á caer de rodillas y oré á Dios. Habíanse pasado algunos minutos en medio de un silencio solemne, cuando Margarita retiró repentinamente su mano haciendo un gesto de alarma. El doctor se aproximó apresuradamente; yo me levanté. La cabeza de la señorita de Porhoet se había desplomado súbitamente hacia atrás, su mirada estaba fija, resplandeciente y dirigida al cielo, sus labios se entreabrieron, y como si hablara en sueños:

--Dios--dijo--Dios, la veo... allá arriba... sí... el coro... las claraboyas... la luz por todas partes... Dos ángeles de rodillas ante la Majestad... con albos ropajes... sus alas se agitan. Dios... están vivos.--Este grito se extinguió en su boca, que permaneció sonriente: cerró los ojos como si durmiese: súbitamente un aire de inmortal juventud, se extendió sobre su fisonomía, que se puso desconocida.

Tal muerte coronando tal vida, contiene en sí enseñanzas de las que he querido llenar mi alma. Supliqué que se me dejara solo con el sacerdote en aquel cuarto. Espero que esta piadosa vigilia no será perdida para mí. Sobre aquella fisonomía en que se hallaba impresa una gloriosa paz, y donde parecía verdaderamente errar, yo no sé qué reflejo sobrenatural, más de una verdad olvidada ó dudosa, se me apareció con una evidencia irresistible. Mi noble y santa amiga, yo sabía muy bien que tenías la virtud del sacrificio; veo ahora, que habías recibido el premio de ella.

Hacia las dos de la mañana sucumbiendo de fatiga quise respirar por un momento el aire puro. Descendí la escalera en medio de las tinieblas, entre en el jardín, evitando atravesar el salón del piso bajo, donde noté luz. La noche estaba profundamente sombría. Cuando me aproximaba á la torrecilla que se hallaba al fin del pequeño cercado, sentí un débil ruido bajo el soto de ojaranzo; en el mismo instante una forma indistinta se desprendió del follaje. Sentí un desvanecimiento repentino, mi corazón precipitó sus latidos, y vi al cielo llenarse de estrellas.

--¡Margarita!--dije tendiendo los brazos.--Oí un ligero grito, luego mi nombre murmurado á media voz... luego... nada... y sentí sus labios sobre los míos. ¡Creí que el alma se me escapaba!...

He dado á Elena la mitad de mi fortuna. Margarita es mi mujer, cierro para siempre estas páginas. Ya nada tengo que confiarles. Puede decirse de los hombres lo que se ha dicho de los pueblos: ¡Felices aquellos que no tienen historia!

FIN

End of Project Gutenberg's La Novela de un Joven Pobre, by Octavio Feuillet