La Novela de un Joven Pobre

Chapter 13

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Los recuerdos que despertó repentinamente en mi imaginación esta espantosa confesión, me confirmaron su exactitud. Había oído contar veinte veces á mi padre, con una mezcla de orgullo y de amargura, el rasgo de la vida de mi abuelo á que se hacía alusión en ella. Solamente que se creía en mi familia que Ricardo Savage, cuyo nombre tenía muy presente, había sido la víctima y no el promotor de la traición, ó de la casualidad que había entregado al comandante de la _Thetis_.

Me expliqué entonces las singularidades que á menudo me habían llamado la atención en el carácter del viejo marino, y en particular su actitud tímida y pensativa cuando se hallaba frente á frente conmigo. Mi padre había dicho siempre que yo era un vivo retrato de mi abuelo, el Marqués Santiago, y sin duda, algunos resplandores de esta semejanza penetraban de tiempo en tiempo, atravesando las nubes de su cerebro, hasta la conciencia confusa de aquel anciano.

Apenas dueño de esta secreta revelación, caí en una horrible perplejidad. Por mi parte, sólo sentí un débil rencor contra este infortunado, en quien las flaquezas del sentido moral habían sido purgadas por una larga vida de arrepentimiento, y por una pasión de desesperación y de odio, que no carecía de grandeza. Yo mismo no podía respirar, sin una especie de admiración, el soplo salvaje que anima aún estas líneas trazadas por una mano culpable, pero heroica. Entretanto, ¿qué debía yo hacer de este terrible secreto? Lo que se me ocurrió de pronto, fué el pensamiento de que él destruía todo obstáculo entre Margarita y yo, que en adelante aquella fortuna que nos había separado debía ser entre nosotros un lazo casi obligatorio, pues yo sólo en el mundo podía legitimarla, dividiéndola. A la verdad, este secreto no era mío, y aun cuando la más inocente de las casualidades me lo hubiera hecho conocer, puede ser que la estricta probidad exigiese que lo dejara llegar en su hora, á las manos á que está destinado; ¡pero cómo, si esperando ese momento el mal irreparable se consumiría! ¡Los lazos más indisolubles nos separarían! ¡La piedra de la tumba iba á caer para siempre sobre mi amor, sobre mis esperanzas, sobre mi corazón inconsolable! ¿Y lo soportaría cuando podía impedirlo con una sola palabra? Y estas pobres mujeres, el día en que la fatal verdad haga sonrojar sus frentes, es muy probable dividirán conmigo mis pesares y mi desesperación. Y exclamarán las primeras: ¡Ah! si lo sabía usted ¿por qué no había hablado?

Pues bien; ni hoy, ni mañana, ni nunca: si sólo de mí depende, la vergüenza no sonrojará estas dos nobles frentes. Yo no compraré mi felicidad á precio de su humillación. Este secreto que sólo yo poseo, que ese anciano mudo para siempre, no puede él mismo traicionar, ya no existe; la llama lo ha devorado.

Lo he pensado bien. Comprendo lo que me he atrevido á hacer. Era un testamento, una acta sagrada y la he destruido. Además, no era yo sólo el que ganaba. Estoy encargado de mi hermana, que hallaría en él una fortuna, y sin consultarla, mi mano la ha sumergido de nuevo en la pobreza. Sé todo esto; pero dos almas puras, elevadas y orgullosas, no serán deshonradas, ni aniquiladas bajo el peso de un crimen de que son inocentes. Había en esto un principio de equidad que me ha parecido superior á toda justicia literal. Si á mi vez he cometido un crimen, yo responderé de él... Pero esta lucha me ha destrozado y ya no puedo más.

4 de octubre.

El señor Laubepin llegó, en fin, ayer noche. Vino á apretarme la mano. Estaba preocupado, brusco y descontento. Hablóme brevemente del matrimonio que se preparaba.

--Operación muy afortunada--dijo,--combinación muy laudable bajo todos respectos, en que la Naturaleza y la sociedad hallan á la vez las garantías que tienen el derecho de exigir semejantes circunstancias. Después de lo cual, joven--me dijo--le deseo una buena noche, mientras yo voy á ocuparme en despejar el terreno delicado de las convenciones preliminares, á fin de que el carro interesante del matrimonio llegue á su término sin inconvenientes.

Hoy á la una del día se reunirán en el salón con el aparato y concurso acostumbrados, para proceder á la firma del contrato. Yo no podía asistir á esa fiesta, y bendije mi herida que me libraba de semejante suplicio. Escribía á mi querida Elena, á quien me esforzaba más que nunca á ofrecer mi alma entera, cuando á eso de las tres de la tarde, entraron en mi cuarto el señor Laubepin y la señorita de Porhoet. El señor Laubepin en sus frecuentes viajes al castillo de Laroque, no había podido dejar de apreciar las virtudes de mi venerable amiga y se ha formado, desde largo tiempo, entre los dos ancianos, una amistad platónica y respetuosa, cuyo carácter se esfuerza en vano el doctor Desmarest en desnaturalizar. Después de un cambio de ceremonias, de saludos y de reverencias interminables, tomaron las sillas que les presenté y ambos se pusieron á contemplarme con un aire de grave beatitud.

--Y bien--pregunté--¿se terminó?

--Se terminó--respondieron al mismo tiempo.

--Muy bien--añadió la señorita de Porhoet.

--Maravillosamente--agregó el señor Laubepin, añadiendo después de una pausa:--El Bevallan se fué al diablo.

--Y la jovencita Helouin por el mismo camino--continuó la señorita de Porhoet.

--¡Dios mío! ¿qué es lo que pasa?--dije, arrojando un grito de sorpresa.

--Amigo mío--me respondió el señor Laubepin;--la unión proyectada presentaba todas las ventajas deseables, y habría asegurado, á no dudarlo, la felicidad común de los cónyuges, si el matrimonio fuera una asociación puramente comercial, pero está muy lejos de serlo. Mi deber, cuando mi concurso fué exigido en esta circunstancia interesante, era pues, consultar la inclinación de los corazones y las conveniencias de los caracteres, no menos que la proporción de las fortunas; pero creí observar desde luego, que el matrimonio que se preparaba tenía el inconveniente de no satisfacer á nadie, ni á mi excelente amiga la señora de Laroque, ni á la interesante novia, ni á los amigos más ilustrados de estas damas; á nadie, en fin, sino probablemente al novio, de quien me cuido mediocremente. Es verdad (debo esta nota á la señorita de Porhoet), es verdad--decía--que el novio es gentilhombre.

--_Gentleman_, si le parece--interrumpió la señorita de Porhoet con un acento severo.

--_Gentleman_--continuó el señor Laubepin, aceptando la enmienda:--pero es una especie de _gentleman_ que no me gusta.

--Ni á mí--dijo la señorita de Porhoet.--Bellacos de esta especie, palafreneros sin costumbres, como éste, que vimos salir en el último siglo, dirigidos por el entonces Duque de Chartres, de las caballerizas inglesas para preludiar la revolución.

--¡Oh, si no hubieran hecho más que preludiarla!--dijo sentenciosamente el señor Laubepin--se les perdonaría.

--Le pido un millón de excusas, mi querido señor, pero hable. Por lo demás, no se trata de eso; tenga usted á bien continuar.

--Pues bien--prosiguió el señor Laubepin,--viendo que en general se marchaba á esta boda como á un convoy fúnebre, busqué algún medio á la vez honorable y legal, si no de volver al señor de Bevallan su palabra, al menos de hacérsela recoger. El proceder era tanto más lícito, cuanto que en mi ausencia el señor de Bevallan había abusado de la inexperiencia de mi excelente amiga la señora de Laroque, y de la inexperiencia de mi colega de la villa vecina, para hacerse asegurar ventajas exorbitantes. Sin separarme de la letra de las convenciones, conseguí modificar sencillamente su espíritu. Sin embargo, el honor y la palabra dada me imponían límites que no pude ultrapasar. El contrato, á pesar de todo, quedaba aún suficientemente ventajoso para que un hombre dotado de alguna elevación de espíritu y animado de una verdadera ternura por su futura, pudiese aceptarlo con confianza. ¿El señor de Bevallan, sería hombre capaz de ello? Debimos correr riesgo. Le aseguro que no dejaba de hallarme conmovido, cuando comencé esta mañana, ante un imponente auditorio, la lectura de esta acta irrevocable.

--Por mi parte--interrumpió la señorita de Porhoet--no tenía una sola gota de sangre en las venas. La primera parte del contrato, era tan conveniente para el enemigo, que lo creí todo perdido.

--Sin duda, señorita; pero como decimos nosotros entre augures, el veneno está en la cola, _in cauda venenum_. Era verdaderamente agradable, amigo mío, ver la fisonomía del señor de Bevallan y la de mi colega de Rennes, que le acompañaba, cuando llegué á descubrir bruscamente mis baterías. Al principio se miraron en silencio: luego cuchichearon; se levantaron por fin y aproximándose á la mesa ante la cual me hallaba sentado, me pidieron en voz baja explicaciones.

--Hablen alto, si gustan, señores--les dije:--no hay aquí necesidad de misterios. ¿Qué quieren?

El público empezaba á prestar atención. El señor de Bevallan sin alzar la voz me insinuó, que este contrato era una obra de desconfianza.

--¡Una obra de desconfianza, señor!--respondí en el tono más elevado de mi garganta.--¿Qué pretende decir con eso? ¿Es contra la señora de Laroque, contra mí, ó contra mi colega aquí presente, que dirige semejante imputación?...

--¡Chit, silencio! nada de bulla,--dijo entonces el notario de Rennes, con el acento más discreto; pero veamos, estaba convenido al principio que el régimen dotal sería separado.

--¿El régimen dotal, señor? ¿Y en dónde se trata aquí de régimen dotal?

--Vamos, compañero, bien ve que lo restablece por un subterfugio.

--¿Subterfugio, colega? ¡Permítame que como más antiguo le pida borrar esa palabra de su vocabulario!

--Pero, en fin--murmuró el señor de Bevallan,--se me ligan las manos de todos lados, se me trata como á un chiquillo.

--¿Cómo, señor, qué es lo que hacemos en este momento? ¿Es esto un contrato ó un testamento? ¿Olvida usted que la señora de Laroque vive, que su padre vive, que se casa, señor, pero que no hereda? ¡Un poco de paciencia; qué diablo!

A estas palabras la señorita Margarita se levantó.--Basta ya--dijo;--señor Laubepin, arroje usted al fuego ese contrato. Madre mía, haga usted volver al señor sus presentes,--saliendo en seguida con un paso de reina ultrajada. La señora de Laroque la siguió. Al mismo tiempo lancé el contrato en la chimenea.

--Señor--me dijo entonces el señor de Bevallan con tono amenazador--hay aquí una intriga cuyo secreto sabré.

--Señor, voy á decírselo--respondí.--Una joven que con justo orgullo se estima á sí misma, había concebido el temor de que sus pretensiones amorosas sólo se dirigían á su fortuna; ha querido cerciorarse de ello, y no le cabe duda alguna. Tengo el honor de saludarle.

En seguida, amigo mío, fuí á reunirme con las señoras, que me saltaron al cuello. Un cuarto de hora después, el señor de Bevallan dejaba el castillo con mi colega de Rennes. Su partida y su desgracia han tenido por efecto inevitable desencadenar contra él todas las lenguas de los criados, y su imprudente intriga con la señorita Helouin ha estallado muy luego. La joven, sospechosa hacía algún tiempo por otros motivos, ha pedido permiso para retirarse, y no se le ha negado. Inútil es agregar, que las señoras le aseguran una existencia honorable... ¡Y bien, hijo mío! ¿qué dice de todo esto? ¿Le hace sufrir más? Está tan pálido como un muerto...

La verdad es, que estas noticias inesperadas habían excitado en mí tantas emociones agradables y penosas á la vez, que me sentía próximo á desfallecer.

* * * * * * * * * * *

El señor Laubepin que debe partir mañana al amanecer, volvió esta noche á despedirse de mí. Después de algunas palabras embarazosas de parte á parte:

--¡Ah, mi querido niño!--me dijo--no le interrogo sobre lo que aquí pasa: pero si tiene usted necesidad de un confidente y un consejero, le pediría la preferencia.

Yo no podía efectivamente desahogarme en un corazón más amigo, ni más seguro. Hice al digno anciano un relato detallado de todas las circunstancias que han señalado desde mi llegada al castillo, mis relaciones particulares con la señorita Margarita. Hasta le he leído algunos trozos de este diario, para precisar mejor el estado de esas relaciones y también el estado de mi alma. Excepto el secreto que había descubierto la víspera en los archivos del señor Laroque, nada le he ocultado.

Cuando terminé, el señor Laubepin cuya frente se había puesto recelosa hacía un momento, tomó la palabra.

--Es inútil disimular, amigo mío--dijo--que al enviarle aquí, premeditaba unirlo con la señorita Laroque. Al principio todo marchó conforme á mis deseos. Los dos corazones, que según mi opinión, son dignos el uno del otro, no han podido aproximarse sin entenderse: pero ese extravagante acontecimiento, cuyo teatro romántico ha sido la torre d'Elven, confieso que me desconcierta enteramente. ¡Qué diantre! querido joven, saltar por la ventana, á riesgo de romperse la cabeza, era, permítame que se lo diga, una demostración muy suficiente de su desinterés; fué, pues, muy supérfluo agregar á este paso honorable y delicado, el juramento solemne de no casarse jamás con esa pobre niña á no ser eventualidades que es absolutamente imposible esperar. Yo me tengo por hombre de recursos, pero me reconozco enteramente incapaz de dar á usted doscientos mil francos de rentas ó de quitárselos á la señorita Laroque.

--Entonces, señor, déme un consejo. Tengo más confianza en usted, que en mí mismo, pues conozco que el infortunio expuesto siempre á la sospecha, ha podido irritarme hasta el exceso las susceptibilidades de mi honor. Hable. Me inducirá usted á olvidar el juramento indiscreto pero solemne, sin embargo, que en este momento es, según creo, lo único que me separa de la dicha, que había soñado para su hijo adoptivo.

El señor Laubepin se levantó; sus espesas pestañas cayeron sobre sus ojos, y recorrió la habitación á grandes pasos durante algunos minutos; luego, deteniéndose ante mí, y tomándome la mano con fuerza:

--Joven--me dijo--es cierto, le amo como á un hijo; pero aun cuando debiera despedazar su corazón y el mío con el suyo, jamás transigiré con mis principios. Mejor es ultrapasar el honor que quedarse atrás de él: en materia de juramentos, todos los que no son exigidos bajo la punta de un puñal ó ante la boca de una pistola, es menester no hacerlos ó cumplirlos: esa es mi opinión.

--Y también la mía. Mañana partiré con usted.

--No, Máximo, permanezca aquí algún tiempo todavía. Yo no creo en milagros, pero creo en Dios, que rara vez permite que sucumbamos por nuestras virtudes... Demos un plazo á la Providencia... Sé que le pido un gran esfuerzo de valor, pero lo reclamo formalmente de su amistad. Si en un mes no recibe noticias mías, entonces partirá.

12 de octubre.

Hace dos días que puedo salir de mi retiro y pasar al castillo. No había visto á la señorita Margarita desde el instante de nuestra separación en la torre d'Elven. Cuando entré, estaba sola en el salón; al reconocerme hizo un movimiento involuntario como para levantarse, pero permaneció inmóvil y su fisonomía se coloreó repentinamente de una púrpura ardiente. Esta fué contagiosa, por que yo mismo sentí que me enrojecía hasta la frente.

--¿Cómo está usted, señor?--me dijo al tenderme la mano, pronunciando estas simples palabras con un tono de voz tan dulce, tan humilde, ¡ay! tan tierno, que habría querido arrojarme de rodillas ante ella. Sin embargo, fué preciso contestarla en el tono de una política helada. Me miró dolorosamente: luego bajó sus grandes ojos con aire de resignación y continuó su trabajo.

Casi en el mismo instante, su madre la hizo llamar al lado de su abuelo, cuyo estado se agravaba notablemente. Hacía muchos días que había perdido la voz y el movimiento; la parálisis le había invadido casi entero. Los últimos destellos de su vida intelectual se habían extinguido: únicamente persistía la sensibilidad con el sufrimiento. No podía dudarse que el fin del anciano se aproximaba, pero la vida había tomado posesión muy fuertemente de aquel enérgico corazón, para desprenderse de él, sin una lucha obstinada. El doctor había anunciado que la agonía sería larga. Desde la aparición del peligro, la señora de Laroque y su hija le habían prodigado sus esfuerzos y sus vigilias con la abnegación apasionada y el entusiasmo del sacrificio, que son la virtud especial y la gloria de su sexo. Anteayer en la noche, sucumbían ya á la fatiga y á la fiebre; el doctor Desmarest y yo, nos ofrecimos para suplirlas al lado del señor Laroque durante la noche que comenzaba. Consintieron en descansar algunas horas. El doctor muy fatigado también, no tardó en anunciarme que iba á recostarse en un lecho que había en la pieza vecina.

--Yo no sirvo aquí para nada--me dijo;--todo está hecho, usted lo ve, ya ni sufre el pobre hombre... Es un estado de letargo que no tiene nada de desagradable, y cuyo despertar será la muerte... de consiguiente puede uno estar tranquilo. Si nota algún cambio, me llama, pero creo que esto no sucederá hasta mañana. Entre tanto yo me muero de sueño.--Lanzó un bostezo sonoro y salió. Su lenguaje y su sangre fría ante el moribundo me chocaron. Es, sin embargo, un hombre excelente, pero para tributar á la muerte el respeto que le es debido, es necesario no ver únicamente la materia bruta que ella disuelve, sino también creer en el principio inmortal que desliga.

Una vez solo en la cámara fúnebre, me senté al pie del lecho cuyas cortinas habían sido levantadas, y traté de leer á la claridad de una lámpara que había cerca de mí, en una pequeña mesa. El libro cayó de mis manos: no podía separar mi pensamiento de la singular combinación de acontecimientos, que después de tantos años, daba á este culpable anciano al nieto de su víctima por testigo y protector de su último sueño. Luego en medio de la calma profunda, de la hora y del lugar, evocaba á mi pesar las escenas tumultuosas y las sanguinarias violencias que habían llenado esta existencia que acababa. Buscaba impresión lejana de ellas, en la fisonomía de aquel agonizante secular, sobre sus grandes rasgos cuyo pálido relieve se dibujaba en la sombra, como el de una máscara de yeso, y sólo veía en ellos la gravedad y el reposo prematuros de la tumba. Por intervalos me aproximaba á la cabecera, para asegurarme si el soplo vital movía aún aquel pecho destruido.

En fin, hacia la media noche, me invadió una somnolencia irresistible y me dormí con la frente apoyada sobre la mano. Repentinamente fuí despertado por no sé qué lúgubres estremecimientos; levanté los ojos y sentí pasar un escalofrío por la médula de mis huesos. El anciano se hallaba medio levantado en su lecho, y tenía fija sobre mí una mirada atenta, asombrada, en que brillaba la expresión de una vida y de una inteligencia que hasta entonces me habían sido desconocidas. Cuando mi mirada encontró la suya, el espectro se estremeció; abrió sus brazos en cruz, y me dijo con una voz suplicante, cuyo timbre extraño suspendió el movimiento de mi corazón.

--¡Señor Marqués, perdóneme!

Quise levantarme, quise hablar, pero en vano. Me hallaba petrificado en mi sillón.

--¡Señor Marqués--continuó,--dígnese perdonarme!

Hallé en fin la fuerza suficiente para acercarme á él; á manera que yo me aproximaba, él se retiraba penosamente hacia atrás como para escapar á un contacto pavoroso. Levanté una mano, y bajándola suavemente ante sus ojos desmesuradamente abiertos y desesperados de terror.

--¡Morid en paz!--le dije--¡Yo le perdono!

No había aún acabado estas palabras cuando su fisonomía marchita se iluminó con un relámpago de alegría y de juventud. Al mismo tiempo brotaron dos lágrimas de sus hundidas órbitas. Extendió sus manos hacia mí: repentinamente, aquella mano se cerró con violencia y se extendió en el espacio con un gesto amenazador: vi revolverse y rodar sus ojos entre sus órbitas dilatadas, como si una bala le hubiera herido el corazón.

--¡Oh! inglés--murmuró.

Volvió á caer sobre la almohada como una masa inerte. Estaba muerto.

Llamé apresuradamente, y todos acudieron. Muy luego fué rodeado de piadosas lágrimas y oraciones. Yo me retiré con el alma profundamente conmovida por aquella escena extraordinaria, que debía permanecer secreta para siempre, entre aquel muerto y yo.

Este triste suceso de familia ha hecho pesar sobre mí cuidados y deberes de que tenía necesidad para justificar á mis propios ojos la prolongación de mi morada en la casa. Me es imposible concebir en virtud de qué motivos el señor Laubepin me ha aconsejado que demorare mi partida. ¿Qué puedo esperar de este aplazamiento? Me parece que esta circunstancia ha cedido á una especie de vaga superstición y de debilidad pueril, á que no debía haberse doblegado jamás una alma de su temple y á la que yo mismo he hecho mal en someterme. ¿Cómo no comprendí que me imponía con un aumento de inútil sufrimiento, un papel sin franqueza y sin dignidad? ¿Qué haré yo en adelante? ¿No es ahora cuando con justo motivo, podría reprochárseme el jugar con los sentimientos más sagrados? Mi primera entrevista con la señorita Margarita había bastado para revelarme todo el rigor, toda la imposibilidad de la prueba á que me hallaba condenado, cuando la muerte del señor Laroque ha venido á dar por corto tiempo á mis relaciones alguna naturalidad, y una especie de bienestar á mi permanencia en el castillo.

Rennes, 16 de octubre.

Todo está dicho, ¡Dios mío! ¡Cuán fuerte era este lazo! ¡De qué manera envolvía mi corazón! ¡Hasta qué punto le ha despedazado al romperse!

Ayer en la noche, cerca de las nueve, me hallaba yo de codos en mi ventana abierta, cuando fuí sorprendido por una débil luz que se aproximaba á mi habitación á través de los sombríos caminos del parque, y en una dirección que no acostumbran traer las gentes del castillo. Un instante después llamaron á mi puerta, y la señorita de Porhoet entró jadeando.

--Primo--me dijo--tengo que hablar á usted.

--¿Hay alguna desgracia?--le pregunté, mirándola á la cara.

--No, no es eso precisamente. Usted mismo juzgará. Siéntese. Mi querido hijo; ha pasado usted dos ó tres noches en el castillo durante la presente semana ¿no ha observado en él nada nuevo ni de singular, en la actitud de las señoras?...

--Nada.

--¿No ha notado al menos en su fisonomía una especie de serenidad no acostumbrada?...

--Sí, tal vez... Apartando la melancolía del reciente duelo me han parecido más serenas, y aún más dichosas que en otro tiempo.

--Sin duda, le habrían llamado la atención otras particularidades si hubiera usted, como yo, vivido desde hace quince años en su intimidad cotidiana. Así es que á menudo he sorprendido entre ellas los signos de una inteligencia secreta, de una misteriosa complicidad. A más, sus hábitos se han modificado sensiblemente. La señora de Laroque ha echado á un lado su brasero, su garita, y todas sus inocentes manías de criolla; se levanta á una hora fabulosa y se instala desde la aurora con Margarita delante de la mesa de trabajo. A ambas les ha entrado un gusto apasionado por los bordados, y se informan del dinero que una mujer puede ganar por día con este género de labor. Para terminar, hay en esto un misterio cuya palabra en vano me desesperaba por encontrar. Ella acaba de serme revelada y sin deber entrar en los secretos de usted antes de lo que le convenga, he creído deber transmitírsela sin retardo.

Después de las protestas de absoluta confianza, que me apresuré á dirigirle, la señorita de Porhoet continuó en su lenguaje dulce y firme:

--La señora de Aubry fué á verme esta noche á hurtadillas; comenzó por arrojarme sus horribles brazos al cuello, lo que no me gustó nada, y luego, á través de mil jeremiadas personales, que excuso repetir, me ha suplicado que detenga á sus parientes sobre el borde de su ruina.