La Novela de un Joven Pobre

Chapter 12

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La aldea d'Elven que atravesamos, aflojando un poco nuestra carrera, da una idea verdaderamente pasmosa de lo que podía ser una villa de la edad media. La forma de las casas, bajas y sombrías, no ha cambiado desde hace cinco siglos. Cree uno soñar, cuando uno mira por esos anchos huecos ovalados y sin marco, que ocupan el lugar de ventanas, aquellos grupos de mujeres de salvaje mirada y traje escultural, que en la sombra hilan su copo conversando en voz baja y en lengua desconocida. Parece que aquellos parduscos espectros acaban de dejar sus losas funerarias, para ejecutar entre sí alguna escena de otras edades, cuyo único testigo viviente somos nosotros. Esto causa una especie de opresión. La poca vida que á nuestro alrededor se manifiesta en la única calle de la villa, presenta el mismo carácter de extrañeza y de arcaísmo fielmente conservado de un mundo desvanecido.

A poca distancia d'Elven, tomamos un camino extraviado que nos condujo á la cumbre de una árida colina. Desde allí percibimos distintamente, aunque á mucha distancia, el coloso feudal, dominando frente á nosotros en una altura poblada de árboles. El erial en que nos hallábamos, bajaba por una escarpada pendiente hacia unas praderas pantanosas guarnecidas por una espesa selva. Descendimos por la parte contraria y nos hallamos muy luego internados en los bosques. Seguimos entonces una estrecha calzada, cuyo empedrado desunido y escabroso ha debido resonar bajo el pie herrado de nuestros caballos. Desde largo tiempo había dejado de ver la torre d'Elven, cuya posición ni aun podía conjeturar, cuando se apareció repentinamente entre el follaje, levantándose á dos pasos de nosotros, con la prontitud de una aparición. Esta torre no está arruinada; conserva hoy toda su altura primitiva, que pasa de cien pies, y las hiladas regulares de granito que componen el magnífico aparato octogonal, le dan el aspecto de un trozo formidable cortado ayer, por el más puro cincel. Nada más imponente, más orgulloso ni más sombrío que este viejo torreón, impasible en medio de los tiempos, y aislado en la espesura de los bosques. Arboles de gigantesca altura han brotado en los profundos fosos que lo rodean, y su cima alcanza apenas á los huecos de las ventanas más bajas. Esta vegetación gigantesca, en que se pierde confusamente la base del edificio, acaba de darle un color de fantástico misterio. En esta soledad, en medio de las selvas, á la faz de aquella masa de extraña arquitectura que surge repentinamente, imposible es no pensar en esas torres encantadas donde algunas bellas princesas duermen un sueño secular.

--Hasta este día--me dijo la señorita Margarita, á quien yo trataba de comunicar mis impresiones,--ahí tiene usted todo lo que conozco de ella, pero si le interesa despertar á la princesa, podemos entrar. Por lo que he averiguado, hay siempre en estos alrededores un pastor ó pastora, que tiene la llave. Atemos nuestros caballos y pongámonos en su busca, usted del pastor y yo de la pastora.

Los caballos fueron encerrados en un pequeño cercado vecino á las ruinas, y la señorita Margarita y yo nos separamos un momento para hacer una especie de batida en los alrededores. Tuvimos el pesar de no hallar ni al pastor ni á la pastora. Nuestro deseo de visitar el interior de la torre, creció entonces naturalmente con el atractivo del fruto prohibido, y pasamos á la ventura un puente echado sobre los fosos. Con viva satisfacción nuestra, la maciza puerta de la torre no estaba cerrada: sólo tuvimos que empujarla para penetrar en un reducido vestíbulo, obscuro, obstruído por las ruinas y que podía en otro tiempo haber servido de cuerpo de guardia; de allí pasamos á una vasta sala casi circular, cuya chimenea conserva aún sobre su escudo las armas de las cruzadas; una ancha ventana abierta á nuestro frente y atravesada por la cruz simbólica, netamente cortada en la piedra, iluminaba la región interior de aquel recinto, en tanto que la mirada se perdía en la sombra incierta de las altas bóvedas casi hundidas. Al ruido de nuestros pasos, voló de esta obscuridad una multitud de pájaros invisibles y sacudieron sobre nuestras cabezas el polvo de los siglos. Subiendo sobre los bancos de granito que se hallan dispuestos á uno y otro lado de la pared en forma de gradas, pudimos desde el alféizar de la ventana echar una ojeada al exterior sobre la profundidad de los fosos y partes arruinadas de la fortaleza; pero habíamos notado desde nuestra entrada las primeras gradas de una escalera practicada en el espesor de la muralla, y sentíamos una prisa infantíl por llevar adelante nuestros descubrimientos. Emprendimos la ascensión; yo abrí la marcha y la señorita Margarita me siguió valientemente, entendiéndose, como podía, con sus largos vestidos. De lo alto de la plataforma, el panorama es inmenso y delicioso. Las suaves tintas del crepúsculo sombreaban en ese mismo instante el océano de follaje medio dorado por el otoño; los sombríos pantanos, los verdes prados y los horizontes de entrecruzadas pendientes que se mezclaban y sucedían bajo nuestros ojos hasta la más lejana extremidad. En presencia de este paisaje grandioso, triste é infinito, sentíamos la paz de la soledad, el silencio de la noche y la melancolía de los tiempos pasados, descender á la vez como un encanto poderoso sobre nuestros espíritus y nuestros corazones. Esa hora de contemplación común, de emociones divididas, de profunda y pura voluptuosidad era, sin duda, la última que me fuera dado vivir á su lado, y me extasiaba con una violencia de sensibilidad casi dolorosa. Por lo que hace á Margarita, no sé lo que pasaba: habíase sentado sobre el borde del parapeto, miraba á lo lejos y callaba. Yo no oía sino el soplo un poco precipitado de su aliento.

No podré decir cuántos instantes se pasaron de este modo. Cuando los vapores se condensaron en la parte superior de las praderas más bajas, y los últimos horizontes comenzaron á borrarse en la sombra creciente, Margarita se levantó.

--¡Vamos--dijo á media voz, y como si una cortina hubiese caído sobre algún sentido espectáculo--esto acabó!--Luego, comenzó á descender y yo la seguí.

Cuando quisimos salir de la torre, grande fué nuestra sorpresa al hallar cerrada la puerta. Al parecer, el joven guardián, ignorando nuestra presencia, había dado vuelta á la llave, mientras nos hallábamos en la plataforma. La primera impresión fué la de la alegría. La torre era decididamente una torre encantada. Hice algunos esfuerzos vigorosos para romper el encanto; pero el pestillo enorme de la antigua cerradura estaba sólidamente asegurado en el granito y tuve que renunciar á desprenderlo. Volví entonces mis ataques contra la puerta misma; pero los goznes macizos y los tableros de encina chapeados de hierro, opusiéronme la resistencia más invencible. Dos ó tres morrillos que tomé de los escombros y lancé contra el obstáculo, no consiguieron sino hacer vacilar la bóveda y destacar de ella algunos fragmentos, que vinieron á caer á nuestros pies. Corrí entonces á la ventana y dí algunos gritos, á los que nadie respondió. Durante diez minutos, los renové de instante en instante con el mismo éxito, al mismo tiempo que aprovechábamos apresuradamente las últimas luces del día para explorar minuciosamente todo el interior de la torre; pero excepto la puerta, que se hallaba como murada para nosotros, y la gran ventana, que un abismo de cerca de treinta pies separaba del fondo de los fosos, no pudimos descubrir salida alguna.

Entretanto, la noche acababa de caer sobre los campos, y las tinieblas habían invadido la vieja torre. Algunos reflejos de luna penetraban solamente por el alféizar de la ventana y blanqueaban oblicuamente la piedra de las gradas. La señorita Margarita, que poco á poco había perdido toda apariencia de buen humor, dejó aún de responder á las conjeturas más ó menos verosímiles con que trataba de engañar sus inquietudes. Mientras ella se mantenía en la sombra, silenciosa é inmóvil, yo estaba sentado en plena claridad sobre la grada más próxima á la ventana: desde allí arrojaba aún por intervalos un grito de llamada; pero para decir la verdad, á medida que el éxito de mis esfuerzos se hacía más incierto, me sentía presa de una alegría irresistible. Veía en efecto, realizarse, para mí, repentinamente, el sueño más eterno y más imposible de los amantes; me hallaba encerrado en el fondo de un desierto y en la más estrecha soledad, con la mujer que amaba. ¡Por largas horas no habría allí, sino ella y yo en el mundo, sino su vida y la mía! Pensaba en todos los testimonios de dulce protección y de tierno respeto, que iba á tener el derecho y el deber de prodigarla; representábame, sus temores calmados, su confianza, su sueño; me decía con un encanto profundo, que aquella noche afortunada, si no podía darme el amor de aquella criatura querida, iba al menos á asegurarme para siempre su más inquebrantable estimación.

Cuando me abandonaba con todo el egoísmo de la pasión á mi secreto éxtasis, del que es fácil se dibujara algún reflejo en mi fisonomía, fuí despertado repentinamente por estas palabras, que me eran dirigidas con voz sorda y en un tono de afectada tranquilidad:

--¿Señor Marqués de Champcey, ha habido muchos cobardes en su familia antes que usted?

Levantéme y volví á caer de nuevo sobre el banco de piedra, clavando una mirada estúpida en las tinieblas en que entreveía vagamente el contorno de la joven. Una sola idea se me ocurrió, pero una idea terrible; era que el miedo y el pesar la turbaran el cerebro y que fuera á enloquecer.

--¡Margarita!--exclamé sin saber lo que decía.

Esta palabra acabó sin duda de irritarla.

--¡Dios mío! qué odioso es esto--replicó.--¡Qué cobarde, sí, lo repito, qué cobarde!

La verdad empezaba á manifestarse á mi espíritu. Descendí uno de los escalones.

--¿Qué es lo que hay, pues?--le dije fríamente.

--Es usted--respondió con una brusca vehemencia--quien ha pagado á ese hombre, á ese niño, ó lo que sea, para que nos aprisione en esta miserable torre. Mañana estaré perdida... deshonrada en la opinión y no podré pertenecer sino á usted. He ahí su cálculo, ¿no es verdad? Pero éste, se lo aseguro, no tendrá mejor éxito que los otros. Me conoce aún muy imperfectamente si cree que no preferiría el deshonor, el claustro, la muerte, todo, á la abyección de ligar mi mano y mi vida con la suya. Y aun cuando este ardid infame tuviera éxito, aun cuando tuviese la debilidad, que ciertamente no tendré, de entregarle mi persona, y lo que le importa más, mi fortuna, en cambio de ese bello rasgo de astucia, ¿qué especie de hombre es usted? Dígame, ¿de qué fango ha salido, para querer una fortuna y una mujer adquiridos á ese precio? ¡Ah! hasta gracias debe darme de que no acceda á sus deseos. Son imprudentes, créamelo, pues si alguna vez la vergüenza pública me arrojara en sus brazos le despreciaría de tal modo, que aplastaría su corazón. Sí, aun cuando fuese tan duro, tan helado como estas piedras, yo le sacaría sangre... yo le haría brotar lágrimas.

--Señorita--dije con toda la calma de que pude disponer--le suplico que se recobre, que vuelva á la razón. Le aseguro por mi honor, que me ultraja. Tenga á bien reflexionarlo. Sus suposiciones no reposan sobre ninguna verosimilitud. Yo no he podido preparar de ninguna manera la perfidia de que me acusa, y sobre todo, aunque lo hubiera podido, ¿cuándo le he dado el derecho de creerme capaz de ello?

--Todo cuanto sé de usted me da ese derecho--exclamó cortando el aire con su látigo.--Es menester que le diga una vez por todas, lo que tengo en el alma, hace largo tiempo. ¿Qué ha venido á hacer á nuestra casa bajo un nombre, y bajo un carácter supuesto? Mi madre y yo éramos dichosas, estábamos tranquilas; usted nos ha traído una confusión, un desorden y pesares, que nosotras no conocíamos. Para alcanzar su fin, para reparar las brechas de su fortuna, ha usurpado nuestra confianza, ha hecho trizas nuestro reposo, ha jugado con nuestros sentimientos más puros, más verdaderos y más sagrados, ha estropeado y destrozado nuestros corazones sin piedad. Vea ahí lo que ha hecho, ó querido hacer, poco importa. Pues bien, debo decir que estoy profundamente cansada y herida de todo esto; se lo aseguro. Y cuando en este momento acaba de ofrecerme en prenda, su honor de gentilhombre, que le ha permitido hacer tantas cosas indignas, tengo sin duda el derecho de no creer en él, y no creo.

Yo estaba fuera de mí: tomé sus dos manos en un transporte de violencia que la dominó:

--¡Margarita, pobre hija mía!... ¡escúcheme! ¡La amo, es cierto, y jamás amor más ferviente, más desinteresado, ni más santo, ardió en el corazón de un hombre! Pero usted también me ama... ¡Me ama, desgraciada! y sin embargo, me mata... Habla de corazón triturado y destrozado... ¡Ah! ¿y qué hace usted con el mío? Él le pertenece: yo se lo abandono, pero en cuanto á mi honor, lo guardo... está intacto... y antes de poco le forzaré á reconocerlo... Y sobre ese honor, le juro que si muero me llorará; y que si vivo, jamás... por mucho que la adore... aun cuando la viese de rodillas ante mí, jamás sería mi esposa, á menos que usted fuese tan pobre como yo, ó yo tan rico como usted. Y ahora, proceda. ¡Pida á Dios milagros porque ya es tiempo!

La rechacé entonces bruscamente lejos del alféizar de la ventana y me lancé sobre las gradas superiores: había concebido un proyecto desesperado que ejecuté en el instante con la precipitación de una verdadera demencia. Como he dicho antes, la cima de las hayas y de las encinas, que se levantan en los fosos de la torre se elevan hasta el nivel de la ventana. Con ayuda de mi látigo doblado, atraje á mí la extremidad de las ramas más próximas, tomé una á la ventana y me lancé en el vacío. Oí mi nombre, arriba de mi cabeza ¡Máximo! proferido repentinamente con un grito desgarrador. Las ramas de que me había agarrado se inclinaron en toda su largura hacia el abismo: hubo un crujido siniestro; estallaron bajo mi peso, y caí rudamente sobre el suelo.

Supongo que la naturaleza fangosa del terreno amortiguó la violencia del choque, pues me sentí vivo aunque herido. Uno de mis brazos había dado sobre el declive de material del cimiento y sentía un dolor tan agudo, que mi corazón desfallecía. Experimenté un corto aturdimiento. Fuí despertado por la voz desesperada de Margarita.

--¡Máximo! ¡Máximo! por favor, por piedad, en nombre de Dios, hábleme, perdóneme.--Me levanté y la vi en el hueco de la ventana, en medio de una aureola de pálida luz, con la cabeza desnuda, los cabellos caídos, la mano crispada sobre el travesaño de la cruz, y los ojos ardientemente fijos sobre el sombrío precipicio.

--No tema nada--le dije.--No me he hecho mal alguno. Tenga solamente paciencia por una ó dos horas. Deme el tiempo de ir hasta el castillo, es lo más seguro. Esté cierta que guardaré el secreto, y salvaré su honor, como acabo de salvar el mío.

Salí penosamente de los fosos y fuí á tomar mi caballo. Servíme de mi pañuelo para suspender y fijar mi brazo izquierdo, que me era enteramente inútil y me hacía sufrir mucho. Gracias á la claridad de la noche hallé fácilmente el camino. Una hora después llegaba al castillo. Se me dijo que el doctor Desmarest estaba en el salón. Me apresuré á presentarme á él, y hallé allí como una docena de personas, cuyo continente acusaba su estado de preocupación y de alarma.

--Doctor--dije alegremente al entrar--mi caballo acaba de asustarse de su sombra, me ha tirado en el camino, y creo tener el brazo izquierdo estropeado. ¿Quiere usted verlo?

--¿Cómo estropeado?--dijo el señor Desmarest, después de desatar el pañuelo--si lo tiene completamente roto, ¡pobre hijo mío!

La señora de Laroque arrojó un débil grito y se aproximó á mí.--Vaya, que esta es una noche de desgracias--dijo.

Fingí sorprenderme.

--¡Pues qué! ¿hay alguna otra cosa aún?--exclamé.

--Dios mío, temo que haya sucedido alguna desgracia á mi hija. Salió á caballo a las tres, son las ocho, y aún no ha vuelto.

--La señorita Margarita... pero si la he encontrado...

--¿Cómo... dónde, cuándo? perdón, señor, pero es la angustia de una madre.

--La he encontrado en el camino, á eso de las cinco. Nos hemos cruzado. Ella me dijo, que pensaba llegar hasta la torre d'Elven.

--¡A la torre d'Elven! Se habrá extraviado en los bosques. Es preciso ir á buscarla prontamente. Que se den las órdenes.

El señor de Bevallan pidió en el momento caballos. Yo afecté al principio querer reunirme á la cabalgata, pero la señora de Laroque y el doctor me lo prohibieron enérgicamente, y me dejé persuadir sin trabajo de que me era necesario tomar mi lecho, del que á la verdad tenía gran necesidad. El señor Desmarest, después de haberme hecho una primera cura, montó en carruaje con la señora de Laroque, que iba á esperar en la villa d'Elven, el resultado de las pesquisas, que el señor de Bevallan debía dirigir en las inmediaciones de la torre.

Eran cerca de las diez cuando Alain vino á anunciarme que la señorita Margarita había sido hallada. Me contó la historia de su aprisionamiento sin omitir ningún detalle, salvo como es de suponer, los que sólo la joven y yo debíamos conocer. La aventura me fué muy pronto confirmada por el doctor, en seguida por la señora de Laroque en persona, que vinieron sucesivamente á visitarme, y tuve la satisfacción de comprender que no se tenía sospecha alguna de la verdad.

He pasado toda la noche renovando con la más fatigosa perseverancia, y en medio de las más extravagantes complicaciones del sueño y de la fiebre, mi peligroso salto desde lo alto de la ventana del torreón. No podía sosegarme. A cada instante, la sensación del vacío me subía á la garganta, y me despertaba sobresaltado. En fin, llegó el día y me calmé. A las ocho, vi entrar á la señorita de Porhoet que se instaló á mi cabecera, con su tejido en la mano. Ella ha hecho los honores de mi cuarto á los visitantes, que se han sucedido todo el día. La señora de Laroque fué la primera que vino después de mi vieja amiga. Cuando me apretaba con una presión prolongada la mano que le tendí, vi deslizarse dos lágrimas sobre sus mejillas. ¿Habría recibido las confidencias de su hija?

La señorita de Porhoet me ha hecho saber que el anciano señor Laroque se halla en cama desde ayer. Ha tenido un ligero ataque de parálisis. Hoy ha perdido el habla y su estado da serias inquietudes. Se ha resuelto apresurar el matrimonio. El señor Laubepin ha sido llamado de París; se le espera mañana y el contrato será firmado al día siguiente bajo su dirección.

Esta noche he podido estar de pie algunas horas; pero si he de creer al señor Desmarest, he hecho muy mal en escribir con mi fiebre, y soy un solemne bestia.

3 de octubre.

Parece verdaderamente que un poder maligno se empeñara en inventar las pruebas más singulares y más crueles para presentarlas sucesivamente á mi conciencia y á mi corazón.

No habiendo llegado el señor Laubepin esta mañana, la señora de Laroque me ha hecho pedir algunas instrucciones que le eran necesarias para arreglar las bases previas del contrato, el cual como ya he dicho, debe ser firmado mañana. Estando condenado á permanecer aún durante algunos días en mi habitación, supliqué á la señora de Laroque que me enviara los títulos y los documentos particulares que se hallan en poder de su padre político y que me eran indispensables para resolver las dificultades que se me habían indicado. Se me remitieron dos ó tres cajones llenos de papeles, sacados secretamente del gabinete del señor Laroque, aprovechando de un momento en que el anciano dormía, pues se había mostrado siempre muy celoso de su archivo secreto. En la primera pieza que me cayó á mano, el nombre de mi familia, muchas veces repetido, hirió bruscamente mis ojos y solicitó mi atención con un poder irresistible. He aquí el texto literal de esta pieza:

A MIS HIJOS

«El nombre que os lego, y que he honrado, no es el mío. Mi padre se llamaba Savage. Era regidor de una plantación en la isla, entonces francesa, de Santa Lucía, perteneciente á una rica y noble familia del Delfinado, la de los Champcey d'Hauterive. En 1793 mi padre murió y yo heredé, aunque muy joven, la confianza que los Champcey habían depositado en él. Hacia el fin de este funesto año, las Antillas francesas fueron tomadas por los ingleses, ó les fueron entregadas por los colonos insurgentes. El Marqués de Champcey d'Hauterive (Santiago Augusto), á quien las órdenes de las convenciones no habían alcanzado todavía, mandaba entonces la fragata _Thetis_ y hacía tres años cruzaba aquellos mares. Un gran número de colonos franceses esparcidos en las Antillas, habían llegado á realizar sus fortunas, amenazadas á cada instante. Estos se habían entendido con el comandante Champcey para organizar una flotilla de ligeros transportes, á la que habían trasladado sus bienes, y que debía emprender su vuelta á la patria bajo la protección de los cañones de la _Thetis_. Desde largo tiempo, en previsión de desastres inminentes, yo había recibido la orden y el poder para vender á cualquier precio la plantación que administraba desde la muerte de mi padre. En la noche del 14 de noviembre de 1793, montaba solo en un pequeño bote en la punta de Morne au Sable y abandonaba furtivamente á Santa Lucía, ocupada ya por el enemigo. Llevaba en papel inglés y en guineas el precio que había podido sacar por la plantación. El señor de Champcey, gracias al conocimiento minucioso que tenía de estos parajes, había podido engañar al crucero inglés y refugiarse en el paso difícil y desconocido de Crossilot. Tenía orden de reunirme allí aquella misma noche, y sólo esperaba mi llegada á bordo, para salir de este paso con la flotilla que escoltaba, y dirigir su proa á Francia. En el trayecto tuve la desgracia de caer en manos de los ingleses. Estos maestros en traición, me dieron á elegir entre ser fusilado en el acto, ó venderles, mediante el millón de que era portador y que me abandonaban, el secreto del paso en que se abrigaba la flotilla. Yo era joven, la tentación era demasiado fuerte; una media hora después, la _Thetis_ era echada á pique, la flotilla tomada, y el señor de Champcey gravemente herido. Pasé un año; un año sin sueño. Yo me enloquecía, y resolví hacer pagar al inglés maldito los remordimientos que me despedazaban. Pasé á la Guadalupe, cambié mi nombre y consagré la mayor parte del precio de mi delito á la compra de un brick armado, y corrí sobre los ingleses. He lavado durante quince años en su sangre y con la mía la mancha que en una hora de debilidad había arrojado sobre el pabellón de mi patria. Si bien más de las tres cuartas partes de mi fortuna actual ha sido adquirida en gloriosos combates, no por eso es otro su origen que el que acabo de indicar.

»Al volver á Francia, en mi vejez, me informé de la situación de los Champcey d'Hauterive: era dichosa y opulenta. Continué guardando un profundo silencio. ¡Que mis hijos me perdonen! No he podido hallar valor, mientras he vivido, para sonrojarme en su presencia; pero la muerte debe entregarles este secreto, del que usarán según las inspiraciones de su conciencia. Por mi parte, sólo tengo una súplica que hacerles: habrá, tarde ó temprano, una guerra entre la Francia y su vecina del otro lado del Canal; nos odiamos demasiado; será menester reñir; que nosotros los traguemos ó que ellos nos traguen. Si esta guerra estallara viviendo alguno de mis hijos ó de mis nietos, deseo que donen al Estado una corbeta armada y equipada, con la condición de que se llame _La Savage_ y la mande un bretón. A cada andanada que descargue sobre la costa de Inglaterra, mis huesos se estremecerán de contento en su tumba.--_Ricardo Savage_, conocido por _Laroque_.»