La Novela de un Joven Pobre

Chapter 11

Chapter 113,875 wordsPublic domain

Pasé en una penosa ansiedad las horas que había destinado á más dulces pensamientos. Todo lo que la dependencia puede tener de más punzante para una conciencia recta, y el desprecio de más desgarrador para un corazón que ama, me oprimía en aquellos momentos. La adversidad en mis peores días no me sirvió jamás una tan rebosada copa. Traté, sin embargo, de trabajar como de costumbre. A eso de las cinco me trasladé al castillo. Las señoras habían vuelto al mediodía. Hallé en el salón á la señorita Margarita, á la señora de Aubry y al señor Bevallan, con dos ó tres huéspedes transeuntes. La señorita Margarita pareció no apercibirse de mi presencia, y continuó conversando con el señor de Bevallan en un tono de animación, que no le es habitual. Se trataba de un baile improvisado, que debía tener lugar aquella misma noche en el castillo vecino. Ella debía concurrir con su madre, é instaba al señor de Bevallan, para que las acompañara: éste se excusaba alegando que había salido de su casa por la mañana, antes de haber recibido la invitación y que su _toilette_ no era á propósito. La señorita Margarita, insistiendo con una coquetería afectuosa y solícita de la que parecía sorprendido su mismo interlocutor, le dijo, que indudablemente tenía aún tiempo de ir á su casa, vestirse y volver á buscarlas. Se le aguardaría á comer. El señor de Bevallan objetó, que todos sus caballos de tiro estaban en el pajar, y que no podía volver á caballo en traje de baile. Entonces--repuso la señorita,--irá usted en la americana. Al mismo tiempo dirigió por primera vez sus ojos hacia mí, y lanzándome una mirada en que vi estallar el rayo:--Señor Odiot--dijo con una voz breve de mandato,--vaya á decir que preparen el carruaje.

Esta orden servil estaba tan fuera de la medida de las que acostumbraba dirigirme y de las que puede creérseme dispuesto á sufrir, que la atención y la curiosidad de los más indiferentes se despertó al instante. Hubo un embarazoso silencio: el señor de Bevallan arrojó una mirada de asombro sobre la señorita Margarita; luego me miró, tomó un aire grave y se levantó. Si se esperaba de mi parte alguna loca inspiración de cólera, gran decepción sufrieron. Ciertamente las insultantes palabras que acababan de caer sobre mí, de una boca tan bella, tan amada y tan bárbara, habían hecho penetrar el frío de la muerte hasta las fuentes más profundas de mi vida, y dudo que una lámina de acero, abriéndose paso á través de mi corazón, me hubiera causado una sensación más horrible; pero jamás me hallé tan tranquilo. El timbre de que se sirve habitualmente la señora de Laroque para llamar á sus criados se hallaba á mi alcance sobre la mesa: apoyé el dedo en él. Un criado entró casi al momento.--Creo--le dije,--que la señorita Margarita tiene órdenes que darle.

A estas palabras que había escuchado con una especie de estupor, la joven hizo violentamente con la cabeza un signo negativo y despidió al criado. Tenía mucha prisa en salir de aquel salón en que me ahogaba; pero no pude retirarme ante la actitud provocativa que afectaba el señor de Bevallan.

--A fe mía--murmuró,--que es cosa bastante particular.

Fingí no oirlo. La señorita Margarita le dijo dos palabras bruscas en voz baja.--Me inclino, señorita--respondió entonces en tono más elevado:--séame permitido solamente expresar el pesar sincero que siento en no tener el derecho de intervenir en esto.

Levantéme al instante.--Señor de Bevallan--dije colocándome á dos pasos de él,--ese pesar es enteramente supérfluo, pues si no he creído deber obedecer las órdenes de la señorita, estoy enteramente á las vuestras, y voy á esperarlas.

--Muy bien, muy bien, señor; inmejorable--replicó el señor de Bevallan, agitando con gracia la mano para serenar á las mujeres.

Nos saludamos y salí.

Comí solitariamente en mi torre, servido como de costumbre por el viejo Alain, instruído sin duda por los rumores de antecámara de lo que había pasado, pues no cesó de clavarme miradas insinuantes, arrojando por intervalos profundos suspiros y observando contra su costumbre un taciturno silencio. Sólo interrogado por mí, me hizo saber que las señoras habían decidido no ir al baile aquella noche.

Terminada mi breve comida, ordené un poco mis papeles y escribí dos palabras al señor Laubepin. Para en todo caso le recomendaba á Elena. La idea del abandono en que la dejaría en caso de una desgracia, me laceraba el corazón, sin alterar en lo más mínimo mis inmutables principios. Puedo engañarme, pero he pensado siempre que el honor, en nuestra vida moderna, domina toda la jerarquía de los deberes. Suple hoy á tantas virtudes medio borradas en las conciencias, á tantas creencias casi muertas, juega en el estado de nuestra sociedad un papel tan tutelar, que jamás pasará por mi imaginación la idea de debilitar sus derechos, de discutir sus decretos ni de subordinar sus obligaciones. El honor, en su carácter indefinido, es alguna cosa superior á la ley y á la moral: no se le razona, se lo siente. Es una religión. Si no tenemos ya la locura de la cruz, conservemos la locura del honor.

Además, no hay sentimiento profundamente infiltrado en el alma humana, que si bien se medita, no sea sancionado por la razón. Es mejor, en todo caso, una niña ó una mujer solas en el mundo, que protegida por un hermano ó por un marido deshonrado.

Esperaba de un momento á otro algún mensaje del señor de Bevallan. Preparábame á pasar á la casa del preceptor de la villa, que es un oficial joven, herido en Crimea, y pedirle su concurso, cuando llamaron á mi puerta. El que entró fué el señor de Bevallan. Su fisonomía expresaba como un débil matiz de embarazo, una especie de bonhomía franca y alegre.

--Señor--me dijo en tanto que yo le contemplaba con una sorpresa bastante viva,--este paso le parecerá un poco irregular; pero por suerte tengo una hoja de servicios, que á Dios gracias, pone mi valor al abrigo de toda sospecha. Por otra parte, tengo motivo para sentir esta noche un contento tal, que no deja lugar alguno en mi corazón para la hostilidad ó el rencor. En fin, obedezco á órdenes, que deben serme más que nunca sagradas. En resumen, vengo á tenderle la mano.

Saludéle con gravedad, y le tomé la mano.

--Ahora--agregó, sentándose--me hallo más desahogado para desempeñar mi embajada. No ha mucho, señor, la señorita Margarita le ha dado en un momento de distracción, algunas instrucciones, que no eran seguramente del deber de usted. La susceptibilidad de usted se ha sublevado muy justamente, lo reconocemos, y las señoras me han encargado le haga aceptar sus disculpas. Sentirían mucho que un error momentáneo les privara de sus buenos oficios, apreciados por ellas en todo su valor, y rompiera relaciones que consideran de un precio infinito. Por mi parte, señor, he adquirido esta noche con gran alegría, el derecho de unir mis instancias á las de aquellas señoras; los votos que desde hace largo tiempo hacía, acaban de ser aceptados, y le estaré personalmente reconocido si no mezcla á los recuerdos dichosos de esta noche, el de una separación que sería á la vez perjudicial y dolorosa á la familia en que tengo el honor de entrar.

--Señor, no puedo menos que ser muy sensible á los testimonios que me rinde en nombre de esas señoras y en el suyo. Pero me perdonará que no responda inmediatamente á ellos, por tratarse de una formal determinación que exige más libertad de espíritu de la que aún puedo gozar.

--Me permitirá al menos llevarles alguna esperanza. Veamos, señor; puesto que la ocasión se presenta, rompamos para siempre la sombra de hielo que ha existido hasta aquí entre los dos. Por mi parte, estoy muy dispuesto á ello. Desde luego, la señora de Laroque, sin desprenderse de un secreto que no le pertenece, no me ha dejado ignorar que las circunstancias más honorables para usted se ocultan bajo la especie de misterio de que se rodea. Además, le debo un reconocimiento particular; sé que ha sido usted consultado á propósito de mis pretensiones á la mano de la señorita Laroque, y que puedo jactarme de su apreciación.

--¡Dios mío! señor, pienso no haber merecido...

--¡Oh! sé--replicó riendo--que no ha abundado en mi favor; pero en fin, no me ha perjudicado. Confieso también que me ha dado pruebas de una sagacidad real. Ha dicho que si la señorita Margarita no debía ser absolutamente dichosa conmigo, no sería tampoco desgraciada. Muy bien, el profeta Daniel no habría hablado con más verdad. Lo cierto es que esa niña querida no sería absolutamente dichosa con nadie, pues no hallaría en el mundo entero un marido que le hablara en verso desde por la mañana hasta la noche... ¡porque eso no se encuentra! Convengo que en este punto no soy de más calibre que otro cualquiera; pero, como me ha hecho el honor de decir, soy un hombre galante. Verdaderamente, cuando nos conozcamos mejor no lo dudará. No soy un diablo malo; soy un buen chico... ¡Dios mío!... tengo defectos... ¡los he tenido siempre!... he sido loco para las mujeres lindas... ¡eso no puedo negarlo! pero es esa precisamente la prueba de que uno tiene buen corazón. Por otra parte, véome ya en el puerto... y me felicito de ello, porque, entre nosotros, comenzaba á fatigarme. Por fin, no quiero pensar sino en mi mujer y en mis hijos. De lo que deduzco con usted, que Margarita será perfectamente dichosa, es decir, tanto como puede serlo en este mundo con una cabeza como la suya: porque seré bien galante para ella, no le rehusaré nada, y aun prevendré todos sus deseos. ¡Pero si me pide la luna y las estrellas no puedo ir á descolgarlas para serle agradable!... ¡eso es imposible!... ahora mi querido amigo, déme una vez más su mano.

Se la dí. Levantóse.

--Espero que ahora se quedará... Veamos, desarrúgueme un poco esa frente... Nosotros le haremos la vida tan dulce como sea posible, pero es preciso condescender un poco. ¡Qué diablo!... gusta á usted mucho su tristeza... Vive, perdóneme la palabra, como un verdadero buho. ¡Es usted una especie de español de esos que ya no se ven!... ¡Sacuda, pues, todo eso! Es usted joven, agradable, tiene entendimiento y talento; aprovéchese un poco de todas esas cosas... ¿Por qué no hace usted la corte á la señorita Helouin? Eso le divertirá... es bonita, y se dejaría decir... ¡pero diantres! ¡Yo olvido mi promoción á las grandes dignidades!... Vamos, adiós; hasta mañana. ¿No es así?

--Hasta mañana, ciertamente.

Y este hombre galante, que es una especie de español de los que ya no se ven, me abandonó á mis reflexiones.

1.º de octubre.

¡Singular acontecimiento! Aunque sus consecuencias no hayan sido hasta aquí de las más felices, me ha producido mucho bien. Después del duro golpe que me hirió, había quedado como entorpecido por el dolor. Esto me ha devuelto al menos al sentimiento de la vida y por la primera vez, después de tres largas semanas, tengo el valor suficiente para abrir estas hojas y tomar de nuevo la pluma.

Habiéndoseme dado toda clase de satisfacciones, pensé que no tenía razón alguna para dejar, á lo menos bruscamente, una posición y ventajas que después de todo me son necesarias, y cuyo equivalente me sería muy difícil hallar inmediatamente. La perspectiva de los sufrimientos enteramente personales que me quedaban para afrontar y que, por otra parte, yo mismo me había atraído por mi debilidad, no podía autorizarme á abandonar deberes en los cuales no eran sólo mis intereses los que se hallaban comprometidos. Además, no quería que la señorita Margarita pudiese interpretar mi súbita retirada, por el despecho que causa la pérdida de una buena partida y me hacía un punto de honor en mostrarle hasta el pie del altar una frente impasible; en cuanto al corazón, ella no lo vería. En fin, me contenté con escribir al señor Laubepin, que mi situación podía hacérseme intolerable, bajo ciertas faces, de un instante á otro, y que ambicionaba ávidamente cualquier empleo, si menos retribuído, más independiente.

Desde el día siguiente, me presenté en el castillo, donde el señor de Bevallan me acogió con cordialidad. Saludé á las señoras con toda la naturalidad de que puedo disponer. No hubo, bien entendido, ninguna explicación. La señora de Laroque parecióme conmovida y pensativa; la señorita Margarita algo vibrante aún, pero política. En cuanto á la señorita Helouin, hallábase muy pálida y mantenía los ojos inclinados sobre su bordado. La pobre niña no podía felicitarse mucho del resultado final de su diplomacia. De tiempo en tiempo trataba de lanzar al triunfante señor de Bevallan miradas llenas de desdén y de amenaza; pero en esa atmósfera tempestuosa que hubiera inquietado seguramente á un novicio, el señor de Bevallan respiraba, circulaba y revoloteaba con la más perfecta facilidad. Este aplomo soberano irritaba visiblemente á la señorita Helouin, pero, al mismo tiempo, la domaba; sin embargo, si sólo hubiera arriesgado perderse con su cómplice, no dudo que le hubiera prestado inmediatamente, y con más razón, un servicio análogo al que me había dispensado la víspera; pero era probable que, cediendo á su celosa cólera y confesando su ingrata duplicidad, se perdiera sola; y tenía toda la inteligencia necesaria para comprenderlo. El señor de Bevallan, en efecto, no era hombre para haberse franqueado contra ella sin reservarse alguna arma severa, que, en caso necesario, usaría con inhumana sangre fría. La señorita Helouin podía decirse en verdad, que la víspera se había dado fe, bajo su sola palabra, á denuncias mucho más falsas; pero no ignoraba, que una mentira que adula ó hiere el corazón, halla crédito más fácilmente que una verdad indiferente. Resignábase, pues, no sin sentir amargamente, lo supongo, pues comprendía que el arma de la traición se vuelve algunas veces contra la mano que la dirige.

Durante este día y los que le siguieron me vi sometido á un género de suplicio, que había previsto, pero cuyos punzantes detalles no había podido calcular. El casamiento había sido fijado para dentro de un mes; deben hacerse, pues, sin retardo y apresuradamente todos los preparativos. Los ramos de la señora Prevost llegaron regularmente cada mañana; los encajes, las telas, los dijes afluyeron en seguida y fueron expuestos noche á noche en el salón, á los ojos de las alborotadas y celosas amigas. Fué preciso dar sobre todo esto, mi opinión y mis consejos. La señorita Margarita lo solicitaba con una especie de afectación cruel. Yo obedecía con agrado; luego entraba en mi torre, tomaba de un cajón secreto el despedazado pañuelo que con riesgo de mi vida había salvado y enjugaba mis ojos. ¡Cobardía aún! pero ¿qué hacer? La amo. La perfidia, la enemistad, errores irreparables, su orgullo y el mío, nos separaban para siempre. ¡Sea! ¡pero nada impedirá á este corazón vivir y morir por ella!

Por lo que respecta al señor de Bevallan, no sentía odio alguno contra él; no lo merece. Es un alma vulgar pero inofensiva. Podía, á Dios gracias, recibir sin hipocresía las demostraciones de su trivial benevolencia y poner con tranquilidad mi mano entre las suyas; pero si su nula personalidad escapaba á mi odio, sentía con una angustia profunda, desgarradora, hasta qué punto aquel hombre era indigno de la encantadora criatura que poseería muy luego, y á quién jamás comprendería. Expresar el cúmulo de pensamientos amargos, de sensaciones sin nombre que sublevaban mi alma y que sublevan aún la imagen próxima de esta odiosa y desigual alianza, no lo podré, ni lo osaré jamás. El amor verdadero tiene algo de sagrado, que imprime un carácter sobrehumano á los dolores como á las alegrías que nos da. Hay en la mujer que se ama no sé qué divinidad, cuyo secreto parece que uno solo posee, que sólo á uno pertenece y cuyo velo no puede ser tocado por una mano extraña, sin hacernos sentir un horror que no se parece á otro alguno: el estremecimiento de un sacrilegio. ¡No es solamente un bien precioso que se nos arrebata; es un altar que se profana en nosotros, un misterio que se viola, un Dios que se ultraja! ¡Ved ahí los celos, al menos los míos! Creía muy sinceramente, que sólo yo en el mundo tenía ojos, inteligencia y corazón, capaces de ver, de comprender y de adorar en todas sus perfecciones la belleza de ese ángel, que con cualquier otro se hallaría como extraviada y perdida, que estaba destinada á mí solo, en cuerpo y alma, por toda la eternidad. Sentía este orgullo inmenso, bastante expiado ya por un inmenso dolor.

Sin embargo, un demonio burlón murmuraba á mi oído que según todas las previsiones de la humana discreción, Margarita hallaría más paz y felicidad real en la amistad templada de un marido razonable, que en la pasión real de un esposo caballeresco. ¿Será esto verdad, será esto posible? ¡Yo no lo creo! Tendrá la paz: sea; pero al fin la paz no es la última palabra de la vida, el símbolo supremo de la felicidad. Si bastara no sufrir y petrificarse el corazón para ser dichoso, muchas gentes que no lo merecen lo serían. A fuerza de razón y de prosa, se acaba por difamar á Dios y degradar su obra. Dios da la paz á los muertos, la pasión á los vivos. Hay en la vida, al lado de la vulgaridad de los intereses cotidianos, á la que no tengo la niñería de pretender escapar, una poesía permitida. ¿Qué digo?... ordenada. Es la revelación del alma dotada de la inmortalidad. Es preciso que esa alma se sienta y se revele algunas veces, sea por transportes más allá de lo real, por aspiraciones más allá de lo posible, ó por tempestades ó por lágrimas. Si hay un sufrimiento que vale más que la dicha, ó más bien que es la dicha misma, es el de una criatura viviente que conoce todas las turbaciones del corazón y todas las quimeras del pensamiento, y que divide estos nobles tormentos con un corazón igual, y un fraternal pensamiento... Ved ahí el drama que cada uno tiene el derecho, ó para decirlo todo, el deber, de introducir en su vida, si tiene el título de hombre y quiere justificarlo.

Por lo demás, la pobre niña no gozará esta misma paz tan ponderada. Que la unión de dos corazones inertes y de dos imaginaciones heladas engendre el reposo de la nada, lo concedo; pero la unión de la vida y de la muerte no puede sostenerse sin una violencia horrible y sin perpetuas amarguras.

En medio de estas íntimas miserias, cuya intensidad se redobla cada día, sólo hallaba algún consuelo al lado de mi pobre y vieja amiga la señorita de Porhoet. Ella ignoraba ó fingía ignorar el estado de mi corazón, pero, en alusiones encubiertas, y tal vez involuntarias, posaba ligeramente sobre mis llagas sangrientas la mano delicada é ingeniosa de la mujer.

Hay, por otra parte, en esa alma, viviente emblema de la resignación y el sacrificio, y que parece flotar sobre la tierra, un desinterés, una tranquilidad y una dulce firmeza, que se derramaban sobre mí. Llegué á comprender su inocente locura, y aun asociarme á ella con una especie de ingenuidad. Inclinado sobre mi álbum encerrábame con ella durante largas horas en su catedral, y respiraba allí por un momento los vagos perfumes de una ideal serenidad.

Iba también á buscar casi todos los días en la casa de la anciana señorita, otro género de distracción. No hay trabajo al que el hábito deje de prestar algún encanto. Para no hacer sospechar á la señorita de Porhoet la pérdida definitiva de su pleito, proseguía regularmente la exploración de sus archivos de familia. Descubría por intervalos en aquella selva de tradiciones y leyendas, rasgos de costumbres que despertaban mi curiosidad y transportaban por un momento mi imaginación á los tiempos pasados, lejos de la desconsoladora realidad. La señorita de Porhoet, cuyas ilusiones eran sostenidas por mi perseverancia, me atestiguaba una gratitud que poco merecía, pues había acabado por hallar en aquel estudio, en adelante sin utilidad positiva, un interés que pagaba mi trabajo y que proporcionaba un solaz saludable á mis pesares.

Entretanto, á medida que el término fatal se aproximaba, la señorita Margarita perdía la vivacidad febril de que había parecido animada desde el día en que el matrimonio quedó definitivamente arreglado. Recaía al menos por instantes, en su actitud familiar de otro tiempo, de dolencia pasiva y sombría meditación. Sorprendí una ó dos veces sus miradas clavadas sobre mí con una especie de perplejidad extraordinaria. La señora de Laroque, por su parte, me miraba á menudo con aire de inquietud y de indecisión, como si hubiera deseado y temido al mismo tiempo, entablar conmigo alguna conversación penosa. Anteayer, la casualidad hizo que me hallase solo con ella en el salón, habiendo salido bruscamente la señorita Helouin para dar una orden. La conversación indiferente en que nos hallábamos comprometidos cesó al instante como por un secreto acuerdo; después de un corto intervalo de silencio:

--Señor--me dijo la señora de Laroque con acento penetrado,--deposita usted muy mal sus confidencias.

--¡Mis confidencias, señora! No puedo comprenderla. A excepción de la señorita de Porhoet, nadie en el castillo ha recibido de mí, ni la sombra de una confidencia.

--¡Ay!--respondió--quiero creerlo... lo creo... pero no es bastante.

En el mismo instante entró la señorita Helouin, y todo quedó concluído.

Al día siguiente, es decir, ayer muy temprano, había partido á caballo para vigilar en los alrededores el corte de algunos bosques. A eso de las cuatro de la tarde volví en dirección al castillo, cuando en un brusco recodo del camino halléme súbitamente de frente á frente con la señorita Margarita. Estaba sola. Disponíame á pasar, saludándola; pero ella detuvo su caballo.

--¡Qué bello día de otoño, señor!--me dijo.

--Sí, señorita. ¿Se pasea usted?

--Ya lo ve. Uso de mis últimos momentos de independencia... y aun abuso, pues me siento algo aburrida de mi soledad... Pero Alain es necesario en casa... Mi pobre Mervyn está cojo... ¿Quiere usted reemplazarlos, por ventura?

--Con el mayor gusto. ¿Adónde va usted?

--No lo sé... tenía la idea de llegar hasta la torre d'Elven.--Y señalaba con la punta de su látigo una cumbre brumosa que se elevaba á la derecha del camino.--Creo--agregó--que jamás ha hecho usted esa peregrinación.

--Es cierto. A menudo he tenido tentación de hacerla, pero sin saber por qué, la he aplazado hasta ahora.

--¡Pues bien! eso nos viene perfectamente, pero es ya bastante tarde, y si gusta, es preciso apresurarse un poco.

Volví la brida y partimos al galope.

Mientras corríamos trataba de explicarme aquella inesperada fantasía, que no dejaba de parecerme un poco premeditada. Supuse que el tiempo y la reflexión habrían podido atenuar en el espíritu de la señorita Margarita la primera impresión de las calumnias que me habían levantado. Aparentemente había acabado por concebir algunas dudas sobre la veracidad de la señorita Helouin que se habían comprobado con la casualidad, para ofrecerme bajo una forma disfrazada una especie de reparación que se creía deberme.

En medio de las preocupaciones que entonces me asaltaban, daba escasa importancia al fin particular que nos proponíamos en aquel extraño paseo. Sin embargo, había oído á menudo citar á mi alrededor á la torre d'Elven, como una de las ruinas más interesantes del país, y jamás había recorrido ninguno de los dos caminos que de Rennes ó de Joselyn se dirigen hacia el mar, sin contemplar con ávida mirada esa masa indecisa, que se ve sobresalir en medio de los lejanos eriales como una enorme piedra levantada; pero el tiempo y la ocasión me habían faltado.