Chapter 10
--Es verdad, sin embargo--y deponía su mano sobre su palpitante pecho.--Dios había puesto en este corazón todos los tesoros de que me burlo, de que blasfemo á cada hora del día. Pero cuando me ha castigado con la riqueza, ¡ah, me ha quitado con una mano lo que me prodigaba con la otra! ¿Para qué me sirve la belleza, para qué el desinterés, la ternura y el entusiasmo en que me siento consumida? ¡Ah! no es á estos encantos á los que se dirigen los homenajes de tantos viles que me importunan. Lo adivino, lo sé, lo sé demasiado. Y si alguna vez una alma desinteresada, generosa, heroica, me amara por lo que soy, no por lo que tengo, ¡yo no lo sabría, no lo creería! La desconfianza siempre... Ved ahí mi dolor y mi suplicio. Por esto estoy resuelta... no amaré jamás; jamás me arriesgaré á confiar á un corazón vil, indigno y venal la pura pasión que abrasa el mío. Mi alma morirá virgen en mi seno... Estoy resignada á ello; pero todo lo que es bello, todo lo que hace pensar, todo lo que me habla de los Cielos prohibidos, todo lo que agita en mí estas llamas inútiles, lo aparto, lo odio, no quiero nada de él.
Detúvose temblorosa de emoción; en seguida, con una voz más baja, continuó:
--Señor, no he buscado este momento... no he calculado mis palabras... no le había destinado toda esta confianza; pero en fin, he hablado; usted lo sabe todo, y si alguna vez he podido herir su sensibilidad, creo que ahora me lo perdonará.
Tendióme su mano. Cuando mis labios se posaron sobre aquella mano aún tibia y húmeda por las lágrimas, me pareció que una languidez mortal corría por mis venas. Margarita volvió la cabeza, arrojó una mirada sobre el sombrío horizonte; luego, descendiendo lentamente las gradas:--Partamos, dijo.
Un camino más largo, pero más fácil, que la pendiente escarpada de la montaña, nos llevó al patio de la granja, sin que una sola palabra se hubiera pronunciado entre nosotros. ¡Ay, que podría decir! Yo era más sospechoso que nadie. Sentía que cada palabra escapada de mi corazón, demasiado lleno, no hubiera hecho sino aumentar más y más la distancia que me separa de aquella alma tempestuosa y adorable.
La noche entraba ya, ocultaba las huellas de nuestra común emoción. Partimos. La señora de Laroque después de haberme expresado el contento que dejaba en ella aquel día, púsose á dormitar. La señorita Margarita, invisible é inmóvil en la espesa sombra del carruaje, parecía adormecida como su madre: pero cuando alguna vuelta del camino dejaba caer sobre ella un rayo de pálida claridad, sus ojos abiertos y fijos manifestaban que velaba silenciosamente, frente á frente con su inconsolable pensamiento. En cuanto á mí, apenas puedo decir que pensaba; una extrema sensación, mezcla de una alegría profunda y de una profunda amargura, había invadido todo mi ser, y me abandonaba á ella, como suele uno abandonarse á un sueño, del que tiene conciencia, pero no fuerza para sacudir su encanto.
Llegamos á media noche. Descendí del carruaje á la entrada de la avenida para llegar á mi habitación, atravesando el parque por el camino más corto. Al entrar en una obscura alameda, un débil ruido de pasos y de voces hirió mi oído y distinguí vagamente dos sombras en las tinieblas. La hora era bastante avanzada para justificar la precaución que tomé de permanecer oculto en la espesura de un bosque y observar aquellos nocturnos rondadores. Pasaron lentamente delante de mí: reconocí á la señorita Helouin apoyada en el brazo del señor de Bevallan. En el mismo instante el ruido del carruaje los puso en alarma, y después de un apretón de mano, se separaron apresuradamente, marchando la señorita en dirección al castillo y el señor de Bevallan por la parte de los bosques; habiendo entrado en mi habitación y estando aún preocupado con este encuentro, me preguntaba con cólera si dejaría al señor de Bevallan proseguir libremente sus amores por partida doble, y buscar al mismo tiempo y en la misma casa, una novia y una querida. Seguramente soy muy de mi edad y de mi tiempo para sentir contra ciertas debilidades el odio vigoroso de un puritano, y no tengo tampoco la hipocresía de afectarlo; pero pienso que la inmoralidad más libre y más relajada desde este punto de vista admite aún algunos grados de dignidad, de elevación y de delicadeza. Puede marcharse más ó menos rectamente por estos extraviados caminos. Antes que todo, la excusa del amor es amar, pero la profusión venal de las ternuras del señor de Bevallan excluye toda apariencia de arrebato y de pasión. Tales amores no son ni aun faltas, pues no tienen el valor moral de tales, no son sino cálculos y apuestas de chalán embrutecido. Los diferentes incidentes de este día reuniéndose en mi espíritu acababan de probarme hasta qué punto era indigno de la mano y del corazón que osaba ambicionar. Esta unión sería monstruosa, y sin embargo, pronto comprendí que no podía usar para romper su intento de las armas que la casualidad acababa de proporcionarme. El mejor fin no podría justificar los medios bajos, y no hay delación honorable. ¡Este casamiento se efectuará, pues! ¡El Cielo dejará caer una de las más nobles criaturas que haya formado, en los brazos de este frío libertino! ¡Sufrirá esta profanación! ¡Ay, sufre tantas! Luego, trataba de explicarme por qué extravío de la falsa razón esta joven había escogido entre todos á este hombre. Creo adivinarlo. El señor de Bevallan es muy rico, debe traer una fortuna casi igual á la suya, esto parece ser una especie de garantía; él podría pasarse sin este aumento de riqueza: se le presume más desinteresado porque es menos necesitado. ¡Triste argumento! ¡Enorme engaño es medir por el grado de la fortuna, el grado de venalidad de los caracteres! Las tres cuartas partes del tiempo, la avidez se hincha con la opulencia, ¡y los más mendigos no son los más pobres!
¿No había, sin embargo, ahora alguna apariencia de que la señorita Margarita pudiera por sí sola abrir los ojos sobre la indignidad de su elección y hallar en alguna inspiración secreta de su propio corazón el consejo, que me era prohibido sugerirle? ¿No podía levantarse repentinamente en aquel corazón un sentimiento nuevo, inesperado, que de un soplo redujera á la nada las vanas resoluciones de la razón? ¿Este mismo sentimiento no había nacido ya, y no había recogido yo irrecusables testimonios de él? Tantos caprichos extravagantes, tantas dudas, combates y lágrimas de que desde algún tiempo había sido el objeto ó el testigo, denunciaban, sin duda, una razón vacilante y poco dueña de sí misma. No era tan novicio en la vida para ignorar que una escena como aquella de que la casualidad me había hecho en esa noche misma el confidente y casi el cómplice, por poco premeditada que sea no estalla jamás en una atmósfera de indiferencia. Tales emociones, tales sacudimientos suponen dos almas alteradas ya por una tempestad común, ó que van á serlo.
Pero si era verdad, si me amaba, como era demasiado cierto que yo la amaba á ella, podía decir de este amor lo que ella de su belleza:--¿Para qué me sirve?--pues no podía esperar que tuviera jamás bastante fuerza para triunfar de la eterna desconfianza, que es el error y la virtud de esta noble niña; desconfianza cuyo ultraje rechaza mi carácter, pero que mi situación más que la de otro alguno es á propósito para inspirarla. Entre estas terribles dudas y la reserva más grande aún, que ellas me exigen ¿qué milagro podría colmar el abismo?
Y en fin, si aun interviniendo este milagro, se dignara ofrecerme esa mano por la que yo daría mi vida, pero que jamás pediría ¿sería dichosa nuestra unión? ¿No debería yo temer tarde ó temprano en aquella inquieta imaginación el sordo despertar de una mal sofocada desconfianza? ¿Podría evitarme yo mismo una cavilación penosa, en el seno de una riqueza prestada? ¿Podría gozar, sin malestar, de un amor infestado por un beneficio? Nuestro papel de protección para con las mujeres, nos está impuesto tan formalmente por todos los sentimientos del honor, que no puede ser invertido un solo instante, ni aun de la manera más prohibida, sin que se esparza sobre nosotros no sé qué sombra de duda y de sospecha. A la verdad, la riqueza no es una ventaja tal que no pueda hallar en este mundo ninguna especie de compensación, y supongo que un hombre que lleva á su mujer, en cambio de algunos sacos de oro, un nombre que ha hecho ilustre, un mérito eminente, una gran posición, un porvenir, no debe hallarse ahogado por la gratitud; pero yo tengo las manos vacías, y no tengo más porvenir que el presente; de todas las ventajas que el mundo aprecia, una sola poseo: mi título, y me hallaría demasiado resuelto á no llevarlo para que no pudiera decirse que él era el premio de la compra; en pocas palabras, yo recibiría todo y no daría nada: un rey puede casarse con una pastora, esto es generoso y encantador y puede felicitársele con razón; pero un pastor no puede casarse con una reina, porque no tendría el mismo efecto.
He pasado la noche revolviendo todas estas cosas en mi pobre cabeza, buscándoles una conclusión, que busco aún. Puede ser que debiera dejar sin retardo esta casa y este país. La prudencia lo querría así. Esto no puede acabar bien. ¡Cuántos mortales pesares se evitarían á menudo con un solo instante de valor y decisión! Debería al menos hallarme abrumado de tristeza; jamás he tenido una ocasión tan bella. ¡Pues bien! ¡No puedo!... En el fondo de mi trastornado y torturado espíritu hay un pensamiento que lo domina todo y que me llena de una alegría sobrehumana. Mi alma es libre como un pájaro del cielo. Veo sin cesar y veré siempre aquel pequeño cementerio, aquella mar lejana, aquel inmenso horizonte, y sobre la radiosa cumbre, aquel ángel de belleza bañado en lágrimas divinas. Siento aún su mano bajo mis labios; siento sus lágrimas en mis ojos, en mi corazón. ¡La amo!... mañana si es preciso tomaré una resolución... ¡Hasta entonces, por Dios, déjeseme en reposo! ¡Hace tanto tiempo que no hago uso de la dicha! ¡Es probable que muera de este amor: pero al menos quiero vivir en paz un día entero!
26 de agosto.
Este día, único que imploraba, no me ha sido concedido. Mi debilidad no ha esperado mucho tiempo la expiación, que será larga. ¿Cómo lo había olvidado? En el orden moral, como en el físico, hay leyes que jamás quebrantamos impunemente, cuyos efectos forman en este mundo la intervención permanente de lo que se llama la Providencia. Un hombre débil y grande, escribiendo con mano casi loca el evangelio de un sabio, decía de las pasiones mismas que hicieron su miseria, su oprobio y su genio: «Todas son buenas cuando uno las domina, todas son malas cuando uno se deja dominar por ellas. Lo que nos prohibe la naturaleza es extender nuestras afecciones más allá de nuestras fuerzas; lo que nos prohibe la razón, es querer lo que no podemos obtener; lo que nos prohibe la conciencia no es ser tentados, sino dejarnos vencer por las tentaciones. No depende de nosotros tener ó no tener pasiones, pero sí depende reinar sobre ellas. Todos los sentimientos que dominamos son legítimos; todos los que nos dominan son criminales... No ligues tu corazón sino á la belleza que no perece; que tu condición limite tus deseos; que tus deberes vayan antes que tus pasiones; extiende la ley de la necesidad á las cosas morales; aprende á perder lo que puede serte arrebatado; ¡aprende á dejarlo todo cuando la virtud lo ordene!» Sí, tal es la ley, yo la conocía; la he violado, y he sido castigado. Nada más justo.
Apenas había puesto el pie sobre la nube de este loco amor, cuando era violentamente precipitado de ella, y he recobrado después de cinco días, apenas, el valor necesario para trazar las circunstancias casi ridículas de mi caída. La señora de Laroque y su hija habían partido por la mañana para hacer una nueva visita á la señora de Saint-Cast y traer en seguida á la señora de Aubry. Hallé á la señorita Helouin sola en el castillo. Le llevaba un trimestre de su pensión; pues si bien por mis funciones soy, en general, completamente extraño al orden y disciplina interiores de la casa, las señoras han deseado, sin duda por miramientos á la señorita Carolina y á mí, que sus sueldos y los míos sean excepcionalmente pagados por mí mismo. La joven se hallaba en el pequeño gabinete contiguo al salón. Recibióme con una dulzura pensativa, que me conmovió. Yo mismo sentía en aquel momento esa tranquilidad de corazón que dispone á la confianza y á la bondad. Resolví, echándolas de Quijote, tender una mano caritativa á aquella pobre abandonada.
--Señorita--le dije repentinamente--me ha retirado usted su amistad, pero la mía le ha quedado entera. ¿Me permite darle una prueba de ella?
Miróme, y murmuró un tímido sí.
--Sépalo, pobre hija mía: se pierde usted.
Levantóse bruscamente.
--¡Me vió la otra noche en el parque!--exclamó.
--Sí, señorita.
--¡Dios mío!--dijo dando un paso hacia mí.--Señor Máximo, le juro que soy honrada.
--Lo creo, señorita; pero debo decirle que en esa historieta, muy inocente sin duda de parte suya, pero que probablemente lo será menos de la otra, aventura usted muy gravemente su reputación y su reposo. Suplícole que lo reflexione, y al mismo tiempo, que esté muy segura de que nadie sino usted oirá jamás una palabra de mi boca sobre este asunto.
Iba á retirarme: ella cayó de rodillas cerca, de un canapé, y estalló en sollozos, con la frente apoyada sobre mi mano que había cogido. Yo había visto correr, hacía poco tiempo, lágrimas más bellas y más dignas; sin embargo, me hallaba conmovido.
--Veamos, mi querida señorita--le dije,--aún no es tarde, ¿es cierto?
Ella sacudió con fuerza la cabeza.
--Pues bien, mi querida niña, tenga valor. Nosotros la salvaremos. ¿Qué puedo hacer por usted? Veamos. ¿Hay en poder de ese hombre alguna prenda ó alguna carta, que pueda reclamarle de parte de usted? Disponga de mí como de un hermano.
Dejó mi mano con cólera.--¡Ah, qué duro es usted!--me dijo--habla de salvarme y es usted quien me pierde. Después de haber fingido amarme, me rechaza usted... me ha humillado, desesperado... ¡Usted es la única causa de lo que sucede!
--Señorita, no es usted justa; jamás he fingido amarla; he sentido por usted una afección muy sincera que le profeso aún. Confieso que su belleza, su ingenio y sus talentos le dan un perfecto derecho á esperar de los que viven cerca de usted algo más que una fraternal amistad; pero mi situación en el mundo, los deberes de familia que me están impuestos, no me permitían ultrapasar esta medida para con usted sin faltar completamente á la probidad. Le digo francamente, que la hallo encantadora y le aseguro que manteniendo mis sentimientos hacia usted en el límite que la lealtad me lo exigía, no he dejado de contraer un gran mérito. No veo en esto nada de muy humillante para usted; lo que podría humillarla con muy justo título, señorita, es verse amada por un hombre muy resuelto á no casarse con usted.
Arrojóme una mirada diabólica.--¿Qué sabe usted de eso?--dijo.--No todos los hombres son corredores de fortuna.
--¡Ah! ¿será usted acaso una perversa, señorita Helouin?--le dije con mucha calma.--Siendo eso así, tengo el honor de saludarla...
--¡Señor Máximo!--exclamó precipitándose repentinamente para detenerme.--¡Perdóneme! ¡Tenga piedad de mí!... compréndame... ¡Soy tan desgraciada!... ¡Figúrese lo que puede ser el pensamiento de una pobre criatura como yo, á quien se ha tenido la crueldad de darle un corazón, un alma y una inteligencia... y que no puede usar de todo esto sino para sufrir... y para odiar! ¿Cuál es mi vida?... ¿Cuál es mi porvenir?... Mi vida es el sentimiento de mi pobreza, exaltado sin cesar por los refinamientos del lujo, que me rodea... ¡Mi porvenir será sentir, llorar amargamente algún día esta misma vida, esta vida de esclava por odiosa, que ella sea!... Habla usted de mi juventud, de mi ingenio, de mi talento... ¡Ah! Yo querría no haber tenido otro talento que romper piedras por las calles... ¡Sería más dichosa!... ¡Mis talentos! ¿y habré pasado el mejor tiempo de mi vida en adornar con ellos á otra mujer, para que sea más bella, más adorada y más insolente aún?... Y cuando lo más puro de mi sangre, haya pasado á las venas de esa muñeca, ella saldrá de aquí apoyada en el brazo de un esposo feliz á tomar parte en las más bellas fiestas de la vida, en tanto que yo, sola, vieja y abandonada iré á morir en algún rincón, con una pensión de doncella... ¿Qué es lo que he hecho al Cielo para merecer este destino? Veamos. ¿Por qué no he de ser feliz como esas mujeres? ¿No valgo tanto como ellas? Si soy tan mala, es porque la desgracia me ha ulcerado, es porque la injusticia me ha ennegrecido el alma... Yo nací tan dispuesta como ellas, más acaso, para ser buena, amante y caritativa... ¡Oh! ¡Dios mío, los beneficios cuestan poco, cuando uno es rico, y la benevolencia es fácil á los dichosos! ¡Si yo estuviera en su lugar, y ellas en el mío, me odiarían, como yo las odio! ¡Nadie ama á sus amos! ¡Ah! esto es horrible, ¿no es verdad? Yo también lo sé y eso es lo que me anonada... Siento mi abyección, me sonrojo de ella... ¡y la conservo! ¡Ay! Va usted á despreciarme ahora más que nunca, señor... ¡Usted, á quien habría amado tanto, si me lo hubiera permitido! Usted, que podría volverme todo lo que he perdido, la esperanza, la paz, la bondad, la estimación de mi misma... ¡Ah! hubo un momento en que me creí salvada... en que tuve por la primera vez un pensamiento de dicha, de porvenir, de orgullo... ¡Desgraciada!
Habíase apoderado de mis dos manos; sumergió en ellas la cabeza, en medio de sus largos y flotantes rizos, llorando desesperadamente.
--Mi querida niña--le dije,--comprendo mejor que nadie los pesares y las amarguras de su situación; pero permítame decirle que los aumenta mucho, nutriendo en su corazón los tristes sentimientos que acaba de expresarme. Todo eso es muy feo, no se lo oculto, y acabará por merecer todo el rigor de su destino; pero veamos, su imaginación exagera singularmente ese rigor. En cuanto al presente, usted es tratada aquí, diga lo que quiera, como una amiga, y en el porvenir, no veo nada que impida que también salga de esta casa apoyada en el brazo de un esposo feliz. Por mi parte, estaré toda mi vida reconocido á su afección; pero quiero decirle otra vez más, para acabar con este asunto: tengo deberes sagrados que llenar, y no quiero, ni puedo casarme.
Miróme repentinamente.--¿Ni aun con Margarita?--dijo.
--No veo lo que aquí significa el nombre de la señorita Margarita.
Rechazó con una mano los cabellos que inundaban su fisonomía y tendiendo la otra hacia mí, con gesto amenazador.--Usted la ama--dijo con voz sorda,--ó más bien ama su dote; pero no la obtendrá.
--¡Señorita Helouin!
--¡Ah!--respondió--es usted demasiado niño si creyó abusar de una mujer que tenía la locura de amarle. Leo claramente sus maniobras, créame. Por otra parte, sé quién es usted... No estaba lejos cuando la señorita de Porhoet transmitió á la señora de Laroque vuestra política confidencia...
--¡Cómo! ¿Usted escucha á las puertas, señorita?
--No me cuido de sus ultrajes... Por otra parte, me vengaré, y muy pronto... ¡Ah! es usted seguramente muy hábil, señor de Champcey y no puedo menos de cumplimentarle... Representa admirablemente el papel de desinterés y de reserva, que su amigo Laubepin no habrá dejado de recomendarle al enviarle aquí... Él sabía con quién tendría que entenderse. Conocía demasiado la ridícula manía de esta muchacha. Cree usted tener ya su presa ¿no es verdad? Los bellos millones, cuya fuente es más ó menos pura, según se dice, pero que serían sin embargo muy á propósito para restaurar un marquesado y volver á dorar un escudo... Pues bien. Desde este momento puede renunciar á ellos. Porque le juro que no conservará usted un día más su máscara, vea aquí la mano que se la arrancará.
--Señorita Helouin, es tiempo de poner fin á esta escena, porque ya raya en melodrama. Me ha hecho usted una buena jugada para prevenirme sobre el terreno de la delación y de la calumnia; pero puede descender á él en plena seguridad, pues le doy mi palabra de no imitarla. Después de esto, soy su servidor.
Dejé aquella infortunada criatura con un profundo sentimiento de disgusto, pero también de piedad.
Aunque haya sospechado siempre que la organización mejor dotada, debe irritarse y torcerse, en proporción á sus dones, encontrándose en la situación equívoca y mortificante, que ocupa la señorita Helouin, nunca mi imaginación hubiera podido sondear hasta el fondo, el abismo lleno de hiel que acaba de abrirse ante mis ojos. Ciertamente, cuando se piensa en ello, no puede concebirse género de existencia, que someta un alma á más envenenadas tentaciones, ni que sea más capaz de desenvolver y de aguzar en el corazón las concupiscencias de la envidia, de sublevar á cada instante las convulsiones del orgullo, de exasperar todas las vanidades y todos los celos naturales en la mujer. Es indudable que el mayor número de desgraciadas criaturas á quienes sus necesidades y talentos, obligan á profesar este empleo, tan honorable en sí, no escapan sino por la moderación de sus sentimientos, con la ayuda de Dios, ó por la firmeza de sus principios, á las deplorables agitaciones de que no había podido garantirse la señorita Helouin; pero la prueba es temible. Algunas veces se me había ocurrido el pensamiento de que mi hermana podría hallarse destinada por nuestras desgracias á entrar en alguna familia rica en calidad de preceptora: hice entonces juramento, sea cual fuere el porvenir que nos estuviera reservado, de dividir con Elena la más pobre boardilla, el pan más amargo del trabajo, antes que dejarla sentarse al festín envenenado de esa opulenta y odiosa servidumbre.
Entretanto, si tenía la firme determinación de dejar el campo libre á la señorita Helouin y de no entrar por ningún precio en las recriminaciones de una lucha degradante, no podía contemplar sin inquietud las consecuencias probables de la guerra desleal que acababa de declararme. Estaba evidentemente amenazado en lo que tengo de más sensible, en mi amor y en mi honor. Dueña del secreto de mi vida, y del secreto de mi corazón, mezclando, con la pérfida habilidad de su sexo, la verdad y la mentira, la señorita Helouin podía fácilmente presentar mi conducta bajo un aspecto sospechoso, volver contra mí hasta las precauciones y los escrúpulos de mi delicadeza, y presentar mis acciones más inocentes bajo el color de una intriga meditada. Me era imposible saber con precisión qué giro daría á su malevolencia, pero la conocía lo bastante para estar seguro que no se engañaría en la elección de los medios. Conocía mejor que nadie los puntos débiles de las imaginaciones que trataba de herir. Poseía sobre el espíritu de la señorita Margarita y sobre el de su madre, el imperio natural del disimulo sobre el candor; gozaba cerca de ellas de toda la confianza que nace de un largo hábito y de una intimidad cotidiana y sus _amas_, para emplear su lenguaje, no podrían sospechar bajo las exterioridades de graciosa jovialidad y de obsequioso agasajo, de que se rodea con un arte consumado, el frenesí de orgullo y de ingratitud que roe á aquella alma miserable. Era demasiado verosímil que una mano tan segura y tan sabia vertería sus venenos con éxito completo en corazones así preparados. A la verdad, la señorita Helouin podía temer, cediendo á su resentimiento, volver á colocar la mano de la señorita Margarita en la del señor Bevallan y apresurar su casamiento, que sería la ruina de su propia ambición; pero yo sabía que el odio de una mujer no calcula nada y que se atreve á todo. Esperaba, pues, de su parte, la más pronta y la más ciega de las venganzas, y tenía razón.