La niña robada

Chapter 8

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Mathys se había puesto de pie y reflexionaba. Una especie de sonrisa iluminó su fisonomía, mientras decía con precipitación:

--¡Sí, sí, partamos en seguida!... Vamos lejos, muy lejos, muy lejos. Se me ocurre una idea. ¿Si partiera para París con Elena?

--¿Y por qué no para la casa de sanidad?

--No hay pocas casas de sanidad en Francia.

--No comprendo vuestra intención.

--Reparad, señora, que la autoridad podría preguntarnos el nombre de la casa de sanidad, y quizá nuestros enemigos consiguieran de ese modo su objeto. En Francia todas las pesquisas serían inútiles; más adelante, cuando todo esté cumplido y pueda volver aquí con la loca, tomaré dinero, bastante dinero, para poder salvar allá todas las dificultades.

La condesa lo miró con aire burlón.

--Mathys, Mathys--le dijo--, tenéis miedo como un niño. Me parece que pensáis más en vuestra seguridad que en la de Elena. No me sorprendería que a causa de vuestro temor exagerado, quisierais llevaros todo nuestro dinero. Sea como fuere, id a Francia; quizá sea una medida prudente. Pero haced ante todo preparar el coche, para que no tengáis que esperar cuando estéis prontos. No creo que tengamos que temer nada por ahora; con todo, apresuraos, porque es necesario preverlo todo.

El intendente se dirigió a la puerta.

La condesa le gritó:

--Tened valor, Mathys; la situación no es tan desesperada como creéis.

Pero apenas estuvo delante de la casa se puso pálido como un muerto, y todos los miembros le temblaban.

--¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde!--se decía el intendente, dejando caer los brazos.

--¡Allá, por el camino, viene un coche!... Federico Bergams y Marta están sentados en el banco delantero. Hay otras personas en el coche... ¡Pobres de nosotros, estamos perdidos!

--¿Perdidos?--exclamó la condesa después de un instante de reflexión--. ¿Perdidos? Todavía no, Mathys, y aunque nos tenga que pasar algo enojoso, nos vengaremos de nuestros delatores. No triunfarán. Vamos, daos prisa, conducid a Elena a la bodega; bajo la torre de la escalera secreta. Nadie la encontrará allí. Permaneced a su lado hasta que yo os llame. Diré que ya ha partido. Dejadme hacer; fiad en mí. Vuestros enemigos se marcharán del castillo sin haber descubierto nada. Entonces, llevaréis a la loca a Francia. Pero, ¡Dios mío! ¡qué indeciso y consternado estáis!

Tomó al intendente por los hombros, lo empujó fuera de la puerta y lo miró salir y subir hasta que desapareció en el pasillo. Luego se volvió hacia la sala, se sentó en un sillón y tomó una actitud indiferente.

Momentos después se abrió la puerta y entró Marta seguida de Federico y el notario.

--¡Vil mentirosa!--gritó la condesa indicándole la puerta con el dedo--, salid de mi vista. Marchaos, o llamo a mis sirvientes para que os arrojen fuera del castillo. La justicia castigará vuestra perversidad.

Se precipitó para tocar el cordón de la campanilla; pero el notario le sujetó la mano.

--¿Qué significa esto?--exclamó--. ¿Queréis hacerme violencia en mi propia casa? No soy más que una mujer, pero...

--Sentaos, señora, os lo ruego, a fin de evitaros una vergüenza--dijo el notario reconduciéndola a su sillón con una frialdad imperiosa--. Escuchadme un momento. Vais a reconocer que el escándalo os sería desfavorable.

--En fin, ¿qué es lo que tenéis que decirme?--dijo la condesa trémula de despecho.

--Señora, la niña nacida de vuestro matrimonio con el conde de Bruinsteen ya no existe, murió en 10 de febrero de 1816. Mediante una culpable substitución, fué traída a vuestra casa la hija de un oficial de húsares que se llamaba Héctor Hagens. Corresponde a la justicia examinar qué castigo merece un acto semejante, pero nosotros venimos en nombre de la madre legítima para que su hija nos sea inmediatamente entregada. No os resistáis, señora, porque eso sería obligarnos a invocar la autoridad de la ley, y pensad en la vergüenza pública que eso os acarrearía.

--¡Oh! ¡Oh!--dijo sardónicamente la condesa--, no negaréis que os he escuchado con calma. Esa historia de la joven, de un oficial, es un cuento inventado por los envidiosos; en cuanto a Elena, ya no está en Orsdael.

--¡Dios mío!--exclamó Marta palideciendo.

--¿Os imaginabais que no sabía por qué habíais huído del castillo durante la noche como una ladrona?--replicó victoriosamente la condesa--. Ahí, sobre la mesa, está el papel que deslizasteis bajo la puerta de Elena, sirvienta infiel. ¿Queríais libertarla? Es decir, ¿la queríais vender a alguien que os había pagado para traicionarme? Sea cual fuese el medio que empleáis, vuestra infame maquinación ha sido descubierta de antemano. Elena ha partido lejos de aquí, para el extranjero.

Un grito desgarrador se hizo oír, y Marta cayó sin conocimiento contra la pared de la sala.

Federico corrió hacia ella, le pasó el brazo debajo de la cabeza y trató de volverla en sí.

--Señora--dijo el notario a la condesa--. Os estáis perdiendo vos misma. Tenemos pruebas, pruebas irrecusables. ¡La cárcel va a abrirse para vos!

--¿Qué pruebas podéis tener de una historia que es mentira?

--Un documento firmado por vos, señora.

--Un documento falso.

--Esperad, vais a quedar anonadada.

El notario corrió hacia la viuda desmayada y se puso a buscar con prisa febril entre los pliegues de su bata para encontrar la prueba escrita. Los esfuerzos resultaron infructuosos. Temblaba de impaciencia y de ansiedad, pensando que se hubiera perdido el precioso papel.

--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Marta, no es posible! Marta, Marta.

En ese momento se oyeron gritos confusos en el castillo, y antes de que nadie pudiera hacer un movimiento, la puerta se abrió con violencia. Elena, perseguida por el intendente, entró en la sala y cayó a los pies de la condesa.

Mathys, que parecía ciego de rabia, quiso detenerla; pero Federico dejó caer a Marta en brazos del notario, saltó sobre el intendente, lo asió por el cuello y lo arrojó con fuerza irresistible a la pared, mientras le gritaba fuera de sí:

--¡Si das un solo paso te aplasto!

Mientras tanto, dominada por el terror, la joven gritaba, con los brazos tendidos hacia la condesa:

--¡Oh madre mía, perdón, tened piedad de mí, me va a asesinar¡ ¡Yo soy vuestra hija, defendedme, madre, madre querida!

Aquel grito desesperado, aquel dulce nombre de madre, repercutió en el corazón de Marta. Abrió los ojos, pasó una mirada vaga a su rededor, y lanzó un profundo suspiro, tendiendo los brazos.

El notario le tomó la mano y dijo con voz trémula:

--¡El papel! ¡La prueba! ¡Aquí está!

Y volviéndose a la condesa:

--Ahora, señora, tendréis que reconocer que fuisteis vos quien ordenó que robara la niña a vuestro sirviente. Es imposible negarlo. ¡Todas las circunstancias agravantes acompañan al crimen; ya sabéis lo que os espera: la pérdida de vuestra fortuna, el eterno deshonor y cinco años de presidio!

La señora de Bruinsteen fijó un momento la mirada en el papel. Se puso pálida como la muerte, y todo su cuerpo se estremeció. Echó una mirada de venganza sobre Mathys, que estaba como petrificado; después lanzó un grito de desesperación, y dejó caer la cabeza sobre la mesa ocultando la cara con la mano.

--Madre, ¿qué ha sucedido? ¿qué peligro os amenaza?--preguntó la joven de rodillas, dominada por el miedo y la piedad.

Pero una voz conocida le provocó otra emoción.

--¡Laura... Elena...!--exclamó la viuda completamente vuelta en sí--. ¡No llames madre a esa mujer! Ven aquí, sobre mi corazón, querida mía...

Pero calló de pronto, por el temor de que una revelación inesperada fuera a causar a su hija una emoción fatal.

--¡Oh Marta! ¡Vos aquí! ¡Ahora ya no me puede suceder nada malo!--exclamó la joven arrojándose en sus brazos.

Esta, después de haberla besado tiernamente, la apartó de sí y dijo con calma aparente:

--Elena, tú no eres hija de esa mujer. Fuiste robada en la cuna. Sólo era tu verdugo, y nada te vincula a ella ni por la sangre ni por el afecto. Dios te ha dado otra madre.

La joven miró muda y trémula.

--¿Otra madre?... ¡Oh!... ¡Y vive aún!--murmuró con voz imperceptible.

--¡Vive! ¡Vive! domina tu emoción...

--¡Oh!--exclamó la joven--, esa sonrisa divina, esa mirada ardiente, esa alma en vuestros ojos... ¡Oh! ¡Marta! ¡Marta! si fuerais mi madre, me moriría de felicidad.

--Pues bien; sí, Elena... Laura, eres mi hija: yo soy tu madre.

La joven cayó casi desmayada sobre el pecho de la viuda; lágrimas de ternura indecible rodaron por sus mejillas; acarició a la madre, la besó y luego le dijo ligero:

--¿Y también tengo padre, verdad? Madre, madre mía, ¿dónde está?

--¡Ay! tu buen padre ya no existe. Toma, hija mía, aquí tienes su retrato.

Y le entregó a su hija su relicario de oro.

--¡Héctor! ¡Era mi padre!--exclamó la joven arrojándose a sus rodillas--. Ahora comprendo los secretos que me rodeaban. ¡Oh, que Dios sea bendecido! ¡He sufrido, he sufrido mucho; pero la recompensa es más grande que los dolores soportados!

Federico seguía junto a la joven, con la sonrisa de felicidad y la admiración en el rostro. Todas aquellas revelaciones y todas aquellas sacudidas se habían sucedido tan rápidamente, que Elena no había tenido aún tiempo para advertir su presencia.

Marta le tomó la mano y le hizo ponerse de pie, y le dijo:

--Laura, te llamas Laura, hija mía, le has dado gracia a Dios porque le plugo devolverte una buena madre, pero aún no conoces los tesoros de su bondad para contigo; además, te ha dado, Laura, un esposo fiel y digno de ser amado.

--¡Ah! ¡Federico, Federico!

Y los dos jóvenes cayeron en los brazos el uno del otro...

--Bueno, ahora partamos--dijo Marta, tomando a su hija de la mano--. Huyamos de esta casa de odiosa memoria. Nuestra alegría necesita aire, alegría, libertad, seguridad...

Pero la condesa, que hasta ese instante había estado sumida en la desesperación, oyó estas últimas palabras con un pánico extremo. Se dejó caer a los pies de Laura, se arrastró sobre las rodillas y se puso a decir, mientras abundantes lágrimas brotaban de sus ojos, y le caían por las mejillas:

--¡Oh señorita, tened compasión de mi desgracia! perdón, perdón, para una pobre mujer. Maldecidme, tomad mi fortuna, pero no me entreguéis a la justicia. Seré pobre, me arrepentiré de mi crimen. Mandadme lo que queráis y obedeceré como una esclava; pero no me mandéis a la cárcel. Elena... Laura... estoy a vuestros pies. ¡Oh! ¡tened piedad de mí, no rechacéis mi súplica!

Mathys, al ver a la condesa a los pies de la joven, también se puso de rodillas y se arrastró temblando hasta donde estaba Marta. Imploró su piedad con las manos juntas, y los ojos llorosos. No le dirigió ningún reproche, se reconoció culpable y confesó que, como madre, tenía que proceder como lo había hecho; pero recordó su afecto por ella, aquel sentimiento sincero a que debía la recuperación de su hija, y le suplicó que no entregara a la vindicta ley a aquel que había contribuído tanto a su felicidad.

Esta súplica tan humilde hizo que Marta mirara a Mathys profundamente impresionada e indecisa respecto a lo que debía hacer. Su hija fué a ponerse con las manos juntas delante de ella.

--¡Oh madre querida, perdón, perdón para la señora de Bruinsteen! ¡Perdonadla!

--Quiero olvidarlo todo, hija mía--murmuró la viuda--. Mi felicidad no necesita de la desdicha de la señora ni de la de Mathys. Pero, ¿qué puedo hacer? No lo sé.

--Escuchadme todos--interrumpió el notario--. Puesto que la señora y el intendente parecen arrepentidos, existe un medio para substraerlos de la ley y hasta de asegurarles la posesión de lo que les pertenece personalmente. Pueden expatriarse hoy mismo. Si aceptan mis proposiciones, les prometo mi ayuda. De ese modo evitarán la prisión, y nos evitarán graves molestias. Tomad, Marta, recuperad esta prueba. Guardadla muy bien. Ahora, marchaos; yo me quedo aquí, para terminar asuntos importantes. Estaré a vuestro lado a mediodía.

Marta tomó a su hija de una mano y a Federico de la otra, conduciéndola así hasta el coche que estaba en la puerta del castillo.

La viuda lanzó un grito de alegría al ver a Catalina, que estaba parada en el camino, junto al carruaje. Arrastró a su hija hacia aquélla, exclamando:

--Ven, Laura, ven; ésta es la mujer que te ha devuelto a tu madre; que se ha sacrificado por tu felicidad y por la mía. Te he dicho que la abrazarías algún día con tierna gratitud; pues bien, hija mía, estréchala entre tus brazos; es un corazón noble el que sentirás latir sobre tu pecho.

Marta y Laura se echaron al cuello de la campesina, y la colmaron de agradecimientos y de caricias. La vieja lavandera estaba tan emocionada, que un torrente de lágrimas le corría por los ojos, sin que pudiera hablar. De pronto, Marta la tomó de una mano y la arrastró hasta el coche.

--Catalina, querida Catalina--le dijo--. Tenéis que venir con nosotros. Vuestro marido os espera en Maraghem. Habrá fiesta, quiero que estéis a mi lado; tenéis el porvenir asegurado. Mi yerno tiene un corazón noble, y os pagará vuestra deuda. Vuestro marido será intendente de sus tierras, viviréis a mi lado, seguiréis siendo mi compañera fiel y mi amiga, hasta que la tumba nos separe. ¡Venid! ¡Venid!

La pobre Catalina estaba aturdida, la alegría la abrumaba; sin embargo, resistió a la suave violencia de Marta, y rechazó el honor que se le ofrecía. Pero Federico la tomó por la cintura, Marta y Laura por los brazos, y de ese modo Catalina se encontró en el coche, sin saber cómo.

El látigo restañó; el coche partió como una flecha; se alzaron nubes de polvo en el camino; se oyeron gritos de alegría y el carruaje desapareció en la vuelta del camino, con la rapidez del viento.

FIN