La niña robada

Chapter 7

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Más de una vez, durante aquel rápido relato, Catalina había lanzado, a pesar suyo, un grito de admiración y de triunfo; pero luego, calmada y llamada a silencio por la viuda, se puso a llorar, y lágrimas de felicidad corrían por sus mejillas, en la obscuridad.

--Calmaos, Catalina, el tiempo para mí es precioso--dijo la viuda--. ¿Comprenderéis ahora por qué vengo aquí? Estando en posesión de este documento, no me atrevo a permanecer en el castillo. Mathys y la condesa me lo quitarían por la violencia y hasta cometerían un nuevo crimen, si fuera preciso. Yo sólo soy una mujer y necesito del auxilio de los hombres para defenderme de los enemigos de mi hija. Voy a la casa de Federico Bergams; su tío es notario y él conoce las leyes. Me dirán lo que tengo que hacer, y vendrán conmigo a Orsdael a oponerse a la partida de Elena. Vive a dos leguas de aquí; es de noche, no conozco los caminos, tengo miedo de que me suceda algo. Vuestro marido puede acompañarme y conducirme... No temáis nada, Catalina; es el último sacrificio que os pido, y sea cual fuere el resultado definitivo de la lucha, os recompensaré y aseguraré vuestra suerte, hasta el fin de vuestros días...

--¡Vos recompensarme!--dijo Catalina con tristeza--. No está bien que me habléis así. Mi mayor recompensa es vuestra felicidad.

--Ya lo sé, amiga mía; pero vuestro marido no puede ser víctima de vuestra generosidad. No discutamos a ese respecto. Yo tengo que partir de aquí; pueden notar mi ausencia, buscarme, perseguirme, ¡oh Dios mío! ¡si me sorprendieran, podrían todavía arrancar la libreta de mi hija, mi vida!

--Voy a confiaros a mi marido; fiad en él, Marta; llevará su fusil y os defenderá si es necesario a costa de su sangre.

Cuando el guardabosque entró en el cuarto, su mujer le dijo:

--Andrés, es preciso que partas en seguida con el aya. Está encargada de una misión importante, y como es de noche todavía, y los caminos no sean quizá seguros para una mujer, la condesa quiere que la acompañes.

--Está bien, mujer. En dos minutos me pongo la blusa y estoy listo.

--La señora va a casa de Federico Bergams. Eso te parecerá raro, ¿verdad?

--Nada de eso. Poco me importa donde me mande la condesa--respondió el guardabosque, listo para partir.

--Un momento--dijo Catalina--. El mensaje que la señora va a cumplir, es un secreto. Nadie debe verla ni encontrarla, por lo menos hasta media legua de distancia de Orsdael. La llevarás, pues, por caminos apartados y por el bosque.

--Muy bien--dijo el guarda, subiendo una pequeña escalera para ir a vestirse.

--Pero decidme, Marta--murmuró la campesina después de un momento de silencio--. ¿Quién os abrió la puerta del castillo?

--Nadie, Catalina; bajé por la ventana de mi cuarto.

--¡Cómo! ¿desde tan alto? ¡Pero eso es imposible!

--Pues creedme, Catalina--respondió el aya--; así que me encontré sola en mi cuarto, con la prueba inestimable sobre mi corazón, me fué imposible tener un momento de reposo. Temblaba, el sudor de la angustia corría por mi cuerpo. Hostigada por el miedo, por el mortal convencimiento de que Mathys aparecería para que le devolviera el documento, calculé, inclinando la cabeza en la ventana, la altura del salto que tendría que dar para escapar de aquel peligro inminente. El menor ruido me hacía temblar, el grito de un pájaro casi me hizo desvanecer de angustia. ¡Oh! tenía en mi pecho la salvación de mi hija y estaba todavía en poder de mis tiranos. No podía permanecer en aquella dolorosa perplejidad, y quizá, ofuscada hasta la locura, por un ruido en el corredor, iba a precipitarme hacia el vacío, cuando se me ocurrió una idea salvadora. Uní las sábanas de la cama con un fuerte nudo, las até a la baranda de la ventana y traté de bajar al suelo. La vehemencia del deseo me prestó una fuerza sobrenatural, y mi ángel bueno me protegió sin duda, porque las sábanas eran demasiado cortas y caí de una gran altura, sin herirme, sin embargo. Después, deslizándome a lo largo de las paredes, corrí hasta el puente. Lo atravesé, eché a andar entre los arbustos y las zarzas hasta que...

La llegada del guardabosque interrumpió su explicación. Andrés descansó despacio la culata de su fusil en el suelo, y dijo:

--Señora, estoy pronto; cuando gustéis.

En la puerta las dos mujeres se abrazaron y cambiaron algunas palabras más; después Marta siguió al guarda a través del bosque.

Andrés condujo al aya por senderos cubiertos y dió muchos rodeos para evitar las carreteras. Permanecía silencioso, y sólo hacía alguna advertencia en voz baja, cuando algún paso o algún pozo interceptaba el paso.

Después de media hora larga, condujo a la viuda por un camino ancho. La primera luz del alba empezaba a esparcirse en el espacio, y ya podían distinguirse los objetos a través da la niebla.

--¿No corremos el riesgo de encontrar a alguien por aquí?--preguntó la viuda.

--No me parece, señora. Todavía es muy temprano--respondió el guarda.

--Si me viese alguien que fuera a Orsdael--suspiró Marta.

--El camino es recto, señora; miraré a lo lejos; si alguien viene nos internaremos en el bosque.

--Este misterio tiene que sorprenderos, amigo mío; pero antes de mediodía conoceréis la causa.

--No es necesario. Yo hago lo que me mandan y no me meto en lo demás.

--Están pasando cosas muy extrañas en Orsdael, y pronto se producirán allí sucesos extraordinarios que llenarán a todos de asombro. Vos sois un hombre bueno y fiel y seréis recompensado.

--¡Cosas extrañas! Sí, sí; pero no es cuenta mía... Camináis ligero, señora.

--El mensaje que llevo es urgente, amigo mío; pero si os sentís cansado...

--No, no; es una observación. Puesto que lo deseáis, apresuraré el paso.

El guarda, para demostrar que no se cansaba tan pronto, alargó el paso y continuó con tanta rapidez, que la viuda apenas podía seguirlo, aunque aquella rapidez secundaba sus deseos.

Marta pronunciaba de tiempo en tiempo palabras para interrumpir el silencio y mostrarse reconocida para con su guía; pero éste, creyendo que cumplía, en circunstancias importantes, una orden de la condesa, no respondía sino con un sí o un no y cortaba en seguida la conversación.

Entretanto el cielo se iba aclarando poco a poco, y cuando por fin se vió el campanario de la iglesia que les indicaba como un faro el término de su viaje, el sol, surgiendo del horizonte, circundaba toda la naturaleza con su luz esplendorosa.

Se habían cruzado en el camino con algunos campesinos que, con la azada al hombro, se dirigían al trabajo de los campos. Cuanto más se acercaban a la aldea, más gente encontraban; pero como Marta se consideraba ya libre del alcance de sus enemigos, no reparó en las miradas de sorpresa de los campesinos y siguió su camino hasta que el guardabosque se detuvo delante de una gran casa y le dijo sonriendo:

--Señora, ésta es la casa del señor Bergams; ¿puedo volverme a Orsdael?

--Sí, volveos a vuestra casa, amigo mío--respondió la viuda.

Pero, cambiando de opinión, dijo en seguida:

--No, no, permaneced aquí; no podéis volveros a Orsdael.

--Pues entonces, señora, con vuestro permiso, cerca de aquí hay un mesón. Si me llegáis a necesitar, hacedme llamar allí.

Una vieja sirvienta abrió la puerta, y preguntó mirando al aya con ojos escrutadores:

--¡Ah! es para un testamento. ¿No es eso? Entrad, el notario todavía duerme; voy a despertarlo.

Marta le dijo al entrar:

--Buena mujer, os equivocáis; deseo hablar al joven señor Bergams.

--¿Tan temprano?

--Y en seguida.

--Es que no sé, no me atrevo--dijo la sirvienta con desconfianza--. El señor está acostado todavía. ¿No podríais esperar una media horita?

--No, os ruego que vayáis en seguida y digáis al señor Federico que el aya del castillo de Orsdael ha venido a hablarle de cosas importantes.

--¡El aya de la señorita de Bruinsteen!--exclamó la sirvienta con sorpresa--. ¡Oh, ya comprendo! Sí, sí, voy a llamarlo. Sentaos, señora. Es preciso darle al menos tiempo para vestirse.

VII

Mathys había pasado una mala noche. Aunque estuviera muy agitado por los acontecimientos del día, la fatiga lo había sumido en un pesado sueño, que no fué turbado hasta el otro día a la mañana por espantosas pesadillas.

Cuando el sol se hubo alzado, cuando la campana del castillo llamó a los obreros al trabajo, Mathys despertó con la frente cubierta de sudor. Trató de volverse a dormir, pero el recuerdo de las imágenes horrorosas que había visto en sueño le asediaba aún el espíritu y hacía latir su corazón con violencia. Saltó fuera del lecho y se vistió a la vez que murmuraba entre dientes:

--¿Qué temor absurdo me agita? Era un sueño, un sueño espantoso, insensato. Marta me estima, sus intereses son los mismos que los míos. ¿Por qué me engañaría? No, no, pues haría pedazos su felicidad sin razón ni provecho para ella. En todo caso, he cometido una imprudencia. ¡Entregarme así indefenso a una mujer! ¿Estaría embriagado o habría perdido el juicio?... La condesa tiene la culpa de todo. El odio que me tiene debe ser muy grande para que la haya impulsado a cometer un acto tan perverso y estúpido. Revelarle a una persona extraña el secreto del que dependía su propia fortuna, su honor, su vida. Es incomprensible, y si la duda fuera posible, diría que Marta me ha mentido descaradamente. Pero nadie en la tierra sabe de este desgraciado asunto más que la condesa y yo. Es ella, pues, la que nos ha traicionado. ¿Cómo me vengaré? Quiero verla arrastrarse otra vez a mis pies antes de la partida de la loca... Pero, ante todo, iré a pedirle a Marta que me devuelva la prueba; sin esa arma soy impotente. ¡Oh, vamos a verlo! La condesa me dará cuenta de su infame complot.

Al decir estas palabras, se dirigió al cuarto de la viuda y golpeó a la puerta. Esperó un rato, volvió a golpear y dijo:

--Marta... Marta... soy yo. Esperaré que estéis vestida; pero os lo ruego, respondedme.

El silencio más completo siguió reinando en su derredor. Una rara ansiedad lo dominó...

Llamó al aya en alta voz y golpeó con el puño contra la puerta; pero fué en vano, el cuarto permaneció silencioso como una tumba.

Un grito de espanto se le escapó al intendente, que se puso lívido aunque tratara de tranquilizarse diciéndose que probablemente Marta se había levantado temprano.

Estas últimas palabras hicieron renacer una sonrisa de alivio en los labios del intendente.

Bajó la escalera corriendo y le preguntó al portero si no había visto al aya. Este le respondió negativamente; le nombró todas las personas, obreros o no, que habían salido del castillo, y le aseguró que nadie más había salvado la puerta, puesto que él tenía la única llave y no se había movido de allí desde el llamado de la campana.

Estas últimas palabras hicieron reaparecer una sonrisa de alivio en los labios de Mathys. El aya estaba, pues, en el castillo, porque no existía otra salida que la portalada. Sin embargo, no estaba tranquilo y se puso a recorrer la casa de arriba abajo, preguntando a todo el mundo si había visto bajar al aya. Recordó que Marta había expresado la intención de ir a hablar temprano con la condesa; se disponía, pues, a subir la escalera que conducía al departamento de la señora de Bruinsteen, cuando la camarera le detuvo, diciéndole que acababa de ver a su señora, sumida en el más profundo sueño. Mathys recorrió todo el edificio hasta las buhardillas. La inutilidad de sus esfuerzos le llenaba de una inquietud inexplicable. Quizá Marta estuviera enferma, quizá las sacudidas de la víspera habían perturbado violentamente su sistema nervioso. Al asaltarle esta idea, corrió tras la sirvienta y le dijo:

--Ve a ver a la señora, y pídele las llaves de las piezas del aya. Las necesito en seguida, iré a buscarlas yo mismo. Corred, volad, es preciso que la señora se levante. ¡Puede que haya sucedido una desgracia!

La sirvienta trajo dos llaves; sin escuchar lo que quería decirle de parte de la condesa, Mathys subió la escalera corriendo. Abrió la puerta del cuarto de Marta y echó una ojeada sobre el lecho. Estaba vacío.

Pálido y trémulo, puso la llave en la cerradura, de la segunda puerta. Vió a la joven sentada en una silla en el fondo de su cuarto; ya estaba levantada y vestida, a pesar de la hora tan insólita. Tenía, pues, que saber lo que había pasado.

Mathys se acercó a la joven, la miró con los ojos hechos ascuas y exclamó, apretándole las muñecas hasta deshacérselas:

--Ten cuidado, dime la verdad, porque si me engañaras, sería capaz de todo... ¿Dónde está el aya?

--No lo sé--balbuceó la joven, que temblaba de miedo.

--Imprudente, no me mientas o te aplasto bajo mis pies. ¿Dónde está Marta?

--Tened compasión de mí; yo no lo sé, señor. Aunque me quitarais la vida yo no podría deciros otra cosa.

--¿Por qué estás levantada y vestida?

--Porque me despertó un ruido extraño, señor.

--¿Qué ruido?

--Un golpe, como si alguien hubiera caído...

Pero la joven se asustó, pensando que si decía la verdad podía exponer a su benefactora a un peligro. Se puso a balbucear y dijo:

--Un ruido, un crujido...

--No me hagas hervir la sangre, ¡desgraciada!--dijo Mathys--. Vamos, ¿qué es lo que has oído?

--Sin duda a los pájaros nocturnos en la torre.

El intendente estaba seguro de que la joven sabía las cosas, y no las quería decir; conocía su inflexible tenacidad y la idea de que permanecería indomable lo hizo arder en furor. Volviéndose hacia la puerta, le gritó con acento atronador:

--¡Espérate un momento y ya verás si te hago hablar!

Iba a salir del cuarto, cuando notó en el suelo un papelito doblado que había sido empujado por la puerta cuando él la abrió.

Desdobló el papel y leyó estas líneas escritas en lápiz con mano trémula. «Elena, parto para salvarte. Suceda lo que suceda, no temas nada. Mi promesa será cumplida. Dentro de dos horas quedarás libre para siempre.»

Mathys miró el papel durante algún tiempo con aire extraviado, después lanzó un grito de rabia y corrió al otro cuarto, buscando algún objeto con qué golpear a la pobre Elena; su mirada tropezó con la ventana y vió las sábanas atadas a los barrotes de hierro.

--¡Se ha ido! ¡Huyó esta noche!--exclamó--. ¡Ya está a varias horas de Orsdael! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Y se lleva mi vida! ¡Estoy perdido! ¡Estoy perdido!

Ebrio de cólera, azorado por el terror, se precipitó sobre la joven, la tomó de los hombros, la sacudió violentamente y le preguntó:

--¿Dónde está Marta?... ¿Qué es lo que te ha prometido?... ¿Qué es lo que quiere hacer? ¡Habla o te mato!

Pero la joven volvió la cabeza, dobló la espalda y permaneció muda, aunque el intendente repitiera varias veces su amenaza; en su furor le golpeó con el puño la espalda y la cabeza y luego salió del cuarto, jurando y blasfemando. Se detuvo, sin embargo, en el corredor y se puso a reflexionar sobre su crítica situación. Estaba pálido como la muerte, vacilaba sobre sus piernas, las ideas se confundían en su cabeza. ¿Cuál podía ser la intención de Marta? Quería sin duda vengarse de la condesa que la había maltratado; pero no se daba cuenta, la insensata, de que iba a perder al mismo tiempo a su amigo y protector.

Bajó la escalera y entró en la sala, donde encontró a la sirvienta, la que le dijo que la señora estaba ya levantada e iba a bajar en seguida.

Se dejó caer en una silla, angustiado de nuevo por sus terribles perplejidades. Todavía quedaba cierta duda en su espíritu. El aya no podía quererle mal, y sin duda no se había dado cuenta de las consecuencias de lo que iba a hacer. Quizá le fuera posible todavía impedir la revelación del secreto, porque Marta seguiría sus consejos, así que él pudiera hablarle. En esa certidumbre, resolvió no decirle nada a la condesa, que se había dejado arrancar por Marta la prueba de la substitución de criaturas. Estaba profundamente avergonzado de aquella imbecilidad, estando bien seguro, por otra parte, de que la condesa no le temería ni le tendría la menor consideración, así que supiera que aquella arma no estaba en sus manos.

Cuando la señora de Bruinsteen entró en la sala, vió que había lágrimas en los ojos del intendente.

--¿Estáis llorando, Mathys?--le preguntó asustada--. ¿Qué ha sucedido? La sirvienta me ha hablado de una desgracia; pero confío en que no os ha sucedido nada, ¿verdad?

El intendente echó llave a las dos puertas y deteniéndose con los brazos cruzados y los ojos echando llamas ante la condesa:

--¡Sentaos, señora! ¡Sentaos, os lo ordeno! Habéis cometido una cobarde traición; quiero ser vuestro juez, vuestro juez inexorable. ¿Qué le habéis dicho a Marta?

--Pero, ¿qué significa esto?--murmuró la condesa retrocediendo--. ¡Me dais miedo!

--Respondedme, respondedme--bramó Mathys, mirándola en los ojos, con los dientes apretados y los labios contraídos--. ¿Qué le habéis dicho ayer a Marta?

--Pero, por Dios, ¿qué os pasa?--balbuceó la condesa de Bruinsteen asustada--. Se diría que queréis asesinarme. No deis un paso más porque grito pidiendo auxilio.

--Si dais un sólo grito, os rompo la cabeza--gritó el intendente fuera de sí--. Respondedme en seguida.

--¿Qué le dije al aya? ¡Oh, poca cosa, Mathys! Es cierto que le dije que Elena iba a ser llevada hoy a la casa de sanidad.

--No, no ha sido eso.

--Pero hasta le oculté el nombre del establecimiento a que va a ser llevada.

--¡Despreciable, hipócrita!--exclamó Mathys--. ¡Queréis ahorraros la confesión de vuestra falsía! Voy a arrancaros la careta, señora; lo sé todo.

--¿Qué sabéis? Os lo ruego, hablad más claro, me hacéis temblar.

--¿No le revelasteis a Marta el secreto del nacimiento de Elena?

--¡Yo! ¡Qué idea tan insensata! ¿Cómo se me podría ocurrir perderme a mí misma?

--¿No le habéis dicho que Elena es hija de un oficial de húsares y que fué robada a una nodriza cerca de Bruselas?

--¡Qué pregunta! A Dios gracias, no se me escapó una palabra a ese respecto.

--¡Qué impavidez y qué osadía! Pero la denegación es inútil. Habéis querido vengaros de mí y le habéis dicho a Marta que la niña fué conducida al castillo sin que vos lo supierais. De ese modo, cobarde mentirosa, queréis hacer pesar sobre mí solo la falta; pero os habéis engañado. La cárcel...

--Callaos, callaos, ¡imprudente!--exclamó la condesa--. Podrían oíros. ¿Qué pesadilla os ha revuelto de ese modo la cabeza? Estáis completamente ofuscado. ¿Que yo le he revelado a Marta el secreto del nacimiento de Elena? ¿Que yo he vendido mi libertad y mi honor para satisfacer mi venganza contra vos? Pero, ¿no veis que eso es absurdo e imposible?

--¡Traidora!--bramó Mathys.

--No queréis creerme--prosiguió la señora de Bruinsteen--. Si llegáis a probarme que he dejado sospechar ese secreto por una sola palabra, os doy la mitad de mi fortuna... ¿Os reís? ¿No os parece bastante? Si me convencéis de esa estupidez tan cobarde, os doy el derecho ante Dios y ante los hombres de vengaros de mí, aunque sea matándome.

Al oír estas palabras, pronunciadas con una energía que no dejaba lugar a dudas, Mathys dejó caer la cabeza sobre el pecho. Convencido al fin de que había acusado a la condesa sin razón, se sintió embargado por una desesperación profunda; se estremeció de vergüenza al pensar que se había dejado arrastrar por un ciego amor, a hacer una revelación fatal, y que él era el único traidor para con su cómplice. Resolvió más firmemente que nunca el no confesar que había confiado la prueba del crimen a Marta. Aunque lo dominara el miedo tenía la confusa esperanza de que el aya no quería hacer nada contra él. Pero, como esta esperanza era muy dudosa, un sudor frío bañaba la frente del intendente consternado.

--Vamos, mi buen Mathys--dijo la condesa--, estáis enfermo. Tengo piedad de vuestros terrores inexplicables. Tratad de calmar vuestros sentidos agitados. Hay un medio infalible de convenceros de que vuestras sospechas eran infundadas. Voy a hacer llamar a Marta.

--¡Es inútil!--exclamó el intendente--. Marta ya no está en Orsdael. Esta noche ató las sábanas a las varas de su ventana, y huyó del castillo. Sabe Dios si ya no está a cuatro o cinco leguas de aquí... ¡Con nuestro secreto! ¡Ay de nosotros! ¿Qué nos irá a suceder?

La condesa lo miró un momento en silencio, como aturdida por la noticia.

--¿Huyó? ¿El aya ha huído durante la noche del castillo?--murmuró--. ¿Por qué? ¿Qué queréis decir?

Se aproximó a Mathys con expresión de cólera contenida y preguntó con voz severa:

--Ha huído con nuestro secreto, ¿habéis dicho, señor? ¿Qué significa esto? ¿Habéis sido lo bastante indiscreto para confiárselo?

--Era inútil; lo sabía todo.

--Pero, ¿por quién? ¿Quién se lo había dicho? Como no fuí yo, tenéis que haber sido vos. ¡Ah! Cuántas veces temí que vuestro estúpido amor por esa mujer nos trajera una desgracia; pero nunca pensé que llegarais a encegueceros hasta ese exceso de locura y de crimen...

--Siento que se me va la cabeza. No sé lo que me pasa--dijo sollozando el intendente, completamente anonadado--. Es un enigma que llena de espanto; yo no le dije nada; vos tampoco le hicisteis revelación alguna. ¿Cómo se explica entonces que lo sepa todo? ¿Existe en el mundo alguna otra persona que sepa nuestros secretos?

--Nadie más que nosotros... Pero no os comprendo--dijo la condesa--. ¡Estáis sombrío y espantado, como si vuestra condena resonara ya en vuestros oídos! ¡Os creía más valiente, Mathys! ¿Qué importa lo que ha sucedido? ¿Que Marta se pondrá, a propalar que Elena no es mi hija? Pues bien, yo sostendré que me calumnia, y en caso de necesidad la demandaré, para que repare ese ultraje a mi honor. Nada más sencillo; no quedan ni pruebas ni testigos, y aunque le hubierais revelado el secreto, bastará decirle que miente descaradamente.

El intendente exhaló un profundo suspiro, pero no dijo nada.

Después de unos instantes de silencio, la señora de Bruinsteen murmuró:

--¡Qué aventura tan sorprendente! Me torturo el espíritu para adivinar qué es lo que se propone Marta. ¡Huir de esa manera en medio de la noche! Eso debe ser alguna otra tentativa de Federico Bergams. ¿Elena está en su cuarto?

--Sí, sí, la señorita está en su cuarto--respondió buscando algo en el bolsillo--. Mirad, le habían deslizado esta carta por debajo de la puerta. Quizá esto os explique las intenciones de Marta.

La condesa tomó el billete y lo leyó. Al principio sus labios se contrajeron de rabia; pero en seguida una sonrisa irónica apareció en sus labios.

--«Parto para salvarte. Dentro de algunas horas serás libre para siempre»... ¡Ah! ¡Ah! ¿No es más que esto? ¡Ya veremos! El cuarto de Elena está cerrado, ¿no es cierto, Mathys? ¿No comprendéis que es una nueva molestia que Federico quiere causarnos? Ha corrompido a Marta como a Rosalía, por medio de dinero y de promesas, para favorecer sus proyectos. Ahora lo comprendo todo. Ha huído para ir a advertir a Federico que Elena va a ser conducida a la casa de sanidad. Tiene esperanza de impedirlo. Vamos, Mathys, poseemos los medios infalibles para frustrar su esperanza.

--¿Medios infalibles?--repitió el intendente sumido más que nunca en sus temores.

--Ciertamente.

--¿Y si viniera con los representantes de la justicia?

--Los representantes de la justicia no tienen nada que hacer aquí, y, por otra parte, no encontrarían a Elena. No esperemos el coche que ha de venir de la ciudad. Haced enganchar el nuestro, y partiréis con la loca. Sea lo que fuere lo proyectado por Marta y Federico, su propósito fracasará, así que Elena esté a algunas leguas de aquí. No temo nada; todo lo que podría hacerse sería retrasar algunos días la partida de la loca. Pero una vez que ella esté en el camino, me sobrará tiempo para intentar un proceso contra Marta y su cómplice. No comprendo cómo podéis abatiros tanto por un hecho desagradable, es cierto, pero nada, nada grave para nosotros. Las cosas pasarán como cuando la visita del procurador del Rey. ¿Qué se puede intentar contra nosotros, sin ninguno de los testigos, sin una prueba? Recobrad vuestra calma, amigo mío; preparaos para el viaje, partid sin demora, haced volar los caballos hasta que Elena esté fuera del alcance de nuestros perseguidores.