Chapter 6
--Pues bien, escuchad, vais a saberlo todo. La señora... o más bien Margarita de Schminspaen, era sirvienta, y yo lacayo, en Bruselas, en casa del conde de Bruinsteen, un hombre gastado y loco que se pasaba ocho meses del año en su sillón, paralizado por la gota. Margarita, por medio de halagos y adulaciones, lo tenía dominado por completo. El conde no tenía más que parientes lejanos por el lado materno, y ella los tenía alejados, para hacerse dueña de él por completo. Yo creía que procedía así por amor, por gratitud a nuestro señor, y como se mostraba atenta y amistosa conmigo, yo la ayudaba por todos los medios. ¿Es esto censurable?
--La gratitud es un noble sentimiento--murmuró el aya, la cual, previendo que Mathys trataría de justificarse, ponía toda su atención en discernir de sus palabras la verdad y la mentira.
--Margarita me engañaba, sin embargo--prosiguió el intendente--. Tenía un fin secreto, y quería poseer su fortuna después de su muerte. El mejor medio de conseguirlo, era el casamiento, según ella. El señor Bruinsteen, vencido por sus largas instancias y por sus maniobras de una habilidad infinita, se dejó por fin llevar hasta eso. Pero Margarita se vió en parte defraudada en sus esperanzas, porque el contrato estipulaba que la considerable fortuna del conde pertenecía a sus legítimos herederos, si no tenía hijos de su casamiento.
--¿Y ella no tuvo familia?--interrumpió la viuda.
--Vais a saberlo; Margarita vivió dos largos años de inquietud. El conde, que mejoró un poco en su salud, recuperó un tanto la claridad de espíritu; pareció deplorar su casamiento, y su mujer le inspiró aversión. Ella tenía poca esperanza de que favoreciera en su testamento a aquella que le había inducido a contraer un matrimonio deshonroso. El deseo más ardiente de Margarita, se vió, sin embargo, cumplido. En el tercer año de su unión el Cielo le acordó una hija, que recibió el nombre de Elena. Pero su alegría fué de corta duración; la niña nació enferma, y al cabo de dos o tres semanas se puso tan flaca que no cupo duda de que viviría poco tiempo más. Podéis imaginaros la desesperación de la señora. No sólo sufría su cariño de madre, sino que, si su hija moría, la fortuna del conde se le escapaba. El doctor pretendió que no quedaba otra esperanza que darle a la criatura una nodriza robusta y hacerle respirar el aire del campo. Yo me había informado de una nodriza, y conocía una robusta campesina no lejos de Bruselas, que se había presentado a ofrecerse. Como la pequeña Elena estaba casi muerta, partió al día siguiente con una sirvienta y la niña. Pero en casa de la campesina, ya encontré el sitio ocupado por otra criatura.
--¡La hija del oficial de húsares!--suspiró Marta con voz casi ininteligible.
--Sí, de su viuda, porque al día siguiente, supe que su padre había muerto. Yo no sabía qué hacer y me encontraba en una gran dificultad, porque temía que la pequeña Elena muriera en mis brazos por falta de próximos auxilios. Merced a la promesa de una generosa recompensa, hice consentir a la campesina en que cuidara y amamantara a la niña durante algunos días, hasta que encontrara otra nodriza. Al volver, a la condesa le di cuenta de mi aventura, tratando de prepararla para la fatal noticia que iba a recibir sin duda al día siguiente. La certidumbre de que su hija estaba por morir llenó a la condesa de indecible desesperación, y al mismo tiempo la llenó de rabia; sin embargo, ya debía haber pensado en recurrir a algún expediente supremo porque me rogó que no dijera nada a nadie de aquello, y durante la tarde fingió dormir para combinar y madurar un proyecto tan hábil como criminal. Era de noche, cuando me hizo llamar... ¡Ay! pluguiera al Cielo que nunca hubiera hallado a tan pérfida mujer. Mi vida no estaría amenazada por un terror incesante y por arrepentimiento continuo. Mi corazón es honrado y soy incapaz de cometer espontáneamente una injusticia; pero la compasión que me inspiraba...
--¿Qué os dice?--interrumpió la viuda, que escuchaba palpitante las palabras que recogía de los labios del culpable.
--Le resistí, me negué; pero ella me rogó, me suplicó, regó mis manos con sus lágrimas, y tanto hizo que hubiera ablandado el corazón más insensible. Después me amenazaba con su venganza e iba a echarme a la calle. Si, por el contrario, consentía en ayudarla, prometía enriquecerme.
--Pero, ¿qué era lo que os exigía?
--Vencido por la compasión, cedí a sus deseos, y me encargué de la ejecución de su proyecto... Estáis impaciente, Marta. Yo mismo tengo miedo de esta revelación. Mi espíritu se revela y mi conciencia sufre. La señora estaba dispuesta a arriesgar una tentativa desesperada, para colocar a la niña ajena, en el lugar de Elena si ésta llegaba a morir, a fin de conservar así la posibilidad de poseer la fortuna del conde. Con el bolsillo lleno de oro y autorizado para las más brillantes promesas, partí aquella misma noche y golpeé a las puertas de la nodriza, con el pretexto de informarme del estado de la criatura. La niña vivía aún, pero la nodriza no dudaba de que no pasaría del día siguiente. ¿Qué os diré? Me costó gran esfuerzo hacerle comprender a aquella simple lo que deseaba de ella, y en un principio rechazó con horror mi proposición; pero la vista del oro y la promesa de una renta anual, acabaron de triunfar de sus escrúpulos. Las circunstancias favorecieron de una manera muy particular la ejecución del proyecto de la condesa. El cambio proyectado podía hacerse sin despertar la sospecha de nadie... Las cosas pasaron de este modo: La pequeña Elena murió al día siguiente por la tarde. Se le anunció a la viuda del oficial que su hija había muerto. Una persona extraña vino a asistir al entierro. Nadie sospechó la menor superchería, y, tres meses después, el conde de Bruinsteen estrechaba entre sus brazos a la niña robada, dando gracias a Dios por haberle conservado a su única heredera... Veo, Marta, que tenéis los ojos llorosos. Es una triste historia y soy muy digno de que se me tenga lástima, ¿verdad? ¡Ser dominado por una mujer falsa y perversa, y sufrir toda mi vida por cumplir una orden de mis señores, cuando todavía ignoraba por completo lo que es el mundo!
Marta se había afectado profundamente al oír el final del relato del intendente. Había despertado en ella dolorosos recuerdos y hecho sangrar viejas heridas. Sin embargo, no le faltaron fuerzas para ocultar su emoción y simular otra aparente. Todo lo que hacía, por otra parte, lo había premeditado; en la soledad de sus reflexiones había previsto con tanto acierto todas las fases posibles de esta conversación, que se dirigía a su fin preciso, con paso firme a través de todas las dificultades. Después de un breve silencio, prosiguió suspirando:
--¡Pobre Mathys! Sois la víctima de una ciega abnegación. Os compadezco; el terrible peligro que os amenaza me arranca lágrimas de compasión y de angustia. La maldad es muy grande en los corazones perversos. Aquella por quien os habéis sacrificado, quiere preparar ella misma vuestra pérdida y entregaros a la justicia.
--¿La condesa?--exclamó el intendente.
--Sí, la condesa.
--¡Eso es imposible! Tengo pruebas que le impiden tramar algo contra mí.
--Poseéis un documento firmado por ella, ya lo sé.
--¿Lo sabéis?--murmuró el intendente estupefacto.
La viuda aproximó su silla como para revelarle secretos importantes.
--Escuchad, Mathys; sofocad por el momento vuestra indignación y hablad quedo--le dijo con tono misterioso--. Lo que vais a saber os llenará de temor y de cólera; pero cobrad coraje y no temáis nada; yo lucharé junto con vos contra vuestros enemigos, y estad seguro de que, uniendo nuestros esfuerzos, haremos fracasar sus pérfidas maquinaciones.
--Os doy las gracias por vuestra abnegación--respondió Mathys--, y me felicito de que la condesa no haya conseguido con su calumnia quitarme vuestra estimación... Pero no me doy cuenta de lo que teméis, Marta. La señora no puede hacer nada contra mí, os lo repito.
--¿Creéis eso? ¿Estais tranquilo porque tenéis en vuestro poder un documento firmado por ella? Y si os robara ese papel, ¿no estaríais por completo en su poder? ¿No podría pretender entonces que ignora por completo el robo de la niña? ¿Quién podría demostrar entonces que Elena no es su hija, puesto que todos los testigos han muerto, y que vuestra acusación sería considerada como una acción perversa?
--Pero ella no puede quitarme ese papel, no sabe dónde está.
--En la caja de hierro--dijo el aya.
--¡No, no es cierto!--exclamó el intendente, estremeciéndose de temor y de sorpresa.
--Mathys, Mathys, ¿por qué queréis engañarme? ¿No me queréis entonces permitir que os salve?
--¡Ya no sé ni lo que digo!--murmuró el intendente--. Sí, sí, Marta; está en el cofre.
--El hierro es duro, Mathys; pero el acero es más duro aún. ¿Y si fracturaran ese cofre durante vuestra ausencia y os quitaran ese documento?
El intendente, asaltado por una inquietud secreta, se puso vivamente de pie, sacó una llave del bolsillo y abrió el cofre. Luego lo volvió a cerrar con la misma rapidez, y volvió junto a la viuda, con una sonrisa en los labios.
--Ahí está todavía, nadie lo ha sacado--exclamó respirando ruidosamente--. Pero la verdad es que parece que hubieran tratado de forzar el cofre--agregó examinando la cerradura--. Pero es absurdo que me asuste. ¿Cómo haría una mujer para forzar un mueble como éste?
--Hay cerrajeros en la aldea.
--Pero, ¿qué queréis decir? ¿Sería capaz la condesa de consumar un acto tan criminal?
--Juzgad por vos mismo, Mathys. Mientras estabais en viaje, la señora me hizo llamar. Me interrogó durante más de una hora para convencerse de que yo estaba dispuesta a asociarme a ella contra vos. Intentó volveros tan perverso y miserable ante mis ojos, que os hubiera tomado por un demonio si no os hubiera conocido. Me ha prometido una fortuna y una existencia feliz hasta el fin de mis días. Inspirada por mi gratitud hacia vos y por mi odio hacia ella, fingí entrar por entero en sus proyectos; y prometí ayudarla sinceramente, libertarla, como decía ella, de vuestra cruel tiranía, que está envenenando su vida desde hace más de quince años. Tened calma, os lo suplico, Mathys... De esa manera le arranqué el secreto de sus intenciones y obtuve de ella los medios de defenderos contra ella:
--Pero, ¿qué le pasa por la cabeza?--murmuró Mathys, aplastado por aquella revelación--. ¿Se ha vuelto loca entonces?
--No, sabe muy bien lo que quiere. Su objeto es aniquilar la prueba de su complicidad, y teneros sometido a sus pies, como un instrumento impotente; a fin de pretender que ella no ha sabido nunca nada, si el secreto de la substitución llega a descubrirse algún día.
--¿Y se imagina que substraerá el documento que contiene esa caja?
--Mañana tenéis que hacer un viaje y permaneceréis ausente hasta el día siguiente. Tiene tiempo para fracturar veinte cofres como éste.
--Su esperanza quedará defraudada, porque me quedaré en casa y no haré el viaje. De ese modo...
La viuda había probablemente previsto esta respuesta, que no pareció hacer gran impresión en ella.
--Imposible. Es preciso, Mathys, que partáis--le replicó--. Si no queréis salir de la casa tenéis que declararle a la condesa la causa de vuestra negativa. Me acusaría a mí, con razón, de falsedad; y yo quedaría ¡ay! perdida, y a vos no os quedaría la menor esperanza de ver realizados vuestros deseos.
--Entonces hay otro medio, pondré el documento en mi cartera y lo llevaré conmigo.
--No hagáis eso, Mathys; la condesa lo ha previsto todo. Que dejéis la prueba en la casa o que os la llevéis consigo, ha jurado apoderarse de ella; y tened la seguridad de que lo conseguirá si no encontramos otro medio de engañarla.
--En verdad, Marta, que no os comprendo. ¿Cómo se podría apoderar la condesa de un papel que yo llevo conmigo? Mientras estoy en viaje, ella no...
Pero la viuda no quería dejarle tiempo para que reflexionara; había sabido por un sirviente lo pasado en el bosque y lo interrumpió con voz trémula:
--Esperad lo peor que pueda imaginarse, Mathys. La condesa no se ha atrevido a decirme abiertamente su pensamiento, pero he comprendido muy bien por sus palabras que no retrocedería ni ante un atentado. Se ha puesto en el caso de que os llevéis con vos el documento, y me ha hablado en términos encubiertos de hombres pagados para espiaros y atacaros...
--¿Hombres pagados para atacarme?--preguntó el intendente, cuyo espíritu conturbado asoció las palabras de Marta con la emboscada de esa noche--. ¿Estáis cierta de que la condesa haya dicho algo parecido?
--Completamente segura.
--Pues entonces no viajaré más que de día; no saldré de la carretera, y me haré acompañar por gente segura.
--Vanas precauciones. Aunque tuviera que hacer ocultar a la gente en su propia alcoba para haceros registrar al regreso, se apoderaría del documento, no lo dudéis...
--En ese caso no saldré.
--¿Y la señorita? Es preciso que parta, Mathys. Todo retardo podría inspirar sospechas e impedir su reclusión.
--Es que mañana mismo le diré a la condesa que conozco su cobarde proyecto contra mí. La obligaré a renunciar a él, amenazándola con mi venganza. Quiero que se eche a mis pies, y que me pida perdón.
--¡Dios mío! ¡entonces queréis sacrificarme!--exclamó Marta con ansiedad simulada--. ¡Cómo! ¿Os atreveríais, después de eso, a dejarme un solo instante en Orsdael, junto con la condesa? No, no; si reveláis mi traición, huiré de aquí al despuntar el día. Es preciso que no lo sepa nunca, jamás.
--¿Y qué medio puedo emplear para que el documento no pueda caer en manos de la condesa?
Marta se pasó la mano por la cabeza, fingiendo torturar su espíritu, buscando una idea que pudiera salvarlos. De pronto se puso de pie lanzando un grito de alegría.
--¡Dios sea loado!--exclamó--. Conozco un medio infalible para engañarla y burlar sus tentativas. Dadme el documento, Mathys; lo coseré al fondo de mi falda. Nadie lo buscará allí, y por más que busque y haga vuestra enemiga, jamás encontrará el testimonio de su crimen.
--¿Daros ese documento, mi sola arma contra su maldad, mi seguridad, mi fuerza?--dijo entre dientes el intendente, con sonrisa irónica--. No, no, ese tesoro no se separará de mí.
--Os lo suplico, Mathys--dijo la viuda pálida y temblorosa--. Dejadme salvaros. ¡Ah! No me neguéis el único medio de salvaros de las celadas de vuestros enemigos.
El intendente, engañándose respecto a la agitación del aya, le dijo con el tono de una resolución irrevocable:
--Vamos, Marta, estáis exagerando el peligro que me amenaza. En todo caso, la firma de la condesa es un medio infalible de defendernos victoriosamente contra sus proyectos perversos. Os agradezco vuestras simpatías, pero el documento no estará nunca en otras manos que las mías. No me habléis más de eso, que ya sabré encontrar un sitio oculto en el que nadie lo descubrirá.
Marta, herida por una cruel decepción, se puso las manos delante de los ojos, lanzando un grito penetrante. La última esperanza que le quedaba en la última extremidad, se había desvanecido.
En el momento mismo en que creía aferrar la prueba tan ardientemente deseada, acababa de anonadarla una vez más el convencimiento de su impotencia. ¡Su hija, su pobre hija, iba a ser encerrada en una casa de locos, perdería en ella la razón, y sin duda alguna moriría!
Esta certidumbre le desgarró el corazón, apagó el último fervor de su esperanza y abatió la fuerza de espíritu que aún le quedaba. Se entregó por entero a su dolor, sollozando en alta voz, y llorando en tal abundancia, que las lágrimas le empapaban las mejillas.
Mathys, que la creyó ofendida por su negativa, trató de hacerla comprender que se equivocaba. Le dijo que no dudaba de su afecto por él y que tenía una confianza ilimitada en su abnegación; pero que, respecto a ese asunto, había tomado hacía largos años, una resolución firme de la que no podía apartarse; podía estar tranquila a ese respecto; él sabría muy bien poner el documento al abrigo de las asechanzas de la condesa, y como el fin que impulsaba a Marta era conseguirlo de otra manera, no había razón alguna para que se inquietara de esa manera.
Pero, dijera Mathys lo que dijera, la viuda, aniquilada, agotadas las fuerzas y las ideas, quedó abismada por su dolor, y sólo respondió por medio de suspiros y sollozos.
El intendente la miró durante un rato, siguiendo con la mirada las lágrimas que caían de sus mejillas. Sacudió la cabeza contrariado, y pareció luchar con un pensamiento penoso. Poco a poco, sin embargo, su rostro tomó una expresión compasiva. La desesperación de Marta hacía más fuerza en él que sus recursos más hábiles.
--Está bien--dijo al fin--, os daré la prueba de confianza que me exigís. ¡Ah! ¡si supierais lo que me pedís!
Dichas estas palabras, se adelantó lentamente hacia el cofre.
La viuda le dirigió una mirada de soslayo; la silla temblaba, movida por el estremecimiento de su cuerpo y tenía que apretarse el pecho para contener los latidos de su corazón. El intendente se aproximó a ella y le entregó el documento en un sobre sellado.
--Tomad, Marta--le dijo--; conservad esto con cuidado hasta que yo vuelva de viaje. No lo abráis; ocultadlo entre las ropas; que no se os separe ni un instante. Ya veis que tengo tanta confianza en vos como si fuerais mi mujer... ¡Qué emocionada estáis! Calmaos, querida amiga, os habéis equivocado respecto a mis intenciones.
Trémula y casi desfallecida de alegría, Marta escondió el sobre en su seno. En el primer momento no podía hablar y balbuceaba palabras confusas; pero la posesión del precioso documento pronto le devolvió la energía. Dominó su conmoción y exclamó apretando con ansia febril la mano del intendente:
--¡Oh Mathys! ¡Si supierais cuán feliz me siento! El más bello sueño de mi vida parecía desvanecerse para siempre y hete aquí que se realiza de golpe. ¡Gracias, gracias! Guardaré el documento, como si de él dependiera mi salvación eterna. Aunque me pusieran la punta de un puñal en el pecho, no lo entregaría. ¡Os lo juro!... Pasado mañana--prosiguió, cambiando de tono--os lo devolveré tal cual está, y entonces deliberaremos sobre lo que tenemos que hacer. Ahora, Mathys, id a descansar; estáis probablemente muy cansado del viaje de hoy, y tenéis que volverlo a hacer mañana. No temáis nada; ni aun la muerte podría arrancarme este precioso depósito.
--Sí, me siento deshecho, no sólo por el viaje sino por todo lo demás, y sobre todo, por las emociones que he sufrido hoy.
El aya, devorada por una fiebre interior, se puso de pie, y dirigiéndose a la puerta:
--Podéis estar tranquilo, Mathys. Mañana temprano estaré levantada para ir a hablar a la señora, y si durante la noche hubiera inventado nuevas celadas contra vos, vendré en seguida a revelároslas. En todo caso, no le digáis nada antes de que nos volvamos a ver. ¡Buenas noches!
--¡Buenas noches!--dijo el intendente mirando con fijeza al aya.
Esta mirada singular no le pasó inadvertida a Marta y le heló la sangre, porque creyó leer en sus ojos que le había acometido un ímpetu furioso de correr tras ella y recuperar el documento.
Se dirigió lentamente hacia la puerta, y hasta volvió la cabeza para decir sonriendo: «¡Buenas noches, buenas noches!» pero así que salió al comedor obscuro, se puso a correr hacia su cuarto en puntas de pie con una rapidez como si tuviera alas.
Echó la llave a la puerta, corrió a la ventana que daba al campo, la abrió, midió su altura, se alejó de ella murmurando algunas palabras sofocadas; se acercó en seguida a la mesa, encendió una pequeña lámpara, sacó el sobre de su seno y rompió el sello con mano trémula.
--¡Oh! ¡Dios mío!--balbuceó--. ¡El reconocimiento de mi derecho de madre! ¡La condesa declara que ella ordenó el robo! El nombre, el dulce nombre de mi Laura.
Fué interrumpida por un murmullo que llegó hasta su oído; creyó oír que la llamaban.
Una sonrisa de felicidad iluminó su rostro. Se levantó, guardó el papel en el seno y corrió al cuarto de Elena. Cuando abrió la puerta oyó un quejido doloroso.
--¡Oh Marta! ¿sois vos, de veras? ¡Soñaba que no os volvería a ver más!
Pero un beso ahogó las palabras en sus labios.
--¡Mi hija, mi hija, mi hija querida!--dijo la viuda con voz trémula--; calla, calla, no llores. No irás al convento. Ya no más penas, no más dolores, alégrate. Mañana serás feliz. No irás al convento. Ríete, ponte contenta. Mañana verás a tus enemigos arrastrarse a tus pies e implorar tu piedad.
La joven, asustada por aquellas efusiones, y por el tono ardiente de la voz, apartó la cabeza y murmuró:
--Pero, ¿quién sois, entonces?
--¿Quién soy? ¿Quién soy?...--repitió la viuda casi loca y con una vehemente imprudencia--. ¿Quién soy?... El secreto de mi amor, de mi vida. Yo soy tu... ¡Oh! ¡Dios mío! ¡qué locura iba a hacer!
Y retrocedió temblando.
Elena, cuyo corazón hacía temblar el presentimiento de una revelación suprema, tendió las manos en la obscuridad, haciendo un gesto suplicante; pero Marta había recuperado un poco de sangre fría y murmuró, mientras depositaba otro beso más en la frente de su hija:
--No, no, no ha llegado todavía el momento de la revelación. Cállate, luz de mis ojos, mi esperanza, mi felicidad, no me preguntes nada. No me conocerás hasta el momento de la liberación. Mañana, Laura; mañana, Elena; sabrás qué vínculos nos unen... Tengo que apartarme de ti, hija mía; podría sucumbir a una tentación que nos sería fatal a las dos. Duerme, duerme en paz... mañana un nuevo sol lucirá para ti y para mí.
Y huyó rápidamente del cuarto, cerrando la puerta tras sí.
VI
Las sombras eran intensas; los campos y los bosques estaban cubiertos de tiniebla; pero ya una claridad dudosa temblaba en el horizonte; la aurora iba muy luego a aparecer y a llenar el espacio con la luz dorada de una mañana espléndida.
En aquel momento, el follaje de las encinas verdes se abría detrás de la casa de Andrés, el guardabosque. Una sombra de mujer surgió entre los arbustos espesos que flanqueaban el camino. Se detuvo, miró con desconfianza hacia todos los lados, trató de penetrar con la mirada la obscuridad gris y se deslizó lentamente hacia la casa del guarda.
Entró en el jardín por una abertura de la cerca, se aproximó a una pequeña ventana, golpeó en ella misteriosamente y dijo con la voz pegada a los vidrios:
--¡Catalina! ¡Catalina!
Abrióse la puerta.
--¿Sois vos, Marta?--dijo la mujer del guardabosque, sorprendida--¡Dios mío! ¡y todavía es de noche! ¿Qué es lo que os pasa?
--Apresuraos, venid pronto; tengo que hablaros en seguida--balbuceó el aya.
Al cabo de cinco minutos, Catalina abrió la puerta, y apareció junto con su marido en el jardín.
--¡Vos aquí, Marta, a estas horas!--dijo--. ¿Os han obligado a salir del castillo antes que fuera de día?
La viuda le echó los brazos al cuello, la atrajo a su pecho y le murmuró:
--¡Catalina! ¡ah, Catalina! ¡Dios me ha dado la victoria! Que me proteja aún durante algunas horas, y mi Laura será libre para siempre. ¡Hoy podrá llamarme madre, delante de todo el mundo!
--¡Cómo! ¿Qué queréis decir?
--Callaos, Catalina, vuestro marido podría oírnos. Quiero estar sola con vos.
--Vamos, entrad, Andrés cuidará la puerta.
Catalina habló un momento a su marido y luego entró en la casa con la viuda. La condujo a una pieza aparte, cerró la puerta, y le tomó las manos diciendo:
--Aquí nadie puede oírnos, Marta. Satisfaced mi ardiente curiosidad. ¡Vuestra Laura quedará hoy libre! ¡Quiera Dios que vuestra esperanza se realice!
La viuda le contó en pocas palabras y de prisa lo que había sucedido; cómo habían resuelto encerrar a su hija en una casa de sanidad desconocida; lo que había sufrido ante ese peligro extremo; cómo, inspirada por la desesperación, había osado intentarlo todo, y cómo el intendente, después de una larga resistencia, le había entregado la prueba de su derecho de madre, y del rapto de su hija.