La niña robada

Chapter 4

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--¿Estáis mirando mis muebles?--preguntó alegremente el intendente--. Sí, Marta, no tendremos que comprar muchos para instalar nuestra casa. Todo lo que veis aquí me pertenece. Un buen escritorio, magníficos sillones, ¿no es cierto?

Marta trató de sonreír y preguntó con fingido buen humor:

--Me imagino que este cofre será el mueble principal de la casa. ¿Es sin duda en el que guardáis las economías?

--Sin duda, y también papeles.

--¿Papeles? ¿Papeles preciosos?

--¡Con qué expresión me preguntáis eso, Marta!--dijo Mathys vacilante--. ¿Podéis imaginaros que en un cofre así, no se guarda todo lo que uno quiere conservar?

--En efecto, no hay nada que excite tanto la curiosidad de una mujer como una caja de hierro que parece encerrar cosas misteriosas. Dentro de algunas semanas seré vuestra esposa. Sed, pues, bueno, y decidme de antemano qué encierra ese cofre.

--Vamos, loca, estáis bromeando. ¿Qué puede haber en él? Un poco de dinero y títulos de deudas públicas; porque ya os imaginaréis que no soy tan estúpido como para guardar mi dinero sin que produzca. Cuando volvamos de la iglesia, ya marido y mujer, os entregaré las llaves del cofre y de los armarios. Hasta entonces, querida, tendréis que dominar vuestra ansiedad, porque todo permanecerá bien cerrado. Vamos, dejad a un lado esos caprichos. Escuchadme, Marta: una vez casados podremos seguir viviendo en el castillo, si no preferís tener una casa vuestra; podéis escoger. Aquí se pueden conseguir muchos provechos, se puede vivir sin gastos y redondear tranquilamente la fortuna.

--Preferiría seguir en Orsdael--dijo Marta que pensaba en su hija.

--Eso me agrada--replicó el intendente--; tanto más cuanto no seréis más sirvienta ni aya, y no tendréis que servir a nadie.

--Y la señorita, ¿quién la cuidará?

--Ya se ha pensado en eso, Marta. Dentro de pocos días estará lejos del castillo, y tengo razones para creer que no volverá nunca a él.

--¿Cómo es eso? ¿Qué queréis decir?--balbuceó la viuda presa de una súbita ansiedad.

--Es cosa resuelta; la señorita entrará en un convento.

--¿En un convento? ¿En un convento de religiosas?

--Naturalmente. Parece que eso os agita violentamente. ¿Os imagináis quizá que cuando Elena no esté aquí, la condesa podrá despediros, no necesitando ya vuestros servicios?

--Sí, Mathys, en efecto; esa noticia me hace temblar.

--Estáis en un error. Esta decisión ha sido tomada a instancias mías, para hacer desaparecer toda causa de desavenencias y discordias, y para estar seguros de tener una vida agradable.

--Pero, ¿a qué convento la mandarán?

--Lo ignoro aún, la condesa se encargará de buscarlo.

--¿Queréis hacer una monja de Elena? Sin embargo, eso es imposible. ¡Una loca!

--No; estará allí como pupila mientras se resuelva otra cosa... Oigo regañar a la condesa; está descargando su cólera sobre los sirvientes. Voy a tratar de calmarla, ahora que ha consentido en todo. Así que sepa algo nuevo, vendré a decíroslo. Id a vuestro cuarto, Marta, y tratad de descansar de vuestras emociones.

--¡Oh! ¡No me atrevo!

--¿Por qué? ¿Qué teméis?

--A la condesa. Irá allí y me castigará.

--No, se lo he prohibido. Me ha prometido que no hablará de lo que ha jurado. Si os dice, sin embargo, alguna frase desagradable, haced como si no la oyerais; pero no creáis que llegue hasta maltrataros.

--Vendrá a verme, sin embargo. ¡Ah! Tiemblo ante la sola idea de encontrarme con ella.

--¿Y por qué ha de ir?

--Para retar y castigar a la señorita.

--Es cierto, pero eso, ¿qué os importa? Dejad que le aplique a la loca el castigo que merece su falsedad. Si tuviera tiempo, me parece que le haría sentir a esa tonta que no tiene derecho a reírse de nosotros.

--Pero comprended, Mathys; yo estaré junto a ella, y la condesa en su enojo se exaltará tanto contra mí como contra ella. Estoy cansada de estas escenas odiosas; si tengo que seguir soportándolas, prefiero huir de Orsdael.

--¡Oh! ¿Qué significa esto ahora?--murmuró el intendente descontento--. Al fin y al cabo yo no le puedo impedir a la señora de Bruinsteen que se acerque a su hija.

Marta le tomó las manos y le dijo con extremada suavidad, mirándolo con aire de cariño:

--Mathys, buen Mathys, todo lo podéis obtener de la condesa. Dadme una nueva prueba de vuestro afecto. Exigidle la promesa de que no vaya a ver a la señorita al menos hasta dentro de tres o cuatro días. De esta manera evitaré el peligro de ser maltratada e injuriada por ella. ¡Mathys, sed complaciente, libradme de esta inquietud, os lo ruego!

El intendente, conmovido por su mirada y por su acento, inclinó un momento la cabeza, y murmuró sonriendo:

--¡Qué hechicera sois! Hacéis de mí lo que queréis. Vamos, quedad tranquila, haré lo que deseáis.

--¿La condesa no irá a ver a la señorita?

--Hasta dentro de tres días.

--¡Oh, gracias, gracias!

Mathys se levantó y salió del cuarto. En la puerta se detuvo y le dijo a la sirvienta que lo había seguido:

--Quedaos en paz, Marta; así que estéis más tranquila, escribid las cartas para pedir vuestros papeles. Ya sabéis lo que necesitáis; os lo he dicho ya. Consolaos de vuestras desgracias. Nuestro casamiento os hará olvidar vuestras penas. Estad segura de que seremos felices.

La viuda lo miró alejarse para estar segura de que no retrocedería, y así que hubo bajado la escalera comprimió un grito de alegría y corrió a su cuarto.

Antes de que hubiese llegado a la puerta, sus labios murmuraron alegremente:

--¡Elena, Elena, hija mía, mi querida niña! ¡Me quedo, me quedo! ¡No me separaré de ti mientras viva!

IV

La señorita de Bruinsteen estaba sentada delante de una mesa y copiaba pasajes de un libro. Por grande que fuera la atención que pusiera en su trabajo, de cuando en cuando volvía la cabeza para dirigir una triste sonrisa a su aya, que, sentada junto a la pared y con los ojos entornados, parecía sumida en sombríos pensamientos.

Un silencio completo reinaba en el cuarto; los rayos del sol oblicuos y su débil claridad anunciaban el declinar del día.

Marta estaba triste e inquieta. No le había dicho todavía a Elena que habían resuelto mandarla al convento. Tenía miedo de desgarrarle el corazón con aquella triste noticia. Por otra parte, tenía la esperanza de que con ayuda de Mathys conseguiría parar el golpe fatal que las amenazaba a las dos. En realidad, el intendente, que no comprendía por qué Marta deseaba impedir la partida de la joven, había rechazado sus tentativas como absurdas; pero todavía podía contar con algunos días, y creía que conseguiría convencer a Mathys, sin traicionar los motivos que la inspiraban. Por desgracia, el intendente había salido muy temprano aquel día del castillo; había salido en el coche grande y sólo volvería muy tarde. ¿Por qué no le había hablado Mathys de aquel viaje? ¿Qué le ocultaba? Al hacer esta reflexión, se puso pálida y empezó a temblar, porque una sospecha terrible acababa de cruzarle el espíritu. El convento... ¿Sería una casa de sanidad? ¡Horror! ¡Su hija encerrada entre criaturas dementes y condenada a encierro perpetuo! Después, Marta rechazó esta idea y pasó a suposiciones menos atroces. Las palabras de Mathys le habían hecho pensar que se dejaba llevar por suposiciones mal fundadas. Y vacilando así entre una débil esperanza y una angustiosa ansiedad, la pobre Marta alzaba los ojos al cielo y se dolía de la suerte que la amenazaba tan cruelmente, en el momento mismo en que estaba cerca de descubrir el secreto de sus enemigos.

Elena volvió la cabeza hacia ella y exhaló un suspiro de compasión; no se atrevía a hablarle porque Marta le había rogado que terminara silenciosamente su trabajo. Sin embargo, un momento después había terminado su tarea; se levantó, se acercó al aya, le mostró el escrito, y dijo:

--Mirad, querida Marta, he terminado.

--Está muy bien, querida--dijo el aya echando una distraída mirada al papel--. Ya escribes mejor; tu aplicación supera mis esperanzas.

La joven acercó una silla, tomó la mano de la viuda, y le dijo en tono suplicante:

--Marta, estáis disgustada, ¿verdad? ¡Oh! ¿por qué no podré rescatar mi fatal desobediencia? Sufrís por culpa mía, vos que sois la bondad y el cariño mismos. Es como si me traspasaran el corazón a puñaladas. Consolaos, Marta, eso no volverá a suceder jamás; si alguna vez Federico llega a aproximarse, pediré auxilio y escaparé al instante. Hasta me empeñaré en olvidarlo por completo.

--No, no; te equivocas, mi querida Elena; ése no es el motivo de mi melancolía--respondió Marta.

--No me atrevo a preguntaros ese motivo porque no os gusta que se os interrogue. Pero, ¡me dais pena, Marta! Lo conozco bien en vuestra fisonomía; tenéis pena y tenéis miedo. Podéis quedaros a mi lado, sin embargo; mi madre nos ha perdonado a las dos, según decís. Esta felicidad inesperada, debiera alegraros; sin embargo, estáis pálida, y vuestra mirada está obscurecida por pensamientos inquietos. Vamos, vamos, quiero que mis besos os hagan sonreír.

Le dió un beso a Marta y la aproximó con fuerza contra su corazón, mientras que aquélla se entregaba pacientemente a las caricias de la niña, retribuyéndolas y tratando de sonreír. Permanecieron luego mudas y mirándose con expresión afectuosa, hasta que un ligero golpe en la puerta las vino a turbar en la expansión de su mutuo afecto.

Marta se apresuró a ver quién era la que llamaba a la puerta, y volviéndose inmediatamente a la joven, le dijo:

--Elena, es Mariana, la cocinera; tu madre me ordena que baje en seguida contigo.

--¿Mi madre nos llama?--exclamó la joven--. Dios mío, ¿qué irá a suceder?

La viuda no estaba menos asustada, pero se dominó, y dijo con aparente tranquilidad:

--¿Por qué palideces, pobrecilla? Yo voy contigo. No temas nada, no me apartaré de ti.

--¡Ay! no es por mí por quien tiemblo, querida Marta; es por vos que sufro tanto sin ser culpable. Mi madre puede castigarme cruelmente. Eso no es nada; pero, ¿y si se le ocurriera castigar mi falta en vos, en mi presencia?

--No, no; te estás agitando por un vano temor. Vamos, no podemos hacer esperar a tu madre. Ten calma y sígueme.

Marta bajó con la joven, y abrió la puerta de la sala. Un suspiro ahogado se le escapó. Vió sentado al lado de la condesa a un hombre vestido de negro, de una fisonomía fría y sonriente, cuya mirada le heló la sangre en las venas.

--Está bien--dijo con sequedad la condesa--. Dejad a la señorita con nosotros, cerrad la puerta, idos arriba y esperad allí mis órdenes... ¿No me comprendéis?

La viuda salió de la pieza, pero permaneció en el corredor. Sus piernas se negaban a alejarse de un sitio en que sin duda iba a decidirse la suerte de su hija y a pronunciarse una sentencia irrevocable. Un ruido en la cerradura le hizo temer que la condesa fuera a sorprenderla. Subió rápidamente la escalera y fué a refugiarse a su cuarto, donde se dejó caer sobre una silla, y escondió la cabeza entre las manos.

¿Quién era ese hombre vestido de negro? Probablemente un médico. ¿Qué iba a hacer a Orsdael, donde nadie estaba enfermo? ¿Por qué tenía que quedar solo con Elena? ¡La casa de sanidad! En efecto, la desgraciada madre lo sabía desde hacía tiempo; las leyes que protegen la libertad personal, no velan con la vigilancia necesaria la puerta del abismo, que se llama la casa de sanidad. La declaración de un solo médico basta para condenar a reclusión perpetua; y una vez encerrada la pobre víctima en esa tumba muda, ¿quién reconocería la fatal equivocación en un lugar tan atroz y tan extraordinario que hasta los gestos y las palabras de las personas razonables toman apariencias de locura? La viuda quedó como aplastada bajo el peso de tales pensamientos, hasta que el repiqueteo de la campanilla le dió la orden de bajar. Al pie de la escalera, vió que el visitante subía a un coche.

Cuando hubo abierto la puerta de la sala, la condesa le dijo con un tono y una expresión en que estallaba la alegría:

--Marta, acompañad a la señorita a su cuarto; cerrad cuidadosamente las puertas y volved pronto; tengo que hablaros de un asunto importante.

Elena lloraba y temblaba; parecía estar muy asustada; comenzaba a explicarse la causa de aquel miedo, cuando Marta le hizo comprender con una mirada imperiosa que debía reservar aquella confidencia para cuando estuviesen solas. Cuando llegaron al cuarto de Elena, Marta cerró las puertas y preguntó:

--¿Qué es lo que te ha sucedido, querida niña? Habla pronto, que tu madre me espera.

--¡Ay de mí! ¡Me mandan a un convento, lejos de aquí!--dijo sollozando la joven--. Huir de mi prisión, salir de Orsdael, sería un cielo; pero separarme de vos, Marta, me matará; ¡no puedo vivir sin vos!

--Ten valor y consuélate--dijo Marta sofocando su propia emoción--. En cualquier parte que estés, yo estaré siempre a tu lado. ¿Qué hizo y qué dijo el desconocido? Es preciso que yo lo sepa; pero apúrate, apúrate, que ya empieza a repicar la campanilla.

--El señor desconocido me tomó la mano; fijó largo rato sus ojos penetrantes en los míos, como si quisiera indagar con su mirada el fondo de mi alma. Mi corazón latía violentamente, mi espíritu se extraviaba, una nube me empañaba la vista.

--Pero, ¿qué te preguntó?

--Una porción de cosas extrañas e incomprensibles; en qué pienso, en qué sueño, si me agradaría jugar con otras señoritas o si me agradaría entrar en un convento para hacerme religiosa...

--Y tú, ¿qué le respondiste?

--No recuerdo, balbucí. Su mirada fija y profunda me quitaba toda conciencia de mí misma.

--Debieron sorprenderle mucho tus respuestas, ¿no es cierto?

--No, parecía muy satisfecho y meneaba la cabeza con aire aprobador; después se dirigió a la mesa y escribió algo sobre un gran papel.

--¡Oh Dios mío!--exclamó Marta, levantando las manos al cielo.

Elena la miró temblando; pero la viuda evitó la explicación, diciéndole, mientras se iba del cuarto:

--No temas, querida. Hay secretos que un día conocerás. Por ahora no tienes nada que temer. Vuelvo dentro de un momento.

--Sentaos, Marta--le dijo la condesa cuando ella hubo entrado a la sala--. Tengo muchos motivos para estar enojada con vos; pero quiero olvidar el pasado, sobre todo ahora que la única causa de mi cólera y dolor va a alejarse de Orsdael. Lo que voy a deciros os alegrará a vos también; es para vos como para mí una noticia feliz. Elena entra mañana en un convento, de manera que os veréis libre de su guarda, y podréis pasearos todo el día y hacer lo que queráis... ¿Por qué parecéis disgustada? yo creí que os iba a causar gran alegría.

Marta comprendía muy bien que debía fingir una gran satisfacción. Trató de sonreír a la vez que balbucía un agradecimiento; pero, a pesar de sus esfuerzos, podía leerse en su fisonomía una inquietud cruel.

--Me imagino que teméis perder vuestro empleo después de la partida de Elena; estáis equivocada, Marta; he convenido con Mathys que permaneceréis en Orsdael hasta vuestro casamiento, y aun después, si así lo queréis. Me agradaría mucho que hicierais esto último. Una vez que Elena no esté ante mi vista, y encerrada en un sitio seguro, yo no estaré ni apenada ni colérica. Me haréis compañía, y yo haré cuanto me sea posible para haceros agradable vuestra permanencia en mi castillo. Mi lenguaje os sorprende, ¿verdad? ¿No acostumbro a hablar tan amistosamente? Es que hoy me sucede una felicidad por la cual suspiraba desde hace mucho tiempo, como por la libertad de la esclavitud más dura. La loca era para mí una fuente de dolor y un peso tan penoso como el grillete de un presidiario. Me veo libre de esa cadena y respiro por vez primera a mi placer. La alegría vuelve bueno y amable.

Marta había tenido el tiempo necesario para recuperar su propio dominio.

Mientras la condesa hablaba, murmuró sonriendo algunas palabras de asentimiento, y se había armado de valor para averiguar lo que deseaba saber.

--¡Qué buena sois, señora!--dijo--. Entonces, ¿puedo quedar en Orsdael? ¿Sois tan generosa que me hagáis este favor? ¿Y no tendré que guardar más a la señorita? ¡Oh, cuánto os agradezco que me libréis de ese penoso servicio! Pero, ¿y si Elena no quiere seguir en el convento y vuelve aquí?... Es obcecada y no es posible tenerla siempre encerrada.

--No, no volverá--exclamó alegremente la condesa--. Va a entrar a un lugar del que no se sale nunca.

--Yo no me fiaría--dijo malignamente la viuda--. El señor de Bergams sabrá adónde está y le proporcionará los medios de salir del convento.

--¡Bah! Federico no lo sabrá; no lo sabremos más que yo y el intendente; en el sitio a que va las ventanas tienen estrechas rejas de hierro, por donde no se podría escapar ni un gato. ¡Ja! ¡Ja! ¿Por qué ocultaros lo que va a complaceros tanto como a mí? Escuchad; os lo voy a decir en confianza; pero no lo digáis a nadie, porque es preciso que todos crean realmente que Elena va a entrar a un convento para hacerse religiosa. De este modo se hablará menos de su desaparición.

--¡Cómo! ¿No va a entrar a un convento?

--Sí, va a entrar a un convento porque es una casa habitada y dirigida por religiosas.

La señora de Bruinsteen inclinó la cabeza sobre el hombro de la viuda y murmuró algo al oído:

--¿Vió usted a ese señor que estuvo aquí? Un señor que vino para juzgar la razón y la inteligencia de mi hija. Las cosas pasaron muy felizmente; Elena se mostró mucho más estúpida y loca de lo que realmente es; en seguida me firmó una declaración en que afirma que su cerebro se halla desequilibrado... y... ya os imaginaréis lo demás.

--¿El qué? ¿el qué, señora?... No comprendo--balbuceó Marta casi desfallecida.

--Es fácil de comprender, sin embargo: Elena va a entrar en una casa de sanidad.

Un grito penetrante se le escapó a la pobre viuda; pero se dominó en seguida y estalló en una carcajada.

--¿Y ese grito?--murmuró la condesa estupefacta.

--Es de alegría, señora, de alegría--dijo Marta--. Ahora me podré casar, vos seréis libre y feliz, estaréis libre de todo pesar. ¡Ah, qué satisfecha estoy! Menos por mí que por vos, que sois mi buena y generosa señora.

Engañada por estas halagadoras palabras, la condesa exclamó alegremente:

--Os creo, la victoria me ha causado a mí también una viva impresión. Desde que estoy cierta del triunfo, mi corazón se ha aliviado de un peso enorme. Es un verdadero martirio verse abrumada durante muchos años por una loca, que ha recibido de la naturaleza un carácter detestable, que no tiene más propósito que deshonrar mi nombre y arrancarme la vida.

--Sí, señora, es un martirio cruel para una madre verse obligada, después de tantos sufrimientos, a encerrar a su hija única en una casa de sanidad.

--¡Qué queréis, Marta; cuando no hay más remedio!...

--¿Va ir lejos de aquí?

--Sí, bastante lejos.

--Cuanto más lejos, mejor será para vos y para mí... De esta modo habrá menos peligro de que el señor de Bergams descubra su paradero. ¿La señorita irá, sin duda, al extranjero?

--No me preguntéis eso--respondió la condesa visiblemente molestada por la curiosidad del aya--. Mathys ha ido esta mañana a hablar con la directora del convento y a anunciarle la llegada de Elena. Si regresa antes de la noche, podréis preguntarle lo que os interesa. Si cree que debe decíroslo, está bien; pero yo le hecho prometer formalmente que callaría el sitio adonde va a ser conducida Elena mañana.

--¡Ah! ¡mañana! ¡tan pronto!

--Mañana, a las diez en punto, vendrá a buscarla un coche de la ciudad. Estaremos ausentes.

--¿Estaremos ausentes durante mucho tiempo, señora? Porque tendré, por supuesto, que preparar algunos equipajes, y llevar ropa para mí.

--Vos permaneceréis a mi lado, Marta.

--¿Y qué mujer acompañará entonces a vuestra hija?

--Ninguna, irá Mathys solamente. Ya está todo concluído y arreglado. Por otra parte, no es lejos, porque Mathys estará de regreso al día siguiente. El sol se ha ocultado ya tras del bosque; id, Marta, a vuestro cuarto y preparad las ropas de Elena. Haré que os lleven dentro de un momento un par de valijas y unas cajas de cartón. Ocupaos en colocar en ellas las cosas de mi hija, para no tener que apresuraros demasiado mañana. Sed discreta, no digáis nada de lo que os he dicho..., y que la loca llore o grite, no os importe, dejadla que grite como si no la oyerais. Es la última vez que os molestará.

Marta salió de la sala con la sonrisa en los labios y murmurando palabras de agradecimiento, pero así que estuvo sola las lágrimas brotaron de sus ojos y se vió obligada a apoyarse en la barandilla de la escalera, porque sus piernas vacilantes se negaban a sostenerla.

En el primer piso se detuvo en medio del pasillo con el pecho jadeante para que su espíritu tuviera tiempo de recogerse y su valor de templarse a fin de preparar a su hija contra el dolor de la separación, o de consolarla con una falsa esperanza. Era una fatalidad implacable que pesaba sobre ella desde que había pisado a Orsdael; tenía que disimular, fingir, mentir siempre, lo mismo a su hija que a sus indignos verdugos.

Permaneció un momento inmóvil, absorta en sus sombríos pensamientos. Luego, de golpe, irguió la cabeza. En sus ojos negros brillaba una especie de altivez dolorosa y una especie de audacia amenazadora, como si lanzara un reto a sus enemigos invisibles; sus facciones contraídas se distendieron de pronto, sin embargo, y su expresión se tornó tranquila y paciente, al dirigirse a pasos lentos al cuarto de Elena; una suave serenidad iluminaba su rostro, y le dijo a la joven que se arrojó desesperada a su cuello con los ojos llenos de lágrimas:

--Vamos, Elena, mi querida hija; no llores así. Tu desesperación no es razonable. Lo que temes, no sucederá.

--¡Oh, Dios sea loado!--exclamó la joven con una risa nerviosa--. Tenía razón en confiar en vuestro maravilloso poder. ¿Habéis convencido a mi madre? ¿Ya no iré al convento? ¿Puedo quedarme con vos? ¡Oh! ¡Gracias, gracias, mi ángel bueno!

--Siéntate, Elena--dijo la viuda conduciéndola hasta una silla--, y trata de escucharme con calma. El día toca a su fin: tengo que trabajar todavía y no me alcanza el tiempo para conversar largo rato contigo. Es cosa resuelta que vayas al convento.

--¡Oh, Marta, mirad cómo tiemblo!

--Haces mal. Escucha lo que voy a decirte. Mañana a las diez, vendrá un coche a buscarte... ¿Por qué te asustas tanto? No hay la menor razón para ello. ¿Es acaso tan dulce y agradable la vida en este estrecho calabozo?

--Con vos, Marta, este obscuro cuarto es para mí un paraíso en la tierra.

--Estarás seguramente mejor en el convento.

--¡Oh! Entonces, Marta, ¿vienes conmigo? Sí, sí, estoy contenta. ¡Si pudiera irme en seguida de este sitio en que he sufrido tanto!

--Es cierto, hija mía, pero seguramente no partiré en el mismo coche que tú y no me verás en todo el viaje... ¿Te pones pálida otra vez? Trata de dominar tu espanto.

--¡Por amor de Dios, no me engañéis, Marta!

--¿Cuándo os he engañado?

--¡Jamás!... ¡Jamás!... perdonadme esta duda. No sé lo que me pasa, tengo el corazón oprimido, apenas puedo respirar, tiemblo de pies a cabeza; una voz secreta me dice que voy a perderos para siempre. ¡Antes preferiría morir, Marta, a no volveros a ver más!

La viuda, aunque su corazón sangraba cruelmente, dulcificó aún más la voz y trató de calmar a la joven, asegurándole que no se separaría nunca de ella y que estaría siempre a su lado para quererla y protegerla. Por fin, cuando creyó haberlo conseguido agregó: