Chapter 3
Se detuvo y lanzó una mirada casi indiferente al jardín. Era un joven de buena presencia y vestido con esmero. Iba a proseguir su paseo cuando notó a la joven sentada bajo la glorieta, inmóvil y con la cabeza inclinada. Se le escapó un grito ahogado. Se deslizó a lo largo de la cerca y se aproximó sin ruido. A cinco o seis pasos de ella se puso un dedo sobre los labios y balbuceó:
--¡Elena, querida Elena!
La joven se puso de pie temblando y pronta a lanzar un grito de alarma; pero la señal que le hacía el joven y la muda plegaria que se leía en sus ojos detuvieron la voz en los labios de Elena.
--¡Federico! ¡Ah, Federico! idos, apartaos de este sitio.
--¡Silencio, silencio, os lo ruego! No me privéis de este instante de felicidad--murmuró.
--No, no; es preciso que os hable, cueste lo que cueste.
--¡Ay!--suspiró la joven--, mi madre despidió a Rosalía porque vos me hablasteis. Si Marta, mi protectora, me fuera quitada, me moriría de pena.
--No es lo mismo; por otra parte el destino lo quiere; no hay que vacilar. Vamos, querida mía, calmaos; sentaos en el banco; así será menos fácil que nos vean.
Tomó a la joven de la mano y la condujo al banco a pesar de las súplicas y de la resistencia de ella. Una vez sentado junto a la joven, prosiguió:
--Elena, he estado enfermo en Bruselas, en peligro de morir; tranquilizaos, no tembléis así.
--En peligro de morir--repitió la joven--. ¡Oh! era por eso que mi corazón estaba lleno de temores y que lloraba cuando pensaba en vos...
--Gracias, Elena, por vuestro recuerdo. ¿De modo que no me habéis olvidado?
--¿Olvidado, Federico? Vos y Marta sois las únicas criaturas que me habéis amado en la tierra.
El joven meneó la cabeza, y dijo precipitadamente:
--No tenemos tiempo para cambiar palabras dulces. Decidme, Elena, ¿de dónde procede vuestra aya?
--De Bruselas, Federico.
--¿Cuál es su apellido?
--Se llama Marta, Marta Sweerts.
--¿Quién es?
--No lo sé.
--¿No es una parienta del conde, vuestro finado padre? ¿No es vuestra prima o tía?
--No.
--¿No ha sido mandada por alguien de vuestra familia para protegeros?
--No lo creo.
--¿No lo creéis, no lo sabéis?--murmuró Federico con decepción--. ¿La presencia de esa mujer oculta acaso un secreto?
--Sí, sí, muchos secretos; pero no intentéis penetrarlos, tal vez de ellos dependa mi felicidad.
--¿Vuestra felicidad? ¿Estáis bien cierta de que esa mujer sea sincera?
--¡Oh! amigo mío; esa duda es una gran injusticia. ¡Sospechar de Marta, un ángel de generosidad y compasión!
--¿Estáis cierta? ¿No finge? Entonces, Elena, debe ser sin duda de la familia de vuestro padre, porque sólo la voz de la sangre puede inspirar palabras y sentimientos como los que ha expresado delante de mí. Y si no supiera que sois la hija de la condesa de Bruinsteen dudaría de que fuera ésta, y no Marta, vuestra Marta...
--Sí, sí--exclamó la joven con orgullosa alegría--, ¡es mi madre por el alma, por el corazón! ¡Ah, Federico, qué felices deben ser los hijos que tengan una madre así!
--¿Y no os ha dicho por qué os quiere de una manera tan sorprendente, ni quién pueda haberla mandado para consolaros o defenderos?
--¡Ah, Federico! Marta cuenta a ese respecto cosas extrañas. ¿Sabéis quién la ha enviado a mí? Un hombre que hace cerca de veinte años que está en el cielo. Un héroe, un oficial de húsares, condecorado con la cruz de honor.
--¡Un oficial de húsares!--exclamó el joven.
--Sí, un oficial de húsares, que me quería antes que yo naciese.
--¡Ah! ahí está el secreto, seguid hablando, Elena.
--Pues bien, fué él quien la mandó hacia aquí; y cuando Marta ruega por mí se le aparece a menudo, y siempre le ordena que me quiera mucho. Es singular, no lo comprendo, pero es cierto, porque lo dice Marta, y lo que ella dice...
Una grosera carcajada vino a interrumpirles.
Un hombre que estaba en la abertura de la cerca y que extendía el puño hacia ellos, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
--¡Ah, ah, bribona, estás otra vez ahí! Corro en busca de la condesa para hacerle saber lo que pasa aquí. Esta vez te va a salir mal.
Elena se puso vivamente de pie, azorada por aquella amenaza, y huyó hacia la casa dando gritos agudos. Federico trató de calmarla; pero viendo que no lo escuchaba, pasó por la abertura y desapareció tras de la cerca.
--¿Qué hay? ¿Qué ha sucedido?--exclamaron a un mismo tiempo la viuda y la campesina, que habían acudido al jardín--. ¿Quién ha hablado de la condesa en voz tan alta y amenazadora?
--¡Ah, Marta, querida Marta, perdóname!--suplicó la joven asustada echando los brazos al cuello de su aya y poniéndose a llorar sobre su pecho--. He hecho mal. Seréis despedida, y yo moriré de pena y de dolor.
--No, no; tranquilízate, querida Elena--dijo la viuda prodigándole sus caricias para calmarla--. Habla. ¿Qué ha sucedido?
--Federico, Federico estuvo en el jardín...
--¡Ah, Dios mío!--exclamaron las dos mujeres--. ¿Federico estuvo con vos en el jardín?
--Sí, yo quería llamaros; pero me pidió tanto que no lo hiciera. No tuve el valor de hacerlo. Sus ojos, su voz... Mientras que yo lo oía en un culpable abandono de mí misma, el peón jardinero se acercó a la abertura del cerco. Vió a Federico y corrió al castillo para avisárselo a mi madre. ¡Ay, mi buena Marta! lo que yo tendré que sufrir no es nada, me lo merezco; pero vos... Sostenedme, no puedo más, mis fuerzas me abandonan.
El aya oprimió a la joven contra su pecho, y la besó con ternura, murmurando a su oído palabras de consuelo.
--Ven, Elena--dijo la viuda tomándola del brazo--, no podemos permanecer aquí. Tu madre estará aun más irritada si no nos viera regresar inmediatamente.
Antes de salir de la casa del guardabosque, Catalina tomó la mano a la viuda y le dijo:
--Marta, sois la hija de un soldado. Veo lo que pasa en vuestro corazón y admiro vuestro valor. El señor Mathys os defenderá a las dos de las crueldades de la condesa. Id a buscarlo en seguida, llamadlo en vuestro auxilio; él será vuestro protector.
Cuando la viuda y la jovencita se vieron en el camino del castillo se pusieron a caminar a toda prisa; y volvieron a cambiar entrecortadas frases. Elena suplicaba a su aya le perdonara lo que ella llamaba su culpable olvido de sí misma, y deploraba de antemano la pérdida de su generosa protectora; Marta, aunque medio muerta de inquietud, ocultaba su emoción para calmar la desesperación de su hija; y darle el valor necesario para soportar el cruel castigo que sin duda la esperaba.
Vieron a la vieja cocinera que acudía hacia ella con el peón jardinero. Este último, cuando estuvieron cerca, le gritó a Marta con altanería:
--Señora, dadle las llaves del cuarto alto a Mariana; la condesa lo manda. Y no resistáis a su orden, porque si no, recurriré a la violencia para quitaros las llaves. Os está prohibido subir.
--Es cierto, Marta--dijo en tono más dulce la cocinera--. Tenéis que confiarme a la señorita. La condesa os espera en el salón.
--Las llaves--murmuró el aya con espanto--. Y con la señorita, ¿qué van a hacer?
--¡Ah! va a ser severamente castigada por su imprudencia--suspiró Mariana--. Sin embargo, la compadezco.
--¿La van a maltratar?
La cocinera hizo un gesto afirmativo, y viendo que Marta palidecía y temblaba, le murmuró al oído:
--No os alarméis, trataré de estar junto a la señorita hasta que se acabe este asunto.
--Y el intendente, ¿dónde está, Mariana, el intendente?--exclamó la viuda.
--No está en el castillo; creo que ha ido al bosque a hablar con los aserradores. Id en seguida a hablar con la condesa; tal vez, Marta, no se muestre tan terrible como creéis.
--Ten valor, Elena, no llores así--dijo la viuda a la joven atemorizada--. Yo soy la única causante de esto; yo sola soportaré las consecuencias de mi fatal imprudencia.
--¡Ah, no, no!--exclamó Elena--. Sois inocente. Se lo diré a mi madre. Si quiere vengarse de lo que ha pasado, que sea sólo en mí. Os lo ruego, Marta, no me hagáis doblemente desgraciada.
Pero una mirada severa y un ademán imperioso le indicaron que debía someterse sin réplica. Calló y bajó la cabeza.
El aya le dió las llaves a Mariana, miró ansiosamente una vez más a su hija con ansiedad y corrió al castillo temblorosa.
III
Cuando Marta entró en la sala, vaciló un instante, pero luego, armándose de valor, golpeó suavemente a la puerta de la pieza.
--Entrad--respondió una voz en tono seco.
La señora de Bruinsteen estaba sentada en un sillón. Sus ojos inflamados parecían lanzar relámpagos; tenía, sin embargo, una sonrisa en los labios, una expresión de alegría sarcástica y triunfante. Estaba contenta porque un acontecimiento inesperado había entregado indefensa a sus manos a aquella mujer a quien odiaba. Al entrar la viuda murmuró algunas palabras de disculpa; pero la condesa no le dejó tiempo para hablar claramente y exclamó en tono irónico:
--¡Ah, ah! ¿Estáis aquí? Vamos a ver, hipócrita, cobarde, ¿cuánto dinero os ha dado Federico para traicionarme? ¡Hasta dónde puede llegar la falsedad! La señora es modesta, instruída, reservada; hay que medir las palabras con ella, ¡es tan sensible!... ¡Y esta miserable ladrona vende el honor de mi casa, por dinero! ¡Sí, sí! Atreveos a disculparos; sois una desvergonzada; pero vos misma habéis caído en vuestra celada. Nada puede salvaros, se acabó. Si no me contuviera os patearía como a una víbora; pero quiero contenerme; tengo curiosidad por ver qué medios ridículos vais a emplear para eludir el castigo de vuestra baja debilidad. Hablad, sed breve; porque todo es inútil; dentro de pocos minutos vuestra suerte se habrá fijado.
Marta unió las manos y dijo con voz suplicante, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas:
--¡Ah, señora! comprendo vuestra justa cólera, pero dejadme explicaros cómo sucedió esa desgracia. Quizá veais en mis palabras una razón para no ser inexorable con vuestra pobre e inocente sirvienta...
--No os andéis con tantas vueltas, os digo.
--Yo llevé con vuestro permiso a la señorita a casa del guarda. Catalina estaba en el jardín; hice sentar a Elena en una glorieta y entré en la casa con mi amiga, para que la señorita no oyera nuestra conversación. Entonces el señor de Bergmans se deslizó al jardín por una abertura de la cerca y habló con la señorita.
--¿Y vos no sabíais que debía ir allí? ¿Y os imagináis que me vais a hacer creer eso?--exclamó la condesa.
--Creedme, señora; yo ignoraba por completo su presencia en Orsdael.
--¡Vamos, vamos! Me expresáis el deseo de ir a casa del guarda; sois bastante astuta para elegir la hora de vuestro paseo habitual para arrancarme el permiso; colocáis a Elena en el jardín para que pueda hablar con entera libertad con su cobarde adorador; éste acude allí... ¿Y todo este juego, hábilmente combinado, resulta ser ahora una mera casualidad? ¡Debéis tener una opinión muy triste de mí si esperáis engañarme con esas niñerías!
--¡Soy inocente, señora, os lo juro!
La condesa se echó a reír.
--¡Un juramento!--exclamó la condesa--. ¿Qué significa eso en los labios de una infidente descarada? ¿No os di orden de que no perdierais un solo instante de vista a Elena?
--En efecto, señora, en eso falté a vuestras órdenes. Me arrepiento sinceramente de ello; ésa es la única falta que tengo que reprocharme; y por eso es que imploro vuestro perdón.
--¡Perdón! ahora veremos. ¿Permaneció mucho tiempo Federico con Elena?
--Dos o tres minutos, señora.
--Tanto tiempo, ¿y qué le dijo?
--No lo sé, señora.
--¿Y ella no os llamó?
--Creo que sí, señora, pero yo no la oí.
--¡Hipócrita, no le oisteis y estabais a diez pasos de distancia! Os habéis arreglado con la loca para engañarme. Aunque finjáis estar triste y asustada, interiormente, ¿verdad?, estáis contenta. El dinero que Federico os ha dado o prometido, os indemnizará de los resultados de vuestra vil traición. Marchaos, salid del castillo, y esperad delante de la puerta vuestros bagajes. Suplicad y rogad cuanto queráis; no volveréis a poner los pies en el castillo.
--Oh, señora, no seáis inexorable conmigo!--exclamó Marta trémula de emoción--, me despedís de aquí. ¿Adónde iré? Tened compasión de una pobre viuda. ¿Me acusáis de deslealtad? ¿Creéis que he consentido por dinero en exponerme a vuestra justa cólera? ¡Ah! ¡si supierais que daría la mitad de mi vida por seguir a vuestro servicio!
La condesa pareció no escucharla y se puso de pie animada por un nuevo furor.
--En cuanto a la estúpida loca--exclamó--, en seguida tendrá su merecido. Voy a tratar de que no olvide este día; para que no se le vuelva a ocurrir el deseo de ver a mi enemigo. Sí; quiero que en adelante tiemble y tenga miedo al sólo oír pronunciar su nombre.
Estas palabras le arrancaron a Marta un grito de desesperación. Se echó a los pies de la condesa, abrazó sus rodillas y recurrió a las más ardientes súplicas, para mitigar su cólera; pero la señora de Bruinsteen, que la miraba con triunfante ironía, se alejó y la rechazó duramente, mientras le indicaba la puerta, diciendo:
--¡Idos, idos de aquí! No os perdonaré. Durante demasiado tiempo os entendisteis con el intendente para desafiarme y burlaros de mí. Ahora estáis perdida. El mismo Mathys, si estuviera aquí, os echaría, del castillo. Marchaos, basta de cobardías inútiles, basta de mentiras; marchaos os digo. ¿Vais a obligarme a llamar a mis sirvientes para verme libre de vuestras súplicas hipócritas?
Pero la viuda siguió arrastrándose a sus pies y balbuceando todas las súplicas que la desesperación más profunda podía sugerirle. Estas palabras sólo sirvieron para aumentar la cólera y la indignación de la condesa.
--¿Cómo?--exclamó--, ¿os he entendido bien? ¿Perdón? ¿Pedís perdón para la loca? ¿Entonces le tenéis cariño? ¿Os asusta la idea de que reciba el justo castigo de su maldad?
--¡Oh! ¡No, no, señora! Os pido perdón para mí.
--Acabaréis de una vez--gritó la señora de Bruinsteen--. Ya habéis dicho vuestra última palabra en Orsdael. Vamos, ¿queréis marcharos? ¿sí o no?
Y como Marta siguiera de rodillas y llorara tendiéndole los brazos, se puso de pie violentamente, la empujó rabiosa y le dió como adiós un golpe tan violento, que la pobre Marta se golpeó contra la pared y permaneció un instante aturdida.
La puerta de la pieza volvió a abrirse, y una cruel amenaza le devolvió a la viuda la conciencia de su posición.
--Vamos--gritó la condesa--, ¿estáis empeñada en que os eche a la calle?
Marta caminó hacia la puerta y salió de la casa vacilante, aniquilada, deshecha y casi sin ideas. Se imaginaba la escena de violencias y crueles tormentos que Elena iba a sufrir, y su imaginación estaba tan impresionada por aquel doloroso espectáculo, que permaneció inmóvil y como petrificada delante del castillo:
Una voz que pronunciaba su nombre le hizo alzar la cabeza y le arrancó un grito de alegría. Tendió las manos hacia el intendente, que acudía hacia ella dando muestras de impaciencia y de cólera.
--Ya sé lo que ha pasado--exclamó--. Catalina me lo ha contado todo. Pero, ¿qué ha dicho la condesa? ¿Estáis llorando? ¿Os ha maltratado?
--Cruelmente maltratado, señor. Me ha echado, señor; no puedo subir siquiera a buscar mi ropa.
--Está loca, Marta; ¿acaso tenéis la culpa de que ese bribón de Federico haya tenido la idea de reaparecer de repente? Vamos, vamos, reíos de la injusticia de la condesa y volved a vuestro cuarto.
--No me atrevo--dijo la viuda con verdadero miedo--; me haría echar a la calle por los sirvientes.
Mathys la tomó la mano y la arrastró, diciendo con gran agitación:
--¿Echaros a la calle? Quisiera ver que os tocara con un dedo solamente. Se aferra a ese pretexto para echaros. No es de vos de quien se venga, es de mí. Sabe que me hiere al maltrataros; pero ahora veremos cómo van a andar las cosas. No tembléis, aunque estuviera cien veces irritada, cedería, y se volvería mansa como un cordero. No sólo le impondré que en adelante os deje en paz y os respete, sino que le declararé a la vez que os he elegido por mujer y que pronto seréis mi esposa.
--No, Mathys, no hagáis eso; su furor no reconocería límites--exclamó la viuda.
--Ya lo sé; pero, aunque se volviera loca furiosa, poseo los medios de desarmarla. No tengáis temor; si yo se lo exijo, os pedirá perdón por su brutalidad.
--No, no la humilléis, emplead la, persuasión; limitaos a demostrarle mi inocencia, para que me perdone mi descuido de un instante.
--Eso corre de mi cuenta, Marta; yo también tengo que vengarme. Permaneced aquí y tened valor; no saldréis de Orsdael.
El intendente entró y cerró la puerta. Momentos después Marta oyó los ecos de una voz irritada, y apenas hubo dicho algunas palabras la voz más agria aun de la condesa se mezcló a sus amenazas; ora era un rumor sordo; ora era una tempestad que iba siempre creciendo; hubo momentos en que hasta el piso temblaba al choque de violentas patadas.
Marta estaba de pie y toda trémula en la escalera; con la mirada fija en la puerta, escuchando aquella disputa, de la que podía depender su felicidad y la de su hija. Por mucha atención que pusiera no podía entender una palabra; el ruido de las voces amortiguado por la pesada puerta, sólo le llegaba de un modo indistinto y confuso.
El altercado duraba desde hacía largo rato, sin que la señora de Bruinsteen ni Mathys perdieran terreno, ni parecieran rendirse. La voz del intendente había llegado poco a poco al diapasón más elevado, y sin duda la obstinación de la condesa lo llenaba de furor, porque llegó a gritar tan fuerte que la viuda creyó distinguir algunas de sus amenazas. Las palabras de «madre falsa, ladrona de herencias» llegaron a sus oídos y la hicieron estremecer. Sus enemigos estaban hablando del secreto cuyo conocimiento ella perseguía al precio de las más sangrientas humillaciones y los más crueles sufrimientos.
Impresionada hasta el punto de que casi le faltaban las fuerzas, apoyó la mano en la pared y se deslizó hasta la puerta. Su corazón latía violentamente y poco faltaba para que la angustia la venciera.
La voz del intendente seguía gritando con la misma violencia; pero la condesa hablaba al mismo tiempo que él, y Marta sólo pudo oír sonidos mezclados y confusos, y palabras sin ningún sentido. Creyó entender, sin embargo, que hablaban de Elena, del viejo conde y de su herencia. Temblando de impaciencia y de esperanza, apoyó el oído a la puerta; pero su esperanza quedó frustrada porque las voces parecieron calmarse y se debilitaron...
De pronto, como si la condesa le hubiera inferido una injuria sangrienta, el intendente le replicó con nuevo furor. La viuda se inclinó y pegó el oído contra el agujero de la cerradura. En esa actitud oía casi todo lo que decía Mathys.
--¡Ja, ja!--gritaba burlonamente--. ¿Conque también me echaréis a mí? Está bien, os conozco desde hace tiempo, señora, he tomado mis precauciones a tiempo. Habéis sido lo bastante tonta para darme un escrito de vuestro puño y letra. Este documento es una espada suspendida sobre vuestra cabeza. Me obedeceréis, me obedeceréis os digo... o si no, la miseria, la ruina, la cárcel os espera. Yo fuí vuestro cómplice, vuestro instrumento, pero para vengarme...
Marta, mediante un esfuerzo nervioso, concentró todas las fuerzas de su alma en el oído; suspendió la respiración; el secreto que hubiera pagado con su vida iba probablemente a serle revelado.
Pero tuvo que erguirse y retroceder lanzando un grito sofocado. La vieja cocinera bajaba la escalera y se le acercaba sonriendo.
Mariana había visto que el aya tenía el oído pegado a la puerta.
--¿Qué está pasando ahí dentro, Marta, para que lo estéis oyendo con tanta inquietud? ¿Hablan de vos?
--Sí, sí, de mí--murmuró la viuda.
--No quiero molestaros con mi presencia; dentro de un rato me diréis lo que haya pasado, ¿verdad?
La viuda aplicó de nuevo el oído a la cerradura; pero la pelea se había calmado sensiblemente y las voces sólo zumbaban confusas en una conversación común. Después de haber escuchado largo rato e inútilmente, Marta exhaló un doloroso suspiro y se alejó de la puerta. Tenía los ojos llenos de lágrimas; pero consiguió dominar su dolor, al ver que la cocinera estaba todavía en la escalera.
--¿Y qué es lo que han dicho de vos? ¿Os despiden o podéis quedaros?
--- Me echan--balbuceó Marta temblando de emoción y sin entender casi lo que la cocinera le preguntaba.
--Despedida y sin remedio, ¿no queda ninguna esperanza? Es una desgracia, Marta, y os compadezco sinceramente. La señorita me contó cómo pasaron las cosas. Vos no tenéis la culpa.
--¿La señorita?--preguntó Marta--. ¿Cómo se siente? Está muy afligida, ¿verdad?
--¡Pobre criatura loca! Es cosa de llorar de lástima, aunque se tenga el corazón de piedra.
--Teme que la maltraten, ¿no es cierto?
--No, no; otra persona pensaría en ello; ¡pero una pobre loca! ¿Creéis que no piensa en ella? Todo lo que grita es: «Marta, Marta», y sólo la preocupa el que vos tengáis que sufrir las consecuencias de su imprudencia. Es singular; no os demostraba, sin embargo, mucho cariño; hasta creía que os odiaba, y sin embargo, en el momento de perderos, demuestra por vos un cariño extraordinario. Su cabeza está perdida; no sabe lo que dice ni lo que hace.
Se abrió la puerta de la sala y apareció el intendente en el corredor; estaba colorado, y tenía los ojos rojos de cólera. La presencia de Mariana pareció molestarle, e hizo un gesto imperioso para alejarla; pero cambió de idea, le tomó a la cocinera las dos llaves que tenía en la mano y le dijo a Marta, dirigiéndose a la escalera:
--Seguidme, Marta.
La viuda obedeció. La condujo a su propio cuarto, la hizo sentar cerca de la mesa, y le dijo:
--Aquí tenéis vuestras llaves, Marta. El asunto está arreglado; pero no fué sin trabajo; he tenido que emplear los medios más enérgicos para vencerla; podéis quedaros en Orsdael y no tenéis nada que temer.
--¡Me ha perdonado!--exclamó el aya.
--Una mujer como la condesa no perdona jamás.
--Pero, con todo, ¿puedo quedarme?
--Eso no era lo difícil; la señora de Bruinsteen consintió en ello sin mayor resistencia; pero cuando le dije que ibais a ser mi mujer casi le dió de rabia un ataque de apoplejía... ¿Esto os sorprende, Marta? Se diría ¿verdad? que está celosa porque yo distingo a otra mujer. Nada de eso; me odia, pero tiene necesidad de mí, y me teme. Si yo quisiera podría hacerle mucho daño y hasta arruinarla por completo. Por eso querría tenerme bajo su dependencia; pero se acabó, estoy cansado de esta existencia.
--¿Qué terribles secretos hay entonces entre vos y la condesa?--dijo Marta con terror fingido--. Quizá la señora condesa ha cometido alguna falta y vos la sabéis...
--No me preguntéis nada de eso--replicó Mathys--. El día de nuestro casamiento lo sabréis todo. Antes no me arrancaréis una palabra. Vos misma reconoceréis que este silencio era una plausible prudencia. Hablemos ahora de asuntos serios. La escena que acaba de producirse entre la condesa y yo, no nos permite esperar largo tiempo. Debemos apurar cuanto se pueda nuestro casamiento. La maldad de la señora Bruinsteen hallará todavía medio de romperlo. Esta misma noche escribiréis las cartas para que os manden los papeles necesarios de Bruselas, y si tenéis tanta prisa como yo, nos casaremos dentro de seis semanas.
La viuda parecía que ya no le oía y dirigía la mirada con atención particular al fondo del cuarto. Había un escritorio de caoba entre unos bonitos muebles y sillones de terciopelo. Había también cuatro cuadros con marcos dorados. Pero el objeto en que Marta fijaba los ojos, era un cofre con fuertes herrajes que estaba al pie del pupitre.
--¿Estáis distraída, Marta?--observó el intendente--. Decidme, querida amiga, ¿escribiréis esta tarde para que os manden de Bruselas los papeles necesarios? ¿Haréis lo posible, a fin de que no perdamos un instante en celebrar nuestro casamiento?
--Sí, sí--replicó la viuda cuya mirada se encontraba irresistiblemente atraída por el cofre de hierro.