Chapter 2
--Ya lo sé, tendréis que fingir lo contrario y si os obliga a semejante confesión decidle claramente que lo amáis. ¿Os espanta esta idea? ¿Tembláis como una caña? ¿Es tan grande la adversión que os inspira Mathys?...
--Un horror que no puedo expresaros, Catalina. Oídme y juzgad. La semana pasada castigó tan cruelmente a mi pobre Laura, que durante varios días le quedaron las marcas en el cuerpo, los rastros de su crueldad. ¡El miserable marcó sus uñas en las mejillas de mi hija! ¿Y puedo decirle que le amo? ¿Quién sería capaz de violentar así sus sentimientos? ¡Ah! por la felicidad de mi hija sería capaz de afrontar mil muertes crueles, pero me falta valor para esta abdicación de mi conciencia, para este suicidio moral.
--Y, sin embargo, no hay más remedio--dijo la campesina--, o someteros a la odiosa necesidad o ser despedida de Orsdael, dejando a vuestra hija entregada a sus verdugos.
La viuda estaba soportando dolores indecibles; su rostro se había puesto de una palidez mortal, sus manos temblaban de fiebre, los estremecimientos nerviosos recorrían todo su cuerpo.
--¡Qué situación tan terrible!--murmuró--El enemigo más cruel de mi hija me hablará de amor. Tendré que prestar oído a sus galanterías abominables... y decirle: «¡Os amo!», ¡manchar mis labios con estas palabras impías!
Hubo un silencio bastante largo. Cuando Catalina creyó que la emoción de su amiga se había calmado un tanto, repuso:
--Mi buena Marta, ésta es una batalla decisiva, tenéis que calcular las probabilidades con fría prudencia, como un soldado que ve al mismo tiempo la muerte y la victoria ante sus ojos. Quizá no tengáis que hacer un esfuerzo semejante sobre vos misma. Le he suplicado a Mathys que respete vuestro recato; quizá consigáis dejarlo satisfecho con algunas palabras ambiguas. Esperemos que se mantendrá dentro de los límites más estrictos; pero, sea como fuese, acordaos que tendréis que arrepentiros eternamente si, por falta de voluntad, os condenarais a vuestra hija y a vos a la desesperación y a la esclavitud. Tened compasión de vuestra triste suerte. Daría gracias a Dios si pudiera sufrir en vuestro lugar, pero...
En ese momento se abrió violentamente una de las ventanas del castillo, y una voz irritada llamó al aya por su nombre.
--Es la condesa--exclamó Marta asustada--, he dejado pasar la hora... Tenemos que entrar en casa... Alejaos, Catalina. ¡Ay! ¡cómo voy a ser regañada e insultada!
La campesina se alejó diciendo:
--Cueste lo que cueste, Marta, es preciso que os vuelva a ver hoy; quiero retemplaros para la prueba suprema. Yo también he emprendido un combate contra los verdugos de vuestra hija.
La viuda murmuró acercándose a la joven:
--Sígueme, Elena, la señora condesa... tu madre nos llama.
La joven se puso a caminar silenciosamente al lado de su aya, hasta que siguiendo por un sendero estuvieron fuera de la vista de la ventana. Entonces le preguntó con voz casi ininteligible:
--Marta, ¿qué os ha dicho Catalina? ¡Qué pálida estáis! ¿Estáis disgustada, verdad?
--No ha sido nada--balbuceó Catalina--, una triste noticia; en seguida se me pasará esto.
--¡Esa Catalina! no le tengo mucha confianza, Marta. Es muy amable con vos, pero siempre le sonríe con afecto al intendente. Puede que sea una mala mujer.
--¡Una mala mujer!--repitió la viuda--. Es la bondad y la abnegación misma; te quiere como si fueras su propia hija.
--Entonces, ¿la habéis transformado con vuestro incomprensible poder? Antes venía con frecuencia al castillo y más de una vez oyó las crueles injurias que mi madre me infería y nunca noté en su rostro la menor señal de compasión.
--Elena, Elena, eres injusta sin saberlo. Esa mujer daría su sangre por verte dichosa. Un día te explicarás este enigma... Ahora, cállate; ahí viene el jardinero y podría oírnos.
II
El aya estaba sentada en su cuarto con la cabeza baja y los ojos cerrados. De cuando en cuando, su pecho se alzaba y dejaba escapar un triste suspiro.
Por fin irguió lentamente la cabeza y dirigió una mirada extraviada al espacio. Una triste sonrisa vagó por sus labios; la expresión de su rostro era mezcla de sufrimiento, resignación y desprecio. Muy luego, sus sentimientos tomaron otra dirección. Buscó con la mano en su pecho, sacó una caja de oro y la abrió. Miró durante algún tiempo con expresión de espanto el retrato que encerraba. En la disposición de espíritu en que Marta se encontraba, le pareció que los ojos del soldado se animaban y la miraban con airado reproche. Esta ilusión adquirió en su espíritu agitado una especie de realidad y apartó instintivamente aquella imagen como la de un terrible acusador, y aproximó el retrato a sus ojos, murmurando con voz trémula:
--¡Oh mi Héctor, ¡qué severa es tu mirada! No, no dudes de mi valor; cumpliré con la misión que me impusiste en tu lecho de muerte. Si he vacilado al acercarse esta prueba suprema, era por amor a ti, era por defender el corazón que sigue amándote más allá de la tumba, hasta la apariencia de una mancha. Ahora, la lucha ha terminado, la madre ha vencido en mí a la esposa y vaciará el cáliz hasta el fondo. ¡Ah! es un martirio horrible descender así al abismo de la degradación, aunque ello sea para defender a nuestra hija, el gaje de nuestro amor.
Marta se puso de repente en pie como si algún golpe violento la hubiese herido y escuchó palideciendo... Le parecía haber oído un ruido en el corredor. Permaneció inmóvil hasta que salió de su error; pero se le escapó un grito de angustia y se puso a temblar murmurando:
--Valor y energía; y ya tiemblo y palidezco al solo pensar en su aparición.
Se dejó caer en una silla. Sin duda una confianza nueva iba penetrando en ella, porque una sonrisa de reto se dibujó lentamente en sus labios, mientras una chispa de coraje brilló en sus ojos. Se levantó y pasó al otro cuarto, se detuvo delante del postigo y miró, a través del vidrio, a la niña que estaba en un rincón leyendo y estudiando sus lecciones. Marta se detuvo, inmóvil, para no distraerla. Fijó en ella sus ojos como si buscara en aquella larga y profunda mirada la fuerza necesaria para no sucumbir en la prueba temida.
En aquel momento sintió claramente que abrían la puerta. Una ligera palidez decoloró sus pupilas. Su pecho se dilató y su respiración se hizo penosa, mientras volvía a su cuarto. Pero aquella emoción parecía más bien signo de una fuerte voluntad que un acceso de temor. Dirigió una mirada suplicante al cielo y se sentó junto a la mesa. Allí tomó su labor y esperó con indiferencia afectada la llegada de Mathys.
El intendente apareció en la pieza y balbuceó algunas palabras corteses. Aunque fuere día de trabajo, vestía sus mejores ropas, y para ponerse sin duda a la altura de la situación, habíase puesto guantes blancos. Su aparición en aquel traje solemne hizo temblar a Marta en los primeros momentos, pero luego, dominada por la necesidad, se puso de pie sonriendo y respondió al saludo de Mathys con suave amabilidad.
Esta acogida amistosa alentó al intendente, que se aproximó triunfante, y le dijo con expresión ligera:
--Mi querida Marta, estáis sin duda sorprendida de verme en este traje, ¿verdad? Hace tiempo que algo me oprime el corazón... Separados por una enojosa desinteligencia, una pena que no nos atrevíamos a confesar, nos hacía sufrir a los dos; ahora vengo a romper el hielo... El hombre es débil, no os enojéis... yo no tengo la culpa, Marta, de que vos seáis hermosa... y que yo no sea insensible...
El intendente había creído que no le costaría el menor esfuerzo hacer su pedido. Por lo que le había dicho Catalina, sabía que el aya acogería su proposición con una alegría, si no ruidosa, por lo menos sincera.
Sin embargo, su tono familiar y el giro atrevido de sus frases habían asustado a Marta, y, aunque hubiese conservado en sus labios una sonrisa fingida, había en su mirada algo de severo que detuvo a Mathys imponiéndole ser más respetuoso y reservado. No sabía ya qué decir, y balbuceó confusamente:
--De veras... es algo extraño... cuando se está herido en el corazón... las ideas se confunden. ¡El asunto me parecía tan fácil y sencillo!... En fin, a los cuarenta o a los veinte, el amor es siempre el amor... He venido para hablaros de una cosa que sin duda tiene que seros agradable y no sé por dónde comenzar.
--Hacéis mal, señor--dijo el aya con voz dulce--. Hablad; sea lo que fuere lo que tengáis que decirme, os escucharé con atención. Servíos tomar asiento.
--En efecto, así estaremos mejor--prosiguió Mathys algo cohibido--. Sentaos vos también, Marta. Parecéis estar inquieta. Teméis que la condesa nos sorprenda, ¿verdad? No tengáis cuidado; la he hecho ir con un pretexto fútil a la granja grande. Estará ausente una hora por lo menos. Vamos, no somos niños. ¿Puedo hablaros, Marta, con franqueza?
--Con toda franqueza, señor.
--Sí, pero no es como intendente del castillo, ni como vuestro superior que os lo pregunto, sino como amigo.
--Sois demasiado bondadoso, señor.
--Está bien, no comenzamos mal--dijo Mathys restregándose las manos--. En seguida nos entenderemos, Marta. Escuchadme: ¿Habréis notado, verdad, cómo desde el primer día de vuestra llegada a Orsdael os demostré amistad, cómo os protegí contra la crueldad y el odio de la condesa, cómo espiaba vuestros pasos y os seguía para tener la felicidad de encontraros y hablaros? ¿No habéis adivinado, acaso, la causa de este afecto?
--Creo haberla adivinado, señor. Os confesaré que me asusto porque sólo soy una sirvienta.
--¡Una sirvienta! Pero si tenéis la belleza, los ojos de una reina. Desde la primera vez que os vi, Marta, me impresionaron los encantos de vuestra persona, de vuestro lenguaje, de vuestra seductora sonrisa... No tembléis así, amiga mía; mis intenciones son puras y honradas. Ya sé que en materia de pudor sois muy severa y hasta muy hosca. Esa reserva me engañó en un principio, haciéndome creer que me despreciabais. Pero atribuyo un alto precio a la bondad, sobre todo en vos, hermosa Marta. Así, pues, es superfluo que os diga que os amo, lo sabéis de hace tiempo; sin embargo, todavía no conocéis la extensión de mi afecto. Noche y día pienso en vos, y vuestra imagen no me deja sosiego; mi más hermoso sueño consiste en haceros la compañera de mi vida, para jamás apartarme de vos, buena y querida Marta.
Al pronunciar estas palabras apasionadas, Mathys tomó la mano de la viuda.
Esta estaba pálida y a pesar de los violentos esfuerzos que hacía sobre sí misma, no podía dominar sus emociones, ni su visible estremecimiento.
Felizmente Mathys se equivocó con respecto a aquella emoción.
--Perdonad, Marta--dijo con más calma--, perdonad el sentimiento que me arrebata. ¡Ah! os lo ruego, antes de que os declare formalmente el objeto de mi visita, decidme que no habéis permanecido indiferente a mi cariño. Sé que vuestro corazón es sensible y agradecido, pero me sería muy dulce sentir una palabra halagüeña de vuestros labios queridos.
--¿Qué queréis que os diga?--balbuceó Marta casi dominada por la angustia--. ¿Qué deseáis que os responda?
--Una sola palabra: un «sí» quedo y breve, Marta. Marta, ¿me amáis?
El aya bajó silenciosamente la cabeza; su frente y sus mejillas se cubrieron de un vivo sonrojo. Sufría atrozmente y luchaba con desesperación contra la vergüenza que le causaba y le oprimía el corazón. Mathys la miraba con expresión de alegría y de triunfo. El, que era ya viejo, conseguiría por mujer una criatura hermosa, buena y que se sonrojaba como un niño a la primera palabra que pudiera rozar su rubor. Respetó un momento su silencio y preguntó:
--¿No me decís nada, Marta? ¿Me negáis la palabra que ha de hacerme feliz?
--Una mujer... mi posición respecto a vos. ¿Me exigís, me arrancáis esa confesión?
--Os lo suplico, Marta.
--Pues bien, sí--dijo el aya con voz casi ininteligible.
Mathys abrió los brazos y lanzó un grito; pero la viuda se alzó de un salto de su silla, y con una mirada, que la indignación y el miedo hacían irresistible, exclamó:
--Señor, señor, no ofendáis mi dignidad de mujer. Si queréis convencerme de que realmente me amáis, respetad al menos vuestro amor por mí.
--Tenéis razón, Marta; la felicidad me hace perder la cabeza--murmuró el intendente, dominado y casi desconcertado--. Volvamos a sentarnos y escuchadme. Hacéis mal en asustaros por la demostración primera de mi amor sincero, y vais a reconocerlo inmediatamente. Oídme, querida amiga; hace quince años que soy intendente de la condesa de Bruinsteen, he ganado bastante dinero y gastado poco. He reunido una pequeña fortuna, y puedo hacer independiente y feliz a la mujer que elija por compañera. Mi corazón es joven, mi salud es buena y estoy lleno de vida. Vuestro dulce lenguaje, vuestras maneras honestas, algo inexplicable, el encanto misterioso de vuestros ojos... ¡Ay, ay! me estoy poniendo hablador... Bueno, bueno, ya sospecháis lo que os quiero decir, Marta. Consentís con alegría, ¿verdad? Vuestra vacilación... Pero, ¿acaso no me comprendéis?
--No me atrevo a comprenderos, señor--respondió el aya--. Un favor, un honor semejante para una pobre sirvienta...
--Me habéis comprendido, Marta. Pues bien, hablaré claramente. ¿Queréis ser mi mujer y compartir mi fortuna? Dadme la mano y no agreguemos nada más.
Marta puso su mano en la suya.
--Estáis conmovida, tembláis--exclamó alegremente Mathys--. Es natural, yo mismo tiemblo de alegría. Calmaos ahora, Marta, que todo ha concluído. No me agradezcáis, querida amiga, que os ofrezca una existencia libre y exenta de inquietudes, porque vos me aportáis todo lo que un hombre necesita para ser feliz. Estamos, pues, a mano. Hay personas que van a tratar de impedir nuestro casamiento; no les dejemos tiempo para que nos susciten serios obstáculos.
--¡Sí, la condesa!--dijo el aya suspirando--. Me echará del castillo así que sepa lo que acabáis de decirme.
--¡Echaros!--exclamó el intendente con una sonrisa de desprecio--. La condesa se pondrá furiosa y os injuriará probablemente; pero no temáis nada; haga y diga lo que quiera, tendrá que someterse a mi voluntad. Poseo medios infalibles para vencer su resistencia.
Una chispa de secreta esperanza brotó en los ojos de Marta; alzó la cabeza, dió a su fisonomía una expresión seria, y dijo:
--Perdonadme, señor; pero me parece que, sin ser indiscreta, he conquistado desde hace un momento el derecho de interrogaros respecto de cosas que me inspiran cierta desconfianza y que me inquietan.
--Tenéis, Marta, todos los derechos de una prometida.
--Pues bien, señor, demostradme que sois sincero. Desde hace tiempo me pregunto por qué la condesa os persigue y espía sin cesar. ¿Por qué la amistad que me tenéis le inspira una especie de celos y la pone furiosa?...
--¡Bah! es sólo porque me odia, y no le agrada que los servidores tengan por mí más respeto y afecto que por ella.
--Quiero creeros... ¿Si me engañarais, sin embargo?
--Qué ideas tenéis, Marta.
--¡Está bien! Si no fuera más que por esas apariencias, señor, haría mal en estar inquieta; pero hay otro misterio que me espanta; a pesar de vuestro importante cargo de intendente, estáis al servicio de la condesa, es vuestra ama, tiene derecho a vuestra obediencia. ¿Cómo es, entonces, que cuando ello es necesario, se encuentra bajo vuestro dominio y tenga que someterse a vuestra voluntad, como decís vos mismo?
Aquella pregunta pareció confundir a Mathys, porque balbuceó una respuesta confusa. Esta vacilación hizo que Marta se estremeciera de esperanza y alegría; pero, sin embargo, prosiguió con fingida tristeza:
--¿La causa de vuestra influencia sobre la condesa no será acaso de tal naturaleza que no pueda conocerla la mujer a quien habéis ofrecido vuestra mano, y no podría suceder que si yo la descubriese me viera en el caso de rechazar vuestras proposiciones? Disculpad que os hable así, porque me veo obligada, a pesar mío, a sospechar de vuestra sinceridad.
--Nada de eso, querida Marta, estáis equivocada. El asunto de que habláis no puede tener influencia sobre nuestro afecto recíproco ni afectar en nada mi lealtad.
--¿Por qué ese interés en ocultarme esa razón con tanto empeño?
--Hay cosas que no pueden decirse--murmuró Mathys--, sobre todo cuando carecen de interés para aquella que... que desea conocerlas.
--¿Entonces es un secreto?--exclamó el aya--. Un secreto entre vos y yo... ya.
--Pues bien, sí, es un secreto--respondió Mathys--. Mi honor, y, por consiguiente el vuestro, Marta, puede depender de la menor indiscreción a ese respecto.
--¡Oh! tranquilizadme, señor, disipad esta duda de mi espíritu, acordadme esa prueba de vuestro amor.
--No, Marta, sólo mi mujer puede tener el mismo interés que yo en guardar este secreto.
La viuda juntó ambas manos y suspiró acariciándolo con la mirada, y palpitando de emoción:
--¡Mathys, Mathys, os lo ruego, os lo suplico!
--El día de nuestro casamiento conoceréis el secreto, antes no. Tengo que permanecer inflexible por grande que sea la emoción que experimento bajo vuestra mirada... Pero, ¿qué es lo que oigo? Esa voz que se oye abajo... ¡Es la condesa! Se ha vuelto a toda prisa, furiosa sin duda de que la haya engañado. Tengo que irme, Marta. Cuando esta causa de mal humor haya pasado, le anunciaré nuestro casamiento. Estáis de nuevo temblando, calmaos. Si la señora llega a venir y os interroga decidle que os he reprendido. Eso la alegrará. ¡Adiós! La condesa anda gritando como una loca; me busca. Más tarde hablaremos de los medios de apresurar nuestro casamiento.
Marta lo siguió y acompañó hasta la puerta; pero, habiendo pasado un brusco capricho por el espíritu del intendente, se volvió y tomó a Marta en los brazos. El aya dió un salto hacia atrás dando un grito, y Mathys salió de la pieza echándose a reír.
La viuda se dejó caer en una silla y se puso a llorar de vergüenza y de dolor. De cuando en cuando alzaba los ojos al cielo. No le dejaron tiempo, sin embargo, de aliviar el corazón. La condesa entró bruscamente en el cuarto y echando a todas partes miradas furibundas, se puso a gritar:
--¿Dónde está el intendente? Os pregunto, ¿dónde está el intendente? ¿No me oís acaso, insolente?
--Estaba aquí hace un momento, señora--respondió Marta.
--¿A dónde ha ido?
--No lo sé, señora.
--¿Qué significan, veamos, esas lágrimas y esa palidez?
--Me ha retado, señora.
--¡Os ha retado! ¿y por eso lloráis?--exclamó la condesa dulcificando el tono--, ¿os ha maltratado acaso?
--Me ha dicho palabras que me han afectado mucho.
--Es un hombre falso y cruel, ¿verdad?
--Sí, señora, es un hombre falso y cruel.
--¡Bah! no reparéis en sus maneras brutales. Ahora lo voy a arreglar yo a ese insolente... Burlarse de mí, hacerme ir hasta la granja grande por un motivo ridículo... Vamos, Marta, consolaos, más vale que él os maltrate a que quiera engañaros con su falsa amistad. Secad vuestras lágrimas e id a pasear al jardín.
--Señora--dijo el aya cuya atención se había despertado al oír estas últimas palabras--, desearía ir hasta la casa de Catalina, la mujer del guardabosque. Eso me consolaría un poco en medio de mi desgracia.
--No hay ningún inconveniente para negaros esa distracción, Marat, pero preferiría que, desde mañana, permanecierais más tiempo en el jardín con Elena; me desagrada el tener que llamaros como ayer casi al caer la noche. Mirad, llevad a Elena a casa del guardabosque. Catalina es una mujer prudente. Colocad a la loca en un rincón y cuando hayáis conversado con vuestra amiga, volveos al jardín; pero tened cuidado de no perder de vista a Elena ni un solo instante.
--Ni un instante, señora.
--¿De modo que no sabéis dónde está el intendente?
--No, señora, se marchó corriendo en cuando sintió vuestra voz abajo.
--¡Qué cobarde! se habrá ido a esconder, pero lo encontraré. Tengo que averiguar por qué se ha burlado de mí.
Dichas estas palabras, salió renegando, y se alejó rápidamente.
Esta conversación le devolvió a la viuda las fuerzas necesarias para dominar los impulsos de su corazón. ¿Tenía, en efecto, un gran deseo de ver a Catalina? ¿O más bien deseaba alejarse de la casa para evitar en lo posible una entrevista con el intendente? Reflexionó un instante, se secó los ojos y las mejillas y abrió la puerta del cuarto de Elena.
--Querida niña, guarda tu libro--le dijo--. Vamos a ir a pasear. Tu madre nos ha dado permiso para ir hasta la casa de Catalina.
La joven se puso de pie rápidamente y, como si aquella sonrisa la colmase de felicidad, unió sus manos; pero inmediatamente las dejó caer y quedó inmóvil; luego le preguntó a su aya:
--Marta, ¿qué os ha sucedido? Tenéis los ojos colorados. ¡Si habéis llorado!
--No ha sido nada, mi buena Elena, el intendente me reprendió.
--¡Ah! Dios mío, ¿os maltrató como a mí?
--No, no; de palabra, de palabra solamente. Te asustas sin motivo. Apúrate; tu chal. ¡Está el tiempo más hermoso!
La joven estaba acostumbrada, desde hacía tiempo, a obedecer sin replicar, y a no insistir nunca cuando el aya le expresaba el deseo de no ser interrogada. Estaba convencida de que Marta le ocultaba muchos secretos; pero creía que de eso dependía la permanencia en Orsdael, de su protectora. Se preparó silenciosa y luego siguió al aya.
Al llegar a la puerta del castillo trató de consolar a Marta, diciéndole palabras alegres; pero viendo que estaba absorta en sus pensamientos melancólicos, caminó silenciosamente a su lado.
La casa del guarda estaba abierta; no había nadie en ella; pero después de buscar algún tiempo vieron a Catalina, ocupada en arrancar las malas hierbas en el jardín.
Así que la campesina vió a la joven y a su aya, se incorporó y fué a recibirlas. Una ardiente curiosidad se leía en sus ojos, y, mientras se iba acercando, interrogaba al aya con la mirada. Después de haber saludado cortésmente a la jovencita se volvió hacia su amiga, y murmuró:
--Vuestra venida a mi casa me indica que Mathys os ha halado. ¿Cómo han pasado las cosas? ¿Quedaréis en Orsdael?
Marta le hizo comprender por una seña misteriosa que no podía hablar de esas cosas delante de la señorita. Paseó la vista por todos los puntos del jardín. Este estaba rodeado por una espesa cerca, y al fondo había un banco cubierto de yedras y madreselvas. Se veía en verdad una abertura en la cerca, pero quedaba cerca de la casa, y alguien que estuviera bajo aquel techo de follaje no podría ser visto desde afuera.
--Anda, Elena, siéntate en el banco, bajo la glorieta--dijo el aya--. Tengo que entrar en la casa con Catalina, para hablar de un asunto importante. Toma, aquí tienes mi bolsa de labores, en ella encontrarás un tejido. Ten paciencia, que volveré a buscarte dentro de algunos minutos.
Se alejó, y entró en la casa con Catalina, cuyo corazón palpitaba de curiosidad.
La joven caminó lentamente por el sendero; recogió aquí y allá algunas flores, e hizo un ramito, que se puso en el seno. Después se sentó en el banco y se puso a concluir la gorra que Marta había comenzado. Mientras que sus manos manejaban rápidamente las agujas, su mirada vagaba delante de sí, meditabunda y olvidada de lo que hacía. El aya tardaba más de lo que había dicho; pero Elena no parecía reparar en ello. Quizá pensaba en las huellas de las lágrimas sorprendidas en los ojos de Marta; quizá se preguntaba cuál podía ser la causa del misterio que la rodeaba. Quizá también una imagen querida se alzaba ante sus ojos; porque a veces una sonrisa se dibujaba en sus labios. Sea lo que fuera, sus pensamientos se fueron volviendo tan absorbentes que dejó de tejer y su cabeza se inclinó suavemente sobre su pecho como si sus ojos se hubieran cerrado para mirar más profundamente dentro de sí misma.
Mientras estaba sumida en sus meditaciones, un hombre atravesó el agujero de la cerca y penetró en el sendero.