La Niña de Luzmela

Part 8

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El enfermo, de tarde en tarde, abría los ojos para mirarla sin encono y sin perfidia, como nunca la había mirado; y desde aquel día Carmen le cuidaba dulcemente, y le hablaba algunas breves frases consoladoras. Él, para contestarla, parecía como si hiciese un esfuerzo, tratando de adulcir la amargura de su voz, y ya nunca volvió a aojarla con expresión satánica de maleficio. Cuando le acometían las crisis tremendas de temblores y ayes, Carmen rezaba suavemente, con el bello semblante compungido, y sobre las palabras impías del enfermo tendían sus plegarias un callado vuelo de tórtola, que parecía purificar aquel pesado ambiente de dolor y de terror....

Había caído la niña de Luzmela en una languidez insana y penosa.

Todo su cuerpo apabilado se desmadejaba en trágico abandono. En sus ojos divinos ya no lucían ensueños ni ilusiones, ni en sus labios había sonrisas gloriosas, ni aleteaba en su pensamiento el ave azul de la esperanza.

Se habían apagado todas las luminarias que la diosa juventud encendió triunfante en su corazón enamorado; habían enmudecido para ella todas las promesas del porvenir y se le habían cerrado todos los horizontes de sol, todos los caminos de rosas....

De aquel libro pequeño, que le dió condolido el padre cura, tomaba todos los días unas palabras y trataba de hacerse con ellas una vida humilde, llena de evangélica conformidad; pero aquel esfuerzo la dejaba siempre la boca amarga y el alma trémula, y la voz y los ojos llenos de lágrimas.

Toda estaba envuelta en una melancolía fatal, en una indiferencia morbosa que la iba consumiendo.

Su belleza tomaba un aspecto de ocaso prematuro que inspiraba compasión.

Abandonado el esmero de su persona, inerte, con una atonía enfermiza v dolorosa, parecía una planta afotista sin flores ni galas.

Y en medio de aquella languidez espiritual y de aquella debilidad física, el deseo de ser santa ardía en su corazón con encendimiento tenaz, atormentándole con la punzada hiriente de una idea fija.

Era aquella la única luz que, con parpadeo vacilante, brillaba en su existencia.

V

Pasó un mes lento y sordo, a media luz, con las nubes a ras de la tierra, y llegó marzo alzando un poco la frente sobre las montañas gigantes que ensombrecían la vega.

Cuando marzo llegó, el enfermo de la casona se estaba muriendo. El médico que le asistía solicitaba «una consulta» con acento augural, y doña Rebeca había llamado a Salvador pensando: éste no me cobra nada....

Entró el señor de Luzmela en el cuarto de Julio, con el alma abierta, un alma que rondaba en infatigable guardia de honor en torno a la niña triste de los ojos garzos. Ella estaba allí, tímida y culpada, ante la mirada elocuente de su amigo. Delante de él se abrían en el corazón de Carmen todas las grietas profundas del dolor, porque aquel corazón atormentado pedía paz y calma y suspiraba por descansar en otro corazón blando y generoso; pero cada día una nueva meditación religiosa traía sobre aquellas ansias su mandato austero y rígido, helado como los soplos invernales que gemían en la casona al través de todas las rendijas de los muros y de las puertas. Y al sentirse empujada al descanso y a la dulzura, Carmen subía su sacrificada voluntad a la excelsitud del propósito encendido en su alma, y sus labios, plegados en muda queja, musitaban:--Quiero ser santa..., quiero serlo.

La miraba Salvador aquella tarde sin reproches ni desvíos, adivinando toda la tormenta ruda y callada de aquel inocente espíritu. Una compasión inmensa le dolía en el corazón y le ponía en los ojos un fulgor ardiente de ternura.

Todo el aspecto de la muchacha era una viva lamentación de pena y de trabajo; el médico veía con espanto que Carmen finaba lentamente, en un profundo descuido de la vida.

Nada se dijeron al verse en el cuarto de Julio; se buscaron los ojos, y ella bajó los suyos, cobarde y sobrecogida.

Después de examinar al enfermo, salieron los dos médicos a conferenciar a la sala; hablaron de «salicidad» y de «patomanía» y se condolieron, con un poco de amargo desdén, del temperamento proclive y relajado de aquella familia.... En el comedor les esperaba doña Rebeca, y entonces Carmen se acercó a Salvador como aguardando algunas palabras amistosas. Pero él sabía que, al hablarla, le iba a temblar mucho la voz, y se quedó callado y contemplativo, rimando, en una mirada codiciosa y compasiva, todo el poema desesperanzado de sus amores.

Ella, por quebrar aquel silencio triste entre los dos, le dijo:

--¿Se muere Julio?

Respondió él únicamente:

--Sí....

--¿Y de qué se muere?

Pensativo y como lastimado por aquel interés de la muchacha hacia el enfermo, Salvador repuso entre dientes:

--De... perversidad.

Carmen bajó hacia el suelo los párpados, cargados con la sombra divina de las pestañas, y murmuró:

--¡Pobre!...

Se quedó luego suspensa, sin alzar los ojos ni la voz, con los brazos caídos. Parecía más alta, y, en la luz muriente de la tarde, daba una nota de emoción dulcísima, una delicada nota de sentimiento pasional....

Doña Rebeca, con mucho aparato de sollozos, se enteraba del próximo fin de su hijo y pensaba con terror en los gastos del entierro.

Ya los médicos se despedían, andando despacito con la señora a lo largo del corredor, cuando Salvador, vuelto hacia Carmen, que se quedaba sola, le dijo:

--No sentirías tanto mi muerte como la de Julio....

--¡Tu muerte!--exclamó ella.

Pero Salvador ya se alejaba, sin aguardar contestación, y Carmen se volvió al lado del moribundo, pensando en su amigo con agitación extraña, con vago arrepentimiento, mientras que doña Rebeca y su hija se oscurecían hacia un rincón, en amarga disputa....

Ya la muerte había llegado a la alcoba de Julio y se había aposentado encima de la cama. Estaba sola con su víctima, y Carmen la saludó muy cortésmente haciéndose sobre las sienes la señal de la cruz.

Aunque la niña no conocía a la vieja de la guadaña, al punto que entró en el aposento «la sintió» y dijo:

--Ya está aquí.

No creyó ella que llegase tan pronto, y pensó, un momento, en avisar a la familia del agonizante; pero en seguida se acogió a la dulce idea de procurar que fuese apacible aquella última hora del infeliz peregrino, y que no le amedrentasen los gritos desatinados de las señoras de la casa.

Quedóse mirando con respeto la figura triste de aquel hombre, detenido por la muerte en la más lozana senda de la vida, y recordó una elocuente oración de su libro que rezaba:

-«¡Oh, día clarísimo de la eternidad que no le oscurece la noche, sino que siempre le alumbra la suma verdad; día siempre alegre, siempre seguro y sin mudanza!... ¡Oh, si ya amaneciese este día y se acabasen todas estas cosas temporales!...»

Carmen se sumergió en la mística contemplación de _aquel día_ y le pareció que se le iba acercando con una amaneciente claridad, espesa y húmeda como vaho de lágrimas. Sintió un dolor lancinante en el corazón y otro en la cabeza, y pensó: ¿también yo tendré, como el padrino, rota una cosa en la frente y otra en el pecho?...

Las escenas lejanas de la muerte del de Luzmela se le aparecieron en una confusión tenebrosa, y se quedó «mirándolas» con los ojos abiertos y parados sobre la vidriera plegada del balcón.

Creyó sentir entonces que una cosa dura golpeaba los cristales con siniestro aleteo.... ¿Si sería la _nétigua_?

Se acercó a observar, andando de puntillas con infantil sigilo. No era la _nétigua_.

Sobre las nubes grises ningún ave tendía las alas.

Había una infinita melancolía de desierto en la mansedumbre apacible del atardecer.

Se apagaba el día en una quietud, en una soledad como de tumba sin flores ni plegarias.

El cielo, bajo, inmóvil, deslucido, daba la impresión indecisa de un alma sin anhelos, de un corazón sin latidos.

Y encima de un cristal, un listón desprendido de la cornisa golpeaba lento cuando le estremecía, al pasar, una brisa sin rumores que bajaba de la montaña....

Carmen, suspirando, se sentó en el borde del lecho al lado de «la intrusa», y se puso a rezar por el alma del agonizante.

Ya Julio no se quejaba. Había caído en prolongado estado comatoso, y rígido, yerto, se acercaba al día _siempre seguro y sin mudanza_ de la eternidad.

Moría sin fatiga ni dolor, como en un dulce descanso de aquella enfermedad misteriosa y horrible que había sido toda ella un estertor violento y una fatal agonía. Tenía los ojos entoldados por la nube fatídica del _no ser_, y la boca seca y dura, abierta en una mueca desgarrante. El delirio espantoso que padeció en los últimos días impidió que se le administrasen los Sacramentos, salvaguardia de las sagradas promesas de salvación. Un sacerdote había llegado aquella tarde con los Santos Oleos, y luego de haber ungido al moribundo, se había marchado entristecido de no poder decirle cosa alguna a la pobre alma viajera.

Sólo Carmen hablaba con la fugitiva en un coloquio de férvida compasión. Le decía, sin voz, en secreto de inefable gracia: ¿Por qué has dado tantos gritos malos, alma de Julio?... ¿Por qué has dicho tantos pecados y tantas palabras feas?... ¿Por qué te has asomado a mirarme con odio, y por qué me has amenazado y me has perseguido?... ¿Por qué, di, maltrataste a mi Niño Jesús aquella noche?...

Todavía iba a preguntar ¿por qué te reiste como un demonio cuando Fernando me engañó?

Pero sin hacer aquella última interrogación se levantó solícita y atenta, porque había crujido la hoja del jergón bajo el cuerpo trémulo del agonizante.

Carmen, poseída de piedad, comenzó a decirle con su voz hialina, como susurro de arroyo:

--Yo te perdono, Julio; yo tengo mucha lástima de ti...; yo te quiero...; y Dios también te quiere y te perdona...; no te mueras con rencor ni con maldad...; reza..., reza el nombre de Jesús...; ya amanece tu día, Julio....

Tembló otra vez la cama, y dos gotas de turbio cristal rodaron por las mejillas lívidas de Julio. Sus labios de cirio se contrajeron con una postrera desgarradura, y Carmencita, inclinándose sobre aquella despedida suprema, le besó en la frente con una caricia sedosa y pura, llena de celestial encanto....

Cayó en la habitación el manto de la noche sin estrellas ni luna, y el listón desprendido de la cornisa golpeó en el cristal con lento soniquete....

VI

En el palacio de Luzmela anidaban el dolor y la zozobra, en ayuntamiento infeliz.

Salvador, incapaz de contener por más tiempo en su corazón la marejada viva de sus tormentos amorosos, se los había confiado a la anciana Rita, en una buena hora de alivio y descanso, llevado a la intimidad, blandamente, por el afecto y confianza que le inspiraba la excelente mujer, y por el agobio violento de su carga de pesares.

Después de la confidencia, se quedó Rita llena de inquietud y de pena. Movía la cabeza de arriba a abajo con una expresiva manifestación de asombro desconsolado, como diciendo:--¡Válgame Dios!... ¡Válgame Dios!...

Mientras tanto el médico se paseaba, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos errantes en las pálidas flores de la alfombra....

Tardó Rita en ordenar sus pensamientos, que saltarines y revoltosos, iban de aquí para allá lastimando el cerebro fatigado de la pobre vieja. Hizo un gran esfuerzo para arreglar aquel barullo mortificante de ideas desmandadas, y fué colocando cada cosa en su sitio dentro de su cabeza, con toda la serenidad posible, diciéndose a la vez: «De modo que el señorito quiere a la señorita _para casarse con ella;_ que la niña no le quiere a él y está empeñada en hacerse santa y mártir en la casona, sufriendo a los mismísimos diablos... y que además se muere porque está comalida y allí no tiene _tresno_ ni cosa que lo valga....»

Y, en alta voz, mirando compasiva al abstraído paseante, inquirió:

--Y don Rodrigo, el del Nidal, ¿no tiene poderío para terciar entre usted y la niña y hacerla salir de aquella cueva de lobos?

Rompió su caminata Salvador y se dejó caer, fatigado, en una silla, para responder:

--Ya acudí a don Rodrigo y estuvo en Rucanto; pero Carmen no quiso decir la verdad; ciega en la manía de sufrir, disimuló el martirio que padece en términos de engañar a su tutor; él es algo indiferente, no le gusta mucho molestarse, y se alegró de poder volverse a casa muy tranquilo, sin más diligencias.... ¡Todo el mal está en que Carmen no me quiere!

Y estas últimas palabras temblaron en el silencio del salón saturadas de tristeza.

Anhelaba Rita consolarle.... ¡Le tenía tan en el alma! Cariciosa, le dijo:

--La niña le quiere...; hablóme de usted, poco hace, con mucha ley...; pero para quererle como cortejo tendrá algún reparo.... ¡Como se ha dicho que si usted y ella eran hijos del señor!...

El médico, conmovido por súbita esperanza, con inseguro acento murmuró:

--Pero ella sabe que no somos hermanos....

Y se quedó seducido por la magia de una ilusión confusa, pensando: ¡Si Carmen me fuera esquiva sólo por ese temor!...

Después, como hablándose a sí mismo, fué diciendo:

--Ese libro que le dió el padre cura la confunde.

--Sí--dijo Rita--; es un libruco pequeño.... ¿Verdad?... También a mí «me le sacó» y me relató en él unas cosas muy apuradas «de comer y beber lloros».... ¡Válgame Dios!...

--El libro es hermoso..., un magnífico libro, Rita; pero ella está muy débil y enferma para una medicina tan amarga, y toma del libro, cada día, lo que tiene más de cauterio y revulsivo para curar los males en almas fuertes y viriles.... Así se pone peor..., así se está matando....

--¿Pero está _picada_ del pecho, señorito?

--Picada está de locura....

Y Salvador, alzándose de la silla, volvió a cruzar el salón al compás de sus cavilaciones, mientras Rita suspiraba al son de las suyas....

VII

Aprovechó el médico la ocasión de haber sido llamado a la cabecera de Julio para menudear sus visitas a Rucanto, y doña Rebeca le recibía muy amable.

Narcisa, en cambio, le ponía una cara feroz y le zahería con irónicas frases, que alcanzaban con su acritud a la niña de Luzmela.

Pasaba Salvador grandes fatigas en aquellas ocasiones; pero las soportaba con resignación y hasta con alegría, compensado por el incomparable placer de hablar a Carmen y de mirarla.

Había tratado de averiguar si en la casona se tenían noticias de Fernando, temiendo que la voluntad tornadiza del marino le hubiera inducido a volver el pensamiento al punto donde, con rara liberalidad, dejó quietas sus últimas tentaciones de amor. Pero, con gozo, vino a convencerse de que el ambulario mozo se había sumido de nuevo en la aventura de su vida errante, sin dejar en el camino otra huella que la que deja un ave en el espacio con sus alas, o en el mar una onda con sus espumas.... Tampoco de Andrés había en Rucanto más que remotas nuevas en aquella temporada. Se le había visto en el alto puerto de Cumbrales, en montaraz vagancia con los pastores, y luego decían que «se había corrido» hacia Reinosa, con una cuadrilla de gitanos.

Cobró con esto Salvador un asomo de tranquilidad y un respiro en el anhelo con que llegaba a la casona, siempre que a ello se atrevía.

Una de aquellas tardes que fué, encontró sola a Carmencita, y apenas se saludaron, le preguntó Salvador:

--¿Todavía lees aquel libro que te hace desvariar?

Ella dijo, con su voz de melodía triste:

--Todavía....

--Pues yo voy a traerte otro libro santo muy alegre, con tapas azules y letras de oro, si me prometes que leerás en él un poco todos los días.

--Si dices que es santo....

--Ya lo creo; es el Evangelio..., ¡figúrate!

--Tráemele pronto....

--Mañana.

Se quedaron callados, mirándose. Ella tenía un destello de curiosidad en los garzos ojos entristecidos. Él, con los suyos, le estaba diciendo un delirante discurso inflamado y sumiso. De pronto, la niña se le acercó confidencial, con una íntima confianza rota por ella entre los dos, tiempo hacía, y le dijo:

--¿No sabes que la pobre doña Rebeca no tiene ni un céntimo?... Ahora, conmigo, es mucho mejor que antes....

Salvador, precipitadamente, interrogó:

--¿Quieres tú dinero?

Ruborizada, torpe, confesó:

--Quisiera tener un poco para dárselo.

--¿Pero tú no necesitas nada para ti?

--Para mí no.

--Yo veo que te hacen falta muchas cosas, Carmen.

Ella repitió con desaliento:

--Ninguna cosa me hace falta....

Ya Salvador tenía en las manos su cartera, y tomando algunos billetes que contenía, los puso sobre el regazo de la muchacha.

--Yo te daré--le dijo con ardor--todo lo que necesites..., todo lo que quieras..., todo lo que tengo....

Ella, al mirarle, todavía encendida y confusa, le contestó:

--Gracias...; ¡eres tan bueno!...

--¿No sabes que lo mío todo es tuyo?

Se sonrió Carmen preguntando:

--¿Por qué ha de ser eso?

--Porque Dios lo ha querido así..., y si yo tenía algo que era mío únicamente..., ya te lo di hace tiempo; te lo di en absoluto, para siempre, y me he quedado sin nada.... ¡Si tú quisieras!...

--¿Qué?--preguntó la niña.

Y entró Narcisa como un huracán, vociferando:

--Mamá está un poco mala, y yo no puedo estarme aquí llevándoles a ustedes la cesta.... Con que....

Carmen y Salvador se pusieron en pie, sobrecogidos, y los billetes que la muchacha tenía sobre el regazo cayeron desparramados por el suelo.

--¿Qué es eso?--preguntó colérica la de la casona, con el gozo cruel de haber descubierto una intriga tenebrosa.

--Esto es... nada que a usted le importe--contestó el médico, alterado.

Y Carmen, atolondrada, se quedó quieta y muda.

--Esta casa--increpó entonces Narcisa, como un basilisco--no se ha prestado nunca a... porquerías.... Ya está usted aquí de más, señor de Fernández....

Y se acercó a él tratando de cogerle por un brazo.

Hizo Salvador un movimiento de repugnancia como si se le aproximara un reptil, la midió con mirada despreciativa y colérica y salió de la sala muy altivo, sonriéndose, con una audacia nueva en él, tan provocativa, que Narcisa le persiguió diciéndole desvergüenzas, extinguido ya el resto de pudor que hasta aquel día la contuvo en su tentación de insultarle a la cara.

Y Carmen recogiendo del suelo los billetes, fuése a llevárselos a doña Rebeca, que de cierto parecía que andaba algo malucha.

VIII

Abril florecía. Tenían sus auroras nuevas un pálido rosicler de esperanza; gentileaban las margaritas en las praderas, blanqueándolas con remedos de nieve; habían nacido muchas mariposas, y en los nidos recientes las hembras padecían la fiebre dulce y santa de la procreación....

Todo el valle se henchía en gestación potente, y ya el alba de una vida de milagro y de gloria vestía de flores los espinos y les ungía de perfumes.... Espejándose en el valle fecundizado, el corazón de la niña de Luzmela se dilataba también en un inconsciente afán de florecimiento, con barrunto de brotes y bella nostalgia de capullos. Los diez y ocho años de Carmencita pedían lo suyo, aun en el apagado lenguaje de un cuerpo abatido y un alma herida.

Perdido el tino del sendero, cansada v doliente, la muchacha se agarraba ahora a su pedazo de vida negra, con instinto de juventud y de esperanza, como si no tuviera las manos desgarradas de los zarzales del camino...; ¡y era que en la hermosura pródiga de su tierra hasta las zarzas echaban flores!...

No sabía Carmen si quería a Fernando; no sabía tampoco si le olvidaba; sólo supo que la vida la llamaba a gritos desde los campos y desde los bosques, desde las huertas y desde los nidos, desde el cielo irisado en amaneceres risueños y desde los espinos en flor.

Y ella volvía la cara hacia aquel lado donde la primavera nacía cantando amores, y sentía todo su ser congestionado por el hechizo de vivir y por la ilusión de amar....

Cuando se daba cuenta de haberse entregado a estos éxtasis humanos, seducida por las voces sordas de la Naturaleza, un espíritu de religiosa austeridad la hacía estremecerse, y su alma, poseída del afán del martirio y de la santidad, respondía con todas sus escasas fuerzas al reclamo implacable de aquel afán.

Era entonces cuando buscaba enardecida los libros devotos para aplacar en los manantiales de su doctrina la sed y la fatiga del corazón.

En aquel libro de tapas azules y letras de oro que Salvador le enviara en secreto, con una carta insinuante y tierna, había leído Carmen con emoción:

«No traigas yugo con los impíos, porque ¿qué comunicación tiene la justicia con la injusticia? O, ¿qué compañía la luz con las tinieblas? O, ¿qué concordia Cristo con Belial?... ¿Qué parte tiene el fiel con el infiel?... Por tanto, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo que es inmundo».

Maravillada de la limpieza y altura de estas máximas del Evangelio, Carmen sentía crecer su repugnancia instintiva hacia la existencia y los seres de la casona, y miraba al cielo puro con un inconfeso anhelo de volar, con un callado presentimiento de las alas ligeras y giros alegres, abstrayéndose con delicia en la contemplación de las mariposas y de las aves suspirando con hastío en su cárcel sombría de Rucanto.

En una de aquellas divinas horas de resurrección de tierras y corazones, Carmen subió a su observatorio del sobrado para mirar a la naciente primavera cara a cara y calentar al sol su alma aterida.

Todo el paisaje, en la calma de la tarde abrileña, cantaba un _hosanna_ de triunfo; y del celaje diáfano, de la vegetación lujuriosa, de las hiendas humeantes y de las glebas en oreo se alzaba en voz sin acentos, valiente y subyugadora, un férvido _¡aleluya!_ que a la niña de los ojos garzos le apresó el alma. Cautiva la tenía, puesta en una milagrosa sonrisa que había florecido en sus labios, cuando sintió tras de si un jadeo de carne brava y un resuello caliente y brutal.

Sin tiempo para volverse a mirar se encontró prisionera en unos brazos duros y torpes, y el aliento de Andrés, apestando a vino, la encendió la cara.

No supo si fueron los labios del mozo una cosa rusiente que le dolió en el cuello, ni supo de dónde había sacado ella un grito de furiosa rebeldía y una fuerza salvaje para desasirse de aquel abrazo exultante y ansioso.

Andrés, impulsado hacia atrás por las dos manos breves y nerviosas de la niña, dió un traspié no muy gallardo y soltó una palabrota soez.

Ella tocó casi el dintel de la habitación, y en aquel momento las dos hojas de la puertecilla se plegaron rápidas como por infernal conjuro y se corrió un pesado cerrojo, cerrándolas en firme, al son de una implacable risa de mujer....

Había llegado Andrés a la casona aquella mañana, desarrapado y sucio, borracho y rendido de fatiga en los bárbaros azares de sus aventuras. Su hermana le instó a dormir y a descansar sin descubrir su presencia; y espiando a Carmencita, la vió subir al sobrado, y fuése a despertar a la fiera, azuzándola con el nombre de la muchacha y con la promesa de que arriba la hallaría sola y suya..., regalada..., ofrecida..., esperándole....

Le empujó hacia la escalera, poniéndose un dedo en los labios en señal de silencio y prudencia, y Andrés subió en calcetines y en mangas de camisa, como le había sorprendido durmiendo aquella tentación monstruosa....

Al ver el mozo cómo la puerta cerrada le aseguraba la presa, se rehizo sobre sus piernas, no muy fuertes, y avanzó de nuevo hacia Carmen con los brazos extendidos.

La alcanzó; la tuvo ceñida y manoseada brutalmente; la tuvo saturada por su aliento avinagrado, maculada por sus besos voraces y estuosos.... Ya se reía, con una risa sádica y proterva, una risa de victoria y ufanía.... Pero la muchacha se defendía, convulsa y desesperada, con denuedo asombroso y tenaz que centuplicaba sus fuerzas y ponía en sus ojos profundos una lumbre de sagrado furor.

Con la suprema vibración de todos sus nervios, Carmen se desprendió por segunda vez de las garras feroces, y en aquel minuto de libertad providente le puso al mozo las dos manos en el pecho y le dió un empujón con todo el vigor juvenil de su noble sangre sublevada y de sus músculos en tensión.

Andrés, no muy libre de los vapores del vino, cansado y temblequeante, rodó por el suelo, levantando sobre el tillado trépido una nube de polvo.