# La Niña de Luzmela

## Part 7

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Dijo sus dolores al padre cura, y el buen señor, compadecido, le dió unos consejos llenos de santa intención, y le dió, también, un librito de letra diminuta, escrito por un tal Kempis.

Al dársele, díjole el sacerdote con sentenciosa convicción:

--Le abrirás «a bulto» y leerás todos los días los renglones que la Providencia te ponga delante de los ojos...: esa es la fija...; así Dios te adivinará las necesidades diarias de tu vida y te dará paz y consuelo.

Obedeció sumisa la muchacha, y de hinojos, abatida y suspirante, leyó el primer día:

«Muchas veces por falta de espíritu se queja el cuerpo miserable. Ruega, pues, con humildad al Señor que te dé espíritu de contrición y di con el profeta:

«_Dame, Señor, a comer el pan de mis lágrimas, y a beber con abundancia el agua de mis lloros...._»

Aquella tarde fué Rita a Rucanto, impaciente por ver a su niña y saber si era cierto que estaba tan contenta como el médico había dicho.

Encontró abierta la casa, y a su llamada nadie respondía.

Fué subiendo la escalera lentamente y se deslizó un poco azorada por los pasillos.

Un silencio temeroso le salió al paso, y ya iba a retroceder asustada, cuando oyó unos quejidos lastimeros detrás de una puertecilla.

Eran ayes y juramentos de una voz estridente y amarga.

Empujó Rita la puerta con recelo, cautelosamente, y vió en un cuarto hondo y destartalado una cama estremecida por un cuerpo tremuloso.

Sobre la almohada, de limpieza equívoca, se balanceaba una cabeza parda y amarilleaba un rostro en el cual refulgían las llamas diabólicas de unos ojos.... Aquel enfermo era el que gemía con acento maldiciente y desatinado.

Iba Rita a entornar la puerta, llena de pavor, cuando vió a los pies del lecho alzarse una figura delicada y gentil, que avanzaba hacia ella con los brazos abiertos, y a poco tuvo a Carmen acariciada sobre su corazón viejo y bondadoso.

Salieron las dos por el corredor adelante, y la anciana iba preguntando, atónita:

--Pero, ¿qué tiene Julio?

--No sé--dijo la mansa voz de Carmencita--; ya oyes cómo se queja; está muy malo del cuerpo, sin duda..., y el alma ... ya ves cómo la tiene: sólo salen de ella palabras horribles....

--¿Y por qué estás tú con él?

--Porque le tengo compasión...; nadie le quiere ni le cuida....

--¿Y «ellas»?

--Están muy enojadas...; no tienen dinero....

--Me dijeron que el marino se había marchado.

Carmen, con la voz vacilante y el semblante muy blanco, dijo:

--Sí....

--¿Y es cierto que se llevó los cuartos?

--Dicen eso...; yo no lo sé....

Desconocía Rita la página amorosa de Carmen, rápida y casi secreta, y observando con inquietud la turbación de la joven continuó:

--Parece que andaba liado con Rosa la del Molino....

Se quedó callada la niña, mirando con mucha insistencia al ruedo de su vestido.

Habían llegado a su cuarto, y sentadas en las dos únicas sillas del aposento, hablaron de Salvador.

Carmen, que ya tenía noticias de su partida, se maravilló de que no hubiera ido a despedirse de ella.

Entonces se quedó Rita muy asombrada, y descubrió por primera vez una mentira de señorito.

--Aquí hay gato encerrado--pensó, y trató de obtener de la muchacha alguna luz para alumbrar aquel misterio.

Pero ella habló de Salvador con grato afecto, sin revelar ninguna cosa extraña.

Rita hizo girar por el cuarto sus ojos de présbita, curiosos y esforzados, y se condolió:

--Hija, qué habitación tan _ruina_ tienes...; ¿no hay otra mejor para ti?

--Yo escogí ésta; aquí estoy bien.

--No te criaste así, que tenías en tu cama colgaduras de damasco y en tu gabinete sitiales de tisú y mesas con mármoles....

Carmencita tendió por su rostro una sonrisa llena de lágrimas.

La vieja, angustiada, le acarició las manos, y al punto exclamó:

-¡Qué frío tienes!... ¿No llevas bastante abrigo? ¿Estás tú también enferma?

La acogió en su regazo como para darla calor, y comenzó a besarla.

Carmen rompió a llorar con espasmo anhelante.

A Rita le resbalaban por las arrugas de las mejillas unos lagrimones como puños, y, con hipo de sollozos, le decía a la niña:

--Salvador vendrá en seguida; te llevaremos a Luzmela...; no llores, santa mía, no llores, paloma....

Pero Carmen se repuso valerosa, enjugó su llanto con mano firme, alzó la frente y dijo con serenidad:

--¿Para qué ir a Luzmela si aquí también está Dios?... Mira, allí tengo mi Niño Jesús...; vino una sombra una noche y me lo puso feo; pero es Dios...; tiene el vestido sucio y el pelo enmarañado...; pero es Dios....

La anciana sirviente repuso atontecida:

--Niña, Dios no tiene la cara fea ni la ropa sucia.... ¿qué disparates cuentas?

Y, levantándose, fuese a mirar la imagen sostenida en la rinconera.

--¡Ave María!--murmuró--: vaya un santo...; ¡si parece un «enemigo»!... ¿Y qué sombra le puso así?

--La de Julio....

-¡Válgame Cristo! Tú vives entre herejes.... ¿Y cuándo dices que fué eso, hijuca?

--Una noche....

Y la muchacha se quedó muda, obsesa en un pensamiento, llena la cara de una tristeza remota. Tenía cruzadas sobre la falda con indolencia las manos frías y pálidas, y miraba a Rita con expresión apagada, con una sonrisa mustia que causaba dolor.

Contemplándola la buena mujer, sintióse más alarmada y condolida, y corrió a decirle:

--Tú no estas bien aquí.... Tú te vendrás «con nosotros»; es preciso cuidarte y alegrarte. En esta casa no tienes bienestar ni cariño.... Yo creo que hasta padeces frío y hambre y sed....

La niña se levantó a su vez de la silla, fuese a la rinconera donde estaba el santo, y tomó de ella un librito que tenía por registro la hoja seca de una flor. Desplegó aquella página señalada, y, con voz lenta y dulce, leyó a la asombrada mujer:

_«Dadme, Señor, a comer el pan de mis lágrimas y a beber con abundancia el agua de mis lloros....»_

Después añadió:

--Esta es mi oración de este día...; ¿cómo puedes suponer que yo tenga hambre y sed, puesto que tengo lágrimas abundantes?...

Un poco más tarde volvía Rita hacia Luzmela, sola y acongojada, repitiendo:

--Está poseída..., está poseída ella también, lo mismo que su padre.... ¡Dios lo remedie!...

II

Había pisado Salvador la tierra de Francia con un impetuoso deseo de atravesarla a escape en busca otra vez de la tierra española.

Dejó partir a Fernando solo, porque trataba de ocultarle su repentino regreso, y en el muelle se despidieron con un abrazo cordial.

Iba Fernando a buscar el primer tren que saliera para París; Salvador quedaba esperando que aquel tren partiera para tomar el inmediato en la misma dirección.

Cuando ya los dos amigos se habían separado, el marino se volvió de pronto para decir, jovial y sonriente, con su voz pastosa, suave como el terciopelo:

--Oye: cuando vuelvas al valle, llevas de mi parte «ésto».

Y lanzó al aire dos besos sonoros, en la punta de los dedos, añadiendo:

--Uno, para Rosa la del Molino, y otro, para la niña de Luzmela....

Fulguró el médico sobre Fernando una mirada iracunda, apagada sobre la radiante sonrisa que iluminó toda la figura donjuanesca y marcial del marino....

Y los dos, amistosamente, se dijeron adiós con la mano por última vez.

Salvador paseó unas cuantas calles del gran puerto francés, con aquel paso automático y febril con que había medido en Luzmela las estancias mudas del palacio.

Parado delante de la Bolsa, se puso a contar las cúpulas del edificio con obstinado empeño: una... dos... tres... cuatro... hasta seis; y se alejó, repitiendo mentalmente: _seis cúpulas..., seis cúpulas...._ Siguió caminando a toda prisa, y en la plaza de Gambetta se encaró con las estatuas de Bernardin de Saint Pierre y de Delavigne, como si les fuese a echar un discurso. Después de una larga contemplación, les volvió la espalda con sumo desdén y se puso a liar un cigarrillo.

En seguida echó a correr a la estación, sin acordarse de que no había comido en muchas horas ni de que sentía en el estómago el agudo malestar del hambre.

Tomó el tren y rodó por Francia como una masa inerte, con todas las sensaciones dormidas bajo el deseo único de tener alas o de suplirlas con una desenfrenada carrera que le llevase, en un vuelo inaudito, a la casa temible de Rucanto.

Pasó como un relámpago por París.

El espectáculo, apenas entrevisto, de la gran capital le dió aquella vez la impresión de una inmensa sonrisa fría y galante; tal vez la sonrisa de Fernando, diciéndole:

--Este beso para la niña de Luzmela....

Atravesó Versalles, la de los jardines de ensueño, cuna de reyes, de amores y de escándalos.... Salvador no estaba muy enterado de estos lances de historia cortesana; conocía vagamente un poco de todo ello, y apenas si aquellas memorias se asomaron un minuto a la niebla de sus pensamientos. Él sabía de cierto únicamente su ciencia de médico y su amor de hombre..., su amor sobre todo.

Estaba seguro de adorar a Carmen con ciega pasión, y no le importaba cómo ni cuándo de un cariño fraternal y suave había brotado aquel hondo y vehemente amor. No hacía tampoco averiguaciones sobre este punto; ¿acaso los males del alma debían analizarse «científicamente», como los males del cuerpo? No; Salvador no trataba de escudriñar aquella sagrada dolencia que atormentaba su espíritu con dulcísimo amargor; dejaba su pasión quieta, clavada en su vida como un dardo de fuego, única y decisiva en su destino. Le bastaba sentirla luminosa en su conciencia, ardiente y pura en su corazón.

Atravesó como en un sueño Chartres, Nort, Burdeos, Bayona.... Empezó a respirar por fin el «aire internacional» de los Pirineos, y se dilató su pecho con un aliento profundo de esperanza.

Llegando a España, recorrió con toda la rapidez posible la tierra que le llevaba a su valle norteño.

Cuando se sintió cobijado por las montañas y los celajes de su país, tuvo a la vez una viva emoción de temor y de alegría. Fuese a rendir su viaje a la estación de Rucanto, y, sin detenerse un punto, se dirigió a la casa de doña Rebeca.

Al hacer sonar el recio aldabón de la portalada se quedó asombrado y trémulo. ¿Qué iba a decir? ¿Por quién preguntaría? ¿Cómo estaba él allí, anhelante y resuelto, rendido de rodar por mares y tierras con desatinado afán?... ¿Con qué derecho llamaba en aquella puerta con aire tan firme y arrogante?...

No tuvo tiempo de más cavilaciones, porque giró ante él la hoja enorme pintada de rojo, bajo el dintel labrado, y la propia Carmencita se apareció a sus ojos, siempre dulce y grave.

Mirándole con despacio, clamó absorta:

--¡Salvador!

Él, mudo, fascinado, le abrió los brazos con tan férvida expresión de ternura, que la muchacha se refugió en ellos ansiosamente, y en ellos se quedó largo rato; ¡un instante para el enamorado galán!...

Bajo los arcos abiertos del portalón se sentaron en un banco de roble algo cojo.

Carmen manifestó la sorpresa que le causaba aquel regreso, tan imprevisto por ella como lo fué la partida de su amigo; le encontraba el semblante desencajado y todo el aspecto de fatiga y ansiedad.

Él miraba con sobresalto la desalentada expresión de la joven, su blancura enfermiza de lirio y el opaco fulgor de sus ojos.

Con voz de secreto le decía:

--Vengo a buscarte.

Contestó Carmen, muy sorprendida:

--¿Cómo a buscarme?

--Sí, acordemos en seguida un medio de que salgas de aquí.

--Pero, ¿por qué, Salvador?

--¿Y todavía me preguntas por qué...? Yo sé que aquí estás muy mal; que sufres mucho...; que corres graves peligros....

--¿Quién te ha dicho eso?

Él, mirándola santamente, como cuando era chiquitina, le respondió:

--Un pajarito...; ¿dijo verdad?...

Y se quedó pensando, ¿no es, acaso, Fernando «un pajarito»?...

Pero ella movía la cabeza y replicaba:

--Algo de mentira dijo.... Además, aquí estoy cumpliendo la voluntad de Dios.

--La voluntad de Dios es que yo vele por tu seguridad y por tu dicha.

--¿Por mi dicha? interrogó incrédula Carmen.

--Sí, vengo a libertarte de los suplicios que aquí padeces; pero es preciso que tú consientas en ello...; ¿no consientes?

Ella, con lento ademán, sacó del bolsillo su breviario diminuto, y desdoblando la hoja que aquel día estaba señalada por la flor marchita, leyó con voz de rezo, un poco temblorosa:

«El mundo pasa y sus deleites.... Y así el que se aparta de sus amigos y conocidos, consigue que se le acerque Dios y sus santos ángeles.... Gran cosa es estar en obediencia, vivir debajo de un superior, y no tener voluntad propia....»

Plegó Carmen el libro y quedóse muda, mirando a Salvador.

Él, todo alarmado, lleno de sorpresa, preguntó:

--¿Y qué es «eso»?

--Esto es la oración que tengo hoy que rezar; esto es lo que Dios me manda hacer....

--¿Dios te manda estar supeditada toda la vida a doña Rebeca?

--Sí....

¿Y también al bárbaro de Andrés? Carmen, inmutada, dijo:

--A ese no.

--Pues él es aquí el amo....

--Pocas veces está en casa....

--Con una vez sola que venga y quiera «mandar en ti»....

Ella se asió con terror del brazo de su amigo.

--No, por Dios...; no digas eso....

--Es mi deber decírtelo...; ¿quién te dió ese libro?

--El padre cura....

--¿A ver?... Yo también quiero buscar una oración para mí.

Y tomando Salvador el libro, abrióle al azar y leyó:

«Si me oyeres y siguieres mi voz podrás gozar de mucha paz.... Mi paz está entre los humildes y mansos de corazón....»

Doblando el libro, le dijo a la muchacha:

--Ya ves, mi oración es más consoladora que la tuya; tómala para ti y medita si tienes tú en esta casa la paz de Dios, la santa paz que Él vino a traer a los hombres, y si vives entre mansos y humildes de corazón....

Carmen, agitada, combatida, inclinaba la frente, y tenía en los ojos, profundos y tristes, una llama de incertidumbre.

Se sintió arriba crujir el tillado, y un pasito rápido y breve se oyó en la escalera.

Salvador le dijo a la niña con acento de súplica y de mando:

--Te libertaré; vendré por ti muy pronto; espérame y ten ánimos....

Le estrechó las manos con afán, y ella callada y distraída, le presentó la frente.

Puso el médico en aquella carne virginal el ascua de sus labios, y salvó los umbrales de la portalada antes de que doña Rebeca se presentase en el portal....

III

Rodó un coche dando tumbos por la áspera cambera lindante con la casona, y en las habitaciones de la misma hubo un revuelo de faldas y un atisbo fisgón a la vera de los balcones.

Llamaron en la puerta roja dos golpes secos y vibrantes, tan solemnes, que parecían decir, como en las actuaciones judiciales:

--Abrid, en nombre de la ley....

A doña Rebeca le temblaron los pellejos a falta de otra cosa, y la poca carne con que Narcisa contaba para adorno de su persona se puso toda de gallina, muy áspera y granujienta; Julio se revolvió en la cama hostil quejoso, y la niña de Luzmela se sintió poseída de una vaga inquietud.

Después de carreras, exclamaciones y cabildeos, bajó la criada a abrir la puerta, y subió al punto diciendo:

--Que aquí está el tutor de la señorita Carmen.

La señora de la casa, tan espavecida corno si la hubiesen dicho: «Dése usted presa», contestó con un leve esbozo de sonrisa:

--Que pase..., que pase....

Repicaron pausadamente unas botas por el pasillo, y entró en la sala, sombrero en mano, vestido de negro, con rostro afable, algo impasible, el señor don Rodrigo Calderón, solariego del cercano valle del Nidal.

Con acento muy frío y muy cortés, y lenguaje abierto y conciso, expuso a doña Rebeca el motivo de su visita.

Le habían asegurado que su pupila, la señorita Carmen, estaba muy mal hallada en compañía de la señora, y maltratada por ésta y por sus hijos..., y la señora comprendería que era preciso aclarar aquel asunto cuanto antes y resolver en consecuencia con enérgica resolución.

Doña Rebeca apenas podía interrogar disimulando su despecho y su pánico:

--¿Y quién nos calumnia?... ¿Quién ha dicho?...

--Persona que merece mi confianza; y la señora hará el favor de llamar a su pupila para que diga en concreto la verdad.

Salió doña Rebeca como un cohete, y en cuanto echó a Carmen la vista encima, le echó también los brazos al cuello.

La muchacha, horrorizada, iba a pedir socorro, cuando se sintió halagada y besada con besos húmedos y repugnantes.

La bruja, lagotera y melosa, contaba, lloriqueando:

--Le han dicho a don Rodrigo mal de nosotros, hija mía; defiéndenos tú que eres una santa..., sálvanos de este disgusto tan grande.... Ya ves mi situación...: sin dinero, con un hijo a las puertas de la muerte....

Y besa que te besa, le ponía a Carmencita la cara hecha una compasión, entre gotas de llanto y rezumos de baba.

Limpiándose las mejillas con su pañuelo, fuése la muchacha a la sala, llena de zozobra, detrás de doña Rebeca.

Muy urbano y sereno, don Rodrigo la cometió a un interrogatorio prolijo y grave acerca del trato que recibía y de si convivía gratamente con aquellos señores. Y Carmen, en medio de sus angustias, fué hábil y prudente para mentir poco y disculpar a la gente de la casona, viniendo a declarar, en suma, que era su voluntad seguir viviendo con aquella familia.

Satisfecho el hidalgo, muy correcto y galante, dijo que la señora debía disimular lo desagradable de su visita, pero que era su deber velar por aquella niña y que se congratulaba de que fuesen infundadas las acusaciones que se le habían hecho.... Tal vez un exceso de solicitud..., o alguna mala interpretación, había dado lugar a aquel «incidente», que él lamentaba.... La señora perdonaría....

Y como si tuviera mucha prisa, se despidió y repicó otra vez delicadamente sus botas por el pasillo.

Salió entonces Narcisa de un escondite con su librote debajo del brazo y en la boca un surtidor de insolencias.

Se encaró con su madre para decirle:

--Todo esto es obra del medicucho ese, de acuerdo con la santita.... ¿No te dije que aquella conferencia que tuvieron los dos la otra tarde traería cola?... Todavía vamos a ver aquí una boda entre hermanos.... ¡Qué escandalosos!

La señora, atajándola, interrumpió:

--«Tu prima» se ha portado muy bien en esta ocasión.... No consiento que la faltes.

Y almibarada y ponderativa, tornó a regalar a Carmen con caricias y frases de gratitud.

En seguida salió de la sala, no ya con su paso saltarín de todos los días, sino con una carrera liviana y veloz, una especie de trotecillo fantástico.

Narcisa hizo también _mutis_, como en las comedias, por una puerta lateral, con su novela en la mano y en la sonrisa ática una despectiva expresión.

Quedóse Carmen sola, sentada en el sofá de terciopelo carmesí, muy fofo y deslucido. Sobre la blancura agria de la cal destacaban en las paredes unas láminas cromadas, con marcos de madera un poco apolillados. En lontananza una consola sostenía sendos fanales colmados de flores de trapo, incoloras y deformes. El tillo sin un solo tapiz, combado y lustroso, daba una impresión de frío y ancianidad, como de espalda inclinada y desnuda en un viejo achacoso. Algunas sillas, compañeras del sofá, se replegaban contra los muros con vergonzosa timidez.

Hundida en su asiento, la niña de Luzmela posaba una mirada átona y errante sobre la tristeza helada del salón enorme, y oyó vagamente alzarse en el silencio sepulcral de la casa un tarareo gangoso seguido de una escala vocal rota y aceda.

Carmen pensó: doña Rebeca canta y corre y se ríe.... ¡Lo mismo que el padrino!...

Y cerró los ojos, cansados de mirar realidades y visiones de tragedia....

Entretanto, Salvador, que esperaba a don Rodrigo a la salida del pueblo, escuchaba con desesperación las terminantes explicaciones del caballero, que, un poco impertinente y sagaz, comentariaba su visita insinuando:

--Acaso usted juzga con animosidad a la señora..., acaso siente usted por la señorita un interés excesivo....

Y siguió el coche su camino, tras una afable despedida del caballero, que volvía a encerrarse en su empinado y estrecho valle del Nidal....

En medio de la senda, bajo la luz lívida del atardecer, Salvador, desorientado, inconsolable, murmuraba:

--Padece ella también la terrible psicastenia hereditaria...; es neurópata, con la monomanía del martirio...; está loca..., loca de remate.... ¿Y no la podré salvar?

IV

Subía enero su cuesta invernal, desbordado en inclemencias, con los vientos desmelenados y las aguas roncas y turbias, borbollantes, fuera de sus cauces rotos... Subía, espantoso y fiero, con una nube torva en la frente y las recias abarcas chocleando sobre los lodazales del camino.

En la casona, enero reinaba exterminador, silbando por las innúmeras rendijas de las ventanas; y en la cocina, enorme y abandonada, entraba por la bocaza bruna de la chimenea y se complacía en apagar el rescoldo mezquino del llar, casi cegado por un montón de helada ceniza.

Ya en aquel fogón descascarado no se guisaba en profundas cacerolas ni se trasteaba en continuo ajetreo. No había más que una sirviente inútil con quien doña Rebeca reñía de la mañana a la noche; escaseaban las viandas, y apenas si unas ascuas rusientes daban allí una idea remota de hogar.

El cuarto de Carmencita era un páramo. Los escasos muebles parecían perdidos a la sombra de las paredes, en una línea confusa como de horizonte. Por los cristales agujereados entraba el soplo gélido de los huracanes, y la colcha rameada de la camita temblaba estremecida por aquellas ráfagas yertas, que adquirían voz de sortilegio y de amenaza.

Algunos lamentos de aquella voz siniestra, llegándose al rincón del Niño Jesús, le henchían la túnica, deshilachada y sin aliño, y le hacían balancearse sobre la rústica peana como en un pánico acunamiento de terremoto. El techo de cal, reblandecido en húmedas manchas, dejaba filtrar al aposento las gotas de la lluvia, recogidas en el suelo sobre algunos cacharros sin nombre ni forma, ollas extrañas y panzudas de centenaria fecha.

Aquel lento gotear de enero dentro del cuarto tenía un son de quejido y de miseria que laceraba el corazón....

Todo era tedio y dolor en la casona.

Doña Rebeca rebuscaba en armarios, bargueños y arcaces algunos papeles escritos y sellados que parecían importarle mucho. Abría legajos, escudriñaba carpetas, y todo lo revolvía y desparramaba fuera de su sitio. Estas maniobras las acompañaba de paseítos menudos, adagios y murmuraciones. A intervalos reñía con la criada, y otras veces se evaporaba, como por arte de duendería.

Narcisa se había llevado a su aposento las alfombras de la sala y un brasero de cobre, donde, con insolente egoísmo, acaparaba toda la leña combusta del hogar para confortarse y satisfacerse. Había hecho provisión abundante de novelas terribles, y leía a la sazón, con tenacidad salvaje, una con _santos_ de colores y un título que decía: _La Condesa ensagrentada...._ Allí se hacía servir la comida, y, ceñuda y brava, apenas salía de su escondrijo. Un despecho picante y rabioso le mordía el corazón, viendo quebrarse en añicos sus ilusiones de boda con Salvador, y viendo cómo el médico alimentaba, con crecientes demostraciones, el interés que siempre le había inspirado la niña de Luzmela.

Carmen compartía sus horas densas y amargas entre las cavilaciones incoherentes en su cuarto y las calladas esperas a los pies de la cama de Julio.

La primera vez que entró a verle fué una tarde en que el enfermo se estuvo desgañitando en un clamor de angustia: «¡Agua..., agua!», como si tuviera las entrañas adurentes y en el pecho lamentable un volcán enceso.

Todo callaba en torno a la voz implorante, que llegó a hacerse desmayada y balbuciente como la de un niño.

Doña Rebeca y Narcisa se habían sumido en una de sus frecuentes desapariciones, y la criada tampoco aparecía por ninguna parte.

Entonces Carmencita entró tímidamente en el aposento del mozo, llevando en la mano un vaso de agua de piedad.

La miró Julio, pasmado en medio de un quejido, y bajando los ojos, desde los serenos de la niña hasta la limosna refrigerante del agua, bebió ansioso y dejó de quejarse.

Carmen, llena de misericordia, se sentó callandito cerca de la cama, y allí se estuvo con las manos cruzadas sobre el regazo, con una blanda actitud de meditación y de tristeza....

