La Niña de Luzmela

Part 5

Chapter 5 4,013 words Public domain Markdown

Salieron a la huerta por la puerta vidriera del pasillo.

La miraba el marino intensamente, con una delicia manifiesta; ella sentía una turbación extraña.

Iban al mismo paso descuidado, por el sendero, y le dijo él:

--No tengas cuidado ninguno mientras esté yo aquí....

Después, de pronto, murmuró:

--¡Qué bonita eres y qué buena!

Ella, toda estremecida, se quedó silenciosa; su corazón aleteaba con unas agitaciones inefables.

Fernando suspiró. Se inclinó para arrancar entre la hierba unas borrajas, ya casi marchitas, y con otra voz distinta, fraternal y confidencial, preguntó:

--¿No tienes más que este vestido, Carmen?

--Este, y otro más viejo....

--Y, ¿cuándo te quitas el luto?

--Cuando «ellas» manden....

El tiró las flores distraído y repuso:

--Le quitarás ahora para todos los Santos....

Entonces la niña le miró maravillada, tan llena de admiración, que él, otra vez con acento ardiente, le volvió a decir:

--¡Qué buena eres... y qué hermosa! Te quiero mucho, Carmencita, ¿me quieres tú algo?

Haciendo esfuerzos por serenarse, balbució ella con timidez encantadora:

--Algo, sí....

--¡Divina..., divina!--murmuró el marino, casi en un soliloquio; y devoraba con delectación el rubor de la muchacha y su emoción profunda....

Cuando volvieron de aquel breve paseo, Andrés se había marchado sin esperar a comer; Narcisa tenía un pliegue enigmático en su frente orgullosa, un poco deprimida, y doña Rebeca parecía que había llorado.

Carmen, embebida en algún pensamiento celestial, sin duda, mostraba una expresión nueva y radiante, y Julio, que la perseguía con ojos interrogadores, no quiso comer sin la sal de las lágrimas con que la niña de Luzmela solía sazonar las familiares viandas.

XIII

Estaba Salvador muy asombrado de los renglones de Carmen. Pensó en ir a Rucanto al día siguiente con pretexto de saludar a Fernando, y le parecieron largas las horas hasta que llegase la de ver a su amiga.

Se recibió su visita en la casona con mucho agasajo.

Doña Rebeca hízose toda un puro caramelo, y Narcisa, que tardó en presentarse un buen rato, llegó emperejilada y grave. Era delgadísima y componía mañosamente el desgarbo de sus formas mediante postizos fementidos. Vestía con lujo, y llevaba en la cara vulgar una expresión dura, y muchos polvos de color de rosa.

Fernando y Salvador se abrazaron cordialmente; contaban una misma edad y habían hecho juntos algunas memorables jornadas infantiles.

Cuando entró Narcisa en la sala, Salvador no pudo remediar cierto azoramiento mortificante, que ella interpretó a su antojo.

Llevaba el médico en la solapa una blanca margarita del jardín de Luzmela.

La señorita de la casa admiró con insinuante ponderación la gracia de la florecilla, y el joven, por no saber qué hacer ni qué decir, se la quitó del ojal, ofreciéndosela.

Fué aquel un momento incomparable para Narcisa; tomó en triunfo la flor, y se la prendió en el pecho, rebosante de gozo....

Fernando convidó al médico a comer, y las señoras asintieron a la invitación con tan buena voluntad, que Salvador no pudo evadirse de aceptarla, aunque estuviese muy disgustado allí. No era experto en artes de coquetería femenil, y los manejos astutos de Narcisa le ponían nervioso.

Además, se hallaba impaciente por que Carmen le revelase el motivo de su extraña súplica, mientras ella parecía completamente olvidada de dar a su amigo esta explicación. Tenía en aquella hora una actitud singular y extraña que acrecentaba su belleza dulcísima. Abstraída y silenciosa, mostrábase ajena a todo lo que no fuera oculto embeleso de su alma.

Salvador la observaba lleno de incertidumbre; y sólo pudo averiguar, al cabo, que de tarde en tarde la muchacha alzaba el vuelo de sus pestañas sedeñas hacia los ojos fulgurantes de Fernando....

Cuando, a media tarde, volvía Salvador en su caballo hacia Luzmela, una pena asordada y mordiente lastimaba su corazón, y la gloria del valle y la canción del río, caían sin encantos en la sombra de su espíritu.

XIV

En uno de aquellos días, el marino pasó en la capital algunas horas.

A su regreso colocó sobre la mesa del comedor unos paquetes.

Narcisa corrió a curiosearlos y se complació a la vista de unas elegantes telas de finos colores.

Muy amable, dijo a su hermano:

--Has hecho compras, ¿eh?

Y él, con su galante sonrisa, respondió:

--Sí; unos trajes para Carmencita. Por ahorraros molestias, yo mismo avisé a la modista de Villazón, que vendrá mañana para que la niña elija modelos.

Narcisa se puso verde.

Con las manos estremecidas sobre las telas, estuvo un momento dudando si podría tragar su despecho. Tenía asomadas a los labios desdeñosos unas agrias frases de reproche y ofensa, y, con ellas extendidas por toda su cara descompuesta, salió de la estancia dando un tremendo portazo que alzó en todas las habitaciones un eco penetrante.

Fernando, sin perder su risueña actitud, volvióse hacia Carmen, que estaba inmóvil y pasmada, para decirle:

--¿Te gustan los colores?--y le señalaba las telas desdobladas.

La muchacha no se atrevía a responder ni casi a mirar.

El se le acercó afectuoso y la obligó a levantar la cabeza, rozándole con la mano suavemente la redonda barbilla.

Con acento contenido y amoroso le suplicó, casi al oído:

--¿No te he dicho que mientras yo esté en Rucanto no debes temer nada?

Tenía Carmen cuajados de lágrimas los ojos y era presa de una emoción confusa, entre grata y doliente.

Llena de sinceridad infantil interrogó ansiosa:

--Y ¿estarás aquí mucho?...

Había tal anhelo revelado y temeroso en esta pregunta, que el impávido marino, tan señor de sí mismo y tan risueño, sintió una verdadera emoción de piedad y de ternura.

La estaba mirando a los preciosos ojos ardientes, cuando contestó:

--Estaré... todo el tiempo que tú quieras....

--Entonces, siempre....

--Pues... siempre.... Ya sabes tú que te quiero mucho, ¿verdad?... Eres una santa, niña, una santa muy hermosa.

Ella, con la incomparable sorpresa de aquel lenguaje cálido y ferviente, llena de efusión murmuró:

--Tú eres bueno....

Bajo la influencia de aquel minuto grande y puro de su vida, repuso Fernando:

--No; no soy bueno...; seré, si tú quieres, «menos malo»...; pero, aunque no soy capaz de nada sublime, tampoco de nada infame.

Y como si quisiera justificar sus palabras, dejó de sugestionar a la niña con su voz conqueridora y con su mirada magnética; la hizo llegarse a mirar los vestidos, y quiso hablar de ellos en conversación amistosa y festiva.

Pero Carmen seguía extasiada ante una revelación luminosa que la poseía toda de extraña y honda felicidad.

XV

Se supo en la casona y aun en los alrededores, que doña Rebeca y su hijo mayor habían tenido una larga y solemne entrevista.

Y aunque parecía imposible que la señora fuese capaz de sostener una conversación seria, sin exaltaciones y mudanzas, sin giros insensatos ni absurdas interpretaciones, ello fué cierto que Fernando la sometió a esta penitencia y que empleó en tal empeño toda la fuerza moral con que dominaba a su madre.

Se supo, también, que, al final de esta memorable confidencia, había sido llamada Narcisa, y que después de escuchar, con mal contenida impaciencia, las admoniciones de su hermano, más autoritarias que suplicantes, salió diciendo, evasivamente y con saña:

--Cásate con ella y te la llevas a navegar; mientras tanto, mamá dispone al fin de su herencia, que ya es hora, y paga lo que debe y salimos a flote.... Eso es lo mejor que podías hacer; ya que tanto te interesa la chica, a la vez que la sacas de penas, nos sacas a todos.... Tú que eres el mayor y el preferido, debes ayudar a tu madre....

Se supo, en fin, que entre otras muchas cosas acordes y sensatas, inusitadas en aquella casa de locos y de suicidas, Fernando dijo con acento honrado:

--Yo no soy capaz de hacerla feliz...; yo no la merezco....

Maravilló mucho que doña Rebeca escuchase el severo sermón de su hijo sin tirarse de los pelos ni recitar siquiera un mal refrán, y que, por remate de cuentas, Carmen estrenase en paz sus lindos trajes y saliese a paseo a la Estación, después de la misa mayor del día de los Santos.

La miraron aquella mañana en el pueblo como a una desconocida; parecía otra.

Llevaba con exquisita gracia su modesto traje de señorita; se había recogido sencillamente los cabellos, cuyos ensortijados aladares daban a sus sienes puras la idealidad de una corona.

Pero lo más sorprendente, lo más admirable de la niña era aquella su incopiable expresión de delicioso ensueño, que encendía en sus labios sonrisas misteriosas y en sus ojos intensas y divinas luces.

Salvador la encontró al salir de la iglesia; iba Carmen con doña Rebeca y el marino.

La señora llevaba un semblante dolorido y amargo como si estuviera bajo el peso de alguna gran desgracia.

Fernando parecía un poco triste; su habitual sonrisa era algo forzada.

Sólo Carmen iba poseída de íntimo gozo lleno de fulgores.

Se quedó Salvador absorto contemplándola, y el dolor causado por ella en el corazón del joven hacía días, se agudizó y le hizo palidecer.

Nada de esto advirtió la muchacha, engolfada en su interno delirio.

Fueron juntos los cuatro hacia la Estación, al paso menudo de doña Rebeca, que acentuaba su actitud de víctima musitando entre suspiros:

--_De fuera vendrá quien de casa nos echará...; unos nacen con estrella...._

Fernando y Carmen se adelantaron un poco, enveredados a la par por la mies adelante.

Mostrábase el otoño benigno y dulce, y era la mañana serena y luminosa.

Tenía el ambiente una cristalina diafanidad, una templanza gozosa.

Las praderas, enverdecidas con un pálido color de esmeralda, ofrecían suavidad fonge y amable, y en los hondones del terreno alzaban los arroyos su plácido son.

Los bosques, despojados a medias, daban al paisaje una nota melancólica de marchitez poética, y su mantillo abundoso en amustiadas hojas, ponía un contraste pintoresco sobre el terciopelo verde de las campas.

La hoz trágica, abierta en el horizonte, levantaba sus montañas bravas y oscuras hasta el cielo, vestido de índigo color, terso y puro, sin un solo jirón de nube triste.

Carmen vivía con nuevas y potentes sensaciones toda aquella vida apacible y fecunda del valle.

Derramaba la sorpresa de sus ilusiones en las caricias con que miraba al cielo y al campo, al bosque y a la montaña, para luego recoger de toda aquella belleza más infinitos anhelos de vida imperecedera, de eterna esperanza de felicidad.

Cuando oyó a su lado la voz amorosa de Fernando, aquella voz que sabía tener para ella acentos subyugadores, irresistibles, se ruborizó de dulcísimo placer.

Él no podía apartar los ojos de la joven.

Parecía que, mirándola, luchaba con una tentación dominante, y que, débil y antojadizo, se dejaba vencer de la mágica tentación.

Hablaron en voz baja, con las miradas confundidas y los corazones agitados.

Hacían una pareja encantadora.

Mientras tanto, Salvador, acompañando a doña Rebeca, iba gustando una cruel amargura insoportable.

Carmen no le parecía la misma.

No era su hermanita de Luzmela ni su protegida de Rucanto.

Era ya una mujer, era una novia; y lo era a los ojos de todos, a pleno sol, en plena posesión de todas las sensaciones divinas del amor, entregando su alma a otro hombre sin volverse a mirar si él padecía, si él se quedaba solo en el mundo, abandonado del único objeto de su vida....

Oía el médico, vagamente, el acento lamentoso con que doña Rebeca le iba diciendo:

--Pues sí, allí se quedó, la pobre, trajinando; vino a «misa primera»...; es muy hacendosa, muy formalita...; ahora hay mucho quehacer en casa; ¡con Fernando y la ropa nueva de Carmen!... Porque es lo que yo digo: _tú que no puedes...._

Cuando llegaron al andén, donde después de misa solía pasear el señorío, Salvador se apresuró a despedirse con el pretexto de tener que visitar algunos enfermos.

Entonces, reparando el marino en la profunda alteración de sus facciones, observó:

--Tú también pareces enfermo....

El médico perdió su aplomo hasta el punto de no saber qué contestar, y la despedida resultó fría y penosa.

XVI

Todo el resto de aquel día se pasó en Rucanto en una tesitura violentísima, pero sin una voz levantada, sin un insulto echado a volar.

Aquella calma amenazante parecía el presagio de una borrasca.

Doña Rebeca y Narcisa se eclipsaron en sus habitaciones, después de una comida silenciosa y triste.

Julio no se había levantado de la cama, y Carmen y Fernando todo lo hablaban con los ojos, en mudas contemplaciones, con una ansiedad llena de homenajes.

Uno y otro habían dejado casi intactos los platos en la mesa.

Como iban siendo breves las tardes, apenas dieron en el huerto unos paseos ya cayó la luz, y el paisaje se hizo impreciso y todo se enmudeció en la vega, a no ser la fresca voz del río elevada en gregario constante como un inmenso arrullo encalmado.

Los dos jóvenes entraron entonces en la salita baja y se acercaron a la reja que daba al jardín sobre el vano de la ventana.

Fernando buscó un taburete para sentarse a los pies de la niña, y como si cediera a un impulso contenido y frenético, con una embriaguez de palabras ardorosas, la habló de amarla mucho y amarla siempre.

Ella aturdida, hechizada, se dejó inflamar en aquel fuego divino que ya había prendido en su corazón, y respondió a la querella amorosa con una encantadora reciprocidad de promesas.

Él decía con una vehemencia arrebatadora; ella con una ingenuidad tan blanda y dulce que su voz regalada parecía un suspiro.

Hicieron su novela.

Se casarían, y él la llevaría en su barco por la llanura inmensa del mar bueno, de su amigo el mar.

Sería su viaje de novios como un vuelo sin fatiga por un desierto azul; sería la posesión pacífica y suprema de todos los goces del amor, en un olvido absoluto de la tierra, en una excelsa meditación sin turbaciones, en una vida nueva, sin límites, sin horizontes, inmensamente feliz.

Carmen veía cómo el cielo todo bajaba a su corazón confiado y noble; veía cómo era verdad que había en el mundo amor y ventura.

Fué aquel un idilio intenso, ferviente, vibrante, erigido en una hora de gloria humana, en que todas las ilusiones de Carmen florecieron con divinas rosas....

Una cosa acre, fría, inclemente, rodó encima de aquel himno armonioso.

Era la voz de Narcisa que pedía la cena.

Carmencita, incapaz de bajar de un solo paso desde el cielo rútilo y floreciente hasta el lóbrego comedor de la casona, se deslizó hacia su dormitorio para recogerse un momento y componer su semblante transfigurado.

Iba casi a tientas por salas y pasillos penumbrosos, a los cuales la luna se asomaba un poco por las vidrieras desnudas.

No sabía la joven de cierto si pisaba en el tillo crujiente o en una nube esplendorosa y flotante, o ya en el barco milagroso de Fernando.... Iba alucinada, henchida de felicidad....

Al llegar cerca de su cuarto, sin miedo a nada ni a nadie del mundo, desasida de la tierra, elevada a todas las excelsitudes de la gloria, una sombra siniestra cruzó a su lado; la vió desvanecerse hacia el fondo oscuro del corredor. Con el corazón acelerado, entró en su aposento, y, buscando cerillas en su mesa, encendió una luz.

Miró en seguida a todos lados con zozobra, y encontró a su pobre Niño Jesús, colgado ignominiosamente de un clavo por los escasos cabellos rubios.

Corrió a libertarle de aquella burla sacrílega y vió con desconsuelo que habían tratado de sacarle los ojos.

Los tenía heridos, como si se los hubiesen pinchado con un punzón. En uno de ellos el cristal estaba roto con una incisión que laceraba toda la cándida pupila.

Carmen no sabía qué pensar de aquel ominoso atentado contra la sagrada imagen.

¡Había dado un tropezón tremendo desde su nube o su barco contra la siniestra sombra hundida en el corredor!...

Un minuto más que hubiera ella tardado, y el pobre Santo, indefenso, hubiera perdido sus dos ojitos clementes, llenos de lágrimas.

Irguióse la muchacha, indignada, con el Niño en los brazos, y le besó con ternura compasiva, dispuesta a defenderle y amarle contra todas las sombras perversas de Rucanto.

Cerró su puerta con llave para bajar al comedor, y al entrar en él vió que Julio, a quien ella creía enfermo, estaba allí, espiándola con ojos acerados; y como fulgurase sobre ella una mirada sañuda, semejante a una maldición, acercándosele, serena y valiente, le miró retadora hasta hacerle inclinar la cabeza.

XVII

Carmen pasó la noche en vigilia febril.

El sueño de las altas horas le pesaba en los párpados, rendidos; pero acunada por la nave milagrera de su novio y perseguida por la imagen fatídica de Julio, no podía dormir ni sosegar, hasta que, ya alboreciendo, se sumió en un leve descanso lleno de estremecimientos.

Despertóse bien entrada la mañana y le pareció oír lamentos y carreras, como en los días aciagos de aquella casa.

No se inquietó gran cosa, pensando que la presencia benigna del marino encalmaría bien pronto aquella tempestad.

Empezó a vestirse lentamente delante de un espejito tan pequeño que se iba viendo en él «por entregas», y reparando en ello se sonreía.

Estaba llena de sonrisas Carmen aquella mañana.... Una sonrisa para el espejo donde, inclinándose, vió su cara preciosa un poco descolorida; otra sonrisa para la ventana, ya acariciada por el sol pálido de noviembre...; otra, para el cielo; los ojos garzos y acariciadores de la niña subieron hasta él dulcemente al través de los vidrios empañecidos por la helada.... Estaba todo azul; ¿no había de estarlo?... Azul tenue el cielo, dorado desvaído el sol, verde apagado la campiña...; ¡qué bonitos colores tenía la vida aquella mañana!

Y en el firmamento apacible cabalgaba una nubecilla blanca y graciosa que parecía una vela marina hinchada por el viento...; ¿si sería un barco?...

Carmen quedó absorta en una deliciosa meditación. Estaba abrochando los botones del peinador y volvió a mirar hacia el espejito, donde ahora se reflejaban sus dos manos nacarinas ajustando la tela sobre el pecho.

Y en esto llamaron a su puerta.

--Señorita, señorita..., tenga.

Y le dieron una carta.

--¡Cosa más sorprendente!...

La sirviente se quedó allí, mirándola con rara curiosidad, y la joven, asombrada, preguntó:

--¿De quién es?

--Del señorito Fernando; me la dió para usted antes de marcharse.

--Pero, ¿se ha marchado?

--Y bien de madrugada...; tomó el primer tren.

Carmen se apoyó en el borde de su cama deshecha y tibia, y con las bellas manos temblorosas abrió la carta.

Leyó con ojos de sonámbula, desmesurados y turbios.

«Carmencita: Niña santa y hermosa, que me has querido en la hora más grata de mi vida, te digo adiós con mucha prisa y con mucha pena: con prisa porque debo separarme de ti cuanto antes; soy malo y temo hacerte mucho mal...; con pena porque me duele el corazón al dejarte.... Sólo tengo una cosa buena: que me conozco. Esta única virtud la pongo humildemente a tu servicio por encima de mis tentaciones y de mis ansias.... Olvídame: hazte la cuenta de que nuestro barco de novios ha naufragado y tú te salvaste pura y sana, en la playa del olvido.... Si hoy te hago sufrir un poco, perdóname pensando que he tenido lástima de ti y me trato sin compasión al decirte adiós.... Fernando.»

La niña de Luzmela alzó los ojos de la carta y paseó por el cuarto una sonrisa estúpida, que fué a posarse como una mariposa atontada sobre el Niño Jesús lastimado, erguido en su rinconera.

Se quedó Carmen mirándole como si nunca le hubiera visto...; ¡qué feo estaba y qué ajada la ropa! Pero ¿adónde miraba ahora el Niño Jesús?... No se sabía.... ¿Hacia la ventana?... No.... ¿Hacia la puerta?... Sí; hacia la puerta.... ¿A ver?

Carmen volvió la cara y allí estaba todavía la criada, boquiabierta, haciéndose la remolona, con una mano en el picaporte y otra en la cintura, como si esperase algún recado....

La señorita la miró sin dejar de sonreir, con una helada expresión que daba espanto, y la moza dijo:

--Con que se despide don Fernandito, ¿eh?

Entonces, Carmen, estremecida, agitó maquinalmente la mano que tenía inerte sobre la falda, con la carta abierta, y respondió:

--Sí....

La mozena dió dos pasos dentro de la habitación, y confidencialmente relató:

--Estos señoritos son el diablo.... Ya ve, a usted la cortejaba, como quien dice, y lo mismo hacía con Rosa la del Molino.

Carmen movió lentos los labios para decir:

--Rosa....

--Sí; usted «no caerá».... Como usted apenas sale de casa, no conoce a la mocedad de Rucanto.... Pues es una, aparente ella, pinturosa de la rama y de mucho empaque....

Carmen volvió a decir, como en un delirio:

--¡Rosa!...

Y a tal punto oyéronse más lamentables y distintos unos grites agudos en el fondo de la casa.

La criada salió corriendo por el pasillo adelante y Carmencita volvió a posar los ojos, errantes y nublados, sobre el Niño Dios de madera.

Ya el niño no miraba a la puerta.... ¿Adónde miraría?...

La muchacha, sumida en la insensatez confusa de sus pensamientos, sintió clavársele en el cerebro aquella curiosidad inexplicable, que le dolía como una punzada violenta.

¿Adónde miraba el Niño Jesús?

Con un andar forzoso y mecánico se le acercó lentamente.

El niño no miraba a parte alguna.

Estaba tuerto, estaba herido, estaba triste y despeinado..., con el traje en desorden....

Después de contemplarle un rato en atenta inmovilidad, Carmen se agachó un poco para mirar otra vez su cara en el espejo.

También ella estaba despeinada y triste, con los labios blancos, las ojeras negras, los ojos huraños, el vestido a medio ceñir.... ¡Qué feos estaban el pobre Niño de madera y la pobre niña de carne!...

Y se sonrió otra vez como una idiota.

Por su puerta entreabierta entró en aquel momento un agrio rumor semejante al graznido del cárabo.

Todo el cuerpo de Carmencita tembló, y sin dudar ni un segundo, sin volver la cabeza, despierta a la realidad de los sucesos, en una brusca sacudida de su ser, murmuró:

--Es Julio, que ríe.

XVIII

Doña Rebeca se rebullía en su cuarto con las crenchas blancas tendidas en enredada madeja, con los brazos secos alzados como las quimas de un árbol marchito que se elevase al cielo pidiendo venganza.

Gesticulaba y maldecía y decía refranes a destajo....

Encima de una silla, con la tapa levantada y el seno vacío, se estaba muy echada para atrás, y muy burlona, una cajita de hierro, cuyo contenido se había llevado tranquilamente el joven Fernando, el hijo predilecto y mimado de la señora. Ella misma le había dado la llave de la caja, diciéndole muy acaramelada y blandamente:

--No quiero hacerte de menos, hijo; tú eres aquí el amo; para eso eres el mayor, un hombre de carrera, tan cabal y buen mozo....

Y el buen mozo tomó para su viaje los fondos de la familia, todos los ahorros de la renta, destinados a pagar deudas apremiantes, y «el quinto» de Julio, y salarios y obligaciones urgentes de la casa.

En las entrañas hueras de la caja dejó Fernando un billete que no era, por cierto, de Banco, y que decía:

«Tengo que marchar inmediatamente, sin tiempo para despedirme, y llevo este dinero porque lo necesito y porque algo he de disfrutar yo de la herencia de tío Manuel....»

Doña Rebeca, ante la insolencia provocativa de aquella arrasada, se desató en improperios contra el hijo guapo de su corazón, y pensando con terror en el desquite que Narcisa se iba a tomar a costa de aquel despojo, entonó la salmodia estupenda de sus refranes:

_--Al arca abierta, el justo peca.... Del enemigo, el consejo.... Fíate de la Virgen...._

¡Era toda un puro berrinche la señora de Rucanto!

Narcisa, enterada del suceso, tuvo la más despiadada y cruel sonrisa para la boca abierta de la madre y de la caja, y encogiéndose de hombros comenzó a congratularse de haber acertado en sus pronósticos. Y todos sus ademanes y sus dichos eran una jactancia orgullosa de sibila, una mofa hiriente y sangrienta para la desmelenada señora....