La Niña de Luzmela

Part 4

Chapter 4 3,989 words Public domain Markdown

Carmen no quería responder con franqueza, y salió diciendo:

--¿No sabes que va a venir Fernando?

--¿El marino?

--Sí.

--¿Y a qué viene?

--A pasar una temporada...: ese dicen que es bueno.

--Pero; ¿de verdad son malos los otros?

--¿Malos?... ¡Es que están algo locos!...

--Tú no tienes confianza conmigo, Carmen; eso me entristece....

Ella le miró cariñosa.

--Sí que la tengo...; ¿tú qué puedes hacer?... Ya no tiene remedio....

--¿Como que no?... Yo puedo hacerlo todo; todo, ¿entiendes?... Y lo haré si es preciso; sólo falta que tú me autorices para ello.

--¿Qué harías?

--Llevarte adonde estuvieras a tu gusto.... Para eso estoy en el mundo, para velar por ti.

--¿Para eso?

--¿Y lo dudas? ¿No te lo aseguré el día en que saliste de Luzmela? ¿No sabes que el padrino me lo dejó encargado?...

Aquella evocación alteró la expresión resignada de la niña. Se ensombreció su rostro peregrino y estuvo a punto de romper a llorar.

Logró contenerse con un gran esfuerzo, y entregó su mano temblorosa al joven para protestarle.

--Gracias, gracias....

El, muy conmovido, besó religiosamente aquella linda mano, insistiendo:

--Dime, ¿te quieres ir de esta casa?

--No, no; aquí me quedaré; si fuera necesario te avisaría.

--¿Me lo prometes?

--Prometido.

Se quedaron callados un momento; después Carmen preguntó con sobresalto:

--Y ¿qué diré a doña Rebeca de mi comisión?... La he cumplido muy mal. De antemano sabía que tú ibas a reirte, y he gozado con que juntos nos burlásemos un poco de las dos.... No tiene Narcisa ningún novio, ¿sabes?, y te querían a ti porque eres rico. Me encargó la madre que te lo propusiese como ocurrencia mía...; que te dijese cosas muy buenas de la chica.... Y no te las digo por si acaso las crees y te casas con ella.... Luego estarías bien desesperado.... Además de ser locas son malas; hablan infamias de todo el mundo, de ti también, y del padrino....

--¡Pobre Carmen!... Así no puedes vivir.... Yo arreglaré esto.

Carmen, lanzada involuntariamente al terreno de las confidencias, añadió todavía:

--De Andrés tengo miedo..., y también de Julio....

Salvador estaba consternado; se había puesto de pie con impaciencia, y ella insistió, siempre alarmada:

--¿Y qué le diré a doña Rebeca ... de «eso»?...

--¿De qué, hija mía?

--De la boda....

Y todavía la niña se rió, un poco burlona.

--Pues, le dirás que yo no pienso casarme nunca.

--¿Nunca?... ¿Y es de veras?

La miró Salvador, largamente, para decir:

--Hasta que tú te cases.

Ella, enrojecida, no supo qué replicar.

En la casa, sumida en raro silencio, se oyeron entonces pasos y rumores.

Salvador, deseando esquivar en aquel momento la persecución de las señoras, se despidió de Carmen aceleradamente, prometiéndole volver muy pronto y haciéndole prometer que, entretanto, ella le escribiría con reserva, poniéndole al corriente de su situación, sobre la cual era preciso resolver en definitiva.

VII

Era aquél un día de emociones en Rucanto.

Saboreaba las suyas Carmencita, olvidada de todo para pensar en los días felices de Luzmela, evocados por la cariñosa visita de su único amigo.

De pronto cayó sobre su ensueño la voz punzante de doña Rebeca, interrogando:

--¿Se fué ya?

La joven se estremeció y, azorada, repuso:

--Ya....

--¿Y no has llamado a «tu prima»?

Tímida para disculparse, guardó silencio la joven, y doña Rebeca contuvo a duras penas su enojo, deseando explorar el resultado de las gestiones que la encomendó.

--Habla, hija mía; ¿qué te ha dicho el médico?... ¿Le ponderaste a Narcisa?... La pobre Narcisa te quiere mucho; hoy me ha dicho que tienes ya que aliviar el luto y salir con ella a paseo. Vamos, explícate: ¿confesó que le era simpática?... ¡El siempre le echa unos ojos!...

Carmen, obligada a responder, torpe y confusa, dijo sencillamente.

--Me ha dicho que no piensa casarse nunca.

La señora, descompuesta en un instante, bramando de furor, alzó los brazos sarmentosos sobre la cabeza de la niña.

Luego se tiró de los pelos. Uno de sus desahogos favoritos era encresparse la melena blanca, que debiera ser albo nimbo de su ancianidad.

Con la voz temblequeante de despecho, inquirió:

--Y ¿le has ofrecido mi hija?... ¡Mi hija despreciada por ese advenedizo, un hijo de mala madre, ladrón, asesino!...

Carmen cerró los ojos, se tapó los oídos, se encogió en su silla pequeña, toda confundida y horrorizada.

Doña Rebeca seguía avanzando hacia la infeliz; le echaba encima su aliento fatigoso y le escupía en la cara los insultos.

--Te aborrezco, usurpadora, infame; que no puedes ver a mi hija porque es mejor nacida que tú, y más guapa y más rica....

Dió un manotazo furioso encima del bastidor, que rodó por el suelo. La débil madera del telar había gemido rota.

Entonces Carmen se levantó con un instintivo impulso de defensa.

Estaba blanca y tenía en los ojos un extraño fulgor.

Los puso en doña Rebeca con tal expresión de firmeza y desprecio, que la vieja abatió los brazos y la voz para murmurar:

--¿Me desafías?... ¿Te burlas de mí?... Tú eres la santa..., la santa....

Esta palabra mordaz, aplicada pérfidamente, tenía el privilegio de aplacar las rebeliones de Carmen, tan humanas y tan justas.

Humilló la mirada, y cogió del suelo el bastidor.

Estaba pensando: ¡Santa! Todavía no lo soy; me sublevo; me he mofado de ellas con Salvador..., las he acusado..., casi las odio.... ¡Dios mío, hazme buena, hazme santa!...

Doña Rebeca, jadeante, necesitaba descansar; pasó en seguida de lo trágico a lo jocoso; con una extraordinaria facilidad, para decir:

--«_No por mucho madrugar amanece más temprano_».... «_El que con niños se acuesta_....»

Entró en aquel momento la señorita de la casa. Estaba muy retepeinada y garifa, en previsión de que la hubieran llamado para aceptar benignamente los homenajes del médico, pero había oído los gritos de su mamá, y acudía ceñuda y grave al lugar de la catástrofe.

Viendo a Carmen descolorida y confusa, desmelenada y rendida a su madre, adivinó el resultado de sus tentativas, y ya se iba a insolentar, cuando una voz providente dijo en la puerta:

--Señora, un telegrama....

Dió dos saltitos doña Rebeca para apoderarse del papel azul, y Narcisa, olvidada de sus propósitos, giró como una veleta hacia la noticia telegráfica.

VIII

Aprovechó Carmen aquel afortunado momento para escaparse. Tenía en el desván un pequeño refugio donde había pasado muchas horas de miedo y de dolor.

Era un cuartito con una tronera alzada sobre el alero del tejado; nadie le habitaba, y ella solía subir allí a ver cómo el sol pasaba por el valle, a mandar un beso a la torre lejana de Luzmela y una oración al alto cementerio, donde su protector dormía ajeno a tanta desventura.

Se oía desde el alto rincón la voz recia del _Salia_, acordada en eterno cantar glorioso.

Carmen, engolfándose allí en la exaltación de los más altos pensamientos, no desdeñaba la amistad de un ser miserable, que solía esperarla en el solitario lugar y acariciarla humildemente.

Era un gato, que habitaba casi siempre por aquellos andurriales huyendo de la escoba de doña Rebeca.

Tan ruin era y tan feo, que le llamaban _Desdicha_.

Carmen le llevaba con frecuencia algo de comer, y el pobre animal le pagaba su compasión con artísticos arqueos y amorosos ronquidos.

Muchas veces, contemplando ella los cambiantes policromos de los ojos del gato, pensaba que eran aquellas bestiales pupilas las únicas que en la casona la miraban sin encono; y cuando el maullido blando y lastimoso de _Desdicha_ la llamaba con cariñosas inflexiones de gratitud, le sonreía como a un ser racional y le hablaba dulcemente, respondiendo a sus insinuantes confidencias....

En una de las frecuentes escapatorias al desván, Carmen había descubierto entre inservibles trastos la imagen tallada en madera de un Niño Jesús.

Medía un palmo de altura, estaba desnudo y era una escultura tosca. La carita, atristada y borrosa, tenía unos ojos clementes, de los cuales habían resbalado a las mejillas unas lágrimas de muy dudoso arte.

A Carmencita le dió mucha lástima de aquel inconsolable dolor rodando por el rostro bendito.

Tomó la imagen y la aseó; y a escondidas, con sobresaltos y recelos, le hizo una túnica piadosa con el traje blanco de triste membranza.

El Niño estaba sobre un mundo dorado, encima de una peana rústica.

Buscó la joven un rinconcito donde colocarle, en uno de aquellos muebles rotos, y allí escondido le visitaba todos los días y le contaba en plática muda y tierna sus dolores solitarios.

Aquella mañana fué a verle y le pareció que él también estaba más afligido que nunca.

Después se asomó a contemplar la torre grave y maciza de Luzmela, la torre amiga de su corazón.

Mirándola estaba con sus bellos ojos empañecidos de tristezas, cuando _Desdicha_ la vino a saludar con expresivos arqueos y ronroneos apremiantes. Ella le acarició, prometiéndole un regalo para más tarde, y como algunas lágrimas ardientes cayesen entonces sobra la piel tigresa del animal, volvió éste hacia la niña sus ojos mortecinos llenos de mansedumbre y le dijo algo piadoso en su bárbaro lenguaje; después lamió con delicia las gotas cálidas del llanto y tornó a sus arqueos y a sus ronquidos amistosos.

Carmen se inclinó hacia el pobre _Desdicha_ hasta rozar con sus labios rojeantes la piel hirsuta del animal; luego le colocó blandamente en el alfeizar de la ventana, a la _raita_ del sol, y despidiéndose con pesar de la vista del valle y del cantar del _Salia_, bajó al piso principal, porque era medio día, y se comía allí a las doce en punto.

IX

El papelito azul decía:

«_Llego en el expreso.--Fernando_».

Y toda la casa se había revuelto.

La comida no estaba pronta. Había un trajín impaciente de muebles en habitaciones, y cada vez que la madre y la hija se encontraban en medio de tal jaleo, reñían y se increpaban, porque Narcisa, celosa siempre del hermano buen mozo y seductor, opinaba que aquellos eran demasiados preparativos para recibirle, y protestaba con satíricas frases de aquella revolución inusitada.

En esto llegó Andrés. Traía hambre y estaba de muy mal humor.

El retraso de la comida le soliviantó, y al enterarse del motivo de aquellas alteraciones preguntó irritado:

--Y ¿a qué viene _ese_?

Doña Rebeca le contestó con autoritario tono:

--Viene a casa de su madre; hace seis años que no le veo, tiene tanto derecho como tú a vivir conmigo.

--¿Derecho?... El tiene carrera...; tú le prefieres porque es guapo, le consientes todos sus caprichos y le das dinero....

Descargó un puñetazo sobre la mesa, con toda la reciedumbre de sus puños potentes, y platos y copas saltaron con estruendo y destrozo.

--¡Está borracho!--dijo Narcisa con desprecio.

El se revolvió como una fiera, y le tiró a la cabeza su bastón de cachiporra.

Se dió a gritos doña Rebeca; Narcisa, ilesa, inventó un desmayo, y Julio iluminó con un destello de feroz alegría su vidriosa mirada.

Andrés, creyendo que había herido a su hermana, improvisó un segundo acto melodramático, y aprovechando una iracunda mirada de su madre, fingió querer clavarse en el pecho un inofensivo cuchillo de postre.

La cándida niña de Luzmela, con un espontáneo movimiento de humanidad, corrió a estorbarle el «suicidio», y aquella fué la primera vez que él miró a la muchacha con detención y de cerca.

La encontró muy hermosa; toda su materia se estremeció, y al entregarle el cuchillo sin la menor resistencia le sobó las manos groseramente.

Quedó aplacado el guijarreño mozo por la magia de aquella sorpresa, y como Narcisa creyese prudente recobrarse «del síncope», porque la sopa se estaba enfriando, se hizo la paz en un minuto, Julio dejó de sonreir, y todos se sentaron a la mesa, provista de otros platos y de otras copas.

Comieron de prisa y comieron mucho; allí siempre se comía mucho. Con las bocas llenas de insultos, en discordia, en pelea, los guisos y las botellas se despachaban lindamente....

Doña Rebeca, muy amable con Carmen, la llamó _sobrinita_ varias veces y la instó a repetir de algunos platos.

La niña, incapaz de acostumbrarse a tales mudanzas estupendas, no sabía si temer o alegrarse en aquella ocasión, y sintiéndose al fin contagiada por la extraña tranquilidad general, esperó curiosa la hora del tren expreso, que era la de las cuatro de la tarde.

X

Creyó doña Rebeca oportuno dar dinero a su hijo Andrés, con más largueza que de costumbre, para que se fuera contento por muchos días; pero él apuñando el pago de la ausencia, no se alejó sin rezongar y sin echar sobre Carmen una mirada licenciosa.

Afortunadamente, la muchacha, distraída por los extraordinarios sucesos de aquel día, no había notado la brutal impresión que estaba causando en Andrés.

A la hora oportuna bajaron las señoras a la estación, y Carmen se quedó sola. Ella nunca salía sino a la huerta o al campo.... ¿Qué iba a hacer en lugares de pública reunión una chiquilla recogida de caridad y siempre enlutada y triste? La niña había llegado a creer que doña Rebeca tenía razón en disponer así de sus florecientes diez y siete años, y no intentaba nunca quebrantar este decreto, martirial y absurdo, que la recluía siempre en grave soledad.

Apenas salieron la madre y la hija, Carmen oyó que Julio aullaba en su dormitorio, y temiendo que saliera a asustarla desde algún rincón con sus ojos crueles, bajó al zaguán y se puso a escuchar el silencio de la tarde.

Sintióse a poco, por el jardín adelante, un rumor de palabras.

Sobre la dura voz de Narcisa y la chillona de su madre, otra, sonora y firme, se alzaba risueña.

Carmen se asomó a mirar.

Allí estaba Fernando, esbelto, seductor, con su cara pálida y fina, su bigote negro, sus ojos endrinos y soñadores.

Tenía despejada la frente, rizo el cabello obscuro, y sensual la boca, sonreidora y correcta.

Entró el viajero en el zaguán, y quedóse la muchacha fascinada, dudando si en efecto sería aquel Fernando Alvarez de la Torre hijo de doña Rebeca.

Pero lo era, porque viéndola él replegada contra el muro, preguntó a su madre:

--¿Esta es la hija del tío Manuel?

Y sin esperar respuesta, la abrazó con efusión, la miró con entusiasmo y declaró al fin:

--¡Es muy bonita..., muy bonita!

Carmen estaba encantada, Narcisa furiosa, y doña Rebeca parecía abstraída en perplejidades y temores, con un aire lánguido de víctima, muy mal avenido con su figurilla inquieta y alocada. Sentía un enfermizo reblandecimiento de amor maternal hacia el marino, y veía avecindarse en torno suyo los iracundos celos de Narcisa.

Esta perspectiva, ¿la entristecía o la alegraba?... Era difícil averiguarlo, porque su aspecto, adolecido, parecía poco sincero. ¿Acaso no estaba ella en su elemento cuando más fuertes se desencadenaban en la casona las tempestades familiares?...

Se habían quedado todos sumidos en un silencio molesto, durante el cual la galante sonrisa de Fernando siguió fija en el turbado rostro de la niña de Luzmela, y entonces la señora instó a su hijo a subir, ponderando con entrecortada voz, muy fingida y lacrimosa, los anhelos que sentía de verle a su lado y recrearse con su presencia.

Tan pronto como ellos desaparecieron, Narcisa empezó a trastear con bruscos ademanes; quitaba y ponía sillas de un lado a otro, empujaba a puntapiés el equipaje de su hermano, y silbaba unas amargas murmuraciones.

--Ya tenemos en casa el viril; ya está aquí el oráculo; se completó la sección de estorbos.... Entre chiquillas de la calle y señoritos guapos vamos a estar divertidos....

Carmen, sin atender a Narcisa, estaba sintiendo todavía cómo la acariciaba dulcemente la sonrisa serena del marino.

En pocas horas cambió Fernando el semblante sombrío de la casa.

Cantó, abrió los balcones con estrépito, y una brisa otoñal, odorante y pura, refrescó las habitaciones lóbregas, cerradas por el desuso mucho tiempo.

No quiso la que le habían preparado, sino otra mayor, con mejores vistas y peores muebles.

La casona, inmensa, tenía amplios aposentos desmantelados y medio ruinosos.

Todas aquellas ventanas carcomidas y gimientes las abrió el marino de par en par, y el sol se tendió perezoso en las estancias, y entraron con él en la casa los rumores soberbios del río y el garganteo melódico de los malvises.

Estaba la mies en derrota; los ganados, libres, sesteaban soñolientos, se refocilaban en bárbaras persecuciones, o pacían en lentas cabezadas los brotes _sirueños_.

Tintineaban las esquilas en la mansa levedad del ambiente, y todo el valle se hermoseaba con traje de alegría en la paz geórgica de la tarde.

Fernando prodigaba sus admiraciones a los encantos de aquel panorama delicioso, y saciando sus ojos de hermosura, rememoraba los años infantiles, pródigos en aventuras y promesas.

Mientras tanto, doña Rebeca había dejado de reñir a voces; Julio apenas salía de sus escondites, y Andrés no había vuelto a aparecer por la casona.

Narcisa, más convencida que nunca de la importancia de su persona y de la sublimidad de su talento, se engolfaba en lamentaciones augurales, presagiando que el regreso tan festejado del marino había de traer graves perjuicios al esclarecido solar de Rucanto....

Con el reciente trasiego de muebles, Narcisa tomó pretextos para lanzar de su cuarto la camita de Carmen, y la niña, muy contenta, eligió para colocarla un retirado gabinete desalhajado y achacoso, pero con recia llave en la cerradura y ancha ventana abierta al campo, sobre el camino de Luzmela.

Entonces, aprovechando los favorables vientos de paz que reinaban en la casa, se atrevió a bajar del sobrado la abandonada imagen del Niño Jesús. La puso encima de una rinconera adherida al muro espeso del dormitorio, y se complació en su compañía y en su devoción con místicos arrobos.

Parecióle que el vestidito de la imagen estaba un poco sucio y se lo lavó, para volvérselo a poner muy bien alisado y pomposo.

Buscaba todos los días algunas flores que ofrecerle y cada noche, antes de acostarse, le besaba con fervor en las divinas lágrimas.

Una mañana de aquellas estaba peinando la acrespada peluca del Niño con su mano alba y tersa, cuando sintió una inquietud medrosa que le hizo volver la cara.

Por la puerta entornada, los ojos felinos de Julio la perseguían, apostados en la oscuridad como una maldición.

XI

Fernando se complacía en manifestar a Carmen una simpatía franca, llena de atenciones.

Cuidábase poco de su madre y de su hermana, sin preocuparse de merecer su beneplácito.

Desde la primera mirada, vió cómo ellas aborrecían a la niña de Luzmela, y, sin protestar de esta monstruosidad, él se puso a quererla, porque le pareció digna de cariño.

Doña Rebeca tragaba saliva, renegaba de todo lo criado, a media voz, y, quedito, en los pasillos y en los rincones, le decía a Carmen injurias y refranes con perversa impunidad.

Una calma aparente reinaba en la casona, porque Narcisa, sabiendo que le era imposible contrarrestar la influencia que Fernando ejercía en su madre, se contentaba con zaherirlos a los dos a cierta distancia del marino, apagando la voz y mordiendo las desesperaciones de su envidia.

El fracaso de sus tentativas conquistadoras cerca de Salvador la tenía frenética.

Había creído que, por miedo o por conveniencia, Carmen iba a cumplir a satisfacción la extraña embajada; que no era lerda la niña ni le faltaba ingenio para enredar una madeja de amores. Pero no había querido, no, ¡la pícara, la taimada!...

Uno de aquellos días en que tuvo ocasión de echarle a la muchacha en cara lo que ella llamaba su «ingratitud», tantos cargos terribles la hizo y de tales apariencias de indignación adornó su resentimiento, que la niña llegó a creer en la posibilidad de su culpa.

Mostróse muy apurada entonces, y Narcisa, abusando de aquella turbación inocente, derrochó sobre la muchacha las recriminaciones y acudió después a las amenazas.

Carmen, llena de temor, trató de calmarla, insinuando alguna promesa.

--El me dijo--balbució--que no pensaba casarse...; pero creo que lo dijo en broma...; quedó en venir pronto....

La presunta novia apaciguó un tanto sus furores para manifestar:

--No; si a mí por él no me importa un bledo...: tengo pretendientes de sobra. Lo que siento es tu mala voluntad, tu poca complacencia.... Se trataba solamente de conocer sus intenciones..., de saber por qué nos visita tanto.... Por ti no será...: ¡dicen que sois hermanos!...

La niña, recobrándose, contestó al punto:

--Si fuese cierto, por mí vendría....

--O no, que a los hermanos no les da tan fuerte. Ya ves lo que se molestan por mí los míos..., ¡como yo por ellos!...

No oyó Carmen estas últimas palabras, embebida en la ilusión de pensar que Salvador pudiera ser su hermano.

La otra argulló todavía:

--El bien me mira....

Distraída afirmó la muchacha:

--Sí..., él bien te mira....

--Bueno; pues quiero conocer sus propósitos, porque así estamos perdiendo el tiempo, y yo me perjudico.

Aun dijo Carmen, perpleja:

--Tú te perjudicas....

--Pues es preciso que te enteres pronto y bien de su intención..., con disimulo..., y si no, ¡pobre de ti!

La niña, como un eco, repitió mentalmente:

--¡Pobre de mí!

XII

Y sin embargo, Carmen ya no era tan pobre; tenía un amigo influyente en la casona donde antes sólo tuvo un Niño Jesús de madera y un gato feo y ruin.

Con lozana alegría empezaba a florecer su corazón amoroso; y seducida por aquellos primeros favores de la suerte, se sintió tan deseosa de paces y treguas en la batalla de su senda oprimida, que pensó en congraciar con un ardid a la terrible señorita de la casa, escribiendo a Salvador dos renglones que pudieran convertirse en alguna esperanza para la cazadora de novios.

Y ella, tan sin artificios ni dobleces, imaginó en seguida un medio fácil y seguro de hacer llegar su misiva a las manos del médico.

Era un sábado, y doña Rebeca daba algunas limosnas en ese día, por vieja rutina de la casa. Solía la niña repartirlas, y tenía un pobre favorito muy socorrido por ella en sus prósperos días de Luzmela.

Aguardóle, y, con misterio, le dió su papel para Salvador.

En él decía:

«Estoy bien y mucho más contenta; no dejes de venir pronto a vernos y procura estar amable con Narcisa: es un favor que te pido».

Después que el emisario partió, gozoso de servir a su bella protectora, Carmen se quedó arrepentida de inducir a Salvador a una farsa con aquel impremeditado ruego.

Quiso tranquilizarse pensando:--No será más que una medida para que ahora me dejen en paz; él lo hará con gusto cuando yo le explique.... --Pero ¿qué le explicaría?... Carmen enrojeció a solas, y sintió en su corazón un acelerado latido.

Quedóse pensativa....

Entretanto, Andrés se había avistado ya con su hermano.

Llegó el malviviente a la casona un poco menos feroz que otros días.

El y Fernando se saludaron como si la víspera se hubieran visto.

El marino se contentó con decir:

--Estás viejo, hombre....

Andrés le atravesó con sus ojos bizcos, inexpresivos y torpes, y dijo un poco sarcástico:

--Tú estás más joven.

Se volvieron la espalda. Fernando cantaba una barcarola. Andrés buscaba a su madre para pedirle dinero.

En el corredor se tropezó con Carmen; parecía haberse olvidado de ella, y al verla dió un gruñido y trató de hacerla una caricia.

Sobrecogida, no pudo evitar un ligero grito al esquivar su cuerpo inmaculado de las manazas brutales del hombrón.

Salieron doña Rebeca y Narcisa de sus habitaciones, como dos víboras de sus escondrijos, silbando:

--¡Loca!... ¡Si está loca!... ¿Qué escándalo es éste?...

Andrés, detenido en medio del corredor, perseguía a la joven con una mirada estuosa y voraz, y las señoras de la casa, asomadas unas a cada puerta, atisbaban procaces y malignas.

Fernando, desde la entrada del comedor, sonrió sobre aquella escena amarga, sin sorpresa ni indignación aparentes, y le dijo a Carmen, que se le había acercado medrosa:

--Anda, vente conmigo un poco a la huerta....

Se hizo el silencio en torno a aquella voz armoniosa que ejercía un milagroso imperio en la familia, y Carmen, bajo la protección de aquel influjo bienhechor, se apresuró a obedecer.