Part 3
Esta pasividad excitó más la agresiva intención de la señora, que, persiguiéndola con los ojos y con la actitud, continuó:
--Mi hermano estaba loco, loco de atar...: heredó de los abuelos esta dolencia.
Le acudió a Carmen un lógico pensamiento, y delatándole en voz alta, preguntó:
--¿No eran también abuelos de usted?
Doña Rebeca, furibunda, le puso los puños junto a la cara, gritándole:
--Tú eres la santa..., ¿eh?...; la santa, ¿y me insultas llamándome loca?
La infeliz, rompiendo a llorar, gimió:
--¿Yo?...
--Sí, tú, la santita, el agua mansa, que parece que nunca has roto un plato....
Y se dió a hacer gestos por la casa adelante, con las manos en la cabeza y la voz retumbante rodando por los pasillos.
Nueva espectadora de aquellas comedias ridículas, Carmen se creyó realmente culpable y llegó a suponer que había sido grave indiscreción preguntarle a doña Rebeca si era nieta de sus abuelos.
Otro día, riñendo la hija y la madre, engalladas y descompuestas, estaban ya a punto de «agarrarse», cuando Carmen, entrando en la estancia, se interpuso entre las dos con impulso bondadoso.
Aprovechó Narcisa aquel momento para darle con saña un empellón, y la niña fué a caer de rodillas cerca de una mesa, sobre la cual una lámpara vaciló, quebrándose.
--Es una loca--dijo Narcisa, avenida de pronto con su madre en tranquila conversación.
--Sí, una loca; hija de su padre había de ser--repitió la señora.
Carmen, sin hacer caso de la lámpara, del golpe, ni de la injusticia de aquellas palabras, preguntó:
--¿De qué padre?
--De mi hermano; del simple de mi hermano, que estaba «poseído»....
La niña había oído únicamente _de mi hermano_, y, de rodillas como estaba, juntó las manos con transporte, soñando.
--Sí; es cierto..., es cierto....
El furor de Narcisa volvió entonces a desbordarse ante la devota actitud de la muchacha, y de nuevo chilló a su madre con desatinadas veces.
--¿No ves cómo se eleva? ¿No ves cómo se cree igual a nosotras? ¿Por qué le dices que es hija de tu hermano?... Tú sí que estás «poseída»; tú sí que eres simple....
Huyó doña Rebeca con su paso menudo y cauteloso, y la hija la siguió a grito herido llenándola de injurias.
Carmen, sola en la habitación, sintió que la duda quedaba todavía viva en su pecho; volvió los ojos a todos lados como para interrogar al misterio de su vida, y vió otros ojos turbados y malignos que se recreaban en su angustia.
Era Julio, que acechaba el dolor ajeno para manjar de su alma perversa. Estaba a veces adormilado en los bancos del pasillo o en el sofá de la sala, y cuando oía que, bajo los chillidos agudos de Narcisa o bajo las sinrazones de su madre, temblaba como un pajarillo la fresca voz de Carmencita, corría hacia ellas, recatándose detrás de las puertas o a la sombra de las paredes para no perder ni un detalle de la escena dolorosa. Si le era posible ver las caras desde sus escondites, entonces una expresión tenebrosa se asomaba a sus ojos malécos.
No se acordaba Carmen de haber hablado con aquel muchacho una buena palabra en los años que llevaba en la casona.
La voz aceda del mozo sólo se alzaba iracunda contra su madre, contra su hermana o contra los criados. Se pasaba muchos días encerrado en su dormitorio. Doña Rebeca decía que estaba enfermo. Debía de ser verdad, porque a menudo salían del aposento ayes y gemidos.
Lloraba entonces la madre; Narcisa se enfurecía, y si en tales ocasiones de tragedia llegaba Andrés a Rucanto, rodaban los muebles, estallaban los cacharros en añicos, y las puertas se batían en tableteos formidables.
Los criados, siempre nuevos y de lejanos valles, pedían la cuenta con premura, y Carmen, llena de espanto, se escondía en el último pliegue de la casa a temblar como una hoja.
Pasaba la tempestad, doña Rebeca guisaba, su hija ponía la mesa con mucha solemnidad, y todos comían amigablemente, con apetito y abundancia.
Era seguro entonces que Andrés tenía dinero en el bolsillo y que Narcisa había conseguido un traje nuevo o un viaje a la ciudad.
Julio, que no se aplacaba con dones, aparecía tranquilo a fuerza de cansancio; y la fatiga de haber rugido furiosamente desplegaba su frente huraña y le hacía aparecer menos repulsivo.
Sólo Carmen en aquellas ocasiones, harto frecuentes, fingía comer y luchaba con el temblor de sus manos y con la inseguridad de su voz.
Y así, mientras que la madre y los dos hijos mayores hablaban amistados y serenos, Julio descansaba desfallecido, ella oía, siempre horrorizada, el eco de las blasfemias y de los insultos, de los golpes y las amenazas que se habían alzado entre la madre y los hijos, apenas hacía una hora, y tantas veces y en tantos años....
Era una casa temerosa la de Rucanto.
La fundó un quinto abuelo de doña Rebeca, que murió en un manicomio y que dejó lastimosa descendencia de locos y suicidas.
Desde entonces siempre se habían oído en ella gritos frecuentes, carreras y estruendos; siempre habían gemido las puertas, estremecidas por violentos impulsos, en el fondo oscuro de los corredores.
Una ráfaga de locura hereditaria y perversa parecía conmover a los habitantes de la casona, y los vecinos de la comarca miraban siempre con supersticioso respeto aquella vivienda blasonada.
Se contaba que doña Rebeca había sido muy desgraciada en su matrimonio.
Casó con un plebeyo, buen mozo y pobre, único pretendiente que le deparó la fortuna. Era mujeriego y derrochador, y suponíase que la dote de doña Rebeca le había enamorado más que la dama.
Aunque al público trascendía la desavenencia de los esposos, nada cierto se supo de sus querellas íntimas, sino que ambos se colmaban de improperios y andaban a medias en el mutuo lanzamiento de trastos a la cabeza.
Sin embargo, la opinión general culpaba al marido, vividor poco edificante; y doña Rebeca, que solía dar limosna y llorar en la iglesia, y que vivía encerrada en su casa, pasaba por ser «una infeliz» un poco estrafalaria y algo tocada del mal de la locura.
Andrés tenía mala fama; le temían los novios y los maridos, y era mirado con prevención en el valle.
A Fernando se le conocía muy poco; decían de él que era bravo marino y que poseía rasgos de nobleza y bondad como el señor de Luzmela.
Julio perecía siempre un niño colérico y misántropo que había sentado plaza de enfermo incurable, y Narcisa pasaba por discreta y, altiva, mediante la solemnidad de su empaque y el orgullo con que se amigaba--sin intimidad y con reservas--sólo con dos o tres señoritas de las ilustres familias comarcanas....
Habían pasado años de terrible escasez en la casona. Cuando llegó la herencia de don Manuel a remediar la precaria situación de la familia fué ya urgente levantar hipotecas y pagar trampas apremiantes. Como doña Rebeca era sólo usufructuaria del legado, hubo precisión de arreglarse con las rentas para hacer frente a la vida y remediar en la posible los pasados descalabros de la fortuna.
Difícilmente podían ir cubriendo las apariencias de reconstruir su posición ruinosa; estaba por medio Carmencita como un obstáculo insuperable. Sin ella, hubiesen tomado del capital heredado lo imprescindible para remendar la hacienda rota y darse importancia de gentes poderosas.
Doña Rebeca y su hija andaban atarantadas con esta pesadilla, y una animadversión latente las separaba más cada día de la dulce niña de Luzmela....
Ya hacía muchos meses que la sobrina de don Manuel había quitado el luto, y todavía Carmencita andaba vestida de negro, con resoba dos trajes. Ella no decía nada; pero algunas veces sentía una vaga pesadumbre al encerrar su cuerpo gallardo en aquellos hábitos austeros y tristes.
Un día, sofocada con la lana negra de su corpiño, tuvo la tentación de ponerse uno de sus vestidos blancos de Luzmela. La falda estaba sumamente corta; el cuerpo muy estrecho. Ingeniosa y lista, descosió dobladillos y lorzas hasta que la tela rozó completamente el borde de los zapatos. Luego, unas maniobras semejantes hicieron al corpiño extender sus delanteros sobre el seno túrgido de la niña. La manga, menos dócil, dejaba ver el antebrazo alabastrino. Se miró al espejo, y asombrada de sí misma, se ruborizó.
Entonces, con el amargo recelo de provocar el enojo de sus huéspedes, iba a desnudarse, cuando Narcisa se presentó en el aposento.
Mirando a Carmen, dió un grito, como si algo terrible le aconteciera, y llamó a voces a su madre.
La muchacha, sobrecogida, se replegó a un extremo del gabinete, y doña Rebeca, que acudió a saltitos menudos, se llevó las manos a la cabeza y empezó a lamentarse con agudas exclamaciones, engarzadas en su sarta habitual de refranes y agravios.
--_¡Cría cuervos y te sacarán los ojos!..._ Esta ingrata se quiere quitar el luto de mi pobre hermano. _A muertos y a idos_.... ¡Hermano de mi alma, que por ella se ha condenado; que está en los profundos infiernos por culpa de esta mal nacida!...
Narcisa, impasible y majestuosa, presidía la escena como un juez severo, asistiendo con gestos de indignación a los desatinados discursos de su madre, mientras Julio, que había acudido sañudo y acechante al umbral de la puerta, fulguraba sobre la trémula niña su mirada monstruosa, y oyendo buhar y maldecir a las dos mujeres, toda su mezquina figura se estremecía de satánico gozo....
Pálida y convulsa resplandecía tan bella la muchacha, que Narcisa hubiera querido aniquilarla con sus ojos acerados, cargados de ira.
Cuando la dejaron sola con su terror, se quitó con manos temblonas el alegre vestido blanco, y otra vez se abrumó bajo la tela sombría de su luto. Estaba descontenta de sí misma; tal vez doña Rebeca tenía un poco de razón; acaso había algo de ingratitud de su parte en aquella involuntaria fatiga que le causaba la ropa negra, vieja y pesada. Mortificábase con la duda de si el antojo del vestido blanco habría ofendido la memoria de aquel hombre a quien en el fondo de su corazón llamaba padre, y le dolían, con violento dolor, las crueles palabras que acababa de oír sobre la condenación de don Manuel. Toda su alma estaba sublevada de indignaciones porque la culpasen a ella de aquella condenación posible.
Tanto oía anatematizar a todas horas la injusticia del testamento de su protector, que llegó a tener sospechas de semejante injusticia; porque si ella no era, por fin, hija del noble solariego, ¿qué era en aquella familia, y qué motivos había para que la piedad del testador la asistiese por encima de los naturales derechos de la hermana?
Pero, y Salvador, ¿no parecía también un extraño, un intruso que había venido a poseer libre y completamente parte de la fortuna del amigo?
Había un gran misterio en la última voluntad de don Manuel, y Carmencita martirizaba en vano su inteligencia con aquellas profundas meditaciones.
Cuando en su presencia se insultaba acerbamente al difunto caballero, rompía a llorar descorazonada al sentirse impotente para defenderle de aquellas furias, y un lejano temor de que por haberla amado a ella purgase alguna injusticia el alma de aquel hombre la llenaba de sobresalto.
Siempre, en tales ocasiones, las dos terribles mujeres se burlaban de su angustia, y la escena terminaba con el mote convenido.
--La santa... es la santa.... ¡pobrecita!...
Ella, entonces, erguía su corazón acobardado para decirle a Dios en íntima plegaria:
--¡Y bien, Señor, yo quiero ser santa; es preciso que lo sea...; hazme santa, Dios mío..., hazme santa de veras!
IV
Entretanto, Salvador Fernández, médico municipal de Villazón, había trasladado su residencia desde la villa al pueblo gracioso y pequeño de Luzmela.
En plena posesión del cuantioso legado del amigo, Salvador no había pensado ni un momento en cambiar de vida ni alterar en nada sus costumbres humildes.
En el palacio de Luzmela como en la posada de Villazón, el médico era siempre un hombre bondadoso y amable, de carácter tímido y vida sencilla.
Había destinado para su uso las habitaciones de don Manuel, y en la casa se desenvolvían las horas serenas y blandas, mudas y lentas, igual que en los días postreros del hidalgo.
Diríase que el espíritu benigno del solariego, con la amargura de sus memorias, con la bondad de sus sentimientos, presidía aún y gobernaba las labores y las intimidades de la pudiente casa labradora.
Salvador seguía visitando a sus enfermos con la misma atención que cuando de su carrera hacía estímulo de prosperidad y base de la existencia, sólo que ahora había renunciado a la subvención del Municipio para que otro médico la disfrutase.
Enamorado de su profesión, hizo de ella un culto piadoso, que practicaba en favor de los pobres. De la herencia que libremente podía disfrutar sólo tomaba lo preciso para sostener el decoro de la casa y hacer algún viaje a las grandes clínicas extranjeras, en demanda de luces y medios con que extender en el valle la misericordia de su misión.
Así las gentes le adoraban y le bendecían, y él paseaba por los campos su conciencia pura, con la santa simplicidad de un apóstol del Bien, convencido y ferviente.
Desde que se reconoció hijo sin nombre de una infeliz aldeana, humilló su corazón en una mansedumbre dignificadora, que le confortó y sirvió de alivio a sus íntimas tristezas.
Luego, su vida tuvo un doble objeto santo y noble: derramar los consuelos de la más piadosa de las ciencias sobre los dolientes sin ventura y velar por la dicha de Carmen.
Era para él una suprema delicia espiritual el consagrarse de lleno a pagar en la hija la inmensa deuda de gratitud contraída con el padre.
Su oración cotidiana consistía en memorar los bienes recibidos de aquella pródiga mano que salvó a su madre de la desesperación, la levantó de la ignominia y la honró haciendo del niño desvalido y miserable un hombre de sano corazón, enveredado por una senda segura de la vida.
Después de enfervorizarse con esta membranza sentimental y preciosa, Salvador discurría amorosamente sobre el porvenir de su protegida.
El nada sabía de los misteriosos terrores que la niña le había inspirado la sola idea de que doña Rebeca la llevase de la mano camino adelante, ni mucho menos sospechaba las torturas que la pobre criatura padecía en poder de los de Rucanto.
Como todas sus atribuciones sobre la pequeña eran morales y secretas, Salvador no se atrevía a significarse visitándola demasiado y se limitaba a verla con toda la frecuencia posible dentro de una prudencia conveniente.
Antes que la niña partiese de Luzmela pudo él abrazarla y prometerla toda su fortuna y su desvelo.
Carmen había llorado sobre aquel noble corazón con un silencioso llanto contenido y acerbo, que era acaso, más que el desahogo del dolor presente, el presentimiento agudo del futuro dolor.
--Todo cuanto te ocurra, me lo contarás le había suplicado el joven--. Si sufres, si necesitas algo, me lo dirás en seguida; prométemelo.
Ella le miró fijamente a los ojos y preguntóle:
--¿Lo mandó mi padrino?
--Sí, lo mandó; te lo juro, Carmen.
--A mí no me dijo nada.
--Pero me lo dijo a mí todo; tú eras muy pequeña para hablarte de estas cosas; además temía darte demasiada aflicción. El quiso que tú fueras muy dichosa, todo lo más que sea posible, y que nunca le olvidases.
--No, nunca--repitió la niña sollozando.
Y, con voz firme, añadió después:
--Yo haré todo cuanto él dejó mandado...; seré muy buena.
--Ya lo sé; estoy seguro; pero es preciso que también seas feliz.... No olvides que yo soy tu mejor amigo, que Luzmela será siempre tu casa..., que todo cuanto yo tengo es tuyo, todo, ¿entiendes?
Ella, desconsolada, murmuró:
--¡Si fueses mi hermano!
Enmudecido acarició él aquella linda cabeza, ya inclinada por el infortunio, y la niña, viéndole callado y afligido, saboreó la amargura del desengaño irremediable.
V
En aquellos cuatro años transcurridos, Salvador visitaba a Carmen muchas veces. La dulce gravedad habitual en la niña le había engañado, porque aquella dulzura triste ya no era sólo espejo de un alma sensible y soñadora, sino que era también señuelo y transfloración de un alma dolorida.
La niña había espigado mucho; su belleza, ya potente, se acentuaba con una encantadora delicadeza de líneas.
Lo más atractivo de su persona era el halo de bondad que nimbaba su frente y la serena expresión amorosa y profunda de sus ojos garzos.
Había en su sonrisa una mística expresión, siempre encesa, como en ideal culto de algún divino pensamiento.
Aquel sublime encanto de la joven era la desesperación de Narcisa y de su madre, que llegaron a odiarla.
Salvador participaba en la casona de la aversión que allí sentían por la niña de Luzmela; no en vano era otro heredero de don Manuel de la Torre.
Según doña Rebeca y su hija, los jóvenes favorecidos por el hidalgo podían considerarse unos ladrones, los secuestradores de la débil voluntad de un loco, cuyo testamento constituía un «atentado contra los sagrados derechos de la familia, una estafa perpetrada por aquel santurrón hipócrita y aquella gatita mansa....»
A pesar de estos finos comentarios, hechos sin recato ni vergüenza delante de la misma Carmen, las de Rucanto recibían a Salvador con agasajo y blandura, considerándole «un buen partido».
Delante de él halagaba doña Rebeca a la niña y ponderaba su crecimiento y donosura.
Narcisa, menos asequible al disimulo y más altiva, se conformaba con demostrar, en aquellas ocasiones, una tolerancia benévola hacia Carmen, concedida con un aire de superioridad y protección llenos de majestad.
Salvador era poco ducho en artificios de mujeres; todo sinceridad y nobleza, dejábase engañar fácilmente por las dolosas apariencias del buen trato que Carmen parecía recibir.
A veces, en sus breves visitas a Rucanto le acompañaba Rita, la buena anciana, siempre ganosa de ver a su santa querida.
Vivía la fiel servidora al lado del médico, ocupando en la casa de Luzmela su puesto de confianza, tantos años acreditado por una constante adhesión al difunto caballero.
En vano intentara Rita continuar al inmediato servicio de Carmen. Doña Rebeca había manifestado a este deseo una ostensible oposición, y la anciana hubo de conformarse con visitar a la niña en todas las ocasiones posibles.
De estas visitas no salía nunca tan satisfecha como Salvador.
En una de las que hizo por aquel tiempo quedóse como nunca mal impresionada, y, de regreso a Luzmela, iba murmurando:
--Está triste la niña....
--Es su seriedad propia, su traje adusto, lo que le da esa apariencia melancólica--respondió el médico.
--No, no; cuando habla parece que va a llorar....
Salvador se quedó pensativo, un poco inquieto.
--Además--añadió la mujer, recelosa--jamás nos la dejan ver sin testigos...; muchos domingos voy a misa a Rucanto por buscar ocasión de hablarla al salir, y siempre a su vera están la hija o la madre guardándola con codicia.
--Está bien que Carmen no vaya sola.
--Bien estará; pero esas mujeres no me van gustando. Se dice que en la casa hay muchos disturbios, que los hijos son para la madre tan malos como lo fué el marido....
Salvador, muy preocupado, hablando consigo mismo, dijo en voz alta:
--Habrá que averiguar si eso es verdad...; muchas veces la gente levanta fantasías calumniosas...; ellos son todos algo inconscientes, psíquicos por herencia.... El mismo don Manuel murió de neurastenia renal y fué siempre exaltado delirante; pero era tan cabal en nobleza y corazón, que su enfermedad no marchitó ninguno de sus bellos sentimientos.
Rita suspiraba.
--El, era otra cosa; nunca la «manía» que todos ellos padecen le dió por reñir ni por dañar...: gozaba en hacer bien, y si en sus tiempos fué enamoradizo y zarandero, pagado lo hubo en buenas obras.... Algo sospechoso andaba de su hermana, que a mí una noche bien me quiso sonsacar los sentires que de ella tenía...; pero ¿cómo iba una a adivinar?... Teníala yo además poco tratada. Siempre la casona de Rucanto fué secreta y aduendada para los lugareños.... Servidores del valle no los quieren; pero los forasteros que les vienen de criados poco duran, y, antes de najarse, algo murmuran en el pueblo.
--Pues es necesario enterarse de la verdad de esas habladurías.... Indaga tú, Rita; yo también he de averiguar algo de lo que nos interesa.
VI
Con aquellos indicios vagos y algunos más seguros que Salvador fué adquiriendo, la incertidumbre se apoderó de su espíritu y sintió una honda inquietud atormentadora.
Tuvo la idea de hacer llegar en secreto una carta a manos de Carmen para recabar de ella una explicación categórica acerca de los misterios tenebrosos de aquella casa.
Después pensó pedir a doña Rebeca, francamente, una entrevista con la muchacha.
Se dirigió a Rucanto lleno de ansiedad.
Parecía que le esperaban o que le habían visto acercarse, porque le recibió con mucha gracia una sirviente, conduciéndole a la sala donde, con grata sorpresa, encontró a Carmen sola.
Estaba bordando.
Una nativa autodidaxia la hacía hábil para toda clase de labores, y su naturaleza pacífica y bien dispuesta se avenía mal con la ociosidad.
Sonrió a Salvador con una encantadora picardía, muy nueva en su semblante.
Él, gozoso de hablarla sin testigos y de verla tan alegre, le acarició las manos, dudando si la besaría.
Le pareció aquella mañana más mujer, más linda que otras veces, y como si estuviera un poco desconocida.
Sin que ella hablase, él la interrogó impaciente:
--¿Estás contenta? Venía hoy a preguntarte, ansioso, si vives a tu gusto aquí, si te tratan bien; quiero saber con certeza si eres dichosa. Cuéntame la vida que haces, porque se dice por ahí que en esta casa hay una zalagarda continua, y a Rita le parece que tú estás triste.
Bajó la niña hacia el bordado sus apacibles ojos oscuros, y un poco turbada murmuró:
--¿Yo triste?
--¿Lo estás en efecto? ¿Tienes algún deseo, algún disgusto? ¿Es cierto que aquí no hay paz ni alegría?...
Carmen, esquivando una respuesta categórica, balbució:
--Ellos riñen mucho; pero a mí eso no me importa...: ¡el padrino quiso que yo viviera con su hermana!...
--Siempre que ella fuese para ti buena como una madre....
La pobre niña tenía toda la voz llena de lágrimas cuando exclamó:
--¡Oh, una madre!... ¡Madre mía!...
Salvador, muy impresionado, volvió a tomar entre las suyas las manos de la muchacha.
--Tú sufres, Carmen; es preciso que me lo cuentes todo...: háblame pronto, antes que nadie venga.
Ella, serenándose, tornó a sonreir con graciosa malicia.
--No vendrán ahora, descuida; me han dado un encargo para ti...; te vieron llegar y me mandaron venir a esperarte....
Curioso, preguntó el médico:
--A ver, ¿qué se les ocurre a esas señoras?
Carmen, mirándole con franca mirada deliciosa, le contó sin más preámbulos:
--Quieren que te cases con Narcisa....
Él soltó una carcajada demasiado expresiva.
La niña, medrosa, le atajó:
--¡Calla, no te rías tan fuerte, hombre!
Pero el médico no podía calmar su hilaridad jocunda.
Ahogando la risa llegó a decir:
--¿De modo que están locas de cierto?
--Sí; locas sí lo están....
--¿O es que quieren burlarse de mí?
--No, eso no; lo dicen en serio; han hablado mucho solas; luego doña Rebeca me ha llamado con suma amabilidad y me ha explicado el asunto, entremetido en muchos refranes..., que «al buen entendedor con pocas palabras basta»..., que «más vale pájaro en mano que....» El pájaro eres tú, ¿sabes?
--¿Sí?... Pues mira, le contestas que «no hay peor sordo que el que no quiere oír»... «que el que mucho abarca poco aprieta»....
Ella le interrumpió con argentina carcajada.
--Yo también tengo muchas ganas de reirme..., mira que casarte tú con Narcisa..., ¡tendría que ver!...
--¿De modo que gracias a esta embajada puedo, al fin, hablar contigo libremente?
--Sí, ¿me querías hablar?...
--¿No te digo que estaba muy inquieto por ti? Se comenta ahora mucho la guerra de esta casa....
--Déjalos que estén en guerra....
--Pero tú padeces.
--Yo estoy tranquila, Salvador; en todas partes tendría que sufrir.
--¿Y por qué, hija?
Ella volvió a inclinar la frente y, otra vez, eludiendo una explicación, dijo:
--Estos días están muy amables conmigo.
--¿Estos días solamente?...