# La Niña de Luzmela

## Part 2

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--Te nombro su hermano, su protector, acaso su esposo, dentro de mi corazón; ante la ley te nombro mi heredero sin condición alguna.

Salvador se paseaba por la sala agitado; mortificaba su barba rubia con una mano implacable, y sus espuelas levantaban en la estancia silenciosa un belicoso acento metálico.

Moría la tarde en la cerrazón sombría del cielo, y don Manuel tendía hacia el joven una mirada ansiosa.

Viéndole tan dudoso y alterado, díjole, al fin, con tono de dolido reproche:

--¡Si no quieres, Salvador, yo no te obligo!...

Él se volvió hacia el enfermo; estaba pálido y tenía la voz angustiosa.

--¿No querer yo servirle a usted? Es que me aterra el temor de no saber hacerlo; de no poder, de no ser digno de esta ciega confianza con que usted me abruma.

--Si no es más que eso....

Y don Manuel, alzándose del sillón, estrechó al muchacho en un abrazo ardiente, y teniéndole así, preso y acariciado, dijo con solemnidad:

--Doy por recibido tu juramento, y le pongo este sello de nuestro cariño.

Quiso salvador confirmar: _yo juro_; pero el de Luzmela le tapó la boca con su descarnada mano.

--Está jurado, hijo mío; ven y siéntate otra vez a mi lado; no me sostienen las piernas.

Se sentaron.

Comenzó don Manuel a hablar animadamente con la voz impregnada de emoción y de dulzura.

Salvador le atendía en silencio, sin dejar de mesarse la barba febrilmente; y en esto se oyeron en el pasillo unas palabras recias y unos pasos sonoros.

--Son el cura y el maestro--dijo don Manuel contrariado.

--Entonces me voy, con su permiso; aun no hice hoy la visita en Luzmela, y está cayendo la noche. ¿Cuándo quiere usted que vuelva?

Ya habían anunciado a don Juan y a don Pedro, cuando don Manuel respondió:

--Ven mañana temprano; te espero en mi despacho a las nueve, y te quedarás a comer.

Los dos hombres se estrecharon las manos fervorosamente, y Salvador hizo un breve saludo a los recién llegados.

Salió. En la meseta amplia de la monumental escalera encontró a Carmencita: estaba apoyada en la maciza reja del ventanal, y miraba al cielo o al campo ensimismada.

Al sentir las espuelas de Salvador en la escalera, se volvió hacia él sonriendo, y observándole muy atenta, preguntó:

--¿Le mandaste al padrino alguna medicina?

Bajaba el mozo embargado de emociones. La dulce voz de la niña le hizo estremecer. Contemplóla con un respeto y una sumisión que no le había inspirado jamás, y apremiado por su mirada interrogadora, replicó:

--Está muy bien el padrino, querida.

Ella le tendió la frente esperando un beso, y el pobre muchacho se inclinó y le besó la mano con noble acatamiento.

Quedóse algo asombrada Carmencita de la actitud turbada del que llamaba su hermano; apoyándose en la reja oía cómo se alejaba el caballo de Salvador y pensaba:

--¡Es que está malo, de verdad, el padrino!

III

Habían colocado una lámpara sobre la mesa, y don Juan y don Pedro se pusieron a mirar al de Luzmela. Parecía más hundido en el sillón que otras veces y como si los ojos se le hubiesen agrandado.

Sirvieron en seguida el chocolate humeante y espumoso, y mientras don Manuel lo tomaba a sorbos, con esfuerzo, el cura y el maestro lo saboreaban con deleite, mojando en los delicados pocillos hasta el último bizcocho y la última rebanada de pan rustrido.

Se había iniciado una trivial conversación, rota a cada bocado de pan o de bizcocho, hasta que retiradas las bandejas de encima del tapete, el criado presentó otra grande, de plata, con la correspondencia.

Miró don Manuel los sobres de sus dos o tres cartas, y las apartó indiferente; el maestro abrió un periódico y comenzó la habitual lectura.

Había el caballero cerrado los ojos; tenía las manos cruzadas sobre las rodillas.

Don Juan, a veces, hacía un punto en su tarea y por encima del papel miraba con inquietud al enfermo.

También don Pedro le observaba con atención, y miraba después a don Juan.

Y cuando ya los dos se estaban alarmando, por aquella quietud momificada de su huésped, éste dió un respingo en la silla y dijo, con la voz entera y sonora.

--Perdone un momento, don Juan; me van ustedes a permitir unas preguntas, y aunque les parezcan extrañas han de responderme sin hacer comentarios, ¿no?

Don Manuel había estado en América dos años, y esta interrogación expresiva ¿no?, importada de aquel mundo joven, la usaba todavía en ciertos momentos.

Se miraron con sorpresa sus dos contertulios, y ambos dijeron que «sí» varias veces, en contestación a aquel «no» interrogante.

--Vamos a ver--indagó el solariego, que parecía un resucitado--: a ustedes ¿qué les parece de mi hermana?

Hubo un silencio explicable, y a la par respondieron los dos señores:

--Nos parece bien; ya lo creo, muy bien....

--¿Creen ustedes que es buena?

--Ya lo creo; muy buena, sí señor.

--¿Y no dicen por ahí que es rara?

--Un poco rara; pero, poca cosa....

Hubo otra pausa, y aseveró don Manuel:

--¿De modo que a ustedes les merece excelente opinión?

--¡Excelente!

El de Luzmela volvió a recostarse en el sillón, cerró de nuevo los ojos y cruzó otra vez las manos murmurando:

--Siga, siga la lectura, don Juan, y dispensen.

Don Juan leyó otro ratito; él y don Pedro se miraban mucho aquella noche, y, más temprano que de costumbre, se despidieron.

Encontraron en el corredor a Rita, que subía con Carmen de la mano, y le dijeron:

--El amo está peor, ¿eh?

--¿Peor?

--Mucho peor: tengan cuidado.

Aunque hablaban con misterio, la niña se enteró, y preguntó con ansia.

-¿Mi padrino?

Ellos ya bajaban la escalera y no respondieron nada.

Rita aceleró el paso llena de inquietud.

Carmen tenía los ojos muy abiertos en la semioscuridad del pasillo, y toda su alma se asomaba por ellos como escudriñando las tinieblas del porvenir.

Llegando a la sala, la mujer y la niña fueron derechas al sillón, y mientras Carmen se inclinaba devota a besar las manos del enfermo decíale Rita acongojada:

--¿Se siente mal?

Sin responder a esto, el de Luzmela preguntó a su vez, mirando a la vieja:

--Oye, ¿a ti qué te parece de mi hermana: es buena?

Atónita la mujer, creyó que deliraba su amo, y él quiso disipar aquel asombro explicando:

--No estoy «de la cabeza», Rita, no te apures, y responde.

Dijo Rita:

--Buena es su hermana, ¡qué ocurrencia!

--Podía no serlo....

--Yo poco la tengo tratada; casóse apenas yo vine..., ¿no se acuerda?

--Pero, ¿qué has oído por ahí?

--Que es algo rara, algo «maniosa»; pero buena sí.

Don Manuel soliloquió:

--¡Todos dicen que es buena!

--Sabe, que el genial se le habrá corrompido algo con las desazones; pero el fondo será querencioso y noble como el de todos los amos de Luzmela....

Tenía el enfermo una placentera expresión cuando volvió la cara hacia Carmen, que atenta escuchaba a su lado.

--Y a ti, hija mía, ¿qué te parece? ¿quieres a mi hermana?

La niña clavó en él su mirada límpida, y también preguntó:

--¿La quieres tú?

--Yo sí.

--Pues yo también, sí....

--¿Te gustaría vivir con ella?

Carmen dijo prontamente:

--Quiero vivir contigo--y le echó los brazos al cuello con ternura.

El la enlazó en los suyos lleno de emoción, murmurando con la voz quebrada:

--Pero si yo tuviera que marchar....

La niña, sollozante, respondió al punto:

--No, no, por Dios; llévame entonces contigo.

Rita hacía pucheros y se llevaba a los ojos la punta del delantal, y don Manuel, incapaz de prolongar aquella escena sin descubrir el profundo dolor que le poseía, trató de calmar a la niña con tranquilizadoras palabras.

Cuando Carmen, un poco engañada, alzó la cabeza y miró al hidalgo, le vió demudado y con el rostro humedecido. Angustiada todavía, le preguntó:

--¿Lloras?...; ¿sabes tú llorar?

Él trató de sonreir diciendo:

--¡Si son lágrimas tuyas!

Y la despidió con un beso muy grande....

En la alta noche, cuando el monumental lecho de roble crujía sacudido por el convulso llanto del enfermo, murmuraba el triste:

--¡Que si sé llorar!... ¡Hija mía, hija mía!...

IV

Después de aquellos primeros ocho días, la vida en Luzmela recobró su aspecto acostumbrado.

Carmencita dió sus lecciones con don Juan y bordó su tapicería en un extremo del salón bajo la mirada solícita del solariego, que parecía un poco aliviado de sus achaques.

Salvador hizo al enfermo la cotidiana visita, larga y cariñosa, y el maestro y el cura fueron todas las noches, como de costumbre, a hacerle un rato la tertulia a don Manuel.

La numerosa servidumbre del palacio, engolfada en el trasiego de las cosechas, llegó casi a olvidar la angustia de aquella mañana en que el notario de Villazón entró solemnemente al despacho del amo, y llegando poco después muy descolorido el señorito Salvador, fueron avisados don Pedro y don Juan, con barruntos de testamento.

Una ansiedad dolorosa había conmovido a los servidores de la casa, todos obligados, por innúmeros favores, a guardar a su señor una fidelidad sagrada, y todos capaces de cumplir esta noble obligación. ¿Acertaría el de Luzmela en los pronósticos que hacía de su muerte? ¿Iría a caer ya, marchito para siempre, aquel único tronco de la ilustre casa de la Torre y Roldán?...

Durante algunos días estos temores pusieron en la vida, siempre melancólica, de aquella mansión, un sello de tristeza y de inquietud profundas. Todas las voces se hicieron quedas y suspirantes alrededor del amo, que, sumido como nunca en sus cavilaciones y añoranzas, cayó en un abatimiento alarmante.

Pero habíase esponjado de nuevo el cuerpo lacio y consumido de don Manuel; se erguía en el sillón con más arrogancia y tenía el semblante más placentero y despejado.

Se fué tranquilizando la buena gente de la casa y volvieron en ella las labores a su centro natural.

Sólo en los ojos hechiceros de Carmencita quedó encendida la penosa expresión de la duda, y a menudo posaba esta llama inquieta en el enigma de los días futuros como una interrogación inconsciente.

V

Don Manuel sueña, como la tarde en que le conocimos.

También ahora tiene los ojos abiertos sobre la cabeza gentil de Carmen; pero la niña no juega ni borda en el salón; está en el jardín, hundiendo distraídamente la contera de su sombrilla en las hojas secas amontonadas por los senderos.

El ábrego ha saltado brioso al amanecer, y ha despojado a los árboles de sus últimas galas, ya mustias.

Tiene el cielo una intensidad de azul rara en Cantabria; a través de una atmósfera de limpidez exquisita, todo el valle y los montes se abarcan de una sola mirada desde el balcón adonde asoma el de Luzmela su paciente silla de enfermo.

Algunas veces, sus ojos cargados con las imágenes de sus pensamientos se alzan un momento al cielo, al monte o sobre el valle, para caer siempre en éxtasis de adoración encima de la niña....

Soñaba....

Veía aquella mujer bella y pura que tenía los ojos y los cabellos lo mismo que Carmencita; tenía también su misma sonrisa serena y su misma voz de plata. La veía caer acechada, perseguida por él, atropellada por su loca pasión, y asistía a todo el horror de su vergüenza, a todas las horas atormentadas de su vida, hasta que ésta se extinguió en agonía trágica.

Con haber amado él tanto a aquella mujer, ¿fué ella el grande amor de su vida?... No: su amor inmenso y puro, supraterreno, inmortal, era la criatura recogida por compasión, como despojo palpitante de la tremenda aventura cuya memoria dolía siempre en el corazón del hidalgo. ¿Cómo pagaría su conciencia aquella deuda enorme? ¿Acaso él no fué el único culpable? ¿No lo fué siempre, en todas las ocasiones en que una mujer encendió su deseo?...

Con tales remordimientos estaba el de Luzmela perturbado, y por esquivar tan íntima turbación, o porque fuese aquélla para él una hora de evocaciones aventureras, cayó de pronto en su memoria otra página galante de sus años mozos.

Esta no había quedado mojada de lágrimas: risueña y gozosa, fué otra de sus grandes locuras. Y se iba aplaciendo el semblante angustiado del caballero al recordar aquella su expedición a las Américas, dueño y señor de una criolla que le adoraba.

Ella le había pedido, con cálidas frases de terneza, un viaje a su país, de donde seguramente la trajo otra aventura amorosa. ¿No valían sus caprichos la pena de «botar la plata»?... Fué el viaje una pura gorja en que a cada momento tuvo la bella indiana descubiertas por tentadora sonrisa las perlas nitescentes de su boca. Era una delicia vivir y gozar tanto, ¿«no»?...

Ya se había aclarado toda la cara macilenta del enfermo con esta placentera memoria cuando Carmen gritó sobresaltada desde el jardín:

--¡Padrino, la _nétigua_; espántala!

Y un ave de blando volar, de uñas corvas y corvo pico, se sostuvo, retadora, un instante en el vano del balcón, agitando sus plumas remeras y graznando con lúgubre tono.

Desde las lueñes playas de la América virgen volvió el de Luzmela los ojos al pajarraco agorero, y le ahuyentó de un manotazo en el aire con enojo violento; en seguida buscó la mirada de la niña y encontró en ella una singular expresión dolorosa, como sólo recordaba haberla visto igual en los ojos de otra criatura: de aquella triste pecadora que murió del dolor de haber pecado.... ¿De dónde había sacado Carmen aquel secreto penar que se le declaraba en los ojos? Sólo sabía don Manuel que desde hacía algún tiempo el rostro de la niña estaba ensombrecido por alguna extraña tristeza que a menudo ponía en su mirada una revelación; y aquel destello misterioso llenaba de pesadumbre el alma del caballero.

Hizo un esfuerzo por levantarse, y apoyado en el barandaje de hierro, le dijo:

--¿Pero te da miedo de la _nétigua_?... No te asustes...; se fué ya. Sube.... ¿no quieres subir?...

Ella alzó el azahar de su mano señalando al cielo, y por toda respuesta murmuró:

--Todavía... padrino.

El ave fatídica se cernía obstinada sobre el jardín.

Carmen corrió a la casa y subió al salón.

Ya don Manuel había vuelto a sentarse y la esperaba.

La niña fué derecha a sus brazos con una inexplicable emoción, y su voz llorante interrogaba:

--¿No te irás, padrino? ¿Nunca te irás? ¿No me dejarás nunca con doña Rebeca?

El, absorto, clamó:

--¿No la quieres?

--No, no; ¡qué miedo, qué miedo tan grande!

--¿Pero de quién, hija mía?

Paró un coche en la portalada, y Carmen sin soltarse del cuello del hidalgo, gimió:

--Otra vez la _nétigua_....

Volvió el ave a aletear a la par del alero, graznando agresiva, cuando abriendo la puerta del salón anunciaron:

--Doña Rebeca.

Carmen imploró.

--Viene a buscarme; ¡no me dejes, por Dios, no me dejes!

El de Luzmela había doblado la cabeza sobre el hombro de la niña, y sus brazos se iban aflojando en torno al cuerpo grácil de la criatura.

Cuando doña Rebeca entró en la sala y se acercó al grupo, viendo la cara mortal del enfermo, increpó a la niña.

--¿Le estás ahogando?

Ella apartóse prontamente, diciendo:

--¿Yo?

Y al soltarse de aquel brazo ardiente vió con horror cómo el cuerpo de don Manuel se desplomaba sobre el respaldo de la silla.

Miraba el moribundo a Carmen con una angustia infinita. Había adivinado tardíamente sus terrores y sus penas. La muerte llegaba implacable, sin darle acaso tiempo para reparar su fatal error, fruto de tantas meditaciones, y que ya antes de consumarse causaba a Carmen una desolación tan profunda....

Todo lleno de espanto, el corazón de Carmencita se le subió a los labios para gritar con afanosa ternura:

--¡Padre!...

Y de nuevo trató de abrazarle la infeliz.

Doña Rebeca la separó del caballero con aspereza, diciéndole:

--¡Qué padre ni qué _ocho cuartos_!

El de Luzmela abrió entonces los ojos inmensamente, con tal expresión desesperada y colérica, que la señora echó a correr, mientras la niña, vacilante, caía de rodillas, suplicando:

--¡Dios mío, Dios mío!

A los gritos de doña Rebeca acudió alarmadísima la servidumbre, y entre ayes y lamentaciones fué el moribundo transportado a su lecho.

En el más ligero caballo de la casa partió a escape un hombre a buscar al médico, y otro voló a buscar al cura.

Doña Rebeca husmeó en la capilla, procurándose auxilios piadosos para aquel trance, y volvió al cuarto de su hermano, donde, muy diligente, encendió la vela de la agonía.

Antes había dicho a Carmencita que trataba de acercarse a don Manuel:

--Aquí sobran los chiquillos; vete allá fuera.

La pobre criatura, desorientada y llena de temor, volvió a la sala, y de nuevo se hincó delante del sillón vacío.

Entretanto el de Luzmela pugnaba en vano por hablar. Su vida parecía haberse reconcentrado en los desorbitados ojos, que miraban con incensatez, hasta que, tras un nistagmo penoso los cerró para siempre.

Había caído la tarde en una serenidad dulcísima; algún caliente suspiro del ábrego removía en el jardín las hojas secas, llevando hasta la ilustre casa de la Torre y Roldán, clara y distinta la voz solemne del _Salia_, eterno arrullador de la vega.

Carmencita, absorta en su desconsuelo, se levantó de pronto estremecida por un resoplido siniestro, y, toda temblorosa, gritó una vez más:

-¡La _nétigua_!...

De las habitaciones de don Manuel salían ya los chillidos agudos de doña Rebeca, y el ave agorera tendía sobre el azul cobalto de la noche su vuelo silencioso....

El hidalgo de Luzmela había muerto.

SEGUNDA PARTE

I

Cuatro años han pasado muy callandito sobre la vida de Carmen. Sólo ella sabe que aquel montón de horas está todo mojado de lágrimas, que no ha reído en su vida ninguna de aquellas cuatro primaveras con el alborozo de las ilusiones, ni ha cantado en su pecho ninguno de aquellos estíos la enardecida estrofa de la juventud.

El singular testamento de don Manuel de la Torre fué un jirón de locura mansa que, desgarrado del noble corazón del solariego, quedó flotando sobre la cabeza inocente de su hija, como nube de un drama silencioso.

Había quedado Carmencita llena de terror en las manos de doña Rebeca, y doña Rebeca tendía con ansia sus garras de _nétigua_ hacia la herencia codiciada, sin poder apresar los caudales, por tener las uñas llenas de la carne inocente de la niña, flor de pecado y de dolor.

Al consumar don Manuel aciagamente sus propósitos de última voluntad, exacerbó todas las malas pasiones de su familia y sembró de torturas la senda de Carmen allí donde quiso dejar para ella rosas de piedad y lozanos capullos de ternura.

Todos los deseos del de Luzmela quedaron atados en su testamento, dentro de la rigidez del derecho legal, con sólida habilidad y previsión, y doña Rebeca hubo de someterse con aparente comedimiento a las disposiciones de su hermano y fingir que cobijaba a Carmen en regazo maternal.

Con el tecnicismo severo de las cláusulas testamentarias, la señora de Rucanto quedaba sometida al cargo de administradora de la media fortuna del caballero hasta la hora acordada por aquél, y sólo a título de amparadora de la niña. Por el bienestar de ésta velarían las leyes, «sin empecer la acción y facultades conferidas a un rancio solariego de los contornos, nombrado tutor de la pequeña y asistido del derecho de retrotraer para la misma el legado de don Manuel en caso de que doña Rebeca no cumpliese las condiciones impuestas por el testador....»

Cuando llegó a Rucanto la niña de Luzmela, la recibieron los sobrinos de don Manuel con indiferencia sublime, mirándola de hito en hito...; ¡fué aquella la primera vez que bajó los ojos turbada delante de su nueva familia!...

Desde aquella hora fatal, Carmen puede asomarse a las páginas de estos cuatro años transcurridos, mirando su vida doliente al través de una cortina de llanto, y puesto sobre los labios un dedito precioso en señal elocuente de silencio, como un ángel tímido y resignado, herido a traición en las alas gloriosas....

II

Tenía cuatro hijos doña Rebeca. El mayor, Fernando, marino mercante, navegaba en mares lejanos; era un guapo mozo, de carácter aventurero y de gallardísima figura; su madre sentía pasión por él, una pasión material, fundada únicamente en la belleza del muchacho. El segundo, rudo y torpe, hacía vida montaraz y sólo paraba en Rucanto el tiempo preciso para comer y dormir; algunas veces, para pedir dinero y, con escasa frecuencia, para mudarse de ropa. Tenía el cuerpo recio, los ojos turnios, áspera la voz y fiero el ademán. Era mocero y borracho; se llamaba Andrés.

Le seguía en edad la joven Narcisa, una muchacha de veinticinco años, ojizarca y endeble, melindrosa y no mal parecida. Ella era, en ausencia de Fernando, el mimo de la casa, el centro adonde convergían todas las atenciones y de donde partían todos los designios. Doña Rebeca, con hacer honor a su nombre, había sido toda sumisión y desvelo para malcriar a su hija.

Quedaba aún otro muchacho, Julio, de veinte años, también enclenque, de cara macilenta y desapacible expresión; huraño y triste, andaba siempre solo por los rincones de la casa o de la huerta, en misteriosos soliloquios que a veces tomaban la forma de quejidos lamentables....

Había comprendido Carmen cuál era su destino y creía que siguiéndole cumplía la voluntad de su protector. Su inteligencia clara y su corazón noble se sobrepusieron a la debilidad de los trece años; dominando con valor admirable el terror que le inspiraba doña Rebeca, la acompañó dócil a Rucanto, y allí se echó sobre los hombros su nueva vida, con un firme empeño de levantarla y llevarla gallardamente hasta el final del camino.

Cuatro años llevaba en la áspera ruta, y se había hecho una mujer a fuerza de sufrir y de llorar.

La vida de familia en Rucanto era espantosa. Carmen miraba siempre con el mismo miedo y el mismo asombro a doña Rebeca y a sus hijos.

A veces creía que se odiaban, a veces que se querían; siempre le parecieron un enigma viviente y trágico, una sima de pasiones pavorosas, a cuyo borde andaba la infeliz todo temerosa y estremecida, con un paso incierto de sonámbula, con una mirada pávida y llorosa, llena de lejana tristeza.

En sus meditaciones de niña temblaban los pensamientos chocando unos con otros, doloridos, ante el cuadro siniestro de aquel hogar. A menudo, una compasión inmensa flotaba benigna en el espíritu generoso de Carmen, preguntando: ¿acaso estos pobres no han heredado la maldad y locura?... ¿Son ellos responsables de ser locos o de ser malos?...

Y la realidad de las cosas respondía tirana que era un tormento durísimo vivir con aquella familia de enajenados, verdugos de la ajena y la propia felicidad.

Parecía imposible aprender aquellos genios ni llevar una hora seguida la corriente de aquellas voluntades, porque a cada minuto se tropezaba en el escollo de una mudanza o en el abismo de un arrebato. Todo era ciego y duro en la inconsecuencia monstruosa de semejante familia, y para el alma delicada y dulce de Carmen iba siendo una tortura inmensa aquel vivir tormentoso, sembrado de imprecaciones y gritos, desesperaciones y codicias.

Cuando la niña llegó a Rucanto, la instalaron regaladamente en el gabinete de Narcisa; entraba con ella en casa la abundancia, y tras la primera mirada inquisitorial y hostil, los sobrinos de don Manuel tuvieron para la intrusa una displicencia tolerante, única tregua de paz que se le concedió en aquella mansión belicosa.

Pasada fugazmente la primera impresión de sorpresa y bienestar, cada uno dió en la casa rienda suelta a sus instintos, sin un asomo de compasión ni de ternura para la desgraciada forastera.

III

Antes que tal gente mostrase una acerba hostilidad a la muchacha, doña Rebeca la llamó algunas veces «sobrina» con un tono adulón un poco irónico; y todavía, después que la sitió con todo el enardecimiento de un plan completo de campaña, cuando en alguna encrucijada estratégica la quería congraciar, dábale aquel grato nombre de familia y pretendía halagarla con su vocecilla de falsete endulzada en la punta de la lengua.

El primer día que doña Rebeca, como general en jefe, acometió a la niña, armada de toda la perfidia del mundo, fué y le dijo:

--Mí hermano no era tu padre...; que se te quite eso de la cabeza...; mi hermano no era nada tuyo...; no tienes sangre infanzona...; eres «hija de padres desconocidos»....

Ella humilló la frente enrojecida, sin responder.

