La Navidad en las Montañas

Part 2

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En cuanto a mí, señor, vivo feliz, cuanto puede serlo un hombre, en medio de gentes que me aman como a un hermano; me creo muy recompensado de mis pobres trabajos con su cariño, y tengo la conciencia de no serles gravoso, porque vivo de mi trabajo, no como cura, sino como cultivador y artesano; tengo poquísimas necesidades y Dios provee a ellas con lo que me producen mis afanes. Sin embargo, sería ingrato si no reconociese el favor que me hacen mis feligreses en auxiliar mi pobreza con donativos de semillas y de otros efectos que, sin embargo, procuro que ni sean frecuentes ni costosos, para no causarles con ellos un gravamen que justamente he querido evitar, suprimiendo las obvenciones parroquiales, usadas generalmente.

--¿De manera, señor cura,--le pregunté,--que Vd. no recibe dinero por bautizos, casamientos, misas y entierros?

--No, señor, no recibo nada, como va Vd. a saberlo de boca de los mismos habitantes. Yo tengo mis ideas, que ciertamente no son las generales; pero que practico religiosamente.... Si conozco que un sacerdote que se consagra a la cura de almas debe vivir de algo, considero también que puede vivir sin exigir nada, y contentándose con esperar que la generosidad de los fieles venga en auxilio de sus necesidades. Así creo que lo quiso Jesucristo, y así vivió él; ¿por qué, pues, sus apóstoles no habían de contentarse con imitar a su Maestro, dándose por muy felices de poder decir que son tan ricos como él?

Y no pude contenerme al oir esto; y deteniendo mi caballo, quitándome el sombrero, y no ocultando mi emoción que llegaba hasta las lágrimas, alargué una mano al buen cura, y le dije:

--Venga esa mano, señor, Vd. no es un fraile, sino un apóstol de Jesús.... Me ha ensanchado Vd. el corazón; me ha hecho Vd. llorar.... Señor, le diré a Vd. francamente y con mi rudeza militar y republicana, yo he detestado desde mi juventud a los frailes y a los clérigos; les he hecho la guerra; la estoy haciendo todavía en favor de la Reforma, porque he creído que eran una peste; pero si todos ellos fuesen como Vd., señor, ¿quién sería el insensato que se atreviese, no digo a esgrimir su espada contra ellos, pero ni aun a dejar de adorarlos? ¡Oh, señor! yo soy lo que el clero llama un hereje, un impío, un _sansculote_; pero yo aquí digo a Vd., en presencia de Dios, que respeto las verdaderas virtudes cristianas.... Así, venero la religión de Jesucristo, como Vd. la practica, es decir, como él la enseñó, y no como la practican en todas partes. ¡Bendita Navidad ésta que me reservaba la mayor dicha de mi vida, y es el haber encontrado a un discípulo del sublime Misionero, cuya venida al mundo se celebra hoy! Y yo venía triste, recordando las Navidades pasadas en mi infancia y en mi juventud, y sintiéndome desgraciado por verme en estas montañas solo con mis recuerdos! ¿Qué valen aquellas fiestas de mi niñez, sólo gratas por la alegría tradicional y por la presencia de la familia? ¿Qué valen los profanos regocijos de la gran ciudad, que no dejan en el espíritu sino una pasajera impresión de placer? ¿Qué vale todo eso en comparación de la inmensa dicha de encontrar la virtud cristiana, la buena, la santa, la modesta, la práctica, la fecunda en beneficios? Señor cura, permítame Vd. apearme y darle un abrazo y protestarle que amo el cristianismo cuando lo encuentro tan puro como en los primeros y hermosos días del Evangelio.

El cura se bajó también de su pobre caballejo, y me abrazó, llorando y sorprendido de mi arranque de sincera franqueza. No podía hablar por su emoción, y apenas pudo murmurar, al estrecharme contra su pecho:

--Pero, señor capitán ... yo no merezco ... yo creo que cumplo ... esto es muy natural; yo no soy nada ... ¡qué he de ser yo! ¡Jesucristo! ¡Dios! ¡el pueblo!

[Footnote 1: #Alva#, province in the north of Spain.]

[Footnote 2: #Carmelitas#, _Carmelites_, members of the mendicant order of Our Lady of Mt. Carmel, founded about 1156.]

[Footnote 3: #previo el noviciado#, _the noviciate being prior_ (translate: _after the noviciate_).]

[Footnote 4: #Desierto de Tenancingo#, an ancient monastery near Mexico City where lived a company of Carmelites. A monk of another order said of it in the seventeenth century: "It is the pleasantest place of all about Mexico.... Were all deserts like it, to live in a desert were better than to live in a city." This description no longer applies, as the place is now a wilderness with its interesting ruins and caves.]

[Footnote 5. #en tantas#, supply #veces#, _every time_.]

VI

Después de este abrazo volvimos a montar a caballo, y continuamos nuestro camino en silencio, porque la emoción nos embargaba la voz.

La obscuridad se había hecho más densa; pero yo veía en el cura, cuyo semblante aun no conocía, algo luminoso; tan cierto es que la simpatía y la admiración se complacen en revestir a la persona simpática y admirada con los atractivos de la Divinidad.

Iba yo repasando en mi memoria los hermosos tipos ideales del buen sacerdote moderno, ... a los cuales se parecía mi compañero de camino, y no recordaba más que a dos con los cuales tuviera una extraña semejanza. El uno era el virtuoso _Vicario de Aldea_, de Enrique Zschokke[1], cuyo diario había leído siempre con lágrimas, porque el ilustre escritor suizo ha sabido depositar en él raudales de inmensa ternura y de dulcísima resignación.

El otro era el _P. Gabriel_, de Eugenio Sue[2], que este fecundo novelista ha sabido hacer popular en el mundo entero con su famoso _Judío Errante_. En aquella época aun no había publicado Victor Hugo[3] sus _Miserables_, y por consiguiente no había yo admirado la hermosa personificación de Monseñor Myriel, que tantas lágrimas de cariño ha hecho derramar después. Verdad es que conocía la historia de varios célebres misioneros cuyas virtudes honraban al cristianismo; pero siempre encontraba en su carácter un lunar que me hacía perder en parte mi entusiasta veneración hacia ellos. Sólo había podido, pues, admirar en toda su plenitud a los personajes ideales que he mencionado. Así es que el haber encontrado en medio de aquellas montañas al hombre que realizaba el sueño de los poetas cristianos y al verdadero mitador de Jesús, me parecía una agradabilísima pero fugaz ilusión, hija de mi imaginación solitaria y entristecida por los recuerdos. Y, sin embargo, no era así; el sacerdote existía, me había hablado, caminaba junto a mí, y pronto iba a confirmar con mis propias observaciones la idea que acababa de darme de su carácter asombroso, en pocas palabras dichas con una sencillez y una sinceridad tanto más incuestionables, cuanto que ningún interés podía tener en aparecer de tal modo a los ojos de un viajero pobre, militar subalterno e insignificante[*]....

[*: El carácter cuyo bosquejo he diseñado en este artículo es rigurosamente histórico....]

[Footnote 1: #Enrique Zschokke# (Johann Heinrich, 1771-1848), a German-Swiss historian, novelist, and religious writer.]

[Footnote 2: #Eugenio Sue# (1804-1857), a French novelist, whose most famous work is _The Wandering Jew_.]

[Footnote 3: #Victor Hugo# (1802-1885), a celebrated French poet and novelist. _Les Misérables_ is Hugo's best known novel.--#Monseñor Myriel#, one of the characters in _Les Misérables_, was a priest who sought to follow in his everyday life the example of Christ.]

VII

De repente, y al desembocar de un pequeño cañón que formaban dos colinas, el pueblecillo se apareció a nuestra vista, como una faja de rojas estrellas en medio de la obscuridad, y el viento de invierno pareció suavizarse para traernos en sus alas el vago aroma de los huertos, el rumor de las gentes y el simpático ladrido de los perros, ladrido que siempre escucha el caminante durante la noche con intensa alegría.

--Ahí tiene Vd. mi pueblo, señor capitán,--me dijo el cura.

--Me parece muy pintoresco,--le contesté,--a juzgar por la posición de las luces, y por el aire balsámico que nos llega y que revela que allí hay pequeños jardines.

--Sí, señor; los hay muy bonitos. Como el clima es muy frío y el terreno bastante ingrato, los habitantes se limitaban, antes de que yo llegara aquí, a cultivar algunos pobres árboles que no les servían más que para darles sombra: unas cuantas y tristes flores nacían enfermizas en los cercados, y en vano se hubiera buscado en las casas la más común hortaliza para una ensalada o para un puchero. Los alimentos se reducían a tortillas de maíz, frijol, carne y queso; lo bastante para no morirse de hambre, y aun para vivir con salud; pero no para hacer más agradable la vida con algunas comodidades tan útiles como inocentes.

Yo les insinué algunas mejoras en el cultivo; hice traer semillas y plantas propias para el clima, y como los vecinos son laboriosísimos, ellos hicieron lo demás. Jamás un hombre fué mejor comprendido que lo fuí yo; y era de verse, el primer año, como hombres, mujeres, ancianos y niños, a porfía, cambiaban el aspecto de sus casas, ensanchaban sus corrales, plantaban árboles en sus huertos, y aprovechaban hasta los más humildes rincones de tierra vegetal para sembrar allí las más hermosas flores y las más raras hortalizas.

Un año después, el pueblecito, antes árido y triste, presentaba un aspecto risueño. Hubiérase dicho que se tenía a la vista una de esas alegres aldeas de la Saboya[1] o de mis queridos Pirineos[2], con sus cabañas de paja o con sus techos rojos de teja, sus ventanas azules y sus paredes adornadas con cortinas de trepadoras, sus patios llenos de árboles frutales, sus callecitas sinuosas, pero aseadas, sus granjas, sus queseras y su gracioso molino. Su iglesita pobre y linda, si bien está escasa de adornos de piedra y de altivos pórticos, tiene, en cambio en su pequeño atrio, esbeltos y coposos árboles; las más bellas parietarias enguirnaldan su humilde campanario con sus flores azules y blancas; su techo de paja presenta con su color obscuro, salpicado por el musgo, una vista agradable; la cerca del atrio es un rústico enverjado formado por los vecinos con troncos de encina, en los que se ostentan familias enteras de orquídeas, que hubieran regocijado al buen barón de Humboldt[3] y al modesto y sabio Bonpland [4]; y el suelo ostenta una rica alfombra de caléndulas silvestres, que fueron a buscarse entre las más preciosas de la montaña. En fin, señor, la vegetación, esa incomparable arquitectura de Dios, se ha encargado de embellecer esa casa de oración, en la que el alma debe encontrar por todas partes motivos de agradecimiento y de admiración hacia el Creador.

De este modo, el trabajo lo ha cambiado todo en el pueblo; y sin la guerra, que ha hecho sentir hasta estos desiertos su devastadora influencia, ya mis pobres feligreses, menos escasos de recursos, habrían mejorado completamente de situación; sus cosechas les habrían producido más, sus ganados, notablemente superiores a los demás del rumbo, habrían tenido más valor en los mercados, y la recompensa habría hecho nacer el estímulo en toda la comarca, todavía demasiado pobre.

Pero ¿qué quiere Vd.? Los trigos que comienzan a cultivarse en nuestro pequeño valle necesitan un mercado próximo para progresar, pues hasta ahora la cosecha que se ha levantado, sólo ha servido para el alimento de los vecinos.

Yo estoy contento, sin embargo, con este progreso, y la primera vez que comí un pan de trigo y maíz, como en mi tierra natal, lloré de placer, no sólo porque eso me traía a la memoria los tiernos recuerdos de la patria, sino porque comprendí que con este pan, más sano que la tortilla[5], la condición física de estos pueblos iba a mejorar también: ¿no opina Vd. lo mismo?

--Seguramente: yo creo, como todo el que tiene buen sentido, que la buena y sana alimentación es ya un elemento de progreso.

--Pues bien,--continuó el cura;--yo, con el objeto de establecer aquí esa importantísima mejora, he procurado que hubiese un pequeño molino, suficiente, por lo pronto, para las necesidades del pueblo. Uno de los vecinos más acomodados tomó por su cuenta realizar mi idea. El molino se hizo, y mis feligreses comen hoy pan de trigo y de maíz. De esta manera he logrado abolir para siempre esa horrible tortura que se imponían las pobres mujeres, moliendo el maíz en la piedra que se llama _metate_; tortura que las fatiga durante la mayor parte del día, robándoles muchas horas que podían consagrar a otros trabajos, y ocasionándoles muchas veces enfermedades dolorosas....

Al principio he encontrado resistencias, provenidas de la costumbre inveterada, y aun del amor propio de las mujeres, que no querían aparecer como perezosas, pues aquí, como en todos los pueblos pobres de México, y particularmente los indígenas, una de las grandes recomendaciones de una doncella que va a casarse es la de que _sepa moler_, y ésta será tanto mayor, cuanta mayor sea la cantidad de maíz que la infeliz reduzca a tortillas. Así se dice: _Fulana es muy mujercita, pues muele un almud o dos almudes, sin levantarse_. Ya Vd. supondrá que las pobres jóvenes, por obtener semejante elogio, se esfuerzan en tamaña tarea, que llevan a cabo sin duda alguna, merced al vigor de su edad, pero que no hay organización que resista a semejante trabajo, y sobre todo, a la penosa posición en que se ejecuta. La cabeza, el pulmón, el estómago, se resienten de esa inclinación constante de la _molendera_, el cuerpo se deforma y hay otras mil consecuencias que el menos perspicaz conoce. Así es que mi molino ha sido el redentor de estas infelices vecinas, y ellas lo bendicen cada día, al verse hoy libres de su antiguo sacrificio, cuyos funestos resultados comprenden hasta[6] ahora, al observar el estado de su salud, y al aprovechar el tiempo en otros trabajos.

Como el cultivo del trigo, se ha introducido el de otros cereales no menos útiles y con igual prontitud. He traído también _pacholes_[7] de algunas leguminosas que he encontrado en la montaña, y con las cuales la benéfica naturaleza nos había favorecido, sin que estos habitantes hubiesen pensado en aprovecharlas.

En cuanto a árboles frutales, ya los verá Vd. mañana. Tenemos manzanas, perales, cerezos, albaricoqueros, castaños, nogales y almendros, y eso en casi todas las casas: algunos vecinos han plantado pequeños viñedos, y yo estoy ensayando ahora una plantación de moreras y de madroños, para saber si podrá establecerse el cultivo de los gusanos de seda. En fin, se ha hecho lo posible; y no contento yo con realizar mis propias ideas, pregunto a las personas sensatas, y escucho sus opiniones con gusto y respeto. Vd. se servirá darme la suya después de visitar mi pueblo.

--Con mucho gusto, señor, a pesar de mi ignorancia suma. Mi buen sentido y mi experiencia por mis viajes son lo único que puede permitirme hacer a Vd. algunas indicaciones. ¿Y en cuanto a ganados?

--Estos montañeses los poseían en pequeña cantidad, y en su mayor parte vacuno. Ahora se consagran con más empeño al ganado menor. Se han traído algunos merinos; se han propagado fácilmente, y ya existen rebaños bastante numerosos, que se aumentan cada día en razón de que no se consumen para el alimento diario.

--¿No gusta aquí esa carne?

--Poco: diré a Vd. francamente, soy yo quien no gusto de comer carne; y como mis pobres feligreses se han acostumbrado por simpatía a amoldarse a mis gustos, ellos también van quitándose la costumbre, sin que por eso les diga yo sobre ello una sola palabra. Por eso verá Vd. también en el pueblo relativamente pocas aves de corral. Pongo yo poco empeño en la propagación de esas desgraciadas víctimas del apetito humano. En general, yo prefiero la agricultura, y sólo cuido con esmero a los animales que ayudan al hombre en los rudos y santos trabajos del campo. Así, los bueyes que hay en el pueblo son quizás los más robustos y los mejores del rumbo, porque son también los mejor cuidados. Los mulos y los caballos son ligeros y robustos, como conviene a un país montañoso; aunque a decir verdad, hay más de los primeros que de los segundos, porque sirven aquéllos para cargar las mieses que se conducen por nuestros escabrosos caminos; pero éstos no son útiles más que para algunos enfermos como yo, o para las mujeres, pues los habitantes prefieren andar a pie, en lo cual hacen muy bien.

--Señor cura,--le dije,--estoy muy contento de oir a Vd., y me parece admirable la rapidez con que Vd. ha cambiado la faz de estos pobres lugares.

--La religión, señor capitán, la religión me ha servido de mucho para hacer todo esto. Sin mi carácter religioso quizás no habría yo sido escuchado ni comprendido. Verdad es que yo no he propuesto todas esas reformas en nombre de Dios, ni fingiéndome inspirado por Él: mi dignidad se opone a esta superchería; pero evidentemente mí carácter de sacerdote y de cura, daba una autoridad a mis palabras, que los montañeses no habrían encontrado en la boca de una persona de otra clase.

Además, ellos han tenido ocasión todos los días de conocer la sinceridad de mis consejos, y esto me ha servido muchísimo para lograr mi principal objeto, que es el de formar su carácter moral; porque yo no pierdo de vista que soy, ante todo, el misionero evangélico. Sólo que yo comprendo así mi cristiana misión: debo procurar el bien de mis semejantes por todos los medios honrados; a ese fin debo invocar la religión de Jesús como causa, para tener la civilización y la virtud como resultado preciso. El Evangelio no sólo es la Buena Nueva bajo el sentido de la conciencia religiosa y moral, sino también desde el punto de vista del bienestar social. La bella y santa idea de la Fraternidad humana en todas sus aplicaciones debe encontrar en el misionero evangélico su más entusiasta propagandista; y así es como este apóstol logrará llevar a los altares de un Dios de paz a un pueblo dócil, regenerado por el trabajo y por la virtud, al campo y al taller, a un pueblo inspirado por la idea religiosa que le ha impuesto, como una ley santa, la ley del trabajo y de la hermandad.

--Señor cura,--volví a decir entusiasmado,--¡Vd. es un demócrata verdadero!

El cura me miró sonriendo a la luz de la primera fogata que los alegres vecinos habían encendido a la entrada del pueblo y que atizaban a la sazón tres chicuelos.

--Demócrata o discípulo de Jesús, ¿no es acaso la misma cosa?... me contestó.

--¡Oh! tiene Vd. razón, tiene Vd. razón; pero no es así como se piensa allá en otras partes. ¡Dios mío! ¡qué bendita Navidad ésta que me ha hecho encontrar lo que me había parecido un sueño de mi juventud entusiasta!

[Footnote 1: #Saboya#, _Savoie_, a department of southeastern France.]

[Footnote 2: #Pirineos#, _Pyrenees_, mountains forming the boundary between France and Spain.]

[Footnote 3: #Humboldt#, Friedrich Heinrich Alexander von (1769-1859), a celebrated German scientist and explorer. The results of his American journey were published under the title _Voyage in the Equinoctial Regions of the New Continent_.]

[Footnote 4: #Bonpland#, Aimé (1773-1858), a French naturalist and traveler who was with Humboldt in South America and Mexico.]

[Footnote 5: #tortilla#, in Mexico a thin round cake, made of meal and water, flattened by tossing back and forth in the hands, and cooked on hot stones.]

[Footnote 6: #hasta# is used to emphasize #ahora#.]

[Footnote 7: #pacholes#. _Pachol_ is not found in the dictionaries, but its apparent meaning is _pod_.]

VIII

Pero los chicos, luego que vieron al cura, vinieron a saludarlo alegremente, y luego corrieron al centro del pueblecillo gritando:

--¡El hermano cura! ¡el hermano cura!

--¡El hermano cura!--repetí yo con extrañeza;--¡qué raro! ¿Es así como llaman aquí a su párroco?

--No, señor,--me respondió el sacerdote,--antes le llamaban aquí, como en todas partes, el _señor cura_; pero a mí me desagrada esa fórmula, demasiado altisonante, y he rogado a todos que me llamen el _hermano cura_: esto me da mayor placer.

--Es Vd. completo. ¡Y yo que he venido llamando a Vd. el señor cura!

--Pues bien: está Vd. perdonado, con tal de que siga llamándome su amigo nada más.

Yo apreté la mano de aquel hombre honrado y humilde, y me aparté un poco para dejar a la gente, que había acudido a su encuentro, saludarlo a todo su sabor... Los ancianos le abrazaban (pues se había bajado del caballo) con ternura paternal, y él era quien los saludaba con veneración; los hombres le hablaban como a un hermano, y los chicos como a un maestro. En todos se notaba una afectuosa y sincera familiaridad.

Al llegar a su casita, que estaba, como es costumbre, junto a la pequeña iglesia parroquial, y en lo que podía llamarse plaza, el cura, enseñándome una bella casa grande, la más bella quizás del pueblo, me dijo:

--¡Ahí tiene Vd. nuestra escuela!

Y como yo me mostrara[1] un poco admirado de verla tan bonita y aseada, revelando luego que era el edificio predilecto de los vecinos, observé en éstos, al felicitarlos, un sentimiento de justísimo orgullo. El más viejo de los que estaban cerca, me dijo:

--Señor, es _él_ quien merece la enhorabuena; por _él_ la tenemos, y por _él_ saben leer nuestros hijos. Cuando nosotros la levantamos, aconsejados por él, y la concluimos, al verla tan nueva y tan linda, le propusimos que se fuera a vivir en ella, porque le debemos muchos beneficios, y que nos dejara el curato para la escuela, pero se enfadó con nosotros y nos preguntó si él valía acaso más que los niños del pueblo, y si necesitaba ocupar tantas piezas él solo. Nos avergonzamos y conocimos nuestro disparate. Es muy bueno el hermano cura, ¿no le parece a Vd.?

Yo fuí a abrazar al cura en silencio y más conmovido que nunca.

Entramos por fin en la casa del curato, que era pequeña y modesta, pero muy aseada y embellecida con un jardincillo, provista de una cuadra y de un corral. La gente se detuvo en la puerta. Adentro aguardaban al cura el alcalde con algunos ancianos y algunas mujeres de edad. El cura se quitó el sombrero delante del alcalde, dando así un ejemplo del constante respeto que debe tenerse a la autoridad, emanada del pueblo; saludó cariñosamente a las viejas vecinas, y entró conmigo y los hombres a su saloncito, que no era más grande que un cuarto común. Pero antes de entrar, una de las viejas, robusta y venerable vecina, que revelaba en su semblante bondadoso una gran pena, detuvo al cura, y le preguntó en voz baja:

--Hermano cura, ¿lo ha visto Vd. por fin? ¿Está más aliviado? ¿vendrá esta noche?

--¡Ah! sí, Gertrudis,--respondió el cura;--se me olvidaba ... lo ví, hablé con él, está triste, muy triste; pero vendrá, me lo ha prometido.

--Pues voy a avisárselo a Carmen para que se alegre,--replicó la anciana... ¡si viera Vd. como ha llorado, hermano cura, temiendo que no viniera! ¡Pobre muchacha!

--Que no tenga cuidado, Gertrudis, que no tenga cuidado.

--Aquí hay algo de amor, amigo mío,--me atreví a decir al cura.

--Sí,--me dijo éste con aire tranquilo:--ya lo sabrá Vd. esta noche: es una pequeña novela de aldea, un idilio inocente como una flor de la montaña; pero en el que se mezcla el sufrimiento que está atormentando dos corazones. Vd. me ayudará a llevar a buen término el desenlace de esa historia esta misma noche.

--¡Oh! con mucho gusto: nada podría halagar tanto mi corazón; también yo he amado y he sufrido,--dije acordándome súbitamente de lo que había olvidado durante tantas horas, merced a los recuerdos de Navidad y a la conversación del cura.--¡Yo también llevo en el alma un mundo de recuerdos y de penas! ¡Yo también he amado!--repetí.

--Es natural ... dijo también suspirando el cura, e inclinando con melancolía su frente pensadora, surcada por arrugas precoces.

Aquello me puso silencioso, y así tomé asiento junto a un buen fuego que ardía en la humilde chimenea del saloncito.

IX