Part 4
Alvarito y Manón salieron de Bayona y fueron a San Juan de Luz. En este pueblo pararon en casa de una señora, pariente de Manón, que vivía cerca de la iglesia. La señora les alojó muy bien y Alvarito durmió en una alcoba tapizada de rojo, con cortinas también rojas y dos grandes espejos.
Alvarito preguntó en dos o tres puntos por el cabriolé amarillo y dio con él en el patio de una posada de Ciburu, en el camino de Behotegui.
La posada, próxima a la carretera, parecía una clásica posada española, con un patio grande, como una plazoleta, y un cobertizo en el fondo, debajo del cual había carros, de los que descargaban fardos, cajas y montones de cestos.
Alvarito preguntó por el cochero del cabriolé amarillo; pero no estaba. Se había marchado, según le dijeron, a Bayona, y de allí a Pau.
Alvarito y Manón siguieron en dirección a la frontera y se detuvieron en la posada de Urruña. En el pueblo, Chipiteguy conocía a un vinatero republicano, padre de un muchacho joven. Este, a quien habló Alvarito, se encargó de seguir la pista de Frechón y de averiguar el camino seguido por él.
Por los datos que recogió el hijo del vinatero, el cabriolé amarillo, sin pasar de Urruña, volvió a San Juan de Luz. Frechón avanzó, sin duda, desde allí a caballo. Manón y Alvarito pensaron que el dependiente de Chipiteguy no había seguido a Irún; para ir a España no hubiera dejado el coche. Probablemente debía haberse dirigido a Sara o a Vera.
—¿Qué hacemos? —preguntó Alvarito.
—¿Qué hemos de hacer? Seguir.
—¿Estás decidida a entrar en España?
—Yo, completamente decidida.
—¿Por dónde vamos?
—Por donde tú digas.
—Por Irún sería lo más rápido —indicó Alvarito—; pero me han dicho que estos días los liberales vigilan mucho la frontera y que han traído hasta perros para guardarla.
—Dejemos entonces Irún.
—Sí, creo que será lo mejor; además que en el campo liberal no es donde nosotros tenemos que hacer nuestras indagaciones, sino en el carlista.
—Tú decides.
—Muy bien; pero yo quisiera consultarte siempre. A mí, lo que me parece mejor, es ir a Sara. Tomar aquí informes entre los franceses amigos de los carlistas, y luego, si hay necesidad, entrar en España por Vera.
—Pues, nada; está decidido. Vamos.
III
EL SÁTIRO DE SARA
Alvarito y Manón, desde Urruña, marcharon en coche a Sara; se detuvieron allí en la posada de un tal Harismendi y se presentaron al cura, hombre muy influyente en el campo carlista, con la esquela del señor Silhouette. Le contaron lo que les ocurría: la desaparición de Chipiteguy, con todo detalle; pero el cura, aristocratista convencido, el que hubiese desaparecido un trapero de su trapería no le parecía cosa de mayor importancia. Para zafarse de los dos jóvenes les recomendó al dueño de una abacería, puesta bajo la advocación de la Purísima Concepción.
—El señor Sagaset —les dijo el cura— les informará mejor que yo.
Fueron a ver al tal Sagaset, en su tienda, un piso bajo, lleno de imágenes de yeso, de estampas de santos y de vírgenes. El tendero era hombre grande, al menos de tamaño; ancho de hombros, barba negra hasta el pecho, nariz corva y mucha corpulencia. Gastaba melenas largas; tenía los ojos claros, y la boca, sin dientes. Sagaset vestía de negro; chaquetón, sombrero de copa, pantalones bombachos y gran cadena de reloj de plata; tenía los brazos cortos, para su estatura; el vientre, abultado, y las piernas, delgadas. Era, a primera vista, hombre que pretendía ser amable, meloso, de aire hipócrita, con una sonrisa siempre suave y dulce.
Sagaset se brindó a proteger a Alvarito y a Manón y a favorecerles en su empresa de buscar a Chipiteguy. Quiso también llevarlos a su casa; pero Manón se opuso porfiadamente.
—Es un hombre antipático, que no me inspira confianza alguna —afirmó ella, dirigiéndose a Alvarito.
—¿Por qué no? Dicen que es una buena persona. Un beato que se pasa la vida en la iglesia.
—Peor que peor.
—¿Vas a empezar a hablar como tu abuelo? —repuso Álvaro—. ¿A creer que todos los que van a la iglesia son unos canallas?
—No diré que todos; pero este, creo que sí. A mí me ha mirado mucho; al hablarme me ha cogido la mano...
—Porque cree que eres un chico.
—¡Hum! No sé. Creo que sospecha que no. Mucha gente dice que el abacero es un místico y un santo varón; pero a mí no me produce confianza.
Alvarito tenía la idea de que Manón, con su instinto certero de mujer, conocía muy bien a las personas, por lo cual le parecía prudente no desdeñar sus opiniones.
Para la mayor parte del pueblo, Sagaset era un bendito. En la iglesia rezaba, tendido en el suelo, con los brazos en cruz. Había convencido a la gente de que se le aparecían la Virgen y los Santos.
De alguna de estas apariciones contaba detalles; de otras, no, porque, según decía, los aparecidos no le daban permiso para hablar de ellos, o si se lo daban, le ponían un plazo, como si se tratase del cobro de una letra o de un pagaré.
Si Manón y Alvarito hubieran conocido más personas en Sara, hubiesen sabido que Sagaset andaba persiguiendo a las muchachitas muy jóvenes, y que, a pesar de su aire de beato, era un perfecto granuja. Quizá era beato y granuja sinceramente al mismo tiempo, cosa que puede armonizarse en muchos casos.
Un tabernero, republicano rival, aseguraba que en otro lugar donde Sagaset había vivido tuvo otra tienda de comestibles, y en vez de ponerla bajo la advocación de la Purísima Concepción, la llamó A La Bandera Tricolor, porque en el pueblo abundaban los liberales. Lo mismo le hubiera llamado A La Bandera Roja.
Con La Bandera Tricolor, Sagaset hizo quiebra; quizá Dios le quiso demostrar que aquella insignia liberal era herética y vitanda.
Para Sagaset, sin duda, no había más que una ligera diferencia entre la Purísima Concepción y La Bandera Tricolor: la Purísima era el éxito, y La Bandera Tricolor, el fracaso.
Según el tabernero republicano, Sagaset, el intrigante, defendido por los curas, hacía suscripciones para toda clase de obras piadosas y se quedaba algunas veces con los cuartos; vendía medallitas, imágenes, rosarios; se dedicaba también al chantaje y había estado procesado por corrupción de menores.
No eran todo visiones en la vida del tendero de comestibles. Sagaset, el sátiro de Sara, como le llamaba el tabernero republicano, era un completo farsante y gran hipócrita, un cocodrilo místico y sentimental. Tenía una lágrima a tiempo, una frase para legitimar cualquier granujada que él hiciera y otra frase condenatoria y áspera para juzgar la conducta de los demás, que él suponía siempre, con piadosa intención, impura, sórdida y envilecida.
Manón le repitió a Alvarito que desconfiara de Sagaset y que estuviera siempre en guardia.
—¿Pero por qué? ¿Se sabe algo malo de él?
—Yo no sé nada; pero estoy segura de que es un canalla.
—Bueno, desconfiaremos.
Al decidirse a marchar de Sara a Vera, para entrar en España, Sagaset anunció a Manón y a Alvarito que les acompañaría, porque quizá solos no sabrían encontrar el camino.
Sagaset alquiló tres caballos, y por la tarde, después de comer, comenzaron a alejarse del pueblo y a tomar por una senda aguas arriba de un arroyo, nacido en la frontera de España.
Al llegar cerca de un bosquecillo de robles a un prado, en donde manaba una fuente, Sagaset dijo que allí debían sentarse a merendar.
—Tomaremos un bocado, ya que la Divina Providencia es bastante buena con nosotros para proporcionarnos un modesto refrigerio —añadió el tendero.
—No veo que tenga nada que ver con esto la Divina Providencia —dijo Manón, echándoselas de volteriana—. Es más bien la Silveri de la fonda de Harismendi que se ha encargado de ello.
—Eres un joven impío —replicó Sagaset, sonriendo.
Bajaron los tres de los caballos, se sentaron en la hierba y se pusieron a merendar. Después de la merienda había ido Alvarito a llenar la botella en la fuente, cuando Sagaset, agarrando con fuerza a Manón, la besó en el cuello.
Ella se desasió rápidamente y, volviéndose, dio tal bofetada al sátiro, que sonó como un estampido.
Sagaset iba a volver a la carga cuando vio a Alvarito pálido, que con una pistola, sacada del bolsillo, le apuntaba. Sagaset retrocedió, haciendo un gesto de espanto.
—No le tires —gritó Manón.
—Era una broma —murmuró Sagaset, sonriendo e inclinándose de una manera repugnante.
—No aceptamos bromas de usted —exclamó Alvarito, con la pistola aún en la mano.
—Quita, no vayas a disparar —gritó Manón—. Yo le daré a este hombre lo que merece.
Y, cogiendo una vara, dio una tanda de palos al barbudo sátiro.
El hombre gritaba, de manera grotesca, con gritos de gallina.
—Basta ya —dijo Alvarito; y dirigiéndose a Sagaset, añadió—: Ahora, a pie, y sin volver la cabeza, se marchará usted a Sara. Si se vuelve usted, le mato como a un perro.
—Está bien, está bien. No hay que incomodarse —murmuró Sagaset, como si estuviera efectivamente encantado del giro que habían tomado las cosas.
Sagaset comenzó a marchar camino de Sara sin volver la cabeza.
—¡Qué asco de hombre! —exclamó Manón—. Me pareció que se me echaba un sapo encima.
Después, pasada la primera impresión del accidente, los dos muchachos se echaron a reír, recordando con detalles la escena. Manón se encontraba satisfecha de tener un compañero valiente y decidido, como Alvarito, y este comenzaba a sentir cierta confianza en sí mismo; confianza que jamás había tenido.
IV
EN VERA
No sabían qué hacer con el caballo del farsante místico de Sara y le dejaron que siguiera a los otros dos.
Atravesaron, Alvarito y Manón, por un barranco hundido y cerrado, en donde algunos carboneros hacían arder sus hornos. Al remontar el arroyo, pasaron del barranco estrecho que corría entre dos vertientes tupidas a una altura próxima y en ella vieron un centinela.
—Alto: ¿quién vive? —les gritó este.
—España —contestó Alvarito.
—¿Qué gente?
—Gente de paz.
—Adelante.
Avanzaron Alvarito y Manón y se encontraron, poco después, rodeados de cinco soldados carlistas harapientos.
—¿A dónde vais y de dónde venís? —preguntó el que hacía de jefe.
Alvarito contó que venían de Francia y que iban a casa de unos parientes de Almandoz.
—¿Qué es vuestra familia?
—Es familia de labradores.
—¿Son carlistas o liberales?
—Son carlistas.
Había allí cerca una barraca de madera, medio taberna, servida por un hombre con trazas de campesino, y Álvaro convidó en ella a los aduaneros carlistas y a algunos soldados de una partida volante que se habían acercado al olor de un posible vaso de vino.
Les dejaron pasar sin más formalidades, y poco después, Alvarito y Manón descansaban delante de una ermita, ya próxima al pueblo.
Era la ermita pequeña, baja; partía de ella un calvario; al lado se levantaba una cruz de piedra con los atributos de la pasión; dentro se veían santos de bulto, siniestros: a la derecha, San Jerónimo, con su león, y a la izquierda, San Martín, a caballo, cortando su manto con la espada para dárselo al pobre.
Alvarito, con su fantasía, creyó que dentro estaba agazapado un hombre, pero no había nadie. La puerta de la ermita era enrejada y a los lados tenía dos ventanas. En el dintel de la puerta se podía leer este letrero en vascuence:
«Eguizu zuc Maria Gugatic erregu Eriotzeco orduan Ez gaitecen galdu».
(Ruega por nosotros, María, para que en la hora de la muerte no nos vayamos a perder.)
—En seguida la muerte —dijo Manón, después de traducir la inscripción vasca, haciendo gala del espíritu volteriano de su abuelo.
—Es la religión —replicó Alvarito—; no se va a hablar en las ermitas de bailes o de fiestas.
Siguieron los dos muchachos su camino por una senda hundida. Caía la tarde, el cielo azul iba llenándose de nubes rojas y se oía una campana melancólica en el aire. Enfrente, la peña de Aya se destacaba a lo lejos, dentellada, en el horizonte en llamas del crepúsculo. A Alvarito le parecía aquello la gloria de un altar mayor con los ángeles en el cielo incendiado.
—Es triste España —murmuró Manón.
—¡Pero si apenas hemos entrado en ella! —replicó Álvaro.
Pasaron por una encrucijada con grandes árboles, en donde habían hecho su campamento unos gitanos, que en aquella hora vivaqueaban y encendían fuego. Alrededor de las llamas correteaban chiquillos medio desnudos; dos borricos pardos pacían la hierba tristemente.
Iban Alvarito y Manón acercándose al pueblo un poco deprimidos por el anochecer espléndido. La campana seguía tocando en aquel aire de cristal inmóvil del crepúsculo.
—¿Por qué no hablas? —preguntó Manón a Álvaro.
—¿Qué te puedo decir? —murmuró él melancólicamente.
—Lo que piensas.
—Si te dijera lo que pienso, no te gustaría.
—¿Por qué no? Quizá sí.
—No, ya sé que no.
Y al decir esto sentía una oleada de tristeza que le anegaba y que rimaba con la melancolía de aquel crepúsculo admirable.
V
OLLARRA
Llegaron a Vera Alvarito y Manón y fueron a casa de un chatarrero, cliente de Chipiteguy, que vivía en la calle de Alzate. Este chatarrero se llamaba Salomón y por aquellos días no se encontraba en el pueblo. Su mujer, a quien decían la Salomona, era una hembra juanetuda, baja y cuadrada, de hablar medio asturiano, medio gallego.
El portal de la casa de Salomón estaba lleno de trozos de hierro viejo, plomo y otros metales, géneros que el chatarrero negociaba con los carlistas.
La Salomona, a pesar de mantener su marido relaciones comerciales con Chipiteguy, no atendió gran cosa a Manón ni a Alvarito y les envió a pasar la noche a una posada del barrio de Yllecueta.
Alvarito supo por el dueño de la posada que el chatarrero tenía mala fama en el pueblo. Se le achacaba el asesinato de un compañero suyo en el monte para robarle. Alvarito contó esto a Manón y los dos decidieron no hablar nada a la Salomona del fin que perseguían en su viaje.
Al día siguiente, la mujer del chatarrero invitó a los dos muchachos a quedarse en su casa, pero ellos no aceptaron.
La Salomona sospechó que Manón era una chica disfrazada y se lo dijo.
—A mí no me la da usted. Usted es mujer.
—¿En qué lo ha notado usted?
—Se le conoce fácilmente. ¿Se ha escapado usted con su novio?
—No; ese muchacho no es mi novio.
La Salomona hizo un gesto de incredulidad.
Manón comprendió debía de adquirir, a ser posible, aire más tosco y más aldeano; pensó también que quizá les fuera conveniente algún criado, algún hombre del país, a sueldo, conocedor de los caminos, de las costumbres y de las personas.
A Alvarito le pareció bien la idea.
El joven Sánchez de Mendoza fue a visitar al coronel Lanz, comandante del puesto de Vera. Se presentó a él como hijo de un correligionario y le explicó que iba a ver de rescatar a su principal, secuestrado no se sabía en dónde.
El comandante dio pasaporte para Álvaro y para un supuesto primo, Mario Ezponda, y cartas de recomendación para personas importantes de la provincia. Le hizo también que le acompañara un sargento por Vera.
Entre tanto Manón, marchando por la orilla de un arroyo, por detrás de la calle de Alzate, llegó hasta un caserón viejo llamado Itzea. Entre Itzea y un molino vio a un muchacho metido en el arroyo registrando con un palo los agujeros de la orilla, sin duda para coger truchas. En esto pasaron unas vacas y recentales a beber en el arroyo, y uno de los terneros se paró, hizo ademán de embestir y asustó a Manón, que dio un grito.
—No hay que asustarse —dijo el muchacho del arroyo, y saliendo a la orilla, amenazó con el palo al ternero, que se alejó a galope. Luego miró a Manón y le preguntó en vascuence, con rudeza:
—¿Quién eres tú? ¿De dónde eres?
—Yo soy francés. ¿Y tú?
—Yo soy Ollarra o Cascazuri.
—¿Por qué te llaman así?
—Me llaman Ollarra (el Gallo), porque así llamaban a mi padre, y Cascazuri (cabeza blanca), porque soy rubio. Yo también he estado en Francia. _¡Oui, Monsieur, Oui!_
—¿Y qué haces?
—Yo, pescar y cazar.
—¿Tienes familia aquí?
—No.
—¿Pues dónde vives?
—Ahí, cerca de este barrio, hay un convento viejo de Capuchinos, al que le pegaron fuego los negros. En él duermo.
—¿Qué negros?
—¿Eres tonto? ¿No sabes quienes son los negros? Los liberales. El general Jáuregui el Pastor lo mandó.
—¿Este perro es tuyo?
—Sí.
—¿Cómo se llama?
—Chorua (el loco).
—¿Es loco de verdad?
—Sí, muy loco.
Ollarra saltó de nuevo al fondo del arroyo con intención de seguir sus exploraciones con su palo, cuando, mirando a una vieja asomada al ventanillo de una casa pequeña próxima, dijo:
—Esa vieja que se asoma a la ventana es bruja.
—¡Bah!
—Sí, dicen que sabe embrujar y desembrujar los colchones y las almohadas con unas tijeras que pone en cruz.
—¿Y tú crees en eso?
—Yo, no, ¡ca!
Ollarra, alto, fuerte, rubio, con el pelo dorado, la cara larga, los ojos claros grises y el aire serio, tenía color de hombre del Norte y expresión, sobre todo en los ojos, de hombre del Sur, cosa bastante frecuente en los vascos. Se veía en él un mozo atrevido, enérgico, despreocupado y valiente. Sonreía a veces mostrando su dentadura blanca y fuerte de mastín.
—¿Por qué no vas a ver a mi amo? —le preguntó Manón.
—¿Para qué?
—Mi amo necesita uno que le acompañe; le pagará bien.
—¿Y qué hay que hacer?
—Viajar; ir de un pueblo a otro.
—¿Nada más?
—Nada más.
—¿Dónde está tu amo?
—Ahora estará en la posada de Arotzenea o en casa de la Salomona.
—Bueno; vamos.
Ollarra se puso las alpargatas y, seguido de Chorua y en compañía de Manón, fue al barrio de Yllecueta. Entró la muchacha en la posada y se encontró a Alvarito hablando con el sargento que le acompañaba. Dijo a Álvaro cómo había encontrado un mozo capaz de servirles bien en sus trabajos de buscar a Chipiteguy. Debían ofrecerle un buen jornal, y si llegaban a libertar al abuelo, gratificarle.
—¿Cómo se llama ese mozo?
—Ollarra.
—¿Usted le conoce? —preguntó Álvaro al sargento.
—Sí; es buen chico, un poco salvaje, muy hurón —contestó el sargento—. No para en ningún lado; pero para acompañarle en un viaje le puede servir a usted.
—¿Es de aquí?
—No; aquí vino con unos gitanos, que hacían cestas; pero él no es gitano; cuando se marcharon él se quedó en el pueblo, recogido en un caserío. Luego se hizo amigo de un contrabandista, que le daba de comer.
—¿Y qué hace ahora?
—Unas veces caza, otras pesca, otras contrabandea.
Ollarra subió al cuarto que ocupaba Alvarito y hablaron; Manón sirvió de intérprete, porque Ollarra no sabía apenas castellano ni francés.
El sargento quiso burlarse de Ollarra, que no le hizo el menor caso. Ya de acuerdo, y aceptado el mozo como criado o ayudante, por la tarde llevó los tres caballos traídos desde Sara por Álvaro y Manón y de noche volvía a pie.
—¿Qué hay que hacer mañana por la mañana? —preguntó Ollarra en la posada a Alvarito.
—Hay que alquilar un coche y salir para Almandoz.
—Se necesitará dinero.
—¡Ah, claro! ¿Cuánto se necesitará?
—Según para los días que tomemos el coche.
—Para tres o cuatro.
—Creo que ya pedirán un duro al día.
—Bueno, paga lo que sea.
Y Alvarito dio a su nuevo criado diez duros.
—¿A qué hora queréis salir?
—A las ocho.
Ollarra buscó por el pueblo hasta que encontró un carricoche en un caserío de la estrada de Alzate a Vera, y para las ocho estaba a la puerta de la pasada, y poco después iban los tres jóvenes camino de Almandoz, seguidos por Chorua.
VI
LAS HABILIDADES DE OLLARRA
Ollarra se manifestó, como compañero de viaje, de muchos recursos, a veces de felices ocurrencias; pero, en general, de genio sombrío y malhumorado. Todos sus conocimientos venían de la propia fuente de la Naturaleza, sin pasar por libros. Sacaba de su boca alternativamente chirridos de lechuza y batir de alas de este pájaro crepuscular, lamentos de búhos, ladridos de perros y canto de tordos, de ruiseñores y petirrojos. Imitaba todo con perfección. Silbaba también admirablemente aires campesinos, a los que añadía florituras complicadas.
Su canción favorita era una canción en patuá gascón, que comenzaba así:
Six sous costaren six sous costaren les esclós.
Esta canción de melodía romántica y de letra ordinaria y vulgar le gustaba a Ollarra, porque, sin duda, satisfacía al mismo tiempo su sentido musical poético y su instinto de ironía brutal y salvaje.
Este gusto por tal mezcla es frecuente entre los vascos. Parece que la canción así llena como dos departamentos del espíritu: uno, el ansia romántica de vaguedad, y el otro, el instinto grosero de sátira y de burla.
Ollarra tenía grandes habilidades.
Distinguía muy bien los pájaros en el aire, por la manera de volar, y conocía los huevos encontrados entre las matas y sabía a qué ave pertenecían. Con la colaboración de Chorua, hasta marchando por el camino en el carricoche hallaba ocasión de cazar o de coger algo.
Ollarra compendiaba en su cabeza una serie de ideas falsas sobre las costumbres y los instintos de los animales, una historia natural fantástica.
La geografía suya era también reducida hasta lo absurdo. En el mundo había, principalmente, vascos, para él los hombres normales; gascones, tipos ridículos, capaces de comer hierbas del campo en ensalada; luego españoles, que casi todos eran curas o soldados; franceses tripudos, con bigotes amarillos, e ingleses, que todos eran serios; luego había América, una tierra rica que se disputaban ingleses, franceses y españoles.
Ollarra era de una independencia salvaje. Al oírle daba la impresión de que se había propuesto llevar la contraria a todo el mundo; lo que a la mayoría parecían virtudes a él se le antojaban defectos.
—Es un cochino —decía de alguno—; no hace más que trabajar a todas horas.
De otro indicaba:
—No sé qué le encuentra a su padre para tenerle ese cariño.
Esos lazos naturales de padres e hijos, maridos y mujeres, hermanos y hermanas le parecían debilidades y necedades. También debía considerar como cosa ridícula el sentir amor por la tierra. Oyéndole, parecía que lo natural en el hombre era odiar al prójimo cordialmente.
—Yo no soy ni español ni francés —decía—. De donde se viva mejor —añadía riendo con cierta cólera, y traducía su frase unas veces al francés y otras al castellano.
—¿Tú no sabes leer? —le preguntó Álvaro.
—Yo, no; ¿para qué? Eso no sirve para nada.
—¿Cómo que no sirve?
—Yo, al menos, no he tenido nunca necesidad de leer.
—¿Así que no has aprendido nada?
Ollarra se encogió de hombros con desprecio.
—¿No sabes la doctrina?
—¿Qué es la doctrina? ¿Ese libro pequeño que llevan los chicos a la escuela?
—Sí; ¿no te la han enseñado?
—No; ¿eso para qué sirve?
—Enseña a amar a Dios y al prójimo.
—¡Bah!, esas son tonterías —masculló Ollarra con cólera, azotando con el látigo al caballo.
Durante algún tiempo Ollarra había vivido en Francia, muy adentro del país, en tierra de gascones, donde no se hablaba vascuence, dedicado a pescar en un río, cuyo nombre ignoraba, y a cazar cuervos y cornejas.
Cazaba los cuervos, según contaba, con cucuruchos de papel llenos de liga, en los que metía cebo. También los cogía con anzuelo o poniendo carne de caballo o de mulo, envenenada con nuez vómica.
Ollarra, huérfano de madre desde muy niño, fue protegido durante su infancia por un brujo y una bruja de Oleta, con quienes vivía.
Ollarra contó, con su acento mixto de cólera y de ironía, las mentiras y socaliñas empleadas por el brujo de Oleta para engañar a los incautos, en las cuales el muchacho tomaba parte muy importante, pues antes de entrar a ver al brujo, se obligaba a esperar a los clientes en un cuarto del caserío, y entre la vieja y Ollarra, haciéndose los tontos, sonsacaban a los crédulos sus intimidades y sus preocupaciones y luego se las contaban al brujo. A casa del hombre de Oleta solía ir gente distinguida para que les dieran hechizos.
—¿Y tu padre? —preguntó Alvarito a Ollarra.
—Es desertor francés y contrabandista. Ahora está enredado con una gitana. Es un puerco.
—¿Cuántos años tienes?
—No sé. Diecisiete o dieciocho. Lo mismo da uno más que uno menos.
—¿Y no tienes novia? —le preguntó Manón.