Part 15
Fue marchando de prisa por un páramo estéril y pedregoso, muy contento, hasta llegar a un pueblo: Maranchón.
Entró en una posada; junto a un hermoso fuego se calentó y se fue a la cama.
Durmió de un tirón hasta muy entrada la mañana.
En Maranchón, pueblo de vendedores de caballos y de cerdos, se tiritaba de frío.
Quedaban también allí recuerdos de Balmaseda. En 1836, el cabecilla, después de sorprender a la guarnición liberal del pueblo, se dedicó a una terrible matanza.
A la mañana siguiente, el arriero Malos Ajos y Tiburcio se presentaron a Alvarito en Maranchón y le preguntaron por qué causa se marchó, dejándolos.
—Nada; tenía ganas de andar.
—¿Vendrá usted con nosotros?
—No; voy a seguir solo.
—¿Por qué? ¿Tiene usted miedo?
—No tengo que dar explicaciones.
La insistencia de los dos le convenció de su imprevisión de fiarse de gente desconocida. Alvarito se fue a ver al alcalde del pueblo, chalán que había estado en Bayona, quien le dijo que cortara toda relación con los dos tunantes y que unos días después podría seguir su viaje con un arriero de confianza.
VIII
REFLEXIONES SOBRE LAS FONDAS MODERNAS Y ASÉPTICAS
En el prólogo de este libro hemos fantaseado, con más o menos ingenio, sobre la pintura, la novela y la filosofía aséptica, y ahora divagaremos un poco acerca de las fondas españolas, donde la asepsia tiene indudablemente más objeto que en los bodegones pintados y en la literatura.
Los franceses, con su habitual petulancia, nos han hablado de la pobreza y miseria de las posadas españolas y de las ventas; pobreza y miseria indudablemente cierta, aunque quizá sin los colores que les han dado ellos, llevados por la visión amanerada, que es peculiar y característica de nuestros vecinos.
La verdad es que todos los pueblos meridionales han sido natural y espontáneamente sucios, quizá por el clima, quizá por la raza, quizá por profesar la verdadera religión, que es, como se sabe, el catolicismo. Sea por lo que sea, es lo cierto que los hábitos de limpieza en Europa han venido del Norte, de Inglaterra, de Holanda y de Escandinavia.
Cuenta un escritor francés que en el libro de viajeros de una fonda española un cura escribió esta sentencia: «Piensa que muerto serás comido por los gusanos»; y el escritor añadió: «Y vivo, por las pulgas».
Nadie duda de la exactitud de los hechos. Los gusanos y las pulgas, y otros parásitos aun más desagradables, son una realidad en todos los países latinos y católicos. Sin embargo, es posible que esta anécdota sea tan verdadera como la otra del que llegaba a una mísera venta española y decía:
—Yo quisiera tomar algo.
Y el ventero le contestaba:
—Pues tome usted asiento.
Los dos chascarrillos pueden servir de contribución al conocimiento de la España pintoresca.
A pesar de las pulgas, de los demás parásitos y del tome usted asiento de las ventas y mesones de nuestro país, hay que convenir que son casi más odiosas las fondas españolas modernas, con sus pretensiones de asepsia y de desinfección, que las antiguas.
Esta fonda moderna española aséptica, con su aire anglo jesuítico, es de una antipatía perfecta. Todo en ella es rapado, mezquino y desagradable.
Algunas poseen el aire de clínica económica. Parece que, en vez de llevar el manjar sangriento al comedor, lo van a llevar a uno al quirófano a abrirle en canal.
Todo se acerca a estar bien en nuestras modernas fondas asépticas; pero nada está bien del todo.
El comedor, en sitio oscuro y mal ventilado, con luz de acuario; el mantel, medio húmedo y de blancura gris; las alcobas, en los sitios más sombríos, a veces con ventanas a patios o a pasillos, como si el viajero fuera un plato de carne que se puede meter en una fresquera. El retrete no huele mucho, pero huele bastante para que se note su existencia; las criadas son malhumoradas; el amo o el ama, adustos, como si temieran que los huéspedes se fuesen sin pagar. Todo es aséptico, de economía y sordidez que dejan frío.
Los españoles actuales que frecuentamos estas fondas nos sentimos con el corazón tan aséptico como ellas.
Es extraña la pedantería que se desarrolla en una fonda española moderna. Todo el mundo aparece afectado, engolado, desdeñoso, de una manera tan absurda, que se siente vergüenza de pertenecer a una especie zoológica tan ridícula como la del viajero.
El mérito parece que está en decir: Yo desdeño a los demás y los demás no me desdeñan a mí. Esa es la gran preocupación. El que puede fruncir los labios con más desprecio; el que puede demostrar que cuando escribe una carta no se ha enterado de que existe otro ciudadano a su lado; el que prueba de una manera palmaria e irrefutable su majadería, es el que bate el _record_.
Alguien dirá: ¿Es que en los hoteles de otros países la humanidad es más amable o más simpática? No. Indudablemente, en todas partes el género es el mismo; el matiz es lo que varía. Se puede asegurar que todos los hoteles y fondas nacionales son aburridos y monótonos.
Solo cuando el hotel es internacional empieza a ser divertido, porque se convierte en algo como una fiesta de circo o una jaula de monos.
El francés, petulante, hablando en falsete; el alemán, sin cogote, con la cara lustrosa, como untada con tocino; el inglés, con aire de perro; el yanqui, amojamado; el español, inoportuno y exigente; el sudamericano, triste y amulatado; el judío, aguileño; las mujeres de los diversos tipos, pintadas, con pieles, gasas, joyas, todo esto es un espectáculo ameno y contradictorio.
Pero nuestros hoteles y nuestras fondas no son espectaculares, sino sombríos, siniestros, de una gravedad y de una seriedad funerarias. Se sube, se baja, se entra en el cuarto, como si se fuera a acompañar un entierro.
Si hay ascensor, no se puede prescindir de él. El subir unos escalones se considera, no solo como un trabajo ímprobo, sino como una ofensa.
En los comedores de estas fondas triunfa el comisionista, que emplea el palillo desdeñosamente, como si fuera algo que nos regocijara a los demás; el ver que se saca piltrafas de carne de los agujeros de los dientes. Al lado del comisionista, triunfante con su palillo, como una hiena sentada en un cementerio, está el que toma píldoras, o polvos, o bicarbonato. En las alcobas vemos las etiquetas pegadas a las paredes por los viajantes que han pasado por allí, muchas anunciando específicos para la tuberculosis, para la tiña o para la sarna; siempre cosas alegres.
Los americanos, sobre todo, son gentes que, cuando vienen a España, nos reprochan nuestro provincialismo y nuestro abandono.
Yo he llegado a pensar que actualmente tenemos demasiados escaparates lujosos, baños, inodoros, asfaltos y ascensores; en cambio, no nos distinguimos gran cosa por nuestro ingenio. Al extranjero le interesa, naturalmente, más nuestra higiene que nuestro ingenio; pero a nosotros nos puede interesar más nuestro ingenio que nuestra higiene.
España es pueblo proletario y algo zarrapastroso, que a veces tiene simpatía e intuiciones geniales. Los extranjeros quieren que dejemos nuestra intuición y nuestra simpatía a un lado y que seamos españoles asépticos.
Es un plan que indudablemente nos seduce poco. Eso de no poder pasar de ser guardas de monumentos, porteros de nuestras catedrales o de las baratijas de yeso de la Alhambra, es un poco triste. Yo creo que es preferible ser séptico e infeccioso y divertirse lo más posible.
A mí, al menos, la asepsia no me entusiasma del todo; creo que prefiero la infección. En el género fonda me gustan más que estos hoteles asépticos y funerarios aquellas fondas clásicas, grandes, sucias, con el suelo torcido, las sillas rotas, las cortinas llenas de polvo, el sofá desvencijado, con durezas terribles; las estampas de santos y las cómodas ventrudas, con un Niño Jesús con su bola de plata en la mano.
En una fonda aséptica actual sabemos que encontraremos comida más o menos auténtica, un cuarto, café con achicoria y sociedad distinguida de viajantes de comercio o de millonarios, que no se diferencian nada de los viajantes.
En la fonda española clásica, séptica e infecciosa, había sorpresas. Se buscaba una comida regular, y se encontraba una aventura política; se iba detrás de un guiso de carnero, y se salía enamorado de la criada; se oían gritos en el cuarto de al lado, y se averiguaba que había un loco furioso; se miraba por un agujero de la pared, y se veía una mujer muy guapa; salía uno al balcón, y se encontraba uno con un loro o con un mono de algún indiano venido a España, en compañía de una negra.
Un poco de suciedad, con simpatía y gracia, es más agradable que esta tiesura de ahora, con su asepsia y su pedantería correspondiente; y no es que defienda uno lo antiguo por amor al turismo y a la chatarra de lo pintoresco. No.
Sin duda no podemos ser cuidadosos, minuciosos, meticulosos. No lo seamos. ¿Qué importa? ¿Que el extranjero nos denigra un poco? ¿Que el rasta americano se crea superior a nosotros, porque la porcelana de sus comunes es superior a la nuestra? Nada de eso nos debe preocupar.
Si la fonda aséptica se generaliza y aumenta aún más en antipatía, en aspecto funerario y en pedantería, nuestro grito va a llegar a ser este: ¡Viva la fonda séptica y la novela séptica e infecciosa, donde se encuentran cosas inesperadas, y vaya al diablo la teoría microbiana!
IX
EL CURA ADMIRADOR DE CABRERA
Molina de Aragón es un pueblo de cierto empaque aristocrático, con casas hermosas, calles bastante anchas y una gran fortaleza que volaron los franceses en la guerra de la Independencia, dejando de ella solamente varios torreones, altos y dramáticos.
Llegó Alvarito a Molina y fue a parar a una fonda de la plaza, en donde le destinaron una alcoba y un gabinete de papel rameado, con un loro charlatán en el balcón y una jaula dentro con dos canarios.
En medio del cuarto había un velador, y sobre él, algunos números encuadernados del _Semanario Pintoresco Español_, de _El Museo de las Familias_ y de _El Panorama_.
Alvarito habló largo tiempo con la dueña de la casa y con sus hijas y logró inspirarlas confianza. La dueña, muy charlatana, le contó antiguas historias del año 1823, cuando estuvo en Molina el conde de España y mandó fusilar al general Bessieres.
Alvarito empezaba a saber tratar a la gente. Sabía ser amable y cortés, sin presentarse como el forastero que va a pedir o a sacar algo.
En general, quien visita los pueblos, tiene que dar la impresión de que va a algo concreto, y a poder ser, con un fin interesado y egoísta, porque eso se comprende bien por todo el mundo, y hasta presta cierta respetabilidad.
Si en una aldea a una persona se le ocurre decir que no lleva más objeto que ver el paisaje o la silueta de una montaña, se expone a que le tomen, por lo menos, por asesino.
Alvarito consultó el mapa para ver si podía ir directamente desde Molina a Cañete en dos o tres jornadas, por el monte; pero el camino era frecuentado y recorrido por restos de partidas carlistas. La dueña de la fonda le recomendó fuese a Teruel con algún arriero, y de allí, por la carretera, a Cañete. Debía esperar, por lo menos, dos días.
En el comedor de la fonda de Molina, Alvarito conoció a un abogado, joven y melenudo, a quien no le interesaba nada de cuanto pasaba a su alrededor, y que vivía soñando en Madrid, y sobre todo en París.
El abogadito creía ver la ciencia completa del mundo en Balzac, de quien tenía muchas novelas. Trastornado por aquella literatura aristocrática quería imitar a los personajes favoritos de sus libros y se dedicaba a vestirse elegante, a cuidar de sus melenas y a llevar siempre las manos enguantadas. Era afectado y repipiado hasta más no poder. Gesticulaba con ademanes de madama y a cada paso se miraba a sus manos, que sin duda por algún motivo especial le encantaban. En la fonda, y al parecer también en el pueblo, se reían de sus levitas, de sus melenas y de sus guantes.
Un prestigio de la casa, y también de la ciudad, era el cura don Juan Juvenal. En la hora de comer Alvarito no vio a este cura, porque había ido a un pueblo próximo a echar un sermón. De don Juan Juvenal se hablaba con gran entusiasmo. De noche Álvaro encontró a don Juan en el comedor de la fonda.
Era el clérigo un hombrecillo moreno, feo, de ojos negros muy brillantes como el azabache, las cejas cerdosas, salientes, la tez pajiza, de hombre enfermo, el labio belfo y los dientes amarillentos y ennegrecidos; una fisonomía atormentada, pero de gran expresión.
El cura, sin duda malo del estómago, comió muy poco, tomó bicarbonato, después café y habló por los codos con voz chillona. Se expresaba con facilidad y elocuencia, pero siempre había en sus palabras un deje de pedantería de seminario.
Se puso a hablar ante los huéspedes, y entre ellos el abogado balzaquiano, un poco ex cátedra, observando el efecto producido por sus palabras en un forastero como Álvaro.
El clérigo tenía la costumbre de inclinarse en la silla cuando estaba en el comedor, de balancearse y apoyar la cabeza en la pared, con lo cual había dejado una mancha oscura y grasienta en el papel.
El abogado le gastó varias bromas estólidas sobre un poema que al parecer escribía el cura, cantando las hazañas de Cabrera.
Don Juan, con gran ingenio y con muchos textos, defendió la tesis de que los príncipes debían de ser ignorantes para ser buenos, y los grandes capitanes, bárbaros y crueles. Aquella paradoja le permitió hacer gala de memoria y de erudición.
El abogado le llevaba la contraria sin ninguna gracia y le recordó que no sabía multiplicar. El cura se jactó de ello. Al parecer don Juan, en vez de multiplicar, sumaba repetidas veces.
Dijo luego el cura que los escritores defensores de causas justas y sensatas se hacen aburridos a la larga, porque al cabo de algún tiempo sus doctrinas se convierten en lugares comunes.
La afirmación le pareció un enorme sofisma a Alvarito, pero no dijo nada en contra.
En vista de que no hablaba, don Juan Juvenal interpeló a Alvarito de una manera un tanto grosera e insolente y Álvaro contestó con discreción y prudencia.
Como el abogadillo balzaquiano se marchó a una tertulia, don Juan familiarmente invitó a Alvarito a ir a su cuarto a charlar y a fumar un cigarro.
En el cuarto del cura, un cuarto de bohemio, se veían los hábitos colgados en clavos, y entre ellos una guitarra. Amueblaban la habitación una mesa, un sillón frailero, una estantería llena de libros y muchos legajos de papeles y cartas sobre una consola, sobre el sofá, sobre las sillas, entre botas, cajas de puros, peines y botellas de tinta vacías.
En el suelo se amontonaban las colillas y los periódicos. La confusión y el polvo indicaban que el cura era hombre descuidado y poco limpio. Hablaron, o, mejor dicho, habló don Juan. Una mezcla de familiaridad, de candidez y de grosería, que al principio de tratarle no era muy agradable, demostraban lo muy plebeyo de su carácter.
Al cabo de cierto tiempo se llenó el cuarto de tal manera de humo de tabaco, que comenzaron a picarle a Alvarito los ojos.
Mientras tanto, el clérigo hablaba sin parar. Había pensado componer un poema con la vida de Cabrera, pero no sabía cuándo lo comenzaría. Sentía gran entusiasmo por el caudillo tortosino y a todos los actos del cabecilla quería darles aire mesiánico y simbólico.
Don Juan Juvenal se explicaba, sin duda, con mucho ingenio, citaba con frecuencia en latín y tenía una gran admiración embozada por el gongorismo, admiración que disimulaba como si le produjera risa. Era un retórico y un dialéctico, lleno de argucias y de malicia conceptuosa.
Le gustaba llamar a la Virgen, sacro asombro, animado y epítome de Dios; a las nubes, cándidas holandas del ambiente; a los ángeles, océanos cerúleos del Empíreo, y a los apóstoles, participios del verbo que se perora.
Todas las ingeniosidades y frases felices de Góngora, de Argensola, de Quevedo, citadas en la _Agudeza y arte de ingenio_, del padre Gracián, le encantaban.
Le hubiera gustado escribir un libro y llamarlo: Silva de varia lección.
Se veía que el clérigo era hombre asombrado de tener ingenio, como quien encuentra un filón que no sospecha. Naturalmente, abusaba de su ingeniosidad. Ya se sabe que el mendigo a caballo lo hace galopar hasta la muerte.
—Todo el mundo tiene cualidades y defectos —dijo don Juan—; los defectos son muchas veces como las conteras de las cualidades. Ahora, que en muchos hombres todas son conteras.
Envolviéndolo en frases de retórica conceptuosa, hizo un gran elogio de Cabrera.
El cura explicaba el que muchos carlistas no comprendieran la superioridad de Cabrera por torpeza de meollo del vulgo.
—Cuando una fruta empieza a madurar o se halla del todo madura —dijo—, el inteligente afirma: Ya está; pero el público no la encuentra madura hasta que no empieza a pudrirse.
Esto le ocurría a Cabrera, según él. Pasados veinte o treinta años, todo el mundo le admiraría.
Cabrera tenía algo de azote de Dios; su paso se hallaba señalado en muchos versículos del Antiguo y del Nuevo Testamento. ¿Que se le atribuían crueldades? Eran ciertas; las mismas que los escritores latinos y griegos atribuían a los bárbaros del norte que iban a regenerar el mundo.
Don Juan Juvenal variaba fácilmente de opinión; tan pronto se manifestaba partidario de los bárbaros como de los romanos de la decadencia. En su astucia oponía, como dice Gracián, frase que a don Juan debía parecer admirable, a juzgar por las veces que la repetía, la milicia a la malicia.
Cabrera poseía, según el cura, el don de la adivinación; la víspera de la batalla de Maella había dicho: Mañana morirán Pardiñas (que era el jefe de la fuerza enemiga) y uno de los que están aquí, y así sucedió.
El clérigo contó algunas ocurrencias de Cabrera, que Alvarito se atrevió a calificar de fantochadas.
—¡Ah, claro! —replicó don Juan—; así tiene que ser. _Totus mundus exercet histrionem_, ha dicho o le han hecho decir a Petronio, frase que no hay necesidad de traducir porque se entiende. Un buen político, un buen caudillo, ¿qué necesita ser? Un buen histrión. Es lo primero, lo transcendental.
Alvarito se sentía un poco mareado de oír exponer teorías tan contrarias al buen sentido de un Chipiteguy.
El cura siguió diciendo que allí mismo don Juan Palarea, el médico, el guerrillero de la guerra de la Independencia, infringió un golpe terrible a Cabrera en los alrededores de Molina, haciéndole más de quinientos muertos, otros tantos heridos y rescatando trescientos prisioneros que los carlistas cogieron en Terrer; pero esto no era nada para el gran campeón de Tortosa. Las desgracias hacían crecer al adalid del trono y del altar, al gran Macabeo que cruzaba el fuego sin peligro como las salamandras.
Don Juan habló de las hazañas de Cabrera y, entre ellas, de sus fusilamientos, como si también fueran hazañas.
En Nogueruelas, en Alcotas, en Ulldecona, en el Hornajo había fusilado soldados y nacionales a cientos; en algunos lados obligándoles antes a cavar su sepultura. En otra parte, después de mandar desnudar a cincuenta soldados, había mandado que los persiguieran a sablazos y a lanzadas.
Había cometido otras fechorías del mismo orden. En Codoñera fusiló a dos niños; en Valderrobles, a tres mujeres; en Gandesa, a Joaquina Foz de Beceite, embarazada, por tener un hermano liberal; en Maella sacó cuarenta heridos del hospital para fusilarlos en la plaza; en Villahermosa mandó matar a siete niños menores de diez años. Cuando abandonó Cantavieja, ordenó pegar fuego a los hospitales, llenos de heridos cristinos, y al retirarse hacia Francia y pasar el Ebro, echó al río algunos nacionales que llevaba prisioneros.
El cura contó otro rasgo de humorismo de Cabrera. Habían sido cogidos y llevados a Morella un joven oficial cristino y veinticinco soldados para ser fusilados sobre la marcha. Cabrera fumaba, apoyado en un balcón de su alojamiento que daba a la plaza. La hija del dueño de la casa se acercó a Cabrera y pidió a don Ramón que no fusilara al oficial cristino, a quien conocía.
—Está bien; no se le fusilará —dijo Cabrera secamente.
Los veinticinco hombres fueron fusilados y el oficial no. Al día siguiente Cabrera llamó al oficial y luego a la muchacha.
—Matadlo a bayonetazos —dijo a sus soldados, mostrándoles el oficial, y volviéndose a la muchacha, añadió irónicamente—: Ya ve usted que he cumplido mi promesa de no fusilarlo.
El cura afirmó que la guerra había que hacerla así: con crueldad, aterrorizando al pueblo.
Alvarito se retiró a su cuarto mareado; le parecía que el vaho de la sangre llegaba hasta él. ¿Qué país era el suyo? ¿Era un país o el patio de un manicomio? Se sintió avergonzado de ser español; creyó que si le hubieran dicho que era de un pueblo de antropófagos no le hubiera producido esto más repugnancia.
Era cierto que en la guerra de la Vendée y de la Chuaneria los franceses habían hecho cosas tan horribles; pero esto no era ningún consuelo.
Le empezaba a parecer su país un pueblo de locos, de energúmenos, de gente absurda.
No era la Dama Locura fina, sonriente y burlona de una Nave de los Locos, amable, la que se había paseado por España, sino una mujerona repugnante y bestial, con instintos fieros, una diosa caníbal, adornada con las calaveras de los enemigos.
Al entrar Alvarito en la cama se sintió turbado; soñó varias cosas, y entre los sueños se le apareció la Fiera Corrupia del cartel de la feria de Sigüenza. Era un gran dragón, de una tela impalpable, con tres cabezas, alas y uñas afiladas. Se movía a impulsos del viento. Sus ojos tomaban alternativamente una expresión feroz y sardónica, como los ojos del cura. El viento, cada vez más fuerte, producía tal temblor en el dragón, que Alvarito temía que lo envolviera a él por completo.
Al fin el viento llevó el cartel de la feria por el aire y Álvaro se encontró en el paseo de la Luneta de Medinaceli...
El día siguiente compró en una papelería un librito que el año anterior acababa de publicarse en Valencia y que se titulaba: _Vida y hechos de Ramón Cabrera_.
En este libro se acusaba a Cabrera de fatuo, de presuntuoso y de ignorante, y se insistía mucho sobre sus crueldades.
Un día después volvió a la misma tienda a preguntar si había algún libro más sobre Cabrera. No lo encontró y habló con el dueño de la papelería. Este le dijo que la gente de Molina no participaba del entusiasmo del cura Juvenal por Cabrera. A la mayoría de los mismos carlistas les parecía su crueldad horrible, aunque algunos la legitimaban por el fusilamiento de su madre. Otros muchos carlistas no tenían gran entusiasmo por Cabrera porque no era del país; algunos creían que su segundo o su tercero valían más que él.
Esa opinión que incita a pensar que los segundos deben ser los primeros es muy frecuente tratándose de todas las personas que figuran. Quizá en el fondo, tal simpatía por los segundones procede de un sentimiento de justicia, quizá solo de envidia y de rencor.
SEXTA PARTE
NOTICIAS DE FRANCIA
I
GONZÁLEZ MORENO
Alvarito escribió a su familia, a Rosa y a sus amigos desde distintos puntos del camino, y en Molina de Aragón recibió varias cartas y periódicos. Le contestaron Rosa, su hermana Dolores y D’Arthez. Le contaban todos las mismas historias, aunque con distintos detalles. D’Arthez le daba más pormenores sobre el convenio de Vergara y el fin de la guerra en el Norte.
Uno de los empleados del almacén de vinos de su padre, según le decía, había presenciado la muerte del general González Moreno.
Fue el empleado a ver de cobrar varias facturas a Urdax; se hallaba en un caserío cuando oyó gritos y, temiendo la llegada de los liberales, se subió a la guardilla. Desde un agujero vio el alboroto de los soldados del 11 batallón de Navarra, que empezaron a amotinarse. Se hablaba en contra del general González Moreno; se decía que quería escaparse a Francia con las maletas llenas de oro. El empleado vio al general con su levitón negro y su cara larga, siniestra y cetrina, una cara de cuervo, entrar y salir en la casa del gobernador de Urdax, Iribarren, con su mujer y otras señoras.