La nariz de un notario

Chapter 6

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--Mi teoría--añadió,--está plenamente confirmada, y, como fisiólogo, tengo que declararme satisfecho; pero, como médico, quisiera ante todo curaros, y el estado en que he visto a ese infeliz no me inspira demasiadas esperanzas.

--¡Vos le salvaréis, doctor!

--Por lo pronto, no me pertenece actualmente: se encuentra al servicio de un colega mío que le estudia con cierta curiosidad.

--Ya lograréis que os lo ceda. ¡Lo compraremos, si es preciso!

--¡No soñéis siquiera en eso! Un médico no vende nunca a sus enfermos. Los mata algunas veces, en interés de la ciencia, para ver qué tienen dentro; pero traficar con ellos... ¡jamás! Mi amigo Fogatier me cederá, tal vez, vuestro auvernés; pero el pobre está muy enfermo, y, para colmo de desgracia, se halla tan aburrido de la vida, que quiere a todo trance morirse. Rechaza las medicinas, y, en cuanto a los alimentos, tan pronto se queja de no tener suficiente, y reclama a grandes voces su ración entera, como rechaza cuanto le dan, y trata de matarse por hambre.

--¡Pero eso es un crimen! ¡Yo le hablaré! ¡yo le haré oír el lenguaje de la religión y la moral! ¿Dónde se encuentra?

--En el hospital, sala de San Pablo, número 10.

--¿Tenéis vuestro carruaje a la puerta?

--Sí.

--Pues partamos. ¡Ah, infame! ¡quiere morirse! ¿Ignora por ventura que todos los hombres son hermanos?

VI

HISTORIA DE UNAS GAFAS Y CONSECUENCIAS DE UN CATARRO NASAL

Jamás predicador alguno, jamás Bossuet ni Fenelón, jamás Massillon ni Fléchier, jamás el mismo Mermilliod, desplegaron desde su sagrada cátedra una elocuencia más persuasiva y untuosa que la empleada por M. Alfredo L'Ambert ante el lecho de Romagné. Dirigiose primero a la razón, después a la conciencia, y por último al corazón del enfermo. Recurrió a lo profano y lo sagrado, citó textos de filósofos y santos. Mostrose fuerte y benigno, severo y paternal, lógico, acariciador y hasta complaciente. Demostrole que el suicidio es el más bochornoso de los crímenes, y que era menester ser bien cobarde para afrontar voluntariamente la muerte. Hasta se atrevió a emplear una metáfora tan nueva como atrevida, comparando el suicida, al desertor que abandona su puesto sin permiso de su cabo.

El auvernés, que no había tomado nada en las últimas veinticuatro horas, parecía bien aferrado a su idea. Permanecía inmóvil y terco ante la muerte, como un asno ante un puente. A los argumentos más hábiles, respondía con impasible dolor:

--No vale la pena, señor L'Ambert; hay demasiada miseria en este mundo.

--¡Bah, amigo mío! la miseria fue instituida por Dios, que la creó para excitar la caridad de los ricos y la resignación de los pobres.

--¿Los ricos? He pedido trabajo a todo el mundo, y me ha sido negado en todas partes. ¡He pedido limosna y me han amenazado con la policía!

--¿Por qué no os dirigisteis a vuestros amigos? ¡A mí, por ejemplo! ¡a mí, que tanto os debo! ¡a mí, que tan agradecido os estoy! ¡a mí, que por mis venas corre vuestra propia sangre!

--¡En seguida! ¡para que me hicieseis poner nuevamente de patitas en la calle!

--¡Mis puertas estarán siempre abiertas para vos, lo mismo que mi bolsillo, igual que mi corazón!

--¡Si siquiera me hubieseis dado cincuenta francos para comprarme un tonel de ocasión!

--¡Pero, animal!... animal querido, quiero decir... ¡permíteme que te maltrate un poco, como en los tiempos en que compartía contigo mi mesa y mi lecho! no son ya cincuenta francos los que pienso darte, sino mil, dos mil, tres mil... ¡diez mil! mi fortuna entera deseo compartirla contigo... a prorrateo, naturalmente, de nuestras necesidades respectivas. ¡Es preciso que vivas! ¡es menester que seas feliz! He aquí la primavera que vuelve, con su cortejo de flores y la dulce melodía de las aves que trinan en la enramada. ¿Serás capaz de abandonar todo esto? ¡Piensa en el inmenso dolor que ocasionarías a tus infelices padres, que te aguardan en tu país! ¡piensa en tus pobres hermanos! ¡en tu madre, sobre todo, amigo mío, que no podría sobrevivirte! ¡Volverás a verlos a todos! O, mejor dicho, no: permanecerás en París bajo mi protección, conviviendo conmigo en la intimidad más estrecha. Quiero verte dichoso, casado con una mujer bonita y hacendosa, padre de dos o tres hermosas criaturas. ¡Sonríe, hombre, sonríe! ¡Toma este plato de sopas!

--¡Gracias, señor L'Ambert. Guardaos esas sopas; ¿para qué las he de tomar? ¡Hay tanta miseria en el mundo!

--Pero, hombre, ¿no te juro que se han acabado ya tus malos días para siempre? ¿que me encargo de tu porvenir, bajo mi fe de notario? Si accedes a vivir, se acabarán tus sufrimientos, no volverás a trabajar, ¡tus años constarán de trescientos sesenta y cinco domingos!

--¿Sin lunes?

--Y de lunes también, si lo prefieres. Comerás, beberás, fumarás buenos habanos. Serás mi comensal, mi amigo inseparable, mi otro yo. ¿Quieres vivir, Romagné, para ser un segundo yo?

--No, no; ya que he comenzado a morir, lo mejor es acabar cuanto antes.

--¡Ah, pedazo de alcornoque! ¡Voy a contarte, animal, el destino que te aguarda! No se trata ya solamente de las penas eternales que en tu obstinación endiablada acercas más a ti cada minuto; en este mundo, aquí mismo, mañana, quizás hoy, antes de ir a pudrirte a la fosa común, te llevarán al anfiteatro. Te tenderán sobre una mesa de piedra, y partirán tu cuerpo en pedazos. Uno henderá, a fuerza de hachazos, tu abultada cabeza de mulo; otro te abrirá el pecho en canal para ver si es posible que exista un corazón dentro de tan estúpida envuelta; otro...

--¡Por favor, señor L'Ambert, que no quiero que me corten a pedazos! ¡prefiero comer las sopas!

Tres días de sopas y su robusta constitución arrancáronle de aquel amargo trance, y fue posible transportarle en carruaje al hotel de la calle de Verneuil. El mismo M. L'Ambert lo instaló con solicitud maternal. Alojolo en la habitación de su propio ayuda de cámara, para tenerle más cerca. Por espacio de un mes ejerció con verdadera abnegación las funciones de enfermero, pasando bastantes noches en claro, a la cabecera de su lecho.

Estas fatigas, lejos de alterar su salud, devolvieron a su rostro su frescura y lozanía habituales. Cuanta mayor asiduidad desplegaba en el cuidado de su enfermo, más lozana y vigorosa tornábase su nariz. Repartía su vida entre el estudio, el auvernés y el espejo. En este período fue cuando escribió, distraídamente, sobre el borrador de una escritura de venta: «¡Qué dulce es hacer bien a su prójimo!» Máxima un poco vieja en sí misma, pero nueva en absoluto para él.

Cuando entró Romagné en el período de franca convalecencia, su huésped y salvador, que tantas veces le había trozado el pan y partido los biftecs, le dijo:

--A partir de este momento, comeremos siempre juntos. Sin embargo, si prefieres comer en la cocina, también serás allí perfectamente alimentado, y es posible, tal vez, que te encuentres más a gusto.

Romagné, a fuer de hombre juicioso, obtó por la cocina.

Supo conducirse en ella de tal suerte, que se captó la simpatía y el aprecio de todos. Lejos de prevalerse de la amistad que le unía con el amo, mostrose más humilde y más modesto que el último marmitón. Era un criado que M. L'Ambert había puesto a sus servidores. Todo el mundo utilizaba sus servicios, se burlaba de su acento y le daba palmadas amistosas a la espalda, sin que a nadie se le ocurriese darle nunca una propina. M. L'Ambert lo sorprendió varias veces sacando agua, cambiando de sitio los muebles más pesados, encerando los pisos de madera. En tales ocasiones le tiraba de la oreja aquel amo ideal, y le decía:

--Entretente, si quieres, no hay en ello inconveniente por mi parte; pero no te fatigues demasiado.

El infeliz muchacho, confundido por tantas bondades, se escondía en su habitación y lloraba de ternura.

Pero no pudo conservar por mucho tiempo aquel cuarto tan cómodo y aseado, contiguo a las habitaciones del amo. M. L'Ambert le hizo saber, de un modo delicado, que echaba mucho de menos la vecindad de su ayuda de cámara, y el mismo Romagné solicitó autorización para alojarse en las buhardillas, adjudicándosele entonces un cuartucho que las freganchinas no habían querido nunca.

«¡Dichosos los pueblos que no tienen historia!» ha dicho un sabio. Sebastián Romagné fue dichoso por espacio de tres meses; pero, al comenzar el verano, empezó a tener historia. Su corazón, largo tiempo invulnerable, fue herido por las flechas del amor. El antiguo aguador entregose, atado de pies y manos, al dios que perdió a Troya. Advirtió, mientras preparaba las legumbres, que la cocinera tenía unos ojillos grises muy bonitos, y unos mofletes rojos muy hermosos. Un suspiro, capaz de echar a rodar las mesas, fue la primera manifestación de su mal. Quiso explicarse, pero ahogó la emoción en su garganta las palabras. Apenas si, en su excesiva timidez, se atrevió a aprisionar a su Dulcinea por el talle, y a besarle los labios con pasión.

Esto bastó, sin embargo, para que lo comprendieran. Era la cocinera una persona capaz, que le llevaba a él siete u ocho años, y ya bastante ducha en las lides del amor.

--Ya me hago cargo--le dijo ella;--deseáis casaros conmigo. Perfectamente, amigo mío; podremos entendernos si traéis algo por delante.

Él respondió ingenuamente que traía por delante todo lo que puede exigirse a un hombre, es decir: dos brazos vigorosos y acostumbrados al trabajo. La señorita Juanita riósele en sus barbas y habló con más claridad; el a su vez soltó la carcajada, y le dijo, con la más amable confianza:

--¿Pero es dinero lo que deseáis? Deberíais haberlo dicho desde luego. ¡Tengo más dinero que peso! ¿Cuánto deseáis? Fijad vos misma la suma. ¿Os contentaríais, por ejemplo, con la mitad de la fortuna del señor L'Ambert?

--¿La mitad de la fortuna del amo?

--Ciertamente. Me lo ha dicho más de cien veces. Yo poseo la mitad de su fortuna; pero no hemos repartido el dinero todavía: me tiene guardada mi parte.

--¡Qué gran majadería!

--¿Majadería? Esperad, que ahora entra él. Voy a pedirle mi cuenta y os traeré a la cocina todo mi capital.

¡Pobre inocente! sólo obtuvo de su amo una buena lección de gramática parda. M. L'Ambert le enseñó que prometer y dar no son palabras sinónimas; dignose explicarle (porque estaba de buen humor) los méritos y peligros de la figura llamada hipérbole; y le dijo, por último, con, tono dulce, es verdad, pero tan firme que no admitía réplica:

--Romagné, he hecho mucho por vos, pero quiero hacer más todavía al alejaros de este hotel. El simple buen sentido os dice que no os halláis en él en calidad de dueño; quiero llevar mi bondad hasta el extremo de admitir que estéis en él como un ayuda de cámara; en fin, me parece que os haría un gran perjuicio manteniéndoos en una situación mal definida que pervertiría vuestros hábitos y falsearía vuestro espíritu. Llevando un año más esa vida parasitaria y ociosa, perderíais por completo el amor al trabajo. Os convertiríais en un vago, y los vagos, permitidme que os lo diga, son el azote de nuestra época. Poneos la mano sobre vuestra conciencia, y decidme si os agrada semejante perspectiva. ¡Pobre Romagné! ¿No habéis echado de menos muchas veces el título de obrero, que es vuestro más noble blasón? Porque vos sois de aquellos seres que la Providencia ha creado para ennoblecerse con el sudor de su frente; pertenecéis a la aristocracia del trabajo. Trabajad, pues; no ya como otras veces, entre privaciones y dudas, sino con una seguridad que yo garantizo y una abundancia proporcionada a vuestras modestas necesidades. Yo saldré a los gastos de la primera instalación; yo os procuraré trabajo. Si, lo que no considero posible, os faltasen los medios de existencia, acudid a mí en seguida, que siempre os acogeré con afecto paternal. Pero renunciad al absurdo proyecto de casaros con mi cocinera, porque no debéis enlazar vuestra suerte a la de una simple criada, y no quiero, por otra parte, chiquillos en mi casa.

El infeliz lloró copiosamente y se deshizo en protestas de sincero agradecimiento. Debo decir, en descargo de M. L'Ambert, que hizo las cosas con bastante generosidad. Vistió de pies a cabeza a Romagné, amueblole un quinto piso, en la calle del Cherche-Midi, y le dio quinientos francos para que fuese viviendo mientras le encontraba trabajo. Aún no habían transcurrido ocho días, cuando le hizo entrar, como peón de albañil, en una fábrica de espejos de la calle de Sèvres.

Transcurrió mucho tiempo, seis meses por lo menos, sin que la nariz del notario sufriese la menor novedad digna de especial mención. Pero un día en que nuestro funcionario descifraba, en compañía de su oficial mayor, los pergaminos de una noble y rica familia, rompiéronsele por la mitad las gafas, y cayeron sobre la mesa.

Este pequeño accidente no le causó grandes molestias. Púsose provisionalmente unos quevedos con resorte de acero, e hizo cambiar el armazón de sus gafas en el muelle de los Plateros. Su óptico, M. Luna, apresurose a pedirle mil perdones, enviándole unas gafas nuevas, que se rompieron también por igual sitio antes de transcurrir veinticuatro horas.

Otras terceras sufrieron la misma suerte; trajeron por cuarta vez otras nuevas, y les ocurrió en seguida otro tanto. El óptico no sabía ya cómo excusarse. En el fondo de su alma, hallábase persuadido de que M. L'Ambert tenía la culpa de todo.

--Este señor no es razonable--decía a su mujer, mostrándole los estragos de los cuatro últimos días;--usa gafas del número 4, que son forzosamente muy pesadas; quiere por coquetería una montura muy liviana, y tengo la seguridad de que trata a sus gafas como si fueran de hierro forjado. Si le hago la menor observación se enfadará; lo mejor será que le envíe otras nuevas con la montura más recia, sin decirle una palabra.

La señora de Luna encontró la idea excelente; pero las quintas gafas corrieron la misma suerte que las cuatro precedentes. Esta vez, M. L'Ambert montó en cólera, a pesar de no habérsele hecho ninguna observación, y mandó a buscar otras gafas a un establecimiento rival.

Pero hubiérase dicho que todos los ópticos de París se habían puesto de acuerdo para que se rompiesen sus gafas en la nariz del pobre millonario. Nada menos que doce sufrieron igual suerte, unas tras otras. Y lo más maravilloso del caso era que los lentes de resorte de acero, que reemplazaban a las gafas durante los interregnos, manteníanse vigorosos y firmes.

Ya sabéis que la paciencia no era la virtud favorita de M. Alfredo L'Ambert. Hallábase un día furioso, pateando sobre unas gafas, haciéndolas pedazos con sus tacones, cuando le anunciaron la visita del doctor Bernier.

--¡Demontre! llegáis a tiempo--exclamó el notario, colérico.--¡Estoy, por lo visto, hechizado! ¡el diablo ha tomado posesión de mi persona!

Las miradas del doctor fijáronse en seguida en la nariz de su cliente; pero encontrándola, al parecer, sana, de buen aspecto, y fresca como una rosa.

--Me parece--observó,--que marcha todo muy bien.

--De salud, sí, en efecto: me encuentro perfectamente; pero estas gafas endiabladas no hay forma de que se mantengan enteras.

Y refirió al doctor toda la historia.

Este se quedó pensativo, y dijo al cabo de un rato:

--El auvernés anda por medio. ¿Tenéis aquí alguna de las monturas rotas?

--Debajo de mis pies tengo la última.

Recogiola M. Bernier, examinola con una lente, y le pareció que el oro estaba como argentado en los alrededores del sitio de la rotura.

--¡Diablo!--exclamó.--¿Habrá hecho Romagné alguna calaverada?

--¿Qué calaveradas queréis que haya hecho?

--¿Le tenéis todavía en vuestra casa?

--No; el pillo me ha abandonado. Trabaja en la ciudad.

--Espero, sin embargo, que esta vez habréis conservado sus señas.

--Sin duda. ¿Queréis verle?

--Cuanto antes.

--¿Hay algún peligro tal vez? ¡Yo me hallo perfectamente!

--Vamos, por lo pronto, a casa de Romagné.

Un cuarto de hora después nuestros dos personajes descendían a la puerta de los señores Taillade y Compañía, en la calle de Sèvres. Una amplia muestra, fabricada con trozos de cristal azogado, indicaba claramente el género de industria a que se dedicaba la casa.

--Henos aquí--dijo el notario.

--¡Cómo! ¿está empleado el auvernés en este establecimiento?

--Sin duda alguna: yo mismo le he buscado esta colocación.

--Vamos, el mal no es tan grande como llegué a suponer. Pero, de todas maneras, habéis cometido una imprudencia imperdonable.

--¿Qué queréis decir?

--Entremos.

La primera persona que encontraron en el interior del edificio fue al auvernés, en mangas de camisa, los puños arremangados, azogando la luna de un espejo.

--¡Hola!--exclamó el doctor,--lo que yo había previsto.

--¿Pero qué?

--Que se azogan las lunas con una capa de mercurio aprisionada bajo una hoja de estaño, ¿comprendéis?

--Todavía no.

--Vuestro animal tiene los brazos embadurnados de mercurio hasta los codos; ¿qué digo? hasta las axilas.

--Mas no veo la relación...

--¿No veis que, siendo vuestra nariz una fracción de su brazo, y poseyendo el oro una deplorable tendencia a amalgamarse con el mercurio, jamás podréis evitar que se os rompan vuestras gafas?

--¡Demontre!

--Tenéis, sin embargo, el recurso de usar gafas con montura de acero.

--Me es lo mismo.

--En ese caso, no corréis peligro alguno, salvo, quizás, algunos accidentes mercuriales.

--¡Ah, no! Prefiero que Romagné trabaje en otra cosa. ¡Ven, Romagné! Deja lo que estás haciendo y vente con nosotros al instante. ¿Quieres acabar de una vez, pedazo de zopenco? ¿No sabes a lo que me expones?

Habiendo acudido el dueño del taller al escuchar el rumor de la conversación, dio el notario su nombre, con tono bastante infatuado, y recordó que él había recomendado a aquel hombre por mediación de su tapicero. M. Taillade respondió que lo recordaba muy bien, y explicole que, para hacerse agradable a M. L'Ambert, y captarse su benevolencia, había promovido al auvernés de peón de albañil a azogador.

--¿Hace quince días de eso?--preguntole el notario.

--Sí, señor, ¿lo sabíais ya?

--¡Demasiado, por desgracia! ¡Ah, señor! ¿cómo puede jugarse con cosas tan sagradas?

-¿Yo...?

--No, nada. Pero por mí, por vos, por la sociedad toda entera, ponedle nuevamente a trabajar de albañil; pero no, mejor será que me lo devolváis; me lo llevaré conmigo. Pagaré lo que sea necesario, pero el tiempo apremia. ¡Prescripción facultativa!... Romagné, amigo mío, es preciso que me sigáis. Habéis hecho vuestra fortuna; ¡cuanto tengo os pertenece!... ¡No! pero venid de todos modos; ¡os juro que no quedaréis descontento de mí!

Y sin dejarle apenas tiempo para cambiarse de traje, llevóselo como arrebata el ave de rapiña a su presa. M. Taillade y sus obreros tomáronle por un loco. El bueno de Romagné levantaba los ojos al cielo, y se preguntaba qué querrían de él otra vez.

Su destino fue decidido durante el camino, mientras él cazaba moscas al lado del cochero.

--Mi querido cliente--decía el doctor al millonario,--es preciso que no perdáis nunca de vista a ese muchacho. Comprendo que le hayáis arrojado de vuestra casa, porque, a decir verdad, su trato no debe ser muy agradable; pero no debisteis alejarle tanto, ni pasar tanto tiempo sin procuraros noticias de él. Alojadle en la calle de Beaune, o en la de la Universidad, próximo a vuestro hotel. Dedicadle a un oficio menos peligroso para vos, o mejor, si queréis, pasadle una pequeña pensión sin darle ningún oficio: si trabaja, se fatiga y se expone. No conozco oficio alguno en que el hombre no exponga su piel ¡es tan fácil, por desgracia, un accidente! Dadle lo suficiente para que pueda vivir sin hacer nada. ¡Guardaos bien, sin embargo, de tenerle en la abundancia! Volvería a beber, y ya sabéis las consecuencias fatales que os reporta a vos ese vicio. Con cien francos al mes, y la casa pagada, creo que tendrá suficiente.

--Tal vez sea demasiado... no porque me parezca la cantidad excesiva, sino porque preferiría darle de comer sin que pudiera emplear un solo céntimo en vino.

--Dadle, pues, cuatro luises, pagados en cuatro plazos: los martes de cada semana.

Ofrecieron a Romagné una pensión de ochenta francos mensuales, pero el auvernés respondió con desprecio, rascándose la oreja:

--¿Ochenta francos nada menos? ¡Para eso no valía la pena que me arrancaseis de la calle de Sèvres! Allí ganaba tres francos y medio diarios, y enviaba dinero a mi familia. Dejadme trabajar en los espejos, o dadme tres francos y medio.

Y no hubo más remedio que acceder, puesto que era el dueño de la situación.

Pronto comprendió el notario que había adoptado el partido más prudente. El año transcurrió sin accidente alguno. Se pagaba a Romagné todas las semanas, y se le vigilaba diariamente. Vivía honradamente, llevando una existencia tranquila, sin más pasión que el juego de bolos. Y los hermosos ojos de la señorita Irma Steimbourg se posaban con visible complacencia sobre la rosada nariz del dichoso millonario.

Los dos jóvenes bailaron juntos todos los cotillones del invierno; por eso el mundo daba ya por descontada su boda. Una noche, a la salida del Teatro Italiano, el anciano marqués de Villemaurin detuvo en el peristilo a L'Ambert.

--Y bien, amigo mío--le dijo,--¿cuándo celebráis vuestras bodas?

--Pero, señor marqués, si es la primera noticia que tengo sobre ese particular.

--¿Esperáis, por ventura, que os pidan vuestra mano? ¡Al hombre toca hablar, qué demontre! El joven duque de Lignant, un verdadero caballero y un excelente muchacho, no ha esperado a que yo le ofreciese mi hija: ha venido, ha agradado, y se acabó. De hoy en ocho días firmaremos el contrato. Ya sabéis, querido amigo, que es asunto que os atañe. Permitidme que acompañe a esas señoras hasta el coche, y nos acercaremos al círculo. Por el camino hablaremos. Pero cubríos, ¡qué diablo! No había visto que permanecíais con el sombrero en la mano. ¡Cuando menos se piensa se atrapa un resfriado!

El anciano y el joven caminaron del brazo hasta el bulevar, uno hablando y el otro prestándole atención. Y L'Ambert entró en su casa dispuesto a redactar el contrato de matrimonio de la señorita Carlota Augusta de Villemaurin. Pero había pillado un terrible constipado, que no le permitió hacer nada. El acta fue redactada por su oficial mayor, revisada por los encargados de los negocios de ambas familias, y transcrita, por último, en un elegante cuaderno de papel timbrado, en el que no faltaban más que las firmas.

Llegado el día, M. L'Ambert, esclavo de sus deberes, trasladose en persona al hotel de Villemaurin, a pesar de una persistente coriza que amenazaba saltarle los ojos de sus órbitas. Sonose las narices por última vez en la antecámara, y los lacayos temblaron en sus asientos cual si hubiesen oído la trompeta del juicio final.

Un criado anunció a M. L'Ambert. Llevaba puestas sus costosas gafas de oro, y sonreía gravemente, cual convenía en semejantes circunstancias.

Con su historiada corbata, sus guantes impecables, sus zapatos de baile, el sombrero debajo del brazo izquierdo, y el contrato en la mano derecha, fue a presentar sus respetos a la marquesa, atravesó con modestia el círculo formado por los que la rodeaban, inclinose ante ella, y le dijo:

--Cheñora marquecha, aquí teneich el contrato de boda de vuechtra cheñorita hija.

La señora de Villemaurin fijó en él sus ojos espantados. Un ligero murmullo elevose entre los circunstantes. M. L'Ambert saludó de nuevo, y añadió:

--¡Dioch mío! cheñora marquecha, que día tan felich va a cher echte para todoch!

Una mano vigorosa asiole por el brazo izquierdo, haciéndole girar sobre sí mismo. Volviose, y reconoció al marqués.

--Mi querido notario--le dijo éste, arrastrándole hasta un rincón,--el carnaval permite indudablemente muchas cosas; pero recordad quien sois, y cambiad de tono si os place.

--Pero, cheñor marquech...

--¡Otra vez!... Ya veis que soy paciente, pero os ruego no abuséis. Excusaos ante la marquesa, leednos el contrato de boda, y buenas noches.

--¿Pero de qué he de echcucharme, y por qué echach buenach nochech? ¡Cualquiera diría que he cometido una torpecha, cheñor mío!