La Muerte Del Cisne

Part 9

Chapter 93,855 wordsPublic domain

PERO antes del invento del salón, las Margaritas de Navarra, la _Mignonne_ de Francisco I, autora de innumerables poesías y del picante «Heptamerón», y la adorable Margot, la esposa repudiada del caballeresco Enrique IV, escribían sus versos y sus prosas rodeados de amigos y admiradores; sociedad amable y brillante, que impone sin violencia el gusto y las modas á las cortes de los reyes, y en la que figuran, para realzar su prestigio, los espíritus selectos de la época: poetas, artistas, filósofos que se agrupan en torno de las reinas galantes, como luego La Fontaine, Molière, La Rochefoucauld y tantos otros en torno de la sin par Ninón. Y lo que son para las letras, las artes y el amor--cosas que anduvieron siempre juntas y en muy buena armonía,--la divina Diana de Poitiers en el Renacimiento, la demoniaca Montespán en la corte de Luis XIV, la Pompadour en el siglo XVIII y madame Tallien en el Directorio, lo son para sus tertulianos y protegidos, las marquesas de Rambouillet y de Sevigné, las Lenclos, y más tarde las Warrens, las de Genlis, las Staël y hasta la misma Theroigne de Méricourt, la famosa patriota, cuya casa frecuentaban los principales hombres de la Revolución, y á quien una maquinación diabólica de sus rivales, una azotaina en público á sayas levantadas, cortó su heroica carrera y hundió para siempre cubierta de oprobio, en las tinieblas de la locura.

Los salones honran las artes y las letras, y antes que las academias, depuran y afinan la expresión por medio de la _causerie_ y consagran la gloria de los escritores. Dulcísimas señoras ponen con sus blancas manos el laurel en la testa de los vates y artistas; lanzan á los cuatro vientos de la fama los nombres y los libros, y dan pábulo y libre curso de mil maneras á la emotividad romántica y las modas sentimentales que, andando al tiempo, hacen estallar las revoluciones. Sin la sensibilidad femenina preparada prolijamente por las _preciosas_ y la literatura, por las conversaciones amatorias y el hechizado influjo de los Amadises, las Astreas y las Cartas du Tendre, donde se aprende la geografía del corazón y los bizantinismos galantes; sin las blanduras emotivas de las novelas de Melle, Escudery, ni las endechas, ni los madrigales, ni la atmósfera sentimental creada por la casuística amorosa y los discreteos filosóficos de los salones, es muy difícil que la «Nueva Eloísa» y el «Contrato Social», hubieran tenido tan hondas repercusiones en el siglo XVIII. Pero este es un siglo en el que reina la mujer en absoluto, y con ella el sentimentalismo, el capricho y la pasión; gérmenes de la sensiblería y el misticismo social que habían de florecer lozanamente en el alma femenina de Juan Jacobo, encontrar luego su fórmula política en los principios de la Revolución y la expresión poética en el romanticismo y sus retoños.

NO deja de ser una coincidencia curiosa, que entre los amigos de la mismísima Pompadour, en el propio Versailles, en el pequeño departamento del Dr. Quesnay, médico de la favorita y privado del Rey, se discutiesen los problemas sociales y económicos menos ortodoxos y expusiesen en violentas diatribas, las doctrinas más amenazadoras para la religión y la realeza. ¡Ironía de las cosas! Bajo el techo de la cortesana real, pero al mismo tiempo de la amiga de Voltaire y los filósofos, se oyen los primeros rumores de la tormenta revolucionaria. Luego las cabecitas empolvadas, los tiernos corazones que Rousseau había _fondus et liquéfiés_, acogen incautas en sus salones á la Revolución como habían acogido á la Enciclopedia, según la exacta frase de Goncourt. Minúsculas guillotinas, manejadas por afilados dedos cubiertos de sortijas, cortan en esfinge, antes que M. Samson, la cabeza de Robespierre y Bailly, y entre risas de cristal mojan los pañuelitos de batista en la roja y olorosa sangre que brota del cuello de los monigotes decapitados. Son las mismas frágiles, irreflexivas y apasionadas muñecas que aprenden en el «Emilio» y la «Nueva Eloísa» el amor del pueblo y la bondad natural del hombre; hacen bonitos _bijoux_ con las piedras de la Bastilla derrocada, y oyen y discuten las arengas que han de pronunciar sus contertulianos en la Asamblea nacional y en los clubs revolucionarios. Cada salón es un ardiente foco de ideas subversivas. Encumbradas burguesas y hasta linajudas damas, siguen la vertiginosa corriente de la moda, sin curarse poco ni mucho de las predicciones, hoy tenidas por posteriores á los hechos--bien que acaso no lo fueran en su espíritu al menos,--que La Harpe ponía en boca de Cazotte sobre el próximo reinado de la Filosofía y la Razón, al fin de un banquete opíparo y jovial: el verdugo para Condorcet, Chamfort, Bailly, Malesherbes allí presentes; el verdugo, sin confesor, para la duquesa de Gramont que reía, creyéndose por su sexo al abrigo de aquel terrible vaticinio; el verdugo para el rey de Francia... Las repulidas damas de las cortesías Luis XV y de los lunares postizos, sólo piensan en el retorno á la naturaleza idílica, en la dicha universal, acaso en el amor libre. Quien no recuerda el salón de Madame Necker, donde discutían con la hija de la casa, la autora de Corina, el abate Sieyes, Parny, Condorcet; el salón de Mme. de Beauharnais, autora de eróticos libros, y cuyos tertulianos ocupan los venerables sillones en que antes soñaron Jean Jacques, Mably y Buffon; el salón de Mme. Helvetius, electrizado por la verba ardiente de Chamfort y Cabanís. En tales cenáculos no reinan ahora las amables musas que inspiraron las gavotas y los minués, sino las furias de la elocuencia revolucionaria, excitadas por el sentimentalismo de las cabecitas locas. Ellas inflaman aturdidamente el espíritu de la Revolución, como más tarde, sin saberlo, tres _merveilleuses_ ligeras de cascos y de no mucha sal en la mollera, le dan el golpe de gracia al decidir, en un salón del Directorio, el envío de Bonaparte á Italia, con lo que terminó la tiranía de la libertad y cambió la faz del mundo.

La frase de Michelet: «La mujer es la fatalidad» no es una mera frase en la apasionada historia de Francia. Reinas, favoritas, grandes señoras, vírgenes y cortesanas tuvieron, aun haciendo caso omiso de la política de _oreiller_ y del prestigio social, pública y decisiva influencia en tan graves convulsiones como la Reforma, el Renacimiento, la Revolución, por no citar sino los acontecimientos más universales; ó inspiraron personalmente, como la imperialista Pompadour, voluntad heroica en débil cuerpo femenino, todo un arte y toda una política internacional, aquella célebre política, fracasada en la desdichadísima guerra que tanto amenguó á la Francia, y que la divina marquesa seguía ansiosamente en un mapa, marcando las posiciones estratégicas con sus lunares postizos de engomado tafetán.

Con eso y con todo, la influencia honda y durable de las _vírgenes sages_ ó _folles_, no es la visible, la que se ejerce en el areópago de la plaza pública, mas la oculta é íntima; la que afemina el sentimiento rudo de los hombres por medio de las gracias de la conversación, dulzuras de la amistad, hechizos amorosos é influjo del arte, que ellas inspiran y que se dirige principalmente á ellas. En achaques de belleza son á la vez musas, Mecenas y público, el público soñado por los artistas, porque el arte es cosa que atañe á la emotividad, no á la inteligencia, y ellas, por instinto, prefieren el sentir al pensar, el ensueño á la acción, el arte á la vida. Las criaturas débiles en los ásperos dominios de la realidad, adquieren por sus mismas flaquezas naturales, misteriosa gracia y extraño poder en el reino del sentimiento y la ilusión. Su mundo propio es el de la sensibilidad y la quimera, y como los mil matices de la ternura, los deseos vagos, las nostalgias sin nombre, los ardores de los sentidos, todo lo que contribuye á desarrollar, en último término, la facultad del _desgarramiento interior_, es fuente de líricas efusiones y velados erotismos, no es mucho que en el pueblo sociable por excelencia sea ese extracto de lo femenino que se llama la parisiense, la eterna inspiradora de poesía y la maestra de las sensibilidades artísticas y aun podría decir masculinas, ya que á su contacto y por su virtud unas y otras se pulen, quintaesencian y convierten en prodigiosos receptáculos de emociones.

Muchos géneros literarios, aparte de la poesía lírica, el drama y la novela, que directa ó indirectamente inspiró siempre la mujer, nacen como las Memorias, Correspondencias, Diarios y Confesiones de la dulce necesidad de darle suelta á los sentimientos afectuosos y conversar con elegancia, adquirida en el ambiente amable de los salones. Por esto y por lo asentado arriba, una buena parte de la literatura y, en general, el temperamento artístico, vienen á ser así como los grandes y maravillosos espejos en que la mujer se mira y que reflejan la imagen de la seducción. El poeta, su hermano y generalmente su obra, es un á modo de intermediario entre ella y el resto de la humanidad, que por él conoce los secretos de alcoba de la mujer, y á la que él inocula el virus de las debilidades y seducciones de ésta. ¡Curiosa colaboración! Este consorcio de lo femenino y del arte, induce á pensar obstinadamente en las afinidades del artista y de la mujer--ambos son criaturas débiles, apasionadas y quiméricas, especie de andróginos que, por partes iguales, participan de los mismos defectos y las mismas excelsitudes de aquellas dos naturalezas y condiciones,--y sugiere la sospecha de que tal vez constituye una seria amenaza para el porvenir de un pueblo, el que predominen en él los elementos morales, de que Platón, juzgándolos turbadores y debilitantes, quería purgar enérgicamente á la república. Lo que parece indudable es que la influencia femenina y la influencia literaria se confunden, compenetran y asocian para introducir sutilmente en la formación del alma francesa, la literatura por medio de lo femenino y lo femenino por medio de la literatura. Eso explica muy cumplidamente el triunfo manifiesto de la mujer y del arte en la «Ciudad Luz», y este fenómeno curioso y sin precedente en la historia: la supremacía de la mujer en las bellas letras.

TALES hechos, producto del connubio secular de Apolo y Afrodita, parecen las floraciones estéticas de una civilización dulce como las mieles, suave y grata como la piel de los cebellinas. Son las opulentas rosas y las turbadoras orquídeas que sólo podían brotar en el jardín de Francia, en una tierra preparada por las exquisiteces sentimentales de muchas generaciones para sentir, pensar armoniosamente y creer con fervor en el culto del alma y la religión de la belleza.

Desde abajo á arriba de la escala social, el arte, la literatura y ese lujo de la inteligencia que se llama el _esprit_, por medio de los mil espectáculos públicos, diarios, revistas, conferencias, _causeries_, exposiciones de toda índole y libros de toda suerte, refinan á porfía las sensibilidades y desarrollan la facultad de comprender. Los _clichés_ literarios son de uso corriente en todas las clases. Los términos escogidos han pasado al patrimonio común del lenguaje vulgar. Las modistillas pizpiretas y las pesadas porteras hablan con las repulidas expresiones y ademanes preciosos de las marquesas Luis XV, y las marquesas escriben con tanto donaire y travesura como madame de Sevigné. La estética de los _boulevards_, las canciones tiernas ó libertinas, las cortesanas que pasan, dejando tras de sí como una estela de elegante sensualismo, hacen en el pueblo lo que en la crema de la sociedad la última comedia de Capus, la música dislocadora de Pelleas y Melisanda ó los templos de la _rue_ de la _Paix_. No creo que en ninguna parte ni en época ninguna, la facultad de sentir sin esfuerzo, comprender en un abrir y cerrar los ojos y expresar fácil y graciosamente hayan llegado nunca á tan rara perfección. Chistes, alusiones, sutilezas; matices de la ironía y del sentimiento, nada escapa al público que en los domingos populacheros ó en las _soirées_ de gala, invade los grandes ó pequeños teatros de París. Antes que las palabras hayan concluído de salir de la boca del actor ó del conferenciante, ya han sido cogidas al vuelo y á veces comentadas con un chiste, una exclamación oportuna ó una sonrisa graciosa y escéptica, mientras que los ojos, siempre inquietos y burlones, descubren los flirteos de los palcos y juzgan de los tocados, moños y perendengues de toda la sala. Es un público, sobre todo si abunda el bello sexo, erudito y alerta, que conoce al dedillo los autores, los géneros, las obras, clásicas y modernas, las últimas novelas, «Las Flores del Mal» y las «Fiestas Galantes»; y que habiendo macerado su corazón en ese artificio literario y mezclado toda esa literatura á la vida, se ha hecho extremadamente comprensivo, vibrante y extrasensible á las manifestaciones de lo bello.

Mas como «la belleza es toda la mujer», la emoción estética, después de pasar por los mil filtros del cerebro y del alma, hacia la mujer va callada ó ruidosamente, como el agua del deshielo corre de las yermas alturas á los valles floridos. El Arte y la Literatura la glorifican y viven postrados á sus pies. El uno es su paje, la otra su esclava.

EL amor de la forma, puede decirse que remataba entre los helenos en las líneas armoniosas de la criatura humana, en el desnudo; el mismo amor entre los parisienses se hace general y concreta en las elegancias del tocado femenino. La religión de la belleza se transforma en religión de la mujer; sobre todo de la mujer elegante, de la que pasa su vida en casa de los modistos, joyeros y toda laya de _fournisseurs_; y duerme con guantes ó careta para afinar el cutis, y se amasa cruelmente, y martiriza el estómago y el cuerpo, y gasta millones para componerse una silueta propia, realzar su belleza por todos los medios, y darle al mundo la peregrina sensación de la elegancia, de una elegancia que es como el perfume delicado de un viejo vino, la flor encantada y efímera de una civilización secular.

Los sabios, los moralistas austeros no saben apreciar tan grandes sacrificios ni las transcendencias de la _toilette_. Son hombres eminentemente cultivados, pero sin fineza ni distinción moral. Llaman desdeñosamente vano y pueril al arte que se sirve de todos los otros y pone á contribución las más peregrinas aptitudes para encantar; sentimiento del color, de la línea y del matiz; gusto seguro de la alhaja y del moño; ciencia acabada del trapo, del gesto y la actitud; dominio perfecto de las elegancias estéticas que constituyen el _chic_; imaginación y osadía en el arte de _plaire_, y por medio de la armonía de los colores y la cadencia del pliegue, plasmar la voluptuosidad del cuerpo, la coquetería del espíritu y las gracias del alma. Lo que parece pura frivolidad, es asunto gravísimo: una religión misteriosa, que obedece á muy hondas necesidades éticas y que tiene sus templos, ritos, sacerdotes y pitonisas. París es la Meca de esa religión ligera y sutil. Las tiendas de los modistos, joyeros, fabricantes y vendedores de artículos femeninos, son las capillas ardientes del gusto de Francia, y los pontífices: la muchedumbre de escritores, artistas, industriales y obreros que trabajan en la realización de la belleza más perceptible y necesaria acaso á la especie: aquella que entra por los ojos y golpea las puertas de la sensualidad.

Es el mundo de la Gracia dentro del mundo del Esfuerzo, y que explota y esclaviza á éste. De los rincones apartados y huraños del globo, de los bosques salvajes, de las entrañas del planeta, del fondo de los mares, de las estepas heladas, de las arenas candentes, de las cumbres solitarias, de los talleres populosos como ciudades; salen las piedras de irisados colores, las pieles costosas, las perlas pálidas y dulces como niñas anémicas, los corales, marfiles, las maderas olorosas, las telas y sederías, y los encajes tan primorosos, tan sutiles que diríanse hechos de suspiros y de sueños; y todas esas preciosidades de la naturaleza y la industria vienen á depositarse á los pies de la parisiense, la cual con un arte infinito é inagotable invención las combina de mil maneras, las dispone sabiamente y anima de una vida extraña y voluptuosa, como si le comunicara á los materiales bellos, pero inertes el calor vital y el erotismo de su cuerpo. Y esos materiales, dóciles á la magia de las manos diminutas, operan el supremo milagro de hacer palpables todos los aspectos de la hermosura femenina, transfigurándola en una perpetua metamorfosis que, al multiplicar los encantos y seducciones de la mujer, dilata su imperio estético y eleva la frívola coquetería á la dignidad de un sacerdocio.

Ella lo sabe. Ella sabe que los elegantes tocados y la atmósfera encantada de lujo y refinamiento, son las investiduras y el ambiente sagrado de su alto misterio de sacerdotisa de la Belleza. No ignora tampoco que sólo la ciencia del _chiffon_ satisfará plenamente su ingénita necesidad de hacer prisioneros y atarlos al carro de guerra de su hermosura triunfante. Respetos sociales y homenajes masculinos le vendrán de la fama de elegante, porque ser elegante es uno de los privilegios y títulos envidiables á los ojos parisienses. La soberanía de la elegancia no se discute. Y de la elegancia lo esperan todo _les casques dorés_, ya que por medio de ella, como los pintores por medio del color y de la línea, provocan las sensaciones que les pide un público de emotivos y sibaritas, y expresan elocuentemente lo que son, lo que quieren, lo que pueden...

Las magnificencias de París forman el ornado marco que mejor cuadra á la belleza viviente, la más costosa y artificial. Hasta la luz suave, como pasada por filtros de ámbar y ópalo, parece que fué hecha para disminuir la crudeza de los colores, la rigidez de las líneas y envolver la silueta femenina en una penumbra misteriosa. Millares de criaturas presas en talleres sombríos y sórdidos tugurios, trabajan y aguzan el ingenio para hermosearla y hacerla fina y eterea. Es la obra nacional. Grandes y chicos contribuyen á ella más ó menos directamente. Todo espectáculo es un pretexto para el torneo de las Gracias. Toda fiesta una ocasión de afirmar el imperio de la Elegancia y del Gusto, y establecer la reñida supremacía de Paquin, Doucet ó Redfern: monarcas del figurín que se disputan el cetro de Luis XIV y el globo de Carlomagno.

LO fútil, el detalle nudo y vacuo al parecer, pero lleno de psíquica jugosidad si se observa con ojo experto, revela á veces lo que no descubren hechos importantísimos, libros venerables ni mamotretos de copiosa ciencia. Decía un gran pintor que «el verdadero arte comienza allí donde pequeños toques producen grandes cambios». Acaece algo semejante en las cosas de la vida y no es muy zahorí el observador de ella á quien lo ínfimo no sugiere lo transcendente, ni ve en lo frívolo el cristal, que dejar suele en las costumbres, la ebullición y luego el enfriamiento de las grandes causas. Es por este orden de razones que no me parece desprovisto de sal ni miga el espectáculo curioso, aunque nada ajeno al ambiente de los _meetings_ sportivos, que tuve la fortuna de presenciar en el hipódromo de Trouville.

Era una gozosa confusión, un mareante vaivén de trajes vaporosos, sombreros como canastas de flores y blanquísimos zapatos que corrían como albos conejitos de la India sobre el verde riente de las _pelouses_. La donosa y opuesta muchedumbre giraba en torno de los resplandecientes atletas del _turf_, bestias finas, artificiales y como tallados primorosamente en maderas duras, é invadía luego las casillas del Pari-Mutuel, donde á cambio de algunos francos, hasta á los humildes mortales les era dado sostener un trágico cuerpo á cuerpo con el Destino y gustar un minuto la vida intensa de los héroes y los dioses... Pero de pronto se produjo un tumulto extraño y luego una especie de remolino de curiosidad que atraía á un punto del _padock_ al público disperso. Las gentes acuden presurosas, las cabecitas de Helleu se apiñan, los labios rojos como fresas murmuran un nombre y los ojos agrandados por el _kohl_, se abren extáticos como ante una aparición celestial. ¿Qué era? Era madame Paquin, la Emperatriz de la Moda, que aparecía por primera vez en público después de la muerte de su bello y perfumado esposo. Vestía de medio luto, traje blanco adornado de terciopelo, tricornio negro con triunfal pluma blanca: el conjunto una maravilla de lujo, exquisitez y refinamiento, subidos de punto por las garrafales perlas de las orejas y el collar de quinientos mil francos. Sonriente, segura de sus impecables actitudes y prestigio único sobre las imaginaciones femeninas; sabiendo que todas sus esclavas le pedían algo sumisamente, dejábase contemplar al desgaire prodigando á uno y á otro lado principescas sonrisas, mientras con la falda recogida en una mano y en la otra la sombrilla, cuyo puño de azabache conservaba con un gesto de virgen púdica á la altura de la boca, avanzaba lenta y rítmicamente, elevando las piernas á la manera clásica de los _mannequins_ para posar luego los pies con mimo sobre la verde alfombra. Y cada movimiento y cada nueva actitud eran como una lección práctica de estilo y encantadora fragilidad. Las duquesas, las archimillonarias yanquis, las artistas célebres, las cortesanas de alto coturno y, finalmente, los hombres se inclinaban á su paso. Allí no habían méritos ni títulos que no se eclipsaran, ni testas que no se abatieran ante la diosa taumaturga de la belleza femenina. Ella imperaba sola.

En medio del oro de la tarde, aquella escena tomó de súbito á mis ojos la augusta significación de un símbolo: el de la Francia depositando sus ofrendas á los pies de la Voluptuosidad.

SI «la belleza es toda la mujer», ó como dice Gourmont: «la belleza es una mujer y la mujer es la belleza», pero como la mujer es el amor éste es el término fatal del _estetismo_ parisiense. ¡Qué mucho que el niño ciego impere como único dios en la gran ciudad latina! Mas no se trata del infante terrible que disparó sus flechas en las ariscas lomas y mansos valles de la Hélada, sino de un amorcillo muy civilizado y donoso que lleva su carcaj repleto de romances, epigramas y madrigales. Cómo habían de resistir los líricos corazones al Tentador que se sirve para encantar de los filtros y sortilegios del Arte y la Poesía. No cabe sino que triunfe, y en realidad triunfa soberano en la literatura y la vida. Una comedia sin conflictos amorosos ni tocados elegantes no dura en los carteles; las novelas sin dramas pasionales ó picantes escenas de alcoba no se leen; los versos sin erotismo no llegan al alma; la música sin embriagueces ni escalofríos voluptuosos no prende sus líricos garfios en los oídos. De esta suerte el niño desenfadado dicta las modas sentimentales. El teatro, el arte y los libros son como academias de voluptuosidad y escuelas de casuística amorosa en las que se enseña á percibir doctamente los variados matices de la sensualidad, desde el travieso _flirt_, _les passionettes_ y las dulzuras de la _amitié amoureuse_, hasta los desatados impulsos del corazón y los bizantinismos galantes. Como complemento y remate de esta educación sentimental, también se aprende de una manera no menos docta ni prolija, la ciencia de la expresión _caline_ y el arte de la caricia _endormante_. Y este arte y aquella ciencia constituyen, lo mismo que el _chic_, uno de los monopolios de la fina sensibilidad y linda imaginación de la parisiense, alada imaginación que ha enriquecido la lengua con una cantidad de desmayadas expresiones y dotado la plástica de gestos y actitudes que son como las grandes iniciales del breviario erótico.