La Muerte Del Cisne

Part 8

Chapter 83,780 wordsPublic domain

PERO Mammon, como todos los dioses, es altivo y cruel: castiga ó destruye sin asomos de piedad á las criaturas ó las cosas que se oponen á los tenaces propósitos de su testa olímpica. Como Zeus tiene en sus manos el rayo que fulmina, y como Medusa la mirada que petrifica. Sin embargo, es más generoso y menos terrible que las otras divinidades. Junto al Poder torvo y al Derecho sañudo, parece un apuesto galán rendido á los pies de la Vida. Por lo general obra lentamente, dejando tiempo á las voluntades de fortificarse y seguirlo. Su procedimiento es la lucha y la selección económicas que en la sociedad han suplantado á la lucha y la selección naturales. Más aún: aquella parece ser el compendio y quinta esencia de las otras selecciones, porque todo esfuerzo, toda conquista y toda excelsitud, se convierten, de alguna manera, en jugos vitales dentro del enorme vientre de la producción.

Las sociedades que aceptan diligentes las condiciones impuestas por el nuevo ídolo, y se adaptan sin cesar á las transformaciones continuas del medio ambiente, provocadas por el trabajo formidable del dinero, fortifican los músculos en titánica gimnasia, prosperan, extienden su dominio: son las sociedades venidas al mundo á su hora, robustas y bien armadas para la inevitable concurrencia universal; las que no, decaen cualesquiera que sean los méritos que sustenten, degeneran, y no tardan en ser absorbidas ó esclavizadas: son las sociedades débiles ó enfermas, en las cuales la voluntad de dominación desaparece como la savia de las ramas que empiezan á marchitarse.

Las analogías de ambas selecciones dan testimonio de su excelso y común origen. Del mismo modo que la selección natural, la selección económica es implacable para los que no saben ó pueden luchar y vencer. La grande razón la guía: es una fatalidad, une fuerza cruel, como todas, desde el punto de vista humano, necesario y noble desde el punto de vista divino. Los débiles, los ineptos, los enfermos, los inactuales, son condenados, juntamente con su prole, á la perpetua derrota ó á desaparecer sin legarle al mundo los tristes vástagos de la miseria y del dolor. Otros depositarios de la vida, marcados en la frente con el _signo luminoso_ y á los cuales la selección económica presta invencibles armas, ocupan los huecos dejados por los vencidos, por los superfluos, y, en resumidas cuentas, la humanidad avanza un paso, gana un punto en la evolución progresiva á que la empuja rudamente el instinto vital. De donde resulta que, contra los viejos prejuicios de la moral espiritualista y los códigos sentimentales, el Oro es un purificador, un educador de las energías más preciadas del hombre, un venero de virtudes sociales, aunque, como esencia y jugo de la fuerza y del deseo humanos, lleve en sí condensadas todas las grandezas y todas las impurezas de la vida.

Los sabios lo ignoran, pero los pueblos lo saben por instinto y obran como si de ello tuvieran plena conciencia: en los talleres, universidades y gimnasios se arman los hombres para la conquista del Oro, no sólo porque él ofrece á los apetitos ávidos los goces reales y la posesión efectiva de las bellas cosas de la tierra; no sólo porque el Oro es la _posibilidad inmediata_, al decir del escéptico France, mas principalmente por razones ocultas: porque representa valor humano, substancia anímica, la virtud extractada de las generaciones que fueron y es, en resumen, algo así como la semilla de la voluntad, el germen misterioso que atesora en potencia todos los actos del pensamiento y todas las realizaciones del deseo.

¡Qué mucho que lo sea todo y lo pueda todo, que atraiga y domine!

Lejos de ser una cosa muerta que pesa sobre las almas, como quieren algunos, constituye, al contrario, el estimulante más enérgico de la conducta, y es de hecho, el querer latente y realizable, la dominación: el elemento divino de las sociedades como la fuerza es el elemento divino del universo.

SI bien se mira y considera lo dicho, cualquier quisque puede predecir que en las sociedades productoras de los tiempos futuros, el Oro premiará todas las excelencias y será, por entero, lo que es hoy en parte tan sólo, al menos visiblemente: la medida de la capacidad social. ¿Cómo oponer á sus virtudes reales, patentes, eficaces, las virtudes decorativas ó histriónicas del idealismo ó el amor de la mentira del arte? ¿Cómo oponer á la necesidad, que no discute, sino que ejecuta, el capricho y la fantasía volubles de nuestra pueril razón? Vano intento. Aquí, en el terreno económico, aparece visible el antagonismo brutal de las aptitudes desinteresadas de los retores y los humanistas, y las aptitudes prácticas de los sociólogos. Y fuerza es confesar el creciente desprestigio de las primeras: son bellas é inútiles como esas damas criadas para regalo de los ojos, á quienes cuna y educación prohiben como vil cosa el lucro, y que prefieren prostituir su cuerpo en infame comercio á estropearse las pulidas manos en una tarea honesta y renumeradora.

¿Es, por ventura, la muerte de lo espiritual y de toda andante caballería? Á decir verdad, la orientación materialista del pensamiento y el predominio indiscutible de las naciones utilitarias, inducen á sospecharlo. La espada de San Luis y la lanza del buen Quijano, se mellan y rompen contra los escudos de Pluto. Las naciones que van haciendo del mundo su vasto patrimonio, no son las más caballerescas, ni las más cultas, ni las más religiosas, sino las más activas, industriales y pujantes en el mercado mundial. Lo certifican de modo irrefutable Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos, países que con diferentes instituciones, distinto gobierno y cuasi opuesta cultura, pero vigorizados á la par por la misma enjundia económica, prosperan material é intelectualmente, y extienden cada vez más sus zonas de influencia política, lo que prueba, contra el fetichismo de las universidades, que no son las leyes, ni los mandatarios, ni tal ó cual mentalidad lo que asegura el triunfo de unos pueblos sobre otros, sino su capacidad productora, su avidez, su egoísmo, su instinto de dominación que se objetiva y hace carne en la lucha comercial. Este convencimiento obscuro, nebuloso, pero firme es lo que acaso produce en la evolución de las ideas, las reacciones contra la supremacía de la inteligencia sobre la voluntad, y en la práctica de la vida, el retorno, que los mismos gobiernos tratan de favorecer, de las carreras liberales, almácigos de mandarines, plumíferos y rectores sin don ni utilidad, al comercio y la industria. La flamante novedad de la pedagogía es la formación de voluntades audaces, no de _idiotas sabios_ ó melenas apolínicas. Y las virtudes sociales que se premian, no son las contemplativas ó románticas del noble, pero caduco idealismo; tampoco la humildad, el renunciamiento, el desinterés del ascetismo cristiano, mas el contrario: la ambición insaciable, la combatividad, el amor de los bienes de la tierra, la facultad de arriesgarse, las virtudes activas é interesadas, en conclusión, que la lucha económica desarrolla fatalmente, destruyendo á la vez el sentimentalismo, la sensiblería y todo lo que en el alma es artificial, superfluo, desinteresado, inmoral... El mundo parece en vísperas de convencerse de que el egoísmo sano, es más provechoso para la economía social que el enfermizo desinterés. Aquel, por su propia fuerza expansiva, suele convertirse en altruísmo; éste, cuando no tiene tal origen, es un sentimiento ambiguo, inútil para el que lo experimenta y, á la postre, perjudicial para los otros. Mientras que «en el pomo de un sable ó en una moneda de cinco francos hay inteligencia siempre», podría decirse que en el desinterés no hay nada, ó sólo hay vanidad, cuando no mentira. Tengo observado que en la práctica el desdén aristocrático del lucro, destruye el sentimiento de las realidades y lleva á la insinceridad. La aptitud económica al contrario, y esa es quizá, en gran parte, la causa oculta del buen sentido, la viril franqueza y robustez de algunos pueblos, y del irrealismo, la frivolidad y flaqueza de otros. Mammon es verídico. Como la diosa de voluntad diamantina, no comulga con las patrañas ni las falsificaciones espirituales, ni se deja seducir por carantoñas ni embelecos femeninos. Cuando tercia en el juego de la vida social, acaba la comedia, concluye la farsa, caen los antifaces y cada cosa vuelve á su ser y adquiere su fisonomía propia. Un político inglés, que tenía mucho del señorío de Byron, algo del paradojal Oscar Wilde y no poco de Disraeli, me decía en cierta ocasión mientras nos alejábamos del Louvre, que él visitaba religiosamente en todos sus viajes á París: «Yo amo por igual el arte y la vida... pero no los confundo. Cuando visito un museo, me pongo mi monóculo de elegante; al salir, dejo caer el monóculo como un telón entre dos mundos y me coloco en su lugar una moneda de veinte dolars. Al través de ninguna lente se ve mejor que al través del vil metal, la verdadera naturaleza de las cosas.» Y al hablar así, bajo las antipáticas apariencias de un materialismo torpe y grosero, expresaba acaso una verdad profunda y sutil.

EN el desinterés sólo hay vanidad cuando no superchería. «Los judíos no me han burlado jamás en mis negocios: los sentimentales siempre» solía decir también mi famoso Lord. Por mi parte, prefiero con mucho, en determinadas circunstancias, á los hombres y pueblos francamente egoístas y utilitarios: hablan un lenguaje claro y preciso; uno se entiende á maravilla; las palabras tienen un valor real, no engañan, ni disfrazan las intenciones como las rosas el puñal de Caserio. Además, por caóticas razones, no sometidas aún al bisturí de los psicólogos, tales hombres y pueblos son prácticamente, aunque parezca contradictorio, los más idealistas y capaces de acciones generosas. Es el lujo de la fuerza, que lleva al deber, al olvido de sí mismo y al sacrificio por los otros, como quería Guyau. No hay sino comparar para convencerse, la filantropía principesca y las funciones cuasi oficiales de los potentados yanquis, con la caridad parsimoniosa y las actividades pacatas y egoístas de sus congéneres del nuevo y del viejo continente, ó mejor aún, la obra y el carácter de las dos Américas. La inspiración protestante, el utilitarismo ardiente y austero de los puritanos de la «May Flower», supo imponer en los negocios públicos á los colonos de la América anglo-sajona, las soluciones pacíficas, convenientes al trabajo, y evitó, de ese impensado modo, la guerra civil, el caciquismo, la superstición gubernamental y la _política alimenticia_, miserias y lacras que con su orgullo hidalgo, desdeñoso de las actividades útiles, llevaron á la América española los vasallos de Carlos V, disertos y casuístas. Y el tal utilitarismo, andando el tiempo, había de permitir las más bellas floraciones de la inteligencia y la energía como cumplido remate de la abundancia y coronamiento de una civilización propia, castiza, elaborada con los instintos más egoístas y, por consiguiente, los más vitales de las agrupaciones humanas. Por el contrario, el fetichismo político, la idolatría de las leyes, los idealismos prestados y nebulosos no podían menos de traerle á las repúblicas de cepa española, como reacciones del egoísmo irreducible, las luchas armadas por el Poder, la palabrería gárrula de los practicones de la cosa pública y el sanchopancismo de una vida sin nervio ni hermosura ni grandeza. El resultado es la inmensa superioridad, no sólo económica, sino moral é intelectual de los yanquis, asombro del mundo por su genio mercantil, inteligencia política y valeroso idealismo. Esos rudos _pioners_ son los pastores poetas que, sin miedo, «conducen por entre riscales y abismos el rebaño radioso de las quimeras». Si, á pesar de nuestras pretensiones de caballeros andantes del ideal, las tierras de los soberbiosos virreyes y finchados hidalgos españoles no han producido hombres universales como Washington y Franklin; filósofos como Emerson y James; moralistas tan esforzados ni de alma tan blanca como el Apóstol negro; poetas como Poë y Whitman; artistas, hombres de ciencia, archimillonarios capaces de los magníficos arrestos filantrópicos de Morgan y Carnegie, ni esos reyes de la Finanza que, desde sus torres feudales de veinte pisos, extienden su influencia á todos los ámbitos del mundo. Son los Anteos de la fábula, vigorizados al contacto de la tierra madre; las criaturas que, guiadas por un instinto vital, robusto y seguro, aciertan á vivir en perfecta é íntima comunión con ella. Natura les ha revelado su voluntad secreta de esfuerzo y lucha, de egoísmo y rapacidad. ¡Y desdichados los hijos para quienes la Madre permanece muda! Á pesar de los idealismos ornamentales y los perifollos de la retórica, caen en la corrupción, se envilecen en la pobreza, pasan hambres sin fin y mueren como el hidalgo manchego, confesando su generosa locura de justicia y razón humanas.

Es digno de meditarse, como ejercicio espiritual al salir de los templos y los museos, lo que la incapacidad económica, que trae á la grupa todas las otras, ha hecho de aquella nación que fué un día señora del orbe, y es aún hoy emporio de energías y virtudes, por desdicha inutilizables. Cumplió arduas y gloriosas empresas cuando se dejó guiar por sus instintos y apetitos de conquista y posesión. Extender sus dominios por medio de la espada, era la función fisiológica propia de un pueblo guerrero y fanático en un mundo religioso-militar. Pero los alientos de los soldados y aventureros de Carlos V, no inflamaron los pechos de los mercaderes de la Lonja, tímidos, perezosos é incapaces, como escorias que eran de la sociedad. La evolución de los intereses primero, y después el reinado de la Finanza, pedían los grandes capitanes del comercio y la industria. Los conquistadores tenían las rodillas sobrado duras para doblarlas ante la nueva Realeza. El vampiro del orgullo, el fanatismo religioso y la caballería les chupó la sangre y los tuétanos, y hoy sus descendientes no tienen fuerzas para empuñar la lanza, ni emprender nuevas aventuras, ni defenderse, siquiera, contra los mercaderes que los apalean y despojan en los caminos reales y aun en la propia casa.

Y como España, á pesar de sus relevantes méritos, excelencias y glorias, dan síntomas de lasitud, caducidad y parecen ininteligentes é inactuales, Portugal, Italia y la misma radiosa Francia.

Acaso se han adormecido escuchando el canto del ruiseñor.

TERCERA PARTE

LA FLOR LATINA

PARA los sibaritas del pensamiento y de la emoción, no existe en toda la redondez de la tierra ningún espectáculo tan elocuente; ninguna _estación_ de _psicoterapia_ tan propicia á las meditaciones filosóficas ó mundanas; ningún jardín espiritual tan curioso ni soberbio como la gran capital latina, lecho muelle y suntuoso donde la antigua sabiduría, después de haber amamantado al mundo en sus opimos pechos y robustecido tantos ideales de pálida tez, agoniza entre pompas y esplendores, conservando orgullosamente la belleza del gesto. El brillante y amable espíritu de la Hélade y del Lacio, muere entre encajes y sederías como un viejo marqués Pompadour exquisito y crapuloso, cruel y sensual.

Por muchos conceptos la flor de la dulce Francia, la Ciudad Luz, París es el símbolo y el término de la civilización greco-latina; el óptimo fruto de la cultura espiritualista, ornamento de los pueblos, caballerescos, refinados, sentimentales, galantes. Su vida integral, multiforme y complejísima, es así como el extracto ó substancia psíquica de aquella concepción platónica del universo, que ya en los albores, llevaba en las entrañas los gérmenes fecundos del amor de la razón y la belleza, y sus forzosos derivados: las elegancias intelectuales y los refinamientos de la sensibilidad. La metrópoli de las perspectivas armoniosas, delata, aun á los ojos menos expertos y hasta en los más ínfimos detalles, la elegante preocupación del sibaritismo mental. No sólo es voluptuoso el corazón sino también el cerebro. De los _boulevards_ magníficos, hirvientes y sonoros de afiebrada muchedumbre, y de las calles modestas en que los anticuarios exponen sus costosas baratijas; de los inmensos museos, verdaderos panteones de las civilizaciones fenecidas, y de las iglesias viejas y milagreras como reliquias de edades santas; de las mil exposiciones de arte, que avivan el deseo de la riqueza y los gustos costosos, y de los bosques encantados, que repiten gozosamente las escenas de Watteau; de las canciones, de los teatros, de las fiestas, como de los gestos rítmicos de las damas arrebujadas en cebellinas de cien mil francos, ó del tocado simple y encantador de las modistillas, que muestran al atravesar el arroyo las piernas más picantes é _inteligentes_ del mundo; de todo transciende, al modo que el incienso del vaso sagrado, el culto de la forma, el sentimiento de las proporciones, el placer de pensar, la pasión de vivir voluptuosamente. Lo mismo en las salas del Louvre, donde reinan Lancret, Fragonard y Pater, que en los jardines de Le Nôtre, donde susurran las fuentes de la Arcadia y cantan los ruiseñores de Ronsard y Verlaine; que en los grandes coliseos ó en los pequeños _cabarets_, se aprende á sentir y amar la vida bella y risueña. Los escaparates dan lecciones de buen gusto, ni más ni menos que las perspectivas majestuosas de los Campos Elíseos, ó las maravillas en piedra labrada como los ébanos y los marfiles, ó los parques deliciosos, poblados de amorcillos traviesos y ninfas desnudas. Las mujeres que pasan son como cuadros firmados por La Gándara y Boldini. En un coche va el amor. El placer se respira. Mas, de vez en cuando, una impresión fuerte, una mole gloriosa: el Arco del Triunfo, la columna Vendome, dan el escalofrío heroico de la Revolución ó de las águilas imperiales, y hacen pensar que los galos tomaron siempre á pechos el ser valientes y el desdeñar la vida, y que desde muy antiguo supieron «caer, sonreir y morir».

Cuando Emerson dijo que «el mundo era una precipitación del espíritu», pensaba, sin duda, en el dulce país de Francia. Palacios encantados de reyes galantes y favoritas pomposas; cortes de las Margaritas de Navarra; marquesas de Montespán y de Pompadour; heroísmo de la Pucelle; risas rabelasianas; lágrimas ardientes de Juan Jacobo; peregrinajes de las Charmettes y de la Malmaison; valles rientes, florestas embalsamadas, montañas de la Saboya de flancos cubiertos de verdura y cuyas calvas cimas coronan los oros del sol ó disimulan las pelucas empolvadas de las nubes, ¡dulce Francia! Ningún pueblo hizo lo que tú por _accordar las inexorables leyes del universo á los deseos caprichosos del corazón_. ¡Tu historia es la más sentimental, noble, romántica y á una la más femenina y heroica! ¡Amable Lutecia! ¡Quién puede resistir á la sugestión de sus ideólogos, al encanto de sus poetas, al prestigio y magia de sus artistas! Las ideas francesas, aun las frívolas, nos seducen por su coquetería y travesura como esas _petites femmes blondes_ vestidas por Paquin. Son ideas apasionadas y cariciosas, que amamos cuasi carnalmente y con todas las debilidades de los corazones amorosos, cual á las mujeres venidas al mundo bajo el signo de Venus, nacidas para encantar, y que continuan pareciéndonos buenas y deliciosas hasta en sus ingratitudes y perfidias. De modo que, cuando las peregrinaciones por el mundo del pensamiento alejan á los Don Juanes del saber de los _boudoirs rococós_, aun poseyendo á la ansiada verdad en suntuosos lechos, se deplora no haber permanecido fieles á las ideales damas que han ejercido en la sociedad entera la misma suave influencia que en Francia las preciosas del Hotel de Rambouillet. Ellas se obstinan en la amable compañía del arte, de la literatura y del amor, y contra el imperialismo teórico y práctico de todas las clases, en desarrollar como antaño, casi exclusivamente, el espíritu y la emotividad. De ahí un pueblo de razonadores y artistas; de fraseadores y voluptuosos; de ahí el erotismo floreciente en la vida y las letras, y las hemorragias de la palabra, que calman las fiebres sentimentales de la humanidad y debilitan las energías viriles de los franceses; de ahí la sociabilidad francesa, porque la sociabilidad «es cosa que nace de la mezcla dichosa de la inteligencia y la sensibilidad». Y como en sociedad lo primero es la mujer, ésta ha tenido, y sigue teniendo, dominante influjo sobre las ideas y costumbres, dulcificando las unas y las otras y prestándoles á los dos un encanto femenino, y como femenino, voluptuoso.

NO ha menester vasta ciencia histórica ni mayor penetración psicológica, para constatar la importancia de los materiales femeninos introducidos en la arquitectura del alma francesa, desde Clotilde, la cristiana esposa del bárbaro Clodoveo, y Eloísa, la apasionada amante del bello y castrado Abelardo, hasta la falange de las favoritas reales, las heroínas de la Revolución y las condesas porta-liras, que reinan actualmente en el Pindo francés y le comunican á la juventud sus fiebres líricas y embriagueces dionisiacas.

La llama erótica de Eloísa, á cuyo sepulcro han ido á recoger florecillas todas las generaciones románticas, se comunica á los fornidos pechos medioevales; los calienta, enternece y prepara, en cierto modo, para recibir el pan eucarístico de las costumbres galantes y el espaldarazo de la caballería. Las esclavas del rudo señor salen del encierro de los almenados castillos, incrustados en las rocosas cumbres, hoscos y solitarios como los nidos de los buitres, y empiezan á presidir, prodigando las gracias que inflaman el coraje y encienden los apetitos, las justas, los torneos, las cortes de amor. Los pajes suspiran; los caballeros quiebran lanzas por los ojos ensoñadores de las damas ó madrigalizan á los pies de ellas, hincada la rodilla en cojines de galoneado terciopelo. Los trovadores dicen cosas tiernas y sutiles. Así se amansa la braveza de los instintos, ablandan los caracteres duros y rijosos y elaboran los sentimientos delicados que luego pulen y refinan reinas amables, marquesas amantes de las cosas del espíritu, favoritas fastuosas, protectoras de las artes y las letras y cortesanas que por ser muy conversables y donosas, reunían en torno suyo como Safo y Aspasia en la antigüedad, lo más granado de la nobleza y la flor y nata de los ingenios.

La sociabilidad francesa, con su carácter y matices propios, es la obra casi exclusiva de la mujer: su expresión más culminante y acabada son los salones. Gracias á ellos la influencia femenina se ejerce, no sólo en las artes y las costumbres, sino también en las ideas y hasta en la política. Los Saint-Simón, los Michelet, los Goncourt, los Du Blet nos dicen al respecto cosas muy curiosas y amenas. En las minúsculas cortes de la marquesa de Rambouillet y las preciosas que recogieron la herencia de la famosa _chambre bleue_, donde Corneille leyó el Poliuto y pronunció Bossuet su primer sermón, se forma el buen gusto y adquieren las bellas maneras, elegancias sentimentales y gracias, en fin, que transforman el trato en don de gentes, la conversación en arte, la fría urbanidad en graciosa _politesse_ y el talento en _esprit_. Y _esprit_, _politesse_, don de gentes y arte de la conversación, llegan á hacerse cualidades genuinamente francesas, acrisoladas bajo la égida de la mujer, y que bien observadas podrían explicar, por la sociabilidad y todo lo que ella entraña y de ella se desprende, las virtudes y vicios, las flaquezas y heroísmos, la vanidad y el amor del género humano de la antigua Galia, nación de vanos tumultos, como la llamó Cesar, y tan amante de la sociedad y los bellos discursos, que á uno de sus dioses se le representaba aprisionando á los hombres con las cadenas que salían de su boca...