Part 7
Y el sentimiento es general. No recuerdo haber leído novela de la índole de «Un homme d'affaires» de Bourget ó de «L'Or» de Margueritte, sin contar muchos tomos de la «Comedia Humana»; ni visto pieza, como «La Question d'argent», donde la filosofía del autor se traduzca de otro modo que enalteciendo á los sentimentales y condenando á los viriles[1]. Porque lo vituperable é innoble, como en el teatro de Fabre, resulta que no es la ambición exclusiva de lucro, la torpe avidez de los hombres de negocios; mas la ambición en sí, la voluntad dominadora, el espíritu de empresa, el amor de la lucha y la aventura y lo contrario de las virtudes elegantes, contemplativas, que merecen los aplausos de las almas nobles.
[1] Estas páginas fueron escritas antes de aparecer «Le Trust» de P. Adam.
Aunque simple y pecador, paréceme que esta suerte de propaganda, digna del poeta de las Florecillas ó de los ascetas de la India, que aún se acuestan sobre colchones de clavos y viven de la pública caridad, es la que menos conviene á un pueblo excesivamente galante, sentimental, artista, pero nada sobrado hoy de energías viriles. ¡Mas qué sería, sin tales arrestos de desinterés, del amor de las actitudes estéticas y de los bellos discursos que tanto amamos los latinos; particularmente los más enfermos de ese mal misterioso y baladí que se llama la literatura! He ahí por qué el viejo prejuicio contra las actividades interesadas y especialmente contra el lucro, desvanecido en casi todas las clases sociales, sigue arraigado y vivaz entre las gentes de letras. Ya se sabe que ello es pura retórica; tema susceptible de dar pie á elocuentes volteos verbales; pero aun así, tanta ceguera y obstinada persistencia en un error, comprensible en la antigüedad, donde la riqueza era á veces corruptora, pero sin disculpa en las civilizaciones actuales, que han menester de los alados pies de Hermes para no quedarse rezagadas, debe de obedecer á razones profundas, aparte de indicar la poca aptitud de los irrealistas para comprender el mundo moderno y traducir la acerba inquina de los hombres de pluma por los hombres de espada, de los _rêveurs_ por los _agisseurs_. Es una especie de odio sacerdotal. Quizá retores y humanistas, representantes típicos del espíritu clásico y de la disociación ideológica, se sienten amenazados en sus privilegios de clase pensante--como antes las aristocracias históricas por las actividades económicas que tendían á destruir el dominio secular de aquéllas--y lamentan la agonía de un mundo encantado que, como hechura propia, les era tan dulce y favorable; quizá niegan las aptitudes que no poseen y contra las cuales no pueden luchar victoriosamente. En cualquier caso, la condenación implícita ó categórica de la vida moderna y las virtudes necesarias del momento, tan nobles y útiles como lo fueron en el suyo las encomiadas en la «Imitación de Cristo» ó los libros de caballerías, implica en los que la formulan de una ú otra manera, la incapacidad de adaptarse al nuevo ambiente, y es como la dolorida protesta de los que van á morir...
Á pesar de la manifiesta hostilidad de los representantes del intelecto, la Vida, disfrazada con los mil antifaces del deseo y de la necesidad, seguía incubando la formación de la Riqueza, y ésta, á su turno, en secreto, pero tenazmente, modelaba las almas con sus dedos de oro y reunía en una lucha trágica, sin tregua ni término, los inmensos materiales de las grandes civilizaciones. La Riqueza, aunque por modos invisibles á veces, fué y sigue siendo la musa del mundo. El salvaje que descubre los primigenios secretos del fuego y de la simiente, de la industria y la agricultura, y el ingeniero que aplica la química á la agricultura y la industria, obedecen á la misma ley é idéntica inspiración. Estas van más allá de los limitados horizontes de la lucha por la existencia, del interés de los utilitarios y del mismo placer de los epicúreos; arrancan de la noble ambición de conquistar el universo, á que obedecen por naturaleza y secretamente los elementos, las flores, los hombres, las sociedades. La cosa maldita, la cosa vil: la Riqueza, es acumulación y conservación de voluntad, como la ciencia es acumulación y conservación de pensamiento. El poder diabólico del dinero, aborrecible é inexplicable para los moralistas, viene, sin duda, de que es el signo de aquella voluntad preciosa. Por eso delante de él, quieras que no, todo obedece, y hasta los mismos dioses bajan la cerviz y doblan las rodillas. Y por la misma causa seguramente, cuando una clase social como la burguesía, se hace, por instinto, la ejecutora del _deseo de poder_ impuro, pero fecundo, contenido en el Oro, remueve y transforma, como por encanto, la inteligencia, el corazón y el alma del hombre; triplica sus facultades y alientos con el acicate de todos los apetitos; rompe las cadenas feudales, murallas de la China y diques religiosos opuestos á la expansión soberbia de la fuerza humana, y lanza millones de voluntades, antes pasivas y estériles, al rudo y mortal combate... que produce los bienes de la tierra y las magnificiencias de la vida. Espoleada por su calenturiento afán de posesión, que muchos llaman torpe y funesto y que habría que llamar divino, la burguesía, la clase más revolucionaria y por lo mismo la más progresista, perfora ó parte las montañas, que muestran sin dolor la carne viva de sus filones de piedra; ahonda y ensancha el cauce de los ríos; surca el planeta de carreteras pulidas como la plata y venas de hierro por las que corre la rica sangre del mundo, y vivientes alambres, y _líquidos caminos_ de zafiro y esmeralda, llevando por doquier, junto con las mercancías, la competencia y la lucha económica, las ideas, los sentimientos y las esperanzas de los países más remotos. Así se fecundan mútuamente las almas de los pueblos que no se conocen. Es la guerra, pero también es la paz: la burguesía suprime las fronteras y une á los hombres. Nada le resiste. En un periquete destruye las antiguas formas de la producción que, insegura y torpe, arrastra los pies como una vieja centenaria, y á la par de ellas destruye también las relaciones humanas por la producción establecidas en gran parte. Y crea los prodigios de la grande industria, los milagros del maquinismo, el mercado universal, donde, fuerza es confesarlo, todo se vende y todo se compra, sin exceptuar las funciones más conspicuas y venerables, pero donde todos saben también á qué atenerse por conocer el precio de las cosas, sin excluir el precio del desinterés... Nadie pide cotufas en el golfo de los egoísmos humanos, que es mejor admitir y conocer que no disfrazar hipócritamente, pero ello no veda canalizar estos últimos hacia el altruísmo,--que es una forma superior de aquellos--y el bien de las sociedades. Sin embargo, moralistas y sociólogos hay que imputan á la burguesía, entre otros horrendos crímenes, la falta de ideales generosos y el haber reducido los lazos de la familia y las relaciones de los hombres á puras operaciones aritméticas. Falso. Ella ha tenido el magnífico ideal de la abundancia de pechos inagotables; el culto de la vida intensa, desbordante de fuerza y hermosura; la moral de la lucha, que fortifica y ennoblece. No ella, sino la ciencia, la filosofía y la historia han hecho ver la urdimbre de sentimientos interesados que constituyen la trama de la vida. Lo que hizo la burguesía, empujada por fuerzas fatales, fué sustituir la franqueza á la hipocresía, desenmascarar los intereses, libertar los egoísmos, darles libre escape ó juego á los instintos dominadores, los más vitales y sanos en el fondo, para domeñarlos, servirse de ellos sabiamente, como los marinos se sirven de las corrientes y los vientos, y convertirlos en colaboradores sumisos del progreso universal. Gracias á la virtud mágica de esos egoísmos é intereses, condenados con palpable contradicción por los mismos profetas del determinismo económico, desaparecen de la tierra los desiertos hostiles y también los páramos donde reina la Muerte blanca; los atajos ariscos y temerosos, se convierten en carreteras arboladas; las chozas humildes, en palacios suntuosos; las aldeas miserables y somnolientas, en ciudades inmensas como el mar y bullentes como él. Comparándola á otras edades que conocieron los espectros del Hambre, de la Peste y del Terror, la era capitalista transforma la miseria en riqueza, el dolor en alegría, la esclavitud en libertad. Ella ha puesto al alcance de los humildes una gran cantidad de bienes y goces que antes les estaban vedados. Sus mismas imperfecciones y vicios llevan en sí los gérmenes de futuras reivindicaciones sociales. Éstas se producirán á su tiempo y quizá de un modo contrario á lo previsto por los arúspices de la ciencia social: de un modo anti-racionalista y anti-humanitario. La acumulación capitalista produce ya, sin quererlo, la asociación, la cooperación, la repartición de capitales; la lucha de clases, tan maldecida, el vigor de todas ellas y la liberación lenta, pero segura de las explotadas. Pero la burguesía hace más: su gran obra, su obra diabólica, su misión divina, es la de convertir _precisamente_ los sentimientos vagos, los deseos pueriles y las nostalgias enfermizas del idealismo en ambiciones audaces, en voluntad concreta de dominio, en afán de lucro, en fiebre dorada, que se comunica, como el fuego griego é inflama al mundo, engendrando más fuerzas y produciendo más maravillas en sólo un siglo, que pudieron acumular juntas las pasadas generaciones en los siglos restantes.
He ahí su _crimen radioso_, su vergüenza y su gloria.
Y todo ello, no por razones sociales, sino por razones _metafísicas_: por haber escuchado los eternos mandatos de la Divinidad en el alma heroica del Oro.
SIN caer en alambicadas sutilezas ni picar en sofista, podría aseverarse que el tenebroso parentesco de la fuerza y lo divino, existe también entre el Oro y la Fuerza. Como ésta, de quien es legítimo heredero, el Oro inspira el santo horror y la fatal atracción del arcángel desterrado del Paraíso, pero que ha hecho de la tierra su vasto imperio. Las religiones lo maldicen como á Satán trismegisto; los poetas lo execran como al símbolo de la prosa vil; los irrealistas lo aborrecen como á la encarnación perfecta del egoísmo, de la impureza humana; pero las voluntades, servidas á maravilla por un instinto inequívoco, lo desean ardientemente, lo aman con pasión y lo esperan en sueños, como la bella del Bosque durmiente al Príncipe _Charmant_. Es el prometido. Llega, las coge de la mano, dulce ó violento, y las conduce por caminos de rosas ó espinas, lo mismo da. Las bellas obedecen sumisas los caprichos del príncipe terrible y delicioso, y en sus brazos suspiran lánguidas y desfallecen de amor. Él, consciente de su poder diabólico sobre las almas, dicta leyes y éstas son acatadas por los mismos que lo maldicen á sabiendas... y lo adoran y obedecen sin saberlo. En su altanería señoril, no oye los insultos de los vasallos rebeldes: los somete ó anonada sin placer ni dolor, y sigue su camino imperturbable, sonriendo desdeñoso al bien y el mal que causa. Y en esa sonrisa orgullosa y cruel, se reconoce su origen olímpico, su esencia divina.
Parece cosa de encantamiento que la humanidad no haya sospechado nunca la excelsa genealogía del Oro, ni reconocido en su virtud prodigiosa de oponer hechos á la gárrula palabrería de los retores, un signo infalible de la fuerza inmortal. Las entidades metafísicas, huyen medrosas de las realidades vivientes que él crea; las falsificaciones del Espíritu, se desvanecen como fantasmas al contacto de los hechos que, por su fuerza vital, él impone. Él sólo es verídico; él sólo sabe, quiere y puede. Y no es extraño: todas las potencias servidoras de la voluntad de vivir residen en el Oro, ya que, por vías caóticas, por misteriosos medios, por extrañas condensaciones, la inteligencia, las virtudes, los deseos, los egoísmos, las quintas esencias de lo humano, han ido á reducirse y extractarse en las duras y áureas entrañas de la moneda.
SOCIÓLOGOS y economistas loan, sin esfuerzo, la complejísima función social de la moneda ó del billete, que son para la economía del mundo, lo que la palabra para el pensamiento del hombre; reconocen, de buen grado, los beneficios de que las sociedades les son deudoras, entre los cuales podría citar, entre otros mil, el haber hecho evaluables y circulables comercialmente, ó lo que es lo mismo, ligeras y asutiles como los copos de nieve que empuja el viento, las cosas más pesadas é inamovibles de la tierra: los campos, los bosques, los filones de metal; algunos van hasta admitir ciertas analogías no ortodoxas, entre el punto de vista _matemático_ y el punto de vista _pecuniario_, entre la ciencia que, para ser más comunicable se _matematiza_, siguiendo su propia ley, y los bienes materiales que, obedeciendo á los designios secretos de la vida, se _monetizan_ para hacerse más sociables. «El imperio de las matemáticas», dice Tarde, dejándose elevar por las alas leves y enormes de los raptos de la imaginación, ajenos al fastidioso raciocinio de los economistas, «se extiende sin cesar, cada vez más lejos en el mundo del pensamiento como la moneda en el mundo de la acción». Otros, creen descubrir misteriosas similitudes entre la evolución de la fuerza y la evolución de la moneda, entre la mecánica y la economía; pero sólo se trata de parentesco material y epidérmico; nadie sospecha el parentesco divino, digámoslo así, por donde el Oro adquiere, sin embargo, su poder, seducción y misteriosa virtud existente y ordenadora. Porque el amor del Oro, como el instinto de dominación con el cual se confunde á menudo, es una forma sutil del egoísmo, de la vitalidad, de la fuerza, que busca extenderse indefinidamente, estableciendo por doquier su imperio y jerarquías, es que se adueña de todo lo humano y no se satisface jamás. Y la virtud benéfica de aquel calumniado amor, estriba ¡quién lo dijera! en la facultad milagrosa de mantener siempre ansioso el Deseo, satisfaciendo á la par los apetitos que provoca en cada etapa de la vida.
DESDE tales alturas, difícil es desconocer la virtualidad suprema del Oro, ni su influencia decisiva y suma en la historia de las sociedades. Los que lo niegan, no lo conocen, no han penetrado su alma: son los observadores superficiales que sólo perciben las formas contingentes y deleznables de las cosas, sin descubrir jamás con _ojo profundo_, su esencia íntima y eterna. El temor religioso y goce diabólico que embargan la conciencia obscura del avaro ó del miserable á la vista de la moneda, brillante y fascinadora como la mirada de la serpiente, se me antojan sentimientos más robustos, levantados é hijos de una comprensión más _musical_ del símbolo, que el desdén artificioso y obtuso del dinero, puesto de moda un día como signo cierto de espiritualidad y nobleza de alma.
Los torpes materialistas, los espíritus groseros son, á mi entender, los que únicamente aciertan á descubrir una fuerza impura en la que, en realidad, es el _substratum_ de la voluntad humana. Contempladlo larga y religiosamente. Ese diminuto redondel de rubio metal, que fué en ciertos pueblos cuchillo ó cimitarra, como la _zapeca_ china, antes de perder la hoja mortífera y convertirse en moneda--hermoso símbolo de su excelsa alcurnia,--_es el habitáculo misterioso de la voluntad de dominación de los hombres y los pueblos_. Todas las virtualidades de la raza, han ido á extractarse en su audaz corazón. Actos heroicos y vilezas, castidad y lujuria, penas y goces, realidad y poesía, desencanto é ilusión: la vida social, en fin, está contenida en el disco brillante y prodigioso, y por medio de él se transmite de unas á otras generaciones, como la vida fisiológica humana está contenida en el licor precioso, que transmite de unos á otros hombres la herencia de todas las edades.
¡Vida y Oro se reproducen y se heredan!
Esta sugerente similitud permitiría afirmar al menos dotado de imaginación metafísica, que la herencia económica es, bien considerada, una especie de prolongación de la herencia fisiológica, lo cual serviría para defender la Riqueza de los ataques furibundos de la crítica marxista y del anarquismo. Y, en efecto, no se comprende bien, después de lo asentado más arriba, por qué, si es legítimo heredar una neurosis ó una dispepsia, hijas de la disipación paterna, no es legítimo heredar una fortuna... producto de la paterna previsión y economía... En cualquier caso, el Dinero participa de la inmortalidad del plasma germinativo: el deseo eterno y la imperecedera esperanza se reproducen y heredan por medio de él; y es al propio tiempo la cosa viva y espiritual por excelencia, ya que añade á la virtuosidad presente y sin fin, la virtualidad extractada del pasado infinito. De ahí que represente, antes de todo y por encima de todo, valor moral. En medio del escepticismo regalado y licencioso de las clases afinadas por la cultura, y el grosero descreimiento de las masas, libertadas de todos los frenos, él, como un dios único, benigno y todo poderoso, mantiene firmes las voluntades é impide la corrupción general. Lo que no pueden hacer ya las religiones ni las morales con sus aventados preceptos y dogmas, lo hace él, descubriendo á los ojos ávidos de las muchedumbres, no fementidos paraísos, mas los goces, los placeres, los bienes reales de la vida. Es por conquistarlos en rudas batallas, que el hombre se disciplina metódicamente, doma sus ímpetus bárbaros, obedece á la ley, exalta sus facultades, tiende sus nervios, piensa, obra y sueña. El labrador, que lucha á brazo partido con la fatalidad; el banquero, á quien mil _combinaciones_ impiden dormir en su lecho de plumas; el inventor, que enloquece á fuerza de pensar, y el millonario, que prefiere los cuidados é incertidumbres de la especulación á la renta tranquila y segura, dejarían de ser, dejarían de obrar, dejarían de vivir, convirtiéndose en corchos muertos y podridos sobre las ondas, si Mammon no les pusiera en el alma una pimienta fuerte, el grano de sal divina que enardece la voluntad y da el gusto de la aventura y la conquista. ¡El Dinero! Su acción estimulante sobre las conciencias impide que el mundo caiga en letargo mortal. De varios modos, con mil alicientes y encantados espejismos, él crea y premia las aptitudes que la vida moderna reclama y sin las cuales perecerían las sociedades. Mirándolo, sin injustas prevenciones, él, el corruptor, es una gimnasia para los músculos y una disciplina moral. El gran pecado es no amarlo con bastante ardor; pero si se ama ardientemente, purifica y enseña á vencer. Esa es la razón de que el nieto de Themis, la cual que junto á Zeus vela por el orden del universo, tenga más adoradores que todos los dioses juntos. En las Bolsas, sus templos colosales, se enfervorizan los ánimos abatidos y golpean el pecho los pecadores. Fuerza, ayuda y consuelo se le piden al dios resplandeciente como Apolo y taumaturgo como Dionisos. Su lengua es universal; su religión pasa por encima de fronteras, desiertos y mares, estimulando por doquiera las energías creadoras, los egoísmos acaparadores, las ambiciones combativas, los deseos, las esperanzas y también los intereses sórdidos, que por su misma crudeza se convierten en altruísmo. Son las virtudes que gozan de gran predicamento en la corte del dios blondo, y ellas deciden del triunfo.
Hasta los pensadores ofuscados por el prejuicio espiritualista, lo confiesan: las fuerzas productoras priman sobre todas las otras y tienen influencia decisiva en los destinos de los pueblos por ser, sin duda, las formas más universales del instinto de dominación, correlativo de la vitalidad. Es un hecho contra el cual se estrellan, como las olas contra el enhiesto peñón, las airadas y espumosas declamaciones del púlpito y la tribuna. No cabe dudar. La superioridad de un pueblo se concretaba antaño en el ejército; éste era algo así como el _substratum_ de las virtudes y excelencias nacionales: hoy lo es la Riqueza. Sin ella ni universidades, ni industrias, ni escuadras, ni fuerza, ni hermosura. Sus altas y bajas determinan las mareas sociales. Un descubrimiento industrial, un cambio en la forma de la producción, la oscilación de los mercados, tienen más hondas y dilatadas repercusiones en el mundo, que las ideas ó sucesos, al parecer, más culminantes y transcendentes. Esto sin contar que la historia entera, sin excluir la del pensamiento, puede considerarse, en general, como el producto de la lucha de clases, determinada por la evolución del factor económico. Y como de ésta deriva todo en las sociedades, como de la diosa del duro corazón pende todo en el universo, no es mucho que el Poder abandone los tronos y castillos y siente sus reales en los despachos de los banqueros, en las _usinas_ y los mostradores. De esta suerte el Oro se democratiza, porque liberta á los esclavos que obtienen sus favores, y establece la única igualdad positiva. Á la vez se ennoblece y, por decirlo todo, la única aristocracia real es la suya: las otras, son aristocracias convencionales, que viven de prestado y á la sombra protectora de la verdadera Majestad.
POR tantas y tan profundas razones, como brinde á una el laurel y la corona de rosas, franca ó hipócritamente, los pueblos se preparan para la conquista del vellocino de oro, que ya Jasón fué á buscar á la remota Cólquida y Colón á la soñada Cipango. Las actividades, aun las señoriles y desinteresadas, si se escudriña un poco, verase que se dirigen á la riqueza y por ella se aperciben y acicalan para la lucha. Talento, belleza, valor son, si bien se mira, filones auríferos explotables y que se explotan. Por tal arte, el dinero viene á ser el principio activo de la conducta, y las aptitudes más preciadas, las que su culto viril desarrolla. Implícitamente lo afirman educación é instrucción, cuando se proponen sistemáticamente _armar hombres para la vida_, para la lucha económica, en la cual, de buen ó mal grado, toman parte todas las voluntades. La Vida es actualmente la gran revolucionaria. El respeto sagrado de ella, aprendido en los laboratorios, pasa á la filosofía, con Nietzsche, Guyau y Bergson; á las religiones, con el pragmatismo; á la moral, con la vida intensa; á la política, con el imperialismo económico, y se traduce en las costumbres, con la moda y privanza de los deportes atléticos y juegos olímpicos. El arte mismo pierde la hierática impasibilidad y deja repercutir en su lírico corazón las pulsaciones rítmicas del corazón del mundo. Los manifiestos literarios de las nuevas generaciones de poetas, que pregonan en Francia la vuelta al paganismo y las virtudes de Zaratustra, ó glorifican en Italia el peligro, el hábito de la energía, la temeridad no parece sino que fueran una especie de Declaración altisonante de los derechos estéticos de la Fuerza y la Vida. «Todo lirismo es un arranque, luego una fuerza», dicen unos; «no hay belleza sino en la lucha, ni obra maestra sin un carácter agresivo» claman otros. Y templando ardorosos las liras de siete cuerdas, una para cada pecado capital, le arrojan el guante á los astros y se aprestan á cantar: la guerra, higiene del mundo, el gesto destructor de los anarquistas, el salto peligroso, el golpe de puño y el desprecio de la inmovilidad pensativa, el moralismo y lo femenino.
Y he aquí como el amor fatal de la lucha y de fuerza, mantenido cuidadosamente por el Oro en los corazones á hurto de la religión y la filosofía, se legitima, se ennoblece, se hermosea y transforma en religión universal.