Part 6
Todas las instituciones é industrias humanas pasaron por largos cautiverios y terribles pruebas, antes de enseñorearse del mundo. Basta observar las múltiples metamorfosis, penurias y malandanzas del más humilde arte, comercio ó práctica añeja, para percatarse de las infinitas depuraciones que sufren las cosas en los hornos de la alquimia social, antes de merecer la aprobación solemne de la Vida. Pero el martirologio de la Riqueza, desde el pobre capital inventivo del _homo Mousteriensis Hauveri_, hasta el acumulado en su castillo de las «Mil y una noches» por el mago de Menlo Park; las torturas de la Finanza, desde los morosos cambios de armas, especias, maderas olorosas y productos raros de países remotos, hasta las vertiginosas operaciones bursátiles actuales; desde las sitibundas caravanas de camellos que ponían en contacto, tal cual vez, á los pueblos comerciantes, hasta las serpientes de metal y monstruos marinos que ponen en circulación las mercancías de las ciudades y aldeas, y por medio del tráfico las une á todas entre sí más íntima y estrechamente que pudieron hacerlo la sangre ó la religión, no tiene igual. La historia de Mammon es la más aventurera y dramática de la historia de los dioses. Las maldiciones divinas y los anatemas humanos, llovieron sobre él. Crueles flagelos ensangrentaron sus robustos lomos de palestrista. Sus devotos fueron en toda la redondez de la tierra perseguidos, execrados ó expoliados siempre como representantes típicos del egoísmo y enemigos natos de la fraternidad. Y en el fondo, los sacerdotes y ascetas ocupados en la gran falsificación idealista, no se equivocaban: navegantes osados, astutos mercaderes, usureros voraces poseían los secretos del lucro, de la dominación y tendían, como los grandes capitanes por medio de las armas ó los sofistas por medio del discurso, á acaparar y oprimir. Los peligros de los mares ignotos, los azares de las rutas inciertas y temerosas, las luchas del comercio les afinaba la inteligencia y el sentido de lo real, robustecía los músculos en mil peliagudas gimnasias y hacía de ellos concurrentes temibles, y como tales, odiosos. Eran como los fermentos del mal en la levadura del pan eucarístico; los depositarios vulgares de la _fuerza interior_, que según Ferrero, «obra continuamente en las disposiciones intelectuales y morales de los hombres», y los obliga en cada época á crear nuevas riquezas é ideas, y á destruir los estrechos casilleros de las viejas costumbres, en que no encajan ya, ni sus apetitos ni sus ambiciones. Esa fuerza interior misteriosa, que otros nombraron antes, sin conocer su esencia ni explicarse su papel, fluido divino, voluntad, instinto vital, lo inconsciente, formas y derivaciones, en suma, más ó menos complejas y sutiles de lo que los modernos mecanistas llamarían acaso la energía, es la que se concentra en el Oro, aunque no se den cata de ello Marx y Engels al hacer de las luchas económicas el principio generador de la historia...
Con aquellos mercaderes, entraban y se hacían cada vez más preponderantes en las colmenas humanas, las substancias explosivas de las revoluciones sociales: las ambiciones de gozo, lujo y dominación, que Tito Livio, el viejo Horacio y Séneca en Roma, como antes en Grecia Theognis, Aristófanes y Platón tuvieron y condenaron por corruptoras, puesto que destruían los usos y sentimientos consagrados por innúmeras generaciones; pero que el mundo moderno, necesitado de actividades productoras y constante transformación, se inclina á considerar, en conjunto, como elementos generadores de progreso, á causa, precisamente, de que despiertan los apetitos dormidos, espolean las energías y son venero de producción de riquezas y renovaciones saludables, sin lo cual, es cosa sabida, que las sociedades consumen sus ahorros y declinan fatalmente.
LAS virtudes tradicionales de los pueblos pobres y austeros, virtudes destinadas á flaquear como la inocencia paradisiaca de nuestros primeros padres al pie del Árbol del saber, no habían terminado su cometido y tenían algo que pergeñar aún, cuando los factores económicos hicieron su irrupción bárbara y empezaron á modelar á su antojo y abiertamente las sociedades. En secreto lo habían hecho siempre, porque siempre los hombres riñeron por un trozo de _pescado crudo_, cocido ó en salsa. Pero los antiguos no podían reconocer de buen talante el advenimiento oficial de Pluto, del dios revolucionario, que amenazaba destruir las instituciones civiles y religiosas, y á la par de ellas, los privilegios de las aristocracias seculares. Era «el vencedor, cubierto de sangre y que arrastra en su cortejo triunfal, un rebaño de vencidos y esclavos, encadenados á su carro de guerra.» Llegaba produciendo mil cataclismos y desquiciándolo todo: destruía las viejas jerarquías, libertaba á los esclavos, ennoblecía á los plebeyos, envilecía á los nobles y daba pábulo á mil actividades desconocidas, á mil costumbres nuevas y á una nueva mentalidad. No hay sino considerar las reformas de Solón y Servius, para darse cuenta de la magnitud de las revoluciones sociales que siguieron á la aparición del dinero como Majestad en Grecia é Italia, cinco ó seis siglos antes de nuestra era. Aun resuenan, repercutiendo de edad en edad, los lamentos é invectivas de los poetas contra la _confusión de razas_ que traía consigo las bodas de los nobles arruinados con las plebeyas adineradas. Entonces, como en la magnífica corte del Rey Sol, como ahora, hubiérase podido repetir en ciertas ocasiones la graciosa y cínica frase de madame de Grignan disculpando á su hijo de haberse casado con la rica heredera de un _fermier_: «las mejores tierras necesitan, de tiempo en tiempo, un poco de abono». La riqueza empezaba á conferir los rangos y las dignidades en la sociedad y hasta en el ejército, como antes la religión y la sangre. Un personaje de Eurípides, á quien le preguntan de qué origen es cierto sujeto, contesta: «Rico, son los nobles de hoy». Y lo eran de fijo, los plutócratas que sabían enriquecer las ciudades con el comercio y defender las riquezas en los campos de batalla; lo cual no fué parte á impedir que los Polibios y Cicerones lamentasen acerbamente la relajación de los lazos sociales, la perversión de las costumbres, el lujo, la molicie, la gula, la avaricia, y, más tarde, las sangrientas luchas, terminadas á veces por terribles hecatombes y degollinas, entre señores y esclavos, patricios y plebeyos, ricos y pobres, en fin, con que se inicia el reinado del dios que había de ser luego tan amante de la paz. Séneca, moralista estoico, no exento, sin embargo, de concupiscencia ni codicia, clamaba airado: «Es el dinero que revoluciona los _forums_, que precipita las turbas hacia los tribunales, que arma á los hijos contra sus mayores y fabrica los venenos; por él los reyes roban, matan y, á fin de descubrirlo entre las ruinas, destruyen ciudades que largos siglos de esfuerzo levantaran».
Resistiendo á su influjo, en apariencia funesto, aun sin traer á colación los horrores de la guerra, pues que destruía las augustas construcciones religioso-militares, los moralistas defendían el patrimonio social, la civilización propia contra las invasiones de los bárbaros que pretendían imponer la suya. Por razones fáciles de comprender, sólo percibían los miasmas deletéreos que la riqueza produce al estancarse y que es como el exceso del bien, semejante, en cierto modo, á los excesos no menos malsanos de la cultura, la moralidad ó del arte. La economía política y la ciencia social estaban por nacer, y la severa Clio en pañales no había descubierto todavía los genios que presiden el misterioso trabajo de las civilizaciones, ni las leyes que rigen la producción y el cambio de las riquezas, verdaderos sístoles y diástoles del corazón del mundo. Á esto será bien agregar, que el hijo de Jasión y la blonda Demeter, «engendrado en una tierra tres veces labrada», no producía entonces, como ahora, el desarrollo de tantas actividades benéficas. Las hechuras de Pluto, las ambiciones voraces, aparecían como contrarias al orden social establecido y la tranquilidad de las clases dirigentes; las voluntades que, endurecidas y afiladas en el comercio y la industria, iban derechas á dominar, incomodaban y constituían una amenaza, un peligro: no eran fraternales, traían la discordia, la guerra y contrariaban la obra pacificadora y enervante de la civilización, quintaesenciada en los preceptos galanos que, plácidamente, caminando por prados floridos, caían de la boca de los maestros y recogían, ávidos de amoroso saber, efebos gráciles y desnudos.
CONSIDERÁNDOLO atentamente, ocurre preguntarse si quizá el odio á la Fuerza invencible y su heredero el Oro, en que rematan las religiones, filosofías y morales después de Platón, á quien tan duras invectivas le merecieron las clases adineradas, no es el síntoma típico, aunque inadvertido para el poeta de «Zaratustra», de la reacción de los débiles contra los fuertes, dictada por la urgentísima necesidad, de que nos da señales inequívocas la doctrina cristiana, de atenuar la virulencia del egoísmo nativo y corregir los abusos naturales, pero anti-sociales de los poderosos, á fin de hacer posible la vida común y la santidad de la existencia.
El amor de la riqueza, la Riqueza en sí, es la objetivación condensada y cabal del egoísmo, hostil al renunciamiento, á la generosidad inútil, á los ideales humanitarios; hostil á lo que no sea el interés genuino y vital de las criaturas. Esto explica de sobra los males que causa y su condenación por los santos varones, sobre cuyas testas sin fiebres y que ignoran la razón fisiológica de los fenómenos sociales, desciende majestuosamente, como sobre Parsifal, la blanca paloma del espíritu de Dios, cuando el _hombre simple_, por un prodigio de la fe, hace resplandecer de nuevo la sangre de Cristo en el vaso sagrado del Graal. Pero el egoísmo, por otra parte, es la fuerza, el nervio, el jugo de la voluntad; es, en cierto modo, la _virtud humana_, lo cual explica, no menos cumplidamente, su triunfo en el mundo y rehabilitación por los fervientes de la Vida y la moral del esfuerzo triunfante y creador. Mas esto atañe á los sociólogos de novísimo cuño, excitadores y organizadores de los egoísmos desvirtuados por las dulzuras de la civilización, no á los moralistas de vieja cepa, de industria adormecedores, cuando no destructores de aquellos egoísmos, como cumplía, hasta cierto punto, en las épocas en que el animal humano era demasiado bravío y acometedor.
La obra del cristianismo, como antes la del budismo en la India, fué amansarlo, introduciendo en el tumultuoso corazón de la bestia el desinterés y la piedad. Y en efecto: la antipatía hacia las voluntades sobrado dominadoras se acerba, acrecienta y desborda como un río que recibe copiosos é inauditos afluentes, después que Jesús enseña el estrangulamiento del deseo y el horror de los bienes terrenales. «Vosotros no podéis amar al mismo tiempo á Dios y á Mammon», dice en el «Sermón de la Montaña», y tal repiten contritos, apóstoles, frailes descalzos y doctores de la Iglesia en la larga noche medioeval, noche de pesadillas tenebrosas y macabras, de visiones terríficas, fugaces luminosidades de fuegos fátuos y perennes sombras, cuyo misterio aumentan el murmullo de las plegarias y los gemidos dolientes al pie del confesonario. Diríase que, llenando de horrores y pavuras la existencia, iban á descepar del alma el sentimiento de las realidades y el apego de todo bien. Dios y Mammon no cabían en el mismo plato. Uno era la negación, el otro la afirmación del mundo que urgía destruir como hechura del demonio.
_La mala conciencia_, como un murciélago fatídico, revolotea en tomo de las almas. «Época exquisita y dolorosa para los artistas», asegura Huysmans, un fino conocedor de la voluptuosidad del pecado y del cilicio. Se vive en una pura y angustiosa zozobra, con los ojos vueltos hacia las soledades del cielo, y las flacas y pálidas manos se juntan unánimes en demanda de perdón. El goce, el amor, la vida, y, particularmente, el Oro, en el que se resumen todas las concupiscencias, son engendros satánicos. Ansias locas de purificarse y morir, agitan los pechos hundidos por la devoción y las penitencias. Y así, como esos lirios que brotan en las sepulturas, nacen en las conciencias atormentadas, el desdén de las realidades, el desprecio de los bienes positivos y la economía celeste, que sólo regula las relaciones místicas de las criaturas con el Todopoderoso sin curarse de nada más. ¿Para qué? Lo importante es la salvación de las almas: el resto, es asunto de poca monta. Las sociedades hambrientas se nutrirán como los pájaros, «que no siembran ni recogen», de lo que Dios les dé. El estado ideal será la pereza noble, la mendicidad santa, la ausencia de todo deseo egoístico y de todo apetito carnal, bien que á veces, apurados por necesidades terrenas y fatalidades fisiológicas, papas ávidos y concupiscentes, como los del siglo VI; ambiciosos patriarcas, como los de Alejandría, y caballeros andantes, como los templarios, se dieran en cuerpo y alma á la conquista de la riqueza y al demonio de la dominación. Papado, guerras religiosas, política eclesiástica y los concilios, que se transforman en campos de batalla de los ardores menos mansos y evangélicos, muestran la flagrante contradicción de la metafísica cristiana y las necesidades de la existencia. Sólo transando y deformándose mútuamente, han podido vivir codeándose durante el largo período que empieza con la revolución mística del cristianismo contra el materialismo pagano y concluye impensadamente con la revolución materialista de los proletarios contra todas las teodiceas, éticas é ideologías. Ayer las miradas y las aspiraciones, atravesando la pupila ojival, iban al cielo como las góticas flechas de las catedrales; hoy la humanidad, anemiada por los ayunos y penitencias y deseosa de retemplar su ánimo con la alegría de vivir, vuelve los apagados ojos hacia la tierra fecunda que produce las flores aromadas y el rubio trigo, ¡Dramático contraste! Él explica lo que va del Dios ciego y ventrudo, satirizado por Aristófanes y Luciano en sendos poemas, al magnífico Pluto de Goethe, cuyo carro triunfal conduce la «Prodigalidad», la Poesía; lo que va del bonete irrisorio del judío, escarnecido y confinado en la prisión del _Ghetto_, como una alimaña vil ó sanguijuela chupadora de la sangre noble, á la corona de oro macizo de los reyes yanquis, que tiran millones al viento con el majestuoso ademán del sembrador lanzando la simiente, y hacen brotar ciudades y vergeles en los desiertos áridos; lo que va de Shylok y Harpagón á Morgan y Carnegie; lo que va, en fin, de la sociedad de mendigos de San Juan Crisóstomo, el amor de la Pobreza del serafín de Asís y la vida penitente de los anacoretas y ermitaños al determinismo económico, las doctrinas nietzequianas y la religión de la Vida.
AUNQUE en realidad fuera el primer incentivo del deseo, teóricamente el Oro es la cosa maldita. Durante luengos siglos el desprecio de los bienes terrenales, que apunta en las viejas religiones, exceptuando las que florecieron con los olivos de Grecia, informa los morales idealistas, pasa al arte, á la literatura, á todo lo que toca á la inteligencia y el alma, y se dirige francamente contra lo más impuro y terrenal, por ser, sin duda, la materialización de los deseos, pasiones é instintos más intrinsecamente humanos. Sí; teóricamente el dinero es la cosa maldita. Especular, enriquecerse, son invenciones de Mara, según los discípulos de Buda; invenciones de Satán, para los cristianos: un pacto con el demonio, para todas las criaturas humildes y temerosas de Dios. Como la Fuerza, es el Oro el enemigo del Amor. «Saldrá de la obscura tierra una cosa que pondrá á toda la especie humana en peligro de muerte; que inspirará infinitas traiciones, robos y perfidias, arrebatándole la libertad á las ciudades y la vida á los individuos. ¡Cuánto mejor no sería que volvieras al infierno, oro, monstruoso elemento!» clama el gran Leonardo con el ciego furor de un apóstol de la pobreza, él, que en plena obscuridad, tuvo tan luminosos atisbos y fué sabedor de tantas cosas. Y como él, nadie barrunta las fuerzas maravillosas que duermen en el corazón del dios ciego como Eros, esperando la voz taumaturga que le ordene producir los modernos milagros. El desinterés de los filósofos y sacerdotes de la falsificación idealista, corre parejas con el inflamado ascetismo de los monjes que, por pura penitencia y mortificación de la carne, se emparedan, viviendo entre inmundicias de la limosna pública, déjanse desecar los miembros ó comer por los piojos, los gusanos y la mugre. Vivir en el desprecio del mundo es el pináculo de la sabiduría; desdeñar las riquezas y las actividades renumeradoras, es vivir filosóficamente. Hasta muy entrada la edad moderna, el púlpito, la cátedra, el libro vomitan airados las más rotundas invectivas contra la sed de lucro y las ambiciones interesadas. El dinero no pierde su olorcillo de azufre. Poetas parásitos de los grandes señores; hidalgos orgullosos y famélicos; los inútiles de todas las profesiones y los incapaces del largo y paciente esfuerzo que exigen los favores de la Riqueza, la insultan y escarnecen llenos del secreto rencor de los amantes desdeñados. Y la sempiterna incomprensión de la engolletada y casquivana Literatura, llega hasta nuestros días con la maldición de Alberich, á pesar de tener delante las maravillas realizadas por la virtud del Oro, entre las que podrían contarse, aunque inacabadas, la paz del mundo y la unión del género humano.
Los míseros vástagos de Bucaret, Harpagón y Mercadet pululan en las piezas de teatro y novelas contemporáneas, y, sobre todo, en la producción literaria francesa, como correspondía, por legítimo é indiscutible derecho, al pueblo más idealista, razonante y amoroso de la pluma caballeresca de Enrique IV y del penacho fantasioso de Cyrano de Bergerac. «Las pequeñas fortunas se hacen de vilezas, las grandes de infamias», decía en serio el admirable Becque. Afirmaciones semejantes, y aun más subidas de punto, son el pan cotidiano entre las gentes de letras. Á creerlos, todo comercio sería una maniobra obscura y vil; todo hombre de negocios, un truhán vendedor de negros, como el respetable personaje de «La Petite Noémi». Es cosa admitida que, «on ne devient riche sans se salir un peu», y que, como quiere Bloy, «el Dinero es la sangre del Pobre». Huysmans, otro monje iracundo, pretende que es un elemento misterioso, cuyo poder sobre las almas no puede explicarse sino atribuyéndole una naturaleza diabólica. Y en esta católica concepción se complacen, no sólo los poetas, mas los filósofos como Finot, que compara los halagos de la riqueza, que no satisfacen jamás, á las caricias glaciales del diablo, cuyos besos, según confesión de las embrujadas, hielan de espanto.
LOS adobes y afeites de la literatura, le prestan empaque mefistofélico al rostro simple y bonachón del comerciante, y hacen de éste, que tiene más de Sancho que de Borgia, la antítesis de las virtudes cristianas, la encarnación de los apetitos groseros, el espíritu del mal. Sin embargo, los viles mercaderes permanecen sujetos aún á las reglas y cadenas morales de que alegremente se libertaron ha tiempo los artistas. Á muchos les sorprende, sin duda, que los reyes de la Bolsa no traspasen ostias sagradas haciendo cabalisticos signos, ni sacrifiquen tiernos infantes los viernes santos, como sus congéneres los perros judíos de antaño, perseguidos en todos los países, robados, sacrificados por millares y quemados en todas las hogueras, más que por herejes, por conocer los secretos del lucro, su gran hechicería.
Los curiosos é infantiles personajes de «Les Effrontés», «Les Corbeaux», «Les affaires sont les affaires», y «L'argent» enseñan que el patrón literario del financista no ha variado desde Shakespeare, Molière, Le Sage y Balzac á Augier, Becque, Fabre y Mirbeaux. Es un ejemplo, digno de rugar las frentes pensativas, de la extraordinaria ininteligencia de los retores para comprender y aquilatar la fuerza y hermosura del último símbolo. Bien es verdad que el literato, fuera del mundo de la ficción, es un hombre incomprensivo y estúpido. Diríase que, á fuerza de vivir con el oído atento á las misteriosas campanas de la Ys interior, hubiera perdido la facultad de entender los himnos gozosos de las realidades, que pasan como una teoría de sonrientes vírgenes, cargadas de frutos y coronadas de flores. Esta inferioridad, esta ineptitud conmovedora, pica en grotesca cuando se trata, no de filósofos ajenos á los vanos ruidos del mundo ó de poetas embebecidos en sus encantadas imaginaciones, sino de moralistas de teatro, mundanos y escépticos; que comprenden y disculpan las flaquezas humanas, sonríen benévolos á la voluptuosidad y al vicio y sólo se vuelven intratables al juzgar los pecados austeros de los adoradores de Pluto. Tal el amable Capus, que cito precisamente, por no tener nada de un severo moralista, ni ser un sistemático detractor de los _vientres dorados_, como el obtuso y pueril Fabre. Su comedia «Les Deux Hommes», nos muestra para condenar á una y enaltecer la otra, la oposición de dos morales: la del delicado Delange, quien á causa de su temperamento poco heroico, en verdad, gusto del pasado y educación caballeresca, se siente vencido antes de luchar, y espera noble y elegantemente que los _apaches_ vengan á arrancarle los últimos _sous_ que le quedan; y la del _arrivista_ Champlin, sujeto vulgar, envilecido, como no podía menos de ser, según el prejuicio literario por la sed de riquezas, lujo y goces materiales. Y bien, hablando con franqueza y lealtad, Delange, el noble Delange, el personaje simpático de la pieza, pertenece á aquella dilatada estirpe de idealistas imbéciles que otro idealista de más enjundia y garra, Barrès, aconseja enviar al matadero. Es precisamente lo que hacen los hados cuando el sibarita decide, en un viril arranque, bajar á la arena, lanzarse á la lucha, _envilecerse_ en la Bolsa. Parece resuelto á ser un hombre terrible. Sin tomarse otro trabajo que el de seguir las indicaciones de un mal consejero, interesado en arruinarlo, el buen Delange hace una jugada infeliz y pierde, como era lógico, obrando con tan poco seso, lo que le resta de su menguado peculio. Y basta, ya ha hecho todo lo que había que hacer para ablandar la esquiva suerte; ya ha dado la medida de sus fuerzas y toma una actitud resignada para morir. Como se ve, la odisea de su energía no es muy famosa. Champlin es harina de otro costal. Se agita, sufre, lucha; quiere vivir, vencer, gozar y, como el doctor Fausto, «ver á sus pies la nave rota y hundida». Á pesar de todo, no es tan bajo ni ruin como parece. La ganga de sus sentimientos groseros, contiene las partículas de oro de una ambición generosa y audaz. Corregido de sus vicios, la humanidad podría esperar algo de él. Su egoísmo puede ser fecundo. El desinterés de Delange será siempre estéril. Harta razón tiene Champlin cuando le dice al que, entre paréntesis, pretende arrebatarle, no la bolsa, sino la mujer lo cual, á lo que parece, es más lícito y noble: «Con vuestras ideas no se trabaja, no se obra, no se funda nada, no se crea nada; sólo se llega á ser un inútil y un egoísta». Bien dicho. Sin embargo, después de esta inusitada vislumbre, el autor rinde parias nuevamente al prejuicio literario y al sentimentalismo del público. La pieza termina así: «Champlin será rico: ¡pobre muchacho!» Por donde se colige que la riqueza es una especie de maldición.