La Muerte Del Cisne

Part 5

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La cuestión social que actualmente nos atribula, se resolverá como todas las otras: por el dominio de los fuertes sobre los débiles. El comunismo evangélico, soñado por ciertas órdenes religiosas y que ha tenido sus últimos destellos en el misticismo anárquico de Tolstoy; la Edad de oro de los utopistas del siglo XVIII y la _Federación universal_ de los libertarios modernos; los ideales colectivos, por decirlo todo, punto extremo de la Economía que pretende organizar la sociedad, vale decir la producción, científicamente, es muy posible y aun probable que puedan arraigar en la áspera corteza del globo. Mas ello no será porque los consabidos ideales sean justos, según nuestra universitaria justicia; no por las razones sentimentales que á todos nos impulsan á revelarnos contra lo que el instinto social, desarrollado por el influjo del ambiente humano á expensas del egoísmo nativo, llama iniquidades sociales, vías ocultas acaso de una justicia suprema; sino porque la evolución económica llega á un punto culminante y preciso en que «la producción colectiva reclama la repartición colectiva», y, sobre todo, porque siendo las necesidades pecuniarias las primeras que hoy es necesario satisfacer para vivir tanto material como moralmente, fuerza es que arrastren mayor número de almas y tengan más grande influjo sobre las sociedades que el aristocratismo idealista, cuyos principios eficientes, cuasi místicos, no pueden ser impulsores sino de las naturalezas muy cultivadas y finas. Y he aquí otra prueba palpable de la relatividad y miseria de las presuntuosas verdades salidas de la testa del hombre. Una simple modificación de las circunstancias ambientes, vuelve las tornas de los valores humanos: las cualidades excelsas truécanse en causa de inferioridad y los ineptos de ayer se convierten en los aptos de hoy.

No; la sociedad no ha sido nunca ni será en el porvenir la obra santa del Bien, de la Justicia ni del Derecho, sino el engendro diabólico del instinto vital dominante, ó como quiere Marx, el producto de la lucha de clases, engendrada, según él, por la evolución de los intereses y que determina, por añadidura, el proceso de la historia entera. Es la parte cierta, salvo ligeras restricciones, del socialismo científico ó criticista, que muy poco tiene que ver con las utopías sentimentales de Rousseau, del cura Meslier y de los ideólogos, ni con las componendas burocráticas y fiscales ó _utopías de los cretinos_, ni con otras formas pueriles del _socialismo vulgaris_ de que nos habla el docto Labriola. Muy acertadamente dice Marx: «El modo de producción de la existencia material, determina generalmente el _processus_ social, político é intelectual de la vida. No es la conciencia del hombre lo que determina su manera de ser, sino, al contrario, su manera de ser social, lo que determina su conciencia. El cuerpo creador se crea el espíritu como una mano de su voluntad», diría Zaratustra. «La producción primero, agrega por su parte Engels, y en seguida el cambio de los productos, forman la base de todo orden social. Esos dos factores determinan, en cualquier sociedad dada, la distribución de las riquezas y, por consiguiente, la formación y las jerarquías de las clases que las componen. Esto sentado, si queremos encontrar las causas determinantes de tal ó cual metamorfosis ó revolución social, será preciso buscarlas, no en la cabeza de los hombres, ni en su conocimiento superior de la verdad y la justicia eternas, sino en las metamorfosis del modo de producción y de cambio, en una palabra, no en la filosofía, sino en la economía de la época estudiada.»

Estos razonamientos pedestres son la antítesis del vértigo de las alturas, agria voluptuosidad de las excursiones metafísicas, pero producen la reconfortante impresión de la tierra firme después de un largo viaje marino ó una ascensión aerostática. Por fin los fenómenos sociales pueden explicarse positivamente, sin echar mano de sutiles recursos: son las apariencias, las superestructuras de la evolución económica, la cual provoca la formación y la lucha de clases y ésta, á su vez, la enmarañada urdimbre de la historia. La ineficacia de las disciplinas idealistas en los sucesos del mundo, que tan hondos lamentos arrancó á Renán, queda explicada claramente. El modo de producción y de cambio, sometiendo á su influjo plasmante las manifestaciones todas de la vida social, crea el bien, la justicia y el derecho de cada época, que no son otra cosa, en último término, que «la expresión autoritaria de los intereses que han triunfado», y dicta las relaciones de los hombres que sólo son, en substancia, «relaciones de producción, correspondientes á un período dado del desenvolvimiento de sus fuerzas productivas».

Aun no ha llegado el momento, ni llegará acaso nunca por falta de documentación histórica precisa, de explicar, por medio del determinismo económico, los mitos, las religiones, las morales como ha intentado hacerlo incauta y puerilmente Lafargue. Mas ciertos hechos indiscutibles, aducidos con grande copia de comentarios por la escuela marxista, y la observación, constatada, en general, de que las efervescencias y revoluciones humanas obedecen, en el fondo, á causas económicas visibles ú ocultas, legitiman las pretensiones del materialismo histórico y permiten interpretar, en conjunto, una gran parte del pasado. Y si bien se considera, hasta los más ayunos de doctrina, pueden comprender, con un poco de buena voluntad, que siendo las necesidades materiales las más hondas y urgentes, debieron de inspirar en todo tiempo las metafísicas, retóricas y reglas de conducta favorables á su satisfacción; y que siendo el espíritu así como la sombra del cuerpo ó de la necesidad, las estructuras sociales se explican más acabadamente por la economía de cada época que por sus engañosos espejismos mentales.

Antaño podían abrigarse dudas sobre la veracidad de tal afirmación, que á muchos ingenios, y no de los más romos, hubiera parecido descabellada: hoy no cabe hacerlo. El trabajo formidable y fatal de los fermentos económicos se ha hecho visible en la edad moderna, cuya morfología empezamos á conocer íntimamente, sin que nublen los ojos veladuras idealistas ni misterios divinos. La transformación completa de las sociedades por la manufactura comercial, la grande industria y el capitalismo, no dejan al respecto ni asomos de dudas. Más que _espíritu_ precipitado parece el mundo condensación de egoísmo. En el Manifiesto Comunista, y, sobre todo, en las luengas páginas del Capital, admirables de análisis y lógica, muestra, con muy concertadas razones, el pontífice del socialismo científico, cómo los nuevos modos de producción y las fuerzas expansivas del comercio rompieron las servidumbres, privilegios y relaciones patriarcales del mundo feudal para dar origen al reino de la finanza y la grande industria, y cómo el agrupamiento de obreros en las usinas y talleres para colaborar en el mismo producto, ó en otras palabras, cómo la producción colectiva, mina al presente los fundamentos de la _apropiación individual_, ó lo que es lo mismo, de la sociedad capitalista; roe sus soportes político-jurídicos y trata abiertamente de imponer los códigos comunistas y la repartición colectiva que corresponden á aquella producción. De modo que, por la fuerza de las cosas, se efectuará, según los arúspices socialistas, la muerte de la sociedad burguesa, fundada sobre «la odiosa explotación del hombre por el hombre», y el advenimiento ansiado y glorioso de la sociedad idílica, en la que «el libre desenvolvimiento de cada uno, será la condición del libre desenvolvimiento de todos.»

DULCES anuncios, capaces de tonificar la desmayada esperanza en el edenismo terrestre, si no los hiciera sospechosos el endiablado parentesco con las amables sofisterías de Jean-Jacques y la hueca y rimbombante fraseología jacobina! Sin duda, hay mucho de verdadero en la abstrusa tesis marxista; pero las conclusiones y aplicaciones prácticas, como engendros del espíritu de sistema, intención pueril de hacer entrar las realidades en los angostos casilleros de la abstracción, parécenme sobrado artificiales y, á la postre, ingenuas. Se comprende, sin grande esfuerzo, el papel principal y decisivo de la lucha económica en la historia del mundo, y que la sociedad comunista suplante á la sociedad burguesa, como ésta misma suplantó á la feudal en el gobierno de los hombres, cuando lo pidieron las leyes de la producción. Lo que es más difícil de digerir, á pesar de los jugos gástricos de la dialéctica marxista, es cómo ha de impedirse la formación de las clases sociales y el antagonismo de ellas, aun en el caso de suprimir, lo que es ardua empresa, la lucha económica, causa presunta de los males que afligen á la sociedad, pero al mismo tiempo causa cierta también del proceso histórico de las sociedades. Sin la lucha económica, se dice, y lo que es su consecuencia, sin la lucha de clases, desaparecerían los privilegios burgueses, las desigualdades inicuas, la dominación de los pobres por los ricos. Mas para lograrlo, hace falta la destrucción de la propiedad--que es un robo, según reza el resobado aserto de Prudhon,--del capital, del comercio, de la libertad, y, en fin, de las desigualdades naturales, porque si éstas subsistieran en cualquier forma, las odiosas jerarquías se establecerían nuevamente y con ellas el predominio de unos hombres sobre otros. Luego hace falta para la organización científica de la humanidad, organización destinada á concluir con la guerra de los hombres y la anarquía capitalista, no sólo la igualdad civil, sino la igualdad económica, sin la que, la primera y aun la democracia misma, es un puro fantaseo, y por añadidura la igualdad moral, intelectual, todas las igualdades. Y como la lucha entre los hombres existiría aún, mientras hubiera ambiciones y egoísmos, habría que suprimir los egoísmos y las ambiciones, ó lo que es igual, habría que suprimir la vida misma. Es un punto de contacto curioso entre los ascetas y los comunistas de todos los tiempos. Cómo las cerezas, que en tirando de unas vienen las otras detrás, las enormidades traen las enormidades. Es lo que acaece cada vez que la inteligencia, olvidando que es la servidora del instinto vital, se lanza á construir castillos de abstracciones, en guerra abierta contra la física del alma y la lógica infalible de las realidades.

Muchas y muy serias objeciones cabe hacer á la concepción marxista del dinero, de la mercancía, del capital, y más aún, á las tendencias fatalmente niveladoras y utópicas de la doctrina que está en vísperas de desquiciar el mundo burgués. Pero hay algo en que nadie ha parado mientes y que se me antoja realmente imperdonable en el sesudo Marx: es la incomprensión del valor _divino_ de la moneda, después de haber comprendido su valor fisiológico, digámoslo así, en el desarrollo orgánico de las sociedades. Y, sin embargo, á lo que se me alcanza, sólo admitiendo que el Oro es el _substratum_ social de la voluntad de dominación y que como tal, se crea la ética que le conviene, es que podría aseverarse que la filosofía y las instituciones son las superestructuras de la economía, como lo afirman, sin empacho, Marx y Engels; sólo reconociendo, con estoica resignación, que el Oro es el signo de la diosa guerrera, creadora y destructora de la sociedad, y por lo tanto el acicate del deseo de poder, es que puede resultar cierto, ya que todos los brotes del carácter son obra de aquella, que la lucha de clases sea la historia del mundo, como el planeta, la vida, el hombre y el pensamiento mismo son el producto maravilloso de una lucha sin tregua ni fin.

DE modo, pues, que la Federación Europea del sueño feérico y prosaico á una de Hipólito Dufresne, no se realizará por otros medios que los empleados hasta ahora por las clases triunfantes para consolidar sus conquistas y establecer su dominio; ni eliminará la vitanda lucha entre los hombres, aunque suprimiera la lucha económica; ni los libertará de esclavitudes fatales; ni por el hecho de equilibrar los bolsillos, nivelará los cerebros y las almas. La sociedad futura, en donde el gobierno de las cosas reemplazará al gobierno de las personas, gobierno técnico y pedagógico, reino ecuánime y omnímodo de la ciencia, que podría terminar como el reino de la Razón, prepara ya en las sombras los instrumentos de tortura y diseña las jerarquías del nuevo imperio. En el altar de la diosa Igualdad, á los pies del ídolo populachero, empiezan á depositarse, como costosas ofrendas, las suspiradas libertades y los derechos sagrados por los que ardorosamente combatió la humanidad, tan presto ilusa como desengañada. El nivelamiento común, hecho al rasero de lo más inferior; la pobreza forzada y el trabajo obligatorio, fundamentos fatales de la nueva organización colectivista, sobre relajar, como la ética cristiana, los resortes de la voluntad, matando el interés y el egoísmo, y producir la degeneración y envilecimiento de la criatura humana, dividiría la sociedad en dos ejércitos: uno de funcionarios, la nueva aristocracia, y otro de trabajadores, el nuevo proletariado, sin peculio, ni esperanza de obtenerlo ni libertad de procurárselo. El Estado, con este ú otro nombre, pensaría por todos, obraría por todos, acumularía las magras riquezas que nadie tendría interés verdadero en producir, porque «el hombre puede amar á su semejante hasta morir, pero no hasta trabajar para él», como asegura el mismísimo Proudhon. Y aquellas riquezas serían repartidas luego, según lo entendiera una plaga de administradores, interesados, como es natural, en quedarse con la mejor parte. Los odiosos privilegios de las aristocracias, le serían conferidos al Estado forzosamente; á la omnipotencia de los mandarines, seguiría la omnipotencia del _monstruo frio_, más absoluta aún; y á la anarquía capitalista, otras anarquías, otras pasiones invasoras, otras ambiciones feudales, otros egoísmos acaparadores, otros intereses egoístas, otras formas de la Voluntad, en conclusión, la que suministrando secretamente los materiales para todas las sociales construcciones, y pasando al través de todas las cribas de la lógica, seguirá trabajando, como hasta aquí, la masa humana, por la guerra de todos los instintos é intereses: el camino de perfección más corto y cierto quizá, para llegar prontamente á los movimientos ordenados y la armonía que, en medio de una lucha colosal, reina en la Naturaleza.

EL esfuerzo trágico de la humanidad por acordar las leyes del universo á los deseos ardientes del corazón, no puede menos de terminar un día por la obediencia y adaptación humildes del corazón al universo. Mas ello será, á todas luces, el franco y decisivo advenimiento de la moral de la Fuerza. Falta saber quién obedecerá mejor sus reglas inflexibles: si el darwinismo social y el idealismo nietzsquiano, sacrificando las generaciones presentes á las futuras, las masas á los aristos, y los débiles y lacerosos á los robustos y viriles para embellecer á la humanidad y llegar al superhombre, ó el piadoso humanitarismo, luchando bravamente contra la crueldad de la Naturaleza y de los hombres de rapiña, á fin de asegurar la vida y el bienestar de todas las criaturas, sin excluir á los tristes depositarios de la fealdad, vileza y degeneración humanas.

Ambas sendas son lóbregas, temerosas y llenas de incertidumbres. Á cada paso surgen como fantasmas, dudas torturantes. ¿En virtud de qué ley, ya que el mundo, según todas las apariencias no tiene ningún fin racional ni le es dado á la razón imponérselo, puesto que ella misma ignora adonde se dirige; en virtud de qué ley, repito, el presente, la única realidad sabrosa é indiscutible, será sacrificada á un futuro brumoso y metafísico, al modo que antaño los bienes terrenales á las promesas celestes y las dichas quiméricas del otro mundo? ¿Es posible que el genio de la especie ó los mismos mandatos de la diosa fiera, le impongan á la humanidad aquel cruento deber? ¿Cabe esperar una nueva concepción religiosa de la vida, semejante á la gran ilusión cristiana, ó un ideal neo-romántico que surja del descreimiento como la pintada mariposa del gusano vil? Por otra parte, ¿el triunfo probable de las utopías socialistas, en pugna con la sapiente crueldad de la Naturaleza, no será efímero y, en resumidas cuentas, dañoso para el alma? ¿La relajación del egoísmo y los resortes del querer, fatales en un organismo social que suprime el instinto de dominación concentrado en el Oro y al propio tiempo la lucha de clases, signos de salud y robustez, no traerá aparejadas la decadencia, la podredumbre y, á la postre, la explosión de otros egoísmos, tanto más viles cuanto más hipócritas? ¿Cuando el globo sea harto pequeño para contener holgadamente á la Federación Universal, el hombre impulsado por las duras necesidades de la existencia, no tornará á ser el enemigo y el cazador del hombre? ¿Y reduciendo tanta duda y zozobra á lo esencial: la razón frívola y voluble puede reducir los apetitos y servirnos de rodrigón, siendo ella misma la esclava del deseo, la víctima de los sentidos y la proyección de la necesidad, ó es más seguro ombráculo y guía el egoísmo integral, lobo hambriento convertido en pastor del rebaño?

He ahí los arduos problemas en que se ejercitarán en adelante la ciencia finita y la paciencia inagotable de los sociólogos. Lo visible por el momento, para todo aquel que no tenga telarañas en los ojos, es la lucha de los egoísmos, los cuales cambian de formas, pero no de esencia, y la invariable é irresistible propensión de las clases á dominar. Siempre fué así, aunque los hombres lo ignorasen á veces, pero hoy es así con pleno conocimiento del hecho erigido en ley. Poderosos y humildes glorifican la violencia y pugnan por ejercerla, espiritualmente los unos, positivamente los otros. Los héroes de Carlyle, las bestias de presa hiperbóreas de Nietzsche, los _eugénicos_ de Lapouge, los dolicocéfalos de los antropólogos, los idealistas anárquicos al modo de Gourmont, los individualistas de cada época celosos de su yo, y, en fin, los ungidos de los dioses de todos los tiempos, tenderán fatalmente á apoderarse del mundo y hacer de la vida «quelque chose de fou et de divin». Los pobres braquicéfalos, los humildes _marchands de marrons_, los débiles poseedores del triste _don de las lágrimas_, los que nacen esclavos de sí mismos antes de serlo de los otros y suman sus abulias para fabricarse una voluntad, los que practican la moral del caracol que esconde los cuernos para que no se los rompan, y, en resumen, los hijos espirituales de Rousseau y Marx, formarán la turbamulta, sin freno religioso que la domine y ávida con toda razón, de justicia social, calma, goces y bienes materiales. Los unos defenderán con las uñas y los dientes sus conquistas económicas y con ellas los privilegios del Poder y la alta cultura; los otros pugnarán por destruir las murallas de la construcción capitalista y asaltar los castillos de puentes de oro guardados por los monstruosos dragones de Mammon. Al pie de aquellos se librarán las grandes batallas del porvenir.

El signo de los tiempos presentes, y lo que puede servir al pensador de tela de juicio para presagiar los partos del futuro, es que la dicha y fortaleza buscadas por los hombres continua y afiebradamente en las religiones, filosofías y morales, á sabiendas ó no, impulsados ya por el instinto materialote, pero seguro, ya por la razón vaporosa, pero inconstante y falaz, las esperan hoy del _jugo del planeta_ como á la riqueza llama un filósofo idealista. Inútil es indignarse... literariamente, á la manera de los fraseadores de oficio, grotescos alucinados cuyo destino lamentable es el de vivir confundiendo eternamente las vejigas con las linternas. Aquella verdad salta á los ojos indiferente, inconmovible, indestructible. Antes, pues, de prorrumpir en anatemas, tan furibundos como vanos, y adoptar indignadas y teatrales actitudes, será bien preguntarse si no existen poderosas, superiores y aun metafísicas razones para que así sea, y si, todo bien pesado y medido, no es más saludable que sea así. Hase dicho que el anhelo íntimo y la porfiada voluntad del corazón humano, no es la ventura, sino la dominación, no la paz, sino la guerra, y que ésta sola da vado á los instintos invasores de aquél y le sirve á una de hito y resorte propulsor. Aun pensadores de legítima cepa rousoniana, reconocen contritos la índole batalladora del excelso antropoide, y loan la violencia como una excelente é insuperable disciplina moral. Y el Oro es el habitáculo misterioso de la voluntad de dominación de los hombres y los pueblos. Como tal, merece el respeto de las cosas sagradas. Esta consideración les brinda, aun á los espíritus más delicados y ansiosos de soluciones transcendentes, la filosófica ocasión de purificarse de añejos prejuicios y reparar una grande injusticia. Y si á tal consideración se agrega el convencimiento de que la lucha económica transporta por artes mágicas al seno de las sociedades, las condiciones ambientes del medio natural, satisfaciendo con esa estupenda industria, los instintos más _profundos_ y _sanos_ de la especie humana, acabarán de disiparse las últimas nieblas del craso error, y hasta los peor dispuestos comprenderán, sin asomos de dudas, por qué «la riqueza es moral», como decía Emerson; por qué «la riqueza es la ocupación de todos», como asegura el puro Gladstone, y por qué «el comercio gobierna al mundo», según afirma el amillonado Carnegie.

SEGUNDA PARTE

METAFÍSICA DEL ORO

UN «veneciano del estilo»--como Peladán llama pintoresca y acertadamente á Saint Victor, quien figura entre los contadísimos escritores que tuvieran de la significación de la Riqueza y la Finanza algunas exactas vislumbres--dice con su verba briosa, gallarda y más rica en valores subjetivos de lo que comúnmente se cree: «Si la Economía política tuviera sus poetas, éstos podrían cantar el largo y duro martirio que ha sufrido el Dinero antes de llegar á la dominación de la tierra.»