La Muerte Del Cisne

Part 4

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Un escolástico, Duns Scot, maravillado, sin duda, por las manifestaciones disfrazadas, pero reconocibles para el ojo profundo de esta mecánica inteligente que rige en el universo, preguntábase atribulado por heréticas vislumbres y afanes prolijos, si la _materia no pensaba_, tan armoniosas y de buen concierto le parecían su estructura y combinaciones. Y el inefable Maeterlinck, iluminando el alma obscura de las cosas con las sutiles claridades de su misticismo adivinador, sospecha que las ideas se les ocurren á las flores ni más ni menos que á nosotros. «Ellas tantean, dice, en la misma noche; encuentran los mismos obstáculos, la misma mala voluntad en el mismo ignotus. Ellas conocen las mismas leyes y las mismas decepciones, los mismos triunfos, lentos y difíciles. Parece que tuvieran nuestra paciencia, nuestra perseverancia, nuestro amor propio; la misma esperanza y el mismo ideal», y considerando el esfuerzo inteligente y formidable de las flores, los inventos ingeniosos, los prodigios de imaginación, las industrias de que se valen para convertir en mensajeros de sus aromados suspiros y fecundos besos á los insectillos y las brisas, y unirse á los amantes lejanos é inmovibles, burlando el cruel destino que las ata al suelo; reconociendo, en fin, la suma de voluntad y pensamiento que anima la vida heroica de la flor, deduce que «no hay seres más ó menos inteligentes, sino una inteligencia esparcida á todo; una suerte de fluido universal que penetra en diversos grados, según que sean buenos ó malos conductores del espíritu los organismos que encuentra. El hombre sería hasta aquí, sobre la tierra, el modo de vida menos resistente á ese fluido que las religiones llamarían divino. Nuestros nervios aparecerían como los hilos por los cuales se esparciría esa electricidad sutil. Las circunvoluciones de nuestro cerebro formarían, en cierto modo, las _bobinas_ de inducción, multiplicadoras de la fuerza de la corriente; pero ésta no sería de otra naturaleza ni provendría de otro origen, que aquella que pasa por la piedra, los astros, la flor ó el animal.»

SÍ; podría aseverarse muy bien, no sólo que la materia _piensa_, sino que su pensamiento es infalible. Todo hecho, todo suceso es una forma de él, una manifestación autoritaria de la razón física, á la cual la conmovedora é incurable locura de los hombres, ya hemos dicho que se empeña en oponer la razón mística, que es en realidad una creación y una servidora de aquélla, del mismo modo que los instintos y las pasiones. Los devaneos, fantasías, caras á las veces, y briosas imaginaciones de esta razón que vive de prestado, perduran, resisten á la muerte y son cosas animadas y verdaderas, mientras sirven solícitas los firmes designios de la razón madre, donde encuentran su razón de ser todas las formas de lo corpóreo y lo intangible. Son como las floraciones y galas mudables de un árbol eterno. He ahí por qué las verdades, las religiones, las aspiraciones humanas envejecen y caducan; y he ahí por qué, al modo de los insectos, cuyo destino fugaz y radioso es el de depositar los huevos en el seno protector de la tierra y, asegurada su descendencia, morir, la bondad, la virtud, la razón de una época parecen ó son sacrificadas al dar á luz la razón, la virtud y la bondad de la época que sigue. Así las duras virtudes del paganismo, fueron destruídas sin piedad por las _piadosas_ virtudes cristianas, y éstas que alguien llama con ternura melancólica _les vertus délaissées_, empiezan á marchitarse, sofocadas por las soberbias vegetaciones del culto de la Vida, que brotan en toda la tierra, muestran las encendidas flámulas de sus floraciones tropicales en todos los horizontes y principian á enseñorearse del paisaje moral visible á los ojos humanos.

Como la antorcha que simboliza la vida en las fiestas panateneas, la antorcha del espíritu pasa de mano en mano. Las superestructuras cambian. Las verdades transitorias, las mentiras saludables de que se nutre un instante la humanidad, perecen así que ésta agota el jugo vital que aquéllas atesoraban. Lo inmutable, lo eterno es la voluntad de vivir, que trabaja oculta en los antros más profundos de las almas, como un gnomo prodigioso, que produce maravillas y opera milagros, escondido en las concavidades misteriosas de la tierra.

MAS el respeto de la Vida, que sale de los laboratorios é informa el pensamiento moderno, se infiltra en las religiones y obra sobre las costumbres con el renacimiento de los deportes atléticos y el amor de la acción, nace, mirándolo bien, de la metafísica de la fuerza. Ó de otro modo, el triunfo de la religión de la Vida es la implícita consagración del culto de la Fuerza. La moral de esta última, á pesar de la terca y enconada oposición de nuestros ideales del momento, aparecerá triunfante como un sol que rompe las nieblas matutinas, cuando se desvanezcan del todo en la conciencia humana los espejismos que tergiversan el valor de las cosas é invierten las reales y eternas, aunque á veces imperceptibles jerarquías, de la razón universal. La diosa de voluntad diamantina no herirá entonces los sentimientos más caros de los hombres, ni aparecerá á los ojos de éstos como una deidad maléfica, como un genio enemigo, sino al revés, como el ángel protector de los huevecillos dorados, que ponen en el nido tibio del alma las ilusiones favorables á la existencia... Si todavía rechazamos con fiera indignación sus verdades infalibles, trágica hermosura y grande justicia, á la que empero, quieras que no, ignorándolo ó á sabiendas, se someten todas las cosas, es porque nuestra razón y sensibilidad de invernáculo no se acuerdan con las leyes que rigen fuera de él; es porque ignoran que su propio crecimiento va á romper presto los vidrios que las protegen de los soles enfloradores y las nieves esterilizantes y que será preciso aclimatarse ó perecer; es porque no conocen su pristino origen, ni saben que sólo son las pintadas y efímeras mariposas en que se transforma una porción diminuta de la fuerza eterna é inconmensurable.

ESTE convencimiento vago, que gana poco á poco las conciencias más quisquillosas y aun los ingratos cerebros en que la leche del saber se agria y cuaja en ñoño sentimentalismo, traerá aparejado, al decantarse, un cambio radical en la apreciación de las acciones y excelencias humanas. La victoria del más fuerte no parecerá ignominiosa como hasta aquí, sino altamente justa y saludable porque será, en un momento dado, el triunfo de lo más vital, de lo que sirve mejor el único propósito discernible en las intenciones confusas de la Naturaleza. Es la voluntad de existir y dominar. Reconocida la fuerza como el elemento divino, generador del universo; establecido el idéntico abolengo é ilustre prosapia de la Razón y la Necesidad, del _Factum_ y de la idea triunfante; en resumen, de lo que domina y se impone material ó espiritualmente, la conciencia humana enriquecida por definitivas nociones de lo real, dilatará los horizontes de su concepción ética, teniendo por primera vez, una vislumbre justa del Bien y del Mal absolutos.

Y aquí daría principio el reino de lo divino natural. Cada excelencia sería una irrefragable manifestación de él. Las criaturas, las cosas, las almas, se graduarían en la escala de la vida por la cantidad de _virtud_ que almacenasen. Lo pequeño no podría ser lo grande, como acontece para burla y escarnio de nuestra pobre inteligencia; ni lo débil lo robusto; ni las aspiraciones más nobles serían precisamente, por una estupenda inversión de valores morales, las que más deprimen y amengüan la voluntad de ser. Las superioridades, las verdades, los triunfos se impondrían sin demostración, por sí mismos, por el hecho de existir. Y las antinomias de lo que es, y de lo que debía ser, de lo objetivo y lo subjetivo, á causa de las cuales tantas inquietudes han atenaceado al hombre, acabarían por reconciliarse para siempre en el regazo maternal de la grande razón.

FORMIDABLES testas han acometido la singularísima aventura de echar los cimientos de la fábrica moral, no en la voluble razón del espíritu, sino en la firme razón de la materia, volviendo por tal arte á poner sobre sus pies á la humanidad aburrida de _la parada de cabeza_ hegeliana. Pero únicamente el amable pensamiento de Guyau intentó poner de acuerdo la moral de la fuerza con nuestra moral; la expansión de la vida y los instintos interesados y agresivos, con el amor de los otros y el desinterés. Y aunque, á decir verdad, los sentimientos expansivos y nobles que cita para descubrir la faceta social de la criatura humana y probar que «la vie comme le feu, ne se conserve qu'en se communiquant», sólo son modalidades del _instinto de soberanía_, instinto que por medio del amor ó del convencimiento tiende á ocupar más espacio en el alma ó la inteligencia de los otros, no es menos cierto que tales manifestaciones de la superabundancia de vida entrañan, en su propia intensidad, un principio altruista que transforma el despliegue de la fuerza en lo que llamamos sentimientos generosos ó expansión hacia las demás criaturas. Más aún. El poder ergotizante del filósofo-poeta partiendo de la expansión de la vida como elemento activo de la conducta, llega no sólo á resolver la afligente antinomia de lo individual y lo social, sino á establecer á la manera del viejo idealismo, la supremacía del espíritu, precisamente porque éste realiza el máximum de _intensidad extensiva_, es decir, de fuerza dominante.

Una argucia ó vuelta de grupas de la misma índole, da nacimiento á la moral de las ideas-fuerzas de Fouillee, la cual, por otra parte, se apoya en hechos, en realidades y no en soportes religiosos ó metafísicos. «Las fuerzas, dice, en acción en el mundo ó en nosotros, cualquiera que sea su naturaleza intrínseca, concluyen por concebirse en nuestra conciencia y al concebirse transformándose en ideas, juzgan lo real, lo modifican, se convierten en ideas-fuerzas.» No por arte, pues, de birlibirloque, sino por las vías naturales de la experiencia, llega el representante del idealismo francés á fabricar como Guyau, con substancias materiales, los útiles productos de la _voluntad de conciencia y el persuasivo supremo_. En su tozudo afán de establecer la acariciada superioridad de la inteligencia, el neo-idealismo contemporáneo hace muchos de estas sorprendentes excursiones al arsenal de Dionisos. Como Anteo para criar nuevas fuerzas, vese obligado Apolo á sentar los divinos pies en la tierra. Sólo que después de cada nueva adulteración y embrollo, queda más claramente dilucidado lo que podría llamarse el origen material del espíritu y la naturaleza agresiva de las morales. Las ideas son transformaciones de fuerzas; las ideas-fuerzas, como tales, no pueden establecer su imperio en los dominios de la conciencia sin lucha, ni extenderse al exterior sin combatir ni dominar.

LA larga y laboriosísima evolución de las morales interesadas ó fisiológicas, de las que desaparecen poco á poco los elementos divinos y luego las substancias espirituales á medida que la inteligencia humana se nutre y enriquece de conocimientos positivos, termina después de la grande revolución de Darwin en la ciencia y de Spencer en la biología, en el osado intento de Nietzsche y Guyau de construir el noble edificio de la moral sobre los formidables cimientos de la fuerza, para darle á la conducta humana una base inamovible y en armonía con las leyes del universo.

Por otra parte, la reacción de los hebreos contra toda aristocracia, continuada por el cristianismo, los ideólogos y los _hombres sensibles_ del siglo XVIII, hasta florecer espléndidamente en los inmortales principios de la gran Revolución, remata luego de acicalarse con los ensueños, quimeras y utopías sociales de los discípulos de Jean-Jacques, en el determinismo económico de Marx, explicación materialista de la historia, de la que el Oro, el heredero legítimo de la fuerza en las sociedades, es el principio generador.

Esta doctrina, antagónica del _état pensant_ que vive fuera del Taller; este socialismo científico, destructor de lo que llama con enojo y desprecio un discípulo de Marx la _disociación ideológica ó irrealismo_ de la cultura greco-latina, traduce en luchas sociales por la riqueza, el mando y la dominación del mundo las aspiraciones sentimentales de los humildes que antaño pretendieran establecer, en ebriedad generosa, el reino de Dios sobre la tierra.

Acontece, pues, que de un modo ó de otro, por vías ocultas ó visibles, las actividades humanas concentran en el dominio los fuegos de la voluntad, y resuelven en opresiones y tiranías los idealismos más desinteresados y puros. La fuerza tiende á ejercer su imperio porque es la fuerza; la vida tiende á dilatarse porque es la vida. El tiempo descubre infaliblemente, los principios activos de la conducta humana, que son idénticos á los de toda la actividad universal. En vano es desvirtuar con metafísicas mixturas su naturaleza combativa y dominadora. Los hechos muestran la garra felina. La trama y el reverso de los variados tapices de la historia, enseñan que un estado social es una cristalización de la violencia, y que las reacciones contra él, aun las más idealistas, terminan fatalmente en otras cristalizaciones sociales autoritarias y opresoras. Los sistemas de gobierno, las morales, las religiones mismas--propugnáculos y murallas que acaso no tienen otro objeto que proteger la conquista económica,--obedecen á esa ley universal, porque lo universal son las transformaciones de la fuerza que constituyen á su turno los módulos de la vida. Ved el cristianismo; la religión del amor, la piedad y el desprecio de los bienes terrenales. Cuando deja de ser un reptil subterráneo, sale de las tenebrosas catacumbas de Roma, quema vivos á los herejes, provoca mil guerras y persecuciones y oprime al mundo en un abrazo de mortal amor. Los desheredados, los miserables, los enfermos; la escoria de la sociedad, los oprimidos, en fin, pasan á ser opresores, desplegando en sus luchas por la dominación un celo apasionado y cruel, una ferocidad implacable, un furor divino que, no saciándose con el odio y la persecución de los infieles y dañados, inventa sutiles razones y refinadas torturas para aprisionar y atormentar á su antojo el alma temblante de los adeptos. La Revolución, la gran Revolución, luego de cometer mil horrendos crímenes en nombre de la Libertad, termina en las tiranías de Robespierre y Napoleón. El reino de la Razón, resulta la locura trágica del Terror. La eterna paz, guerra sin fin. Después... las indestructibles jerarquías vuelven á establecerse con otras etiquetas. Á los privilegios de la nobleza suceden los privilegios de la burguesía; la aristocracia del dinero á la aristocracia de la sangre; el derecho burgués al derecho feudal; la tiranía del número á la tiranía del rey, y la fementida fórmula en que se resumen los Inmortales Principios y los Derechos del Hombre, no inspiran más respeto, ni tienen más virtuosidad en el frontón de los edificios públicos, que los versículos del Corán en los muebles moriscos de los bazares exóticos. Pasada la tromba niveladora, en el interior de Francia los hombres y las clases se separan y ocupan el puesto que les da su valor social, como los líquidos de densidad diferente se gradúan por su peso si dejan de ser agitados. En el exterior, la revolución que acariciara el pretencioso intento de suprimir las fronteras y establecer la patria universal, acierta sólo á instituir el principio de las celosas nacionalidades y la formación de las repúblicas americanas, donde las diferencias y las aristocracias sociales se acentúan más cada día, á pesar de las leyes democráticas que las rigen. Así que sus fuerzas expansivas lo reclaman, el pacífico y modesto país de Washington, se convierte en la patria altanera é imperialista de Roosevelt, por las mismas razones y de idéntico modo que la poética Alemania de los claros de luna, de la _grechens_ y del imperativo categórico, en la utilitaria y temible nación de Bismarck y la filosofía de la historia.

De hecho, pues, aunque encubierta por disfraces varios, que reclamaban las necesidades subjetivas del hombre, no libertado aún de las tiranías de la finalidad ni de la sed de lo infinito, el reinado de la fuerza no ha dejado jamás de existir en las sociedades salvajes ó cultas. Las firmes columnas de su trono, son las leyes mismas de la vida. Sea la primordial de ésta el _deseo de poder_ de Hobbes, ó la lucha Darwiniana, ó la _voluntad de dominación_ de Nietzsche, ó la _voluntad de conciencia_ de Fouillee, ó la _expansión de la vida_ de Guyau, ó _la vida creadora_ de Bergson ú otra ley no formulada aún por labios mortales, el hecho brutal de la Fuerza triunfante surge del disforme vientre del caos; anida en el alma de todas las cosas, de las religiones, de las filosofías y del amor mismo y es así como el fuego sacro del universo. Nadie, ni cosa alguna, escapa al imperio de la terrible divinidad, en cuyo calificado y pomposo cortejo figuran humildemente, los dioses del olimpo y los gusanos de la tierra.

ES un bien ó un mal? En todo caso es una indestructible realidad, contra la que, al punto á que han llegado las nociones positivas de las cosas, no cabe ni conviene revelarse. ¿Qué hacerle? Las atenuaciones de la cultura idealista y las virtudes cristianas, que fueron en un principio indispensables para corregir la virulencia del egoísmo nativo y contrarrestar los abusos naturales, pero anti-sociales de los poderosos, á fin de hacer posible la vida común, parecen hoy nocivas á las sociedades caducas, excesivamente domesticadas y cuyos apagados ardores para la acción y la lucha piden más bien enérgicos revulsivos. Las nuevas disciplinas morales tratan de dárselos; obedecen á una alta necesidad. ¿Qué sería de los hombres y los pueblos que practicasen el desinterés, el desprecio de los bienes materiales, en esta época en que la superioridad económica entraña todas las otras? Las viejas virtudes han perdido su poder. Fuerza es reconocerlo. El exhausto é inane espiritualismo confiésase impotente para forjar una nueva ilusión favorable á la vida. Las mentiras saludables, que en otra hora fueron propicias al instinto vital para producir los espejismos encantados que le daban á la existencia una razón de ser y la marcaban imperiosamente un derrotero, no tienen hogaño ninguna virtud activa. La ciencia condena implacable las aspiraciones subjetivas é ilusiones metafísicas en pugna con las verdades é hipótesis que ella establece fríamente, sin piedad y sin rencor. La humanidad provecta, curada de locura juveniles y ansiosa de bienes reales, no cree en los campos elíseos del edén ni en los místicos jardines del alma; prefiere las prosaicas dichas que satisfacen, sin las torturas de la _mala conciencia_, su apetito de carne, su sed de vino.

Perdida la ilusión fastuosa del Paraíso y de toda finalidad transcendente, sin excluir la del superhombre, las actividades y aspiraciones humanas van, como al caer la tarde las dispersas ovejas al redil, hacia la religión de la Vida, elevada y cruel en aquellos pensadores que, aceptando los principios selectivos de la Naturaleza como necesarios á la evolución progresiva, quieren la vida bella y dura como el diamante; rastrera y fecunda en los que, rechazándolos y desdeñosos de toda excelsitud, aspiran sólo honestamente á la dicha común del mayor número.

Es la antigua y luctuosa guerra del aristocratismo y del plebeyismo, llevada sin embozos ni trapujos, al campo de honor de los intereses materiales, donde las categorías idealistas pierden sus múltiples y engañosos matices y se resuelven en deseo de poder y lucha por la riqueza entre los poseedores y los desposeídos. Los primeros, individualistas ó no, sin exceptuar á la clase pensante, que tan sospechosa y antipática va pareciendo á los trabajadores, son los menguados descendientes, pero que llevan aún en la sangre la pimienta del heroísmo, de los jefes, hombres providenciales y cazadores forzudos delante del Señor que guiaron á los pueblos en su aurora; los segundos, solidaristas ó ácratas, son los ensoberbecidos vástagos de la turbamulta pasiva y rebañega, convertida en pueblo soberano por la fuerza del número. Su oposición es la oposición de la parte caduca del pasado señoril, sibarita, ensoñador, guerrero, y el presente científico, pacifista, práctico, laborioso. Del choque nace el antagonismo y la anarquía de las ideas contemporáneas; las trágicas luchas sociales y el drama íntimo de las conciencias: antros obscuros donde á ciegas riñen guerreros con sotana, señores vestidos de harapos y mendicantes que ostentan valiosas plumas en los sucios y miserables chambergos.

El espíritu clásico, razonante y finalista, que reconoce un principio divino y la supremacía de la inteligencia sobre el _querer_ y el _poder_ para la bella ordenanza del mundo, fué siempre amante de las jerarquías bien establecidas, del orden, de la autoridad, de la sumisión á la regla; pero al mismo tiempo, por exceso de cultura literaria, es irrealista, picotero, iluso y, en suma, debilitante, ya que perpetúa con el desinterés y el altruísmo, un engaño, una mentira, un espejismo peligroso para las energías viriles de la inteligencia y del alma. Á las veces por sensiblería y razones de justicia convencional, de esa justicia compuesta con toda suerte de productos artificiales en las aulas de los ideólogos, pica en democrático y humanitarista, pero en el fondo, si deja hablar su _instinto profundo_ es un adorador de la fuerza idealizada--como corresponde á quien ha nacido con el alma gran dama y el espíritu gran señor,--y acata las copetudas excelencias y aristocracias morales que ella establece á su capricho, de la misma manera que el espíritu moderno, un tanto macarrónico, á pesar de su ciencia, cree únicamente en la fuerza real y respeta sólo las superioridades de hecho y las aptitudes que se imponen por su eficacia y utilidad inmediatas.

Entre las brillantes, dispendiosas y desinteresadas virtudes de los humanistas, causa eficiente ayer de poderío y hoy de flaqueza, puesto que llevan al renunciamento, crimen monstruoso ahora como fué antes decantada virtud; y las industriosas y batalladoras cualidades necesarias á las naciones para no ser vencidas en la contienda universal, no cabe pacto ni conciliación. Es la lucha de dos mundos; uno que nace, otro que muere; es la lucha inevitable y eterna de la tradición conservadora y la educación revolucionaria como dicen los fisiólogos y que constituye el fenómeno de la vida lo mismo en la naturaleza que en las sociedades.

LA discordia que la antigua sabiduría creyó suprimir entre los hombres, sin barruntar que con ella hubiese desaparecido la existencia misma, ofrece nuevas flores y nuevos frutos en cada grado de la civilización. Son las novísimas formas de la cultura, las modalidades del progreso, las manifestaciones de la vida. Cuanto más avanza ésta, más se complica y refina la lucha no sólo entre los hombres, sino entre las ideas, sentimientos é instintos de cada hombre. Lucha entre el ideal y la realidad, entre lo subjetivo y lo objetivo, entre lo individual y lo social, entre el capital y el trabajo, entre los opresores y los oprimidos, entre los que nacieron marcados con el signo radioso de la voluntad dominadora y los que vinieron al mundo llevando en el cuello el collar infamante de los esclavos.

Y en toda suerte de cosas, el triunfo, temporario siempre, es de aquello que interpreta mejor, en un momento preciso, los propósitos impertérritos é incontrastables de la razón universal.