La Muerte Del Cisne

Part 3

Chapter 33,855 wordsPublic domain

Pero hay más. De un modo preciso ya el estupendo Heráclito nos advierte que la guerra es la madre de todas las cosas; Hobbes y Spinoza aseguran que el derecho natural es el derecho del más fuerte, y Pascal que la fuerza «es una entidad que no se deja manejar como uno quiere porque es una calidad palpable, en cambio que la justicia es sólo una calidad espiritual de la que se puede disponer caprichosamente», de lo que deduce que «no pudiendo hacer fuerte lo justo, se ha hecho justo lo fuerte»; Vaunenargues afirma «que todo se ejecuta en el universo por la violencia», formulando antes que Darwin, como ya lo había hecho Lucrecio en la antigüedad, la ley de la lucha por la vida, «la más absoluta é inmutable de la Naturaleza»; Helvecio, cortando por un inopinado atajo del humanitarismo, á la manera de tantos apóstoles de los ideales fraternos, como Prudhon que acierta á ver en «la _dignidad_ la cualidad altanera que empuja al hombre á la dominación de los otros hombres y á la absorción del mundo» ó Anatole France, quien con su sonrisa bondadosa nos dice que «vivimos de la muerte de los otros», pronuncia esta diamantina sentencia: «La fuerza es un don de los dioses. Armándote de esos brazos membrudos el cielo te ha declarado su voluntad. Huye de estos lugares, cede á la fuerza ó combate», bellas y crueles palabras, hijas del mismo numen inspirador que hace ponderar á Kant los efectos saludables del antagonismo, de la discordia y del _deseo insaciable_ de posesión y de mando, y deja caer de los verídicos labios de Carlyle las duras é inmaculadas perlas de su idealismo altanero y señoril: «La fuerza bien comprendida es la medida de todo mérito; toda realidad durable es justa porque demuestra su acuerdo con las leyes eternas de la Naturaleza; el derecho es el eterno símbolo de la fuerza». De modo que el derecho y la fuerza son idénticos, la realidad es la verdad, «la cosa fuerte es la cosa justa»; lo cual induce, como la _Idea_ de Hegel, de la que toda realidad es un momento, á la glorificación del hecho, á legitimar la _misión histórica_ de los maestros alemanes y las _aplicaciones prácticas_ de Bismark; á concluir con Strauss que «la Necesidad es la Razón misma» ó con Nietzsche que el derecho es un legado de la Fuerza, y el Bien y la Verdad, formas antiguas de ella.

Con estas trazas é invenciones desaparecen no sólo del mundo moral, sino también del mundo lógico, todo principio divino ó racional, toda evaluación humana que no sea una cristalización maravillosa de la Fuerza, la _tabla de valores_ ideales que por necesidad y utilidad un grupo dominante de hombres supo imponer á otros grupos y que después se erigen en dogmas, en verdades religiosas, en reglas morales. De donde se infiere rigurosamente que las reglas morales, las verdades religiosas y los dogmas, no son otra cosa, en el fondo, que transformaciones y prolongaciones utilitarias de la Fuerza.

MAS, pasando de las ideas al gobierno del mundo y práctica de la vida, los glorificadores de la fuerza, el éxito y el valor--entre los que se podría incluir sin menoscabo en medio de Maquiavelo, Stendhal y el famoso conde de Gobineau, al dulcísimo Renán,--tienen precursores tan remotos y venerables como los sean Heráclito y Lucrecio en el terreno de la especulación filosófica. Mejor que Hobbes, el viejo y curioso Calicles, nos da un modelo acabado de doctrinas ultra-aristocráticas é individualismo razonante y feroz, que muy bien pudieron inspirar el imperialismo seleccionista de Darwin y Spencer; el imperialismo _apolónico_ del profesor alemán; los evangelios políticos del gran Federico y de Bonaparte, y hasta el paradójico «Crimen considerado como una de las bellas artes», de Tomás de Quincey, pues ya el representante de la aristocracia jónica en uno de los más famosos Diálogos de Platón, veía en el crimen, antes de Weiss, quien asegura «que es hermoso un hermoso crimen», ese elemento de heroísmo y belleza reconocido siempre por las multitudes en las fechorías y desmanes de los bandoleros famosos. Y es que antes de los glorificadores de la fuerza vencedora, el corazón fué siempre devoto de ella. En la admiración secreta, vergonzante, pero profunda que, á pesar de nuestros arrechuchos humanitarios, nos inspira el egoísmo avasallador de Bonaparte, las cínicas dobleces de Bismark ó la ferocidad del bello Borgia, á quien muchos delicados artistas llaman con delectación el divino, existe una aceptación tácita de los derechos inhumanos del gorila más membrudo; una consagración íntima de lo que es _naturalmente_ legítimo, y, al mismo tiempo, una incoercible simpatía que en vano tratamos de disimular, hacia las reivindicaciones de la naturaleza, muy semejante á la que nos mueve, mal nuestro grado, á perdonar las faltas y hasta los dolos y crímenes que como un bandido romántico suele cometer Eros, contra el orden consagrado por el artificio de las leyes.

Esta simpatía entusiasta y cariciosa, que hunde sus profundas raíces en lo inconsciente del alma popular, se hace visible en las mitologías, afabulaciones divinas de las fuerzas naturales; fulgura como la lumbre del encendido carbón, en las sonantes estrofas de poetas épicos y cancioneros, quienes glorifican, sin sospecharlo, en el coraje y la belleza dos maravillas ó embrujos del mismo _daemon_ que dispone sabiamente las alas para el vuelo y los pies para la carrera; y transciende de un modo manifiesto en las leyendas de las edades heroicas, donde, sin subterfugios, imperan los hombres de más grande y duro corazón: _les bêtes de proie hiperboreens_, los _eugénicos_, los hombres de presa, en fin, nacidos para dominar, tenaces é indómitos en los cuerpo á cuerpo con el Destino, pero á la vez los más obedientes y aptos para acatar, sin interrogarlas, no las leyes eternas de Dios, como diría Carlyle en su lengua inspirada, sino de la Naturaleza, de la Vida, de la Fuerza, que es lo divino en el universo confuso que al hombre le es dado penetrar y comprender.

Y he aquí, acaso, el secreto del amor instintivo é irresistible del alma, por todo lo que triunfa, domina y prevalece.

Es la dulce cautiva, enamorada siempre detrás de los barrotes de su prisión del terrible y hermoso caballero que la hizo prisionera.

El prestigio de los héroes, grandes capitanes, profetas dulces ó ceñudos y hasta de los dioses, nace de que unos y otros, aunque de distintas maneras y en diferentes grados, aparecen revestidos á los ojos de las multitudes con los atributos marciales de la Fuerza, que son los de la Divinidad. Un Dios que no opera milagros para mostrar su poder, no goza de buena salud. Por eso, sin duda, los artistas de la Grecia adivina y reveladora, ponían el rayo en las manos de Zeus y en las de su hija Palas, la diosa de la razón, una lanza y un escudo... Los héroes y los dioses son tanto más grandes cuanto más osados y terribles. Diríase que el Alma, la cautiva lánguida y suspirante, no reconoce ni se deja seducir por otros atributos ni prestigios que los de la Fuerza, y de ahí que los invoquen y se vistan con ellos, desde los emperadores de férrea armadura hasta los caballeros andantes que ostentan en el escudo el cisne de Lohengrin, todos los que pretenden atraerla, seducirla ó dominarla.

CONSIDERANDO el extraño é íntimo parentesco de lo divino y de la Fuerza, se ofrece al espíritu una inquietante conjetura que, á ser verdad, podría resolver por modos no pensados, grandes misterios y terribles antinomias. Si el último término del análisis de la materia es la fuerza, como parecen probarlo muchas hipótesis, y, sobre todo, las curiosísimas investigaciones de Le Bon; si la vida y la muerte no son otra cosa que las perpetuas transformaciones de ella; si á sus misteriosas reacciones deben los mundos la existencia y estabilidad en el espacio infinito; si ella es la razón única de todas las cosas, de donde todas salen y adonde todas vuelven, puesto que todo sale del éter y todo retorna á él, y, finalmente, si la condición de la vida y del pensamiento es la lucha sin reposo, el ejercicio de la fuerza obedeciendo á la suprema armonía de sus propias é infalibles leyes, la Fatalidad de los vates, la Inteligencia de las religiones y la Razón de los filósofos estuvieran contenidas en el alma infinita de la Fuerza; el mundo mismo fuera su emanación, lo cual explicaría que todas las cosas participasen de la naturaleza combativa de aquélla, y en el trono de la divinidad usurpadora se asentaría radiosa y triunfante la virgen señuda y de duro corazón. La Fuerza sería Dios y Dios un hombre y una hechura de la Fuerza...

LO terrible de esta sacrílega conjetura es que tiene todos los visos de la turbadora verdad que ya los griegos, maestros en toda clase de intuiciones, vislumbraron en la naturaleza y en el alma humana. Sus dioses fueron la _divinización_ ingenua y encantada de las fuerzas naturales, y también de la fuerza invisible de que ellos se sentían depositarios. El Dios de las religiones monoteístas, producto más complejo de la alquimia mental, pero no de distinta esencia que las divinidades paganas, podría ser muy bien la reducción de éstas á una sola, ó de otro modo, la _diosificación_ de la fuerza total, anunciada por tantos pensadores, que dicta sus sabias leyes al mundo de la materia, la vida y el entendimiento. Fuera de que todas las divinidades se decoran y engalanan con los fascinantes atributos del poder, cual si hicieran impensadamente gala y ornato de su terrible linaje, en el limo milenario de las creencias primitivas quedan como restos fósiles, indicios indelebles de las necesidades fisiológicas y de las razones utilitarias que seguramente determinaron, en la cándida aurora del mundo, la formación de las religiones y las morales.

En la dura infancia de Atenas, Esparta y Roma, la religión, que absorbía todos los poderes para cumplir mejor el grave cometido que el instinto vital la confiaba secretamente, pudo mostrarse, como lo afirma Fustel de Coulanges, extraña ú hostil á los intereses y conveniencias de la sociedad y del Estado, sobre todo cuanto estos intereses y conveniencias no eran consonantes con los que ella defendía ferozmente, como una loba á sus cachorros. Mas en época ninguna se mostró la religión hostil ó extraña, en realidad, á los intereses de la Vida. Las instituciones y leyes de la ciudad fueron implantadas porque la religión lo quiso, no por razones de utilidad civil, es cierto; pero no es menos cierto que la religión lo quiso precisamente porque eran cosas útiles. Los intereses divinos siguen las evoluciones de los intereses vitales, como la sombra ligera los movimientos del cuerpo, y si, por cualquier causa, no lo hacen pierden su valor y degeneran en prácticas ociosas. En las mismas páginas de «La Cité Antique» no es difícil empeño el constatar hasta qué punto la organización religiosa de las sociedades, estudiadas por el sesudo y experto Fustel de Coulanges, obedecía á fines altamente utilitarios. El carácter sacerdotal del padre y el culto de los muertos, unían estrechamente las generaciones. Cada hogar era un templo donde se acumulaba y mantenía religiosamente, de padres á hijos, la fuerza del pasado. Agrupados los miembros de la familia alrededor del humilde altar en el que ardía en mansa dulcedumbre la leña sagrada, sentíanse herederos y tributarios de la llama viviente de que el fuego sacro era símbolo, y robustecían unánimes, en el mismo culto, las virtudes domésticas conservadoras de la preciosa célula social que atesoraba los gérmenes de la humanidad futura. Los dioses Lares la protegían celosamente, y el cerco sagrado de Términus barbudo aislábala de los extranjeros y de toda influencia extraña al culto familiar y por lo tanto corruptiva y deletérea. Luego, al unirse las familias en curias y tribus para constituir la ciudad, nacen los dioses y las reglas morales que protegen á ésta, facilitan la unión de los elementos que la componen y crean las costumbres y prácticas religiosas menos hostiles á la plebe, sin fuego sagrado en el hogar, vale decir, sin antepasados ni religión. Los Lares y Penates se transforman entonces en divinidades nacionales. Más tarde, cuando las perentorias urgencias ambientes piden y reclaman que se fundan los grupos humanos y dilaten los estrechos límites de la ciudad, los dioses crueles se humanizan y abren los anquilosados brazos á los recién venidos. Por último, llegado el solemne instante de la comunión de los pueblos, preparada laboriosamente, mucho antes del advenimiento del cristianismo, por los discípulos de Pitágoras, Anaxágoras, Zenón, los sofistas y los poetas de ideas contrarias á las divinidades nacionales y propicios al cosmopolitismo del cerebro y del corazón, aparece el Dios único, que no rechaza hosco al extranjero, y une en amoroso abrazo á los hombres de todas las clases y patrias. Pero esto era precisamente lo que necesitaba la evolución de las sociedades.

Diríase, observando el carácter protector de las religiones y las morales, que unas y otras no tuvieron más objeto que el de establecer la supremacía y favorecer la supervivencia, en un momento preciso de la historia, del grupo más rico de savia vital é ilusión favorable á la conservación de la especie, formando para ello con los dogmas, reglas, virtudes, cilicios y disciplinas el caldo de cultura moral, digámoslo así, en el que la misérrima, aunque dominante colonia humana, pudiera absorber mejor los jugos de la vida. Es por este orden de ideas que, sin mayor audacia, puede aseverarse, no sólo que el bien y la verdad son dos formas antiguas de la Fuerza y el derecho un legado de ella, sino que Dios mismo, bueno ó malo, cruel ó piadoso, guerrero ó pacífico, según los momentos, es una manifestación prodigiosa de la voluntad de los hombres.

CUÁN otro hubiera sido el destino de las religiones sin el terror de la muerte, poeta brioso y fantástico de las fábulas olímpicas; cuán desprovisto de encanto sin el misterio de las cosas; cuán deleznable sin las amenazas de lo ignoto, sin la urgente necesidad de darle un nombre á las energías creadoras del misterioso universo para ajustar á sus leyes la conducta y prolongar la existencia! De ahí que los mandamientos de Dios, aun los más crueles, sean conservadores de la Vida y al modo del instinto vital, servidores humildes de ella. Lo divino se ofrece así á los ojos atónitos como un _substratum_ de las leyes de la materia... Ya se ha visto como en las entrañas de las doctrinas espiritualistas, existen barruntes reveladores de la identidad de lo divino y la fuerza, y común origen de la materia y del espíritu--Bruno ya anunciaba que Dios es la fuerza que se transforma en todas las cosas, sin dejar de ser siempre una y siempre la misma en sí,--y como la evolución filosófica tiende á un monismo absoluto, materialista y prosaico, que por juzgarlo enemigo de la ilusión humana y ayuno de toda grandeza, causa la desesperación de los obstinados irrealistas y provoca las líricas cóleras de ese ente radioso y obtuso que se llama el poeta...

Con eso y con todo, el tal materialismo, que penetra el pensamiento contemporáneo, sin curarse de las declamaciones sonoras y huecas con que se gargarizan los eternos ilusos, lejos de desesperanzar á los hombres, como pudiera creerse, al destruir implacablemente sus fantásticos sueños, podría resolver, por el contrario, lo que se consideraba eternamente irreconciliable y antagónico: la pugna de la Fuerza y la Razón, y las irreducibles antinomias del interés y del altruísmo, del individuo y de la sociedad, de la bestia y del hombre; las crueles antinomias, en una palabra, de nuestras aspiraciones subjetivas y las realidades indestructibles del mundo.

Apoyándose en algunas verdades indiscutibles, que no están en desacuerdo con los postulados de la experiencia, como las morales espiritualistas y los dogmas antropocéntricos, tal vez pudiese el instinto vital componer un nuevo brebaje de ilusión, que haría reverdecer las fértiles praderas de la esperanza en el alma aridecida de los hombres. Para ello bastaría desentrañar los elementos sociales que lleva en su seno, como la áspera corteza la sabrosa pulpa, el principio selectivo, cruel y destructor, que es la enjundia y el alma de diamante de la Fuerza y de la Vida. En vez de desoír las _voces secretas_ y los _eternos mandatos_ de la diosa inexorable y revelarnos contra ellos, oponiéndoles, ¡pueril intención! las leyes falaces de un universo ilusorio, en el cual no creemos ya, sería más digno de una acendrada sabiduría someterse y convertir por un sortilegio de la voluntad, en bien obediente y utilizable, el mal fiero é indómito, que burlándose de falsas autoridades y falsos reglamentos, voltea nuestros castillos de naipes ó nos acecha airado en todas las encrucijadas de la vía dolorosa. Sólo así pudiera ser que la planta de estufa de la moral, hundiera sus endebles raíces en la tierra firme, dando al aire libre flores y frutos, y que el Derecho, la Razón, la Justicia no fueran, sin la superstición del creyente, puras entelequias, ídolos grotescos, fetiches irrisorios, sino expresiones reales y legítimas de lo divino natural, reconocido y acatado por la inteligencia del hombre.

Á pesar de la pobre condición humana y miseria del mundo, no parece imposible elevar sobre las ruinas informes del idealismo de Platón, del que derivan no sólo las grandes falsificaciones que _consisten en anteponer las ideas á las actividades, á los hechos de fuerza que las crearon_, sino en anteponer la razón mística á la razón física, y en ponerle á ésta la máscara de aquélla, no parece imposible, repito, elevar un templo grandioso, construído con los materiales del planeta, y donde, convertidas en ilusiones posibles y realidades futuras, pudieran recogerse y esperar las Quimeras y Utopías, antaño acariciadas como un lenitivo á sus males, por la humanidad doliente y ensoñadora.

Existen razones, cada vez más pertinaces y sugestivas, para darnos á pensar que la Fuerza no es tan antagónica á las asiáticas esperanzas humanas como Apolo y Jesús, por motivos ocultos, nos lo han hecho creer. Puede afirmarse sin loca temeridad, que su inteligencia y su razón se acuerdan más con el genio de la especie y son, en definitiva, superiores á la razón é inteligencia del Espíritu. Prueba irrefutable de ello, es que este audaz aeronauta termina infaliblemente las ideales excursiones por el cielo azul,

«que no es azul ni es cielo»

cayendo en los pantanos más cenagosos de la necesidad; mientras que el culto de la diosa omnímoda, al absorber en los robustos pechos de la Naturaleza el néctar y la ambrosía del olimpo, se diviniza, rematando fatalmente, ora en la práctica ora en las doctrinas de sus pontífices más materialotes ó más románticos, en la religión de la Vida, y de una vida intensa, heroica, plena, desbordante de espléndida robustez y hermosura, por predominar en ella el instinto de grandeza sobre la dicha del mayor número y el nivelamiento común, enemigo ambagioso ó declarado de toda superioridad y aun de la vida misma, de los pensadores devotos del humanitarismo.

Sería curioso y acaso útil, escudriñar y descubrir las necesidades éticas y las reacciones contra-sentimentales que determinaron la concepción del heroísmo en la historia y la filosofía. Schlegel y Tieck echaron las basas; Hegel, Schopenhauer y los historiadores alemanes, desde Ranke y Mommsen á Sybel y Treitschke, le dieron forma concreta y positiva, y luego cumplido remate Carlyle y Nietzsche. Á pesar de su abolengo en apariencia idealista y hasta místicos componentes, el culto del héroe, del genio, del hombre histórico ó providencial y, en fin, del superhombre, es no sólo aristocrático como la Naturaleza, donde todo es diferenciación y jerarquía, sino á la par de ella, tan contrario á la moral de la razón razonante como á la moral del sentimiento, puesta de moda por el infelice Juan Jacobo y de la que arrancan, según muy encumbrados pensadores, el romanticismo en política y literatura: dos formas del espíritu de rebelión, de la sensiblería caprichosa y la hemorragia de la palabra, que llevan entre las flores de trapo de los idealismos ornamentales los venenos sutiles de flaquezas, disoluciones é iniquidades sin cuento.

PARECERÍA incomprensible que en este mundo, donde reina el más tiránico determinismo, y donde los fenómenos se subordinan los unos á los otros sumisamente, las quimeras y los romances, de libertad igualdad y fraternidad, imaginados por un _héros lâche et délicat_, hayan ejercido tan misteriosa acción sobre los hombres, si no fuese cosa averiguada que éstos adoran los discursos, fantaseos y dulces damiselas que más los engañan, adulan y fascinan. Y el mísero y glorioso Rousseau, es el fascinador más grande que, después del Nazareno, ha visto la humanidad: «un maestro de ilusiones y un apóstol de lo absurdo», como dice alguien con crueldad, pero no sin exactitud. Él amó ardientemente á los desheredados de la fortuna; clamó contra los poderosos, aun cuando se holgaba en su compañía y comía su pan; sufrió á la vista de todos, los dolores de la inteligencia, del orgullo, de la carne flaca, y comunicó á todos también sus rencores, despechos y fiebres de reparaciones sociales y dicha universal. Fué el novelador de la Utopía y el arquitecto lógico de un sueño de poeta. Por eso ha sido y será el eterno revolucionario y el eterno ilusionista. Su poder de encanto y seducción, calor comunicativo y contagiosa locura de bondad y virtud, es para la conciencia lo que para el Deseo el dulce é irresistible canto de la sirena. Fuera preciso no tener sensibilidad humana para escuchar sin embriaguez, los persuasivos y cálidos Discursos, _Rêveries_ y Confesiones que se dirigen artera y directamente, no al cerebro, sino al corazón, al orgullo, á los apetitos que robustecen las ansias legítimas, en suma, de placer y dominación. Nuestras flaquezas están de su parte, sus debilidades de la nuestra: por eso ha reinado y reinará. Y he aquí lo estupendo: salvo la sana aspiración hacia la dicha y el imperialismo democrático que ocultan las frases fraternales, la dolorosa experiencia de los pueblos proclama que todo es falso en las doctrinas que han hecho sacudir á la humanidad en tan violentas convulsiones y preparan al presente otros y acaso más terribles sacudimientos para el porvenir. Falso que el hombre sea bueno por naturaleza; falso que nazca libre é igual á los demás hombres; falsa la fraternidad y las utopías sentimentales basadas en el desconocimiento absoluto de la fisiología humana.

¡Pero qué importa!

Precisamente lo que ha hecho que el rousianismo arraigue y viva en la inteligencia y el corazón de la humanidad, no obstante sus contradicciones y pueriles fundamentos, es que en vez de ser una grande verdad es una grande ilusión. Lo imperecedero de él son sus errores. Gracias á ellos, y no á su substancia lógica, hase convertido en verdad popular, en injusticia, en esclavitud. Á tal punto que, sin quererlo, el observador de los tiempos que corren se pregunta, rugando la pensativa frente, si el verdadero libertador de los ilotas, el destructor del último ídolo y de la última tiranía no será acaso el que asesine la Libertad...

LA moral de la Fuerza, velada hasta ahora á los ojos humanos, pero presente en el mundo, no admite del desorden anárquico, ni la mentira, ni el error, ni las contumaces falsificaciones del espíritu, porque la Fuerza, ó por otro nombre, la razón física, es lo que es y no puede menos de ser; lo que triunfa fatalmente, la condición única y suprema de las realidades, y lo que establece en toda suerte de cosas una indestructible jerarquía, un orden divino, al que nadie ni nada escapa, ni aun la razón mística, que viene á ser así como la loca de la casa de la otra y universal razón.