La Muerte Del Cisne

Part 2

Chapter 23,453 wordsPublic domain

Y al modo de la idea, instintos, pasiones y sentimientos nacen ó mueren, crecen ó menguan, dominan ó caen en esclavitud gracias á las mil formas de selección que reviste el juego universal de la fuerza. Aun las cosas más delicadas y de cándida apariencia están sometidas á las duras leyes de aquel juego y á su vez las practican cruelmente. ¿Qué son las intenciones en el arte sin la virtud, el don y la gracia; sin el divino _poder_ de animar con un eurítmico soplo la materia inerte y las formas inarticuladas? ¿Qué la grandeza moral sin las severas disciplinas que torturan y dislocan las inclinaciones naturales á fin de hacerlas encajar en los ortodoxos moldes de la regla? ¿Qué la inteligencia, sin las tiranías y absolutismos del orden, del método; sin la facultad despótica de clasificar los fenómenos, establecer similitudes y descubrir las secretas é inefables correspondencias que introducen una musical jerarquía en el reino de lo caótico, informe y confuso?

El estro poético y la nobleza del carácter, el prestigio del héroe y la virtud de la idea no tienen, mal que pese á nuestras magníficas ilusiones, otra genealogía que la de los hechos cesáreos. Ideas y sentimientos parecen no ser, aunque nos asombre y acongoje, cosas específicamente distintas de la energía creadora, sino modalidades supremas de ella; cristalizaciones perfectas del espíritu, semejantes á las cristalizaciones regulares del reino inorgánico, á las que tiende la fuerza madre impulsada, sin duda, por extraña y fatal inclinación. La armonía misteriosa de un organismo, de un alma ó de un mundo tuvieron, mientras el conocimiento real de las causas permaneció silencioso, el excelso y común origen en la inteligencia divina; pero ésta fué el símbolo de la ignorancia y del azoramiento humanos que bordó la encantada imaginación de las religiones sobre el tenue cañamazo de un universo quimérico. Formidables intuiciones invitan hoy á pensar que no existe otra Inteligencia que la inteligencia de la materia, ni otra Razón que la razón física, ni más Harmonía que los pasajeros equilibrios de una eterna lucha.

Sea en el mundo físico ó en el mundo moral, en el corazón ó en el cerebro, el principio que todo lo vivifica, es la voluntad de poder y dominación que diría Nietzsche, ó más propiamente aún, el ejercicio de la fuerza. Las guerras religiosas y las rivalidades enconadas de las sectas y escuelas entre sí; las herejías y los cismas combatidos por el fuego y por el hierro; las persecuciones feroces de los idealistas; las revoluciones _rojas_ de los teóricos, y la propensión irrefrenable de las Iglesias y las filosofías á convertir el influjo moral en Poder, muestran hasta qué punto los principios activos de la fuerza, aunque disfrazados por ideales máscaras, ordenan las maniobras de las huestes espirituales para la conquista y sumisión del mundo. Los aparatos y máquinas de guerra cambian en las diversas contiendas por la dominación, pero el _resorte_ es el mismo bajo la engañosa disparidad de las formas. Los ejércitos emplean armas y estratagemas; la diplomacia razones y argucias; seducciones y dulces violencias el amor; imperativos categóricos las morales, y las religiones milagros para convencer, recompensas para seducir y terrores para dominar. Nada escapa á la tremenda ley que ordena imperiosamente á todas las cosas reñir y asesinar. Cuanto existe en el cielo y la tierra es una conquista: el fruto del crimen y del robo; cuanto nace ó se forma en el tiempo y el espacio: la opresión de la fuerza triunfante sobre la fuerza vencida. Los peces grandes devoran á los pequeños, las microscópicas bacterias al hombre, los pensamientos robustos á los débiles, los dioses á los dioses. Nos alimentamos de la carne viva de los otros. Mas sirva de triaca á tanto dolor y de consuelo á tristeza tanta, que de esta lucha eterna y sin cuartel de los elementos, los organismos y las voluntades nacen los astros, los seres y las almas...

La fuerza sólo es real, y su ejercicio la causa primera de lo existente y la condición necesaria de la vida.

ESTA verdad, monstruo que con uñas de diamante desgarra la piel femenina de la celeste ilusión, tiene sólo de nueva el haber sido anunciada formalmente y lanzada con grande estruendo á los cuatro puntos cardinales por las líricas trompetas de Nietzsche, y, sobre todo, el que éste hiciera de la antiguaya de Heráclito, la enjundia de su doctrina filosófica y la substancia crítica disolvente de las morales que liban aún el néctar de la sabiduría en los labios divinos de los grandes iniciados, desde Rama hasta Jesús.

Las ideas-bacantes de Nietzsche, cual si fueran seguidas del bullicioso cortejo de Pan, introducen el desorden, el ruido y la alegría en la ceremoniosa corte del pensamiento ortodoxo. Los instintos prepotentes, las pasiones fogosas y desmandadas, los egoísmos vencedores, y el orgullo satánico:

«Qui nous rend triomphants et semblables aux Dieux».

apetitos, concupiscencias, ímpetus rebeldes salen en tropel de las lóbregas mazmorras en que los aprisionaron Apolo y Cristo, y, revelándose contra sus irreconciliables adversarios, pretenden arrebatarles el cetro del mundo. Á la religión del Alma, sustentada con grande penuria á los flacos pechos de la metafísica, y enemiga de la Naturaleza y la realidad, sucede la religión de la Vida, que se nutre en las morenas y ópimas mamas de la tierra, no reconociendo otras reglas ni leyes que las que ella misma se dicta para asegurar su reinado. La filosofía de la historia y la historia de la filosofía, proclaman de consuno la legitimidad de aquella desconcertante sucesión, y hasta la ciencia parsimoniosa, despojando con un gesto impasible y cruel á Psiquis de la inmortalidad para conferírsela á la materia, fortifica el novísimo culto y establece su noble celsitud. Lo inmortal no es el alma, sino el _plasma germinativo_, depósito minúsculo y misterioso de la conciencia del mundo y del jugo potencial de todas las generaciones, que éstas se transmiten, por medio del acto genésico, como una herencia sagrada y eterna...

Ya la poética imaginación de los griegos simbolizaba en la Carrera de la Antorcha, ese juego divino de la Vida; y las fiestas de Osiris en Egipto, las Dionisíacas en Grecia, las Priapeas en Roma, las de Demeter en Sicilia, unidas á los juegos atléticos y á los cultos cándidos ó torpes de la fuerza generatriz en muy incipientes ó colmadas civilizaciones, dan indicios inequívocos del instinto seguro, aunque mal interpretado á veces, de los derechos de la naturaleza y de la vida que siempre indujo al hombre á la adoración de la animalidad humana en su impuro, pero fecundo esplendor.

Dios muere y los dioses resucitan. Otra vez reanúdase, con más ahinco y encono, el duelo á muerte del espíritu y la materia, del alma y del cuerpo, de la razón y del instinto. Sólo que esta vez el instinto, el condenado instinto de las religiones, aparece en la palestra nietzsquiana armado de las fuerzas naturales y luciendo el mágico penacho del poder de crear las ilusiones propicias á la existencia que la Razón tiende torpemente á destruir con sus construcciones artificiosas, ironías y escepticismos. Y la elección de la Vida entre aquello que la propaga y robustece, y aquello que la amengua y desvirtúa, no puede ser dudosa. Lo bueno, lo justo, lo verdadero es lo favorable á ella; lo malo, lo injusto, lo falso lo que á ella se opone. El mundo moral, el mundo de la idea: la verdad imaginaria opuesta _á lo que es_, se desvanece y surge el mundo de las realidades indestructibles y las verdades útiles parido con dolor por una nueva y próvida Fatalidad. Y aquí se produce la _transmutación de valores_ que indujo al gran revolucionario de la filosofía á oponer con magnífica pompa verbal y mefistofélico empaque, lo que nadie osó: á la pequeña inteligencia del cerebro, la grande inteligencia del instinto; á las falsas jerarquías del derecho, caprichoso y sentimental, las legítimas jerarquías que, en todos órdenes de cosas, establece la fuerza; á la piedad del individuo, virtud egoísta de los débiles, la _piedad de la especie_, don de las almas heroicas; al amor del hombre, venero de una humanidad doliente y apocada, el culto del _superhombre_, germen de la vida desbordante de belleza y generosos ímpetus; á la destructora _moralina_ de los esclavos, la moral creadora de los _aristos_; á la religión de la paz y la humildad, la religión del esfuerzo y de la lucha trágica contra el Destino; á los mandamientos seráficos de Jesús, que nos desarraigan de la tierra y convierten en sombras vagorosas y fantasmas del miedo, los mandamientos de las leyes inexorables que rigen al universo todo, los cuales vuelven al ensoberbecido primate al seno de la Naturaleza y lo nutren de sus truculentos jugos.

En la intrincada selva de Zaratustra, donde se oye la flauta de Pan y retumban las carreras de los centauros, las virtudes ascéticas huyen despavoridas, como vírgenes medrosas, ante las desatadas pasiones y libres fuerzas naturales, faunesas fecundas, que coronan de frescos pámpanos la bicorne testa de Dionisos y restablecen en culto del riente dios. La esencia de la filosofía de Nietzsche, de quien panegiristas ó detractores tienen, por lo general, un conocimiento harto sumario y epidérmico, está concretada y contenida en las siguientes afirmaciones: la voluntad de dominación es el nervio del mundo: todo tiende á ocupar más espacio; la Vida, la única cosa sagrada, se dicta sus leyes y fines, que no tienen otro objeto que el de asegurar la triunfante expansión de la vida, lo cual entraña la adoración de la fuerza como origen y medida de todas las cosas, y el amor de la existencia, no como espectáculo transcendente y finalista, sino como espectáculo estético. Y este estetismo heroico, sin enjundia en apariencia, es lo que impide á Nietzsche de caer, como su maestro Schopenhauer, en el abismo del nirvana. Ambos afirman que el mundo no tiene finalidad alguna y que lógicamente no cabe explicarlo; concuerdan también al figurarse que la esencia de la vida es el ejercicio de la fuerza, á la cual, por darle un nombre más concreto y á la vez menos objetivo, _que no suponga el conocimiento imposible del fenómeno_, llama el maestro voluntad de vivir y el discípulo voluntad de dominación; pero aquí se separan, divergen y mientras Schopenhauer, impelido por los resabios de su íntimo comercio con Buda, quiere abolir toda individuación, todo egoísmo, todo deseo para llegar á la inefable _euthanasia_ y escapar al dolor, Nietzsche llama á sí los dolores, pasiones, instintos y exasperadas apetencias del alma, á fin de embravecer en la criatura la voluntad de dominación, hacer más terrible la lucha del deseo insaciable y aumentar de ese modo el precio, la hermosura y la sombría majestad de la existencia. El culto trágico de la vida y el estetismo heroico florecen entonces ufanamente, como rosales de rosas escarlatas y jocundas, cultivadas por el altivo Don Juan en el acerbo jardín de las Furias.

MAS la voluntad de vivir y la voluntad de dominación, que á veces las sutilezas del raciocinio transforman en la boca de los filósofos en entidades metafísicas son, al parecer, dos interpretaciones, digámoslo así, de la fuerza á secas, de la energía ó principio generador del universo, y según todas las apariencias y probabilidades, también de las almas, como son igualmente interpretaciones de ese principio dinámico, si se hunde el escalpelo en el riñón de las cosas, el _agua_ de Tales de Mileto, el venerable precursor de Quintón, y el _fuego viviente_ de Heráclito; lo _indefinido_ de Anaximandro y la _unidad absoluta_ de los alejandrinos; la _idea_ de Platón y la _actividad pura_ de Aristóteles; la _substancia única_ de Spinoza, y, por decirlo todo, la _causa primera_ de las filosofías y lo _divino_ de las religiones.

El vergonzante cuanto contumaz intento de reducir las causas generatrices de lo creado á un solo principio y establecer la unidad de naturaleza física de todos los fenómenos, se columbra aquí y allá, como un errante fuego fátuo, entre las tinieblas de la filosofía de Jonia y Abdera; en la del Pórtico, y, en general, en todo el panteísmo; tiene sus chispazos y vislumbres en plena Edad media; se formula más ó menos categóricamente en las estrambóticas explicaciones del iatro-mecanicismo y del iatro-quimismo, y se depura y acicala en la moderna escuela materialista, hasta aparecer, por fin, como una afirmación razonada y formal, en la concepción unicista ó monista del universo y la doctrina físico-química de la vida, á las que han prestado últimamente eficacísimo concurso, el formidable trabajo de los laboratorios y, sobre todo, considerándolos de cierta manera, los desconcertantes descubrimientos de Le Bon y Burke.

Las concluyentes experiencias del primero, muestran, entre otros portentos, que los indivisibles é inmortales átomos de Demócrito y Epicuro son, en realidad, diminutos y colosales depósitos de la energía dispersa en el universo, la cual en efluvios magnéticos, emanaciones de distinta índole y explosiones perennes y varias de la misma naturaleza que la luz, la electricidad ó el calor, abandona las prisiones del átomo y retorna al éter de donde salió, formando por tal arte, el maravilloso puente aéreo que una la materia ponderable á la materia intangible... De este inopinado modo aparece la radio actividad, que en mayor ó en menor grado poseen todos los cuerpos, y que es el fenómeno específico de su disociación ó muerte, como el último suspiro de la materia antes de volver á la nada... Pero, en verdad, ¿es la vuelta á la nada? ¿la muerte dulce y silenciosa de la materia indestructible? ¿la substitución del dogma clásico «nada se crea, nada se pierde,» base de la química y la mecánica, por la fórmula heterodoxa «nada se crea, todo se pierde»? Sí, desde luego, si el éter de donde salió la materia y adonde vuelve al fin, siguiera siendo para nosotros la nada, por escapar á nuestros medios de apreciación; pero no es probable que siga siendo así. Las grandes fuerzas del universo son sus manifestaciones. La mayor parte de los fenómenos físicos no son posibles sin su existencia. Le Bon acierta á imaginarlo, al igual de la materia, como un milagroso equilibrio de la energía, sólo que móvil é intangible, «fuente primera de las cosas y último término de ellas». Lord Kelvin supone que el éter es un sólido dotado de extraordinaria elasticidad y que llena todos los ámbitos del espacio. Para algunos físicos, y no de los menos célebres y autorizados, la molécula material es sólo éter. De todas maneras y como quiera que se mire, el éter es algo, y lo que resulta del cómputo y coordinación de tantas abstrusas hipótesis é indiscutibles certezas, es que la materia parece á todas luces una forma de la energía universal contenida en el éter; que materia y fuerza son la misma cosa, y que entre el mundo tangible y el mundo inmaterial no existe ningún abismo. Los efluvios sutiles de la radioactividad, ni completamente materiales ni completamente etéreos, participan de las dos naturalezas y unen los dos mundos.

Por su parte, los discutidos y zarandeados experimentos del sabio profesor de Cambridge, sobre la generación espontánea, hacen, cuando menos, vislumbrar el misterioso tránsito de la materia inerte á la materia organizada. Los _radiobos_, los artificiales animálculos producidos por la acción del radium sobre la gelatina esterilizada, ofrecen singularísimo parentesco con la materia viviente, y aunque el rigorismo científico de los institutos les rehuse el carácter de bacterias, puede admitirse, sin cándida credulidad, que aquellos semi-organismos, engendrados por un embrujo del hombre, constituyen, mejor que el cristal, el eslabón precioso que une lo inanimado á lo animado.

Aún la vida, como el Homúnculos de Wagner, no ha surgido inquieta de la panza fecunda de las retortas; pero las distancias, tenidas por insalvables, entre los mundos orgánico é inorgánico que mil analogías y correspondencias intrínsecas aproximan y confunden, se reducen á cada nuevo descubrimiento y no tardarán en desaparecer en absoluto, como van en camino de hacerlo, á la par de los dioses, dogmas y augustas entidades de la teología y la metafísica, las viejas murallas de la China y los místicos fosos que separaban celosamente los dominios linderos del cuerpo y del alma.

ASEGURABA el honestísimo Taine que «las mismas leyes rigen al hombre y á la piedra del camino». Esta afirmación inaudita y escandalosa en su época, va convirtiéndose, limada de ángulos y puntas por el uso, en certidumbre cuasi burguesa ó trivialísima verdad, sobre todo desde que la síntesis de los conocimientos actuales afirma, implícita y aun formalmente, el común origen del mundo físico, del mundo orgánico y del mundo moral. En efecto, á pesar de las travesuras del neo-vitalismo y las argucias de la metafísica, en lo palpable, en la juridicción de los hechos susceptibles de un principio, al menos, de demostración, el avance de las ciencias concurre por vías distintas y múltiples á destruir las viejas dualidades de la materia y la energía, de lo inerte y lo animado, de la bestia y del hombre, del cuerpo y del alma, dividida asimismo, según Pitágoras y Aristóteles, en la Noûs ó alma pensante é inmortal, y la Psiquis ó alma vegetativa y perecedera. Las manifestaciones vitales son consideradas por una novísima doctrina que goza de gran predicamento, como metamorfosis _energéticas_ de idéntico modo que las demás manifestaciones de la luz ó el calor; otra, no menos en boga, arguye que la vida parece distinta de la fuerza y el pensamiento distinto de la vida, porque el análisis no ha llegado á su sazón aún, y, en general, los sabios proclaman, sin ambages ni miedo á los inquisitoriales potros, que las piedras _viven_ y _mueren_, que los metales se _fatigan_, que la materia, aun la más pesada y consistente, es una cosa animada, velocidad pura, una forma estable de la fuerza; la vida, un _complexus_ de operaciones físico-químicas de la misma naturaleza que las que dan origen al _individuo cristalino_, el cual nace, asimila y se reproduce de un modo casi idéntico á como lo hace la substancia viviente; la inteligencia, una máquina explosiva de más rápidos efectos, pero no de distinta fábrica, que la inteligencia bruta directora de la maravillosa adaptación de los órganos sexuales de las plantas para ser fecundados por los insectos, ó preparado en el andar de los siglos, los faros luminosos de los halosauropsis, á fin de que éstos puedan servirse de sus órganos visuales en los abismos tenebrosos del mar, adonde no llegan las ondas clementes de la luz... Todo vive de la misma vida y una es el ánima de toda cosa. Y lo que más espanta y maravilla es que esa ánima guerrera, esa actividad creadora y á una mortífera que los físicos descubren en las entrañas del átomo, los fisiólogos en la célula viva y los psicólogos en los orígenes del pensamiento, los moralistas, con zozobra y pasmo, empiezan á columbrarla en el fondo del acto moral y en el corazón de las sociedades.

Parando mientes en tales hechos, y aun contra las protestas y ascos de nuestra indignada voluntad, difícil es no caer en la pecaminosa tentación de atribuir los fenómenos físicos ó morales á la causa generadora--fuerza, energía ó movimiento--que ya buscaron en sus hornos tenebrosos los alquimistas medioevales. Llamémosle fuerza, porque es el término empleado corrientemente en la explicación de todos los fenómenos. Ella une estrechamente los seres y las cosas como el hilo de seda las diferentes perlas del collar; ella dirige en la orquestación del universo, las inverosímiles arquitecturas moleculares y las construcciones pasmosas del espíritu; ella, finalmente, se impone cada vez con más tiranía al entendimiento como el _principio único_ del que serían portentosos atributos por orden cronológico, la materia, la vida, la inteligencia, el alma...

ESTE monismo archi-materialista, no barruntado por Heráclito en la remota antigüedad, ni tampoco por Spinoza, ni Goethe, ni el mismísimo Haekel en los tiempos modernos, traería aparejadas catástrofes inmensas en el orden moral, y, por añadidura, sorpresas apocalípticas para nuestro orgullo infanzón de vástagos del Espíritu, así que los pacientes y sapientísimos varones que exploran la razón de las cosas, empezasen á descubrir los gérmenes terribles de la fuerza en el alma blanca de lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero... Acaso va á desarrollarse ante nuestros ojos estupefactos el grande drama del mundo que, en los abismos de la conciencia _sublimal_, viene preparándose sigilosamente desde luengos siglos. Es posible. El aire huele á tormenta. Sea lo que fuere, lo cierto y lo que está al alcance de cualquier quisque, á poco de haber rumiado en las aulas algunos desperdicios de ciencia filosófica, es que desde el naturalismo jonio acá; desde que las cosmogonías y las éticas pierden su carácter divino y se convierten en explicaciones naturales del universo y la conducta, los fermentos activos de la fuerza entran más ó menos secretamente en la composición de las ideas. El _amor propio_ de La Rochefoucauld, que es, en último término, una forma obscura y ambagiosa del limpio y franco _deseo de poder_ de Hobbes; el _derecho natural_ de Spinoza; el _instinto de soberanía_ de Mandeville, primo carnal del _instinto invasor_ de Blanqui y de la _fuerza fundamental_ del ser humano de Stirner; el _interés_ de Helvecio, Bentham y del utilitarismo; el _principio selectivo_ de Lamark, Darwin y la escuela evolucionista; el _mayor motivo_ de Spencer y las mismas _ideas-fuerzas_ de Fouillee, y, por último, la _expansión de la vida_ de Guyau y la _voluntad de poder_ de Nietzsche, principios más universales de la conducta, tentado estoy de decir que no son otra cosa, en substancia, que el reconocimiento teórico más ó menos implícito de la energía _combativa_ que, en la práctica, ha dirigido los movimientos armónicos ó desordenados del alma humana.