La Muerte Del Cisne

Part 11

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EL espíritu poco práctico, la ineptitud comercial, la falta de sentido político y escaso poder de gobernarse, esa á modo de debilidad femenina y frívola ligereza de los pueblos en demasía razonadores, tiene su origen, tal vez, en que fueron descepados de la tierra y desposeídos del sentimiento de las realidades por la absurda falsificación que, á guisa de pecados y vicios, combate todavía torpemente la _fuerza fundamental_ de la humana criatura. Cuando dejan de oirse los _eternos mandatos_ de la Diosa se inventan por repugnancia invencible del mundo y miedo de vivir, los paraísos artificiales ó consoladores mentiras del arte con las que se reconforta el esteta y lucha contra lo incompleto de su destino; también se inventan las religiones del alma y las hechicerías de la razón, y todo aquello que por ser enemigo jurado de lo vital y lo viril, ablanda los sentimientos, corrompe con pérfidas seducciones la facultad utilitaria de conocer y prepara el reino brillante, pero efímero, de las sofisterías del corazón y del cerebro.

Porque así como en la ciudad Luz las emociones van por pendientes naturales hacia el erotismo y dejan los sentimientos, no encendidos por la amorosa llama, como velados en la sombra, en lo que atañe á la inteligencia todo converge hacia las formas puras y desinteresadas del pensamiento, según la tradición irrealista y anti-utilitaria de los ascetas medioevales del saber: especulaciones filosóficas sin aplicación á las realidades prácticas, idealismo político, misticismo social: hinchada palabrería razonante en la que se resuelven al fin de cuentas el racionalismo y el sentimentalismo francés.

La Francia es el alma de Juan Jacobo. Sueña, persigue la injusticia, busca presa de inquietudes mortales la dicha universal y con todo ello, y quizá á causa de ello, no puede reducir la anarquía interior que la divide en mil familias de Capuletos y Montescos, la debilita en frente del invasor y desdora á los propios ojos. ¡Noble é ilusa Lutecia, víctima de lo que llamaba Gioberti el «amor de los antípodas»! Su pecado y su crimen es el de no ser bastante egoísta. Las construcciones ideales y fiebres demagógicas; los esfuerzos por encauzar el torrente impetuoso de la vida en los estrechos canales de la lógica y poner al unísono universo y corazón, absorben los zumos preciosos de su cerebro y la hacen descuidar las aplicaciones humildes, pero provechosas, de la inteligencia á las necesidades de la concurrencia universal, urgentes y perentorias en el medio económico realista y utilitario, no exento por dicha de heroísmo ni de grandeza en que, quieras que no, viven los pueblos civilizados.

La consecuencia lamentable de tantas imaginaciones y ensueños es el crónico desequilibrio del organismo nacional y, por añadidura, una suerte de desidia é ineptitud para las cosas prácticas y cierto amilanado apocamiento en las aventuras financieras que, no obstante las altas cualidades y superior inteligencia del pueblo francés, lo colocan en permanente inferioridad junto á otros pueblos menos cultivados pero más enérgicos; menos espirituales, pero más duchos en aplicar la inteligencia á la vida; menos sensibles y ébrios de virtud, pero en el fondo más sociables y virtuosos. Tiene sus quiebras el confundir la inteligencia con el _esprit_, la realidad con la literatura, las virtudes sociales con la sensibilidad lírica. Y á todo ello conduce frecuentemente el culto de la Razón, que tantas esperanzas hizo concebir á la humanidad. Buena es la cultura cuando fortifica la inteligencia y no relaja las energías productoras, que son las virtudes cardinales del mundo moderno; cuando acrisola la aptitud estética sin menoscabo de la virilidad, cuando acuerda, en lo que cabe, la conciencia con lo sub-consciente, la física del alma y la física del cuerpo; pero es condenable toda civilización, por brillante que sea si, con el pretexto de ennoblecer, desarma para vivir y pone en los labios de los hombres la frase de Bourget: «Agir, c'est toujours accepter la mesquinerie des conditions autour de son Ideal».

Las cristalizaciones típicas de la civilización francesa, y aun podría decirse de la cultura greco-latina de la que es París el dechado y la simbólica flor, son los refinamientos de la sensibilidad y las elegancias mentales: superioridad palmaria en las cosas del espíritu, lo que le permite imponerle al mundo sus gustos estéticos y modas sentimentales; inferioridad no menos patente en el campo de lo que llamaría el enérgico ex-presidente yanqui la vida intensa, donde las voluntades anemiadas por las sangrías del sentir y del pensar desfallecen y se doblegan sumisas ante otras voluntades limpias de toda intoxicación literaria y que no tienen los ojos _ébrios de luna_ sino fulgentes de luz solar.

CONSIDERANDO al materialismo fatal de la era presente y las aptitudes prácticas de que los pueblos han menester para no petrificarse en las viejas formas de la cultura ni quedarse rezagados, se comprende, sin grande esfuerzo, la reacción brusca de las civilizaciones modernas, positivas y utilitarias, contra las civilizaciones irrealistas del pasado y particularmente contra el racionalismo francés. Á pesar de los lloros del alma es preciso confesarlo: las disciplinas eficaces y ennoblecedoras un día, más que otras cualesquiera, de la cultura francesa, ni son las fórmulas pedagógicas de las naciones que extienden sus dominios en el momento histórico actual, ni pueden ser las fórmulas morales del porvenir. Si bien afinan al animal humano, lo hacen con detrimento de sus energías belicosas. Es lo contrario lo que priva y hace falta. La selección de las sociedades encamínase francamente á proteger á los viriles y destruir á los sensitivos. Y por eso la cultura que realizó en la historia el connubio de la Gracia y del Saber, la única que todavía puede parangonarse á la que floreció en el Ática sonora, parece que hubiera dejado de ser actual y de producir las virtudes sociales del momento.

Verdad es que un pensador de fuste, clarovidente é imparcial, caracteriza el siglo XIX por dos hechos singulares entre todos: el triunfo del espíritu democrático y del idealismo político ó extensión de la influencia de Francia en el dominio espiritual, y la supremacía de los anglo-sajones y germanos en el dominio de las realidades prácticas, ó lo que es equivalente, en las luchas políticas y económicas. Mas lo primero es sólo una amable apariencia. Por lo que toca á la filosofía y la moral, damas pudibundas y al parecer invulnerables para las flechas de Eros, pero que con sobrada frecuencia padecen de vapores y desmayan voluptuosas en los brazos de los bárbaros, lo típico del siglo XIX es, en último término, la reacción triunfante del naturalismo alemán y del darwinismo anglo-sajón, contra el racionalismo francés; en lo que atañe á la vida real lo que salta á los ojos es el advenimiento de toda suerte de imperialismos, políticos, económicos, democráticos y la superioridad, establecida por los hechos en solemnes ocasiones, de los viriles sobre los sensitivos, de la voluntad sobre la inteligencia, de la fuerza sobre el derecho, «que cuando no es la fuerza es el mal», según la aserción del paradójico Wilde, un esteta que también aseguraba con el mismo desahogo, «que no tiene nada de sano el culto de la belleza». Él debía de saberlo.

Y esa superioridad, y he aquí lo portentoso, se hace manifiesta no solamente en las luchas económicas y diarias porfías, sino en el terreno de la solidaridad, donde parece que debieran ser más eficaces las aptitudes graciosas y amables. Y bien, no. El espíritu solidarista que enfervorizado persigue el derecho igual para todo y para todos, la dicha del mayor número, la libertad, el progreso, nociones confusas y tal vez antinómicas, no es más favorable, en suma, á la sociedad que las doctrinas naturalistas ó anti-racionalistas de alemanes é ingleses. En la práctica intelectualismo y racionalismo franceses degeneran, el primero: en _estetismo_ amoral, ironía, escéptica indiferencia y repugnancia de las realidades; el segundo: en perpetua fermentación revolucionaria é individualismo anárquico, cosas antagónicas, como el amoralismo de los estetas, á la sociedad y la vida. Por el contrario, el duro darwinismo social, cabeza de turco de tantas sentimentales declamaciones, conduce al respeto de las jerarquías, al orden, á la libertad, á la cooperación por la vida dentro de la lucha por la vida; y, por otra parte, al individualismo del _self governement_, que es fuente inagotable de energías y virtudes sociales, no teóricas sino prácticas y efectivas. De donde pudiera inferirse rigurosamente que el egoísmo acaparador de los brutales, es más provechoso para el mundo que el egoísmo _sin interés_ de los delicados.

Y de hecho autores hay que atribuyen las excelencias de los pueblos del Norte, al haber permanecido hostiles á la influencia greco-latina, manteniendo en un estado de semi-barbarie su originalidad étnica y hasta cierto punto, su civilización castiza, lo que constituye la fuerza propia de un pueblo y las cualidades de fondo de una raza. Mas esos pueblos precisamente, desempeñaron por mucho tiempo un papel secundario en las conquistas de la civilización y se nutrieron en muchas cosas de la enjundia latina. Si los anglo-sajones y los germanos aun conservan un elemento de salud y vigor de que carecen los pueblos que sufrieron el dominio de la Roma de los Césares y los Papas, no debe atribuirse á la ausencia de ese dominio, sino más bien, á la sórdida economía de fuerzas hecha en luengos siglos de vida obscura, extraña á los refinamientos y molicies destructoras del carácter que traen consigo siempre las civilizaciones extremas. Atenas, Roma, Alejandría, Bizancio lo atestiguan. La ventaja de que los pueblos se conserven puros y originales en su vida espiritual, es muy discutible cuando se piensa en lo que son la India y la China, y en lo lo que fué el Japón antes de haberse asimilado la civilización occidental. Lo que á todas luces hace falta y aprovecha, es que la cultura propia ó prestada no desvirtue el egoísmo nativo, manantial de toda vida y en el que absorben los jugos de la robustez del cuerpo y la salud del alma los pueblos fuertes, refinados ó sin desbastar aún.

Las cualidades viriles que garanticen el triunfo práctico y cabal en esta época de imperialismo económico, no han sido hasta ahora, ni son actualmente, el patrimonio exclusivo de las naciones salidas directamente de la barbarie. Los pueblos que hoy se enseñorean del globo, no poseían ayer las preciosas energías á que deben su predominio, ni nada hace suponer que tanto fasto y poder no concluyan un día con las palabras de Felipe II en su lecho de muerte. La vida en su juego divino seguirá transformando las sociedades y es muy posible que, en tiempo no lejano quizá, aquellas soberbiosas dotes dejen de ser útiles en el grado que actualmente lo son, ora sea por el desgaste de la facultad, ora por las mudanzas del medio ambiente, como acontece en la era capitalista de cálculo y ahorro, con las virtudes hidalgas de la caballeresca España, eficaces en el tiempo pasado y al presente perniciosas. Así, pongo por caso, si el edenismo convierte un día la tierra en los campos elíseos de la humanidad, los pueblos que juzgamos ahora más aptos para la lucha vital, perderían la situación preponderante que deben á lo que entonces fueran cualidades anacrónicas y estorbos para asimilarse la nueva y triunfante cultura. Francia acaricia aquel voluptuoso ensueño oriental; si triunfase sería el desquite del ideal francés. Pero en la vida como en el arte, «las intenciones no son nada, el poder de realizar es todo». Y el poder, fuerza es que se diga, no está de parte de la Idea, sino del _Factum_; no de parte de los delicados, sino de los viriles; no de parte de los más nobles, sino de los más fuertes, que son los más aptos para convertir en hechos sus aspiraciones.

Por los demás no conviene llamarse á engaño sobre la supuesta egregia condición de los imperios espirituales ni la legitimidad de sus conquistas. Ya hemos dicho que la razón es esencialmente arbitraria y opresora, y cómo entra sin dar cuartel en las fortalezas del alma. Las zarandajas morales de la nobleza y del desinterés de los propósitos, cuando se examinan de cerca son pura patraña y retórica. Cada pueblo practica el imperialismo concorde con su peculiar fisiología y cultura. Como la función crea el órgano, el deseo crea la moral. Sé de sobra que el ideal francés se opone formalmente á todo privilegio é imperialismo derivado de los _hechos_ y no de la _teoría_; pero ese ideal ¿es otra cosa que el privilegio de la razón razonante que conviene á la Francia, y un imperialismo sentimental con el que, la nación desprovista de sus arreos guerreros, procura satisfacer espiritualmente, ya que no de otra manera, su gastado instinto de soberanía? Grande vidente fué Zaratustra cuando dijo: «El cuerpo se crea el espíritu como una mano de su voluntad». Todo es mano en el hombre, y el objeto de ese órgano prensil, es el de apoderarse de las cosas y no el de escribirlas en las arenas movientes que lamen las olas del mar.

DE las aspiraciones generosas y remontadas del pueblo francés, no cabe dudar y menos de su obra dilatada á todas las actividades, industrias, ciencias y máquinas especulativas. Su ideal ha sido por momentos el ideal de la humanidad. Todas las naciones le deben algo, y todos llevan en el medallón del alma, como un recuerdo del primer amor, la imagen querida del bello París. Fuera menester haber nacido ciego y sordo-mudo en las cosas del espíritu para negar la influencia dulce y luminosa que irradia sobre la tierra desde lo alto de la torre Eiffel, y no reconocer que muchas veces la amable Lutecia fué, y sigue siendo en parte aún, la flor de la humanidad y así como la inteligencia y la gracia del mundo. La invención de la inferioridad de la raza y la decadencia latina, son burdas especies. Después del libro de Finot quedan muy mal paradas las doctrinas de Gobineau y De Lapouge. Las aptitudes y cualidades francesas, tan múltiples como peregrinas, nunca fueron más salientes ni vigorosas. Sólo que el medio ha cambiado y muchas veces, aunque decantadas y superiores, no son utilizables aquellas excelencias. Al contrario, en cierta manera, sirven de rémora y dificultad para ponerse al diapasón positivista de los tiempos que corren. El mundo hase convertido en un vasto mercado donde no tienen empleo los marqueses _talon rouge_. El perpetrar las tradiciones estéticas de la elegancia del alma, no es ya elevado sacerdocio ni oficio remunerador. Y todo hace pensar que en lo futuro ningún pueblo podrá ejercer una influencia honda ni durable sobre los otros, ni siquiera tenerlos á raya, ni aun vivir con sus talentos de sociedad solamente por amables que sean. Francia conserva en sus manos de uñas pulidas el cetro del gusto, pero no el de la inteligencia técnica que se necesita en el Taller. Contra lo que supone el gran Anatole, el ejercicio del espíritu y el uso de la razón, de la vieja razón, no prolongarán el imperio de Francia sobre el mundo. La Fuerza de las ideas es ineficaz cuando las ideas no son la expresión de la Fuerza. En la vida moderna los retores y los humanistas van pareciendo casi tan anacrónicos como los santos. Pero ello no implica una condenación de muerte para los pueblos latinos, ni quiere decir que éstos, después de haber «fait le tour des sentiments et des idées», no puedan adquirir y desarrollar por convicción y sistemáticamente los arrestos y bríos morales que las naciones hoy dominadoras poseen gracias á su inferioridad crítica y simplicidad primitivas. Además, puede acontecer muy bien que las circunstancias ambientes cambien y las tornas se vuelvan y que resulten entonces feos vicios las cualidades que hoy se tienen por raras perfecciones, méritos de subidos quilates y signos ciertos de superioridad.

MAS, por el momento, la virtud de germanos y anglo-sajones salta á la vista. De un modo lento, pero eficaz, como el trabajo subterráneo de las aguas que disloca y parte las montañas, van haciendo del mundo su exclusivo patrimonio. Los grandes capitanes de la industria y la finanza plantan las banderas de la expansión comercial hasta en los rincones más escondidos del globo; conquistan los mercados, que son las ciudadelas de las naciones; se infiltran con sus mercancías en los pueblos y los hacen sus vasallos. Y á esta penetración parsimoniosa y mansa, pero segura, de las actividades invasoras, en las que se transvasan en la era capitalista los ímpetus conquistadores de otras épocas y los impulsos del nunca dormido, mientras se conserva sano, instinto de dominación, el sibarita París no acierta á oponer otras barreras para defender su predominio, que las brillanteces y refinamientos que abrieron á Roma las puertas de Atenas y á los bárbaros las puertas de Roma.

Al modo que las voluntades flacas, después de renunciar á las tierras del planeta, inventaron el consuelo de las tierras celestes y las estupefactiva inversión de valores que hacen robusto lo canijo, rico lo pobre, noble lo vil; las naciones de embotadas energías viriles y fatigados alientos, inventan los códigos morales de la debilidad y las ilusiones idealistas que adormecen y engañan las voluntades nacionales contra las que no se puede luchar á brazo partido ni frente á frente. Como el cristianismo, cuya esencia es renunciamiento, contemplación, acritud contra la existencia, la cultura greco-latina lleva en sí oculto, muy oculto, el desdén de lo real y de la acción--su amor de las ficciones del arte y odio de la riqueza da de ello claros indicios--y es un filtro poderoso para adormecer los ardores de la sangre moza y hacer factibles por las vías pacíficas, el suspirado reino de la justicia y la adorable quimera de la sociedad universal, que de realizarse han de hacerlo, como todas las cosas de este bajo mundo por la guerra y la muerte, «ya que nada existe sino en virtud de la injusticia; ya que toda existencia es un robo anticipado sobre otras existencias y que cada vida que florece lo hace en un cementerio», al decir del admirable Gourmont.

Cada vez que trato de exprimirle el jugo real á la _unión por la vida_, dulce fórmula de uno de los representantes más autorizados del idealismo francés, me viene á las mientes el recuerdo de otra unión de la que yo formaba parte de pequeño en la escuela. Se llamaba la «Cofradía del Bizcocho», y tenía por objeto el ayudarnos mútuamente para escamotearle al pobre diablo de mercachifle, que en las horas de asueto vendía de que merendar, las golosinas que apetecíamos. Nuestras maniobras eran muy concertadas y amigas hasta cometer el feo hurto, pero después, cuando se trataba de repartirlo, la unión _para el bizcocho_ se convertía invariablemente en guerra _por el bizcocho_. La experiencia del mundo me ha demostrado en múltiples ocasiones, que la unión para la vida desde que hay que comer, desde que hay que vivir se trueca en lucha por la vida. ¡Reino de la justicia, sociedad universal, edenismo terrestre! Hermosos sueños sino se cambiasen, con el desate de las pasiones, intereses y apetitos que _dejar de obedecer_, en guerra y anarquía, y sino fueran la expresión sintomática de las enfermedades de la voluntad que contraen los pueblos embebecidos de la idea y que palidecen y se consumen _escuchando el canto del ruiseñor_... Humanitarismo é internacionalismo, y, por otra parte, proteccionismo y antisemitismo, revelan bien á las claras la urgente necesidad de desarmar á los otros ó confabularse contra los que no se pueden vencer á armas iguales, y constituyen la implícita confesión de la anemia nacional. «Ils nous gênent», responde un personaje representativo de la nobleza en el drama «Israel» para explicar su odio á los judíos, vencedores en la lucha social y que acaparan ávidamente cuanto privilegio y poder se les pone al alcance de la mano. Y en aquella despechada frase se contiene la razón verdadera... y cínica, como todas las razones verdaderas, de un odio secular. Los judíos son los rivales, tanto más detestados cuanto más victoriosos, á cuyas arcas van á concentrarse los dineros, ó lo que importa lo mismo, la virtualidad y situación social de todos. Se comprende que incomoden y se hagan aborrecibles. «Ejercemos el natural dominio de las almas fuertes sobre las débiles», podrían ellos replicar remedando á la Galigaï cuando explicaba á los jueces su influencia sobre María de Médicis. Y no podía ser por menos. Contemplativos, idealistas, estetas nunca se acomodaron bien de la lanza, ni del casco guerreros. Digan lo que quieran: las exquisiteces de la inteligencia y la sensibilidad, son destructoras de la osadía y firmeza del empeño. No hay sino escudriñar, para percatarse de ello, las causas recónditas de la abulia, y observar de cerca la torpeza, timidez y escasísima _inteligencia_ en la práctica de la vida, de los cerebrales y los emotivos. ¡Pensar por pensar, sentir por sentir, flores monstruosas que secan la planta! En cambio, «obrar es pensar con todo el cuerpo». Sé, también, que obrar es asimismo, según el poeta del misterio y del silencio, recogerse en sí, escuchar, callar... pero no hay meditación ni recogimiento que unan el individuo como el acto á su patria celeste, á la actividad universal. Una idea suele ser una bella cosa, pero el más pequeño de los actos es siempre una cosa divina. Á mayor abundancia de razones, cuando el Espíritu deja de ser el servidor de la voluntad de vivir y gala y ornato de ella, la traiciona; el obrar la sirve en todos los casos y eternamente, y como aquella traición se repite con grande frecuencia, es por lo que resulta en definitiva, que en el individuo la capacidad de pensar y sentir idealmente nace y medra en razón inversa de la capacidad de obrar prácticamente. El pensador, el artista, en suma el poeta--llamo poeta al intérprete de lo divino--tiene una excelsa y misteriosa misión que cumplir en cuanto fabricante de ilusiones vitales: el resto de su actividad _inexplosiva_, ó su actividad misma cuando adormece y enerva en vez de excitar, es futileza y labor de mujeres, cosa de eunucos y distracciones de harén.

Ahora bien: esto último es, para desdicha de los imperios apolínicos, lo que ocurre y produce una especie de fermentación literaria que intoxica el corazón y el cerebro de las multitudes y prepara el reino de lo femenino, la voluptuosidad y la quimera. Entonces las sociedades se embriagan de luna, y recostadas en blandos almohadones languidecen esperando la venida de los bárbaros.