Part 6
Reformando su cauce en cada valle que limita la falda del monte, en cada hondonada que corta sus laderas, el agua de arroyos y torrentes quita á la nieve de las pendientes el cimiento que le servía de punto de apoyo. Bajo la acción de la gravedad, tienden entonces á desprenderse los aludes, y la montaña, como un ser animado, hace caer de sus hombros el nevado traje que la cubre. En todas las estaciones, hasta en lo más riguroso del invierno, masas de nieve arrastradas por su peso se derrumban desde las cimas y las pendientes; pero mientras esos aludes se componen únicamente de la parte superficial de la nieve, no pasan de ser un ligero incidente de la vida montañesa. A veces, empero, es la masa entera de la nieve la que se desprende de las alturas para abismarse en el valle; el agua que ha penetrado á través de las capas (heladas aún) de la superficie ha puesto el suelo resbaladizo y ha preparado el camino el alud. Llega el momento en que todo un campo de nieve no se encuentra ya sujeto á la pendiente; cede, y la enorme sacudida que comunica á las nieves vecinas las hace ceder también. Toda la masa se precipita á un tiempo por la vertiente de la montaña, llevándose por delante todo cuanto encuentra en el camino, troncos de árboles, piedras y peñascos. Arrastrando consigo las cercanas capas de aire, derribando hasta bosques distantes, el formidable derrumbamiento barre de una vez todo un lado de la montaña en una extensión de muchos centenares de metros, y el valle se ve cegado en parte. Los torrentes que van á chocar con el obstáculo tienen que convertirse temporalmente en lagos.
Con terror hablan montañeses y viajeros de estas masas de aludes. Así es que numerosos valles, más expuestos que otros, han recibido nombres siniestros, como _Valle del Espanto_ ó _Desfiladero del Terremoto_, que les dan los dialectos locales. Un valle conozco, terrible sobre todos los demás, en que no entran nunca los acemileros sin llevar la vista fija en las alturas. Especialmente en los hermosos días de primavera, cuando la suave y tibia atmósfera está cargada de vapores disueltos, los viajeros hablan poco y miran mucho. Saben que el alud no espera más que un choque, un estremecimiento del terreno ó del aire, para ponerse en movimiento. Así es que andan como ladrones, con paso silencioso y rápido; á veces, hasta envuelven con paja los cascabeles de las mulas para que el retintín del metal no irrite al genio maléfico que desde allá arriba les amenaza. Finalmente, cuando han salido de las terribles hondonadas en las cuales suelen soltar las pendientes sus aludes de nieve y ruinas por todas partes, pueden respirar á gusto los viajeros y pensar, sin angustia personal, en sus antecesores, menos felices, cuyas terribles historias se hablan contado la víspera. Muchas veces, mientras continúan muy tranquilos bajando á la llanura, un ruido como el del trueno, un estruendo que repercute largamente de roca en roca, les hace volverse súbitamente; acaba de verificarse el derrumbamiento de la nieve y de llenar todo el ancho del desfiladero que acaban de recorrer.
Afortunadamente, la disposición y la forma de las pendientes permite á los montañeses reconocer los lugares peligrosos. Así es que nunca construyen sus cabañas debajo de las vertientes en que se forman los aludes, y al trazar los senderos cuidan de elegir pasos seguros. Pero todo cambia en la naturaleza, y hay casa, hay sendero que no tuvieron nada que temer en otro tiempo y hoy corren riesgo, por haber desaparecido el ángulo de un promontorio, por haberse modificado la dirección del escurridero del alud, por haber cedido á la presión de las nieves la orilla protectora de un bosque, pues todas esas causas pueden inutilizar las precauciones del montañés.
Por las mil columnas apretadas de sus troncos, los bosques son una de las mejores barreras contra la caída de los aludes, y muchos pueblos no tienen contra ellos otro medio de defensa. Por eso miran su bosque sagrado con respeto y casi religiosa veneración. El extranjero que se pasee por sus montañas, admira el bosque por la belleza de sus árboles, por el contraste de su verdor con la blancura de las nieves. Pero ellos le deben la vida y el reposo. Gracias á él, pueden dormir tranquilamente sin el temor de ser aniquilados una noche. Llenos de gratitud, han divinizado el bosque protector. ¡Desgraciado de quien toque con el hacha uno de sus troncos salvadores! «Quien mata al árbol sagrado, mata al montañés», dice uno de sus proverbios.
Y sin embargo, matadores de estos ha habido, y no pocos. Lo mismo que aun en nuestros días, soldados sedicentes _civilizados_ obligan á someterse á los habitantes de un oasis derribando las palmeras que son la vida de una tribu, así también sucedió frecuentemente que, para vencer á los montañeses, talaron los árboles que servían á los pueblos de salvaguardia contra la destrucción, ya los invasores á sueldo de algún señor, ya los pastores de otro valle. Tales eran, y son aún, las prácticas de la guerra. No es menos feroz la ávida especulación. Cuando por una compra, ó por los azares de herencia ó de conquista, un hombre adinerado llega á ser el propietario de uno de esos bosques, ¡desgraciados de aquellos cuya suerte dependa de su benevolencia ó de su capricho! Pronto trabajan los leñadores en la selva, caen cortados los troncos, son lanzados á la llanura, vendidos en tablones y pagados en dinero contante y sonante. Así se abre ancho camino al alud. Privados de su baluarte, quizá los habitantes de la aldea amenazada persistan en no moverse de allí por amor á su hogar natal; pero tarde ó temprano, el peligro se hace inminente, y hay que emigrar á toda prisa, llevándose los objetos preciosos y dejando la casa á merced de las nieves amenazadoras.
En todo pueblo de montaña, cuéntase en las veladas la terrible crónica de los aludes, y los niños la oyen acurrucándose entre las rodillas maternales. Lo que es el fuego _grisú_ para el minero, es el alud para el montañés. Amenaza su casa, sus trojes, su ganado y también le amenaza á él. ¡Cuántos parientes y amigos suyos duermen ahora bajo la nieve! Por la noche, cuando pasa al lado del sitio en que los tragó la enorme masa, parécele que la montaña, de la cual se desprendió el alud, le mira de mala manera, y entonces apresura el paso para huir del lugar siniestro. También algunas veces los restos del derrumbamiento le recuerdan la inesperada salvación de un compañero. Allí, durante una noche primaveral, se vino abajo un talud de nieve más grande que los más altos abetos y que la torre de la iglesia. Un grupo de casitas y de hórreos se encontraba bajo la formidable masa. Los montañeses, que acudieron de las aldeas vecinas, creyeron que indudablemente todas las armaduras de los edificios habían quedado demolidas y aplastados los habitantes bajo los escombros. Sin embargo, pusieron animosamente manos á la obra de reconocer el inmenso hacinamiento. Trabajaron cuatro días con cuatro noches, y cuando llegaron con los azadones al techo de la primera casa, oyeron cánticos que se respondían unos á otros. Eran las voces de los amigos cuya perdición se consideraba segura. Sus moradas habían resistido al violento choque, y había bastado para respirar el aire que contenían. Durante su cautiverio, habían pasado el tiempo estableciendo comunicaciones de casa en casa y abriendo un túnel de salida, mientras cantaban para animarse á trabajar.
Cuando desaparecen los bosques protectores, es muy difícil sustituirlos. Los árboles crecen lentamente, sobre todo en las montañas, pero en los caminos del alud no nacen. Verdad es que á fuerza de trabajo se podría sujetar á la nieve en las altas pendientes y precaver así el desastre de su desplomo á los valles. Podría cortarse la pendiente en gradas horizontales donde tendrían que detenerse las capas de nieve como en los peldaños de una gigantesca escalera; también podrían sustituirse los troncos de los árboles con hileras de estacas de hierro y empalizadas que evitaran el resbalar de las masas superiores. Todas esas tentativas las ha coronado feliz éxito, pero en valles habitados por poblaciones numerosas y ricas. Aldeanos pobres (como no les ayudara toda la sociedad), no pueden pensar en esculpir de nuevo el relieve de la montaña y los aludes continuarán precipitándose sobre sus praderas por el camino acostumbrado. Tienen que limitarse á proteger sus casucas con enormes espuelas de tierra que rompen la fuerza de la nieve desprendida y la obligan á dividirse en dos corrientes, siempre que la nieve no baje en masa lo bastante poderosa para destruirlo todo con su ímpetu.
De todos los destructores de la montaña, el más enérgico es el alud. Arrastra tierras y rocas como lo haría un torrente desbordado; hay más: por la fusión gradual de las nieves que forman sus capas inferiores, diluye tanto la tierra, que la convierte en un lodo blanco, hendido por profundas grietas y que se hunde por su propio peso. El terreno adquiere fluidez hasta grandes profundidades y se escurre á lo largo de las pendientes, llevándose consigo no sólo veredas y fragmentos de roca sueltos, sino hasta casas y bosques. Lienzos enteros de montaña, empapados por la nieve, han resbalado así en conjunto con campos, pastos, bosques y habitantes; amontonándose y penetrando lentamente en el suelo con el agua producida por su fusión, la nieve basta para demoler una montaña. En primavera, cada quebrada pone de manifiesto ese trabajo destructor: nieves, rocas y aguas bajan de las cimas en aludes, derrumbamientos y cascadas, encaminándose á la llanura.
CAPÍTULO XII
#El ventisquero#
Hasta en medio del estío, cuando el soplo de los vientos cálidos ha fundido todas las nieves, enormes montones de hielo, encerrados en los valles altos, constituyen todavía un invierno local, que el contraste hace más raro. Cuando el sol resplandece con todo su brillo, el calor directo y el que reflejan los hielos hacen padecer bastante al viajero: en apariencia hace más calor que en los valles, por la sequedad del aire, privado continuamente de su humedad por la árida superficie del ventisquero. En las cercanías se oye cantar á los pájaros entre el follaje; las flores esmaltan el prado, los frutos maduran en las ramas, y, sin embargo, al lado de ese mundo alegre, el ventisquero sombrío, con sus abiertas grietas, sus montones de piedras, su silencio terrible, su aparente inmovilidad, representa la muerte al lado de la vida.
No obstante, también tiene su movimiento la gran masa helada. Con lentitud; pero con invencible fuerza, trabaja como el viento, las nieves, las lluvias y las corrientes de agua en la renovación de la superficie del planeta. Por donde quiera que han pasado los ventisqueros, durante alguna de las edades de la tierra, transformó su acción el aspecto del paisaje. Llevan á la llanura, lo mismo que los aludes, los escombros de las derrumbadas montañas, sin violencia, con paciente esfuerzo de todos los instantes.
La obra del ventisquero, tan difícil de apreciar en su secreta continuidad, aunque vastísima en sus resultados, empieza en la cumbre de la montaña, en la superficie de las capas níveas. Allá arriba, en los círculos donde en torbellinos se amontonaron las nubes de agujas blancas fustigadas por la tempestad, la uniforme extensión de las nieves no cambia de aspecto. De año en año y de siglo en siglo, sigue siendo blanca, mate á la sombra de las nubes, deslumbradora á los rayos del sol. Parece que aquella nieve es eterna, y así la llaman los habitantes de las llanuras que la ven brillar, desde abajo, junto al cielo. Creen que siempre permanece en las altas cimas y que si el viento la levanta en sus borrascas, la deja luego caer en el mismo sitio.
Nada de eso. Una parte de la nieve se evapora y vuelve á las nubes de las cuales salió. Otra parte, expuesta á los rayos del sol ó á la influencia del cálido viento del mediodía, se salpica de gotitas fundidas que resbalan por la superficie ó penetran en las capas, hasta que, aprisionadas otra voz por el frió, se congelan en imperceptibles cristales. De modo que, por millares de moléculas que se funden y se hielan de nuevo para volverse á fundir y solidificarse otra vez, la masa de la nieve se transforma insensiblemente. Al mismo tiempo, cambia de lugar, gracias á la gravedad que arrastra algunos milímetros las gotas fundidas, y poco á poco las nieves que cayeron en otro tiempo en la cima de la montaña han bajado toda su pendiente. Otras nieves han ocupado su lugar y bajarán también por una serie de fusiones, sin que tengan que sufrir, al parecer, el menor cambio. Verdad es que llenen ante sí toda la infinidad del tiempo: lentamente corrsumergieranl mar, en el cual se sumergerán algún día. Después de haberse sucedido dos generaciones humanas en las llanuras, hay copo de nieve caído en el pico que todavía no ha salido de la masa general.
Pero, por lentamente que lo haga, ese copo convertido en cristal, no deja de adelantar. La masa nívea, que ha adquirido homogeneidad y se ha transformado en hielo, cae al alfoz de la montaña hacia el cual la arrastra su peso. Siempre inmóvil al parecer, el conjunto de hielo se ha convertido en verdadero río que corre por un cauce de rocas. En las pendientes de ambos lados se ha fundido completamente la nieve del invierno, y ocupan su lugar las flores. Todo un mundo de insectos vive y zumba en las praderas de los pastos; el aire es suave, y el hombre guía sus ganados por fragosidades llenas de hierba, desde las cuales la mirada divisa en lontananza la helada corriente. Y ésta, con incesante esfuerzo, continúa su viaje hacia la llanura; se extendería por los campos de la falda del monte, llegada hasta el mar, si la suave temperatura de los valles inferiores, lo tibio de las brisas y los rayos del sol no consiguieran fundir la parte más baja de sus hielos.
En su carrera, el río sólido se las arregla lo mismo que uno de aguas vivas. Tiene sus curvas y sus remolinos, sus bajadas y sus crecidas, sus durmientes, sus rápidas y sus cataratas. Como el agua que se ensancha ó se estrecha, según la forma de su cauce, así el hielo se adapta á las dimensiones del barranco que lo encierra; sabe amoldarse exactamente á la roca, así en la hoya vasta cuyas paredes se apartan á ambos lados, como en el angosto desfiladero cuyo paso casi completamente se le cierra. Empujado por las masas con que le alimenta continuamente la nieve superior, el ventisquero sigue resbalando sobre el fondo, tanto si la pendiente es muy suave, como si lo forma una sucesión de precipicios.
Sin embargo, como el hielo no tiene la flexibilidad ni la fluidez del agua, verifica con una especie de bárbara torpeza todos los movimientos que le impone la naturaleza del suelo. En las cataratas no sabe sumergirse en una extensión lisa como la corriente de agua, sino que, siguiendo las desigualdades del fondo y la cohesión de los cristales de hielo, se quiebra, se hiende, se recorta en pedazos que diversamente se inclinan, se caen unos sobre otros, se truecan en obeliscos caprichosos, en torrecillas, en fantásticos grupos. Hasta donde el fondo de la inmensa ranura tiene inclinación regular, se diferencia la superficie del ventisquero de la corriente igual del río. El roce del hielo contra los bordes no la riza en ondas semejantes á las de la ola en la ribera, sino que la quiebra y la parte en grietas que se cruzan en un laberinto de abismos.
En invierno, y hasta cuando la primavera ha renovado ya el adorno de las praderas inferiores, muchas grietas están ocultas por espesas masas de nieve que se extienden en capas continuas sobre la superficie del ventisquero. Entonces, si no ha ablandado la nieve el calor del sol, es fácil viajar por encima de la boca de los abismos ocultos; el viajero los desconoce, como desconoce las grutas abiertas en el espesor de la montaña. Pero la vuelta anual del verano funde poco á poco las nieves superficiales. El ventisquero que no deja de andar, y cuya hendida masa vibra con estremecimiento continuo, sacude el manto de nieve que lo cubre: aquí y allá se hunden las bóvedas y caen en grandes trozos en las profundidades de las grietas. Muchas veces no quedan más que estrechos puentes por los que no se anda sin haber probado con el pie la solidez de la nieve.
Entonces es cuando más de un ventisquero es peligroso de atravesar por la anchura de las hendiduras que se verifican hasta lo infinito. Desde los bordes de la sima se ven á veces en su interior capas superpuestas de un azulado hielo que fué antes nieve, separadas por fajas negruzcas, resto de los residuos que cayeron de la cúpula nevada. Otras veces, el hielo, claro y homogéneo en toda su masa, parece un solo cristal.
Se ignora la profundidad del pozo. Las tinieblas y un reborde del hielo no dejan llegar á la mirada hasta las rocas del fondo. Únicamente se oyen ruidos misteriosos que se elevan desde el abismo: agua que gotea, una piedra que cae, un pedazo de hielo que se hiende y se desploma.
Algunos exploradores han bajado á esas simas para medir su espesor y estudiar la temperatura y la composición de los hielos profundos. Han podido hacerlo algunas veces sin mucho peligro, penetrando lateralmente en las hendiduras por los rebordes de las rocas que sirven de ribazo á esos ríos de hielo. Otras veces ha habido que bajarlos con cuerdas, como al minero que penetra en las entrañas de la tierra. Pero si algún sabio ha explorado así los pozos de los ventisqueros, con las necesarias precauciones, en cambio muchos desgraciados pastores han encontrado la muerte en ellos. Se sabe de montañeses que, caídos en el fondo de las grietas, molidos, ensangrentados, perdidos en la obscuridad, han conservado su valor y la resolución de ver de nuevo la luz del día. Hubo uno que siguió el curso de un arroyo sub-glacial y llevé así á cabo un verdadero viaje por debajo de la enorme bóveda de témpanos pendientes, Después de excursión semejante, no le queda al hombre más que bajar al fondo de un cráter para explorar el depósito subterráneo de las lavas.
Digno es de los ciertamente el animoso sabio que baja á las profundidades del ventisquero para estudiar sus estrías, las burbujas del aire, los cristales, pero bastantes cosas podemos contemplar en la superficie; muchas encantadoras particularidades podemos sorprender; muchas leyes se revelarán á nuestros ojos si sabemos mirar.
En efecto, en aquel caos aparente, todo está sometido á leyes. ¿Por qué se produce siempre en la masa glacial una hendidura frente á determinado sitio del ribazo? ¿Por qué la grieta, á cierta distancia por debajo, después de haberse ensanchado, acerca de nuevo sus bordes uno á otro, soldando el ventisquero? ¿Por qué se redondea regularmente la superficie en un punto para agrietarse en otros? Viendo todos esos fenómenos que reproducen groseramente las rizaduras, las ondas, los remolinos ó el nivel liso de las aguas fluviales, se comprende mejor la unidad que, bajo variedad infinita de aspectos, preside á todas las cosas de la naturaleza.
Cuando se ha adquirido intimidad con el ventisquero por largas exploraciones y se conocen los ligeros cambios de su superficie, es delicioso y gratísimo recorrerlo en un hermoso día de verano. El calor del sol le ha devuelto el movimiento y la voz. Venillas de agua, casi imperceptibles al principio, se forman en varios sitios, se unen luego en relumbrantes riachuelos, que serpentean en el fondo de diminutos cauces fluviales que ellos mismos se han abierto y desaparecen de pronto en una hendidura del hielo con una especie de queja de argentino sonido. Aumentan ó disminuyen, según las oscilaciones de la temperatura. Si cubre una nube la claridad del sol y enfría la atmósfera, apenas corren; si el calor aumenta, los arroyos superficiales hacen como los torrentes: arrastran consigo casquijo y arena para depositarlos en aluviones y formar con ellos islotes y ribazos: al anochecer se calmarán y el frío de la noche los congelará de nuevo.
Bajo los rayos caloríficos que animan temporalmente el campo helado por la fusión de la capa superficial, agítase también el conjunto de los guijarros caídos de la pared vecina. Una escarpa de casquijo situada á la orilla de un arroyuelo, se viene abajo en derrumbamientos parciales y se sumerge en las grietas. En otra parte, piedras negruzcas diseminadas por el ventisquero, absorben y concentran el calor, y perforando el hielo que tienen debajo, lo llenan de agujerillos cilíndricos. En cambio, más lejos, grandes montones de escombros y piedras grandes impiden que penetre en la capa inferior el calor solar. Alrededor se funde y se evapora el hielo y aquellas piedras llegan á formar pilares que parecen crecer, brotando del suelo como columnas de mármol, hasta que una por una acaban por debilitarse y romperse bajo el peso, y todos los fragmentos que sostenían caen con estrépito para empezar al otro día igual evolución. Más encantadores son aún estos dramas pequeños de la naturaleza inanimada, cuando toman parte en ellos animales ó plantas. Atraído por lo tibio del aire, acércase revoloteando la mariposa, mientras la planta, caída con la tierra desmoronada desde lo alto de la roca vecina, aprovecha el corto reposo de vida para arraigar otra vez y enseñar al sol su última corola. En las costas polares, los navegantes han visto toda una alfombra vegetal cubrir un alto acantilado, cuya cima era de tierra y cuya base era el hielo.
CAPÍTULO XIII
#Los hacinamientos de rocas y los torrentes#
Todos esos fenómenos que se verifican diariamente parecen de poquísima importancia para la historia de la tierra. ¿Qué representa, efectivamente, el trabajo del ventisquero durante un día de verano? Su masa, que adelanta por continuo esfuerzo, apenas ha recorrido algunos centímetros; dos ó tres rocas se han desprendido dé la pared para caer en el movible campo de hielo; se ha ensanchado algo más el arroyo que se lleva las aguas procedentes de la fusión, y los guijarros más numerosos tropiezan unos con otros con mayor estruendo en el cauce. Lo demás conserva su acostumbrada apariencia. En ninguna parte parece llevar adelante con mayor lentitud la naturaleza su obra de perpetua renovación.
Y, sin embargo, esas transformaciónillas de cada día, de cada minuto, acaban por producir cambios inmensos en el aspecto de la tierra, verdaderas revoluciones geológicas. Esos cascotes, esos fragmentos de roca que caen de las quebraduras superiores al cauce de hielo, se amontonan poco á poco al pie de las paredes como enormes murallas de piedra; caminan lentamente con la masa helada que los lleva, pero otros escombros, desprendidos de los mismos lados de la montaña, ocupan el lugar que han dejado aquellos. Así es que largos convoyes de rocas, desordenadamente hacinadas, siguen el andar del ventisquero. Súmanse al río de hielo ríos de piedras que bajan de todo derruido promontorio, de todo círculo surcado por el alud.