La Montaña

Part 4

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Cuanto á los desmoronamientos de menor importancia, á esas caídas de rocas que, sin transformar aparentemente el aspecto de la comarca, no dejan de destruir los pastos, ni de aplastar á los pueblos con sus habitantes, no necesitan los montañeses que se los describan; desgraciadamente, hartas veces han presenciado tan terribles sucesos. Generalmente lo suelen conocer por anticipado. El impulso interior de la montaña que trabaja, hace vibrar incesantemente á las piedras en toda la pared; guijarros medio arrancados se separan primeramente y ruedan saltando á lo largo de las pendientes; masas de mayor peso, arrastradas á su vez, siguen á las piedras, dibujando como ellas poderosas curvas en los espacios; después les toca á lienzos enteros de roca; todo lo que debe derrumbarse rompe los lazos que lo unían al sistema interior de la montaña, y de pronto espantoso granizo de peñascos cae sobre la llanura estremecida. El estrépito es inenarrable; parece la lucha de cien huracanes. Hasta en mitad del día, los trozos de roca, mezclados con polvo, tierra vegetal y fragmentos de plantas, obscurecen completamente el cielo. Y á veces, siniestros relámpagos producidos por peñascos que dan unos contra otros, brotan de la tiniebla. Después de la tempestad, cuando la montaña no desprende ya sobre la llanura rocas quebradas, cuando la atmósfera ha aclarado otra vez, los habitantes de los campos respetados se acercan á contemplar el desastre. Casas y jardines, cercados y pastos han desaparecido bajo el horroroso caos de piedras: allí duermen también el sueño eterno amigos y parientes. Unos montañeses me contaron que, en su valle, una aldea destruída dos veces por esos aludes de piedras, ha sido edificada por tercera vez en el mismo sitio. Los habitantes habrían querido huir de allí y elegir ancho valle para su morada; pero ningún pueblo vecino quiso acogerlos ni cederlos tierras; han tenido que permanecer bajo la amenaza de las rocas suspendidas. Todas las noches algunas campanadas les recuerdan los pasados terrores y les advierten la suerte que quizá les cabrá durante la noche.

Muchas rocas desplomadas que se ven en medio de los campos tienen leyendas terribles; otras hay cuya presa se les escapó. Uno de esos enormes peñascos, inclinado, y con la base arraigada por todas partes en el suelo, se yergue junto al camino. Al admirar sus soberbias proporciones, su potente masa, la finura de su grano, experimentaba yo cierto espanto. Una veredilla que se apartaba del camino, iba derecha hasta el pie de una piedra formidable. Allí cerca estaban amontonados restos de vajilla y de carbón; la valla de un jardín se paraba bruscamente en la roca, y acirates de legumbres, medio invadidos por la hierba, rodeaban un lado de la enorme masa.

¿Quién había escogido tan caprichoso lugar para establecer allí un jardín y para abandonarlo luego? Poco á poco fuí comprendiéndolo. El sendero, la pila de carbón, el jardín habían pertenecido á una casuca aplastada entonces bajo la roca. Supe más tarde que durante la noche del derrumbamiento dormía un hombre solo en aquella casa; despertóle sobresaltadamente el estrépito del peñasco, bajando de punta en punta por la montaña, y salió escapado por la ventana para buscar abrigo detrás del ribazo del torrente; apenas había dejado su habitación, cuando el enorme proyectil se desplomaba sobre la cabaña y la hundía algunos metros en el terreno, bajo su peso. Desde su afortunada fuga, reconstruyó el hombre su choza, cobijándola confiadamente en la base de otra roca desprendida del muro formidable.

En más de un valle hay hacinamientos de piedras, las cuales forman desfiladeros por donde difícilmente se abren paso senderos y torrentes. Nada más curioso que el desorden de esas masas mezcladas en laberinto sin fin. Arriba, en la ladera del monte, se conoce todavía, por el color y forma de las rocas, el lugar donde se produjo el desprendimiento; pero resulta inexplicable que un espacio de tan corta dimensión aparente haya podido vomitar en el valle semejante diluvio de piedras. En medio de esos caprichosos y formidables peñascos, al viajero se le antoja aquello un mundo extraño, en nada semejante al planeta que conocemos, á la superficie lisa ó regularmente sinuosa. Alzanse aquí y allá rocas semejantes á fantásticos monumentos, que figuran torres, obeliscos, pórticos almenados, fustes de columnas, tumbas erigidas ó derribadas. Puentes de una sola pieza ocultan el torrente; vénse abismarse y desaparecer las aguas bajo el enorme arco y hasta su ruido deja de oirse. Entre los monstruosos edificios aparecen formas gigantescas, como las de los animales fósiles, cuyas osamentas dislocadas se hallan algunas veces en las capas terrestres. Megaterios, mastodontes, tortugas gigantescas, cocodrilos alados, todos esos seres quiméricos se hacinan en el caos espantoso. Hay millares de piedras amontonadas en el desfiladero, y cualquiera de ellas podría servir de cantera y bastar para la construcción de pueblos enteros.

Esos conjuntos caóticos, que miro con tanta admiración, y en cuya entraña penetro no sin titubear, son poca cosa comparados con algunas montañas derrumbadas, cuyos restos cubren distritos de gran extensión. Hay masas montañosas cuyos vértices se componen de compacta y pesada roca que descansan sobre capas fáciles de desmenuzar por las aguas. En semejantes masas, las caídas de piedras son un fenómeno normal, como los aludes y la lluvia, y siempre debe mirarse á la cima por si se prepara el desprendimiento. En una región no muy lejana, llamada el país de las ruinas, hay dos montañas que, según cuentan los habitantes, combatieron en otro tiempo una contra otra. Ambos gigantes de piedra, animados por un soplo vital, se armaron con sus propias rocas para destrozarse y demolerse mutuamente. No lo consiguieron, porque aún siguen en pie, pero es fácil de imaginar el prodigioso hacinamiento de peñas que, desde aquel combate, cubren á lo lejos las llanuras.

A veces el hombre, á pesar de su debilidad, ha querido imitar á la montaña, con el único fin de aplastar al prójimo. Especialmente en los desfiladeros, en los sitios en que al estrecho alfoz dominan tajos escarpados, era donde se reunían los montañeses para hacer rodar los peñascos sobre las cabezas de sus enemigos. De esa manera, ocultos los vascongados detrás de las malezas en las pendientes de las montañas de Altabiscar, esperaban al ejército francés del paladín Roldán, que debía penetrar en el estrecho paso de Roncesvalles. Cuando las columnas de soldados extranjeros, semejantes á larga serpiente que se escurre por una rendija, llenaron el desfiladero, oyóse un grito y desplomóse un diluvio de peñascos sobre la muchedumbre que pasaba por debajo. El arroyo del valle se aumentó con la sangre que salía de las aplastadas carnes, como el vino del lagar, y arrastró humanos cuerpos y miembros triturados como arrastraba los guijarros en tiempo de tormenta. Perecieron todos los guerreros francos, confundidos unos con otros en sangrienta masa. Todavía se enseña al pie del Altabiscar el sitio en que murió el paladín Roldán con sus compañeros, pero las piedras que aplastaron á su ejército tiempo ha que están cubiertas bajo una alfombra de brezos y de juncos.

El resultado de nuestra diminuta labor humana, es poca cosa comparado con los desprendimientos naturales producidos por la acción de los meteoros ó á consecuencia del impulso interior del monte. Aun pasados largos siglos, los grandes aludes de piedras ofrecen tan revuelto aspecto, que dejan en el espíritu una impresión de horror y de espanto. Pero cuando la naturaleza ha acabado por separar el desastre, los sitios más agradables de la montaña son precisamente aquellos en que lo escarpado se ha sacudido para llenar de rocas su base. Durante el curso de los siglos trabajaron las aguas, llevando arcilla y leve arena para reconstituir su cauce y formar en las cercanías una capa de tierra vegetal; los torrentes han limpiado poco á poco su lecho, royendo ó separando las piedras que les molestaban; el monstruoso pavimento formado por las rocas más pequeñas se ha cubierto de hierbas, convirtiéndose en pasto montuoso, erizado de puntas; los grandes peñascos se han vestido de musgo y se agrupan acá y allá en pintorescos collados; grupos de árboles crecen al lado de cada reborde roquizo y siembran de encantadoras manchas de verdura el grato paisaje. Como el rostro del hombre, cambia de expresión la faz de la naturaleza; á la mueca ha sucedido la sonrisa.

CAPÍTULO VIII

#Las nubes#

Comparada con el tamaño del globo, la montaña, por alta que parezca, es una simple arruga, menos gruesa en proporción, que una verruga en el cuerpo de un elefante: es un punto, un grano de arena. Y sin embargo, ese relieve, tan mínimo en relación con el gran planeta, baña sus laderas y su crestería en regiones aéreas muy distintas de las que en la llanura sirven de residencia á los pueblos. El peatón que en el transcurso de algunas horas sube desde la base del monte hasta las peñas de la cima, hace en realidad un viaje más grande, más fecundo en contrastes que si empleara años en dar la vuelta al mundo, á través de los mares y de las regiones bajas de los continentes.

Gravita el aire en pesada masa sobre el Océano y las comarcas que tienen poca altura sobre el nivel del mar, y en las alturas se enrarece y adquiere cada vez mayor ligereza. Centenares y millares de montes elevan en la tierra sus cumbres á una atmósfera cuyas moléculas están dos veces más separadas que las del aire en llanuras inferiores. Cambian allí arriba los fenómenos de la luz, del calor, del clima y de la vegetación; el aire más enrarecido deja pasar más fácilmente los rayos calóricos, ya desciendan del sol, ya suban desde la tierra. Cuando brilla el astro en su cielo claro, elévase rápidamente la temperatura en las pendientes superiores. Pero en cuanto desaparecen, se enfría en seguida la montaña; pierde velozmente con la radiación el calor que había recibido. Por eso reina el frió casi siempre en las alturas; en nuestras montañas, hace por término medio un grado más de frió por cada espacio vertical de doscientos metros.

A los que habitamos en ciudades, estamos condenados á sucia atmósfera, recibimos en los pulmones aire ponzoñoso, respirado ya por otros muchos pechos, lo que más nos asombra y nos regocija, cuando recorremos las altas cimas, es la maravillosa pureza del aire. Respiramos alegremente, bebemos el hálito que pasa, nos embriagamos con él. Nos parece la ambrosía de la cual hablan las mitologías antiguas. Extiéndese á nuestros pies, en la llanura, allá lejos, muy lejos, un espacio brumoso y sucio donde nada puede distinguir la mirada: aquella es la gran ciudad. Y pensamos con repugnancia en los años que hemos tenido que vivir bajo aquella nube de humo, de polvo y de alientos impuros.

¡Qué contraste entre esa apariencia de la llanura y el aspecto de la montaña, cuando su cumbre está libre de vapores, y podemos contemplarla en lontananza á través de la pesada atmósfera que gravita sobre las tierras bajas! Hermoso es el espectáculo, sobre todo cuando la lluvia ha arrojado al suelo el polvo flotante y el aire está, digámoslo así, rejuvenecido. El perfil de rocas y nieves resalta con limpidez en el cielo azul; á pesar de la distancia enorme, el monte, azulado también como las profundidades aéreas, se dibuja con todos sus relieves de aristas y promontorios; distinguimos los valles, las quebradas, los precipicios; á veces, al ver un punto negro que se mueve lentamente en la nieve, hasta podemos, con auxilio de un catalejo, conocer á un amigo que trepa á la cima. Después del ocaso, la pirámide aparece con una belleza espléndida y purísima á un tiempo. El resto de la tierra está en la sombra, el crepúsculo gris vela los horizontes del llano; la tiniebla ennegrece ya la entrada de los alfoces, pero arriba todo es alegría y luz; las nieves, contempladas por el sol, reflejan todavía sus sonrosados rayos; deslumbran, y parece tanto más viva la claridad cuanto que sube poco á poco la sombra, invadiendo sucesivamente las pendientes, cubriéndolas como con un paño negro. Finalmente, sólo el vértice es bastante alto para ver el sol, dominando la curva de la tierra; se ilumina como con una chispa: parece uno de esos prodigiosos diamantes que, según las leyendas del Indostán, fulguraban en la cumbre de las montañas divinas. Súbitamente desapareció la llama; desvanecióse en el espacio. Pero no dejéis de mirar; al reflejo del sol sucede el de los purpúreos vapores del horizonte. Ilumínase de nuevo la montaña, pero con más suave brillar. Parece que no existe la roca dura bajo su vestidura de rayos: sólo queda un espejismo; una luz aérea: parece que el soberbio monte se desprendió de la tierra y flota en la pureza del cielo.

Así contribuye el enrarecimiento del aire en las altas regiones á la belleza de las cimas, impidiendo á la suciedad de la atmósfera baja llegar hasta las cumbres, pero también obliga á los invisibles vapores salidos del mar y las llanuras á condensarse y á engancharse como nubes en las laderas de la montaña. Generalmente, el vapor de agua suspendido en las capas inferiores del aire no se encuentra en cantidad bastante considerable para convertirse en nube y caer trocada en lluvia: la atmósfera en que flota la sostiene en estado de gas invisible. Pero en cuanto la capa de aire suba al cielo, llevando consigo el vapor, se enfriará gradualmente, y pronto se revelará el agua, condensada en moléculas distintas. Parece al principio nubecilla casi imperceptible, un copo blanco en el cielo azul, pero luego á este copo se añaden otros, y constituyen un velo cuyos desgarrones permiten á la mirada que penetre en las profundidades del espacio, y por fin se presentan como espesa masa, arrollándose en cilindros ó hacinándose en pirámides. Algunas de estas nubes se yerguen en el horizonte bajo la forma de verdaderas montañas. Sus crestas y sus cúpulas, sus nieves y sus hielos resplandecientes, sus sombríos barrancos, sus precipicios dibujan todo su relieve con perfecta limpieza. Lo que hay es que los montes de vapor son flotantes y fugitivos; formólos una corriente de aire, y otra corriente puede destrozarlos y disolverlos. Apenas duran algunas horas, cuando los montes de piedra duran millones de años; pero en realidad la diferencia no es grande. Con relación á la vida del globo, nubes y montañas son fenómenos de un día. Minutos y siglos se confunden, cuando se han sumergido en el abismo de los tiempos.

Las nubes gustan de amontonarse alrededor de las rocas que se alzan al descubierto: á unas las atrae hacia la roca una electricidad contraria á la suya; otras, impulsadas en el espacio por el viento, van á chocar contra la pendiente del monte, barrera enorme colocada como para impedirles el paso; otras, invisibles en el aire tibio, aparecen al contacto de la piedra fría ó de la nieve. La montaña condensa el vapor y lo exprime del aire. Muchas veces, contemplando un pico ó un promontorio saliente, he visto las nubecillas nacientes hacinarse en torno á la helada punta. Elévase una humareda semejante á la que brota de un cráter; pronto envuelve todos los salientes y el monte acaba por coronarse con un turbante dé nubes tejido por él mismo en el aire transparente. Parece que invisibles manos trabajan en la formación de las tempestades y en la caída de las lluvias. Cuando los habitantes del llano ven á la montaña desaparecer bajo un montón de nubes, presumen, al observar el tocado del gigante, la fiesta que se les prepara. Cuando chocan en el vértice dos corrientes de aire, ardiente una y fría otra, la nube súbitamente formada se endereza y se arremolina en el cielo: la montaña es un volcán, y el vapor se escapa incesantemente de ella con una especie de furor para ir á replegarse en la lontananza celeste, formando inmensa curva.

Nubes desprendidas se esparcen libremente por el espacio, se juntan, se desgarran ó se deshilachan en el viento, se ensanchan y vuelan ó suben hasta la atmósfera superior, muy por encima de las más elevadas cumbres terrestres. La diversidad de sus formas es mucho mayor que la de las nubes que ciñen los picos de la montaña, á pesar de que éstos presentan asimismo gran movilidad en sus aspectos. Ora son nubes aisladas á las que la corriente de aire frío hace cambiar de sitio; y entonces se las ve serpentear por los barrancos ó andar á lo largo de las aristas desgarrándose en las rocas agudas; ora son nubes grandes que tapan de una vez toda una pendiente, mientras á través de su masa espesa que aumenta ó disminuye, viaja ó se rompe, se ve de cuando en cuando una cima conocida, tanto más soberbia en apariencia, cuanto que parece vivir y moverse entre los vapores giratorios. Otras veces, las brumas aéreas, superpuestas y de diferente temperatura, aparecen perfectamente horizontales y distintas, como estratos geológicos, y dan análoga forma á los nubarrones que nacen de ellas, disponiéndolas en fajas regulares y paralelas que ocultan bosques y pastos, nieves y rocas, ó la velan á medias, como una gasa transparente. Otras veces, la pesada masa de las nubes borra las cimas, las pendientes superiores, toda la alta montaña, como si el cielo ceniciento ú obscuro descendiera hasta la tierra: el monte se aleja y se aproxima según el juego de los vapores que se adelgazan y se espesan. De pronto, todo desaparece desde la base hasta el vértice; la montaña se ha perdido enteramente entre las brumas, después baja la tormenta desde las cimas, fustiga aquel mar de pesados vapores y aparece de nuevo el gigante, «negro y triste, entre el vuelo eterno de las nubes.»

CAPÍTULO IX

#La niebla y la tormenta#

Nos encontramos como en un mundo nuevo, temible y fantástico á un tiempo, cuando recorremos la montaña entre la niebla. Hasta subiendo un sendero trillado, de fácil pendiente, experimentamos cierto miedo al contemplar las formas que nos rodean, cuyo incierto perfil parece oscilar en la bruma, que se va espesando y aclarando alternativamente.

Hay que tener mucha intimidad con la naturaleza para no sentir inquietud al verse cautivo de la niebla; el objeto más chico adquiere proporciones inmensas, infinitas. Algo vago y obscuro parece venir á nuestro encuentro para apoderarse de nosotros. Parece una rama y hasta un árbol lo que no es más que un tallo de hierba. Creemos que un círculo de cuerdas nos cierra el camino, y luego es una mísera tela de araña. Un día que la niebla tenía poco espesor, me detuve lleno de admiración ante un árbol gigantesco, que se retorcía los brazos como un atleta en lo mas alto de un promontorio. Nunca había yo tenido el gusto de ver árbol más fuerte y mejor colocado para luchar heroicamente con la borrasca: largo tiempo lo estuve contemplando, pero poco á poco lo ví acercarse á mí y achicarse al propio tiempo. Cuando el sol vencedor disipó la niebla, el soberbio tronco quedó reducido á débil arbolillo nacido en una cercana hendidura de roca.

El viajero perdido, descarriado entro la niebla, en medio de precipicios y torrentes, se encuentra en situación realmente terrible; acéchanle por todas partes el peligro y la muerte. Tiene que andar, y andar de prisa, para alcanzar lo antes posible el terreno llano del valle ó las pendientes fáciles de los montes y encontrar algún camino de salvación; pero en la vaguedad de las cosas nada puede servir de indicio y todo parece un obstáculo. A la derecha huye la tierra: se cree estar al borde de un abismo; á la izquierda se yergue un peñasco: su pared parece inaccesible. Para apartarse del precipicio, se intenta escalar la abrupta roca, se pone el pie en una aspereza de la piedra y se sube de reborde en reborde. Pronto se está como suspendido entre el cielo y la tierra. Por fin, se alcanza á la arista; pero detrás de la primera roca se endereza otra de perfil movedizo, indeciso. Los árboles y las malezas que crecen en las fragosidades apuntan en las ramas á través de la niebla de un modo amenazador; á veces, sólo vemos serpentear una masa negruzca en la sombra cenicienta, y es una rama cuyo tronco permanece invisible. Nos baña el rostro una tenue lluvia: matas de hierba y malezas son otros tantos depósitos de agua helada que nos mojan como si atravesáramos un lago. Entumécense nuestros miembros: nuestro paso pierde la seguridad; estamos expuestos á resbalar en la hierba ó en la roca húmeda y á caer en él precipicio. Terribles rumores suben de lo hondo y parecen predecirnos mala suerte: oimos la caída de las piedras que se desmoronan, el ruido de las ramas cargadas de lluvia que rechinan en el tronco, el sordo trueno de la cascada, y el chapoteo de las aguas del lago contra la orilla. Vemos á la niebla con espanto cargarse con la sombra del crepúsculo y pensamos en la terrible alternativa de morir de frió ó despeñados.

En muchos climas, la impresión de asombro y hasta de horror que dejan las montañas en el espíritu, proviene de casi siempre, estar rodeadas de nieblas. Hay montaña en Escocia ó Noruega que parece formidable, aunque sea en realidad menos alta que otras muchas cimas terrestres. Se las ve con frecuencia veladas por vapores, revelarse en parte, volverse á ocultar, como si viajaran por el seno de la nube, alejarse aparentemente para acercarse de pronto, achicarse cuando el sol ilumina con limpieza sus contornos, crecer después cuando éstos se cargan de nieblas. Todos esos aspectos variables, esas lentas ó rápidas transfiguraciones de la montaña, la hacen asemejarse vagamente á un gigante prodigioso que meneara la cabeza por encima de las nubes. Bien diferentes son las inmutables cimas de fijos perfiles que baña la luz pura del cielo de Egipto, de estas montañas cantadas por los poemas de Ossián. Estas nos miran; sonríen unas veces, amenazan otras, pero viven nuestra vida, sienten con nosotros, ó por lo menos así se cree, y el poeta que las canta les da alma humana.

Hermosa por los vapores que la rodean, cuando se la ve desde abajo á través de una atmósfera pura, no lo es menos la montaña para quien la mira desde lo alto, sobre todo por la mañana, cuando la misma cima resalta en el cielo, mientras envuelve su base un mar de nubes, que es un verdadero Océano extendido por todas partes hasta donde alcanza la vista. Las olas blancas de la niebla ruedan por la superficie de aquel mar, no con la regularidad de las líquidas, sino con majestuoso desorden en que se pierde la mirada. Aquí se las ve hervir, hincharse en trombas de humo y desparramarse después en copos como la nieve y desaparecer en el espacio; allá se abren como valles llenos de sombras. Acullá hay continuo remolino, movimiento de olas que se persiguen y se alcanzan en caprichosos círculos. A veces es bastante lisa la faja de vapores; el nivel de las ondas de bruma se sostiene á altura casi uniforme en todo el contorno de rocas que sobresalen como promontorios, y en muchos sitios cimas de colinas aisladas se yerguen encima de la niebla como islas ó escollos. En otras ocasiones, el Océano brumoso se reparte en mares distintos y deja ver por sus desgarraduras el fondo de los valles como un mundo inferior que nada tiene de la suave serenidad de las cimas. El sol ilumina oblicuamente todas las volutas de bruma que se elevan en aquel mar: los matices dorados, purpurinos y sonrosados que se mezclan con el blanco puro, varían hasta lo infinito la apariencia de la niebla flotante. Proyéctase á lo lejos sobre los vapores la sombra de los montes y varía incesantemente con la marcha del sol. El espectador observa con asombro su propia sombra reproducida en el lago de vapor, algunas veces con gigantescas proporciones. Parécele ver un monstruo espectoral, al cual hace mover á su gusto, inclinándose, andando, moviendo los brazos.