La Montaña

Part 13

Chapter 13 1,037 words Public domain Markdown

En esta capital, labor de la educación de los hijos, y por consiguiente, de la humanidad futura, la montaña tiene que representar un papel importante. La verdadera escuela debe ser la naturaleza libre con sus hermosos paisajes para contemplarlos, con sus leyes para estudiarlas, pero también con sus obstáculos, para vencerlos. No se educan hombres animosos y puros en salas estrechas con ventanas enrejadas. Déseles, al contrario, la alegría de bañarse en los lagos y en los torrentes de la montaña, hágaseles pasear por los ventisqueros y los campos de nieve, lléveselos á escalar las elevadas cumbres. No sólo aprenderán fácilmente lo que no les podría enseñar ningún libro, no sólo recordarán todo lo que hayan aprendido en aquellos días felices en que la voz del profesor se confundía para ellos en una misma impresión, con la vista de paisajes encantadores, sino que también se habrán encontrado frente al peligro y lo habrán arrostrado alegremente. El estudio será un placer para ellos y su carácter se formará en la alegría. No puede dudarse de que estamos en vísperas de llevar á cabo los cambios más importantes en el aspecto de la naturaleza, así como en la vida de la humanidad: ese mundo exterior que tan poderosamente hemos modificado ya en su forma, lo transformaremos para nuestro uso más enérgicamente aún. Según van creciendo nuestro saber y nuestro poder material, la voluntad humana se manifiesta más imperiosa frente á la naturaleza. Actualmente, casi todos los pueblos que se llaman civilizados emplean todavía la mayor parte de su sobrante anual en preparar los medios de matarse mutuamente y de asolar los territorios ajenos, pero cuando, con mejor consejo, lo apliquen á aumentar la fuerza productiva del suelo, á utilizar en comunidad todas las fuerzas de la tierra, á suprimir todos los obstáculos naturales que opone á la libertad de nuestros movimientos, cambiará ante la vista la apariencia del planeta que en su torbellino nos lleva. Cada pueblo dará, digámoslo así, nueva vestidura á la naturaleza que le rodee. Con campos y caminos, moradas y construcciones de todo género, por la agrupación impuesta á los árboles, por el ordenamiento general de los paisajes, la población dará la medida de su ideal propio. Si posee en realidad el sentimiento de la belleza, hará á la naturaleza más hermosa: pero si la gran masa de la humanidad tuviera que seguir como es hoy, grosera, egoísta y falsa, continuará grabando tristes huellas en la tierra. Entonces será una verdad el grito del poeta: «¿A dónde huiré? ¡La naturaleza se afea!»

Sea como fuere la humanidad en lo porvenir, cualquiera que deba ser el aspecto del medio que ha de crearse, la soledad, en lo que queda de la naturaleza libre, se hará cada vez más necesaria al hombre que, lejos del conflicto de deseos y de opiniones, quiera fortalecer su pensamiento. Si los sitios más hermosos de la tierra llegaran á convertirse un día en punto de reunión de los ociosos, á aquellos que gustan de vivir en la intimidad con los elementos, no les quedaría otro recurso que huir en una barca al alta mar ó esperar el día en que puedan cernirse como el ave en las profundidades del espacio, pero siempre echarían de menos los frescos valles de las montañas, los torrentes que brotan de la inmaculada nieve, las blancas ó sonrosadas pirámides que se yerguen en lo azul del cielo. Afortunadamente, la montaña es siempre el retiro más benigno para quien huye de los caminos abiertos por la moda. Durante mucho tiempo podremos apartarnos del mundo frívolo y reconcentrarnos en la verdad de nuestro pensamiento, alejados de esa corriente de opiniones vulgares y ficticias que turban y descaminan hasta á los espíritus más sinceros.

¡Qué asombro, qué insólita impresión sentí en todo mi ser cuando, traspuesto el umbral del último desfiladero de la montaña, me volví á ver en la gran llanura de indistintas y fugitivas lontananzas de ilimitado espacio! Ante mí estaba el mundo inmenso. Podía yo ir hacia el punto del horizonte al cual me impulsara el capricho, y, sin embargo, por más que andaba, me parecía que no cambiaba de sitio, de tal modo había perdido la naturaleza que me rodeaba su encanto y su variedad. Ya no oía el torrente, ya no veía rocas ni nieves; la monótona campiña era la misma siempre. Libres eran mis pasos, y sentíame no obstante más prisionero que en la montaña. Cualquier árbol, cualquier arbusto bastaban á ocultarme el horizonte: todos los caminos estaban cerrados en ambas partes por setos ó vallas.

Al alejarme de los amados montes, que parecían huir lejos de mí, miraba á veces hacia atrás para contemplar sus curvas empequeñecidas. Confundíanse poco á poco las pendientes en una misma masa azulada: dejaban de verse las anchas cortaduras dé los valles: perdíanse las cimas secundarias: únicamente se dibujaba en el fondo luminoso el perfil de las altas cúspides. Por fin, la bruma de polvo y de impurezas que se eleva desde las llanuras me ocultó las pendientes bajas: quedaba tan sólo una especie de decoración cimentada en nubes y á penas podía encontrar mi mirada alguna de las cumbres pisadas en otro tiempo. Después los vapores cubrieron todos los contornos; rodeóme por todas partes la llanura de invisibles límites. Desde entonces quedaba detrás de mí la montaña y volvía yo al gran tumulto de los humanos. Pero á lo menos he podido conservar en la memoria la suave impresión de lo pasado. Veo surgir nuevamente ante mis ojos el amado perfil de los montes, vuelvo á entrar con el pensamiento en las umbrosas cañadas, y durante algunos instantes puedo disfrutar apaciblemente de la intimidad con la roca, el insecto y el tallo de hierba.

FIN

INDICE

Capítulos

I.--El asilo II.--Las cumbres y los valles III.--La roca y el cristal IV.--El origen de la montaña V.--Los fósiles VI.--La destrucción de las cimas VII.--Los desprendimientos VIII.--Las nubes IX.--La niebla y la tormenta X.--Las nieves XI.--El alud XII.--El ventisquero XIII.--Los hacinamientos de rocas y los torrentes XIV.--Los bosques y los pastos XV.--Los animales de la montaña XVI.--El escalonamiento de los climas XVII.--El montañés libre XVIII.--El cretino XIX.--La adoración de las montañas XX.--El Olimpo y los dioses XXI.--Los genios XXII.--El hombre