Part 11
En aquella prodigiosa selva de las epopeyas y tradiciones indostánicas, han germinado otras leyendas relativas á las montañas del Himalaya y todas nos las muestran viviendo con vida sublime, ya como diosas, ya como madres de continentes y pueblos. Tal es la poética leyenda que nos describe á la tierra como una gran flor de loto cuyos pétalos son las penúnculas extendidas sobre el Océano y cuyos estambres y pistilos son las montañas de Meru, generatrices de toda vida. Los ventisqueros, los torrentes y los ríos que bajan de las alturas para llevar á las tierras los benéficos aluviones, son también seres animados, dioses y diosas secundarios que ponen á los humildes mortales de las llanuras en relación indirecta con las divinidades supremas que reinan por encima de las nubes en el espacio luminoso.
No sólo el monte Meru, punto culminante del planeta, sino también todas las cordilleras, todas las cimas de la India eran adoradas por los pueblos que viven en sus pendientes y en su falda. Montañas de Vindyah, de Satpurah, de Aravalli, de Nilagherry, todas tenían sus adoradores. En las tierras bajas, donde los fieles no tenían montañas que contemplar, construían templos que por sus calles de caprichosas pirámides, enormes pedazos de granito, representaban las veneradas cimas del monte Meru. Quizá fué un análogo sentimiento de adoración á las grandes cumbres el que impulsó á los antiguos egipcios á edificar las pirámides, montañas artificiales que se levantan dominando la llana superficie de arena y légamo.
La isla de Ceilán, Lanka «la resplandeciente», bienaventurado país al cual, según la leyenda oriental, fueron enviados los primeros hombres por la misericordia divina, después de ser expulsados del Paraíso, también alza hacia el firmamento montañas sagradas. Tal es, además de otras, la cima aislada en medio de las llanuras, la ciudad santa de Anaradjapura. Es el Mihintala. En aquella roca se detuvo, hace veintidós siglos, el vuelo de Mahindo, el convertidor indio que se había lanzado desde las llanuras del Ganges para atraer á los naturales á la religión de Budha. Hoy se ha edificado un templo en la cima donde puso el pie el santo. Alta y enorme es la pagoda y, sin embargo, tal es la solicitud de los peregrinos, que muchas veces las han cubierto, desde el suelo al remate, con un tapiz de jazmines. Un carbúnculo, color de fuego, brillaba en lo más alto del monumento, reflejando á lo lejos los rayos del sol, y hubo un rajah que mandó extender desde la cima de la montaña hasta las llanuras una alfombra de doce kilómetros de longitud para que no manchase los pies de los fieles una tierra impura, procedente de un suelo profano.
Y no obstante, este monte sagrado de Mihintala no es tan glorioso como el pico de Adán, que ven los marinos en medio de las olas cuando se acercan á la isla de Ceilán. La huella de un pie gigantesco que pertenece, según dicen, á un hombre de diez metros de altura, está impresa en la roca, en la punta que remata la cumbre. Esa huella, según mahometanos y judíos, es la de Adán, el primer hombre que subió al pico para contemplar la inmensa tierra, los vastos bosques, los montes y las llanuras, las orillas y el Océano con sus islas y sus escollos. Según los de Ceilán y los indios, no es un hombre, sino un Dios, el que dejó ese rastro de su paso. Según los brahmanes, ese dios dominador era Siva: según los budhistas, era Budha: según los gnósticos de los primeros siglos cristianos, era Jehová. Cuando los portugueses desembarcaron en la isla de Ceilán y la conquistaron, degradaron (digámoslo así) la montaña, que, según su manera de pensar, no podía compararse con la de Tierra Santa: consideran que la señal misteriosa es la huella del pie de santo Tomás ó de un antiguo misionero, apóstol secundario, el eunuco de Caudaces. Menos respetuoso aún, un armenio, Moisés de Chorene, entusiasta por su noble montaña del Ararat, ve en la cima del pico de Adán la huella de Satanás, el eterno enemigo. Finalmente, los viajeros ingleses que, más numerosos cada día, suben todos los años á la montaña santa, creen que la «divina huella» no es más que un agujero vulgar, groseramente redondeado. Verdad es que semejantes extranjeros son mirados con desprecio por los convencidos peregrinos que van á prosternarse á la cima, á besar devotamente la huella y á depositar sus ofrendas en casa del sacerdote. Todo les parece testimonio de la autenticidad del milagro. A algunos metros por bajo de la cima brota un manantial: el báculo del dios le hizo surgir del suelo. Muchos árboles crecen en las pendientes, y estos árboles (así se les antoja á los fieles), inclinan su ramaje hacia la cumbre para vegetar y crecer adorándola. Las rocas del monte están sembradas de piedras preciosas: son las lágrimas que brotaron de los ojos del dios al ver los padecimientos y los crímenes de los hombres. ¿Cómo no han de creer en el prodigio, viendo todas esas riquezas que han dado origen á los fabulosos relatos de las Mil y una noches? Los arroyos que corren por la montaña no arrastran, como nuestros torrentes, despreciables guijarros y arena: llevan consigo polvo de rubíes, granates y zafiros: el bañista que nada entre sus ondas puede revolcarse, como las sirenas, en un lecho de piedras preciosas.
Las razas del extremo Oriente, cuya civilización ha seguido marcha distinta á la de los pueblos de raza aria, también han adorado montañas. Lo mismo en la China y el Japón que en la India, las altas cimas sostienen templos consagrados á los dioses, ó se las considera como á genios tutelares ó vengativos. Los pueblos procuran que su historia proceda de estas montañas divinas por tradiciones y leyendas.
Las montañas históricas más antiguas son las de la China, porque el imperio del Medio es uno de los primeros pueblos que han llegado á la conciencia de sí mismos, el primero que ha escrito su propia historia de un modo continuo. Cinco son sus montes sagrados, que se elevan todos en comarcas célebres por su agricultura, su industria, las muchedumbres que se agitan en su falda ó los acontecimientos que han ocurrido en sus cercanías. La montaña más santa, la de Tai-Chan, domina todas las demás cimas de la rica península de Chan-Tung, entre los dos golfos del Mar Amarillo. Desde la cumbre, á la cual se llega por un camino empedrado y peldaños abiertos en la roca, se divisan, extendidas á los pies del observador, las ricas llanuras que atraviesa el Hoang Ho, corriendo ora hacia uno, ora hacia otro golfo, apagando con su agua la sed de multitudes de hombres más numerosas que las espigas en un campo.
El emperador Chung trepó á esa cima hace cuatrocientos treinta años, según lo recuerdan los anales clásicos del país. Confucio también quiso subir, pero la pendiente es muy áspera; el filósofo no pudo con ella, y todavía se enseña el sitio en que emprendió la bajada á la llanura. Todos los dioses grandes y los genios principales tienen templos y oratorios en la santa montaña, así como las Nubes, el Cielo, la Osa Mayor y la Estrella Polar. Los diez mil genios detienen el vuelo allí para contemplar la tierra y las ciudades de los hombres. «El viento del Tai-Chan es igual al del cielo. Es el dominador del mundo. Recoge las nubes y nos envía las lluvias. Decide los nacimientos y las defunciones, el infortunio, la desventura, la gloria y la vergüenza. De los picos que se elevan al cielo, es el más digno de ser visitado.» Por eso los peregrinos acuden numerosísimos allá para implorar todas las gracias, y el sendero está sembrado de cavernas donde yacen mendigos de asquerosas llagas que horrorizan al transeunte.
Con más razón que los chinos, porque sus montañas volcánicas son de una perfecta belleza de forma, los japoneses miran con adoración las cumbres nevadas. No hay ídolo en el mundo que pueda compararse á su magnífico Furiyama, á la «montaña simpar» que se yergue casi aislada en medio del campo, cubierta abajo de selvas, vestida de nieves arriba. Humeaba en otro tiempo el volcán y arrojaba lavas y fuego; reposa ahora, pero tiene en aquel archipiélago numerosas montañas hermanas que vierten todavía ríos de fuego en la estremecida tierra. Entre esos montes hay uno, el más terrible, al cual se creyó aplacar arrojándole como ofrenda millares de cristianos. Así fué como en el Nuevo Mundo, dícese también que se quiso calmar al Monotombo, lanzando en él á los sacerdotes que se habían atrevido á predicar contra él, diciendo que no era tal Dios, sino boca del infierno. Por otra parte, los volcanes no suelen esperar que les arrojen víctimas: ya saben ellos encontrarlas cuando hienden la tierra, vomitan lagos de lodo, cubren con ceniza provincias enteras y hacen perecer de una vez á toda la población de un país. Bastante es eso para que los adore todo aquel que se incline ante la fuerza. El volcán devora, luego es Dios.
Así se ha apoderado del hombre la religión de las montañas (como todas las demás), por los diversos sentimientos de su ser. Al pie de la montaña que vomita lava, el terror le ha prosternado con la cara hundida en el polvo: en los campos sedientos, el deseo es quien le ha hecho mirar suplicante á la nieve, madre de los arroyos: el agradecimiento le ha dado adoradores en aquellos que encontraron seguro refugio en el valle ó en el escarpado promontorio: finalmente, la admiración ha debido de dominar á los hombres á medida que se desarrollaba en ellos el sentimiento de lo bello y hasta cuando estaba adormecido, en estado de instinto. Y ¿cuál es la montaña que no tiene á un tiempo hermosos aspectos y seguros asilos y que no es terrible ó benéfica y muchas veces ambas cosas juntamente? Los pueblos, andando por el mundo, podían relacionar fácilmente todas sus tradiciones á la montaña que dominaba su horizonte y darle culto. En cada estación de su largo viaje se edificaba un nuevo templo. En otro tiempo, las tribus errantes en las mesetas de Persia veían surgir siempre al anochecer una montaña entre las polvorientas llanuras: era el monte Telesmo, el divino «Talismán» que seguía á sus adoradores en sus peregrinaciones por el mundo. Y cuando, después de larga emigración, la montaña columbrada á lo lejos no era engañador espejismo, sino verdadera cumbre con nieves y rocas, ¿quién habría podido dudar del viaje hecho por el dios para acompañar á su pueblo?
Así es como la montaña, cuya punta acogió á los refugiados del diluvio, no ha cesado de andar por los continentes. Una versión samaritana del Pentateuco sostiene que el arca de Noé se detuvo en el pico de Adán: las otras versiones afirman que el verdadero pico fué el Ararat; pero, ¿qué Ararat es ese? ¿Es el de Armenia ú otra cualquiera montaña, en la cual hayan sido encontrados por pastores algunos despojos del sagrado barco? Por todas partes reclaman los pueblos orientales ese honor para la montaña protectora cuyas aguas riegan sus propios campos. Aquel es el monte desde el cual volvió á bajar la vida á la tierra, siguiendo el camino de las nieves y el curso de los arroyos. No han faltado pruebas, por supuesto, para establecer la veracidad de todas esas tradiciones. Se han encontrado montones de pradera petrificada bajo los hielos y en las mismas rocas se encontraron huellas enmohecidas de aquellos «anillos del diluvio» que, según nuestros modernos sabios, son amonitas fósiles. Por eso más de cien montañas de Persia, de Siria, de Arabia, del Asia Menor se ha indicado como desembarco del patriarca, segundo padre de los hombres. También Grecia hablaba de su Parnaso, cuyas piedras, lanzadas al limo del diluvio, se convertían en hombres. Hasta en Francia hay montañas donde se paró el arca; una de esas cumbres divinas es Chamechaude, cerca de la gran Cartuja de Grenoble: otra es Puy de Progne, dominador de las fuentes del Ande.
El mito es, pues, constante; de las altas cimas es de donde han bajado los hombres. Desde esas fragosidades, trono de la divinidad, ha salido la gran voz que dictó sus deberes á los mortales. El Dios de los judíos residía entonces en la cumbre del Sinaí, entre nubes y relámpagos, y hablaba con la voz del rayo al pueblo reunido en la llanura. Lo mismo Baal Moloch y todos los dioses sanguinarios de aquellos pueblos del Oriente se aparecían á sus fieles en la cúspide de los montes. En la Arabia Pétrea, en los países de Edom y de Moab no hay una altura, una colina ni una roca que no sostenga su tosca pirámide de piedra, sobre cuyo altar derramaban sangre los sacerdotes para tener propicio al dios. En Babel faltaba la montaña, y se la sustituyó con aquel famoso templo que debía llegar al cielo. El poeta ha reconstruido aquel gigantesco edificio, no tal como fué, sino tal como lo imaginaban los pueblos.
La más alta montaña, era un sillar para aquella granítica muralla.
Con su envidioso odio á los cultos extranjeros, los profetas judíos maldijeron más de una vez los «altos lugares» en que los pueblos vecinos colocaban á sus ídolos, pero no procedían ellos de otra manera y miraban á las montañas para evocar á los ángeles que los socorrían: sobre una montaña se elevaba su templo: también conversaba Elías con Dios sobre una montaña. Y cuando el Galileo se transfiguró y se cernió en la luz increada con los dos profetas Moisés y Elías, desde el monte Thabor se elevó. Cuando murió entre dos ladrones, en la cima de una montaña le crucificaron, y cuando vuelva, según la profecía, rodeado de santos y de ángeles, y asista al castigo de sus enemigos, también lo hará en una montaña, pero al tocarla con la planta la romperá. Otra montaña, otra cima ideal que sostenga una ciudad de oro y diamantes surgirá en el espacio luminoso y allí vivirán siempre los elegidos, cerniéndose en los aires alrededor de las cumbres alegres, muy por encima de esta tierra de cuidados y de desdichas.
CAPÍTULO XX
#El Olimpo y los dioses#
Así como la gloria de la imperceptible Grecia sobrepuja en brillo á la de todos los imperios de Oriente, así el Olimpo, la más alta y bella de las montañas sagradas de los helenos, ha llegado á ser en la imaginación de los pueblos el monte por excelencia: ninguna cima, ni la del Meru, ni las del Elburs, el Ararat ó el Líbano, despierta en el espíritu humano tantos recuerdos de grandeza y de majestad. Pocas ha habido, por supuesto, tan admirablemente situadas para atraer la mirada y servir de señal á las razas que recorrían el mundo. Colocado en el ángulo del mar Egeo y dominando todas las cúspides cercanas desde la mitad de su altura, veían los marinos el Olimpo desde enormes distancias. Desde las llanuras de Macedonia, desde los ricos valles de Tesalia, desde los montes Othrys, Findo, Bermio y Athos, se ve en el horizonte su triple cúpula y sus pendientes «de mil rugosidades», de las cuales habla Homero. La fertilidad de los campos extendidos en su falda llamaba á sí desde todas partes á las muchedumbres que allí iban á encontrarse, ya para mezclarlas, ya para matarse unas á otras. Finalmente, el Olimpo domina los desfiladeros que forzosamente habían de seguir las tribus ó los ejércitos en marcha, de Asia á Europa ó de Grecia á los países bárbaros del Norte. Se alza como hito militar en la carretera que seguían entonces las naciones.
Muchas otras montañas del mundo helénico debían á sus nieves resplandecientes el nombre de Olimpo ó _luminosa_, pero ninguna lo merecía tanto como la de Tesalia, cuya cumbre servía de trono á los dioses.
Y es que el mismo pueblo heleno había pasado su infancia nacional en el valle y las llanuras, tendido á la sombra de la gran montaña. De Tesalia procedían los helenos del Atica y del Peloponeso: allí habían combatido con los monstruos sus primeros héroes y allí sus primeros poetas, guiados por la voz de las musas Piérides, habían compuesto himnos y cánticos de victoria y de júbilo. Inundando pueblos en lejanas comarcas, recordaban las tribus griegas la divina montaña que en sus cañadas les había dado vida y alimento.
Casi todos los grandes acontecimientos de la historia mítica se habían verificado en aquella parte de Grecia, y entre ellos, el más importante, el que decidió del mando en cielo y tierra. El Olimpo era la ciudadela elegida por los nuevos dioses, y en derredor habían acampado las divinidades antiguas, los titanes monstruosos hijos del Cáos. De pie en los montes Othrys, que se desenvuelven al Sur en vasto semicírculo, los gigantes agarraban enormes rocas, montañas enteras y las arrojaban contra el Olimpo medio desarraigado. Para erguirse más arriba, hacinaron los viejos titanes monte sobre monte que les sirviera de pedestal, pero la gran cumbre nevada los dominaba siempre y los rodeaba con nubes sombrías de donde brotaban los rayos. Los gigantes, alimentados con las propias fuerzas de la tierra, llevaban en la voz los rugidos del huracán y en los brazos el vigor de la tormenta: con sus cien manos lanzaban al azar el pedrisco de rocas, pero luchaban con el ciego furor de los elementos contra dioses jóvenes é inteligentes. Sucumbieron, y bajo los escombros del monte quedaron aplastados con ellos pueblos enteros. No de otro modo los caprichos de los reyes han sido causa de la destrucción de naciones, como por equivocación.
Habían cesado hacia tiempo los prodigiosos combates del Olimpo, cuando los pueblos jonios y dorios tuvieron poetas para cantar sus propias hazañas y más tarde historiadores para relatarlas. Entonces Zeus, padre de dioses y de hombres, residía en paz en la montaña sagrada: á un lado estaba Heza, la diosa mujer siempre y siempre virgen. En torno estaban los otros inmortales de rostro eternamente alegre y bello. Luminoso éter bañaba la cumbre del Olimpo y jugueteaba en la cabellera de los dioses: nunca perturbó la tormenta el descanso de aquellos dichosos seres, ni lluvia, ni nieve caía sobre la espléndida cúspide. Las nubes amontonadas por Zeus se enrollaban á sus pies, alrededor de los peñascos que formaban el soberbio cimiento de su trono. A través de los intersticios de aquel velo que abrían y cerraban las Horas á gusto del sueño, contemplaba éste el mar, la tierra, las ciudades y los pueblos. Sobre la cabeza de aquellos hombres que se agitaban, suspendía el inflexible destino, decidía la vida ó la muerte, distribuía á su antojo benéfica lluvia ó rayo vengador. Ninguna lamentación de abajo turbaba á los dioses en su quietud eterna. El néctar era siempre delicioso, la ambrosía exquisita. Saboreaban el olor de las hecatombes, oían como una música el concierto de las voces suplicantes. Debajo de ellos se extendía como espectáculo infinito el cuadro de las luchas y de la miseria humana: veían chocar las armas, sumergirse las armadas, convertirse en fuego y humo las ciudades, extenuarse de fatiga á los infelices labradores, mirmidones casi invisibles, para alcanzar cosechas que había de robarles un poderoso; hasta bajo el techo de las casas, veían llorar á las mujeres y gemir á los niños. A lo lejos, su enemigo Prometeo lamentábase, aherrojado en una peña del Cáucaso. Tales eran las venturas de los dioses. ¿Hubo algún heleno, pastor, sacerdote ó rey que se atreviera á trepar por las pendientes de Olimpo que dominan los altos pastos de las cañadas y las lomas? ¿Atrevióse alguien á poner el pie sobre la cumbre para encontrarse de pronto en presencia de los dioses terribles? Refieren los escritores antiguos que hubo filósofos que no temieron escalar el Etna, con ser mucho más elevada que el Olimpo, pero no mencionan á ningún mortal que tuviese la audacia de subir á la montaña divina, ni siquiera en la época científica, cuando la filosofía enseñaba que Zeus y los otros inmortales eran meras concepciones del espíritu humano.
Más tarde, otras religiones de pueblos diversos que viven en las llanuras cercanas se apoderaron de la montaña santa y la consagraron á nuevas divinidades. En vez de Zeus, adoraron los cristianos griegos en ella á la Santísima Trinidad: en sus tres principales cúspides miran todavía los tres grandes tronos del cielo. Uno de sus más elevados promontorios, que sostenía tal vez en otro tiempo el templo de Apolo, lo domina ahora un monasterio de San Elías: una de sus cañadas, que recorrían las bacantes cantando _Evoke_ en honor de Dionysos ó Baco, la habitan los monjes de San Dionisio. Sucedieron sacerdotes á sacerdotes, y el respeto supersticioso de los modernos á la adoración de los antiguos, pero quizá la cumbre más alta, permanece aun hoy virgen de huella humana. La suave luz que resplandece en sus rocas y en sus nieves no ha iluminado aún á nadie desde que se fueron los dioses griegos.
Hace pocos años, todavía habría sido difícil al europeo llegar hasta el vértice de la montaña, porque los kleptos helenos, de infalible puntería, ocupaban todos los desfiladeros: allí se habían fortificado como en una ciudadela enorme, y desde allí, renovando la lucha de los dioses contra los titanes, emprendían expediciones contra los turcos del monte Orsa. Orgullosos de su valor, creíanse invencibles como la montaña que los albergaba: personificaban el propio Olimpo. «Soy (decía uno de sus cantos), soy el Olimpo, ilustre en todas las épocas y célebre en todas las naciones: cuarenta y dos picos coronan mi cabeza y setenta y dos fuentes corren por mis hondonadas, y en mi cima más alta se posa un águila que lleva en sus garras la cabeza de un héroe denodado.» Aquella águila era sin duda la del antiguo Zeus: todavía se alimenta hoy con la carne del hombre muerto por su semejante.
La imaginación popular corre libremente cuando se trata de los dioses que ha creado. Durante el curso de los siglos, varía sus nombres, sus atributos y su poder, según las alternativas de la historia, los cambios del lenguaje, las variantes individuales ó nacionales de la tradición; al fin y al cabo les da muerte como les dió vida, y los sustituye con nuevas divinidades. Poco le cuesta, por lo tanto, hacerlos viajar de monte en monte. Así es que cada cima tenía su dios y hasta su pléyade de reses celestiales. Zeus vivía en el monte Ida, así como en el Olimpo de Grecia, en los de Creta y Chipre y en las rocas de Egina. Apolo tenía su morada en el Parnaso y en el Helicón, en el Cileno y en el Taigeto, en todos los montes diseminados que se elevan fuera del mar Egeo. Las cimas que iban á dorar los rayos de la aurora, cuando las llanuras inferiores estaban todavía á obscuras, tenían que estar consagradas al dios del sol. Así, casi todas las cúspides aisladas de la Hélada llevan hoy el nombre de Elías. El profeta judío ha llegado á ser, en virtud de su nombre y por un sagrado juego de palabras, el heredero de Helios, hijo de Júpiter.