La Montaña

Part 10

Chapter 10 4,006 words Public domain Markdown

Y es que, desde que pasó la Edad Media, ya no constituyen aldeas y castillo un mundo aparte: voluntariamente ó por fuerza, han entrado en otro más grande, en una sociedad cuyas luchas tienen mayor amplitud, en que los progresos tienen mucho mayor alcance. El reino chico cuyo dueño absoluto era el señor, ya no es más que un distrito cualquiera, y el descendiente de los antiguos barones para nada le sirve el enmohecido mandoble de sus antepasados. A veces intenta conservar alguno de los privilegios aparentes ó reales que le quedan del poder de sus abuelos: en otras ocasiones se resigna á su papel de súbdito ó de ciudadano, mezclándose con la muchedumbre. De todos modos, los combates y conquistas de sus antecesores han sido útiles á otros, sea á pueblos, sea á reyes. Si aquellos guerreros, después de largas luchas con los montañeses, lograron vencerlos en sus guaridas, y llevaron hasta las nevadas crestas los linderos de sus dominios, tuvieron que sufrir luego el ataque de otro invasor, y la frontera que habían dado á sus posesiones se pierde en la inmensa extensión de un imperio poderoso.

Un nombre raro, que se encuentra en varios sitios de la montaña, me ha hecho pensar en las cosas de lo pasado. En una hondonada, ligera depresión del suelo, brilla en lontananza como diamantito movible, un manantial que jamás se vería si el sol no revelase su existencia con uno de sus rayos. Me acerco á él, veo doblarse y erguirse alternativamente los tallos de hierba bajo la argentina gota que pasa: gorjean en torno algunos pájaros, y el césped que baña sus raíces en el agua oculta extiende sus tallos verdes y sus florecillas muy por encima de la hierba ajada de los pastos. Esa corta extensión de verdor, que divisan de lejos los pastores en la superficie gris y quemada de la vertiente, es la _Fuente de los tres Señores_.

¿Cuál era el origen de tan extraño nombre? ¿Cómo había tomado el de tres potentados fuente tan humilde? Cuenta la leyenda de la montaña que en época muy antigua, cuando fortalezas rodeadas de fosos se erguían en todos los promontorios de los desfiladeros, tres condes que por casualidad no guerreaban, se encontraron un día de caza cerca de la fuentecilla. Larga carrera en persecución de jabalíes y ciervos los había cansado, y el sudor les caía de la frente. Una turba de criados, que andaban solícitos á su alrededor, ofrecíales á porfía vino y aguamiel, pero el hilillo de agua que brotaba de una rendija de la roca les pareció más agradable bebida que los licores escanciados en jarros de plata. Inclináronse uno tras otro sobre el remanso de la fuente, apartaron con la mano las hierbas que flotaban en la superficie y bebieron en la hoya, como pastores ó como cervatillos de la montaña. Después se miraron, se dieron la mano de amigos y se pusieron á departir alegremente recostados en la hierba. Hacía buen tiempo, tocaba casi el sol ya el horizonte, algunos celajes diseminados proyectaban sombras en las amarillas mieses de la llanura y leves humaredas se desprendían á trechos en los pueblecillos. Los tres condes estaban de buen humor. Hasta entonces sus inmensos dominios no habían tenido exactos linderos en la montaña. Decidieron que desde entonces la fuente que con helado chorro le había apagado la sed sería el límite de separación de los tres condados. Uno seguiría la orilla derecha, otro la izquierda del arroyuelo y el tercero ocuparía la loma tendida desde el manantial á la cima cercana, y desde allí á la vertiente opuesta. Y como consagración del tratado que acababan de convenir, los tres señores mojaron las diestras manos con algunas gotas de la fuente, y cada uno salpicó con ellas el césped de su dominio.

Pero el buen tiempo no es duradero y los condes no conservan mucho su sonrisa y compañerismo. Peleáronse los tres amigos y estalló la guerra. Matáronse mutuamente vasallos, burgueses y villanos en hondonadas y bosques para que cambiara de sitio la linde de los tres condados. La llanura fué asolada, y durante varias generaciones corrieron torrentes de sangre por la posesión de aquella gota de agua que brota allá arriba en pacíficas alturas. Pactóse paz por fin, y si han vuelto á empezar las guerras, no se han encendido entre los tres barones, ni por la conquista de una fuente, sino entre poderosos soberanos y por la posesión de inmensos territorios con montañas, ríos, bosques y ciudades populosas. Ya no se destrozan una á otra gentes mal armadas, sino centenares de miles de hombres, provistos de los más científicos medios de destrucción los que chocan y se destruyen recíprocamente. Seguramente la humanidad progresa, pero al ver tan espantosos conflictos, hay que dudar algunas veces.

Entonces nos parecen dichosísimas las poblaciones retiradas en los valles altos que nunca han padecido los males de la guerra: á lo menos, á pesar del flujo y reflujo de los ejércitos en marcha, han acabado por conservar su independencia primitiva. Bastantes pueblos de la montaña, protegidos por enormes masas de roca unidas unas á otras, han tenido la felicidad de permanecer libres. Ya saben que no deben únicamente al heroísmo de sus corazones, á la fuerza de sus brazos, á la unión de sus voluntades el no haberse visto esclavizados por sus poderosos vecinos. También tienen que agradecérselo á los grandes Alpes: esas han sido las firmísimas columnas que han defendido la entrada del templo.

CAPÍTULO XVIII

#El cretino#

Al lado de esos hombres fuertes, de esos valientes de sólido pecho y penetrante mirada que trepan con paso firme por las rocas, arrástranse asquerosas masas de carne viva, los _cretinos_ de pendientes paperas. Y muchas de esas masas hay que ni siquiera pueden arrastrarse; permanecen sentados en sillas fétidas, moviendo á un lado y á otro el cuerpo y la cabeza, cayéndoles la baba por los pegajosos harapos. Esos seres no saben andar, y algunos de ellos no han sabido aprender el arte primordial de llevarse la comida á la boca: se les da de comer, se les ceba, y cuando notan que el alimento ingerido baja al estómago, exhalan ligeros gruñidos de contento. Esos son los últimos representantes de la humanidad, «cuyo rostro fué creado para contemplar los astros.» ¡Qué enorme intervalo salvado entre la cabeza ideal del Apolo Pitio y la del pobre _cretino_, de ojos, sin mirada y risa que parece mueca! Más hermosa es todavía la cabeza del reptil, porque ésta corresponde á su tipo, y no esperamos verla de otra manera, mientras la cara del idiota es una forma espantosamente degenerada. A pesar de habernos parecido un hombre desde lejos, ni siquiera aparece la inteligencia del animal en sus facciones.

Para mayor dolor, los sentimientos rudimentarios que se revelan en el ser desdichado, no siempre son buenos. Algunos _cretinos_ son malísimos: rechinan los dientes, lanzan rugidos feroces, hacen airados ademanes con los torpes brazos, patean el suelo, y si no se lo impidieran, se comerían la carne y se beberían la sangre de quienes los cuidan con abnegación: nada importa esa rabia á los montañeses, buenos y cándidos. No por eso han dejado de dar á los pobres idiotas el nombre de _cretinos_, de _crestias_ ó de inocentes, figurándose que tales seres, incapaces de razonar sus actos y de llegar á la comprensión del mal, disfrutan del privilegio de no tener ningún pecado en la conciencia. Cristianos desde la cuna, á la fuerza tienen que ir derechos al cielo. Por lo mismo, prostérnase la multitud ante locos y alucinados en los países musulmanes, y se considera muy glorificado aquel á quien ensucian con su saliva ó sus excrementos, puesto que, bajo humana forma, viven fuera de la humanidad; sin duda están sumidos en divino sueño.

Por otra parte, algunos de estos desdichados son verdaderamente buenos y gustan de hacer bien, en el límite de sus fuerzas. Había yo bajado un día al valle para subir por la otra pendiente á los pastos de una meseta, en cuyo centro había divisado las aguas de una laguna. Había dejado detrás de mí, sin detenerme en ella, una chocilla húmeda rodeada por algunos alisos, y seguía con decidido paso un sendero indicado vagamente por pasos de animales á la orilla de una corriente rápida. Hallábame ya á más de un tiro de piedra de la choza, cuando oí detrás de mi precipitado y pesado paso; al mismo tiempo, un resuello gutural, casi un estertor, salía de aquel ser que me perseguía y me daba alcance. Volvíme y ví una pobre _cretina_, cuya papera, bazuqueada por la carrera, oscilaba pesadamente de uno á otro hombro. Gran trabajo me costó reprimir una expresión de horror viendo á aquella masa humana acercarse á mi, teniéndose alternativamente en una y otra pierna. El monstruo me hizo seña de que esperara, y después se paró delante de mí, contemplándome fijamente los estúpidos ojos y dándome con el resuello en la cara. Señaló con gesto negativo el desfiladero en el cual iba yo á entrar y juntó las manos para indicarme que cortaban el paso peñascos verticales. «¡Allí, allí!», dijo, designando un sendero mejor trazado que se encarama dando vueltas en una pendiente y llega á una meseta para rodear el infranqueable desfiladero del fondo. Cuando me vió seguir su cuerdo consejo y empezar á subir la cuesta, lanzó dos ó tres gruñidos de satisfacción, me acompañó con la mirada durante algún tiempo y después se marchó tranquilamente, contenta por haber hecho una buena obra. Confieso que estaba yo menos contento y hasta profundamente humillado. Un ser maltratado por la naturaleza, horrible, una especie de cosa sin forma y sin nombre, no había parado hasta sacarme de un lance apurado, y yo, hombre lleno de altivez, dotado de cierta razón por la naturaleza, y llegado por ella al sentimiento de la responsabilidad moral, había dejado mil veces, sin hacerles advertencia alguna, meterse á otros hombres, hasta á los que llamaba amigos, en pasos bastante más terribles que el desfiladero de una montaña. La idiota, la _cretina_, me había enseñado mi deber. De modo que, en aquello que me parecía inferior á la humanidad, encontraba una benevolencia de la cual carecen muchas veces los que se tienen por grandes y por fuertes. Ningún ser es bastante bajo para no merecer amor y hasta respeto. ¿Quién tiene razón, el espartano de la antigüedad que arrojaba á una sima los recién nacidos defectuosos, ó la madre que, aunque sea llorando, amamanta y acaricia al hijo idiota y deforme? Claro es que nadie censurará á las madres que luchan contra toda esperanza para disputar á sus hijos á la muerte, pero es necesario que la sociedad acuda en auxilio de esos desdichados, con la ciencia y con el cariño, para curar á los que pueda, dar toda la ventura posible á aquellos cuyo estado no deja esperanzas y velar para que las prácticas higiénicas y la comprensión de las leyes fisiológicas reduzcan cada vez más el número de semejantes nacimientos.

Una educación continua puede desbaratar esas toscas naturalezas, y cuando al afecto de la madre sucede la solicitud de un compañero que consigue que haga algún trabajo grosero el pobre inocente, éste se desarrolla poco á poco y acaba por llevar en la cara algo como reflejo de inteligencia. Entre los innumerables cuadros que quedaron grabados en mi memoria cuando recorrí la montaña, hay uno que aún me conmueve, pasados tantos años. Era al anochecer, en los últimos días del verano. Acababan de segar por segunda vez las praderas del valle, y veía pilillas de heno esparcidas, cuya suave fragancia me traía el viento.

Andaba por un camino sinuoso, disfrutando de la frescura de la tarde, del olor de la hierba, de la hermosura de las cumbres iluminadas por el sol poniente. De pronto, en una revuelta del camino encontréme en presencia de un grupo que me llamó la atención. Un _cretino_ de enorme papera estaba enganchado con cuerdas á una especie de carro cargado de heno. No le costaba trabajo arrastrar el pesado vehículo, y no veía ni los baches, ni los peñascos diseminados, tirando como una fuerza ciega. Pero llevaba al lado á un hermanito suyo, niño esbelto y agraciado, cuyo rostro era todo mirada y sonrisa. Éste veía y pensaba por el monstruo. Con una señal, con tocarlo un poco, le hacia variar á la derecha ó á la izquierda para evitar los obstáculos y apresuraba ó acortaba su andar: formaba con el idiota una pareja, siendo uno el alma y otro el cuerpo. Cuando pasaron por mi lado el niño me saludó con amabilidad, y empujando á Cáliban con el codo, le hizo quitarse la gorra y volver hacia mí sus ojos sin expresión. Parecióme, sin embargo, que veía aparecer en ellos como vislumbre de un sentimiento humano de respeto y de amistad. Yo saludé con una especie de veneración á aquel grupo conmovedor, símbolo de la humanidad en su camino hacia lo porvenir.

Abandonado á sí mismo, y sin disfrutar otras luces que las del instinto animal, el _cretino_ puede alguna vez hacer cosas que serían superiores á la fuerza de un hombre inteligente y consciente de su valer. Me contaba á veces mi compañero el pastor cómo había caído en una grieta del ventisquero, y cuando hablaba de ello, todavía se dibujaba el espanto en su semblante. Estaba sentado en una escarpa, junto al borde del ventisquero, cuando al desmoronarse una piedra le hizo perder el equilibrio, y sin poder valerse resbaló por una hendidura que se abría entre la roca y la compacta masa de hielo, hallándose de pronto como en el fondo de un pozo, en el cual apenas vislumbraba un reflejo de la claridad del cielo. Estaba aturdido, magullado, pero no se había roto ningún miembro. Impulsado por el instinto de la conservación, pudo agarrarse á la pared de roca y subir de aspereza en aspereza hasta algunos metros de la boca. El sol, los pastos, las ovejas y su perro estaban ante su vista, y éste le miraba con ardientes ojos. Pero, llegado á aquel reborde, no podía subir más el pastor: la roca, lisa por todas partes, no ofrecía ningún punto de apoyo. El perro estaba tan desesperado como su amo: acurrucándose de trecho en trecho, al borde del precipicio, dió algún ladrido corto y luego salió de pronto como una flecha hacia el valle. Nada tenía ya que temer el pastor, pues sabía que el perro iría á buscar socorro y pronto volvería con gente provista de cuerdas. Sin embargo, mientras duró la espera, pasó por las horribles angustias de la desesperación. Parecíale que el fiel animal no acababa de volver: se veía ya muerto de hambre en la peña y pensaba horrorizado en que quizá las águilas fueran á arrancarle trozos de carne antes de estar muerto. Y, sin embargo, recordaba lo que, en semejante situación, había hecho un _inocente_. Caído al fondo de una grieta, de la cual le era imposible salir, el _cretino_ no se había fatigado en inútiles esfuerzos: esperó con paciencia, pateando el suelo para conservar el calor animal y así se aguantó toda la tarde y toda la noche y toda la mitad del día siguiente. Oyó entonces llamarle por su nombre á los que le buscaban, contestó, y en seguida lo sacaron de la sima. Únicamente se quejó de haber pasado mucho frío.

Pero sean cuales fueren los privilegios é inmunidades del _cretino_, aunque el desdichado no tenga que temer los cuidados y las decepciones del hombre que tiene que abrirse camino en el mundo por sí mismo, hay que intentar que el _cretino_ sea arrancado á su _inocencia_ y á sus asquerosas enfermedades para darle, al mismo tiempo que la salud del cuerpo, el sentimiento de su propia responsabilidad moral. Es necesario que penetre en la sociedad de los hombres libres, y, para curarle y dignificarle, lo primero es conocer las causas de su degeneración. Sabios hay que, inclinados sobre sus retortas y sus libros, exponen diversos pareceres: dicen unos que la deformidad de la papera procede sobre todo de la falta de iodo en el agua potable, y que por el cruzamiento, la deformidad moral acaba por juntarse á la del cuerpo. Otros creen que papera y _cretinismo_ nacen de que el agua procedente de la nieve no ha tenido tiempo para agitarse y airearse lo suficiente cuando llega al pueblo, ó de que ha pasado por rocas que contienen magnesia. Cierto es que el agua mala puede contribuir muchas veces á que nazcan y se desarrollen enfermedades; pero ¿será ese sólo el origen?

Basta entrar en una cabaña de esas donde nacen y vegetan los idiotas para ver que su lamentable situación procede también de otras causas. El tugurio es sombrío y ahumado: devoran gusanos cofres, mesas y vigas: en los rincones donde no puede penetrar del todo la mirada, se vislumbran formas indecisas, cubiertas de basura y telarañas. La tierra que sirve de pavimento permanece siempre húmeda y como viscosa, por todas las aguas sucias que la llenan de grasa. El aire que se respira en tal guarida es acre y fétido. Flotan en él á un tiempo los hedores del humo, del tocino rancio, del pan de muchos días, de la madera carcomida, de la ropa sucia, de las emanaciones humanas. De noche se cierran todas las aberturas para que no penetre en la habitación el frío exterior. Abuelos, padres é hijos duermen todos en una especie de armario con tablas cuyas cortinas se cierran de día, y en el cual, durante el sueño nocturno, se acumula un aire denso y mucho más impuro que el del resto de la cabaña. Y hay más: durante los fríos del invierno, la familia, para tener más calor, se va del piso bajo y baja á la cueva, que al propio tiempo sirve de cuadra. En un lado están los animales tumbados en la paja sucia, y en el otro yacen hombres y mujeres entre sábanas nada limpias. Un sucio reguero separa ambos grupos de vertebrados mamíferos, pero el aire respirable es común á todos; y ni este aire que penetra por estrechos tragaluces puede renovarse durante semanas enteras, por las nieves que cubren el terreno. Hay que abrir especie de chimeneas, por las cuales baja únicamente un lívido reflejo de luz. En esas cuevas el día parece una noche del polo.

No es asombroso que en semejantes mansiones nazcan chiquillos escrofulosos, raquíticos y contrahechos. Desde su primera semana, muchos recién nacidos se ven sacudidos por terribles convulsiones que la mayor parte no pueden resistir: en ciertos países, las madres están tan seguras de que sus hijos han de morirse, que no los consideran como nacidos hasta «que han pasado el terrible desfiladero de la enfermedad de los cinco días.» Muchos de los que se salvan de ésta, pasan luego toda la vida entre la enfermedad y la locura. Tan convenientes son para desarrollar la fuerza y la destreza del hombre sano el aire libre de la montaña y el trabajo en el campo, como propios á empeorar el estado de los _cretinos_ el espacio estrecho y la húmeda obscuridad de la cabaña. Al lado de un hermano que llega á ser el más guapo y robusto joven, se arrastra otro, especie de excrecencia carnosa horriblemente viva.

Ya se ha pensado en muchos sitios en construir hospicios para esos desventurados: nada falta en esos edificios nuevos. Circula libremente el aire puro, el sol ilumina todas las habitaciones, el agua es pura y sana, los muebles y especialmente las camas ostentan exquisita limpieza: los _inocentes_ tienen vigilantes que los cuidan como nodrizas y profesores que procuran hacer entrar un rayo de luz intelectual en aquellas duras molleras. Lógrase eso á veces, y el _cretino_ puede nacer gradualmente á una vida superior. Pero importa más trabajar en precaver el mal que en reparar el ya existente. Las chozas infestadas, tan pintorescas á veces en el paisaje, deben desaparecer para que las sustituyan casas cómodas y sanas. Deben entrar libremente aire y luz en todas las habitaciones humanas. Debe observarse en todas partes una buena higiene para el cuerpo, unida á perfecta dignidad moral. De ese modo adquirirán los montañeses en varias generaciones una completa inmunidad de todas esas enfermedades que ahora degradan á tan gran número de ellos. Entonces sus habitantes serán dignos del medio que los rodea, podrán contemplar satisfactoriamente las altas cumbres nevadas y decir como los griegos: «Esos son nuestros antepasados, y nos parecemos á ellos.»

CAPÍTULO XIX

#La adoración de las montañas#

La adoración de las montañas existe todavía entre nosotros más viva de lo que se la cree. Muchas veces un aldeano, al descubrirse la cabeza, me ha señalado el sol con el dedo y me ha dicho solemnemente: «Aquel es nuestro Dios.» Y yo también (casi no me atrevo á decirlo), más de una vez, al contemplar las augustas cimas que dominan valles y llanuras, me he sentido dispuesto á calificarlas cándidamente de divinas.

Iba yo un día pacíficamente por un pendiente desfiladero, obstruído por piedras sueltas. Encallejonábase allí el viento y me daba de cara, trayéndome con cada soplo una niebla de lluvia y nieve medio derretida. Ceniciento velo ocultaba las rocas y sólo podía yo divisar á trechos vagas masas negras y amenazadoras que, según lo espeso de la bruma, se acercaban y alejaban alternativamente. Hallábame transido de frío, entristecido, mal humorado. De pronto hízome levantar la vista una claridad reflejada por innumerables gotas. Habíase desgarrado la nube de agua y nieve encima de mi cabeza. El cielo azul se me aparecía radiante y allá arriba resaltaba la serena cumbre de la montaña. Las nieves, bordadas por las aristas de las rocas como con delicados arabescos, brillaban con argentino resplandor y el sol las orlaba con un ribete de oro. Puros eran los contornos de la cima y limpios como los de una estatua se dibujaban luminosos en la sombra, pero la soberbia pirámide parecía hallarse completamente separada de la tierra. Tranquila y fuerte, inmutable en su reposo, parecía flotar en el cielo. Pertenecía á otro mundo y no á este planeta envuelto en nubes y brumas como en sórdidos trapajos. En aquella aparición, creí yo ver algo más que la morada de la dicha, algo más que el Olimpo, mansión de los inmortales. Pero una nube maliciosa cerró de nuevo la salida por donde había yo visto la montaña. Halléme de nuevo entre viento, nieve y lluvia y consoléme con decir: ¡un Dios se me ha aparecido!

En el origen de los tiempos históricos, todos los pueblos, niños sencillos de mil cabezas, miraban así hacia las montañas; veían en ellas á las divinidades, ó á lo menos sus tronos apareciendo y ocultándose alternativamente bajo el cambiante velo de los celajes. En aquellas montañas veían casi todos el origen de su raza; allí juzgaban que residían sus tradiciones y sus leyendas; allí esperaban la futura realización de sus ambiciones y de sus sueños; de allí suponían que había de bajar el salvador, el ángel de la gloria ó de la libertad. Tan importante era el papel de las altas cumbres en la vida de las naciones, que se podría relatar la historia de la humanidad por el culto de los montes. Son éstos como grandes hitos de etapas colocados de distancia en distancia en el camino de los pueblos.

En los valles de las grandes montañas del Asia central dicen los sabios que fué donde aquellos antepasados nuestros, á quienes debemos los idiomas europeos, llegaron á constituirse por vez primera en tribus cultas, y en la base meridional de las montañas más altas del mundo es donde viven los indios, aquellos arios á quienes su antigua civilización concede una especie de derecho de primogenitura. Sus cantos de otros tiempos no dicen con qué sentimiento de adoración celebraban las «ochenta y cuatro mil montañas de oro» que ven alzarse bañadas en luz por encima de bosques y llanuras. Para muchos de ellos, los enormes montes del Himalaya, de nevada cumbre, de grandes ríos de hielo, son los mismos dioses en el pleno goce de sus fuerzas y de su majestad. El Gaurisankar, cuyo vértice perfora el cielo, y el Chamalari, menos alto pero más colosal, en apariencia, por su aislamiento, son doblemente adorados, como la Gran Diosa unida al Gran Dios. Aquellos hielos son el lecho de cristal y de diamante; aquellas nubes de oro y púrpura son el velo sagrado que los rodea. Allá en lo alto está el dios Siva, que destruye y crea: allí también la diosa Chama, la Gauri, que concibe y pare. De ella descienden los ríos, las plantas, los animales y los hombres.