Chapter 7
--¡De enterarme!... ¿Y de qué, buen Simón? ¿De que no van mis negocios en próspera fortuna? ¿De que este cortijo, y la otra casa, y tales acciones no valen lo que valían, porque los arrendamientos, y el inquilinato, y el estado general de los negocios, y el aspecto alarmante de la política así lo disponen?... ¿No es esto? ¿Ves cómo yo penetro con una sola mirada hasta el interior de las cosas, y vivo en perfecto conocimiento de ellas, sin que nadie se tome, el trabajo de pesarlas y de medirlas delante de mí? ¿Y qué le vamos a hacer si el cuadro no es tan risueño como tú y yo deseáramos? Pues paciencia, Simón, paciencia, y aguardemos días mejores, que ya vendrán. Felizmente, mi caudal no es de apariencia: es sólido y es abundante, a Dios gracias, y da para todo; quiero decir, para aguardar los vivificantes calores del estío, bien a cubierto de los mortíferos hielos invernales.
--Si no he comprendido mal el símil de Vuecencia, ese es precisamente el punto en que tengo la desgracia de discrepar de su sabio parecer.
--¿A ver cómo?
--Vuecencia sabe que sus caudales no son los que eran algunos años hace; que han disminuido..., que...
--Adelante, Simón.
--Pero desconoce el detalle, el estado en que se encuentra lo que queda de ellos; porque, si se me permite manifestarlo, los gastos de la casa y las quiebras habidas en ciertos negocios no han guardado la debida proporción con la merma de los haberes. El hacer dinero en ciertas ocasiones, cuesta más caro que en lo ordinario; y esta carestía se aumenta según que las necesidades se van haciendo más visibles y más frecuentes..., porque bien sabe Vuecencia que la usura es desconfiada, y hay que satisfacerla, y..., vamos, que abusa más de lo que debiera. Así sucede que va Vuecencia a tapar un agujero, y para taparle se forma otro; y tapa éste, y resulta otro más grande; y, tapa aquí y destapa allá, piérdese algo el buen tino, y al menor descuido salta una criba entera, que, créalo Vuecencia, no es la mejor capa para esperar un hombre, abrigado con ella, los calores del verano; sobre todo, si dan en apretar mucho, como aquí sucede, los fríos del invierno.
--No basta la buena intención que a ti te guía, mi fiel Simón, para fallar, con el acierto debido, pleitos de determinada naturaleza...
--Es la pura verdad, señor; pero cuando los números hablan... Si donde hay veinte disponibles se gastan cuarenta, resulta una falta de otros veinte.
--Si no te conociera, pensaría que llevabas tu atrevimiento hasta el extremo de intentar ponerme a ración...
--¡Señor!...
--¡No te sobresaltes, que ya hice la merecida salvedad; pero no insistas en ese tema, porque las necesidades domésticas y sociales de una familia tan conspicua como la mía, y las de un hombre como yo, no pueden sujetarse al régimen admitido para el común de las gentes, ni al criterio de un sencillo y honrado administrador como tú!...
--Las palabras y los deseos de Vuecencia--dijo aquí el aludido, plegándose casi en dos mitades iguales--son órdenes y enseñanzas para este su humilde servidor; pero como, por lo mismo, le debo toda la verdad de lo poco que se me alcanza, quisiera advertir a Vuecencia, con el debido respeto, que no me refería tanto a lo que pudiera llamarse _gastos de representación_ de esta ilustre familia, cuyo necesario esplendor eso y mucho más reclama, cuanto a otros independientes de ellos, y que no son los que menos agujeros han abierto en la criba a que tuve el honor de referirme antes.
--¿A qué otros gastos te refieres?
--A los grandes desembolsos que le han costado a Vuecencia los negocios que ha emprendido en compañía de don Mauricio Ibáñez...
--¡Bah!..., gajes del oficio, Simón: hay que estar a las duras y a las maduras.
--Cierto; pero a Vuecencia siempre le han tocado las duras.
--También a él...
--Pero ese es su oficio; aquí cae y allí se levanta: de eso vive; al paso que Vuecencia...
--¿Otro consejito, Simón?
--¡Dios me libre de la tentación de cometer ese nuevo pecado! Sólo que pensaba yo que en ese punto, bien cabía, sin ofensa de los respetos que debo, una indicación...
--Y ¿cuál es?
--Que sería más de sentir que el dinero perdido por Vuecencia, como socio del banquero en determinados casos, el que pudiera perder en la misma compañía, de muy distinta manera.
--¿Qué quieres decirme, Simón?
--Que estoy muy bien enterado de que en el señor don Mauricio no es oro todo lo que reluce.
--¿Estás en tu juicio? ¡El banquero de más crédito de todos los banqueros de España! ¡El hombre que abarca los negocios más vastos y complicados; que manda en el Ministerio de Hacienda como en su propia casa!
--Pues ese que manda en el Ministerio de Hacienda (¡y así va ella!) no tiene los asuntos tan limpios y desembarazados como creen las gentes y deseara él.
--¿Cómo puede ser eso?...
--Será, con permiso de Vuecencia, porque el diablo reclame lo suyo, o por otra causa; pero ello es. Y cómo el que se ahoga se agarra a lo primero que alcanza con las manos, y Vuecencia tiene poca práctica para esos fregados, porque ha nacido para cosas más altas y más nobles..., cumplo con un deber, hasta de conciencia, dándole respetuosamente este aviso.
--Tú has pisado hoy malas yerbas, Simón... Ya hablaremos oportunamente de esas y otras cosas, con la necesaria tranquilidad. Ahora cumple el encargo que te he dado, y nada más. Cabalmente me hallas hoy en la peor de las condiciones para ocuparme en negocios que me obliguen a fatigar la cabeza con discursos ni con preocupaciones.
--¿Se encuentra mal Vuecencia?
--No muy bien: he sentido un fuerte desvanecimiento al levantarme... y anoche había sentido otro al acostarme.
--Debilidades del estómago...
--Eso creo yo... Pero resérvalo, de todos modos. No he querido decir nada a la marquesa, por no alarmarla. ¡Ah, los frutos del ambiente de esa condenada casa de locos ambiciosos e intrigantes! ¿Qué han de sacar de ella los hombres desinteresados y conciliadores como yo, sino grandes desencantos y trastornos cerebrales? ¡No sabes con qué ansia aguardo el momento de salir a respirar aires libres y más sanos, fuera de la atmósfera candente en que nos abrasamos aquí los desdichados a quienes el patriotismo obliga a encadenar hasta sus afectos más íntimos al presidio de los negocios del Estado!... Tienes mi permiso para retirarte, Simón... ¡Ah!, se me olvidaba..., y vaya la noticia por lo que has de gozarte en ella, no porque yo le dé la menor importancia, ni deje de considerar el suceso como un tardío acto de desagravio, por parte del desagradecido Gobierno: lo de mi senaduría es cosa acordada, al fin.
--Reciba Vuecencia por anticipado la más humilde, pero la más cordial de las felicitaciones.
--Esas, para la patria, Simón, que tan necesitada está de reparaciones de esa índole, aunque te suene el reparo a vanagloria. De todas suertes, gracias por la cariñosa enhorabuena... y Dios te guarde.
XII
En ningún capítulo de los _Apuntes_ que me sirven de guía en este relato hay mayores despilfarros inútiles de tiempo y de imaginación, que en el que la redactora da cuenta del viaje proyectado algunos renglones más atrás. Es, en su mayor parte, un verdadero artículo de Revista, escrito, por una observadora tan impresionable como inexperta, a través de sus debilidades de sexo y de sus preocupaciones demasiado _subjetivas_. Échase de ver desde luego en tan prolija tarea, que en las últimas entrevistas de Verónica con Pepe Guzmán, el empeñado duelo no pasó de un nuevo cambio de estocadas, como si cada combatiente pusiera mayor ahínco en defenderse que en herir, desde que por primera vez cruzaron los aceros en la boda de Sagrario. Pesa, mide y compara, con escrupulosidad de alquimista, cada gesto y cada frase del receloso galán; asómale la impaciencia a cada momento en los puntos de su pluma; traslúcesele el desasosiego a cada instante; danle motivo todo lugar y cualquier suceso para recordar al invulnerable y discurrir sobre estas cosas, y aun protesta de que en tan invencible y tenaz empeño no entra para nada el interés amoroso; que todo es obra de la curiosidad, tan vehemente y disculpable en las mujeres en casos tales, y que su corazón continúa siendo víscera simplemente, sin un latido ni una sensación de más ni de menos que lo regular y ordinario. Podrá ser aprensión mía; pero es la verdad que leyendo estas largas disertaciones, se me vienen a la memoria los niños que se tapan los ojos para no ser vistos.
La primera etapa de los expedicionarios fue París, según costumbre, y la estancia allí, la más larga de todas las del viaje. Consultó la enferma con las eminencias del «arte de curar», y ninguna de ellas dejó de prometerla un pronto y radical alivio... ni de aconsejar a su familia que la volvieran cuanto antes a su casa, porque quietud, sosiego y «auras domésticas», era lo que principalmente requería la incurable enfermedad de aquella señora... En fin, lo que la había aconsejado en Madrid su médico de cabecera. Pero declara ya su hija terminantemente que su madre no viajaba con la esperanza de curarse, sino con el propósito de divertirse así; y añade que este reparo se opuso al dictamen, tan bien expuesto y mejor cobrado, de las eminencias; que éstas le aceptaron por suyo reverentemente, y que se le ofrecieron a la marquesa bien diluido en un risueño plan de correrías por los balnearios y sitios de recreo más elegantes y aristocráticos de Europa (igual a lo acordado por las eminencias de Madrid después de haber conocido los deseos de la enferma), y que se determinó que fuera Interlacken, donde nunca había estado, la segunda etapa de la recreativa expedición. Verónica hubiera preferido otro rumbo: Vichy, por ejemplo; y no porque Pepe Guzmán se hubiera despedido para aquellas aguas, que tomaba todos los años para curar ciertos desarreglos de su estómago, puesto que la había dado su palabra de encontrarse con ella «donde menos lo pensara», sino porque... «cada cual tiene sus gustos».
Pero si dejó de ver en el Pirineo francés a su amigo tan estimado, en el corazón de la Suiza se halló con otro que no valía menos, según la fama, si se pesaban ambos en oro. Porque allí estaba don Mauricio _el Solemne_, una semana hacía, a curarse sus achaques nerviosos con aquellas duchas de hielo derretido. Este pretexto alegó, al menos, para explicar al marqués su estancia inesperada allí: inesperada, porque de todo había hablado a su ilustre amigo al despedirse de él en Madrid, menos de que padeciera tales achaques, ni de que intentara curarlos de aquel modo ni en aquel sitio. Cierto que no estaba el banquero en el pleno goce de su natural imperturbabilidad cuando estas cosas decía, como no lo había estado cuando se halló de improviso en el mismo hotel que habitaba, con la presencia de sus egregios amigos; que a este mismo «fenooómeeno» se agarró él como prueba de la existencia de la enfermedad, y que afirmó que la había cogido repentinamente una noche, muy pocas antes, en lo alto de la calle de Alcalá, hablando, desabrigado, con el ministro de Hacienda. Pero tan mal le iba con el tratamiento aquel, en mal hora aconsejado por su médico de cabecera, que tenía resuelta su marcha a París en el mismo día, no obstante el nuevo y poderoso _atraaztivo_ que tenían para él aquellos lugares «desde que los honraban tan excelentes y tan _inolvidables_ amigos». Esto de «inolvidables» se lo espetó a Verónica en un memorial de mirada triste, con el correspondiente tirón de patilla; el cual memorial fue contestado con una sonrisa... de las de Verónica, la cual sonrisa debió sentarle al _recurrente_ como si le afeitaran en seco.
Y como lo dijo lo hizo, Salió _en posta_ de Interlacken aquel mismo día, sin aguardar a sentarse a la mesa; y detrás de él y con el mismo rumbo, una dama solitaria, de gran porte y «cierta traza», que había llegado con el banquero mismo, y comía a su lado, y a su lado habitaba en el hotel; es decir, tabique en medio.
--¡Y pensará el simplón que no le he sorprendido el contrabando!--díjose, muy _aparte_, el marqués, cuando se enteró de todos estos tejemanejes--. ¡A mí con esas disculpas de colegial! ¡Al que ha sido cocinero antes que fraile! ¡Semejante majaderote! ¡Como si tuviera el lance nada de particular, o nos interesara a nosotros cosa alguna!
Y no se habló más de este suceso en la familia del marqués, ni había para qué tampoco.
Escaseaba mucho todavía la gente de lustre en aquel sitio; y con esto y con no sentarle bien el clima a la marquesa, condújosela a otro más de su gusto. Y no digo a cuál, porque si fuera a seguirla paso a paso en el camino de aquellos sus antojos de rica vanidosa, incurriría yo en el mismo defecto que he tachado en el correspondiente capítulo de los _Apuntes_.
Mas por grandes que sean mis propósitos de reducirme todo lo posible en mi tarea, no he de omitir la mención siquiera de lo que más halagaba y seducía los apetitos del marqués durante su peregrinación por tantos y tan culminantes lugares: las celebridades políticas de todos los Estados europeos, que veraneaban dispersas, y con las cuales se topaba acá y allá, con sus respectivos cortejos de admiradores y de parásitos; los estadistas de segunda categoría, harto más ceremoniosos y teatrales que los de primera: los unos haciendo vida aparte y dejándose sentir, como el sol, desde muy lejos, o entre nubes; los otros, invadiéndolo todo con su pompa de relumbrón, presidiendo las mesas, los bailes, las jiras y hasta las salas de duchas o de inhalaciones... o la ruleta; pero los otros y los unos asediados por legiones de babiecas y por el espionaje de los _reporters_, para apuntar lo que dicen, lo que piensan, lo que comen, si se bañan, si se ríen, si meditan, si se enfadan, o si tosen o estornudan, y estamparlo como noticias de sensación en los periódicos de mayor renombre, con las más peregrinas conjeturas sobre el influjo del suceso en la política internacional. Y a los casinos llegaban estos y otros cien periódicos más de todas las naciones, y en todos ellos danzaban las noticias y las conjeturas, con otras semejantes y nuevos comentarios de propia cosecha, anunciando entrevistas, desentrañando frases, prediciendo resultados y dejando muy tirante la curiosidad de los lectores con la promesa de nuevos acontecimientos para el día siguiente.
Y el marqués devoraba estos periódicos, y contemplaba en éxtasis a aquellos hombres que tanto les daban que decir; y se comparaba con ellos, y no se vela más bajo, ni menos ostentoso, ni menos solemne, ni menos «honorable»: ninguno tomaba tan en serio como él eso de «los organismos políticos», «las energías de la patria», «el sentimiento público», «la alteza y respetabilidad de los cuerpos colegisladores» y otras cosas tales; ninguno le ganaba en desinterés, ni en celo, ni en instinto político, y pocos, muy pocos, llegarían a aventajarle en el modo y manera de utilizar con honra propia y decoro del sistema «la tribuna del Parlamento». Esto era «obvio, de toda notoriedad e inconcuso», y, sin embargo, su nombre no aparecía jamás entre aquellos otros, tan traídos y tan llevados, ni había un papanatas que le siguiera, ni un mal periodista que le preguntara su parecer sobre la política del Czar y las últimas circulares de nuestro ministro de Estado. Citábasele alguna vez entre los bañistas más distinguidos, recién llegados; cortejaban a su hija algunos insípidos gomosos, porque era guapa y afamada de rica, y pare usted de contar. Pero ¿qué diablos valía todo esto para un hombre de su estirpe, de sus nobles ambiciones y..., sí, señor, de su significación e importancia, por donde quiera que se le considerase? Caprichos, veleidades de la fortuna, del «hado» quizás..., porque el marqués estaba persuadido de que a los «hombres públicos» los forman las circunstancias, un momento de la vida, un «choque fortuito», de la piedra contra el acero, que hacía brotar la luz de repente. Así entendía el «hado» el buen marqués.
Entre tanto, lejos de desalentarse en su empresa, cada día buscaba con mayor empeño ese instante, ese fortuito choque, y no perdía ocasión de arrimarse a los privilegiados para hombrearse con ellos y meter la cuchara en sus conversaciones. Y así pasaba el tiempo en las etapas de su viaje, y aun en todos sus viajes de veraneo, si no satisfecho de los resultados obtenidos, porque el choque no se verificaba ni la luz se producía, consolado, al menos, con la ilusión de que las gentes, viéndole tan bien acompañado, le tomarían por lo que no era, es decir, por lo que deseaba ser.
Corriendo los días y rodando los expedicionarios, tan pronto en un puerto de mar como en una _estación_ de secano, arrastrándose más que caminando la marquesa, a quien apenas bastaba una semana de reposo por cada hora de jornada, ninguno de los tres recogía el fruto sazonado de sus ilusiones: el padre, por lo que se ha visto; la madre, por lo que fácilmente se adivina, por enormes que sean las dosis de vanidad y de tonta presunción de que la supongamos henchida, y la hija, porque a medida que el tiempo pasaba sin que se cumpliera la promesa que en Madrid había hecho Pepe Guzmán de encontrarse con ella «donde menos lo pensara», crecían sus impaciencias «por el natural e insignificante deseo de salirse con la suya»; y la suya era que no se encontraría en parte alguna de su expedición veraniega con Pepe Guzmán; y no encontrándose con él, estaba autorizada para decirle, en broma, por supuesto, en cuanto le viera en Madrid: «¡valiente palabra es la palabra de usted!» Y con esta sola preocupación, se pagaba bien poco de todo lo que hallaba al paso; de preparar el éxito de sus exhibiciones en playas, alamedas y espectáculos, y mucho menos del tributo ofrecido a su belleza por la turba de tenorios contrahechos que a eso van a los «centros elegantes», y aun por otros admiradores de más seso y mejor arte.
En Baden-Baden halló el rastro de su amiga Sagrario, que andaba recorriendo el mundo en su viaje de novia. Había dejado allí fama de hermosa, de elegante, y, sobre todo, de desenvuelta. Se hablaba mucho, muchísimo, de _sus hechicerías_, entre los hombres, y de su «provocativo _sans façon_», entre las mujeres. Cuando tenía el sitio hecho un volcán de intrigas, de deseos, de cálculos y de murmuraciones, desapareció repentinamente con su marido, porque éste, que no salía de la ruleta, perdió en una noche cuarenta mil duros, sobre otros veinte mil que tenía perdidos ya; y no se había casado ella con Gonzalo Quiroga para eso, sino para cosa muy diferente. Esto se decía y se propalaba por aquellos ámbitos henchidos de la fragancia de todas las pasiones, buenas y malas, pero muy elegantes, y de nada se asombró la recién llegada madrileña, porque lo uno lo consideraba verosímil y hasta necesario, y de lo otro sabía que era la pura verdad.
Sucesos hartos más graves la aguardaban en Spá. Por de pronto, se encontró allí con amigos de su mayor intimidad; como que eran Leticia, su marido y el subsecretario de Gobernación; y ya se supondrá que no cuento este hallazgo entre los sucesos graves a que me he referido, aunque alguna gravedad revestía la altivez del continente de la primera, frente a la actitud algo airada y como rencorosa del tercero; pero más grave fue una estocada que este funcionario español atizó, en la madrugada del día siguiente, a un príncipe ruso bruñido a la francesa, que campaba en el sitio por su riqueza, por su boato y hasta por su estampa original y castiza. Tampoco fue lo grave la estocada porque pusiera en riesgo de muerte al príncipe ruso, pues no llegó tan adentro «la acerada punta», sino por el ruido que hizo y lo que dio que hablar a las gentes, y que temer a la impávida Leticia, y que hacer a la misma Verónica para ayudar a su amiga a convencer al subsecretario de que ciertos sucesos, aunque se vean con los ojos y se palpen con las manos, no son lo que aparentan, sino quimeras de la imaginación ofuscada.
Pero lo más original y lo verdaderamente grave del suceso, mirado a cierta distancia, fue que el general Ponce, es decir, el marido de Leticia, apadrinó al subsecretario en su duelo con el ruso; en honor de la verdad, no porque llevara el apadrinado su frescura al extremo de solicitar del otro un favor tan señalado, sino porque el arisco veterano, al saber de qué se trataba, por rumores llegados hasta él, «como amigo, como soldado y como español», no quiso que nadie se anticipara a prestar ese servicio a su ilustre compatriota. No hay para qué advertir que este detalle sonó en la colonia elegante y desocupada mucho más recio que la estocada y los motivos de ella. En cuanto al general, cumplido su deber de amistad, de soldado y de español, y altamente satisfecho de su conducta, se volvió a sus reales, es decir, a pasarse todo el día y parte de la noche con un periodista madrileño, desollando al ministro de la Guerra y proporcionando la metralla con que el primero le fusilaba, un día sí y otro no, desde las columnas de su periódico. Ni más vela, ni en otra cosa pensaba, ni de otros jugos se nutría la fibra de su naturaleza.
Pensó Verónica, como lo hubiera pensado cualquier otra mujer de honrado temple, que después de aquel ruidoso acontecimiento su amiga abandonaría a Spá con cualquier pretexto; pero no la conocía bastante, con creer conocerla muy a fondo. En el de Leticia existían alientos para resistir aquel empuje y mucho más.
--Mi fuga--dijo a su amiga, hablando con ella de estas cosas--sería la confirmación de los rumores. Otra mujer en mi caso, aun pensando esto mismo que yo pienso, huiría por no atreverse a quedárse; pero a mí no me espanta la fiera, y ya verás cómo la domino.
Y nunca se la había visto en público tan serena, tan elegante, tan hermosa, ni tan envidiada, como se la vio después del «grave suceso», ni se había mostrado delante de la gente tan expresiva ni tan afable con el subsecretario de Gobernación, ni tan atenta y cortés con el príncipe ruso, que, por cierto, no tardó tres días en largarse de allí.
No tuvo Verónica motivos para dolerse de la resolución tomada por su amiga, pues su compañía y su serenidad la sirvieron de mucho en el verdaderamente «grave suceso» que aconteció en breve, seguido de otro tan grave como él. Y fue que hallándose departiendo el marqués y el general, momentos antes de sentarse a la mesa, y paseándose a lo largo del salón contiguo al comedor, y estando la porfía en lo más candente, es decir, sosteniendo el segundo que todas las desventuras de España procedían de la incapacidad y de los desaciertos del ministro de la Guerra y de todos sus antecesores, y templando el primero sus crudezas con reposadas y campanudas reflexiones sobre el necesario «concurso de las fuerzas vitales del país» y «el engranaje de la máquina gubernamental», de pronto le faltó la palabra precisa; valiose de otra menos propia y muy mal pronunciada; esparciese sobre el sonrosado color de su rostro un tinte lívido; lanzó un áspero quejido por su boca, que se torcía por momentos, y reviré los ojos; y a no haberle recibido el general entre sus brazos, hubiera dado el pobre marqués con su oronda humanidad en el santo suelo.