Chapter 5
Para «romper a hablar», se iba inflando poco a poco, como el pavo antes de hacer las gárgaras; y, entonces, el hombre, que ya era «de por sí», corto de cuello, daba en el pecho con la barbilla y en las orejas con los hombros. Era tardo de palabra, y de voz áspera y recia; y mientras las emitía, muy acentuadas y con cierto repicoteo de pronunciación, se tiraba dulcemente de una patilla con los dedos de la mano del mismo lado, apiñados, tiesos y algo temblorosos, como si por allí buscara el chorro de verbosidad, que no salía por ninguna parte, y daba a sus ojos asombradizos una expresión tan rara, que podía dudarse si pedía con ellos misericordia o reclamaba un aplauso.
La primera vez que hablé en casa del marqués, fue tomando punto de no sé qué suceso parlamentario de aquellos días, y se mostró muy indignado con «_los meeroodeadooores_ del campo de la política, peste de los tiempos _aztuales_..., y tal y demás». Después se fue viendo que llamaba merodeador al lucero del alba, y que sin el apoyo de la otra muletilla, era hombre al suelo en cuanto «rompía a hablar».
Sin embargo de todo lo cual, mareaba a los ministros de Hacienda, y se pintaba solo para sacar buena raja de los más duros de veta; a lo que se debía que el marqués le distinguiera con singularísima estimación, y hasta le admirara; porque es de saberse que el tal marqués, desde que era diputado a Cortes, se había dedicado con afán ansioso a los negocios lucrativos que «le saltaran al paso», y en el señor de Ibáñez tenía un ojeador expertísimo, un consejero de gran competencia, y, en ocasiones, un socio desinteresado.--Lo peor era que los únicos negocios que le salían mal al banquero eran los en que tomaba parte su amigo.
En las tertulias de éste, indefectiblemente llevaba la contraria en todas las peroraciones de don Mauricio, Gonzalo Quiroga, primogénito de los condes de Camposeco. Este mozo tenía un frontispicio poco simpático, y además era gangoso. Se había educado en Inglaterra, y había viajado mucho por Europa, con largas detenciones en París, en Baden-Baden, Monte Carlo y otros sitios no menos famosos de _recreo_. De todas estas excursiones y paradas había sacado copiosos frutos, como lo acreditaban sus vicios dominantes, sellado alguno de ellos en la cara con _hondas cicatrices_, y en el cráneo con una calva precoz. Su barba era lacia, y su cuello muy largo, con nuez y costurones; tenía boqueras, los párpados tiernos, y un hombro algo más elevado que el otro. Era alto y flaco y pasaba por elegante, a pesar de todos sus defectos físicos. Lo cierto es que tenía gran desenvoltura y desparpajo para moverse dentro de los desairados arreos de sociedad, y para meter la cuchara en todos los corrillos. Aunque no era tonto, le faltaba mucho para tener un buen entendimiento; pero no conocía la vergüenza; y con esto y con el trato continuo de las gentes de su mundo, tenía lo suficiente para vivir en él como el pez en el agua. Era, en suma, un completo _perdido, de buen tono_.
Pues con esa alhaja estaba concertado el casamiento de Sagrario. Cálculos de familia, al decir de los bien enterados, desde que los novios eran así de tamañicos. Por lo visto, no tenían prisa para realizar el proyecto; y entre tanto, iban juntos a muchas partes, pero se trataban muy poco, por exceso de confianza entre ambos; así es que, más que novios en vísperas de casarse, parecían un matrimonio desavenido.
La razón de llevar siempre la contraria Gonzalo Quiroga a don Mauricio Ibáñez, no era otra que el gustazo de ver cómo se inflaba y contraía y trasudaba el banquero en cada contradicción, y cómo _meeroodeaaba_ inútilmente en el camino de su pobre retórica, para urdir una réplica con que confundir al importuno a quien ya temía de lumbre, o para salir siquiera medio airoso del atolladero, delante de los contertulios, que habían dado en tomar aquellas _engarras_ como la más divertida de las comedias.
Se había observado que en los apuros de más angustia, o en los arranques de mayor empuje, don Mauricio buscaba con los ojos a Verónica, como las plantas sombrías se alargan hacia el sol que necesitan; y en topando con ella, parecía decirla en el primer caso: «¿Peero ve usted qué teema el de este chico?» Y en el segundo: «Me paarece que ésta no tiene vuueelta. ¿No piensa usted lo miismo?».
A Gonzalo le hacía mucha gracia este resabio de su contrincante; y una noche, mientras se ahogaba el pobre hombre «meeroodeeando» a obscuras en el huero caletre media docena de palabras al acaso, acercose el otro con gran sosiego a Verónica, y, en el tono menos gangoso que pudo, le dijo al oído con mucha formalidad:
--No te alarmes, chica; pero es indudable que ese sujeto tiene planes siniestros _contra_ ti.
Precisamente en una de las pocas ocasiones en que la despreocupada joven no estaba atenta a los discursus del banquero, que la divertían sobremanera. Prefería, por el momento, la conversación de Pepe Guzmán, pájaro de mayor cuenta que su amigo Gonzalo. El tal Guzmán, aunque de segunda rama, era también vástago aristocrático: de la ilustre cepa de los Valdejones. Pasaba ya bastante de los treinta, era de hermosa y distinguida estampa, independiente, libre como el aire, y rico. No abusaba, aparentemente, de ninguna de estas ventajas. Por el contrario, parecía hombre de muy racionales inclinaciones, y bien regido. Había estudiado media carrera de Derecho, algo de Medicina, otro tanto de Mecánica, y hasta desflorado la Teología y los sistemas filosóficos de Kant, de Krausse... y de Santo Tomás; se sabía de memoria a Maquiavelo, a Fr. Luis de Granada, a Shakespeare, a Fourrier, a Santa Teresa y a Cervantes. En todo picaba y nada le satisfacía, fuera de las grandes obras de imaginación. Quizás con la espuela y el freno de la necesidad, hubiera brillado en algo de lo mucho que intentaba conocer por invencible curiosidad, pues talento y discreción tenía para ello; pero le faltaba paciencia, porque le sobraban la libertad y el dinero, y de aquí sus veleidades y aquellas ensaladas científico-filosóficoliterarias de que se atiborraba la cabeza. Viajaba a menudo y gastaba grandes sumas en objetos de arte. Los cuadros buenos le entusiasmaban, pero los bronces de mérito le enloquecían. Tenía el buen gusto de no invertir un ochavo en libros viejos, ni en vargueños apolillados; prefería las obras contemporáneas, si eran buenas, y, lo que es más raro, las leía y las saboreaba. Cosa más rara aún: en igualdad de méritos, estaba por las españolas antes que por las extranjeras, y no incurría jamás en la vulgaridad cursi de decir que no podían vivir en España los hombres cultos. Se referían de él grandes hazañas galantes, y podrían ser ciertas; pero no era su boca quien lo confirmara, ni con un gesto. Finalmente, era hombre de alegre carácter, aunque poco hablador, pero muy al caso, particularmente con las mujeres. Tenía el don de entretenerlas sin apelar al lugar común de la lisonja ni al formulario oficial del «joven travieso, distinguido y elegante». Calificábanle por ello de indomesticable y de _frío_ muchas damas; pero es lo cierto que hasta las más remilgadas se pagaban mucho de sus atenciones... Y no sigo con la lista de sus prendas de carácter, porque, a pesar de tomarlas una a una de los _Apuntes_ que tengo a la vista, va a resultarme un mozo cortado por el sobado patrón del _mata-corazones_ de comedia; y esto que aquí se narra podrá ser malo, pero es la pura verdad.
Digo, pues, que este Pepe Guzmán entretenía aquella noche a Nica Montálvez cuando se acercó a ella su amigo Gonzalo Quiroga con la consabida embajada, y añado, para decirlo pronto, puesto que ha de saberse más tarde o más temprano, que el tal Guzmán era aquel _algo_ que Verónica exceptuaba de los molestos arrullos amorosos que pasaban sobre ella, sin sentirlos, como el viento sobre las rocas; aquel «_algo_ en que detener la imaginación y con que apacentar los deseos, que existía en el ancho círculo de sus relaciones sociales». Y es de saberse también que, a aquellas fechas, aún no se habían cruzado los primeros fuegos de la batalla entre la dama y el galán. Conocíanse mutuamente las intenciones de batallar, exploraba cada cual el terreno de su enemigo, y hasta le provocaba con ingeniosas estratagemas; pero de aquí no pasaba; y, a mi entender, en el misterio de estas precauciones, en el problema de esta actitud recelosa, estribaba el mayor interés de los beligerantes. Ni ella ni él parecían tener prisa para resolver el punto dudoso. Podía ser el caso un pasatiempo; pero desde luego era un pasatiempo entretenidísimo, con la rara virtud de no gastarse con el uso.
Tal vez era el «lado interesante» que, «para una observadora como Verónica, había en las reuniones íntimas de su casa». Del «lado pintoresco» era la principal figura el banquero don Mauricio, con todas sus cosas y con todas sus _malas_ intenciones, en las cuales había leído ella mucho antes de que se las anunciara al oído el gangoso Gonzalo Quiroga. Por cierto que estas intenciones, o «planes siniestros», como decía el novio de Sagrario, la hacían suma gracia también.
Casi tanto como a Leticia, que no perdía ocasión de apuntarla, con la mirada o con un gesto expresivo, cada memorial que el banquero la enviaba con los ojos en sus grandes apuros oratorios. De este celo por los _intereses_ de don Mauricio, murmurábase bastante. Afirmábase que Leticia fomentaba las intenciones del banquero, y que se hallaba dispuesta a barrerle el camino de ellas de cuantos obstáculos estuvieran al alcance de su escoba... Hay que advertir aquí que Leticia, la hermosa, fría e impenetrable Leticia, llevaba ya un año de casada con el general Ponce de Lerma, conde de Peñas Pardas, hombre más que cincuentón, y feo, diputado sempiterno, conspirador incansable de pasillos y antesalas contra todos los ministros de la Guerra, con la santa intención, jamás lograda, de llegar él a serlo una vez siquiera; amigo desleal de todos los Gobiernos; veterano de todas las cuarteladas de treinta años a aquella parte, para ganarse honradamente desde las charreteras de capitán hasta los dos entorchados que tenía; agiotista insaciable; asociado detrás de la cortina, durante la guerra, a otros especuladores que daban tocino podrido a las tropas de África, procurándose así inverosímiles ganancias que fueron ancha y sólida base de su enorme caudal, adquirido después en idénticas y tan honradas especulaciones; y, por último, de valor y capacidad «supuestos», porque jamás tuvo ocasión de acreditarlos en el campo de batalla, ni siquiera en los cuarteles; todo, incluso los ascensos, se lo fueron dando hecho y arregladito los suyos apenas salido él del escondite, en seguida de triunfar la cuartelada. Hasta el título nobiliario se ganó de parecido modo, cuando ya era general, por haber corrido en aquellos desfiladeros, siendo alférez..., delante de una partida carlista, en la primera guerra civil.
Pues con este hombre se había casado Leticia, después de convencerse (en opinión de sus amigas) de que no había en el horno de sus especiales hechizos, fuego bastante para fundir el hielo de Pepe Guzmán, que la distinguió por algún tiempo con sus cultas y amenas «frialdades».
Con estos dos hechos se explicaba la conducta de Leticia con el banquero. Le quería para Verónica, con el piadoso fin de que no tuviera ésta marido más lucido que ella; y se miraba mucho en el capítulo de las zumbas a la interesada, porque, hasta la fecha, era el caso de la generala harto más _mordible_ que el de su amiga.
IX
Así las cosas y andando los días, una noche, en casa de Verónica, tomó a ésta del brazo Sagrario; llevósela a un rinconcito lejos de la gente; y allí, sentadas las dos en sendos sillones de rica tapicería, dijo la vehemente rubia a su amiga, entre mustia y alegre, pero con más carga de lo primero que de lo segundo:
--¡Por fin!...
--Por fin... ¿qué?--preguntole la otra con cara de pascua, al ver lo indefinible de la de su amiga.
--Que se decidió... _eso_.
--Y ¿cuál es _eso_?
--¡Jesús, y qué torpe estás hoy de entendederas! ¿Qué ha de ser _eso_ más que... lo de Gonzalo?
--¡Lo de Gonzalo! Y ¿qué le pasa a Gonzalo, hija mía?
--¡Caramba con la chica ésta!... Que me caso con él. ¿Lo entiendes ahora?
--Sí que lo entiendo; pero no es noticia para mí. ¿Cuántos siglos hace que estáis... en eso?
--¡Dale, la muy taimada!... ¿No te he dicho que, por fin, se de-ci-dió ya? ¿Lo quieres más claro?
--¿Quieres decir que os vais a casar en seguida?
--Eso mismo.
--¡Acabaras!
Aquí un ratito de silencio. Cierta inquietud en Sagrario. Miradas investigadoras en su amiga, envueltas en sonrisas maliciosas. Recios, secos e intermitentes charrasqueos del abanico de la novia. Al fin volvió a hablar la primera, y dijo a la segunda, sin borrar de su cara la expresión maliciosa:
--¿Y para contarme esto solo me has traído tan acá y tan a escondidas, cuando podías haberlo publicado a gritos en medio de la tertulia..., y de seguro lo publicarán mañana los periódicos en sus crónicas de salones?
--Para esto solo--respondió Sagrario, sonriendo también--, y para lo que de ello se cae por su propio peso.
--Lo suponía: un poco de comentario; pero como te quedaste tan callada...
--Pensaba yo que a ti te tocaba empezar.
--Claro, ¡como no hay todavía franqueza entre nosotras, y tú eres una joven tan corta de genio!... ¿O es que piensas tomar el papel de casada por lo serio y comienzas ya a hacer provisiones de formalidad?... Lo cierto es que te desconozco esta noche...
--Ya ves tú..., el lance, al fin y al cabo, si no es serio, es nuevo para mí; y al verme tan cerca de él...
--Con franqueza, Sagrario; ese lance ¿te duele o te gusta?
--Ni me gusta ni me duele; le tomo como me le presentan: amasado y cocido. Me dicen «ahora»; pues ahora.
--¿De modo que tú no has contribuido a él... ni con la inclinación?
--Absolutamente, y bien lo sabes tú; ni ¿por qué había de contribuir con eso?, ni, aunque quisiera, ¿cómo podría? Ya ves qué ganga... ¡Gonzalo!
--¿Qué?
--¡Qué estampa de galán! con todos los vicios del catálogo...
--Entonces, ¿por qué le aceptas?
--Y a mí ¿qué más me da? Dicen que las mujeres de nuestra alcurnia deben casarse, a cierta edad, con hombres de determinadas condiciones: la casa Miralta cree que no puede entroncar con otra que la de Camposeco, y ésta juzga que vino al mundo para fundirse con la de Miralta; yo soy lo primogénita de una, y Gonzalo es el único heredero de las grandezas y caudales de la otra; se acuerda entre ambas familias que Gonzalo y yo nos casemos... «para que se cumplan las profecías»: no se admiten consultas, ni protestas, ni reparos, porque, como «ellos» dicen, lo principal es que se haga el matrimonio, «_lo demás_ no importa tres cominos»; a esta idea nos vamos haciendo, y a este papel nos vamos acomodando poco a poco el galán y la dama de esta comedia de la _buena sociedad_... hasta que llega la hora del desenlace, nos echan la bendición, se baja la cortina... y cada comediante o vivir como Dios le dé a entender. Esto, después de bien mirado, es hasta cómodo. ¿No te parece a ti lo mismo, Nica?
Y Nica dijo que sí, pero sin dejar de sonreírse. En seguida preguntó a su amiga:
Pero ¿no puede ocurrir que la dama de esa comedia tenga, al llegar ese desenlace, el corazón interesado por otro galán de los de la sala?
¡Yo lo creo!..., ¡y a quién se lo preguntas!--respondió Sagrario en un arranque de sinceridad de los suyos.
--Pues, entonces...
--Entonces ¿qué?
--Más claro: tú no amas a Gonzalo
--_Naturalmente_.
--¿Y no preferirías para marido al hombre a quien amaras?
--Ponlo en presente: a quien _amo_.
--Lo pongo: a quien _amas_.
--Corriente... Pues te respondo que quizás no.
--¿Que no?
--Que no... ¿Te asombras? Pues no hay motivo para ello. Yo tengo acá mi teoría sobre el caso; y no es así, al aire y como se quiera, sino fundada en la observación y en el propio sentir. De pronto te parecerá un lugar común de la manoseada sátira contra el matrimonio, porque algo así se ha dicho en esas rutinas desacreditadas; pero es cosecha de mi caletre, créelo. Te la expondré en forma de máxima, como _hacemos_ siempre los sabios para acreditar vulgaridades: «si quieres conservar el amor que sientas por un hombre, con todo lo que de este amor se sigue y se desprende, no te cases con él».
--¡Cáspita!
--Así como suena, hija mía. Parece duro y un si es no es atrevido; pero es la pura verdad. Y si no, tiende un poquito la vista sobre todo lo que conoces en derredor de ti: es un semillero de comprobantes de mi modo de pensar sobre el caso. Otra máxima: «el amor se alimenta de deseos, de privaciones y de contrariedades; dale todo cuanto pida, sin cortapisas y a pasto, y cátale muerto en dos días; y muerto por hartazgo de prosa, que es, de todos los hartazgos, el más abominable.
Sonreíase otra vez la amiga de Sagrario al oír cómo ésta se despachaba, vuelta ya al pleno dominio de su carácter, y replicola:
--Eso dependerá de la calidad del amor... me parece a mí.
--No hay más que una calidad de amor--repuso con ademán resuelto Sagrario--, y el amor tonto, que no reza con nosotras.
--Y suponiendo que tú tengas razón--preguntó Verónica a su amiga, de cuyas palabras parecía estar pendiente, sin duda por la gracia que le hacían--, ¿es lícito eso?
Revolvió aquí un poco en el sillón el lindo cuerpo la interrogada, y, después de vacilar un instante, respondió con gran desparpajo a su amiga:
--Verdaderamente que no me he puesto nunca a mirar el caso por ese lado; pero muy ilícito no debe de ser, cuando tanto se usa.
--¿Qué es lo que tanto se usa, Sagrario?
--¡Caramba!, pues el vivir con el marido y el gozar con el amante... Me parece que cosa más corriente...
Después de estas palabras, fue Verónica quien se quedó un brevísimo rato algo suspensa; en seguida, sin dejar de mirar con marcada fijeza a su amiga, la dijo:
--¿Y qué piensa Gonzalo de esa teoría tuya?... Porque supongo que se lo habrás dado a conocer...
A lo que respondió Sagrario con igual frescura que si el asunto no rezara con ella:
--¡Yo lo creo que lo conoce! Pero ¿qué se le importa a él? ¡Gracias a Dios, no tiene por qué callar! ¿No sé yo la vida que ha hecho, la que hace y la que hará? ¡Ni más ni menos que la mía! ¡Para él estaba! Además, ¿qué pone por su parte en este fregado? Sus lacras, sus deformidades y sus vicios. ¿Puede, en buena justicia, y _aunque pudiera_, aspirar al pleno y singular dominio y usufructo de esta mi «lozana y exuberante juventud», como dijo de ella nuestro poeta _Aljófar_ en su anteúltimo sahumerio? ¡Oh!, sobre estas materias, ni él ni yo podemos llamarnos nunca a engaño, por muy recio que truene. Estamos los dos bien enterados, bien prevenidos y bien conformes. Y ¡cómo no estarlo! Nuestro casamiento es lo que menos importa aquí, por lo tocante a las inclinaciones y propósitos de cada uno. Nos lo hemos dicho muchas veces, y ayer hicimos un esmerado resumen de todas las anteriores advertencias y prevenciones: «nos casamos por razón de Estado, como si dijéramos; habrá de común entre los dos el hogar, los bienes y el ceremonial que es propio de la jerarquía en que se nos coloca. Fuera de esto, cada cual se atenga a lo suyo, guarde su alma en su almario y haga de su vida lo que mejor le parezca..., por supuesto, respetando siempre las buenas formas y las conveniencias sociales...», porque a esto, bien lo sabes tú, _Beronic_, no se debe faltar jamás... Conque ya ves.
--¿Y tan conformes los dos?--dijo la otra, mirando a Sagrario con los ojos un poco fruncidos, mientras se abanicaba lentamente y se recostaba contra el respaldo del sillón.
--Tan conformes--repitió la novia.
--¡No es poca fortuna!--añadió su amiga sin cambiar de postura--; sobre todo, para ti.
--Y para él ¿por qué no?
--Porque como en Gonzalo no hay grandes prendas que admirar, ni bellezas que apetecer, se comprende sin dificultad que tú te avengas sin gran esfuerzo a ese convenio; pero que él se resigne a no ser dueño y señor absoluto de una mujer tan hermosa como tú, siendo esta mujer la suya propia, me parece una abnegación... inverosímil.
Aquí se sonrió Sagrario, contó con los ojos y con el pulgar y el índice de su mano izquierda las varillas de su abanico abierto; y sin cesar en este entretenimiento ni mirar derechamente a su interlocutora, la replicó con acento de indiferencia:
--Después de todo, ¿qué más le da?
--¡Pues me gusta!...
--Lo dicho, Nica--añadió Sagrario animándose un poco más--; y si te parece mucho así, pongamos _casi, casi_.
--No lo entiendo, hija--respondió Verónica con visibles muestras de curiosidad, y otras tantas de sus intenciones de tirar de la desjuiciada lengua de Sagrario--. Si no lo pones más claro, como si callaras.
Volvió la rubia a contar el varillaje de su abanico; cerrole de pronto con estrépito; incorporose de un salto; rodeó con sus brazos el cuello de su miga, y la dijo al oído un secreto.
--¡Pobrecillo!--exclamó la otra, en cuanto Sagrario volvió a sentarse, abriendo el abanico con las dos manos y poniéndose también a contar el varillaje con los ojos un tantico cobardes.
--Como lo oyes--dijo la otra algo lisonjeada con el éxito de su confidencia.
--Y tú ¿de qué lo sabes?--preguntó Verónica atreviéndose poco a poco.
--De que me lo ha confirmado él con la mayor desvergüenza.
--¡Confirmado! ¿Luego ya lo sabías?
--Por Leticia, a quien se lo dijeron amigos íntimos de Gonzalo.
Volvió a contar las varillas de su abanico Verónica; calló también Sagrario, mirando el paisaje del suyo; y dijo a poco rato la primera, acaso por mudar de conversación, quizás porque realmente deseaba ver a su amiga apurar la materia a que se referían sus palabras:
--Volvamos un momento al caso aquel de tu teoría sobre...
--¡Hola!... ¿Si te habrá caído en gracia?
--Se me ocurre un reparo que ponerte.
--¿Acaso nacido de lo que acabamos de tratar?
--Precisamente de ello..., pero de su casta es.
--Pues venga el reparo.
--Si el matrimonio es la mortaja del amor, como has venido a decirme en substancia, y han dicho antes que tú muchos _calaveras_ que se han casado en seguida, ¿por qué te casas en la forma que lo haces?
Quedose un poco suspensa la interpelada, como si no entendiera bien el alcance de la pregunta, y dijo a la interrogante:
--Si concretaras el caso un poquito más...
--Concrétole--repuso la otra; y añadió--: si lo que interesa es conservar el amor que sientes, por hoy, y este amor es de más hondas raíces que el de ayer... y el de anteayer, porque no tienen cuenta los que te he conocido...
--Gracias.
--Es justicia.
--Como te parezca... Adelante.
--Si lo que te interesa, digo, es conservar ese amor con todos sus encantos, ¿por qué te casas sin maldita la necesidad? Conságrate a él con vida y alma...
--¿Soltera?
--Soltera.
--¡Bah! Entonces no me has entendido; porque ése es precisamente el amor tonto que yo exceptué; y el amor de que yo trato, es amor de más substancia, de más... en fin, que no es amor para doncellas.
Pareciole demasiado crudo el concepto a Verónica, a juzgar por la cara que puso, y dijo, con miedo de escuchar algo peor:
--De manera que, para complemento de la teoría, es también de necesidad _algo_ de matrimonio.
--Indispensable, Nica. ¡Como que es... la _patente de corso_!
--¡Jesús, qué chica ésta!--exclamó Verónica, verdaderamente asombrada.
--¿Ahora te desayunas--la preguntó Sagrario con desenvuelta frescura--, y con remilgos de beata te me vienes? Pues ¿qué ha hecho Leticia, entre otros cien ejemplos que pudiera citarte, sino buscar la patente esa, o aceptarla con gusto, por lo menos?
--Leticia no dice esas cosas...
--No; pero las hace. ¡Te aseguro, y bien lo sabes tú, que se aprovecha de la patente como el corsario de más hígados!
Vuelta Verónica a lo suyo y siguiendo en cuanto podía el tono de su amiga, atreviese a replicarla:
--Se me ocurre otro reparo que hacer, no a tu teoría precisamente, sino al modo que has tenido de ponerla en práctica: la patente que adquieras en tu matrimonio, de nada ha de servirte.
--¿Por qué?