La Montálvez

Chapter 26

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»--Luz, cuando el médico y yo entramos en su cuarto, irradiaba la alegría por toda su faz de querube. La palidez era la única huella que había estampado allí la ráfaga de que hablaba el doctor. Comprendí que en boca del confesor estaba muy en su punto la enhorabuena que me había dado momentos antes; pero vistas y estimadas las cosas con ojos humanos, a mí me acongojaba aquella alegría, que me estaba pareciendo el himno triunfal de las vírgenes dispuestas a la muerte. Era dichosa, ciertamente, sonriendo entre dolores; era bien envidiable su destino; pero yo me quedaba sin ella en el mundo, y era su madre..., y moría por mi causa..., mejor dicho..., ¡Dios poderoso!, ¡la mataba yo!

»Nada tuvo que hacer allí el médico. Delante de ella, infundiéndonos ánimo, parecíamos nosotros los enfermos.

»Al despedirse el doctor de mí, le pregunté qué juicio formaba del estado de la enferma. Movió la cabeza tristemente.

»--Con un espíritu doliente--me dijo--dentro de un cuerpo sano, como antes, había para temer y para esperar; pero en el caso inverso de ahora, cuando el cuerpo se muere a escape, sólo queda que temer, porque el contenido se va con el continente.

»Lo mismo pensaba yo, aunque sin tantas palabras y con mayores angustias.

»Preguntole después cuánto a durar aquella vida, y diome a entender harto claro, que podía concluirse a la hora menos pensada.

«»Secándome el llanto para entrar mintiendo en la habitación de Luz me alcanzó Ángel, recién informado por el doctor de las tristes novedades que ocurrían. Confirméselas sólo con mirarle, y se precipitó desolado en el gabinete. Luz le dijo, en cuanto le vio, contemplándole con la cara envuelta en una celeste sonrisa:

»--Créeme: vale más que lo que habíamos pensado, _lo que va a suceder pronto_. Me duele dejarte, porque tú tampoco estás aquí en tu sitio; pero ya nos hallaremos donde debemos hallarnos, y esto me consuela.

»El pobre chico sollozaba; y para ocultar los verdaderos motivos, echaba a Luz la culpa de todo. Luz se sonreía más entonces. Cogiole una mano entre las suyas, y le dijo, con un timbre de voz que era un cántico melodioso:

»--No me pesa que me llores, y llórame también _cuando suceda_, pero llórame porque me envidies, no porque me compadezcas. Te aseguro que es gran beneficio del cielo el sacarnos de aquí cuanto antes.

»Y lo sentía como lo afirmaba..., y yo, ¿yo si que le envidiaba aquella conciencia pura y tranquila en que se reflejaba su ardiente fe, como el sol en un espejo!

»También en aquella escena, que fue larga, parecíamos Ángel y yo los enfermos, y Luz la enfermera.

»No puedo darme ahora cuenta exacta de todo lo que ocurrió en el resto de aquel día y durante la noche que le siguió; no sé si Ángel fue y vino varias veces o si no se movió de allí, porque tengo una idea de que faltó muy pocos instantes de mi casa hasta cerca de la madrugada; recuerdo vagamente también que estuvo Guzmán al anochecer, y el efecto terrible que le hizo la noticia que yo le di por entrar; que vio a Luz y que la habló, y que Luz tuvo también para él sonrisas y dulzuras de consuelo; que se apartó de ella a duras penas cuando entró el cura nuevamente para confesarla; que salió con los ojos enrojecidos y el pecho rebosando de sollozos; que, mientras el confesor cumplía su triste cometido, Sagrario, forzando todas las consignas de la puerta, entró hasta donde yo me hallaba recogida para llorar a solas, y se abalanzó sobre mí, hecha un mar de lágrimas; que se aumentó el raudal de las mías al verme delante de aquel cómplice y testigo de mis maldades; que cuando el cura se me acercó para darme otra enhorabuena y advertirme que de acuerdo con la enferma, se la daría el Viático al día siguiente para que le recibiera con la debida solemnidad, _puesto que no corría prisa_, Sagrario voló hasta la cama de Luz, de donde me costó gran trabajo separarla; y que con espantarse tanto como se espantó de la infamia de Leticia cuando yo la enteré de ella, se espantó todavía más de que yo no viera en sus estragos otra cosa que el castigo de mis culpas; tampoco recuerdo en qué paré esta corta entrevista con aquella loca de buen fondo, ni cuándo se marchó, ni cuándo se fue Guzmán, ni qué me dijo, ni lo que te dijo Luz al despedirle. Creo que volvió por allí dos o tres veces durante la noche, y que no quise ceder a nadie, ni al mismo Guzmán, ni al pobre Ángel, que tan encarecidamente me lo rogaba, el consuelo de pasar aquella más sentada a la cabecera. Fue larga, muy larga la noche, esto lo recuerdo bien; pero no tanto el pormenor de lo que hice y sentí durante ella. Algo debí de pensar, considerando cómo la pobre Luz se destruía al primer choque de su inocencia con las maldades del mundo, en si fui o no fui discreta al cultivar a la sombra una planta destinada a vivir al aire libre, para venir a parar a que no estaba lo malo en esconder más o menos a una hija para que viera o no viera ciertas cosas, sino en que una madre tenga faltas que no puedan ser confesadas a voces; porque pensar en esto y llorar mucho mientras la pobre enferma dormitaba, aún sin tan grandes motivos, había sido mi ocupación en las veladas anteriores; también recuerdo confusamente la hora en que Ángel se despidió para volver por la mañana, y algo como impresión pavorosa que entonces sentí, sin saber por qué, al considerar que me quedaba sola junto a aquel lecho, que me parecía una tumba...

»Pero lo que sé para no olvidarlo jamás, y por eso me ha borrado el recuerdo de todo lo que se grabó poco antes que ello en la memoria, es que cuando reemplazó a los trémulos y mortecinos resplandores de la lamparilla el primer rayo de sol de aquel día primaveral; cuando se despertaban las flores y los pájaros; y toda la naturaleza se alborozaba y sonreía, despertaba también Luz de un sueño que me había parecido tranquilo, pálida como la cera, y recorriendo con sus grandes ojos asombrados toda la estancia.

»--¿Qué te sucede, hija mía?--preguntela incorporándome de un salto y cogiéndole, con las mías, una de sus manos, fría, ¡muy fría!

»--¡Es cosa, muy singular!--me dijo tornando a su postura supina y fijando su mirada en un punto imaginario del pabellón de su cama.

»--Había vuelto a mis jardines..., aquel paraíso de que yo te hablé..., donde nos conocimos Ángel y yo... Me paseaba por sus senderos retorcidos, y Ángel no parecía..., y yo le esperaba. En esto, el sol se obscureció de repente, y comenzó a enturbiarse aquel río tan cristalino..., y a crecer, a crecer... turbio, ¡muy turbio!, y cubrió los arbustos de las orillas; y siguió enturbiándose, enturbiándose, y creciendo y creciendo; y llegó a las praderas más bajas, y seguía enturbiándose y creciendo todavía. Entonces tuve yo gran miedo donde estaba, y llamé a Ángel muchas veces..., y Ángel no vino. Subí a lugar más alto; y al ver que las aguas también subían, corrí, de altura en altura, hasta refugiarme en el chalet. Salí a la azotea, y vi con asombro que las aguas lo habían invadido todo, ¡todo cuanto alcanzaba la vista! Temblé de espanto al contemplar aquella desolación y verme tan sola allí... A poco rato volvieron a bajar las aguas poco a poco..., turbias, ¡siempre turbias!..., hasta encauzarse otra vez entre las orillas del río... Pero lo que ellas habían inundado, todo lo que se descubría con los ojos, era un lodazal tristísimo, sin praderas sin flores y sin senderos... Sólo el chalet en lo más elevado...

»--¡Eso es un sueño, amor mío!--la dije para sacarla del sobresalto en que la veía--; un sueño como cualquier otro, que pasó ya.

»--Es que no ha pasado--me respondió, sin apartar la vista del punto en que la había fijado antes, y con voz mucho más débil--, ¡y esto es lo asombroso! Yo creo que estoy despierta ahora, y, sin embargo, me encuentro en el mismo sitio y sobre el mismo lodazal...

»--¡Luz!..., ¡hija mía!--la grité entonces para distraerla de aquella visión que la fascinaba.

»--¿Y cómo salir de aquí!--prosiguió, sin apariencias de oírme--; ¿por dónde, si esto no tiene límites, ni un palmo de tierra firme y limpia en que sentar el pie!... ¡Dios mío!... ¡Dios mío! ¡Ah!..., ¡ya me oye!... De allá arriba, de lo alto, de lo más alto del cielo, baja una figura con alas blancas, como la túnica que viste, y los cabellos rubios flotando en el espacio... Y vuela hacia acá... Y va acercándose a mí... Ya oigo el suave rumor de las alas al batir el aire... Se acerca más..., me sonríe y me tiende una mano..., la tomo con otra mía... y me suspende y me saca de la azotea... y volando, volando, me conduce sobre la ciénaga sin fin... ¿A dónde?

»--¡Luz! ¡Luz!--volví a gritar, aterrada ya con aquella fijeza de mirada y el frío marmóreo de sus manos--. ¡Vuelve a mí los ojos! ¡Mírame!..., ¡estoy aquí, a tu lado!

»Pero ella, sin dar señales de atender a mis llamadas, prosiguió diciendo con una voz débil, muy débil, pero dulce y argentina, como el sonido de las arpas eólicas:

»--¡Qué alto me eleva!... ¡Y todavía más alto!... ¡Tan alto, que ya no te veo, madre mía! ¿Me oyes?... ¡Dile a Ángel que le espero!... ¡También te espero a ti!... ¿Me ves?... Es imposible, porque he llegado muy arriba... ¡Y aun me elevo más!..., ¡más alto todavía!... ¡Qué región de soles!... ¡Cuánta luz!

»Y con esta palabra se apagó su voz, como la última nota de un suspiro. Sentí que se estremecía ligeramente su mano entre las mías; observé en sus labios una ligera contracción, que me pareció el acento de una nueva sonrisa; y un instante después inclinó su cara hacia mí, y hundió la cabeza entre los rizos de oro que le formaban una aureola esparcidos sobre la almohada.

»--¡Luz! ¡Luz!, ¡vida mía!--llamé de nuevo con las angustias de todos los espantos en la garganta, acercando mi boca a su oído--. ¡Mira a tu madre!..., ¡dile que la oyes..., que la ves!...

»¡Dios misericordioso! ¡Aquellos ojos, que aún me miraban, ya no veían; aquella boca que me sonreía, ya no respiraba; y aquel hermoso cuerpo, que parecía dormido en un sueño de amores, no era más que la yerta y abandonada envoltura de un alma angelical que había volado a su patria celeste!

* * * * *

»Todo cuanto sucedió en la tierra desde aquel momento infausto, ya no tuvo nombre ni valor alguno para mí. Nada de ello era mío: sólo me pertenecían las sangrientas y mortales llagas de mi corazón y las torturas de mi conciencia.

»La vida que me restaba no tenía otro destino que arrastrar la cruz que merecía; y a arrastrarla con valor consagré todas las fuerzas de mi espíritu.

»Y arrastrándola voy: a cuestas la llevo, ¿qué importa a nadie por dónde? Toda la tierra es Calvario para quien está dispuesto a sufrir dolores y afrentas.

»A ese fin van, y obra son de los impulsos de un alma atormentada y contrita estos apuntes que escribo para lanzarlos al mundo. No creería nunca bastante barrida de gusanos la conciencia, sin entregar los escándalos de mi vida a la abominación de todas las mujeres honradas.»