La Montálvez

Chapter 24

Chapter 244,269 wordsPublic domain

»Dicen que dos grandes poetas han apurado todos los horrores que caben en la imaginación para pintar los tormentos que padecen los condenados en el infierno. Es imposible que entre tantos suplicios imaginados haya uno solo comparable al que yo padecí en aquel terrible instante. Espantábame el siniestro resonar de aquella afrentosa pregunta en una boca tan casta; pero aún me atormentaba más la vergüenza de merecerla.

»No sé si por eludir la contestación con una evasiva, tregua ilusoria de un condenado a muerte delante ya del patíbulo, o porque así lo pedía el tumulto de mis ideas, dejando a la pobre niña en las garras de sus dudas mortales, atrevime a preguntarla, aparentando un valor que no tenía:

»--¿Quién te ha dicho eso?

»--Esta carta--me respondió, entregándome el papel que traía en la mano.

»--¿Cuándo la has recibido y de quién es?

»--No tiene firma ni fecha, y la he recibido poco antes de entrar aquí. Me la trajeron de su parte; de parte de _él_...

»--Justo, para que, como cosa suya, cayera en tus manos y no en las mías. ¿Y tú crees que sea obra de Ángel?

»--Ángel podía llegar a olvidarme, pero no a herirme de este modo.

»¡Y todo este diálogo, con mucho más que no hay para qué reproducir, le sostenía yo para ir alejando el instante de fijar la vista en el papel, que me abrasaba las manos! Fuera de quien fuera, ¿qué más daba, si era la delación de mis delitos al juez que más me intimidaba en el mundo!

»Al fin, puse mis ojos en la carta, y tuve alientos para enterarme de todo su contenido. ¡Qué infamia! ¡Y yo dudaba poco antes que hubiera almas bastante viles para cometerlas tan grandes como aquella!

»La letra estaba desfigurada; pero así y todo, yo veía en aquellos renglones contrahechos, sobre la fina superficie del papel, un cierto tufo diabólico, un rastro que me delataba una mano conocida que no acababa yo de descubrir.

»Pero allí constaba todo, ¡todo! ¡Y con qué astucia más infernal! El móvil de la carta parecía ser un hermoso sentimiento de cariño a los dos enamorados. Luz podía estar inquieta por las ausencias no explicadas de Ángel; podía hasta desconfiar de su lealtad; y por eso y porque se suponía a Luz enterada de la historia de su madre, se la hacia saber lo que le pasaba al pobre chico. Sus padres me conocían al pormenor, ya hacía tiempo; y al hablarles el hijo de sus propósitos de casamiento con Luz, le habían presentado como obstáculos insuperables..., y aquí empezaba la lista minuciosa de todos mis pecados, reales y supuestos; con un lujo de colorido sobre sus calidades y resonancia, que no había más que pedir. El oprobio de mi casamiento _se escapaba del papel_. Donde más se podía escandalizar la inocencia y el candor de la hija, allí se hundía el trazo para afrentar más a la madre. Y esta sarta de iniquidades se hacía para venir a parar a que, no siendo el asunto tan grave como a Ángel se le antojaba, muy pronto se vencería el estorbo, reflexionando los padres que faltas como las mías eran demasiado corrientes y toleradas en el mundo, para que se opusieran como impedimento a la felicidad de dos enamorados tan dignos de ser felices.

»Todo esto leí; de todo esto me enteré, gastando en ello todas las fuerzas de mi voluntad. Pero era preciso hablar, responder de algún modo a aquellos cargos terribles; y para esta empresa ya no tuve alientos. Luz, entretanto, continuaba pidiéndome una respuesta con los ojos. ¡No los apartaba de mí! Estaba trémula, convulsa, la desdichada.

»¡Cómo ciega y aturde el peso de una conciencia cargada de iniquidades! Yo, la mujer desenvuelta, fría y despreocupada de los salones; la dama de los grandes recursos para la intriga; la afamada _humorista de las ocurrencias felices_, ni siquiera di en el sencillo intento de deshacer con una negativa terminante aquella tempestad de desdichas que bramaba sobre mi cabeza..., porque me hubiera bastado eso solo para conseguirlo: después me he convencido de ello pensándolo con serenidad. Pero entonces, en las pocas preguntas y en la actitud indescriptible de mi hija, yo no sé qué oí, qué vi de extraño, de sobrenatural, como si fuera el rayo de la justicia de Dios que comenzara a castigarme.

»Y me aterré más todavía; y cuando Luz, pareciéndole siglos los instantes que yo tardaba en responderla, me dijo, con la voz de su angustia desesperada: «¡Habla, aunque sea para acabarme de matar!, yo enmudecí y bajé la cabeza, cerrando los ojos. Quería ocultarme en aquella ilusoria obscuridad, ya que el suelo no se abría bajo mis pies para devorarme. Oí entonces sollozos y quejidos: la agonía de un alma. ¡Desventurada! ¡Cuánto perdía con aquel silencio mío, que era la declaración de los escándalos de su madre!

»El remordimiento, el dolor de herirla tan hondo y en tantos sitios a la vez, produjo en mí una súbita reacción. Ardíame la sangre que momentos antes era hielo desleído; zumbábanme las sienes, y el corazón no me cabía en el pecho; abrí otra vez los ojos, y tuve que cerrarlos de repente, porque los sentí deslumbrados por las mismas llamas infernales que me abrasaban el rostro. Un ciego impulso de mi amor de madre me arrastró hacia Luz con los brazos extendidos; pero otro impulso más fuerte de la conciencia me detuvo allí... No me atrevía a abrazarla, porque abrazarla era poner en contacto su inmaculada pureza con las escorias inmundas que imaginaba yo ver salir a borbotones de mi pecho. En tan negro desamparo, elevé mi pensamiento hacia Dios; y tampoco hallé el consuelo que buscaba, porque no tuve fuerzas para llegar a tan alto en tan mala compañía. La conciencia de mis culpas me cerraba todos los caminos que yo intentaba seguir mendigando un instante de sosiego. ¡Como si le mereciera! Entonces, en el paroxismo de mi desconsuelo, sin mirar a Luz, sin ver si quedaba viva o muerta, huí de su lado y corrí a esconderme, con el peso de todos los tormentos en el alma y sin el consuelo de una lágrima en los ojos.

»No sé cuanto tiempo permanecí en mi gabinete aturdida bajo aquel torbellino de pensamientos desquiciados y de visiones febriles, porque no hay medida para los huracanes del espíritu. El infeliz que los padece siente los estragos, pero no estima las horas. Y eso me pasó a mí.

»Cuando el cansancio de tan ruda batalla prestó un poco de sosiego a mi discurso, comprendí que, con haber pensado tanto, no había pensado en nada útil, y que era preciso pensar en algo, buscar una puerta para salir de aquel antro sombrío, si es que el antro tenía salida que no fuera para conducirme a otro más tenebroso.

»Y discurrí, y fatigué la enardecida máquina de mis ideas..., todo para la pobre víctima de mis enormes faltas: yo, su verdugo, no tenía derecho ni a disculparme para moverla a que me las perdonara. ¡Pero era tan estrecho el círculo en que se revolvían mis pensamientos por la naturaleza misma de las cosas meditadas!, ¡había un enlace tan íntimo entre lo que era irremediable y lo que podía tener algún remedio! Al fin, la necesidad, la obligación de hacer algo, me sugirió una idea que ya había entrevisto yo flotando a ratos en el oleaje de la pasada tempestad. No era todo lo que se necesitaba en una obscuridad como la mía; pero era algo, era un proyecto, una salida, un camino, el único camino que veía, y me decidí a seguirle sin perder un solo instante.

»Llamé, pedí el carruaje y comencé a vestirme para salir... ¡No me atreví a preguntar por mi hija, y no la echaba de la memoria un solo instante! ¿Qué haría, la desdichada, desde que yo la había dejado en el suplicio de su honda pesadumbre y sin alientos para llorar! Quería verla, necesitaba verla, porque su dolor me atormentaba más que los míos; pero me faltaba valor para ello: temía agravar sus angustias con mi presencia..., y temía, hasta el espanto, leer mi desprestigio en sus ojos. Quien haya tenido hijas buenas y enamoradas de su madre, que diga si hay puñal que más hondo hiera, ni azote que más afrente que la mirada que yo temía.

»Me vestí muy pronto y salí de puntillas hasta el gabinete de Luz, que no distaba mucho del mío. La puerta no estaba bien cerrada y había un resquicio entre las dos hojas. Miré por él, latiéndome el corazón y temblándome todo el cuerpo; y la vi, allá en el fondo y en el mismo desaliño en que yo la había dejado en mi despacho, recostada en un sillón; el rostro, descolorido; los ojos, enrojecidos y secos; la mirada, perdida en el cúmulo de los pensamientos; la expresión, de honda tristeza, y las manos, abandonadas sobre el regazo. ¡Qué dolor!... ¡y qué corazón había elegido para anidar! ¡Y todo aquel estrago era obra mía; de mis maldades, de mis escándalos!

»Esta idea me hirió como un rayo: sentí la sacudida en el pecho, y una oleada de lágrimas inundó mis ojos: ¡el primer beneficio que me otorgaba el duelo implacable de aquel día! Porque no oyera Luz mis sollozos, intenté cerrar la puerta; pero notó su débil rechinar y volvió la cara. Por si me había visto, me resolví a entrar, dispuesta a todo. De cualquier manera, yo no podía vivir así.

»No se mostró sorprendida al verme, ni me miró con dureza. Esto solo me dio un gran consuelo y fuerzas bastantes para atreverme a sentarme a su lado; pero no supe qué decirla. Temblaba yo como una hoja de otoño próxima a caer de la rama sin jugos.

»Estando en estas indecisiones, reparó ella en mí traje, y me preguntó con voz algo empañada y muy débil:

»--¿Vas a salir?

»--Sí, hija mía--respondí.

»--¿Adónde?

»--Muy cerca..., para un asunto que nos interesa..., que te interesa a ti, sobre todo.

»Se encogió de hombros y volvió la cara hacia el balcón. La silla que yo ocupaba era más alta de asiento que su butaca: de modo que su cabeza quedaba algo más baja que la mía. Siempre que yo me separaba de Luz con cualquier motivo, nos dábamos un beso... ¡Qué hambre tenía yo del beso de aquel día! No atreviéndome a pedírsele ni pudiéndome resignar a irme sin él, quise robarle con una astucia, a la cual se prestaba la diferencia de alturas de nuestros asientos. Me fui deslizando del mío poco a poco, y bajando, bajando, hasta verme de rodillas delante de ella. ¡Aquel era mi puesto!, ¡así debía estar yo, y más abajo todavía, y pisoteada por sus pies! Fingí hacer lo que hacía para observar más a mi gusto su cara.

»--Estás casi en ayunas--la dije--, y necesitas tomar algo que te conforte... ¿Quieres que almorcemos antes de salir yo?..., porque ya es hora.

»--Estoy muy bien--me respondió impasible.--No necesito nada, sino quietud... y silencio.

»--De manera que yo he venido a molestarte... Perdóname por la buena intención que tuve... Como voy a salir..., me dejé llevar de la costumbre: ya sabes cuál es...

»Y la miraba a través del velo de la mantilla que me había echado sobre la cara.

»--No me molestas--me dijo sin acercar la suya tanto como yo quería.

»--Pero tampoco me necesitas, ¿no es cierto?--repliqué devorándola con los ojos.

»--Y ¿sé yo--respondiome sacudida por una gran emoción--qué es lo que deseo ni qué es lo que necesito; qué es lo que menos me daña ni lo que más me conviene!... ¡Si todo me parece ahora del mismo sabor!

»Acudí presurosa a contener aquel torrente de dolor que se desbordaba, con los pocos recursos de que podía disponer.

»--Cierto, cierto--la dije, acariciando una de sus manos, que había cogido entre las mías--, y yo soy una imprudente, una egoísta, preguntando esas cosas... Ya vendrá tiempo de tratarlas como se debe; y para que llegue cuanto antes, voy a salir en seguida... Porque ya te dije que iba a salir..., ¿lo has olvidado?

»--No.

»En esto avisaron que el coche aguardaba.

»Ya lo oyes--la dije, acercando más todavía mi cara a la, suya--, y si he de volver pronto... Conque ánimo, que Dios, aunque aprieta, nunca ahoga... En cuanto vuelva, dentro de una hora lo más, te informaré de todo lo que me haya ocurrido... Será bueno para ti..., para las dos, no lo dudes. Entre tanto, dejaré advertido que te den una sopita clara..., un caldo siquiera..., porque no puedes estar así... ¡Ea!, adiós, hija mía...

»Pero yo no me incorporaba ni alejaba mi cara de la suya.

»--Adiós--me dijo, al fin, estampando un beso, frío y maquinal, en mi frente.

»Pero así y todo, me pareció aquel beso un regalo celestial; hízome la impresión de un rocío benéfico en la sequedad de mis amarguras; y dejándome llevar de los impulsos del corazón, tomé la cara de Luz entre mis manos y se la cubrí de besos y de lágrimas. No pensé ya en que pudiera mancharla el rastro de mis liviandades. El llanto de mis remordimientos lo lavaría todo; y, además, yo necesitaba aquello para vivir.

»Salí en seguida con mayores alientos y mejores esperanzas; hice a mi doncella los encargos que juzgué convenientes para atender al cuidado de Luz, y bajé al portal. El aire, el sol, el ruido y el movimiento de la calle me produjeron una impresión tristísima. Parecíame que el velo de mi mantilla no era bastante tupido para evitar que las gentes leyeran en mi cara lo que me estaba pasando.

»Al entrar en la berlina, dije al lacayo en el momento de ir a cerrar la portezuela:

»--Imperial, 15.»

XVI

Mientras rodaba el coche se me iba ocurriendo que podía no ser verdad que las ausencias de Ángel de mi casa consistieran en lo que decía el anónimo; mas como para aclarar la duda se necesitaba un trámite, no corto, y no andaban mis asuntos para prodigar el tiempo en lujos de preliminares, y si lo del anónimo no era la pura verdad, podría serlo, lo sería a la hora menos pensada, lo que yo iba a hacer hecho estaría, y eso tendríamos adelantado. ¡El anónimo!... Pero ¡de quién era la mano que le había escrito? No podía dar en ello por más que cavilaba, y casi casi la estaba viendo delante de los ojos.

»Detúvose el coche y bajé. Sólo otra vez en mi vida había estado yo en aquella casa, ¡y en qué situación de ánimo tan diferente! Subí la angosta y larga escalera sin tomar un respiro, y llamé.

»Esta vez fui recibida en la sala, pieza triste y pobre, sin otro lujo que el aseo, el cual relucía hasta en los damascos descoloridos de los muebles. Apareció el matrimonio a los pocos momentos de estar yo aguardando. La mujer era el mismo espectro de la otra vez, pero sin la calceta, aunque no por eso me pareció menos terrible. Dispuso con un ademán de los suyos que me sentara en el centro del sofá, y senteme allí. Delante del sofá, a sus dos extremos y mirándose frente a frente, había dos butacas. La mujer se sentó en la una y el marido en la otra. Colocados así los tres, el espectro estaba a mi derecha.

»El bueno de don Santiago había estado muy afable y cortés conmigo... y también un poco desconcertado al saludarme. Su mujer fue la de siempre y lo que yo esperaba que fuera en aquella ocasión; pero ni me alentaba lo uno, ni me intimidaba lo otro. En la enormidad de mi cuita, no debía reparar yo en pequeñeces de más o de menos.

»Sin detenerme en excusas ociosas ni en preámbulos atenuantes, referí lo del anónimo y hasta le relaté casi al pie de la letra, y pregunté en seguida si era cierto que entre ellos (mis dos oyentes) y su hijo hubiera pasado lo que en el papel se declaraba. La mujer respondió al punto, seca y muy acentuadamente, que sí; el marido, cuando me volví hacia él, humilló un poco la cabeza, pero no dijo que no.

»Ya sabía a qué atenerme con toda certidumbre; y a continuar iba en mi empresa, fundada sobre esta base, cuando se me anticipó el espectro para decirme:

»--Ya supondrá usted que en esta casa, donde con tanta lealtad se habla y se procede, no hay nadie que sea capaz de cometer tales felonías...

»--No había necesidad de esa advertencia, señora--la dije de todo corazón.

»--Es que cómo la carta, según usted ha referido, fue entregada de parte de mi hijo...

»--Razón de más para creer que no era obra suya, puesto que no la firmaba.

»--Eso mismo pienso yo--dijo don Santiago, y eso solo debiera bastar como prueba decisiva, si hubiera alguien capaz de atribuirle...

»--Señor don Santiago--le interrumpí--, todas esas salvedades están fuera de su lugar...

»--Pero es extraño--dijo su mujer--, ¡muy extraño!, que una cosa tratada aquí, a puertas cerradas, entre nosotros solos, hace dos o tres días, se sepa a estas horas donde se sabe. ¿Cómo ha podido saberse?...

»--¡Oh, por el amor de Dios!--repliqué fatigada con aquella ociosa digresión--, no se preocupen ustedes ahora con eso... Ya se sabrá todo..., y si no se sabe, ¡qué importa! No es eso lo que a mí me duele ni por lo que he venido.

»Calláronse entonces; y como los vi dispuestos a escucharme, díjeles al punto, palabra más o menos:

»--Hay en el anónimo ese un alcance más hondo que el que se ve, tomado el papel en la sencillez de su contenido. Parece la obra de un amigo indiscreto, y es un puñal envenenado que ha producido en mi casa dos heridas mortales. Para eso fue escrito, y como puñal le esgrimió, la mano alevosa. De una de las dos heridas no hay para qué tratar: es la mía; quizás la merezco, y poco importa. Pero de la otra, que es la de mi hija inocente... ¡Dios bendito!... Yo no sé si habrá en el mundo remedio que alcance a cicatrizarla: sospecho que no; pero sé de algo que puede combatir el veneno y amortiguar los dolores; y con esto, aunque mal, ya se vive... Pues ese bálsamo milagroso está aquí, en una palabra, en una mirada, en un latido del corazón de ustedes; y yo vengo a preguntarles: ¿a costa de qué sacrificios, de qué humillaciones, de qué penitencias, le puedo adquirir para que viva la desventurada Luz?

»--No me respondieron una palabra. Don Santiago me había oído sin apartar de mí sus ojos compasivos; pero su mujer era una roca.

»Convencida de ello, abandoné por inútiles los toques al sentimiento de aquella inexorable criatura, y acometí de frente la empresa llamando a las cosas por sus nombres. Lo que pretendía, lo que yo suplicaba era que no se pusieran obstáculos a los proyectos acordados entre Ángel y mi hija.

»--Quisiera yo que la señora marquesa considerara--dijo al oírme don Santiago, en tono muy afable--que cuando se tratan en familia asuntos como el que nuestro hijo vino a tratar con nosotros, no debe extrañarse que los padres, mirando por el bienestar y por...

»--¡Si yo no me extraño de nada de eso, amigo mío! Ustedes han hecho muy bien en lo que hicieron, pensando que lo que hacían era lo mejor; pero entonces ignoraban...

»--Mi hijo--interrumpiome la implacable madre--nos ha oído cuanto necesita saber en este caso, y a ello se atendrá, como nosotros también nos atendremos.

»--Pero su hijo de usted ignora--díjela yo--lo que sucede en mi casa, y no sospecha todo lo que puede suceder.

»--Mi hijo--insistió con voz tremenda el espectro--no tiene obligación de saber esas cosas, ni sus padres la tienen tampoco: lo que saben los padres y el hijo, porque son bautizados y no han renegado nunca de serlo, es que hay que bajar la cabeza cuando pasan las iras del cielo, como pasan ahora para castigo de usted. Quien la hizo, que la pague. Resígnese y sufra, y no pretenda que la ayude nadie a enmendar los decretos de Dios.

»--¡Mujer, mujer!--exclamó aquí el bueno del marido--, ¡caridad siquiera!

»--¡Oh!, déjela usted decir, que no me duele por lo que de ello me toca: eso y más merezco. «Quien la hizo, que la pague»: ha dicho muy bien esta señora; nada más justo. Yo la hice: yo acepto el castigo sin protesta, para pagar todo lo que debo; pero por lo mismo que esta es la ley, me parece que la infringen los que castigan en una hija inocente, como la mía, los pecados de una madre como la suya. Vengan sobre mi cabeza todas las iras del cielo, toda la indignación y todo el menosprecio de ustedes; pero déjenme que implore un poco de misericordia para la desdichada, que no ha cometido otro pecado que el haber nacido de mí.

»Aquella mujer no se ablandaba: quizás no me comprendía; acaso no daba más valor a mis instancias que el que tiene cualquier otro fracaso de casamiento _ventajoso_. Por si no me equivocaba, conté la historia de Luz desde que tuvo uso de razón, desde el día en que vino al mundo; su carácter, su inocencia; mis incesantes afanes porque la conservara, porque no supiera jamás entre qué inmundicias había caído..., en fin, porque no se pareciera a su madre ni tomara en su ejemplo la menor disculpa para no ser buena, si algún día se obraba milagro de que aquel corazón tan puro llegara a corromperse: de todo esto hablé; y después de hablar de ello, hablé de sus extrañas fantasías, origen de unos amores que, por nacer como nacieron, parecían providenciales; de mi súbito cambio de costumbres, de mis esperanzas..., de mi soñada felicidad, que sólo consistía en que jamás turbara la de Luz el ruido de los escándalos de su madre. Ya no era posible evitar esto, porque la infamia se había consumado; pero ¿por qué al dolor de esta puñalada se había de añadir otro más hondo todavía? ¿No era sobrada crueldad herirla, para que también se pretendiera matarla? ¿En qué me rebelaba yo contra las iras del cielo, que castigaban mis pecados, pidiendo la vida de la inocente?

»Pues tampoco labró toda esta triste y larga plegaria en el corazón de aquella mujer. Según ella, la justicia divina, cuando se dejaba sentir, hería en lo más sensible. Por eso me había herido a mi donde tanto me dolía. Sería cierto; pero ni aun así creía yo faltar a ninguna ley divina ni humana implorando lo que imploraba al precio de sufrir yo sola todas las amarguras decretadas para las dos.

»Don Santiago no desplegó sus labios, porque harto tenía que hacer con ocultar de mí las impresiones que le estaban dominando.

»--Yo no pido a Ángel--concluí--porque es bueno, porque es hermoso, ni porque es rico: le pido, le imploro, porque ama a Luz y es la vida de mi hija, que le merece.

»--Y yo no se lo negaría a usted--respondíame el espectro--si Luz fuera pobre, fea y necia; él la quería, bendijérasela Dios, con tal de que fuera honrada. Pero se la niego, se la negamos... porque su madre no lo es.

»--Lo sé ya, señora--repliquéla--, y en eso estábamos al principio; pero llegando a donde he llegado yo con mis explicaciones y mis súplicas, la pregunto a usted ahora, y a usted, mi buen amigo don Santiago: a cambio de ese gran beneficio, ¿qué reclaman ustedes de mí?, ¿qué testimonios desean para creer que si escandalicé como mujer deshonesta, puedo edificar como arrepentida?, ¿qué martirios, qué humillaciones?... Díganmelo: yo lo haré todo..., todo, sin repugnancia, con la sonrisa en la boca y besando el azote que me castigue.

»La mujer se callaba. El marido me dijo, si no recuerdo mal, algo como esto, y muy conmovido:

»--Señora mía, yo la compadezco a usted con todo mi corazón; yo no dudo de la sinceridad de cuanto nos dice; yo la creo a usted capaz de todo lo que promete, y la aseguro que haría los imposibles por poner las cosas en donde debían estar, si las cosas esas tuvieran remedio a la hora presente; pero con estos mis buenos deseos, que son los de mi mujer, créame, aunque no lo parezca así...

»--Tu mujer--saltó ésta--nunca se ha mordido la lengua para decir lo que siente, si lo que siente va con la ley de Dios, como sucede ahora; y lo dicho, dicho queda, porque no se opone a esa ley; pero aunque se opusiera, también el mundo tiene sus leyes, bien o mal hechas, y hay que respetarlas...

»--¡Ahí está!--dijo con gran viveza don Santiago--: a eso iba yo a parar cuando tú me interrumpiste. El mundo tiene sus leyes: en el mundo vivimos; él nos ha formado a su modo, señora marquesa..., y por esas leyes..., en fin, póngase usted en nuestro caso.

»--¡Ah!--exclamé yo entonces--, ¡si usted se viera en el mío!.. Pero también acepto esas leyes que me son tan desfavorables en esta triste querella. ¿Qué teme usted del mundo en el caso implorado por mí?: ¿que caiga sobre Ángel la ignominia de la madre de su mujer? También para estas tempestades hay conjuros. ¡Yo me arrastraré como penitente donde me han visto triunfar como pecadora!, ¡yo confesaré a voces mis pecados donde quiera que haya gentes honradas que me oigan!... ¿Qué más puedo hacer? Jesús no pidió tanta penitencia a la cortesana arrepentida, y había escandalizado más que yo.