Chapter 21
Su padre era un bendito de Dios, y su madre otra que tal, en el fondo, pero algo más áspera y sombría en las formas. El uno y la otra no vivían ya sino por él y para él. No querían que se contagiara de la vida que ellos hacían, modesta y retirada; les gustaba que fuera más _corriente_ y algo mundano, y al mismo tiempo temían verle muy metido en el mundo por los peligros que soñaban en él, particularmente su madre, que era demasiado recelosa y aprensiva. Ángel procuraba acomodarse a este tira y afloja a que querían someterle, y lo conseguía sin gran esfuerzo, porque tenía todo lo suficiente para sus necesidades mundanas, escogiendo entre lo mucho lícito y honrado que en el mundo había.
Por aquellos temores, más llevaderos en el padre que en la madre, ansiaban los dos porque el hijo tropezara pronto con su _media naranja_. Solamente viéndole casado, y _bien_ casado, se atreverían a conceptuarle seguro.
Y aquí se calló el relatante, porque ya no tenía más que decir, a su juicioso entender. Sin embargo, la marquesa echaba de menos un detalle de gran monta allí; detalle que si Ángel no le había omitido, ella le había olvidado ya. En la duda, le preguntó con dulcísima afabilidad:
--¿Cómo dijo usted--porque soy muy flaca de memoria para nombres--que se llamaba su padre?
Y Ángel, que tampoco se acordaba si lo había dicho o no, y temiendo en este último caso que se atribuyera la omisión a un motivo que no cabía en la nobleza de su alma, aceptó con gusto la fórmula que le dio en su pregunta la marquesa, para responder cuanto podía venir allí muy al caso, sin que se tomara en mal sentido la respuesta:
--Santiago Núñez, antiguo droguero de la calle de la Cruz, y hoy dedicado a negocios de pasatiempo, en la calle Imperial, 15, segundo, derecha, que es la casa de ustedes, con permiso de mi padre, que no desautorizará mi ofrecimiento.
XI
Un mozo rico, muy guapo, de alma noble, de claro y bien cultivado entendimiento, sin gota de sangre azul en las venas y sin trato ni conexiones de ninguna especie con el «gran mundo», era cuanto, puesta a soñar, hubiera soñado _la Montálvez_ para novio de su hija. Y este novio existía de verdad, y amaba a Luz, y Luz estaba enamorada de él.
Hasta aquí el asunto iba rodando sobre carriles de seda y oro. Pero Ángel, el autor de aquella novela nonata, en la cual se hilaba tan delgado a propósito de las hijas buenas de madres malas, resultaba, a última hora, pedazo de las entrañas de aquel _espectro_ que parecía no tenerlas para las madres pecadoras, y que la marquesa no podía olvidar, con no haberle visto más que una vez; y con este _resultando_ y aquellas dudas novelescas del mozo, ya el asunto cambiaba de aspecto y de marcha, y hasta cabía pensar en que descarrilara, si el diablo se metía por medio con una de las suyas. Por de pronto, solamente al diablo se le podía haber ocurrido la idea de que tantas y tan buenas prendas estuvieran reunidas en un hijo de aquel otro demonio, y que este hijo se le hubiera metido a ella por las puertas, y hasta en lo más hondo del corazón de Luz. ¿Por qué no le había parido otra madre más humana? Y ¿cómo se concebía que pudiera nacer tan hermosa rama de tan feo tronco? Caprichos de la naturaleza.
A todo esto, la marquesa estaba ya, de vuelta de sus baños, en su casa de Madrid; la cual casa frecuentaba mucho Ángel, porque para eso le había sido ofrecida por la amable señora. ¡Y qué bien se acomodaba el mozo a aquellos ambientes refinados que tan nuevos eran para él! Verdad que, fuera del aparato escénico que ya nos es conocido, no había en las costumbres de la casa de Luz la menor singularidad que pudiera extrañarle ni aturdirle.
La mayor parte de las noches la madre y la hija se las pasaban sin salir y eran contadísimas las personas que las visitaban: señores mayores, muy sosegados y juiciosos, y muy atentos y muy amables con él. Algunas señoras por el estilo andaban por allí de vez en cuando, y, más de tarde en tarde, dos, como de la edad de la marquesa, jamonas tan de _buen ver_ todavía como ella. La una era rubia, condesa viuda de Camposeco; pero la marquesa siempre la llamaba por su nombre de pila: Sagrario. Gastaba muy buen humor, y solía decirle cuchufletas; lo mismo que a los demás. La otra, también viuda y también titulada, aunque por derecho propio, marquesa de Espinosa, y también llamada por la de Montálvez por su nombre de pila, Leticia, era muy distinta de Sagrario: menos estrepitosa, más seria y, quizá, mejor tipo. Tenía unos ojos negros y escrutadores que punzaban al mirar, correctísimas facciones, algo morena, y muy esbelta todavía. Observaba mucho y hablaba poco; pero esto poco resultaba esculpido. Con él, con Ángel, estaba sumamente amable, y cuando no le hallaba hablando con Luz, le llamaba para que se sentara a su lado. Le hacía muchas preguntas sobre su modo de vivir, sobre el origen de su enamoramiento y sobre el de Luz, y parecía interesarse profundamente por los dos, y con este motivo le daba consejos, y muy juiciosos; a veces, hasta le floreaba todo cuanto cabía en una señora tan discreta y tan... últimamente mostraba gran empeño en que fuera de vez en cuando por su casa. No le pesaría. Había en ella buenos cuadros, bronces de mérito, encuadernaciones y grabados que merecían verse por un hombre de tan nobles aficiones y de tan buen gusto como él; sólo que Ángel, aunque muy reconocido a tan inmerecidas deferencias, no se atrevía a abusar de ellas ni juzgaba que debía hacerlo _por entonces_. Temía adquirir nuevos compromisos de sociedad, cuando su trato con la marquesa de Montálvez era todo cuanto podía soportar sin trastorno considerable del método de vida que se hacia en su casa. Más adelante ya sería otra cosa... y hasta conveniente para él. ¿Quién dudaba que era provechosa la amistad bien cultivada de una persona tan distinguida, discreta e influyente como aquella señora?
Además, o era aprensión suya, o la marquesa de Montálvez no ponía tan buena cara a estas dos amigas como a otras que también la acompañaban a ratos; y por si el recelo era fundado, trataba de intimar lo menos que podía con ellas, y jamás hablaba a la marquesa de las confianzas y deferencias con que Leticia le distinguía.
También era visita de la marquesa el señor don José Celestino de Guzmán, el amigo de su padre... y de él, salvas las debidas distancias. ¡Con qué gusto le vio aparecer allí una noche! ¿Y quién se _lo_ había contado? Porque el señor de Guzmán _lo_ sabía _todo_, a juzgar por algunas cosas que le dijo entonces, y otras varias que le fue diciendo después. Preguntole una noche, sonriendo, si _lo_ sabían en su casa, y Ángel le dijo que no. Otra vez, y también muy risueño, le preguntó si creía que podría servirle de _algo_... para allanarle el camino, por ejemplo; y Ángel, sin detenerse a poner en claro de qué camino se trataba, apresurose a responder que sí; pero a su _tiempo_, si fuera necesario: por de pronto, quería ser él quien diera la sorpresa a su familia, y contaba con que la sorpresa fuera grata.
Con ser Guzmán el que menos andaba por allí, en opinión de Ángel era el mejor recibido de todos los visitantes de la casa, particularmente de Luz. ¡Cómo le quería... y cómo la mimaba él!... Lo mismo que hija y padre. ¡Y qué bien le sentaba al señor de Guzmán el papel de padre de una hija como aquella! ¡Si, por una rara casualidad, hasta se parecían... y mucho! Según le refirió la marquesa, a Luz la había conocido y tratado él desde que era muy niña. Por eso se querían tanto. Lo que era una compasión, a juicio de Ángel, que siendo viuda la marquesa y soltero su amigo, no hubieran tenido la ocurrencia de casarse. Formarían una excelente pareja...
Pero ¿de dónde habían sacado las personas que Ángel trataba fuera de allí, que las gentes del «gran mundo» eran unas tales y unas cuales? ¿De dónde lo había sacado su madre, que las tenía siempre entre cejas? A juzgar por lo que iba observando él en aquella muestra, ¿qué mayor llaneza, qué mayor afabilidad en el trato, ni qué mayor sencillez de costumbres? Cuidado que en aquella casa hasta se rezaba bien a menudo. Varias veces había llegado él en ocasión de estar la madre y la hija en el oratorio; porque hasta oratorio tenía la casa de la marquesa de Montálvez... ¡Ah!, si las personas mal informadas, si su aprensiva madre pudieran ver lo que él iba viendo tan despacio y tan desapasionadamente, ¡qué diversos serían sus juicios sobre aquel delicado particular!
Muchas veces estuvo a punto de hablar con ella de estas cosas; pero siempre había concluido por considerarlo fuera de sazón _todavía_. Por eso ni su padre ni su madre estaban al tanto de lo que pasaba. Sospechaban que _había algo_, porque Ángel era muy _otro_ de lo que fue, por el desarreglo de sus horas, por sus arrobamientos y preocupaciones y hasta por el modo de vestir; pero nada más. Echábanle saetillas bien intencionadas en la mesa y en los ratitos de conversación que había a menudo entre los tres; pero la buena parte iban con indirectas ¿No le veían risueño, no le veían gozoso y no estaban siempre hurgándole para que saliera en busca de su _media naranja_? Pues si de estar buscándola ya se trataba, como ellos iban sospechando, y le veían lúcido, sano y contento, ¿qué más necesitaban saber por de pronto? Ya se andaría lo que faltaba por andar; ya les daría la sorpresa de las sorpresas cuando fuera la hora de dársela...
Pero ¿por qué lado la tomarían entonces? Estaba seguro de haber oído hablar más de una vez en su casa de la marquesa de Montálvez, no recordaba si para bien o si para mal, ni con qué motivo, porque no se fijaba nunca en el tema de las conversaciones que no le interesaban probablemente sería para mal, porque, para bien, jamás tomaba en boca su madre el nombre de ninguna señorona. Manías sin importancia de la pobre mujer.
Entretanto, que continuara aquella casi muda porfía que aguzaba los apetitos de la curiosidad de los cariñosos viejos con lima de mayores dientes cada día (y ya duraba cerca de cuatro meses la labor destructora), y que le dejaran apurar hasta la última gota de la miel de sus amores castos, la cual le brindaba nuevas dulzuras a cada momento.
Porque Ángel, artista de corazón y con el pecho atestado de impresiones vírgenes y profundas, estaba maravillado de ver cómo aquella flor purísima iba desplegando sus hojas al calor del nuevo sol, y absorbiendo con avidez la luz y el ambiente del desconocido mundo, a medida que se ensanchaba y crecía sobre su tallo oscilante.
Estas metáforas eran de Ángel. Luz era la flor; el amor de Ángel, es decir, Ángel entero y verdadero, el sol que la esponjaba; y el ambiente y la luz, los cuadros de humana realidad con que él iba despertando a la cándida soñadora de paraísos alegóricos.
Ya habían concluido entre los dos los temas de aquel colorido fantástico: se habían bajado a la tierra de los mortales; y era de admirar el relieve y la vida que había adquirido la belleza de Luz con este cambio de residencia y de clima. Hasta se sonreía cuando Ángel evocaba aquellas imágenes idílicas para compararlas con las realidades presentes.
--Y has de concluir por borrarlas de tu memoria--la dijo una vez el entusiasmado mozo.
--¡Eso no!--respondió Luz con gran vehemencia--. ¡Cómo he de olvidar yo que _por allí vinimos_?
Y Ángel no acertó a responder con palabras, ni se atrevió a sustituirlas con el único medio, sobrado terrenal, que se le ocurría, de beberse la respuesta de Luz para refrescar sus ideas.
Así fueron corriendo estos trámites, que parecían no tener fin, porque en un alma como la de Luz siempre hallan tesoros nuevos corazones tan honrados y tan novicios como el de Ángel; pero si no se columbraba el fin, había que salir a buscarle; y Ángel dio los primeros pasos con esos rumbos, bien resuelto a no detenerse en el camino. Lo que él entendía por su deber, que acaso fuera una necesidad mal comprendida, le imponía esta resolución.
Luz no se desorientó tampoco en el nuevo terreno a que la llevó la consulta de Ángel. No llegaba su inocencia al extremo de ignorar a dónde se iba por donde ellos andaban con un mismo impulso y una sola voluntad. ¿Pensaba él que ya era hora de poner fin a aquella placentera jornada de su viaje y de emprender otra nueva y más agradable todavía? Pues bien pensado estaría. Todo era creíble para Luz, menos que Ángel y ella no fueran una misma cosa, con un mismo corazón y un mismo pensamiento; que lo que les estaba pasando a los dos no fuera lo que debía pasar, ni que hubiera en el mundo suceso ni contrariedad destinados a impedirlo. ¿Quién, ni qué se resiste contra el ambiente que se respira y el sol que alumbra? Pues como el sol y el ambiente eran para ella la vida y el amor de Ángel: elementos naturales y necesarios de su propia existencia.
Y esto se lo contaba ella a él a su modo; pero tan sencilla y desembarazadamente como si el ocultárselo le fuera tan imposible como dejar de verle cuando le estaba mirando. Con lo que Ángel acabó de perder los estribos, y se fue poco después, despidiéndose con desusado acento «hasta mañana», dejándola el corazón entero en una frase, y llevándose la energía de los grandes héroes en un propósito.
Recién llegada Luz de su expedición de verano, se había hecho retratar a gusto de Ángel: de cuerpo entero y con un vestido de falda bien plegada, sin pabellones, frunces ni embutidos en ninguna parte; la caída natural de los paños, y el cuerpo ajustado y descubierto; la cabeza sin más adorno que una flor, y el pelo sin artificios piramidales, ni greñas de estúpido ganapán sobre la hermosa frente; la actitud sencilla y la mirada fija en _él_. Esto le pareció un poco difícil de conseguir a Luz no estando presente Ángel; pero Ángel, que ya contaba con la dificultad, tenía bien estudiado el modo de vencerla, y de vencerla al tenor de sus deseos. «Para retratarte así, la encargó, vuélvete con la imaginación a tu paraíso, y mírame desde la azotea de tu _chalet_». Y eso hizo Luz, de muy buena gana; y por eso resultó su cara en el retrato con la expresión de la de una virgen ideal de las Catacumbas, en sus arrobamientos celestiales.
Ángel llevaba siempre consigo y sobre el corazón un retrato de estos; y en contemplarle en la soledad de su cuarto se le iban las horas muertas: de modo que, con las que invertía en conversar con el original, casi se le pasaba el día sin separarse de Luz... y la noche también, porque en cuanto se dormía el bendito de Dios, ya estaba soñando con ella.
Pues bien; en la virtud de este retrato confiaba grandemente el hijo de don Santiago Núñez para facilitar sus primeras exploraciones en el ánimo de su madre.
XII
Sobre este apreciable matrimonio apenas se veía la huella del tiempo corrido desde que el lector le conoció, con motivo de una visita que le hizo la marquesa de Montálvez. Un poco más enjuto y encanecido don Santiago, y menos entregada a su vicio calcetero la indestructible y petrificada doña Ramona. En todo lo restante, lo mismo que siempre: los mismos entretenimientos, las mismas costumbres y hasta los mismos muebles en el despacho del antiguo droguero... y las mismas alternativas reumáticas, aunque algo más acentuadas de gotosas cada vez, en la misma simpática persona; en el cual despacho acababan de desayunarse marido y mujer en el momento en que vuelvo a poner al lector en su presencia.
La noche antes había llegado Ángel a casa más desasosegado y distraído que de costumbre: cenó poco, habló menos y sin venir al caso; tan pronto sonreía como se le nublaba el gesto y se estremecía todo... Y así se fue a la cama.
De eso estaban hablando cabalmente su padre y su madre todavía, cuando se les presentó Ángel muy risueño, pero no muy tranquilo, a juzgar por ciertas señales. El tal mozo era la alegría de la casa, y no hay para qué decir cómo fue recibida allí su sonrisa, después de los extraños celajes de la noche anterior. Pero extraña era también, en las costumbres domésticas de Ángel, la visita al despacho de su padre a aquellas horas; y en ello convinieron don Santiago y su mujer con una mirada que cambiaron entre los dos, y que al propio tiempo quería decir: «¿qué diablos le pasará a este chico?»
Y el chico comenzó a dar cuenta de lo que le pasaba, poniendo en manos de su madre después de estamparla un beso en la frente, como lo tenía por costumbre, y de recibir otro en cada mejilla, el retrato de Luz.
--Vea usted eso--dijo con voz temblorosa y sonriendo al entregárselo.
La Esfinge tomó la tarjeta, púsola a conveniente luz, y clavó en el retrato la vista a través de sus anteojos, con una fijeza tan inalterable y dura, que Ángel hubiera jurado que le hacía daño en el pecho y que por eso latía su corazón tan desacompasadamente.
Don Santiago, vencido por la impaciencia, levantose del sillón, y por encima del hombro de su mujer se puso a contemplar también el retrato. Y así se estuvieron un par de minutos sin decir palabra: la Esfinge, con su ceño indescifrable; su marido, con la boca desplegada y los ojos muy abiertos, y Ángel mirando al uno y a la otra, temblándole las piernas y con el corazón dale que dale.
Al fin se movió doña Ramona para alejar un poco más la fotografía; y, sin dejar de contemplarla, exclamó con un entusiasmo que no era de esperar en ella:
--¡Dios mío, qué criatura más angelical!
--¡De verdad es primorosa!--dijo don Santiago cogiendo la tarjeta y acercándose al balcón para examinar el retrato más a su gusto.
--¡Y qué humildemente vestida y peinada está!--añadió la Esfinge al soltar de su mano la tarjeta.
--¡Y qué dulzura de semblante y qué mirar de Niño-Dios!--dijo don Santiago desde el hueco donde estaba embutido ya.
Ángel sintió en su pecho cuatro porrazos seguidos y tremendos, uno por cada exclamación, que le retumbaron en la cabeza. Pero aquellos golpes no le dolían ni le incomodaban.
--Corriente--dijo en seguida su madre, mirando al extasiado mozo, y como si respondiera a las palabras de él cuando la entregó el retrato--; y ¿qué significa... _esto_?
Entonces Ángel se sentó a su lado; y con muchas zalamerías, convirtiendo con gracia y con habilidad el tema de la _media naranja_, tan repetido en su casa, en disculpa y germen de todo lo sucedido después, comenzó la historia de ello; pero desde muy atrás: desde el punto y hora en que conoció a Luz a la puerta de las Calatravas, callándose discretamente apellidos y seriales para que no saliera lo tapado antes del momento en que debía salir.
Ya estaban los padres de Ángel enterados de casi todo lo que deseaban saber: por qué trasnochaba; por qué se vestía con tanto esmero; por qué andaba como desvaído a veces, y a veces hecho un cascabel, y hasta sabían por qué había llegado a casa la noche antes tan atolondrado y nervioso. Y no sólo lo sabían, sino que lo aprobaron y aun lo aplaudieron.
Corriente; pero ¿a qué puertas había ido a llamar Ángel? ¿Quién era ella?
Y Ángel, que no tenía motivos racionales para callarlo ya, lo dijo hasta con entusiasmo.
La Esfinge dejó caer de sus manos la media que había cogido para entretenerse mientras hablaba Ángel, y don Santiago, que, aunque, vuelto a su sillón, todavía lanzaba ojeadas al retrato de Luz colocado sobre la mesa, volvió la mirada, mirada de angustia y desconsuelo, hacia su mujer, cuyo rostro daba frío, pero frío de tumbas y de subterráneos.
--¡Hijo mío!--exclamó llevándose las manos de esqueleto entrelazadas hasta cerca de su boca--, si lo que nos has descubierto es la verdad; si la quieres como nos aseguras, más te valiera no haber nacido; y ya que naciste, más nos valiera a todos que te hubieras muerto sin penas, a la edad en que se llevó Dios a tus hermanos.
Ángel pensó entonces que la luz del sol se apagaba para él, y que la tierra se hundía bajo sus plantas. Contaba con que su madre había de poner tachas a Luz tan pronto como conociera de qué tronco procedía, porque las tachas de este linaje eran la manía de la obcecada señora; pero en aquellas palabras, en aquella actitud, en la angustia bien visible de su padre, había mucho más que un resabio que se vence con la reflexión y la fuerza del cariño: había escollos infranqueables, simas negras en que ya se vela precipitado el pobre chico con la carga dulcísima de sus primaverales ilusiones. El instinto de la vida, porque lo contrario era su muerte, le dio alientos para asomar los ojos al abismo y medir con la mirada su verdadera profundidad. Pidió a su madre la razón de sus palabras, tan preñadas de obstáculos desconocidos para él, y su madre, más justiciera que compasiva, ahondó el abismo clavando a la marquesa de Montálvez en la picota de su indignación y acribillándola allí con una granizada de crueles vituperios.
Quedábale al hijo el pobre recurso de atenuar la gravedad de los cargos con la supuesta propensión de su madre a pensar mal de ciertas señoras, y eso trató de hacer; y como también contaba con el amparo de su padre, a él volvió los ojos suplicantes, mientras hablaba lo poco que se le ocurría.
Y el padre, aunque no estaba menos angustiado que su hijo, también tuvo una nueva puerta que cerrarle y un nuevo clavo que hundir en su corazón.
--No, no es eso que tu crees, hijo mío. ¡Ojalá lo fuera! Tu madre, desgraciadamente, no habla ahora sin muy graves fundamentos. Yo no iré, sin embargo, en ciertas cosas, tan lejos como va ella; pero estamos enteramente conformes en cuanto a lo principal, que es muy grave; tanto, que necesitas conocerlo, y lo vas a conocer sin tardanza, por mucho que te duela oírlo y a mí me aflija el contártelo.
Y aquí comenzó el buen hombre a referir cosas que dejaban espantado al pobre mozo, no sólo por lo que de espantable llevaban las cosas en sí mismas, sino también por oírlo de unos labios de los cuales había esperado él, no heridas nuevas, sino bálsamo para curar las que le habían hecho las palabras de su madre.
--Pero esas noticias--dijo con voz poco segura Ángel, resuelto a defender uno a uno todos los portillos de su arruinada fortaleza--, pueden ser inexactas..., lo serán indudablemente. Yo sé cómo se vive en casa de esa señora: allí no hay rasgos ni vestigios de esas enormidades que usted me ha referido; se hace una vida sosegada y metódica, una verdadera vida de familia..., se reza.
--Sí--clamó entonces la voz lúgubre de la Esfinge--: también el diablo, harto de carne, se metió a fraile; pero diablo fue siempre.