Chapter 19
A la tercera vez que se asomó Luz a la azotea, también vio al mancebo en el mismo sitio; pero ya no se contentaba, para dar entretenimiento a sus miradas, con el lujo de la naturaleza que le envolvía; también la miraba a ella, a Luz, y aun con mejores ojos que a las bellezas inanimadas del paraíso; y como el mancebo era, en opinión de Luz, «el sentimiento de la bondad y la fortaleza», y hasta «el arcángel guardador» de todo aquello, que ya era «de los dos», Luz bajó del terrado, sin miedo y sin escrúpulos, y el mancebo la salió al encuentro; y ella apoyó su brazo en el brazo que le presentó él, y se fueron juntos por el sendero adelante; y mientras andaban así, a Luz le parecía más radiante la del sol y que eran más olorosas las flores y más blandos los senderos; los ruidos más armoniosos, el ambiente más saludable y los pajarillos más alegres. Después, en la soledad de su casita, todo lo hallaba más cómodo y risueño; y al poner sus manos sobre el teclado del piano, le arrancaba del fondo notas de una vibración como jamás había arrancado de aquellas fibras de acero.
Pues bien: algo así, con este cuadro primaveral por base, podía ser la vida de una mujer como Luz, si la dijeran: «Escoge un mundo a tu gusto para ti sola, o para los dos a lo sumo». No pediría ella otra cosa. Y, sin embargo, se guardaría muy bien de descubrir estos deseos en medio de las realidades de su vida, porque estaba cierta de que habían de ser calificados de locura.
Pero, locura o no, soñó largo tiempo con el cuadro, no sé, ni ella lo supo, si despierta o dormida; y de tanto soñar con él, llegó a salir del colegio con grandes dudas de si aquellos fondos de la naturaleza y aquel mancebo guardador del paraíso de sus sueños, que tan conocidos le eran ya, los había visto ella en alguna parte.
No sé si el lector habrá comprendido bien todo cuanto llevo dicho, o si yo no habré sabido explicarme, para llegar a conocer el fondo del carácter de Luz; pero seguro estoy de que, por muy mal que me haya salido la tarea, se puede sacar de ella todo lo que se necesita para convenir conmigo en que la marquesa de Montálvez no tenía motivos para alarmarse al presentar en el mundo a su hija, hecha una mujer, por el lado de sus pensamientos y naturales inclinaciones. Y no se alarmaba por lo tocante a este lado. Pero por el otro, es decir, por el de su belleza, ¿cómo evitar los riesgos que temía? ¿Qué más daba que ella se fuera sola hacia el cenagal, o que el cenagal la buscara a ella, si lo importante era que el uno y la otra se pusieran en contacto inmediato? Pensar en recluirla de nuevo, teníalo hasta por inhumano, además de ridículo. Era de necesidad, no solamente «echarla al mundo», sino también lucirla en él. Y en este caso, ¿cómo impedir que aquella gentileza de Venus púdica, o mejor dicho, aquella realizada idealidad de virgen cristiana, atrajera sobre sí todas las voracidades de los hombres descorazonados y todos los venenos de las mujeres envidiosas, y que fuera esta lepra inficionando poco a poco a la inocente? ¿Cómo evitar, cuando menos, que con el continuado roce con tantas y tan diversas intenciones se destruyera el artificio y quedaran de manifiesto a los ojos de Luz las negras realidades que la marquesa le escondía hasta dentro de su misma casa?
Los temores de la madre no podían ser más fundados; pero había que cerrar los ojos y seguir adelante. Y adelante fue.
Luz hizo su entrada en el mundo con la serenidad de quien nada teme en una región que no le interesa. Todo cuanto iba viendo le parecía natural y corriente, porque cuando allí lo ponían, allí debería de estar. Tomaba las cosas en el valor que a sus ojos tenían, y a ese precio las pagaba; y como le sobraba en discreción mucho más de lo que le faltaba en experiencia, siempre salía muy airosa en estos tratos de su forzado comercio con las frivolidades mundanas.
A más de por hermosa en el grado especial en que lo era, por la historia que tenía, fue su aparición en los salones mucho más notada que otras semejantes: la mordieron las envidiosas con la saña de las grandes ocasiones; la compadecieron a gritos las pecadoras en secreto; los hombres la tuvieron quince días _sobre el tapete_ en sus debates _naturalistas_, y los revisteros de salones soltaron toda la trompetería más sonora de sus órganos, en honra y gloria de la recién llegada al único mundo en que, según ellos, se podía vivir debajo de la luna. _Aljófar_, que todavía cantaba porque aún tenía estómago insaciable que se lo exigía, entonó en letras de molde una _silva_ de media vara, en que hubo más juegos de luz que en un «cuadro disolvente». Ni de las murmuraciones a escondidas ni de las alabanzas en público, tuvo noticias Luz; porque las primeras no se oían, y cuidó mucho su madre de ocultar las segundas con el sabio propósito de que desconociera su hija, mientras esto fuera posible, aquella mala costumbre de poner a las gentes en ridículo queriendo hacerlas un favor.
Tomando por pretexto las pocas aficiones de la novicia a los estruendos mundanos, la marquesa se guardaba muy bien de empujarla hacia ellos; antes, la mantenía discretamente en sus inclinaciones al sosiego, y hasta las explotaba en cuanto la convenía para sus fines particulares.
Por ejemplo: Luz seguía fuera del colegio las prácticas cristianas a que se había acostumbrado en él. Iba a la iglesia a menudo y tenía sus rezos en casa. Pues a todos estos actos piadosos la acompañaba su madre. Algo la mordían sus amigas, y con gran donaire se sacudía ella de las zumbas; pero seguía yendo a la iglesia y rezando con su hija, muy a su placer.
Con todo esto y lo que ya se ha dicho en el capítulo precedente sobre oreos y desinfecciones, que continuaban en la necesaria medida, la casa de la marquesa, sin dejar ésta de ser la dama de distinguido y ameno trato, no era conocida ya. Aquellos profanados interiores de la Montálvez habían adquirido el honrado aspecto de un _hogar de familia_.
Algo retrasadas andaban estas medidas de regeneración; pero nunca es demasiado tarde para abrir a Dios la puerta de casa, después de haber barrido de ella al demonio.
Guzmán, que era ya Excelentísimo señor don José Celestino, senador del reino, columna del partido conservador, consejero de Estado, embajador probable, ministro posible y todo lo que quisiera, si lo quería con gran empeño, pasaba la pena negra desde que Luz había llegado a Madrid. Temblaba por ella, y a su lado se hubiera puesto para ampararla de día y de noche contra los peligros en que veía el tesoro de candor que se encerraba en aquel estuche primoroso; pero no alcanzaban sus derechos a donde llegaban sus impulsos. Era harto sabida en Madrid la leyenda de la _semejanza_, con todos sus antecedentes, y hubiera sido una profanación inicua someter aquel ángel a nuevas comparaciones y nuevos comentarios del público mordaz. Por eso se creía más obligado a alejarse de ella cuanto mayores eran sus deseos de acercarse. La admiraba y la protegía a _prudente_ distancia; pero esta prudencia se parecía demasiado en sus tramites al desvío de un extraño, y él no podía conformarse con tan poco.
Ya sabemos que había vuelto a frecuentar la casa de la marquesa desde que se andaba en ella a escobazos con el diablo. En una de sus visitas, estando ya la desterrada joven en Madrid, halló a su amiga muy alarmada. Luz sabía desde muy niña que su madre era viuda, y de quién lo era y desde cuándo; pero en lo que jamás había dado, dio en las primeras conversaciones que tuvo con su madre, recién llegadas las dos de Francia: en pedirla noticias y pormenores íntimos de «su padre». ¡Figúrese el lector en qué aprietos no se vería la aristocrática viuda de don Mauricio Ibáñez para salir limpia y sin manchar a nadie, de aquel nuevo lodazal en que la arrojaba de pronto el natural deseo de su hija! Salió bastante mejor que hubiera salido otra pecadora con menos ingenio y serenidad que ella; pero salió muy dolorida y alarmada.
Refirió el caso a Guzmán, muy en voz baja y después de registrar hasta los rincones, temiendo que la oyeran, y también culpó a su amigo de este nuevo fruto de su vida de iniquidades y contubernios.
--No es ya hora--la dijo Guzmán--de liquidar esas cuentas tan envejecidas. Tomemos el caso como una advertencia más del celo que se necesita aquí para que no descubra Luz lo que jamás debe serle conocido, y eso nos baste, que no es poco en gracia de Dios. El bien de tu hija debe ser el móvil de todos tus actos y pensamientos. Yo te ayudaré con los míos, en cuanto me sea posible y lícito, a la distancia a que me hallo de vosotras. Olvido absoluto de todo lo demás..., hasta en sueños, si dable nos fuera; y desde este instante no se pronuncie una sola palabra entre nosotros que no pueda ser oída de Luz sin asombro de su ignorancia y de su inocencia; porque fuera caso peregrino que lo que tratas de ocultarla entre las desenvolturas de las gentes extrañas, se lo descubrieran en su propio hogar tus mismas imprudencias.
A la marquesa le pareció muy cuerdo el dictamen de Guzmán, y desde aquel día se acabó entre ambos el tratamiento llano de sus intimidades; quedó proscrita toda alusión a lo pasado, y no fue en la casa de Luz ni fuera de ella el antiguo amante de la hermosa Nica Montálvez, más que un amigo muy afectuoso y atento de la ajamonada viuda del arruinado banquero don Mauricio Ibáñez.
IX
La marquesa había dicho a su médico que probablemente necesitaría tomar, durante el verano que se acercaba, algunas aguas sulfurosas y quizás también algunos baños de mar; pero «caserito todo ello, y a lo pobre». Quería dar a entender que en puntos de poco ruido aristocrático y en España. En seguida expuso las razones en que se fundaba para creer de necesidad lo que decía (fundamentos que bien pudieran haber sido inventados por ella). El amable doctor, después de escucharla atentamente, la respondió muy risueño que estaba enteramente conforme con su parecer. Entonces añadió la marquesa que ella sabía de una provincia española donde se hallaban ambos remedios, y a muy corta distancia el uno del otro.
--Pues a esa provincia--repuso el complaciente médico--. Tome usted muy poco de lo sulfuroso y cuanto pueda resistir de lo del mar; y si Luz no tiene miedo a las olas, que se columpie en ellas también siempre que le dé la gana, pues hasta en naturalezas tan saludables como la suya sientan esos tónicos a maravilla.
Y por estas razones, con alguna más que ella conocería, y que bien pueden sospecharse sabiendo su nuevo modo de pensar sobre las vanidades de su mundo, se hallaba la marquesa de Montálvez con su hija, en el rigor de aquel verano, tomando los baños de mar en una de las playas más hermosas, aunque no la más nombrada, de la Península.
Se encontraba muy bien allí. La concurrencia era abundante, pero no de _primer lustre_. Precisamente lo que la marquesa quería. Gentes de buen pelaje: de tierra adentro las más, pero sin llegar a Madrid. Como no había etiquetas, aunque si mucha presunción, entre los bañistas, la marquesa vivía entre ellos con la mayor holgura, casi en traje doméstico; y no suprimía el casi, porque no se tomara su desaliño a desdén de gran señora. El aire de la playa, el rumor de las olas, la inquietud de la mar, el abrupto perfil de la costa, las puestas del sol entre celajes de fuego y sumergiéndose el astro y apagando su luz poco a poco en lo último de aquellas aguas sin fin... Cien veces lo había tenido delante de los ojos en otras playas de Europa, y no lo había visto hasta entonces. ¡Qué saludable y qué hermoso le parecía!
Creían hacerla un gran favor aquellos corteses bañistas cuando la invitaban a las fiestas con que entretenían los ocios de la temporada; y no podían imaginarse hasta qué extremo la molestaban poniéndola en el deber de aceptarlo todo. ¡Fiestas a ella, que venía huyendo de las que le habían envejecido el espíritu a lo mejor de la vida!
Pero no se trataba de ella sola: se trataba de Luz, a quien indirecta, pero principalmente, iban enderezadas las invitaciones, y era muy justo no desairarlas, así por la buena intención de los invitantes, como por lo inofensivo de lo brindado. Podía la hermosa novicia hasta saturarse de ello sin temor de daño alguno.
Lo peor era que Luz no lo apetecía mucho más que su madre. Habían hecho que lo tomara casi en aborrecimiento las intemperancias galantes de aquellos donceles que la miraban, que la seguían y que la requebraban implacables, y de aquellas damas que buscaban su trato incesantemente para alabarla cuando hablaban con ella, para ponerla defectos las más, en cuanto se alejaban un poco, y para imitarla todas, al fin, hasta en el modo de andar.
Pero lo que su madre le decía: «estás aquí, y en la edad de divertirte, y tienes hasta que hacer que te diviertes con lo que aquí se divierten los demás». Y Luz lo aceptaba todo con el mejor de los deseos, y en todas partes aparentaba divertirse mucho, aunque en realidad se divirtiera muy pocas veces. Sin embargo, tampoco se aburría; y quiero que conste este dato para que no se confunda con el melindre indigesto lo que era hasta abnegación de una naturaleza sobria y delicada de gustos.
La marquesa, por vecindades en la mesa redonda del hotel en que se hospedaba, había trabado amistad con una señora de _buen aire_, la cual señora tenía dos hijas muy guapas: la una y las otras eran, además, muy discretas y muy distinguidas de porte. Tampoco eran de Madrid--condición muy del gusto de la marquesa--; pero sin ser de Madrid se puede ser guapo, y hasta listo y elegante. El caso es que si las dos señoras _simpatizaron_ entre sí, las chicas de la una se entendieron con Luz y Luz con ellas, como si toda la vida hubieran andado juntas y en paz. En muy pocos días llegó a haber entre ambas familias toda la intimidad que cabe en los tratos de esta especie. La marquesa, particularmente, estaba como niño con zapatos nuevos con la amistad de aquella señora, que era afable sin fingimientos, y buena sin doblez. Nunca se había visto en otra la gran dama; y este sencillo y honrado placer se le debía a la mujer de un magistrado cesante. ¡Y ella se había pasado la vida pagándolos a precios exorbitantes en las grandes cúspides sociales, sin adquirir uno solo que no la dejara rastros de amargura y de remordimientos!
Luz y sus dos amigas paseaban juntas muy a menudo, juntas se bañaban y juntas asistían a bailes, jiras y conciertos. Las del magistrado habían visto y aprendido más cosas de la vida que ella, y la entretenían mucho con sus relatos de sucesos (_limpios_, se entiende) recogidos siguiendo a su padre de la Ceca a la Meca, por azares de su destino. Luz, en cambio, nada por el estilo podía contarlas; porque hasta de su mundo, al cual era recién llegada, sabía mucho menos que ellas, aunque sólo le conocían de oídas.
Y hablando, hablando, llegaron las confianzas al último límite, y resultó que la mayor de las dos hermanas estaba ya para casarse, y muy enamorada. _Él_ era un joven muy guapo, recién graduado de doctor en Medicina; rubio, con toda la barba, pero muy recortada, lo mismo que el pelo; muy alegre por carácter, y muy cariñoso: _a ella_ la quería _atrozmente_. A la hora menos pensada se presentaría por allí: se lo tenía prometido. En la última carta, que era de Madrid, la anunciaba una gran sorpresa. Debía de ser su llegada. Ya tenían puesta la casita, muy mona, en la mejor de las calles de la ciudad. Él era buen músico y algo pintor, y ella tocaba regularmente el piano. Habían comprado uno nuevo, vertical: como mueble, muy elegante.
Luz oía todas estas cosas con gran atención, y no negaba que el novio de su amiga fuera muy guapo, con su barba rubia y su pelo recortado; pero a ella le gustaban más los hombres de pelo negro y abundante y con bigote solo, y no largo ni muy espeso. Bien estaría la casita de los novios; pero no tanto cómo el chalet que ella tenía en lo alto de «su mundo»; y en cuanto al piano, por superior que fuera, ¿a que no sonaba tan bien como el suyo, cuando se ponía a tocarle después de dar un paseo por las tortuosas veredas de su paraíso, con «el arcángel» que se le custodiaba?
Por supuesto que Luz no decía nada de esto a sus amigas, ¡quién se lo mandara!, pero lo iba pensando y hasta lo creía. ¿Y qué mal había en ello?
Aquella noche había baile en el gran salón que uno de los hoteles tenía destinado a esa clase de fiestas. Las tres amigas, seguidas a corta distancia de las dos madres, se dirigían a él, algo más peripuestas de lo que habían pensado por la mañana, porque a última hora se supo que acababa de llegar un gran contingente de bañistas de buen humor, que no faltarían al baile. No era bastante motivo este para emperejilarse más las mujeres que asistían a otros tales muy bien vestidas; pero la idea nació de la novia del doctor de barba rubia; y hay motivos para creer que tomó por pretexto la asistencia de gente desconocida al salón, para presentarse en él bien engalanada, sospechando que su novio le había de dar allí la anunciada sorpresa. Por lo mismo que ya no bailaba más que con él, quería, si sus sospechas se realizaban, hacerle en aquella ocasión los honores en toda regla.
Y fue verdad que hubo gente nueva en el baile, y bastante, y de muy buen porte; y también se confirmaron las sospechas de la hija mayor del magistrado cesante: allí se le apareció de golpe su novio, tal como ella le había descrito, con la barba y el pelo rubios y recortados, alegre y cariñoso, a juzgar por las muestras del momento. Comenzaron en seguida las presentaciones y los mutuos cumplimientos; tocose luego a bailar, y con este motivo la novia se colgó del brazo que el novio la ofrecía y, se largaron juntitos por el salón adelante.
Luz (que se excusaba de bailar siempre que podía) estaba sentada entonces, y desde su asiento seguía con la mirada a los novios, asociando, sin poderlo remediar, a algunos pormenores de aquel suceso otros detalles semejantes de sus imaginaciones _paradisiacas_. En aquel encuentro y en aquel paseo, ¿no había un extraordinario parecido con los encuentros que ella tenía y con los paseos que se daba bien a menudo en las arboledas de su retiro? Cierto que los fondos eran muy distintos entre sí; pero las figuras... También en las figuras, en las de _ellos_, encontraba grandes diferencias. Este era rubio y poco esbelto, al paso que _el otro_...
Y al llegar aquí la candorosa Luz con sus comparaciones mentales, se quedó abismada en el mayor de los asombros... junto a la puerta de entrada al salón, en el mismo sitio donde ella tenía puesta la mirada, casi rozándose con el novio de su amiga, que pasaba por allí en aquel momento, acababa de aparecer... _el otro_, el mancebo de sus imaginaciones; la _figura_ de su cuadro, con su gallardía de continente; con su pelo negro, suelto y abundante; sus rasgados ojos tan negros como el pelo y el sedoso bigote; su boca risueña y su mirar dulce y profundo. ¿De dónde venía? ¿A qué iba allí?... No cabía duda: venía de su paraíso... y en busca de ella. ¿De qué otra parte podía venir, ni qué otra cosa, sino a ella, podía buscar en el salón con aquel modo de mirar tan _suyo_?... Ya la había encontrado. ¡La misma sonrisa de _allá_; la misma expresión de ansias bien satisfechas, en los ojos; el mismo andar que cuando iba hacia la roca blanquecina medio envuelta entre carrascas, hiedras y escaramujos! Si Luz hubiera estado entonces sola en su azotea, habría bajado de ella en seguida para salirle al encuentro; pero no estaba sola, ni en la azotea, y esperó a que llegara él.
Y llegó, y la invitó a bailar; y Luz, sin dudar un solo instante, se levantó de su asiento, enlazó su brazo con el brazo que le ofrecía el mancebo, y se fue con él por el salón adelante... ¡Lo mismo que cuando se iban por los tortuosos y blandos senderos de su mundo!
No bailaron..., ¡qué habían de bailar?
Lo que Luz no recordaba bien era el timbre de la voz de su acompañante de _allá_; pero en cuanto oyó hablar al otro de carne y hueso, exclamó para sí con nuevo asombro: «¡El mismo!»
Este _otro_ la dijo que había ido a buscarla allí, porque una corazonada le había declarado que allí la encontraría. Luz no se atrevió a preguntarle dónde se habían conocido los dos, ni qué era lo que le movía a buscarla con tanto empeño; y él la enardeció todavía más los deseos, declarando que la conocía mucho, ¡muchísimo! Jurara que de toda la vida, aunque la había visto muy pocas veces, y sólo sabía de ella que se llamaba Luz.
¡Y Luz, en cambio, con haberle _tratado_ tanto, ignoraba todavía cómo se llamaba él!... Se atrevió a preguntárselo.
--Me llamo Ángel--respondió el mozo.
¡Ángel! Por _arcángel_ le había tomado ella muchas veces al contemplarle en su imaginado paraíso guardándole las puertas. ¿Qué venía a suponer esa leve discrepancia de jerarquías? Siempre resultaba el mismo «guardián».
Pero ¿dónde la había conocido? Eso es lo que ella quería saber para acabar de orientarse en aquel laberinto de coincidencias tan de su agrado. Y al fin lo supo también. Ángel la había visto con admiración desde lejos, entre otros que también la admiraban. Por lo que les oyó decir, averiguó que se llamaba Luz, nada más que Luz. ¿Y no era eso bastante? No volvió a verla en el mundo de la realidad, por más que la buscó; pero se forjó él otro mundo a su capricho, en el cual la veía a todas horas; porque aquel mundo era _para los dos solos_, Y viéndola allí y admirándola sin cesar, le parecía que volaba el tiempo que había de correr hasta que la encontrara _de veras_; porque este encuentro había de ocurrir _necesariamente_. Lo creía con ciega fe. Dios no infunde en el corazón humano sentimientos tan dulces, tan puros y tan hondos como los que había infundido en el suyo, para que se conviertan en semillas de negros y dolorosos desencantos. Por eso se habían realizado allí sus esperanzas de encontrarla. El sitio era lo de menos, porque en alguno de la tierra había de ser. Como creía llevar los pensamientos en los ojos, y entre estos pensamientos estaba hecha a vivir la Luz de sus ilusiones, no se asombró de que la Luz de la realidad los leyera en las miradas con que la buscaba por el salón, ni de que no temiera acercarse a ellos para vivir también un rato entre tan buenos amigos. Esta era la verdad; y si no se la decía, ¿para qué había ido él allí?
Lo mismo opinaba Luz. ¿De qué había de hablarla a ella aquel hombre sino de esas cosas y en aquellos términos?... Pero ¿cómo sería el mundo que él también se había forjado a su capricho? Casi se atrevía a jurar que era muy semejante a su paraíso. La duda la impacientaba bastante, y se decidió a salir de ella preguntándolo.
--Ese mundo--respondió el mancebo--se concibe mejor que se pinta, como todo lo que se siente por anhelos del alma. Desde luego no es un mundo de cal y canto como el que han ido construyendo los hombres para nido de sus vanidades dispendiosas y malsanas; es un compuesto de primores de la naturaleza en su más dulce reposo: auras de Mayo, rosas, follaje, pájaros..., ¡qué sé yo!, y, sobre todo ello, y para alumbrarlo, vivificarlo y embellecerlo, la Luz de mis ilusiones, del hada de aquellos encantados jardines.
--¡Los conozco!--exclamó aquí la joven sin poderse contener; y añadió a la pintura, a grandes rasgos, de los jardines del otro, algunos detalles de los del suyo.
--¡Eso mismo!--dijo el pintor idealista; y en el acto preguntó a Luz que de qué los conocía; y Luz tuvo que responder que también ella había vivido mucho tiempo en un mundo de aquella traza.
--¿Sola?--la interrogó entonces el confidente, con fogosa vehemencia.
Y a esta pregunta no pudo responder Luz de pronto, porque le dejó sin ánimos para ello una sensación que hubiera creído de miedo, a no parecerle tan agradable.
--Sola..., sola no--llegó a decir, bajando los hermosos ojos y con las mejillas muy sonrosadas--: con _él_.
Y de aquí no pasó ya la pobre chica. Verdad es que el otro no porfió mucho para que pasara, respetando aquellas pudorosas resistencias que lo impedían.