Chapter 18
Yo podría suplir las omisiones, porque me es bien conocida la materia; pero esta conducta no sería galante ni acertada, por contravenir a aquel prudente acuerdo y caer en el peligro, que también teme la marquesa, de que resulte plato de estímulos insanos lo que debe resultar muy otra cosa. Aténgome, pues, al texto de los _Apuntes_, confirmación exactísima de los rumores de la fama, y aun eso sólo he de darlo en extracto para llegar cuanto antes a la narración de otros sucesos harto más dignos de la atención de los lectores.
Se cansó muy pronto de las fiestas caras y ruidosas que daba en su casa. En su temple de _jamona fresca_, con su aprovechada experiencia, su buen gusto y claro ingenio, necesitaba algo de más jugo, de más substancia que aquella insípida y continua exposición de mujeres frívolas y de hombres mentecatos, cargados de perifollos; fiestas en las que, tras de costarla un sentido, todos se divertían menos ella. En fin, que echó la gente a la calle y dio por terminadas las reuniones de fausto en sus salones.
Para llevar a cabo sus nuevos planes, eligió lo que había de aprovechable entre lo arrojado de su casa y lo que conocía de lo de fuera; después autorizó a los escogidos para que escogieran a su vez, sin pararse en pelillos de linaje: podían espigar en varios campos, en todos los que se dieran ingenios bien educados, desde la presidencia del Consejo de ministros, hasta el humilde rincón de la obscura gacetilla. Que no se reparara en edades ni en estampas: viejos y mozos, altos y bajos; todo servía, con tal de no carecer de ingenio ni de desparpajo; _tupé_, que dicen otros. Para todos habría que hacer allí.
De mujeres (éstas eran de elección suya exclusivamente), pocas y malas; quiero decir, de buen pico y mejores tragaderas.
Y así se fue haciendo.
Cuando le anunciaban un presentado, preguntaba ella al presentante:
--¿Vale?
Respondíanla que sí.
--Pues que venga.
Y _valer_, en aquellas ocasiones, significaba ser cualquier cosa, menos hombre indigestamente grave, corto de genio, feo sin gracia, ignorante sin osadía, galán ruboroso..., y así por el estilo; porque allí, hasta el saber macizo y serio había de derramarse en dosis muy concentradas y con mucha sal y pimienta: todo menos la pesadez y la petulancia. Y _valiendo_, todo era lícito con tal de estar _bien hecho_; la grosería en las formas estaba igualmente proscrita. En el pensamiento, no tanto.
Dicen los que lo conocieron, que _aquello_ tuvo que oír... y que ver; y lo llamo _aquello_, porque no sé qué nombre darlo. La marquesa, por llamarlo de algún modo, lo llamaba _tés íntimos_; pero es lo cierto que aunque todas las noches del invierno, ya muy cerca de la madrugada, había ese _té_ en su casa, _aquello_ no tenía horas fijas ni aspectos determinados, y chisporroteaba de mil modos: entre pocos, entre muchos, en tertulia plena, con media docena de _ellos_ convidados a comer, o con otros tantos al humor de la chimenea a cualquier hora de la tarde. Más que té, era al modo de sierpe de muchas cabezas que alcanzaba con la punta de la cola a muchas cosas y a muchas partes..., hasta las casas de Leticia y de Sagrario. Porque estas dos criaturas de tan buen estómago, en cuanto lo cataron en la de la marquesa pidieron el turno correspondiente; y no era cosa de que las desairaran aquellos hombres tan corteses y campechanos de suyo.
Como en estas reuniones de imponderable confianza se vivía en perpetuo comercio de malas intenciones, de malicias y de travesuras de lenguaje, el natural ingenio de la marquesa adquirió gran desarrollo, y su bien acreditado humorismo se empapó en nuevos y más _picantes_ jugos. Llegó a tener _frases felices_ y a pintarse sola para crucificar en una semblanza a un prójimo desventurado, o para hacer en otro marca indeleble con un dicho que repetía después _todo Madrid_. De aquella fábrica salieron tantos y tantos que aún continúan siendo famosos entre las gentes encogolladas, vagabundos de levita y estudiantes desaplicados.
Por entonces comenzó a llamársela _la Montálvez_, llaneza que acreditaba su bien adquirida popularidad, como en otro tiempo la había acreditado, entre la juventud de rechupete, otra llaneza, algo más fina y culta: _Nica Montálvez_. Lo cierto es que Madrid se llenó de _cosas_ de _la Montálvez_, y que hasta las que rodaban por tertulias y cafés sin madre conocida, se le atribuían a ella. Privilegio de las popularidades bien fundadas.
Su casa, por las gentes que la frecuentaban, llegó a ser registro exacto de los secretos pecaminosos, hazañas y picardías de _todo Madrid_: allí se conocía la clave de los misterios, chicos y grandes, de la política fullera, y el hilo de muchas marañas inexplicables de la Hacienda pública; había palancas para remover obstáculos que las gentes _legas_ conceptuaban irremovibles, y el don de muchos prodigios de fortuna en todas las carreras del Estado, que dejan atónito y confuso al vulgo sencillote.
Los maldicientes que se creían mejor informados, referían de _las tres Gracias_ verdaderas enormidades en los corrillos del público voraz. _Las tres Gracias_, y por añadidura _en conserva_, eran las tres _viudas verdes_: en una palabra, _la Montálvez_ y sus dos amigas Leticia y Sagrario. De cada una de ellas se contaban anécdotas que ardían; caprichos libidinosos que traían su filiación de la Roma corrompida de los Césares.
No niega fundamento la Montálvez a estos rumores, pero se sacude violentamente de ciertos _hechos_; y quiere que conste que todos los comprobables de aquel calibre pertenecen a Leticia y a Sagrario. La misma salvedad hace con respecto a los _dichos_. De éstos, unos eran referentes a personas y otros a cosas; unos, al modo de dictámenes; otros, al de motes y semblanzas; los había cruelmente ingeniosos, y los había también indecentes. Se atribuye gran parte de los primeros; pero rechaza hasta con asco la propiedad de los segundos.
Y la creo, no solamente por el valor con que se acusa de otras cosas bien graves, sino porque había en su naturaleza un componente pudoroso que la impedía ser grosera: y hasta como pecadora, lo fue sin el aguijón del apetito; y por eso quiere que se la tache por _lujo de pecar_, pero no por _lujosa en el pecado_. Lo primero no edifica, seguramente; pero tampoco degrada ni corrompe tanto como lo segundo.
Por ese lado se explica también que, entre las tres cómplices de estas fechorías, fuera ella la que se cansó primero, o, mejor dicho, la única que se cansó; porque las otras dos no se cansaron pizca: al contrario, deshecha la mancomunidad que sostenía a las tres en cierto orden de equilibrio, cayeron Sagrario y Leticia, por su propio peso, despeñadas hasta lo más hondo, aunque cada cual a su manera: Sagrario fue siempre la mujer de los caprichos estrepitosos; Leticia el modelo de las caprichosas solapadas y de las amigas temibles. Se la atribuían hasta perfidias de tan mala casta, que rayaban en crueldades. Serían o no serían ciertas: la marquesa cree que sí, porque tuvo grandes y especiales motivos para no dudarlo.
Como tampoco duda, antes confirma terminantemente, lo que ya sabíamos por Manolo Casa-Vieja: que era muy avara; pero, según la marquesa, avara de la peor especie: tenía el vicio del trapicheo, y media docena de _comadres_ negociando de su cuenta, por las casas de vecindad, sus vestidos de desecho y hasta los trastos de la cocina. En este bajo comercio era tramposa y desleal; y se desvivía y aguzaba el ingenio por el gusto de robar media peseta a una chula en un dije de similor. Creíase que eran muy mal adquiridas muchas cosas de mérito que se admiraban en su casa, particularmente obras de arte; y maravillaba el lujo de raterías que se daba por empleado para apoderarse de ellas. ¡Y esta mujer tenía un caudal enorme y era espléndida en sus gastos! Hay muchas almas de alquimia que tienen roñas así.
Volviendo a la marquesa, digo que ese azaroso tramo de su vida pecadora duró seis años.
Guzmán, que era por entonces un señor bastante gordo y entrecano, pero siempre de _gran ver_, iba poco, muy poco, por la casa de su amiga; y cuando iba, era para reprenderla.
--Te empeñas en que te oiga--la dijo más de una vez--, y al fin te oirá. Y aunque no llegue a oírte, por el rastro que va dejando aquí la vida que haces, tendrá que conocerla.
--Es el último estruendo de ella--respondía la pecadora sonriendo--. No lo dudes: estoy preparándome para ser juiciosa.
De tarde en cuando desaparecía por una temporadita para visitar a Luz. Dos veces la trajo a Madrid durante aquellos seis años, pero por muy pocos días; y entonces fue su casa un modelo de sosiego y de buen orden. Se la presentaba a sus amigas menos temibles, y la llevaba consigo a algunos sitios de recreo.
Entre la primera y la segunda venida a España dio Luz un _estirón_ que sorprendió mucho a su madre. La encontró hecha una mozuela que _se salía_ de sus angostos hábitos de colegiala. Se lo hicieron notar también sus amigas de Madrid; y la dijeron que era un pecado mortal no vestirla ya «de señorita» y no sacarla del encierro donde no parecía bien.
La marquesa comprendía demasiado que sus amigos tenían razón; pero ella las tenía también muy respetables para echar por otros caminos diferentes; y por eso llevó a Luz a Francia otra vez, donde nunca había estado como verdadera colegiala.
Desde este viaje es cuando apareció la Montálvez notablemente transformada.
Con disculpas bien buscadas, fue disolviendo sus _tés íntimos_ y sus tertulias _verdes_, y escatimando su asistencia a las de sus amigas. No por ello se hizo huraña ni melancólica; pero si muy escogida en las personas para el trato continuo, y muy sobria en los recreos de puertas afuera.
Rebasaba ya bastante de los cuarenta años: había dado de repente el _bajón_ de que no se libra bicho viviente, por mucho que se emperejile y se _defienda_; y a este fracaso se atribuyó la retirada, creyendo que la Montálvez se apresuraba a dejar el mundo antes que el mundo la dejara a ella.
No era cierta la suposición ni bien fundado el motivo. A la marquesa le quedaba todavía un otoño muy agradable que explotar, si hubiera querido apurar las cosechas hasta la vendimia inclusive. Contaba aún con muchos, con muchísimos golosos; porque más varios que las estaciones de la vida son los gustos de los hombres viciosos y desarreglados. Dijéranlo, si no, sus compañeras de glorias y fatigas mundanas, Sagrario y Leticia: más invernizas y deshojadas que ella iban poniéndose, miradas a buena luz, y aún triunfaban y lucían y se consideraban a lo mejor del camino, soñando, porque volvían la espalda al invierno que las espantaba, que corrían hacia la primavera.
No se fundaba, pues, la resolución de la Montálvez en aquel fracaso de su belleza, aun que coincidió con él.
Ya se sabe que no estaba formada del peor de los barros posibles; que no entraba el vicio como verdadera necesidad en su naturaleza, y que, aunque la divertía ser viciosa, no la _llenaba_. Desde que nació su hija, luchaban en ella dos pasiones que se aborrecían como el perro y el gato, una buena y otra mala: la de madre escrupulosa y amante, y la de mujer de mundo, alegre y despreocupada. Mientras la hija estuvo en edad de vivir escondida, la madre pudo entregarse de lleno a sus placeres mundanos; pero llegada la hora de traer a Luz a su lado, tenía que decidirse por el gato o por el perro; y esa hora llegó, y la madre escrupulosa triunfó sin lucha de la mujer liviana. Cierto que Luz estuvo en el escondrijo dos años más de lo justo; cierto que el momento de decidirse la madre ocurrió en aquella crisis de su edad y después de un hartazgo de desórdenes que bien pudiera tomarse por el hartazgo de Marta; cierto es igualmente que en estas _coincidencias_ hay base sobrada, tomando las cosas en su primer aspecto, para la suposición de las gentes; pero es la pura verdad también lo que yo afirmo con el testimonio de la marquesa misma, y a esta opinión hay que atenerse.
Puede haber quien pregunte: «Y si el momento de decidirse hubiera ocurrido cuando tenía la marquesa seis años menos, ¿por cuál de las dos pasiones se habría decidido?»
Paréceme la pregunta un exceso de curiosidad y un lujo de mala fe; pero conste que yo me inclino a lo más favorable para aquella dama, cuyo desmedido amor a su hija daba para ello y otro tanto más.
Volviendo a lo que importa y dejándonos de escarbar tan adentro, porque, si a eso fuéramos, sabe Dios qué cosas se hallarían en el alma de muchos que creen tenerla como los ampos de la nieve, digo que la transformación de la marquesa después de llevar a Francia por última vez a su hija fue tan de veras, que no se contentó con deshacer sus tertulias y despejar la casa de gentes nocivas a la buena moral, sino que, en cuanto la puso en orden, se consagró a orearla y a limpiarla de todo rastro de impurezas. Hasta de sus propios resabios trataba de sacudirse, se le figuraba que de sus fechorías más recientes le quedaban algunos en el estilo, y temía que por aquellas espumas se descubrieran, las pasadas tempestades. ¡Mujer más singular!
Estos preparativos duraron cerca de dos años, y aun con este paréntesis no se creía bastante alejada de sus últimas locuras para no temer que, cuando menos lo pensara, se le prendiera alguna en el vestido.
Durante este tiempo hizo una visita a Luz. ¡Cómo iba completándose aquella criatura! ¡Con qué amor iba la naturaleza formando a la mujer sobre la armadura de la niña!
A Guzmán le gustaba mucho ver a la marquesa tan afanada en aquel esmero de policía doméstica.
--¿Te parece bastante?--solía preguntarle ella.
--Todavía no--respondíala él.
Y en eso estaban.
Un día, después de hacerle ella la misma pregunta, se quedó Guzmán pensando mucho la respuesta.
--Voy sospechando--le dijo la marquesa--que nunca te ha de parecer esta casa bastante purificada.
--¿Por qué?
--Porque eres hombre de buen olfato; y mientras estés tú en ella, siempre has de hallar tufo de peste. Es el único que anda ya por aquí... en cuanto tú vienes.
Sonriose Guzmán y respondió, poniéndose el sombrero para marcharse:
--Puede que tengas razón... Vete, vete cuanto antes por ella.
Y muy pocos días después salió de Madrid la marquesa para traer de Francia a su hija.
VIII
Luz tenía diez y ocho años cuando su madre se decidió a sacarla para siempre de su escondrijo. A ésta le remordía algo la conciencia, por parecerle demasiado larga la prisión; a la prisionera le daba lo mismo irse que quedarse, si es que no prefería aquella vida de invernadero en que se había desarrollado, a las intemperies de un mundo que desconocía.
Grandes fueron los temores y sobresaltos de la marquesa, como ya se dijo, cuando por primera vez tomó en sus brazos a su hija; pero fueron mucho más grandes al trasponer las puertas de su encierro con ella, ya mujer, y mujer que parecía modelada en la mente de un escultor enamorado. Tan singular era su belleza. De niña la conocimos recibiendo las caricias de Guzmán; y también sabe el lector, bajo la fe de nuestra palabra, que tres años después todo había crecido en ella con prodigioso equilibrio: lo físico y lo moral, las perfecciones del cuerpo y las del alma. Pues a los diez y ocho era eso mismo, en las debidas proporciones.
Vida de invernadero hemos llamado a la suya, y es la verdad en casi todo el rigor de la frase: como lo es también que marquesa, atenta sólo a lograr determinados fines, acertó sin proponérselo, dando a aquella excepcional naturaleza el único medio en que podía desenvolverse sin deformarse. No a todas las plantas conviene el cultivo al aire libre y a cielo abierto. En lo humano, era Luz una de estas plantas. No es de extrañar que al salir de su estufa sintiera la impresión de otro ambiente más frío, y que esta impresión no le fuera agradable.
Hay que decir algo sobre la realidad envuelta en estos simbolismos de jardinería, para que el lector no extravíe su juicio sobre el carácter que debe conocer a fondo entre la hojarasca de las imágenes. Hablábamos del mundo al cual iba Luz a salir de pronto y por primera vez, y casi aseguraba yo que esta salida no era muy de su gusto, o, cuando menos, que no la necesitaba...--Y, entre paréntesis, quiero que valga este ejemplo, que es el que hallo más a mano, por otros cien que pudieran citarse para pintar el modo de ser de la hija de la marquesa de Montálvez en la ocasión de que se trata.--Por razones que se conocen, la habían dicho cómo era el mundo que a ella le convenía imaginar, no el que en realidad le estaba destinado: un mundo que no era bueno, aunque no tan malo como el que le ocultaban; pero, al cabo, era un mundo práctico, con sus hombres y sus mujeres, y sus cuestas abajo y sus cuestas arriba; el mismo que ella veía por los resquicios de su encierro, y en las historias que aprendía para instruirse, y en los pocos libros de imaginación que se le daban para entretenerse. Y todo esto sería verdad, pero le gustaba muy poco; no porque adoleciera de sensiblerías románticas, sino por razones bien opuestas: por obra de aquel equilibrio prodigioso que existía entre todos los elementos que la constituían, de cuerpo y de alma.
En aquel conjunto todo era paz, armonía y sosiego, y cabía el sentimiento de todo; pero no la pasión por nada sin el concurso de un agente perturbador que rompiera el equilibrio; el cual agente había de venir de afuera, porque dentro no había lugar para él. En otra criatura formada de distinto barro, el cultivo artificial o de invernadero, como hemos llamado al de Luz, hubiera producido contrarios efectos, porque en lo común de la naturaleza humana, las veladuras sobre los ojos son alicientes de los deseos y despertadores de la curiosidad; pero en una pasta tan dúctil y placentera como la de aquella niña, el artificio de su educación moral contribuyó grandemente a la perfección casi mecánica de la mujer; mecánica en cuanto a la estructura, digámoslo así, a la trabazón de las piezas componentes de su ser moral, no en cuanto a las funciones del conjunto, que éstas ya dependían de la pasta fundamental, del temple nobilísimo del alma, obra de un Artífice más alto.
Quiero decir, antes que nos extraviemos entre sutiles metafísicas, que aún me parecen más inextricables que los laberintos de la botánica, que Luz, con su equilibrio de agentes íntimos, no era un reló que _andaba bien_, ni una soñadora que bebía vinagre y suspiraba por «el reposo de la tumba», sino una mujer de carne y hueso, con muy pocas ambiciones y muy apaciguados deseos; porque había en los ojos de su imaginación unas lentes que le presentaban los objetos exteriores con un colorido sumamente dulce y a una luz suave y tranquila, como la de un crepúsculo de otoño. Habituada a este modo de ver, no es de extrañar que la repugnaran los colores vivos y todo linaje de desentonos y de aberraciones, lo mismo en el orden físico que en el orden moral. Y así era lo cierto. Esto no impedía que Luz estuviera dispuesta a tomar lo que la dieran; pero, autorizada para elegir, muy pocas veces se decidiría al gusto de las mujeres de su edad.
Apurando el ejemplo que tenemos entre manos, he de añadir que esto del mundo del que tanto se la hablaba y que ella hubiera adivinado aunque nada le hubieran dicho, porque la humana naturaleza es una parlanchina que todo lo descubre, y, más o menos recio, habla a la imaginación, aunque se la pongan candados en la lengua y se la confine a las soledades de un desierto; que esto del mundo, repito, la dio bastante que pensar desde que traspuso las fronteras de la niñez y entró con paso más firme y con doblados alientos de vida y con mayores fuerzas de visión, en los términos de la juventud.
¿De qué la servía, si no todo, la mayor parte del mundo que iba columbrando, y además le descubrían en libros y en advertencias de palabra?... De maldita de Dios la cosa para las especiales ambiciones que la dominaban y las cortas necesidades que sentía. Sí a ella la hubieran dicho: «Forma uno a tu gusto y para tu exclusivo recreo, donde vivas en cuanto salgas de aquí», ¡qué cosa tan distinta de lo que le esperaba hubiera construido!
Por de pronto, nada de multitudes humanas, ni de ruidos incómodos, ni de hacinamientos de casas formando calles sombrías y angostas; nada de ceremoniales mentirosos para cultivar amistades que no se necesitan entre personas que no se pueden ver; ni de espectáculos públicos, en los cuales se exhiben las gentes embanastadas de medio abajo, y en ringleras, como muñecos de escaparate; nada de sonrisas forzadas, ni de saludos maquinales, ni de corsés muy apretados; nada, en fin, de ese cúmulo de esclavitudes y de molestias en que viven las gentes «bien educadas», cuando se dice de ellas que hacen una _vida regalona_. Luz se hubiera contentado con muchísimo menos: con un pedacito del mundo, precisamente de la parte de él más desdeñada de las gentes mundanas; algo así como cuadro de primavera campestre: praderas rozagantes, copudos robles, matas de rosales, senderos blandos y retorcidos entre los árboles y los rosales y las praderas; un sol cernido a través de las espesuras; fuertes contrastes de luz y sombra; rumor de brisas en el follaje y de aguas fugitivas entre márgenes de madreselvas y laureles bravíos; pájaros cantadores, y en lo alto, pero no lejos del río, sobre una base de roca blanquecina medio envuelta entre carrascas, hiedras y escaramujos, una casita, no como la choza rústica y grosera de los idilios, no tanto: podía ser un _chalet_ muy cómodo y muy lindo, hasta con su salita de estudio y un buen piano en ella, y un terradillo desde el cual se descubriera una gran parte del panorama y se entrara en tentaciones de recorrer lo que no se veía...
La segunda vez que se asomó Luz con los ojos de su imaginación a esta azotea (porque este cuadro primaveral no fue obra de un acaso ni contemplado un día solamente), descubrió, ¡extraño suceso!, al alcance perfecto de su vista, junto a un árbol de los más próximos al río, una _figura_ que ella no había puesto allí. Se atrevía a jurarlo. Era la de un hombre en lo más verde y lozano de la juventud: gallardo de cuerpo y hermoso de cara; poco bigote todavía, pero muy negro, como los ojos y como el pelo, suelto y abundante; muy bien ataviado, pero no compuesto.
¿Debía Luz borrar aquella figura del cuadro, solamente por no ser obra suya? Fueran cuales fuesen su procedencia y su destino, el detalle inesperado _componía_ muy bien donde estaba; y _componiendo_ bien, no debía borrarse. Además, aquellos fondos, aunque bellos, eran demasiado para una mujer sola. Podía llegar a sentirse allí hasta el miedo, porque la soledad es imponente, por hermosa que sea; y aunque no se llegue al miedo, las impresiones recibidas en la contemplación de lo bello no se completan si no son comunicadas con alguien; y hasta se daba el caso entonces de que aquel mancebo, por la expresión de su mirada intensa, la dulzura de su sonrisa y lo varonil de su persona, parecía la encarnación del sentimiento, de la bondad y de la fortaleza; como que metida ya Luz de plano en estas fantasías hasta se le antojó (salvando la irreverencia que creía cometer en la comparación) que el tal mancebo podía pasar, donde estaba, por algo así como arcángel guardador del misterioso paraíso. ¡Si _compondría_ bien la figurita en el punto del cuadro en que había aparecido «de repente»!