La Montálvez

Chapter 17

Chapter 174,162 wordsPublic domain

--De manera que si no me precede a mí la recomendación de nuestro amigo el señor Guzmán, Dios sabe a qué presidio destina usted mis pretensiones, después de oír lo que con tanta franqueza le he declarado hace un instante.

Atarugose un poco don Santiago con la observación de la marquesa, y miró hacia su mujer, la cual le socorrió con una ojeada que quería significar: «¡Ahí le duele a la bribona!... ¡Duro en ella!» Por fortuna, no era tan áspero de veta el uno como la otra, y esto libró allí a la elegante dama de que la pusieran entre los dos para pelar. Lejos de ello, don Santiago, temiendo haberse corrido demasiado allá en sus palabras, y reparando por primera vez en que había, aunque remota, alguna semejanza entre los casos maldecidos por él y el caso de la marquesa, se apresuró a responder:

--Nada hay en el relato de usted, mi distinguida y respetable señora, que merezca esa pena tan dura. Gastar en ocasiones un poco más de lo que se puede, no es una virtud, ciertamente; pero tampoco un horror de esos horrores de que yo hablaba. Las cosas en su punto. Conviene distinguir, y es de justicia que se distinga. La recomendación del señor de Guzmán nos ha abreviado el camino, sin duda alguna; pero le aseguro a usted que sin ella hubiéramos llegado también al punto a donde desea llegar la señora marquesa, y le aguarda para recibir sus órdenes este su inútil servidor.

--Acepto de todo corazón la excusa, señor Núñez--respondió la dama con una sonrisa que confirmaba la sinceridad de lo que decía--, hasta como modelo de excusas corteses y delicadas...

La Esfinge cortó aquí los cumplidos con el espadón de su palabra de hierro, y lanzó a su marido otra ojeada con la que le pedía estrecha cuenta de aquellas sus debilidades. La marquesa se dio por entendida con un movimiento de cabeza dirigido a la mujer, tan lleno de donaire como de mala intención, y dijo, volviéndose hacia don Santiago, que estaba en ascuas con las genialidades de aquélla:

--¿Me permite usted que concretemos un poco más el punto de mis pretensiones para que nos entendamos mejor?

--Repito a la señora marquesa que estoy enteramente a sus órdenes.

--Figúrese usted que yo necesitara dentro de ocho días..., mañana..., hoy mismo, una cantidad determinada...

--¿Cuánto? Porque, como he tenido el honor de advertir hace un momento a la señora marquesa...

--Por lo mismo que no lo he olvidado, iba a fijar la cantidad cuanto usted me ha interrumpido. Pongámosla en números redondos: tres mil duros.

--Puedo con ellos, y los tendría usted.

--¿Garantías?

--La firma de la señora marquesa, y nada más, con el plazo que desee y el interés que ella marque, si le parece mucho el seis por ciento.

--¿Y si me viera yo precisada, más adelante, a acudir a usted con idéntico motivo que hoy?

--En ese caso, señora marquesa, sucedería, sobre poco más o menos, lo mismo que está sucediendo ahora.

--¿Y si continuaran mis visitas a esta casa por no cesar los motivos?

--Ya sabe la señora marquesa que, sin la enfermedad que me impide salir de aquí, la hubiera ahorrado yo la molestia de visitarme.

--Muchas gracias, señor Núñez; pero es igual para mi ejemplo que yo le visite a usted, o que usted me visite a mí.

--Concedido.

--¿Y bien?

--En castellano claro y por derecho, señora marquesa, pues creo haber penetrado la intención de usted al hacerme esas preguntas: yo no la he de malvender a usted jamás sus propiedades: en primer lugar, porque no la considero capaz de abusar de mi buena fe hasta el punto de arrastrarme a aquel extremo, y después, porque, aunque lo fuera, tampoco lo conseguiría.

--¿Por qué?

--Porque abusando, abusando... En fin, señora marquesa, ya he tenido el honor de manifestar a usted hasta dónde me interesan las necesidades del prójimo, y desde dónde comienzan a parecerme abominables, y cuál es mi modo de proceder en cada uno de los casos.

--Pues bien, señor Núñez--dijo entonces la dama con inequívoca lealtad--, he querido estirar el ejemplo hasta este límite, porque en eso mismo con que otra dama, por un falso pundonor, se ofendería, hallo yo un goce que jamás he saboreado.

--No me lo explico.

--Ni es fácil, porque entre ustedes, quiero decir, entre las gentes de su condición de usted, lo que yo he encontrado aquí no es un hallazgo.

--Si usted se explicara más, señora marquesa...

--No hay para qué, señor don Santiago. Yo me entiendo bien, y esto sobra para mí. Para usted, bástele la seguridad de que no he de encomendar a la justicia el trabajo de liquidar las cuentas entre ambos. Podré ser gastadora, pero no desagradecida.

La Esfinge la miró entonces con ojos de curiosidad. Parecía sentir temores de hallar algo bueno en aquella mujer. De pronto la preguntó:

--¿Ha perdido usted algún hijo?

Como si estas palabras fueran un rayo que la marquesa hubiera visto sobre la cabeza de Luz, contestó estremeciéndose toda:

--¡Ni Dios lo permita!

--Parece que duele ahí--repuso la Esfinge, bajando otra vez la mirada a su calceta--, y sólo con el supuesto. ¿Cómo será el dolor cuando los hijos se mueran de veras!

--¿Le ha sentido usted, a lo que veo?--se atrevió a decir la marquesa, medio aturdida bajo el peso de aquel inesperado incidente promovido por tan extraño ser.

--Nueve veces, señora--respondió tétrica, sepulcralmente, la Esfinge--; nueve... ¡nueve mil puñaladas! Para las últimas, no había en el corazón un sitio sin una herida ensangrentada.

Ya no le parecía a la marquesa tan fea ni tan extraña aquella mujer. La carga de tales y de tantos dolores lo justificaba todo a sus ojos. Volviolos de pronto a don Santiago, sin atreverse a hacer a ninguno de los dos un a pregunta que se le escapaba de los labios; y como si la hubiera leído allí, dijo el pobre hombre:

--Nos queda un hijo solo... Eso sí: vale, por bueno y por gallardo, los nueve que le han precedido, por mucho que éstos valieran; pero por lo mismo que es solo y vale tanto, ¡qué miedos tan horribles de perderle!

--O de que se _pierda_, ¿no es verdad?--añadió aquí la marquesa, con un vigor de acento y de mirada que sorprendieron a la Esfinge misma.

--¿Cuántos tiene usted?--la preguntó ésta.

--También uno solo... Una hija.

--Pues no eche usted en olvido--continuó la mujer sombría--que el honor de las hijas depende del buen ejemplo de las madres.

Don Santiago acudió rápidamente a suavizar el efecto que esta nueva aspereza de su terrible mujer pudiera haber causado (y causádole había muy hondo) en la marquesa, dando otro giro al diálogo.

--Pero aún es usted muy joven--expuso con la mejor de las intenciones y el más desastroso de los éxitos.

--Después de haberse casi solemnizado un contrato entre los dos, no debía usted ignorar que... soy viuda.

Esto tuvo que responder la dama, con iguales repugnancias que si descubriera con ello toda la urdimbre de aquel tejido de enormidades que se llamó su casamiento, con sus cenagosos y consiguientes antecedentes.

--¡Bestia de mí!--exclamó el sencillo burgalés, dándose con las dos manos en la frente--. ¡Pues no me había olvidado?... Perdone usted, señora marquesa, esta distracción, que, bien mirada, no es de extrañar. En oyendo hablar de hijos, ya está todo en mi cabeza patas arriba.

«¡Viuda y con ese pelaje y la vida que trae!...», dijo en sus adentros la Esfinge (que no había caído tampoco en lo olvidado por su marido, y no estaba tan obligada como él a recordarlo), y enviando el dicho a la marquesa en una mirada fulminante.

La marquesa había perdido el tino ya. No salía de un bochorno sin verse presa de otro mayor. Pensaba haber dado de improviso en la charca de sus pesadillas, y que aquel empecatado matrimonio se deleitaba en zambullirla en lo más hediondo de ella. Y era de admirar que el caso, con tanto como le dolía, no la indignaba contra nadie. ¿Por qué echar la culpa a quien no la tenía? La culpa estaba en ella, en ella sola, y el peso de esa culpa era lo que la turbaba y remordía. En aquel instante hubiera trocado su belleza, su juventud, sus galas y los encantos de su mundo, por la fealdad y la tristeza y la soledad de la Esfinge, si con todo esto le daba también el sosiego de su conciencia. Porque era una triste gracia que una señorona como ella lo pudiera todo, menos hablar de cosas tan triviales delante de un matrimonio de drogueros, sin caérsele la cara de vergüenza.

Por salir cuanto antes de esta mortificación, se levantó rápidamente de su asiento, y dijo con aire de querer echar el asunto hacia otra parte:

--Es harto triste esta materia, que a ustedes les trae muy amargos recuerdos y a mí muy negros temores. Dejémoslo aquí, si les parece; y pues que no me sobra el tiempo tampoco, tenga el señor don Santiago la bondad de decirme en qué quedamos de nuestro negocio.

--Pues en lo dicho, señora marquesa, si usted no dispone otras bases más a su gusto.

--Yo acepto cuantas usted estime por buenas y equitativas.

--Pues el día en que usted necesite el dinero, me pasa una esquelita por persona de su confianza, diciendo cuánto y por qué tiempo; le envío yo la suma en efectivo con el documento para que tenga usted la bondad de firmarle; me le devuelve después... y santas pascuas. No necesita usted incomodarse.

--Es usted un hombre incomparable, señor don Santiago; y yo nunca pagaré bastante a nuestro amigo el señor Guzmán el favor de habérmele dado a conocer.

--No haga la señora marquesa, a fuerza de elogios, que tenga yo que echarlos a mala parte. Estoy acostumbrado a mucho menos.

--Pues no le dan a usted lo que merece; y le juro que no le digo más que lo que siento. Deme ahora su mano por despedida... Gracias. Y perdone si se la oprimo tan de veras, porque nunca se ha creído tan honrada la de esta su buena amiga.

En seguida, y mientras quedaba el droguero como fascinado, con los ojos muy abiertos y la mano en el aire, volviose hacia la Esfinge; la hizo una elegante reverencia; y, sin acabar de enderezar el talle, salió por donde había entrado, acompañada de unos cuantos campanillazos que se oyeron, en virtud de otros tantos tirones que dio a un cordón la Esfinge desde su asiento, para que abrieran la puerta de la escalera; de un sin fin de excusas del complaciente Núñez, y de estas pocas palabras entre dientes, con que la droguera contestó al saludo.

--...serrrvir a usted.

En cuanto se quedaron solos don Santiago y su mujer, se levantó ésta y abrió las vidrieras del balcón.

--¿Qué haces, alma de Dios?--preguntola el pobre hombre, a quien asustaban entonces los aires colados.

--Purificar esto. ¿No hueles la peste?

--Tienes grandes virtudes, Ramona--la dijo su marido cubriendo la rodilla enferma con el faldón del gabán--; pero en ciertas debilidades, eres incorregible... y tremenda.

VI

* * * * *

Resabios de mis buenos tiempos de doncella pudorosa; algo que queda todavía en el fondo, entre las cenizas. Pues no pensaba yo que fuera tanto como para brotar al primer choque. Y ello es poco, pero molesto cuando aparece. Ya se irá apagando también..., porque señales de lo contrario no deben de ser. ¡A buen tiempo!... Sin embargo, no me resignaría a que ese pobre hombre me apuntara en su libro verde con suficientes motivos. ¡Vea usted cómo puede haber un grano de arena que cierre el paso a una mujer que nunca se ha detenido delante de una montaña!... Es raro eso... Pero ¡qué criatura aquélla! Yo he visto algo semejante en el teatro saliendo por escotillón, envuelto en un sudario... Un espectro. Eso es ella, con su misma lividez y con la misma voz y el mismo miedo que infunde. Y ¡qué ojos los suyos! Me parecía que con la mirada me iba sacando todas las ignominias de mi vida para arrojármelas al rostro entre maldiciones. Y el caso es que este temor me tenía sobresaltada. De este ser no me habló Pepe Guzmán. Y será capaz de decirme, cuando yo se le mencione a él, que es un saco de virtudes; y acaso tenga razón... ¿Cómo habrán podido amalgamarse dos naturalezas tan opuestas entre sí, como la del espectro y la de su marido, para formar un matrimonio ejemplar?... Porque yo vi señales de que aquél lo es. Otro caso raro... para mí, que no sé leer más que en un libro... Lo que no ofrece duda es que hasta en las personas que se creen más despreocupadas hay un fondo sensible que llega a lo romántico... Yo lo había observado en el público que se convierte en fiera en la plaza de toros, y se enternece en el teatro con las dulcedumbres de una comedia _ejemplar_. Hoy lo he experimentado en mi propia. A poco más que me apuren, me confieso de todas mis culpas delante de don Santiago Núñez, y arrojo mis arreos mundano! a los pies de su mujer... Y ahora casi me asombro de aquella flaqueza. ¡Qué contrastes tan raros!... ¿Cuándo estará en lo suyo la pícara condición humana? Porque tampoco tiene duda que somos masa dispuesta para todo; y hasta el espectro debe de ser de la misma opinión, cuando me dijo que «el honor de las hijas depende del buen ejemplo de las madres». Me parece que fue esto lo que me dijo. Lo recuerdo bien, porque me dolió muy adentro... Otro caso raro: somos del mismo parecer el espectro y yo en lo tocante a la educación de los hijos; nos espantan igualmente los temores de sus extravíos, y usamos procederes diametralmente opuestos en el modo de vivir. Sin embargo, me parece que aquí la lógica está con ella más que conmigo... y Dios también... Pero ¿no se ha convenido en que somos «barro frágil», y en que a la edad y a las circunstancias (¡pícaras circunstancias!) hay que darles lo que les pertenece, y dispensarlas por lo que se llevan de más? Pues he ahí mi caso. Yo vivo como vivo y soy lo que soy, porque no puedo ni debo vivir ni ser de otra manera. Por este lado me arrastran las «circunstancias» y las inclinaciones, obra de ellas; y por este lado me dejo arrastrar... hasta donde me lleven. Nada de ello impide que yo reconozca las ventajas que tienen otros caminos sobre este camino mío: bien a la vista está que no cabe punto de comparación entre una madre como yo y otra madre de esas que pueden hablar delante de un matrimonio honrado, sin sonrojarse, de los secretos de su hogar, y ofrecerse a sus propias hijas por modelo de conducta. Yo no puedo hacer nada de esto, y bien sabe Dios las angustias que me ha costado hoy en casa del espectro, y las que me cuesta en la mía a cada hora, desde que vino mi hija a ella..., pero ¿qué remedio tiene? El barro y las circunstancias lo piden así... y adelante con la vida hasta que no se pueda con ella. Por fortuna, o por desgracia, no voy sola por estos derroteros.»

Así discurría, sobre poco más o menos, la marquesa de Montálvez dos horas después de salir de casa de don Santiago Núñez, mientras se desnudaba... para vestirse otra vez con mejores galas, antes de sentarse a la mesa, porque aquella noche le correspondía el turno en _el Real_, cuya temporada había de concluir pronto; con lo que se declara que había empezado ya la primavera, húmeda y desapacible, por más señas.

Apunto este detalle, porque sólo aguardaba la marquesa a que el tiempo _sentara_ para emprender el viaje a Francia con su hija. Todo lo tenía dispuesto y preparado ya para marchar a cualquier hora, y Luz esperaba el recado en su colegio. No debía volver a casa ya sino para entrar por una puerta y salir por otra, como suele decirse.

La marquesa había elegido esa estación del año, porque se prestaba mejor que otra a sus intentos.

No había motivo racional ya para dejar a Luz en Madrid un verano entero, ni su madre podía resignarse a pasarle en la calle del Barquillo, ni tampoco a viajar con el estorbo peligroso de su hija; y como a ésta lo mismo le importaba entrar en el nuevo colegio con la primavera que con el otoño, la marquesa había preferido la primavera, de la cual pensaba hacer algo como prólogo de su excursión de verano; excursión _planeada_ hasta la nimiedad, durante el invierno, con Leticia y con Sagrario, que habían de representar grandes papeles en ella.

Y llegó el día esperado; y la marquesa recogió su tesoro del escondite de Madrid, y le trasladó al otro escondite que le tenía preparado en Francia. Y al guardián de allí, casi los mismos encarecimientos y advertencias que al guardián de acá. No era ya prudente ni posible sostener a Luz en completa ignorancia de su categoría social; pero, en cambio, convenía redoblar el empeño para que desconociera los usos y más salientes costumbres de la _clase_. Que se habituara a considerarlos sometidos a las reglas generales de la ordinaria vida social; y de este modo, cuando no pudiera evitarse que los conociera, por sí misma, sería obra fácil convencerla de que todo lo malo que la sorprendía por inesperado, era excepción de la regla; y con esto bastaba, por de pronto. Las demás advertencias, ya lo he dicho, como en Madrid: pocas retóricas, buena moral, escogidas amistades, «el Dios de los pobres» y un buen equilibrio entre la salud del cuerpo y la del alma. Otra variante que se me olvidaba: no fue tan penosa la despedida de la madre en Francia como lo había sido en Madrid, después de encerrar a su hija. Cuatro años de separación la habían ido acostumbrando a vivir lejos de ella con sosiego.

Cumplido este importante negocio, a París con la doncella, con la de marras. Un mes pasó allí. ¿Qué hizo? Contra su costumbre, está poco explícita la marquesa en este pasaje de sus _Apuntes_: acaso porque la materia no daba de sí para cosa mejor; quizás por todo lo contrario. De todas maneras, es de extrañar este laconismo de nuestra heroína, que sabe entretener la pluma en asuntos bien insignificantes, y no se muerde la lengua cuando tiene que declarar faltas enormes. Pero en materia de escrúpulos, ¡hay tantas rarezas incomprensibles!

Quien pudiera sacarnos de la duda era su doncella; pero ni la conozco, ni existe, que yo sepa, la historia de su vida y milagros.

Lo único que hace saber terminantemente la marquesa, es que al acabarse mayo llegó Sagrario a París, según lo convenido entre ambas; que pasaron juntas quince días en aquella capital, «bien disfrutados» (textual), y que se fueron después a Viena para reunirse con Leticia, según lo convenido también.

Y vean ustedes otra prueba que yo creo tener de que lo de París no sería cosa mayor, por lo mismo que se lo callaba la marquesa, en la despreocupación con que da cuenta, aunque no minuciosa, de todas las restantes aventuras de su viaje desde que se reunieron las tres amigas en la capital de Austria. Allí se pertrecharon, como quien dice, de nuevos alientos y propósitos, y de allí salieron para hacer una verdadera _razzia_ por todo lo más cogolludo de la Europa elegante, unas veces juntas, otras separadas, según «las circunstancias y las necesidades»; pero siempre en cabal inteligencia, como divisiones aguerridas y bien disciplinadas de un mismo ejército. ¿Por qué fue Viena el punto de partida, y no París, verbigracia? ¿Por qué se reunieron las tres aventureras en aquella ciudad austriaca y no en esta francesa? La marquesa culpa de esta singularidad, que no la desagradó, a la caprichosa y siempre impenetrable Leticia.

El hecho es que de allí salieron, como pudieron haber salido de otro punto cualquiera, y que nunca como entonces pudo decirse con mayores visos de verdad, que por donde iban no dejaban _títere con cabeza_. Y yo creo que esto debe entenderse, siquiera en la mayor parte de las ocasiones, en el mejor de los sentidos; quiero decir, en él menos candente de cuantos quepan en la malicia del lector. Porque, según parece, hubo grandes estragos donde no son de temer los de cierto género. Los machuchos cancilleres, los estirados diplomáticos, los ministros _desposeídos_, los grandes agitadores expatriados, todo lo más alto, en fin, y lo más serio de las notabilidades europeas que _abrevaba_ en lo selecto de las aguas de nuestro continente, sintió, en más o en menos, el influjo diabólico del paso de los tres astros errantes; y es sabido que si no volvieron a Madrid con una reata de celebridades de tal calibre por tiro de su carro triunfal, fue porque no se les puso en el moño la ocurrencia.

De la índole de estos estragos deduzco yo que sólo se trataba, por las causantes, de una ostentación o alarde de travesura, nada increíble en tres mujeres hermosas, sin el freno del escrúpulo y en lo mejor de la vida.

En Ems, ya muy avanzado el verano, se halló la marquesa con Pepe Guzmán. No le gustó el hallazgo cosa maldita.

--A mi paso por Francia--la dijo sin preámbulos--he visto a Luz.

--¡La has visto?--exclamó la marquesa sin poder disimular la impresión desagradable que éste súbito recuerdo de su hija la produjo en la conciencia.

--La he visto, sí. ¡Qué hermosa, qué angelical está!... Me preguntó si sabía por dónde andabas; si estarías ya en Madrid; si te vería pronto yo...

--Y tú ¿qué la respondiste?

--Yo la respondí..., no lo recuerdo exactamente, porque estaba oyendo desde allí el ruido de tus ligerezas imperdonables, y temía que Luz le oyera también...

--¿Es cierto que le has oído?

--¿Pues de qué le conocería, si no?

--¡Qué temeridades, Dios mío! ¿Por qué hará _una_ estas cosas!--exclamó entonces la dama sinceramente espantada de su propia labor. De pronto se trocó su espanto en ira, y lanzó a la faz de su amigo estas frases:

--¡Y pensar que yo no había nacido para eso!, ¡que estoy en ello porque a ello me han arrastrado contra mi voluntad, y que la única persona que me pide cuentas de mi caída sea la que más fuerte me empujó para caer!

--¿Eso es un cargo para mí?

--Es un cargo para ti, porque no puede ser otra cosa cada grito que me arranca esta herida hecha por tu mano, y que no acaba nunca de cicatrizarse.

--¡Ay de ti y de tu hija inocente el día en que esa herida no te duela!

--¿Qué quieres decirme, consejero de Satanás?

--Que no cabe avenencia entre tus inquietudes de madre cariñosa y tus... locuras de mujer mundana; y que tienes que decidirte pronto por lo mejor, en la inteligencia de que ambas cosas dentro de ti no han de tardar en producir el mismo fruto que si te decidieras por lo más malo.

--¿Qué fruto?

--El que más temes, Nica.... y el que acaso mereces por castigo.

--¡Por castigo!... ¡Y me lo dices con una frescura como si tú no le merecieras más ejemplar todavía!

--¿Quién sabe si le estoy sufriendo ya!

--¡Tú!

--¿Crees posible que suceda lo que temo sin que resultemos castigados los dos?

--¡Siempre egoísta!... Vete, déjame en paz, y que suceda lo que Dios quiera.

--Esto significa que te espanta la verdad, y me alegro de ello.

--Di que me repugna en tus labios, y estarás en lo justo.

--Pero, al fin, siempre será verdad, y conviene que la reconozcas de vez en cuando.

* * * * *

Y este fue el único tropiezo que halló la marquesa de Montálvez aquel verano en el ancho, florido y dilatado campo de sus travesuras y regocijos de buen tono.

En París se separó de sus dos amigas; hizo una visita a Luz en su refugio, y gran acopio en ella de excelentes propósitos de enmienda, que se le entibiaron mucho con los aires del amino hacia su casa; y entró en Madrid, en septiembre, tan tranquila y sosegada como si no hubiera roto un plato durante el verano ni en todos los días de su vida.

VII

Desde aquí comienza un período que fue el más escabroso, si no el más largo, de los varios que tuvo la vida mundana de la marquesa de Montálvez. Según ella misma lo declara, tan escabroso fue, que él solo la daría para un libro entero, si se propusiera referir tan enorme catálogo de _cosas_. Pero da por sentado que el público madrileño conoce las más salientes de ellas y presume las restantes; y a esto se atiene para considerar ocioso un trabajo más desleído, porque valor y resolución la sobran para echar a la calle todas esas barreduras de su conciencia.