La Montálvez

Chapter 15

Chapter 154,210 wordsPublic domain

--Creyendo que esas resistencias son la capa con que se encubre para hacer su juego a mansalva. Ponderando mucho las dificultades, se justifican las innecesarias hipotecas, que han sido vuestra ruina y la de todos los perdularios. Para obtener cuatro en el momento, se hipoteca una cosa que vale doce o diez y seis. Llega el vencimiento; no hay con qué pagar lo prestado (lo cual sucede siempre que quieren los mayordomos, con la disculpa de los dispendios de sus señores), y se vende la hipoteca al desbarate. Esto es lo que se buscaba. Ya tiene el prestamista una finquita que vale doce o diez y seis, por poco más de cuatro; la cual finquita se distribuye después, en partes proporcionales, entre el que preparó el negocio y el que le _remató_; es decir, entre el mayordomo y el usurero...; más claro: entre Simón y su cómplice.

--Pero se le descubrirla el juego hecho así, por la prenda misma.

--No hay tal. Simón tomará su parte en dinero, para invertirlo en lo que mejor le parezca... Por eso es hoy más rico que tú.

--Pero un ladrón, si eso fuera cierto.

--¡Psch!; no sé yo hasta qué punto _obliga_ a serlo la ocasión en que se le está poniendo en esta casa tantos Años hace. Sea lo que fuere, y ya que no te resignas a no gastar más que tus rentas, ni te sea fácil desprenderte por ahora de ese hombre, a cuya mano estás hecha, es indispensable, ante todo, que sepas lo que tienes y lo que debes; y después, que cuando necesites dinero, te le dé un prestamista honrado, entendiéndote con él directamente y con la garantía de tu crédito.

--¿Y hay prestamistas honrados?

--Pocos, y yo conozco uno de ellos.

--Pues venga ese.

Guzmán sacó de su cartera una tarjeta; escribió con lápiz al respaldo de ella el nombre y las señas del domicilio del sujeto, y se la entregó a su amiga, diciéndola:

--Ahí está.

La marquesa leyó: «Don Santiago Núñez. Imperial, 15, 2º, derecha». Después dijo a su amigo:

--Está bien. Pues ahora voy a comenzar... por el principio. Las cosas, o hacerlas bien, o no hacerlas.

Y mandó llamar a Simón.

Se marchó Guzmán, y entró a muy poco rato el mayordomo.

III

Así estaban las cosas, con un pasito más que luego conoceremos, al invitar yo en los comienzos del capítulo precedente al lector amable y pío, a que me acompañara al nuevo domicilio de la marquesa de Montálvez. Reprodúzcole aquí la invitación; y puesto que no la desaira, vamos adentro con todas las cortesías y comedimientos del caso.

Hela aquí, bien iluminada por la luz directa de la calle, aunque templada por la interposición de vidrieras y cortinajes entreabiertos, en el instante de atravesar el saloncillo que separa su gabinete de la elegante pieza que le sirve de despacho. A ver si hay castellana de leyenda que mejor arrastre la fimbria de su vestido; ni que con más lindo ni mejor calzado pie hunda más gallardamente el espeso vellón de una alfombra; ni cuerpo en que mejor caiga una bata de paño de seda gris con encajes de Bruselas; ni curvas de más valiente trazo para lucir las hechuras de una prenda semejante; ni cabeza más airosa sobre cuello mejor colocado.

El despacho era una monada, por lo pequeño y lo primoroso. Parecía el interior del estuche de una joya. Oro, blanco, rosa y azul. No había más colores allí. Azul y oro, en el tapizado de las paredes; oro y blanco, en los muebles de menuda talla, estilo Luis XVI, y rosa, blanco y azul, en alfombras y colgaduras.

En la penumbra del cortinón medio recogido de la puerta de escape hacia el interior de la casa, aguardaba una persona, a la cual mandó entrar la marquesa un momento después de sentarse en el precioso sillón de su mesa de escribir. La persona que aguardaba en la penumbra del cortinón, manoseando suavemente un rollo de papeles, era Simón, que no se dobló en dos mitades al acercarse a su señora, como se doblaba al ponerse delante del difunto marqués, ni se notaron en su cara ni en su voz los reflejos y las inflexiones de entonces. Los tiempos habían cambiado y las circunstancias también; y lo que halagaba mucho ciertas debilidades del padre, no lo aceptaba, por instintivas resistencias, la hija. Simón lo sabía sin que nadie se lo hubiera dicho, y lo había tomado muy en cuenta para ajustar su conducta a los nuevos gustos. En lo demás, el mayordomo, fuera de las canas que habían acabado de blanquearle la cabeza, y cierto sello de contrariedad mal disimulada que se pintaba en su fisonomía, era el hombre de siempre, hasta con la misma ropa.

--La señora marquesa--dijo con voz segura, pero mansa y reverentemente, cuando se le autorizó para hablar--está servida en el encargo que se dignó encomendarme antes de ayer.

En esto, desarrollaba los papeles que traía en la mano, y volvía a arrollarlos en sentido inverso para que _perdieran el vicio_: eran unos cuantos pliegos en folio, metidos bajo una carpeta bien rotulada. En seguida puso el cuadernillo en manos de su señora.

--¿Está aquí todo lo que yo he pedido?--preguntó la marquesa volviendo la primera hoja.

--Todo--respondió el mayordomo, inclinando el busto sobre el papel y apuntando a la página con la diestra, medio extendido el brazo, siempre a cierta distancia respetuosa--. En el primer pliego hallará la señora marquesa la lista de todas las propiedades y valores de su pertenencia. (La marquesa volvió otra hoja.) En el segundo papel consta, por separado, cuáles de esas propiedades están libres y cuáles no, y qué gravamen pesa sobre cada una de las que no lo están. (Otra hoja vuelta por la señora.) En el tercer pliego verá la señora marquesa un estado comprensivo de la situación actual de los bienes libres, en producto, con algunas observaciones para la debida inteligencia. (Nueva hoja vuelta por la marquesa.) En el folio siguiente está bien especificado, y partida por partida, el número de cargas que pesan sobre los bienes hipotecados, su importe anual y vencimiento de la correspondiente hipoteca. (La marquesa volvió el quinto folio.) Y, por último, en la hoja restante, una sencilla comparación de lo que se debe, con los productos líquidos de lo que hay; y al pie, la diferencia a favor de la señora marquesa. Ajustándome a su expreso mandato, lo he puesto así, cosa por cosa y en papel separado cada una. Me alegraré de haber acertado.

--En efecto--dijo la marquesa--, está todo como yo lo mandé. Puede ocurrir hacer uso de algo de ello, y no hay necesidad de que nadie se entere de lo restante...¡qué tiene que ver! En substancia, y sin meterme ahora a sondar estas llagas de mi hacienda, que ya se hará también, resulta de este triste expediente que mis rentas hoy, reales y efectivas, no pasan de... doscientos sesenta...

--De trece mil duros mal contados--interrumpió Simón, sabiendo que el duro era la unidad monetaria que usaba la marquesa en sus cálculos y _libramientos_.

--¿Y con esta miseria hay que vivir y recobrar lo hipotecado, si no me resigno a perderlo?

--Es seguro, por triste que parezca.

--¡Bien se ha robado en esta casa, Simón, desde la muerte de mi pobre abuelo!

Simón aguantó esta acometida al pecho, con la imperturbabilidad de un soldado ruso; y como si el golpe nada tuviera que ver con él, dijo a su señora compungiendo bastante la voz:

--¡Cuántas veces previne al difunto señor marqués y a la también ya difunta señora marquesa, que cierto sistema de gastos llevaba los caudales a las manos de los usureros, y que caer en estas manos era punto menos que caer en una lumbre!... Después, quisiera yo que recordara la señora lo que costó la irremediable desgracia de su igualmente finado esposo: allí quedó mucho entre los escombros, y casi otro tanto en poder de la justicia, que no deja de ser fuerte de manos para agarrarse al dinero. También espero de la señora marquesa el favor de no haber olvidado algunas indicaciones que oportunamente me he atrevido a hacerla, en cumplimiento de mi honrado deber... De modo, y salvo el merecido respeto, que a este caudal todos han sido a rozarle (valga la comparación, si no ofende) y nadie a reponerle; y así, como sabe muy bien la señora marquesa, hasta las peñas se acaban.

La marquesa miraba de hito en hito a Simón mientras éste iba hablando; pero en Simón caían aquellas miradas, que no eran de miel, como chispas de pedernal en un montón de nieve. En seguida le dijo:

--Insisto en que se ha robado mucho en esta casa; mucho más de lo que se ha gastado en ella..., y hasta sé cómo se ha robado...

--Perdone la señora marquesa que, como administrador...

--El administrador, para cumplir con su deber, no ha hecho bastante con administrar... a su modo, sino que ha debido impedir que otros roben a sus amos..., a los que le daban de comer..., a los que le han hecho rico..., más rico que yo.

--¡Señora!...

--Lo dicho, señor administrador..., y dejemos aquí este punto escabroso, por ahora; que, entre los dos, no es a mí a quien más conviene que no pase adelante la porfía.

--Siempre acatando humildemente los mandatos de mis señores y dueños; pero, salvo el respetable parecer de la señora marquesa, quisiera yo..., me atrevería yo, mejor dicho, a suplicarla que se dignara tener en cuenta que cuando a un hombre, ya encanecido, le abonan treinta y ocho años, bien largos, de incesantes, aunque modestos servicios en una sola casa como me abonan a mí, se puede disculpar..., creo que es de necesidad y de justicia, que este hombre se muestre lastimado de cualquier expresión...

--¿Le han dolido a usted algunas de las mías?

--Si la señora marquesa me lo permite, le responderé que sí.

--Pues me alegro; y si el dolor es tal que no puede resistirle sin el remedio que pretende y yo no le he de proporcionar, queda usted libre, desde este instante, de ponerse en situación más independiente y segura. ¿Me comprende usted?

--Paréceme que he penetrado la idea; y por lo mismo, quiero decir, por el alcance que tiene, me atrevo a recelar que es la señora marquesa la que no me ha comprendido a mí... No quise llegar tan allá...

--Pues como si hubiera querido, o para cuando llegue..., y sin llegar, valga lo dicho, téngalo en cuenta y acabemos.

--Ordene la señora marquesa..., menos que se despoje a este viejo edificio de sus hiedras.

--¡También sentimental y culto! Pues me gusta la imagen, vea usted; aunque yo quizás la hubiera presentado al revés, por parecerme así más verdadera... Abreviando, señor administrador: lo que ordeno es que desde mañana, desde hoy mismo, no ha de haber en mi casa otro dueño de mi hacienda que yo. Usted continuará administrándola como hasta aquí, pero nada más que administrándola. ¿Comprende usted lo que esto quiere decir? Las cuentas, bien justificadas, cada tres meses; y para lo restante, quiero decir, para lo imprevisto, para lo extraordinario que pueda ocurrir, yo sola y como mejor me parezca.

--¡Oh!, si treinta años hace se hubiera tomado en esta casa tan sabia determinación, ¡qué ahorro de sinsabores para el leal administrador!

--¡Y qué ahorros para mí!... Pero ya no tiene remedio, y más vale tarde que nunca. A otra cosa. ¿Qué dinero tiene usted disponible?

--¿Para cuándo?

--Para dentro de seis u ocho días.

--Lo más indispensable para los gastos ordinarios de la señora marquesa..., si alcanza.

--Está bien. ¿Queda usted enterado de todo cuanto le he advertido?

--Perfectamente, señora marquesa.

--Pues hemos concluido.

Y con esto y un ademán muy expresivo, hizo entender al _sensible_ mayordomo que estaba de más allí. El cual mayordomo salió del despacho por la puerta de escape, casi andando hacia atrás, y sin que a la vista más sutil le fuera posible leer en su cara enjuta la impresión que le habían causado más adentro las palabras Y la determinación de su ama y señora.

Ésta, en cuanto se quedó sola, escribió una carta en un papel muy majo, muy recortadito en forma apaisada, muy perfumado y con la correspondiente corona por membrete; la metió en un sobre por el estilo, cerrole y copió en él lo mismo que había escrito con lápiz Pepe Guzmán dos días antes al dorso de su tarjeta. Llamó y acudió en seguida un criadito muy guapo y muy bien embutido en su media librea. Le entregó la carta y le dijo:

--Inmediatamente... y que aguardo la respuesta.

Que tardó una hora larga en llegar; porque el señor don Santiago Núñez estaba con un ataque reumático hacía una semana, y, aunque ya se levantaba, no podía salir a la calle: gracias que arrastrando, arrastrando, lograba llegar desde el dormitorio a su despacho. La rodilla, la pícara rodilla derecha, que no acababa de jugar los goznes como la otra, tenía toda la culpa. Pero si la señora marquesa tenía algún asunto apremiante que tratar con él, allí le encontraría a su disposición, a todas las horas del día y de la noche, la persona a quien la misma señora marquesa tuviera la dignación de encomendar el encargo..., porque él se creería muy honrado y satisfecho en servir a la señora marquesa, que tan recomendada le había sido por el señor de Guzmán... Y todo esto y todo aquello y algo más, se creyó obligado don Santiago Núñez a decírselo a la señora marquesa, y se lo dijo en una carta escrita a pulso y con reglero..., porque «a todo señor, todo honor».

Y la marquesa, aunque algo contrariada por la noticia, sin apurarse gran cosa por la dificultad, arrojó la carta sobre el escritorio; volvió a llamar, acudió el mismo criadito de antes, y le dijo levantándose:

--La berlina en seguida.

Mientras se la preparaban, volvió a su gabinete y llamó a su doncella para que la vistiera para salir.

IV

El era nativo de la provincia de Burgos, no se sabe a ciencia cierta si de Huermecos o de Castrojeriz, duda que importa bien poco en esta historia que vamos relatando; no tenía su padre, labrador honrado a carta cabal, muchos bienes, y sólo pudo darle larga escuela en la mejor del pueblo, y una tintura de segundas letras por mano de un clérigo que no sabía mucho más. El chico no era un lince, pero tampoco lo contrario; y como no pecaba de robusto, y lo aprendido hasta allí era demasiado para un labrador y muy poco para buscarse la vida con ello, se adoptó en consejo de familia un término prudente entre los dos extremos, contando con la natural condición placentera y bondadosa del muchacho y con algunas buenas amistades de su padre. En fin, que se logró colocarle de mozo de mostrador en una droguería de Madrid, con poco sueldo por entonces, pero bien hospedado y mantenido en la propia casa de su dueño.

Allí, con su buen carácter, mucha paciencia y grande aplicación, fue haciéndose lugar y acrecentando su peculio, gastando menos según iba ganando más; hasta que a los quince años de droguero y a los veintiocho de edad, creyéndose bastante rico y por otros motivos que se sabrán, su amo le cedió la droguería con unas condiciones que, sin dejar de ser buenas para el cedente, eran un filón de plata para el ahorrativo e inteligente castellano.

Entonces fue cuando éste se casó con Ramona Pacheco. Nada mejor acordado ni más merecido. Era como la cosecha sazonada de una larga labor de honrados pensamientos. Ramona Pacheco era una sobrina lejana que su principal había recogido huérfana y casi niña, y hembra bien singular ciertamente. No era fea, y lo parecía; era más joven que Santiago, el droguerillo, y representaba diez años más que él; estaba bien metida en carnes, y aparentaba lo contrario; tenía excelente corazón y el alma en su correspondiente almario, y parecía una estatua de pedernal. Y todo consistía en que era de una rigidez, de una tenacidad de pensamientos y propósitos, y de una casta de moral tan extremadas y enteras, que la iban llevando poco a poco toda la vida _hacia adentro_; y allí la guardaba como el avaro su tesoro, y, también como el avaro, sospechaba de todo lo que en torno suyo se movía. Por eso su cara, más que reflejo de lo mucho y excelente que había detrás de ella, era simplemente una losa puesta de intento allí para taparlo, con dos ametralladoras por ojos para defenderlo, y una boca que sólo se abría para dar el abasto de la metralla de los ojos. Y éstos eran negros y bien rasgados, y la boca muy bonita.

Ocurría, además, que Ramona tenía una afición desesperada a hacer media, y sólo haciendo media se entretenía, en cuanto no quedaba en la casa un suelo que bruñir, ni un átomo de polvo sobre un mueble, ni un trasto fuera de su sitio, ni un descosido sin coser, ni cosa alguna que trajinar, para los cuales menesteres era una pólvora por la actividad y un asombro por la limpieza. En estas ocasiones era algo más expresiva de palabra y de gesto; pero con los muebles y las ropas y los cachivaches de la cocina, porque no quedaban a su gusto, o porque se lucía en algo de ello su trabajo, o pensando en la criada, o en el amo, o en _el otro_, que, a su juicio, rompían o manchaban. Para hacer media se sentaba junto a las cortinillas de las vidrieras del balcón, en una silla baja, tiesa, muy tiesa, y con la mirada fija en el tejemaneje de las manos, que parecían un argadillo. Así se pasaba horas enteras, si no tenía otra cosa más precisa en que ocuparse. Que la hablaran entonces, que la preguntaran por algo que estuviera cerca de ella; que entrara o que saliera alguien: una mirada rápida hacia el objeto o hacia la persona, y vuelta a clavarla en el incesante moverse de las agujas, y lo menos posible de palabras para responder.

Es indudable que este hábito de trabajar así, de abstraerse en la contemplación de su obra, de mirarla incesantemente, con la cabeza erguida y los ojos bajos, acentuó en gran manera la natural rigidez de su continente.

Era preciso vivir mucho tiempo a su lado para convencerse de que no era fea ni mala ni insoportable; y averiguado esto, se iba cayendo poco a poco en la cuenta de que era todo lo contrario, y hasta una alhaja para mujer de un marido de pocas necesidades intelectuales y mucho apego a la vida honrada y laboriosa de puertas adentro. Y esto le pasó a Santiago cuando ya le cabían en la mollera pensamientos de cierto linaje. El primer paso le costó lo indecible; pero le dio como un valiente, y se conformó con que Ramona tomara en cuenta la insinuación sin mostrarse agraviada. Pero le advirtió que no insistiera mientras ella no lo autorizara de algún modo bien explícito. Tres años pasó Santiago sin saber a qué atenerse y temiendo siempre lo peor. Yo creo que todo ese tiempo necesitó Ramona para estudiar a fondo las malicias de Santiago y el terreno a que éste pretendía conducirla. Un día le dijo que continuara hablándole _de aquello_ de que había comenzado a hablarla. ¡Como si hubiera sido la víspera! Y Santiago, que, «por casualidad», no pensaba en otra cosa, tomó el punto donde le había dejado entonces, y continuó hablando de ello, con cuantas amplificaciones y distingos le parecieron del caso y bien acomodados a la rectitud y santidad de sus miras. Fue bien recibida la instancia, y hasta bien hablada la respuesta; súpolo el tío de Ramona, gustole el intento de su pretendiente, y aun le hizo saber que su sobrina contaba con una buena dote que le daría él, lo cual no desagradó a Santiago, hasta por lo mismo que lo ignoraba; y con la sola condición de que éste, y «por el bien parecer», cambiara de domicilio hasta que el casamiento se efectuara, quedó arreglado y convenido para muy luego. Hay razones para creer que la idea de este suceso movió al viejo droguero a traspasar a Santiago su droguería mucho antes de lo que tenía pensado; tanto más, cuanto que se sabe que su dependiente apuntó cierto escrúpulo que tenía de casarse sin estar _arraigado_ completamente a su gusto, con la advertencia de que esto del arraigo no lo estimaba él en una riqueza, que no merecía, sino que algo como..., verbigracia: una droguería bien montada que fuera de su propiedad absoluta, para lo cual no daban sus ahorros por entonces.

Celebrado el casamiento y hecho en regla el traspaso de la droguería, el viejo droguero cedió hasta la habitación a sus sobrinos, y se largó a su tierra, en la Rioja, a disfrutar las primeras vacaciones que había logrado en su vida, perfectamente libre y descuidado. Si no le engañaba el pensamiento, por allá se quedaría hasta dejar los huesos en el terruño nativo; si le engañaba, volvería a Madrid cuando mejor le pareciera, o gastaría en ir y venir el poco tiempo que le restaba de vida.

Pocas veces se ha casado una mujer con menos conocimiento práctico del mundo que Ramona Pacheco. Cuando era niña, en su pueblo (el mismo de su tío), ya estaba cansada de _saber_ que la gente de Madrid se componía de políticos relajados, de generales facinerosos, de señoronas perdidas, de señoras a medio perder, de vividores sin vergüenza y de un populacho soez, asesino y ladrón. Y fue a caer en Madrid sin haber echado de su meollo una sola de estas ideas. ¡Ella, que era creyente a puño cerrado, honesta y honrada hasta la manía, y testaruda y tenaz en sus obras y pensamientos, por carácter y por educación! Mandarla pisar las calles de la corte, era, en su concepto, como decirla: «Métete en esa leonera; arrójate en esa lumbre». Se necesitaron heroicos esfuerzos de su tío y de las personas a quienes éste encomendó la ardua tarea de educarla hasta donde fuera posible, para que afinara, nada más que para que afinara, aquellas sus escabrosas ideas. Llegó a conceder excepciones: la posibilidad de algo bueno entre tantísimo malo; pero ¡fuera usted a sacar la anguila del saco de culebras! Y escondía la mano por horror instintivo; quiero decir que, sin una indispensable necesidad, no ponía los pies en la calle. En tal estado de experiencia se casó.

Y comenzó a tener hijos. Y tuvo el segundo y perdió el primero; y tuvo el tercero y perdió el segundo, y así sucesivamente hasta el octavo. Esto acabó de agriar su carácter, la acartonó sin tiempo y empalideció sus carnes hasta la lividez; quiso templar sus amarguras maternales con algún entretenimiento que se las distrajera, y se encenagó en el vicio de hacer calceta. Llegó a hacer una cada día, sin faltar a sus deberes de mujer hacendosa; y esta gran manifestación de su genio calcetero, casi casi la envaneció. Se le había cansado mucho la vista con los disgustos y las tareas, y también había perdido la mitad del pelo, por lo cual usaba anteojos mientras trabajaba, y cofia a todas las horas del día. Los anteojos eran de gruesa armadura blanca, con cristales redondos, y la cofia, de tul negro con cintas moradas. ¡Era cuanto había que ver doña Ramona haciendo media, desde que necesitaba anteojos y papalina!

Pero ni la pasión por la media, ni el orgullo de hacer una cada día, alcanzaron arrancarla de sus tristes meditaciones en el silencio y la soledad de su casa, y se atrevió a pretender de su marido que la pusieran una silla en un rincón de la droguería, detrás del mostrador y junto al atril que allí había para los apuntes provisionales (pues el escritorio estaba en la trastienda, con luces a un patio). Don Santiago se alegró de aquel atrevimiento de su mujer, y la dispuso el trono como para una reina; lo mejor que se pudo con lo que había a mano: una silla de Vitoria sobre un felpudo casi nuevo.

Y este trono ocupó doña Ramona desde el día siguiente; y allí la vieron con admiración los marchantes, rígido y empinado el cuerpo vestido de obscuro, casi negro; medio cubierta la cabeza con su cofia; las cejas enarcadas; los sombríos ojos clavados, por detrás de los cristales de las gafas, en las manos de piel lívida, como la de la cara; la calceta y las agujas entre los dedos, y sin otras señales de estar viva que el movimiento vertiginoso de las manos y tal cual mirada zurda que lanzaba por encima de los anteojos, bajando un poco la cabeza, cuando alguien entraba o salía, o mientras tiraba con la diestra del hilo que terminaba en un grueso ovillo que andaba rodando, tan pronto sobre el mostrador como encima del felpudo, o hecho una maraña entre las uñas de un gato, debajo de la silla. Doña Ramona la ocupaba todos los días, dos horas antes de comer y tres antes de cenar. En su casa se comía a la antigua española.